Te topas con ellos en todas partes, en Nueva York, en Chicago o en Filadelfia, o ellos se topan contigo. Les llaman chiflados, si los ciudadanos se sienten tolerantes, o, caso contrario, parásitos. Están un poco locos o locas de remate y a menudo vociferan de cara al cielo o conversan animadamente con alguien cuando en realidad están solos.

Nadie sabe qué hacer con ellos. «¡Son tantos!», dicen algunas personas, presas de la desesperación. O «¿Por qué todos tienen que venir a Nueva York?». O a Chicago o a donde sea. Entre ellos hay tantas mujeres como hombres, y a veces resulta difícil ver la diferencia, ya que su atuendo es un abrigo, zapatos o botas gastados, de tacón bajo, un viejo sombrero de fieltro o una gorra de lana calada hasta media frente, y no se toman la molestia de cortarse el pelo. Gravitan hacia las grandes ciudades, porque allí pueden vivir de una manera anónima, sin destacar de las demás personas, dormir en portales, vivir unos cuantos días en los pasos subterráneos o, en invierno, encontrar una rejilla cálida en la acera y hacerla suya, defendiéndola de las incursiones de usurpadores y gente deseosa de compartirla, para lo cual instalan en ella alambre de espinos dejando espacio suficiente para que pueda dormir una persona. En las grandes ciudades, además, hay pensiones de ínfima categoría donde te cobran de uno a tres dólares por noche, aunque tienes que estar ojo avizor porque entre los otros clientes hay ladrones.

¿De dónde vienen? Muchos proceden de instituciones mentales del estado, de donde los han dejado salir tras indicarles que vayan a la farmacia más próxima a procurarse las píldoras necesarias. «No te costará nada, pero no pierdas la receta ni la dirección de la farmacia». Muchas de estas personas están demasiado alienadas para persistir en algo, o para recordar que tienen que tomar varias píldoras una vez al día o a la semana. Da lo mismo, han salido de las superpobladas instituciones mentales. Otras de estas figuras que deambulan como zombies fueron expulsadas de hogares normales. La vieja tía Fran, que no se llevaba bien con nadie, porque era suspicaz y acusaba a todo el mundo de conspirar en su contra, creencia que vio confirmada cuando su propia familia la echó de casa. O el primo Ben, soltero y aficionado a empinar el codo, hábito que le costó el empleo, y ahora vaga por las calles de Nueva York, condenado a beber vino barato en vez del whisky escocés para el que tenía tan buen paladar.

Aline Schroeder, al salir de la cocina para tender la ropa que acababa de lavar, vio con sorpresa que había dos desconocidos en su jardín, al parecer absortos en la contemplación de las rosas. Aline Schroeder dejó la cesta en el suelo y cuando se les acercaba para preguntarles qué querían, ellos se volvieron y la buena mujer lanzó un grito.

—¡Eddie!… ¡Eddie, baja al jardín!

Y echó a correr hacia la casa. Aline Schroeder reconocía los casos mentales cuando los veía.

Eso ocurrió un jueves por la mañana en una pequeña ciudad de Ohio. Eddie Schroeder, al ver que no conseguía sonsacarles nada a los dos desconocidos, excepto que uno quería ir a Chicago y el otro a Nueva York, se quedó vigilándolos mientras su mujer telefoneaba a la policía.

—Se han fugado del manicomio —dijo Eddie en voz baja—. No quiero plantarles cara. No es asunto nuestro.

—Tenían que ir a la parada del autobús —dijeron los policías—. Brookfield soltará hoy cien y pico de ellos, para que vuelvan a sus casas. Esos dos se habrán extraviado.

La policía no tuvo problemas en hacer que los dos hombres subieran al coche patrulla con la promesa de llevarlos a la terminal de autobuses de la ciudad.

La impresión dejó sin habla a Aline; Eddie estaba furioso.

—Échalos de aquí, Sam —dijo Eddie a uno de los policías, que era un conocido suyo.

—Eso haremos, pero nos han dado órdenes estrictas de tratarlos con amabilidad —replicó el agente.

Aline Schroeder entró en su cocina y se preparó una taza de té. La noticia corrió por toda la ciudad, desde luego. Y, a pesar de los esfuerzos de la policía, los habitantes de Temple todavía no están convencidos de que en aquel memorable jueves la policía los sacara a todos de la ciudad. Sobre todo teniendo en cuenta que después de aquel día se «dieron oficialmente de alta» más, muchos más pacientes. Sin embargo, el viejo edificio del Centro Brookfield en las afueras de la ciudad seguía estando lleno hasta los topes.

El Centro Brookfield es típico de muchas instituciones estatales y semiestatales en los Estados Unidos. No todos sus ocupantes son enfermos mentales, ya que también acepta ancianos cuyas familias no pueden pagar residencias más caras, así como convalecientes de hospitales del Estado. No obstante, en Temple, Ohio, a Brookfield lo han llamado siempre «el manicomio». Todo el mundo sabía que algunas habitaciones tenían paredes acolchadas y barrotes en las ventanas. Estas ventanas podían verse desde el exterior. Las personas de cincuenta y sesenta años que vivían en Temple recordaban que siendo niños, al pasar en coche por delante de Brookfield con sus padres, miraban con curiosidad las ventanas, esperando ver la cara de algún enfermo, pero sintiendo temor al mismo tiempo, pues ya entonces era «el manicomio». Los padres reprimían la curiosidad de los niños, dándoles a entender que todas las personas allí internadas eran peligrosas, aunque también dignas de lástima. Pero una cosa era segura: había que tenerlas encerradas.

