En la esquina había cuatro vientos encontrados. En el centro de la trabazón, la corbata gris aleteó un momento hacia el este; se desvió luego (impulsada por el otro viento); señaló alternativamente hacia las direcciones contrarias y se quedó quieta después, parada, sostenida en el equilibrio de los cuatro vientos iguales. Natanael la sostuvo, se arregló el nudo con el tacto y tuvo la sensación de que la corbata estaba viva. Tal vez fue eso lo que le obligó a decidirse. Tal vez, cuando sintió moverse la corbata en su cuello, sola, autónoma, pensó que hasta una corbata estaba en condiciones de correr el riesgo que él mismo había temido correr unos minutos antes. Desde lo más alto de su estatura, miró la punta de los zapatos deslustrados. «Quizá por eso no me había atrevido», pensó. Porque los zapatos no estaban en buenas condiciones.

Caminó hasta el puesto de limpiabotas, a mitad de cuadra. Encendió un cigarrillo, mientras el muchacho, silbando un airecillo de moda, ponía en orden los trastos, antes de iniciar la tarea de lustrarle los zapatos. Vio, abajo, la cajita de betún rojo. Vio los trapos ordenadamente plegados en el muslo del limpiabotas. Vio dos cepillos; uno sucio de betún rojo. El otro debía ser para el betún negro. Cuando el muchacho humedeció con media naranja la punta del zapato izquierdo, Natanael sintió la fresca penetración ácida en los dedos y, casi simultáneamente, el sabor de la naranja en el paladar y el hilillo de saliva suelta y delgada que le llenó la boca de una corriente dulce. Fue como si el limpiabotas no le hubiera frotado la naranja en el zapato sino en la lengua. Sonó un golpe en la cajita y hubo un instantáneo y mecánico cambio de pie sobre la plataforma.

Solo entonces (cuando se desvaneció en su boca la última naranja exprimida) Natanael vio el rostro del muchacho. «Parece joven», pensó. Al menos está a prudente distancia para parecerlo, pensó; y se quedó mirando durante breves segundos la habilidad con que el limpiabotas realizaba su tarea. Repentinamente (cuando desapareció el último rastro de la naranja) Natanael habló. «Es usted soltero?», dijo.

El muchacho no levantó la vista. Siguió con la cabeza baja, untando betún rojo en el zapato derecho. Cuando acabó de hacerlo, respondió:

— Depende.

— Depende de qué? preguntó Natanael.

— Depende de lo que usted entienda por soltero, respondió el limpiabotas, todavía sin levantar la cabeza.

Natanael dio una chupada al cigarrillo. Se inclinó hacia adelante, hasta donde quedó con los codos apoyados sobre las rodillas. «Quiero decir que si es casado.»

— Ya eso es otra cosa, dijo el muchacho. Y dio un golpe en la cajita con el reverso del cepillo para un nuevo cambio de pie. «En ese caso SÍ soy soltero» dijo.

Natanael volvió a poner el zapato izquierdo en la plataforma. El limpiabotas, con un aire de absoluta indiferencia, inició otra vez el motivo popular que estaba silbando cuando fue interrumpido por la pregunta inicial. Después de permanecer un instante estirado en la silla, con la cabeza echada hacia atrás, Natanael chupó el cigarrillo por última vez y sin retirarlo de la boca volvió a apoyar los codos en las rodillas. El humo lo obligó a cerrar un ojo. Hizo una nueva pregunta, con el cigarrillo aún entre los labios, pero él mismo no la entendió. Levantó una mano, retiró el cigarrillo, y dejó la boca libre para hablar. «Cómo se llama eso?», preguntó.

El muchacho cortó el silbido en el aire. «Qué»?

— Que cómo se llama eso, volvió a decir Natanael.

— Entiendo, dijo el limpiabotas. Dejó de cepillar el zapato y levantó la cabeza para hacerse entender. «Lo que le pregunto es que qué es lo que quiere saber cómo se llama».

— Lo que está silbando, dijo Natanael.

— Ya eso es otra cosa, dijo el muchacho. «No sé cómo se llama». Hizo una pirueta malabarista con el cepillo, volvió a su tarea y acomodó el zapato que se estaba desviando de la plataforma. «Lo canta la gente por ahí», dijo. Y se puso a silbar con mayor fuerza.

Cuando descendió de la plataforma, Natanael vio brillar, a la luz que se filtraba por entre los árboles, el resplandor rojo de sus zapatos. Parecían nuevos. Tan nuevos que ahora era el vestido lo que deslucía en el conjunto. Arrojó la colilla al otro lado de la calle, sacó un billete y se lo entregó al limpiabotas. Pero el muchacho dijo que no tenía para el cambio.