Debido a la superpoblación de tales instituciones, en las postrimerías de los años sesenta, y de nuevo en los setenta, Washington ordenó que soltaran a todas las personas a quienes no se considerase violentas. La orden fue una bendición para el atribulado personal de Brookfield, así como para muchos otros centros semejantes en toda la nación. Las cárceles recibieron el mismo mensaje, cuyo lema era «economía más humanidad», lo que significaba que el país podía ahorrar dinero de esta forma, además de hacerles la vida más feliz a personas cuya reclusión no era necesaria.

Al recibir la «Directriz sobre Instituciones Médicas y Psiquiátricas Federales y Estatales», el doctor Nelson y su enfermera jefe, la superintendente Dorothy Sweeney, pensaron en el diez por ciento, más o menos, de los internados en Brookfield, caras que les eran muy conocidas, al igual que muchos de los nombres.

—Louis Jones —dijo la superintendente Sweeney—. Bien sabe Dios que es inofensivo. Ahora se toma los sedantes él mismo.

Y sonrió por primera vez en muchos meses.

—Ajá —dijo el doctor Nelson, pensando que Louis Jones era la encarnación de la inocencia después de un decenio de tomar sedantes. Louis sólo estaba un poco confundido y era un hombre de aspecto un tanto aletargado—. Y tal vez la señorita Tiller.

—Sí, y puede que también los gemelos Kelly. ¡Y Bert!… ¡Y Claude! Tenemos que hacer una lista. Luego echaremos una ojeada a los ficheros y añadiremos muchos más.

Hicieron una lista. A la señorita Tiller no le pasaba nada, salvo que se creía Cleopatra, ¿y no tenía un pariente en Massachusetts en cuyo domicilio podía alojarse, al menos de momento? Y tampoco había nada malo en Bert, que era la personificación de la cortesía. Y, por supuesto, Brookfield haría lo necesario para permanecer en contacto con todas estas personas. ¡Qué alivio sería tener en Brookfield un poco de espacio para respirar!

Aquella noche, durante la cena, cuando el doctor Nelson y la superintendente Sweeney dieron la noticia en el refectorio por medio del altavoz, no todo el mundo la entendió, cosa previsible.

—Algunos de vosotros os iréis pronto… si queréis iros. Y cuando convenga, si conviene, a todos los interesados —dijo la superintendente Sweeney con una sonrisa. Cinco o seis fornidos ayudantes se hallaban apostados a lo largo de las paredes del refectorio, como de costumbre, con las manos libres por si surgía algún problema.

Pero pocas cabezas se alzaron de las escudillas de sopa. La señorita Tiller, que sin duda tendría alguna réplica, como la tenía para todo lo que se anunciaba u ordenaba en Brookfield, no estaba presente, ya que insistía en que le sirviesen las comidas en su habitación, donde no hacía el menor caso de las tres mujeres que la compartían con ella, salvo para darles órdenes, y entonces eran ellas quienes no hacían caso.

—¡No hay motivo para preocuparse! —prosiguió en tono alegre la superintendente Sweeney—. ¡Al contrario! ¡Así que esta cena debería ser una ocasión especialmente feliz!

—¿Quién se va? —preguntó una voz cascada.

—¿Adónde se va? —preguntó una mujer.

—¿Adónde?… ¿Quién?… ¿Adónde?

Con todo, fue como si más de la mitad de los comensales no hubieran oído la noticia. El personal del Centro Brookfield opinaba que era mejor dar la noticia así, por adelantado, para que fuese penetrando en el cerebro de unos pocos, en vez de permitir que ciertas caras muy conocidas desapareciesen de pronto; además, de esta forma las personas a quienes se diera de alta no tendrían la impresión de haber sido expulsadas inesperadamente. El personal pensaba que quizá algunos se resistirían a irse, mientras que otros querrían abandonar el centro pese a no estar en condiciones de hacerlo.

Éste era más o menos el panorama cuando la superintendente Sweeney, una enfermera más joven y un par de ayudantes masculinos empezaron a notificar su inminente partida a algunos individuos y ayudarles a hacer las maletas. Sweeney estaba convencida de que muchos fingían de pronto no estar preparados para irse, sentirse confusos o lo que fuera, porque llevaban demasiado tiempo refugiados cómodamente en Brookfield. Echando mano de su habitual talante autoritario, a más de uno le dijo:

—¡Vas a irte, te guste o no, porque hay muchas personas que necesitan esta habitación más que tú!

La señorita Gloria Tiller dijo sentirse «absolutamente encantada» ante la perspectiva de abandonar este curioso y mal llevado palacio, y añadió que esperaba que su barcaza pasara a recogerla la mañana siguiente.

Mientras tanto, lo mismo ocurría en las cárceles. Los tipos silenciosos, los tipos despiertos y a menudo chistosos, violadores envejecidos que llevaban decenios en chirona, miríadas de ladrones de poca monta, atracadores de diversa categoría, asesinos de aspecto tranquilo y bajo cociente intelectual que se habían pasado los últimos años aprendiendo el oficio de zapatero remendón o fontanero…, miles de hombres así fueron puestos en libertad de Maine a California.