«No importa», dijo Natanael. «Vamos hasta la tienda de la esquina». Y caminaron por la calle sombría, bajo los árboles tristes que habían empezado a envejecer en la espera de una estación retardada. A mitad de cuadra, Natanael, que caminaba con las manos en los bolsillos, frotando el billete que llevaba envuelto en el índice, habló sin intención. Habló antes de que tuviera tiempo para decidirlo. «Le gustan?», preguntó.

El muchacho no se volvió a mirarlo.

«¿Qué?», preguntó a su vez.

— Que si le gustan, repitió Natanael.

— Entiendo, dijo el muchacho. Y solo entonces se volvió a mirarlo de lado. «Lo que le pregunto es que qué es lo que usted me pregunta si me gusta».

— Los árboles, dijo Natanael. Y sacó una mano del bolsillo para arrancar la ramita que reverdecía a la altura de su cabeza.

— Ya eso es otra cosa, dijo el muchacho. «Pero, de todos modos, eso depende».

— Depende de qué, dijo Natanael. Y estrujó las hojas contra el billete que se envolvía en su índice.

— Depende de lo que uno quiera hacer con los árboles, dijo el limpiabotas.

Natanael se detuvo. Volvió a guardar las manos en los bolsillos del pantalón y se puso de espaldas a la calle, con el frente hacia la acera por donde el muchacho seguía avanzando. «Quiero decir que si le gustan como espectáculo».

— No sé qué es eso, dijo el limpiabotas sin volver la cabeza.

— Espectáculo es lo que se ve, dijo Natanael. Y empezó a caminar de nuevo.

— Ya eso es otra cosa, dijo el limpiabotas. «Pues francamente, si es apenas para verlos, no me gustan los árboles». Miró por encima de su hombro y comentó: «Debían servir para alguna otra cosa».

Habían llegado a la esquina. Cruzaron la calle, a compás, repentinamente absortos, como si las últimas palabras del muchacho hubieran agotado todos los argumentos. Natanael penetró a .la tienda, compró una cajita de goma de mascar (fue lo primero que vio en el frasco de golosinas), y regresó a la puerta donde lo esperaba el limpiabotas. Le entregó dos monedas; le entregó la cajita y hasta le habría preguntado si le gustaba la goma de mascar, pero el muchacho se dio vuelta en el acto y se alejó sin darle las gracias.

Parado otra vez en la esquina, donde un momento antes se trabaron los cuatro vientos, se arregló de nuevo el nudo de la corbata. Ahora no parecía viva. Era, simplemente, una corbata gris como cualquiera en el cuello de cualquier hombre sin rumbo. Sin embargo —y a pesar de que la corbata había perdido su primitivo aspecto de animal vivo — ya la resolución estaba hecha desde antes. Ahora se sentía bien. Un poco mal trajeado pero con los zapatos limpios. Solo necesitaba un ligero esfuerzo (con los ojos cerrados, si era posible) para caminar media cuadra, no ya en la dirección de la calle; en la dirección de la avenida. Debía entrar en la sexta casa de la acera. Lo sabía, porque contó las puertas; aunque le habría bastado con advertir que era la única casa que permanecía con las luces encendidas. Nunca había transitado por esa calle, no porque estuviera demasiado distante de su apartamento, sino porque solo existía una ruta para él. La única ruta para todos los días de su vida, del apartamento a la oficina. Antes de esa noche, nunca sintió necesidad de salir. Hacía calor; deseaba respirar el aire de la calle que era tibio y vital después de haber pasado por la respiración de los árboles. Estuvo caminando sin dirección. No sabía cuánto tiempo estuvo caminando sin dirección. Y allí mismo, cuando se disponía a regresar, vio una salita estrecha, decorada con innumerables objetos de fantasía. En un rincón de la salita, sola, sentada en un sofá, estaba una mujer. Tenía la actitud deliberada de quien espera a alguien que puede llegar en cualquier momento. Tenía la desolada actitud de quien espera ese momento, desde el principio de la mujer; tal vez desde antes de la persona esperada. No era bella (recordaba Natanael, todavía indeciso, en la esquina) ni tampoco tenía, al menos a primera vista, la apariencia de lo que se conoce generalmente como una mujer bella. Pero estaba sentada, de espaldas a la luz, haciendo nada más que eso. Esperando. Y al verla, Natanael pensó que si había llegado ese instante sin que terminara la espera, era porque la mujer podía estar esperándolo a él. Esperando al único hombre que nunca había visto en su vida.