Tomaron autobuses, hicieron autostop, algunos tenían amigos o parientes que les enviaron el importe de un billete de avión, muchos sencillamente se fueron andando. A todos les dieron dinero, entre cincuenta y cien dólares en efectivo, según la riqueza del estado donde estaba la cárcel, «para que puedan reunirse con sus familias o ir a otros puntos de destino».

Un hombre taciturno y de buena presencia, cincuentón, que llevaba trece años de cárcel por «violación reiterada», vio materializarse su fantasía sexual cuando apenas hacía diez minutos que había salido de una institución penitenciaria de Illinois. Una chica con un vestido de verano de alegres colores se le acercó en bicicleta, pedaleando sin prisas por la carretera bañada por el sol, a cuya vera se hallaba el ex recluso, un tal Fred Wechsler, tratando de parar algún coche que quisiera llevarle. Fred no titubeó ni un segundo. Se arrojó delante de la bicicleta, que le pasó por encima, la chica cayó y Fred satisfizo su deseo en una zanja convenientemente próxima. ¡Su sueño se había hecho realidad! ¡La libertad era el paraíso, de nuevo estaba en el paraíso! Fred salió de la zanja y prosiguió su camino tras recoger la maleta que contenía sus escasas pertenencias. No tardó en encontrar un automovilista que accedió a llevarle hacia el sur. La chica, que había perdido el conocimiento al caer de la bicicleta, comprendió lo ocurrido cuando volvió en sí y denunció el percance a la policía de su pequeña ciudad.

En Raleigh, Carolina del Norte, expertos ladrones de coches que no se habían conocido en la cárcel trabaron amistad en una cafetería cerca del presidio de donde acababan de salir y decidieron unir sus talentos.

Mas para muchos enfermos mentales la libertad era un concepto nebuloso y no sabían adónde ir.

El público empezó a escribir cartas a los periódicos y emisoras de radio. La prensa daba fe de la preocupación de los ciudadanos: un hombre que había sufrido una quiebra seguida de una crisis nerviosa y «pérdida de facultades mentales» consiguió llegar a la sede de su antigua compañía, que mantenía el mismo nombre pero estaba en otras manos, e insistió en que él seguía siendo el director y que los sinvergüenzas debían abandonar sus cargos. Ofreció resistencia cuando intentaron echarle a la calle, cogió un hacha contra incendios y antes de que pudieran reducirle mató a una mujer e hirió a dos hombres. En otro incidente, una mujer divorciada volvió a su antiguo hogar, donde su ex marido vivía con su nueva esposa y su familia, y se negó a marcharse; hubo que llamar a las «autoridades», que se la llevaron por la fuerza, dejando a la familia atemorizada.

La señorita Tiller, alias Cleopatra, no quiso tomar el autobús que el Centro Brookfield puso a disposición de sus pacientes dados de alta, y prefirió esperar su barcaza, apostándose junto a la carretera y buscándola ansiosamente con los ojos. Se le unió un hombre cortés y bajito que por medio de gestos indicó su deseo de ayudar, así que la señorita Tiller le entregó una bolsa que contenía su camisón, dos vestidos largos y los utensilios de maquillaje. Agitó una mano para llamar a una forma grande y oscura que se acercaba por la carretera, la agitó de modo tan apremiante y decidido que la forma se detuvo.

Era un camión de dieciocho ruedas, con dos hombres en la cabina del conductor. Uno de ellos se apeó. La señorita Tiller y el hombrecito servicial subieron al vehículo.

—¿Adónde van? —preguntó el conductor.

—A Alejandría —replicó la señorita Tiller.

—¿Qué…, a qué estado se refiere? ¿A Virginia?

—¿Estado? ¡A Egipto! —dijo la señorita Tiller.

Bert movió la cabeza arriba y abajo, expresando así que estaba de acuerdo con la señorita Tiller.

—¡Venga ya! —dijo el conductor, sorprendido de veras.

—Entonces necesitarán ir al aeropuerto. Quizá al de Cleveland. —El acompañante del conductor sonreía—. En esta dirección no llegaremos al aeropuerto.

La señorita Tiller volvió su rostro delgado y bastante fino hacia el hombre y dijo:

—Gracias, pero pienso ir en barcaza.

El conductor se echó a reír y puso el camión en marcha.

—¡En barcaza! A lo mejor por un canal, ¿eh?

Cruzaron la pequeña ciudad de Temple y la señorita Tiller dijo que no quería apearse allí, pero dio muestras de excitación al ver la siguiente ciudad, mucho mayor, y le dijo al conductor que la dejara en cualquier parte. La presencia de tanta gente era lo que la excitaba.

Bert se apeó con ella.

La señorita Tiller se alzó de puntillas y olfateó el aire como un perro de caza.

—¡Esto está mejor!

Bert tiró de la pechera de la camisa que le habían proporcionado en Brookfield, como si no le gustase, y alzó los ojos hacia la señorita Tiller.

—¡Ropa! —exclamó ella a sabiendas de que Bert no la oía, porque ya se había dado cuenta de que era sordomudo.

En los primeros grandes almacenes que visitaron no encontraron ropa de su gusto, y Bert manifestó por medio de muecas que los precios le parecían escandalosos, mientras la señorita Tiller informaba a una dependienta que no aceptaría ninguna de aquellas prendas ni regaladas. En otra calle encontraron una tienda de ropa usada cuyo escaparate contenía toda suerte de prendas interesantes. Bert se compró en seguida un sombrero hongo de color negro, pantalones, un par de zapatos cómodos, una chaqueta, todo por apenas veinte dólares, y un bastón por cincuenta centavos. La señorita Tiller necesitó un poco más de tiempo para sus compras, pero encontró lo que quería: un vestido largo de color púrpura con lentejuelas doradas y una terrible rasgadura en la espalda, por desgracia; pero estaba tan delgada que la tela quedaba superpuesta y con un cinturón ancho de piel de cocodrilo la rasgadura no se veía. Compró unas sandalias de tacón alto —era tan agradable llevarlas después de los zapatos de medio tacón que daban en Brookfield y que no le gustaban nada— y un monedero grande y plano en el que metió el dinero, el maquillaje y un peine.

—Mi servidor pagará —dijo, echando a andar hacia la puerta. Le cerraron el paso.

Bert pagó galantemente las compras de ambos, ante lo cual la señorita Tiller le entregó todo su dinero, unos ochenta dólares, para que Bert cuidara de él.

—La realeza no lleva dinero encima —dijo la señorita Tiller.

Fueron en busca de una casa de comidas y les atrajo un restaurante pintado de color dorado y de cuyo interior salían alegres musiquillas. Muchas cabezas se volvieron cuando entraron, pues ahora la señorita Tiller se tocaba con una diadema de diamantes falsos.

—¡Eh! —dijo un hombre—. ¿Quién es esa?

—¡Mira, mamá, es Charlie Chaplin! —chilló un niño de corta edad.

—Cleopatra, reina de Egipto —contestó la señorita Tiller cuando dos trabajadores enfundados en sendos monos le preguntaron quién era.

Mientras tanto, Bert dio unas cuantas vueltas al compás de la música, cuyo ritmo podía detectar por las vibraciones del suelo y de sus tímpanos, bailando alrededor de su bastón y sonriendo a la gente de los reservados y los taburetes. A petición suya, la señorita Tiller le había prestado un poco de rímel negro con el que Bert se había pintado un bigote y unas cejas arqueadas.

La gente les miraba con curiosidad y aplaudía. Hasta las camareras parecían fascinadas.

—¿Saben bailar? ¡Bailen un poco para nosotros! —dijo alguien.

En el tocadiscos tragaperras sonaba un vals. Bert alargó una mano con gesto grácil y la señorita Tiller dejó su hamburguesa en el plato.

Bert no tuvo que pagar ninguna cuenta en ese restaurante y, de hecho, cuando se marcharon en medio de grandes aplausos había recogido del suelo catorce dólares o más en billetes y monedas.

—¡Vuelvan a visitarnos! —dijo una camarera.

Dos días después de salir de la cárcel, el hombre a quien gustaban las chicas en bicicleta había violado a cinco más y ahora se encontraba en otro estado. Con el dinero que le dieron al soltarle se había comprado una muda, además de gastar un poco en comida, pero hasta el momento no había gastado nada en transporte ni alojamiento, porque el tiempo era bonancible. Le resultaba fácil parar coches en las carreteras y le daba lo mismo ir en una dirección que en otra.

¡NOVENA VICTIMA DEL VIOLADOR DE LA CICLISTA!

decían ya los titulares de un periódico cuando Fred Wechsler llegó a Oklahoma. El país conocía su aspecto gracias a las descripciones que hicieran las víctimas: unos cincuenta y cinco años, metro setenta y pico, pelo castaño canoso, sin barba ni bigote, ojos grises o azul claro, constitución mediana. Lo malo era que varios millones de hombres respondían a este retrato.

Distintas conmociones se estaban produciendo en la costa occidental, donde cárceles y hospitales mentales se habían vaciado de todos los inquilinos de buena conducta. El clima era templado y los aparcamientos y centros comerciales aparecían ahora adornados con gente que dormía en el suelo, grupos que jugaban a las cartas a la luz de velas o linternas, algunos cantando y bebiendo vino. Chicos adolescentes se divertían molestando a estas personas y se libraron de por lo menos tres de ellas arrojándolas por un acantilado al Pacífico. Los habitantes de algunas regiones empezaron a quedarse en casa después del anochecer, toda vez que no querían estropear sus coches o hacerse daño al atropellar a alguien que durmiese en la calle, ni ser importunados por mendigos o, peor aún, atracados. Bares y discotecas, cines e incluso restaurantes comenzaron a perder dinero y, por consiguiente, estaban detrás del Terror de los Vagabundos, nombre que los adolescentes de la limpieza habían adoptado. Estos chicos recurrían a la fuerza para sacar a muchos de esos individuos de las calles, los llevaban en camionetas a las afueras de las ciudades y los dejaban tirados en cualquier parte.