Parado exactamente en el vacío donde antes estuvo el nudo de los cuatro vientos, Natanael no tomaba una resolución definitiva. Debía recorrer la media cuadra que lo separaba de la mujer. Y al no decidirse, se sentía culpable. Culpable de todo lo que puede serlo un hombre que permanece parado en una esquina, sin resolverse, mientras seis casas más allá una mujer lo espera. Al principio no había podido explicarse ese profundo sentimiento contradictorio que lo invadía; esa doliente desazón que lo habitaba. Pero ahora (pensándolo) tenía la impresión de que le sería difícil continuar viviendo con el remordimiento de no haber hecho nada, en un instante en que habría podido realizarlo todo, con solo rectificar, otra vez, el nudo de su corbata. Y antes de que su conciencia hubiera tenido tiempo de tomar la resolución definitiva, se sintió caminando con pasos medidos, inconscientes, a lo largo de una avenida purificada por el aire de los árboles bajos.

A última hora, cuando recobró de nuevo el sentido de la orientación, habría podido arrepentirse. Iba a seguir de largo. Pero la mujer estaba ahí, como la había visto antes, sentada en el rincón; con la falda plegada sobre los muslos. Cuando pasó frente a la ventana, la mujer no regresó de la abstracción; no cambió de actitud, sino que siguió con la mirada fija en un cielo indefinido. Arrancaba motitas del sofá, distraídamente, como si las motitas le estuvieran dando la medida de su espera. Natanael estaba en dirección a la puerta. Estaba, todavía indeciso, parado frente a la puerta. Y solo cuando la firme decisión del minuto anterior tambaleó a la orilla de su propio equilibrio, Natanael se mordió los labios y entró.

La mujer regresó como de un sueño; se estiró un poco; sacudió la cabeza ligeramente, viendo ya al hombre que se paró frente a ella, silencioso, concreto, iluminado por una clara expresión familiar. Cuando la mujer lo miró, Natanael sintió los pies apoyados en la vértebra del milagro. Y cuando la mujer preguntó qué deseaba, con una voz que daba vueltas más allá de lo convencional, Natanael volvió a rectificar el nudo de su corbata y lo advirtió puntual, presente, como si sus dedos hubieran rozado la orilla del milagro.

— ¿Qué desea ?, repitió la mujer.

— DESEO CASARME CON USTED, dijo Natanael. Al oírse a sí mismo, tal vez no supo por qué lo dijo. Solo supo que en este instante la mujer, sentada en el sofá, volvió a ser la mujer, y él mismo un hombre solo, sin rumbo, sin dirección, en la mitad de una sala desconocida.

La mujer pretendió hablar, pero se contuvo. Visiblemente indignada, volvió a sumergirse en el indefinido espacio que la había rodeado antes, pero no ya con su primitivo gesto de abandono. Su indiferencia, ahora, era falsa; era una forma de su desconcierto. Cruzó las piernas; se alisó, con el dorso de la mano, el reborde de la falda. Con las manos enlazadas se puso a darse golpecitos con el índice, en la rodilla cubierta por el reborde de la falda. Natanael se había sentado frente a ella. La mujer lo miró de soslayo y empezó a mover ligeramente la cabeza, al ritmo de una secreta y creciente pulsación interior. Se estaba dando golpecitos en la rodilla, por encima del reborde de la falda. Y cuando vio a Natanael, sentado, en una paciente y conmovedora actitud de desconcierto y de espera, ella se echó contra el espaldar del sofá, se apoyó en la palma de las manos y habló con palabras cortas. «Tenga la bondad de salir», dijo. Y agregó que si no salía llamaría a CLOTILDE.

Natanael volvió a arreglarse el nudo de la corbata. No acostumbraba hacerlo; pero ahora, ignorando en absoluto quién podía ser Clotilde, sentía que la presencia del nudo en su tacto era otra vez una necesidad. Ahora estaba más tranquilo. Tal vez la mujer no seguiría hablando, pensó; pero si él lo hacía, era posible que viniera Clotilde. Deseaba saber quién era Clotilde. Deseaba conocerla.

— Estoy hablando en serio, señorita, dijo. Y se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados en los brazos de la butaca. «Deseo casarme con usted», repitió, aunque en realidad había pensado una cosa completamente distinta. «Deseo casarme con Clotilde», había pensado; pero no se atrevió a decirlo.

Algo inesperado debió suceder entonces, porque la mujer modificó por completo su actitud hostil y se tornó lejana, indiferente, como si hubiera vuelto a sentirse sola en la casa. Inclinado en la butaca, Natanael se sintió ahora con fuerzas para seguir hablando. Tal vez ahora no sabía si era oportuno decir todo lo que había pensado antes, cuando aún no se decidía a entrar a la casa, pero se sentía seguro y satisfecho de haber cumplido con una obligación. Y sentía que para un hombre que visitaba por primera vez a una mujer, seguir hablando era también, una obligación. Ella haría venir a Clotilde, pensó. Era eso lo único que podría suceder.