Llovían acusaciones contra el gobierno, las cárceles y los manicomios. El gobierno estaba en guerra con los medios de comunicación: aquél trataba de minimizar la gravedad del problema («Hay montones de gente que prefiere dormir al raso», dijo el presidente), y estos querían conocer todos los hechos y mostrar imágenes interesantes en la televisión. He aquí unas cuantas noticias típicas divulgadas por la prensa y la televisión:

UN TENOR DESCONOCIDO SUBE AL ESCENARIO DEL MET[1]

El viernes por la noche, durante una representación de Tosca, de Puccini, un espontáneo subió al escenario, apartó a Mario de un empujón e interpretó bastante bien la parte del héroe a dúo con la primera cantante, quien, cosa comprensible, dio muestras de perplejidad. Las risas dieron paso al asombro producido por la calidad de la interpretación del intruso. Fue identificado como George Jennings, de 26 años, dado de alta de un hospital de Carolina del Norte.

Y

En Nueva York, las personas que iban de compras vieron con sorpresa que un hombre gordo y edad avanzada se encontraba sentado en la acera ante unos grandes almacenes sin otra indumentaria que un mantel blanco anudado a la cintura como unos pañales. El hombre, hablando como un bebé, afirmó que su madre le había abandonado…

Circularon luego historias sobre personas que andaban a cuatro patas y, si bien algunos lectores de prensa escribieron cartas acusando a los periodistas de inventar estas historias, otros enviaron fotografías de gente que andaba así por sus ciudades. Una mujer de Kansas escribió una carta abierta al presidente, que fue publicada por el periódico de su ciudad:

Desde hace seis meses viene molestándome un hombre que cree que mi casa es el hogar donde pasó su infancia y que yo soy cierto pariente suyo que se la ha usurpado. Estoy harta de encontrarle durmiendo apoyado en mi puerta principal cuando la abro para recoger el periódico de la mañana. La policía se lo ha llevado dos veces, pero vuelve a los pocos días. ¡Les suplico que metan de nuevo a este hombre y a otros como él en el lugar que les corresponde!

El violador de muchachas ciclistas se había comprado una bicicleta y con ella se había trasladado a Mississippi y luego a Louisiana, donde el tiempo todavía era benigno. Su salud había mejorado y se ganaba algún dinerillo haciendo trabajos como segar césped o limpiar patios, para los cuales proponía un precio tan bajo que pocas personas se negaban. Causaba buena impresión. Nadie sospechaba que fuese el violador buscado de costa a costa. Una chica bonita en compañía de su familia no le excitaba nada. Sólo una chica montada en bicicleta le ponía cachondo, y por pura suerte hasta el momento las encontraba siempre en carreteras bastante apartadas y poco transitadas. Ya había perdido la cuenta de sus conquistas, y no le interesaba contarlas, pero la policía y los periódicos sí llevaban la cuenta, y el total daba veintiocho. La policía le estaba persiguiendo hacia el sur, y en cierta ocasión, buscando ya a un hombre en bicicleta, estuvieron a treinta kilómetros y pico de donde él se encontraba, pero más o menos por aquel entonces Fred Wechsler, que no leía los periódicos, se compró un coche de segunda mano. Hacía mucho tiempo, antes de que lo encarcelaran, había tenido coche, y el vendedor de coches usados no le pidió que le enseñara el permiso de conducir.

«Es una grave tragedia nacional y social», dijo la Sociedad Norteamericana de Psiquiatría, refiriéndose a la política de permitir que enfermos mentales aún no curados salieran de las instituciones estatales. «Apenas si hay un sector del país que se haya librado de la presencia ubicua de estos seres humanos enfermos y alucinados que vagan por las calles, se refugian en los callejones, duermen sobre los respiraderos del metro. He aquí el resultado de la vergonzosa política que lleva Washington para reducir los gastos federales…».

El presidente replicó que la mayoría de las personas dadas de alta tenían parientes, que la caridad empieza por uno mismo y que en Norteamérica existía la tradición de prestar ayuda voluntaria a los enfermos y a las gentes sin hogar. «En Norteamérica, la gente puede triunfar si se lo propone. En eso consiste Norteamérica». Lo que dijo el presidente pasó a ser conocido por el nombre de «el discurso de la escudilla de sopa». Una mujer escribió una carta publicada en Time:

Los legisladores y los que administran los fondos federales desde sus lujosas oficinas de Washington no ven lo que nosotros vemos en nuestras calles y portales. Sugiero que nosotros los ciudadanos nos unamos y transportemos a estos criminales y zombies en autobús hasta la Casa Blanca, para que allí vean de qué estamos hablando.

(Sra). Mary V. Benson
Tallahassee, Florida

La carta iba a tener importantes repercusiones.

A la señorita Tiller y a Bert no les había faltado un techo sobre la cabeza desde su primer día de libertad. La primera noche, decididos a comer un buen bistec, habían entrado en un restaurante que se alzaba al borde de la carretera y se llamaba La Casa del Bistec, donde había un pianista junto al bar. Los clientes podían pedirle canciones al pianista. La señorita Tiller pensó que era un sistema civilizado. Bert le silbó una tonada al pianista, que al instante se puso a tocar La violetera, que había sonado de música de fondo en una de las películas más famosas de Chaplin. Al ver a Bert con su atuendo de Chaplin, los ocupantes de las mesas se pusieron a aplaudir mientras algunos exclamaban: «¡Que bailen!… ¡Un vals, por favor!».

La señorita Tiller le transmitió la petición a Bert abriendo los brazos y dando unos pasos de vals ella sola, mientras él giraba grácilmente sobre un solo pie, con el otro levantado por detrás. Bert se apoyó en el bastón con aire pensativo, bailó tímidamente unos pasos de vals con la señorita Tiller, más alta que él, creando su danza sobre la marcha, mientras la señorita Tiller le parecía inalcanzable, en dos sentidos.

—¡Más!… ¡Más!

El pianista tocó los primeros compases de otro vals de los viejos tiempos, All alone[2], de Irving Berlín, y Bert y la señorita Tiller pasaron a la pista de baile; al iluminarles un foco, su apariencia arrancó gritos de entusiasmo. La señorita Tiller bailaba y cantaba fingiendo que tenía un teléfono en las manos.

Sobre el piano había una escudilla para el dinero, pero, en el caso de Bert y la señorita Tiller, los clientes se les acercaban y metían billetes en los bolsillos de la chaqueta de Bert y en el monedero de la señorita Tiller, colgado de su brazo y que ella abrió graciosamente. Otros construían aeroplanos con los billetes y los lanzaban hacia la pista, y de vez en cuando Bert los recogía con el bastón, o doblaba la cintura para cogerlos con la mano, y una vez, al chocar con la señorita Tiller, cayó cuan largo era.

Cuando volvieron a su mesa, el gerente habló con ellos, o, mejor dicho, habló con la señorita Tiller. ¿Accederían a volver las dos noches siguientes, viernes y sábado? ¿La señorita Tiller podría cantar otra vez? Sí, claro que podría. ¿Funciones de media hora a las nueve y a las once y media de la noche, cien dólares por noche, más las propinas de los clientes, gastos de hotel incluidos? El gerente era propietario de un hotel que distaba unos cincuenta metros del restaurante.

La señorita Tiller contestó que la proposición le parecía interesantísima. Bert, que les estaba observando, asintió con la cabeza. El gerente quedó un poco desconcertado cuando la señorita Tiller firmó el contrato con el nombre de «Cleopatra», pero no dijo nada. No le sorprendió que Bert firmase «Charlie Chaplin».

La voz de la señorita Tiller sonaba un poco aguda al dar las notas altas, y algunas no las alcanzaba en absoluto, por ejemplo unas cuantas en el aria Zerbinetta de Strauss, pero a nadie le importaba. Ahora tenía su barcaza. Consistía en tres sillas tapizadas, y sin brazos, sobre las que habían echado un par de cortinas grandes; un camarero la sacaba al escenario mientras ella fumaba un cigarrillo con una boquilla larga. Saltaba a la vista que la señorita Tiller disfrutaba con sus actuaciones, incluso con las risas que despertaba al fallar una nota. Flotaba algo mágico, algo feliz, entre ella y Bert, y entre ellos y el público. Tenían que consultarse el uno al otro, como los aficionados, entre un número y el siguiente y antes de indicarle al pianista lo que debía tocar. La gente quería estrecharles la mano después de la función. Y el dinero les llovía.

El propietario de La Casa del Bistec, cuyo restaurante se llenaba de bote en bote el sábado por la noche, no pudo igualar la oferta monetaria que la señorita Tiller y Bert recibieron de un par de empresarios de San Francisco. La señorita Tiller y Bert se marcharon.

La señora Mary V. Benson se había hecho eco del sentir de muchas personas en la carta que le publicó Time. La revista publicó más cartas sobre el mismo asunto, a la vez que la señora Benson recibió otras en Tallahassee. ¡Eso, que lo vean en Washington!, decían en esencia. Se organizaron. Hicieron falta semanas para ello, pero el esfuerzo voluntario, por el que abogara el presidente, no faltó para esta causa: reunamos a los zombies, a los mendigos, a los chiflados, a los exhibicionistas, y enviémoslos a los jardines de la Casa Blanca. Las compañías de autobuses respondieron ofreciendo transporte gratuito. Washington, al enterarse de lo que se estaba tramando, decidió adoptar una actitud de «bienvenidos seáis todos» y prometió celebrar una merienda y un foro al aire libre donde la gente pudiera intercambiar puntos de vista, hasta con el mismísimo presidente.

Se fijó una fecha, el 17 de abril, miércoles. Trenes y autobuses, incluso líneas aéreas ofrecieron billetes gratuitos porque el asunto proporcionaría publicidad, y muchas personas llevaron en sus coches a los vagabundos de su ciudad hasta la terminal de autobuses o al aeropuerto más cercano. La Casa Blanca había previsto la llegada de unos cuantos miles de personas, quizá cinco mil, y pensaba desplegar vigilantes de paisano, además de la guardia nacional y la policía, para que las multitudes no se desmandasen. Pero faltaban sólo unas doce horas para que llegasen cuando Washington se enteró de que probablemente serían entre cincuenta y sesenta mil.

Para colmo de desgracias, el día se presentó lluvioso. Se instalaron una especie de tiendas sobre las largas mesas colmadas de emparedados y refrescos en los jardines de la Casa Blanca, pero un par de ellas se derrumbaron antes del mediodía y cundió el pánico entre los hombres y mujeres atrapados debajo. Muchos creían que les habían invitado a vivir en la Casa Blanca y se enfadaron cuando, habiendo venido de muy lejos, vieron que lo único que les ofrecían eran fiambres y té helado bajo la lluvia. Cientos de personas empezaron a acercarse a la Casa Blanca —¿dónde diablos estaba el presidente?— y cuando los guardias intentaron cortarles el paso, se entablaron peleas y el aire se llenó de balas, de caucho y de verdad. La guardia nacional perdió los estribos y aplastó algunos cráneos con las culatas de los fusiles. Refuerzos armados descendieron de helicópteros, utilizando escaleras de cuerda, cerca de la Casa Blanca, y luego cayeron sobre los presentes.

Mientras tanto iba llegando más gente en autobús o a pie, debido al atasco de vehículos y camiones blindados.

—¡Dejadnos entrar en nuestra casa! —gritó alguien, y al instante la multitud empezó a corear el grito.

Se oyeron chillidos, masculinos y femeninos, de personas pisoteadas.

Los helicópteros y los guardias de la Casa Blanca lanzaron gases lacrimógenos con el propósito de alejar la horda de la Casa Blanca, pero, por culpa del viento, el gas afectó a la tropa tanto como a la gente. Entonces cedieron las puertas de la Casa Blanca. Todo esto se vio en la televisión de una punta a otra del país, y los telespectadores chillaban: «¡Mirad!… ¡Muy bien!», o «¡Qué horror!», o se limitaban a reír desenfrenadamente, según el temperamento de cada cual.

Los gases lacrimógenos, que eran invisibles pero producían escozor en los ojos, parecían conseguir una sola cosa: animar a las masas que llenaban los jardines mojados. Desde el interior de la Casa Blanca hicieron fuego de ametralladora. Un helicóptero de la televisión chocó con otro militar y ambos cayeron sobre la multitud, pero no estallaron en llamas.

—¡Bienvenidos…, bienvenidos…, y conserven la serenidad, por favor! —dijo la voz del presidente, como mínimo por cuarta vez, en un mensaje grabado que atronó el espacio desde el balcón de la Casa Blanca, donde sólo había soldados armados, dispuestos a hacer fuego. En ese momento el presidente se encontraba a resguardo en una cámara acorazada, en el sótano de la Casa Blanca. La cámara era de acero y estaba hecha precisamente para situaciones apuradas como ésta, podía abrirse desde dentro y en ella había alimentos y agua suficientes para dos o tres personas durante una semana. El presidente se había escondido como una abeja reina en el centro de una colmena, y una colmena parecía aquello con tantos desamparados, perturbados mentales, gente medio cegada por los gases lacrimógenos, que subían y bajaban por las magníficas escalinatas, abriendo todas las puertas que encontraban a su paso. A pesar de las balas que zumbaban y las personas que caían, iba entrando más y más gente por la puerta principal.

La guardia nacional y la infantería de marina, agotadas sus municiones, se asustaron de veras, pues se hallaban en inferioridad numérica y parecían vérselas con masas suicidas. Ahora usaban los fusiles como arietes contra la gente y como garrotes para defenderse. Los reporteros de televisión filmaban e informaban desde los helicópteros:

—¡Esto parece un campo de batalla! Los caídos…, la mayoría de los caídos se encuentran alrededor del pórtico principal de la Casa Blanca, pero… ¡Sí! Ahora llegan más efectivos de la guardia nacional desde las calles y tratan de empujar al gentío hacia adelante, de hacerle abandonar los jardines. Nunca hemos visto nada…, nada parecido, ni siquiera la marcha del hambre durante la administración Hoover… ¡Pueden creernos!

Las actividades en los jardines de la Casa Blanca, cuando las cosas se pusieron feas entre las dos y las tres de la tarde, interrumpieron la función que la señorita Tiller y Bert estaban dando en un gran hotel de Boston. En cierto modo, las risas que iniciara la pareja continuaron cuando las personas sentadas a las mesas pudieron contemplar los sucesos en una gran pantalla de televisión.

—¡Son los…, los…! —chilló el maestro de ceremonias, sin saber qué decir.

—¡Los chiflados! —apuntó alguien, y sonaron grandes carcajadas. Se había dado mucha publicidad a la marcha hacia Washington que se celebraba ese día.

—Los Moonies[3], los zombies, los atracadores…

Esperemos que así sea —exclamó una mujer.

—¡Al menos esta noche no merodearán por nuestros barrios!

—¡Bravo, bravo! ¡Un aplauso!

—¿Y dónde está el presidente?

—¡Apuesto a que se ha escondido en la bodega! —contestó alguien a voz en grito.

La señorita Tiller y Bert se hallaban igualmente absortos, los ojos clavados en la pantalla grande.

—¡Es un escándalo! —le dijo la señorita Tiller a Bert, a pesar de que éste no podía oírla—. ¡Qué manera de comportarse! ¡Esa chusma! Supongo que se tienen por parados. ¡Lo que necesita este país son esclavos! —Alzó la voz al darse cuenta de que deseaba dirigirse a su público, que casualmente era una convención de agentes de la propiedad inmobiliaria. Se colocó en el centro de la pista y el encargado del foco dirigió la luz sobre ella. Con voz alta y elegante dijo—: ¡Miren esa chusma! ¡Lo que necesita este país son esclavos… como en mi país… Egipto! ¡Esto jamás podría pasar en Egipto!… ¡Los pondría a trabajar construyendo pirámides!

Sonaron fuertes aplausos y risas.

—¡Bravo, bravo! ¡Anda, díselo a ellos, Cleo!

La señorita Tiller llevaba ahora un áspid medio dentro y medio fuera de la parte superior de su vestido, sobre su pecho más bien liso. El áspid era de una materia plástica similar al caucho, pero muy real al tacto y movía la cabeza siguiendo los movimientos de la señorita Tiller.

Los clientes del restaurante no se dieron cuenta de lo serio que era el comentario de la señorita Tiller sobre los esclavos.

Esclavos, esclavos de verdad, podían ser algo imposible en este momento, pensó la señorita Tiller, Norteamérica aún no estaba preparada para ellos, pero no tenía ninguna queja de los servicios de que disfrutaba. Ahora ella y Bert tenían un mánager, a quien la señorita Tiller prefería llamar su Encargado de Relaciones Públicas, un joven de veintiocho años que habían conocido durante su primer viaje a San Francisco. La señorita Tiller había tenido que llamarle la atención una vez; a ella se le daban bien los números y vigilaba los libros y quizá Harvey Knowles —así se llamaba el joven— se había equivocado honradamente, pero en el futuro no iba a cometer más errores, honrados o no. Habían actuado en Chicago, Dallas y Nueva Orleans. Se hospedaban en buenos hoteles, lo que impresionaba a los periodistas, y Bert quería estar cerca de ella debido a su problema de comunicación, así que siempre alquilaban una suite. Ahora la señorita Tiller hacía imitaciones: Gloria Swanson, por ejemplo, Garbo. Le encantaba fingir que era otra persona, le encantaba comportarse como una persona segura de sí misma, y en realidad lo estaba, sin ninguna preocupación sobre su porvenir o sobre el de su devoto Bert.

La señorita Tiller y Bert no habían relacionado las multitudes que invadían los jardines de la Casa Blanca con ninguna persona conocida. Ambos habían entrado en un mundo nuevo, un mundo mejor, durante los últimos meses. La señorita Tiller había ampliado considerablemente su repertorio, mientras Bert, por su parte, había inventado números de pantomima a los que correspondían historietas reales, algunos con la intervención de la señorita Tiller y otros no. Los accesorios de Bert eran un ramo de flores, a veces un cubo de basura y una ventana imaginaria hacia la que dirigía su atención mientras bailaba y hacía sus números de mímica. Pronto irían a Inglaterra con un contrato de seis semanas que empezaría en Manchester y terminaría en Londres.

Durante los días siguientes el presidente cloqueó sobre los incidentes ocurridos en la Casa Blanca, que habían costado casi quinientas vidas. Afirmó en tono sombrío que el gobierno haría cuanto estuviera en su mano por proporcionar viviendas a aquellos individuos sin hogar y «cuyas facultades mentales se habían puesto en cuestión», pero añadió que también las familias y comunidades de los mismos debían echar una mano.

—De no ser por la gracia de Dios así estaría yo… y también ustedes —entonó el presidente con semblante serio y pensativo.

La prensa de izquierdas sugirió que el gobierno de derechas estaba contentísimo de haber eliminado a medio millar de lo que, a su modo de ver, eran indeseables, y de haber aterrorizado a varios miles más. Corrían rumores de que el presidente se había escondido en una cámara acorazada que había en el sótano de la Casa Blanca; algunos juraban que los rumores eran ciertos, pero, a diferencia de lo ocurrido con la gente que andaba a cuatro patas, nadie había fotografiado al presidente en la cámara acorazada, así que el rumor quedó en chiste improbable.

—Apuesto a que murieron un par de miles —dijo un ciudadano de Washington—. Oí mucho fuego de ametralladora. ¡Inconfundible!

Fred Wechsler, el violador, vio parte del follón de Washington en el televisor de su habitación en un motel de Florida y meneó la cabeza. Aquella gente sencillamente no sabía vivir, no se había adaptado a la libertad. Ese día Fred había violado a una chica de unos trece años. Ahora estaba comiendo un emparedado y se sentía cómodo y seguro, con un techo sobre la cabeza y un coche. Recordó a algunos de sus amigos de la cárcel de Illinois donde había pasado trece años, uno que se llamaba Willy Armstrong, que cumplía condena por robo con escalo, un tipo simpático pero simplón, fácil de llevar por el mal camino, y Fred se preguntó si Willy habría sido lo bastante estúpido como para asistir a aquella falsa merienda en los jardines de la Casa Blanca y conseguir que le pegasen un tiro.

* * *

[1] Abreviatura de Metropolitan Opera House, teatro de la ópera de Nueva York. (N. del T).

[2] «Completamente solo». (N. del T).

[3] Los «Moonies» son los adeptos de la secta religiosa fundada por el reverendo Sun Myung Moon. (N. del T).

© Patricia Highsmith: Sweet Freedom! And a Picnic on the White House Lawn (¡Dulce libertad! Y una merienda en el jardín de la Casa Blanca). Publicado en Tales of Natural and Unnatural Catastrophes, 1987. Traducción de Jordi Beltrán.

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