— Lo cierto, dijo Natanael, después de una pausa — es que usted no me comprende. Y trató de acentuar la voz en un ritmo persuasivo, familiar, antes de seguir hablando. «No siempre se debe ser como los emboladores», dijo; sin saber, ahora tampoco, en qué momento había pensado decirlo.

La mujer continuó impasible, abstracta, con las piernas cruzadas y los brazos caídos en el regazo. Tal vez ella misma no sabía por qué estaba actuando en esa forma; por qué no recobró (cuando el hombre empezó a hablar de nuevo) su natural expresión de hostilidad. Era como si otra vez se sintiera sola en la casa.

Natanael sintió que algo había quedado sin enmendar en sus palabras anteriores.

— Los emboladores son TAMBIÉN gente indecisa, dijo. Ni siquiera saben responder, antes de pensarlo dos veces, si son casados o solteros. A VECES, cuando uno se está haciendo lustrar los zapatos, les pregunta por pura curiosidad si son casados o solteros y ellos responden siempre una idiotez: «Depende…».

La mujer seguía distante. Las manos abandonadas en el regazo parecían haber descubierto la clave secreta de la situación. Después de todo (debía pensar la mujer) un hombre que entra a una casa sin ningún motivo, debe salir de ella por una razón igual, mientras no encuentre otro motivo para permanecer sentado. Y la mujer debía pensar que era ese otro motivo lo único que no podría encontrar el hombre que permanecía frente a ella.

— No cree usted, señorita — siguió diciendo Natanael, ya casi con vehemencia. «¿No cree usted que la única manera de que un hombre no sea soltero es que se haya casado?»

La mujer no pudo contener, al oírlo, una risita que pasó haciendo equilibrio entre la burla y la diversión. Fue como si repentinamente hubiera comprendido que el hombre, inofensivo, solo pretendía divertirse un rato a costa suya. Y tal vez porque así lo pensó, la mujer se volvió a mirarlo ahora con una mirada densa y directa, que dejó en Natanael la sensación de que por primera vez en su vida lo habían mirado por completo.

Sonriente, la mujer retornó a su posición inicial. Natanael volvió a pensar en Clotilde; y habló.

— Es cierto, señorita, dijo. «Solo a un embolador se le ocurre decir que no sabe si es casado, antes de afirmar que es soltero».

La mujer no pudo contenerse por más tiempo. Su estiramiento se disolvió; rio con franqueza y dijo a su desconocido, con un espontáneo ademán de coquetería, que no siguiera hablando simplicidades. Era mejor que se retirara, dijo.

Pero Natanael no sonrió. Por el contrario, se inclinó un poco más hacia adelante, para distinguir mejor el rostro de la mujer. Su voz se desvió en un énfasis repentino. «No son simplicidades, dijo; estoy hablando en serio». Y sacó un cigarrillo.

— Los emboladores son la gente más indecisa del mundo, repitió.

Rayó un fósforo en la cajita, encendió el cigarrillo y se puso en pie para dejar la cerilla en el cenicero, hablando mientras lo hacía. Y dijo que los limpiabotas son tan indiferentes, tan simples, que se alegran la vida silbando tonadillas cuyos nombres desconocen. «Si por lo menos admiraran el nombre de la canción», dijo. Si pudieran decir que silban porque la música les despierta recuerdos olvidados. «Pero no, silban simplemente por silbar», dijo; y tendió el índice hacia la mujer.

— Eso sí es una simplicidad.

La mujer lo miró. Sin embargo, los ojos no se fijaron ahora en el rostro que empezaba a iluminarse al influjo de una secreta embriaguez, sino en la mano que reposaba sobre la butaca. Una mano larga, descuidada, que sostenía un cigarrillo cuya ceniza amenazaba con desprenderse. Natanael siguió hablando, sin preocuparse de que la mujer, repentinamente, se hubiera interesado por sus palabras. Ahora hablaba solo, sin oírse quizás, como lo hacía cada vez que cerraba las puertas de su apartamento.

— Ya ve que era en serio, señorita. Cuando usted encuentre un hombre que desearía que los árboles sirvieran para algo más que para admirar su verde ya puede usted estar segura de que ese hombre es un embolador.

La mujer habló de repente; lo interrumpió. «Lo único que faltaba era eso», dijo. Se sentó derecha en el sofá y aclaró:

— Lo único que faltaba era que me echara a perder la alfombra con la ceniza.

Natanael se inclinó hacia adelante, sin mover la mano que sostenía el cigarrillo y llevó a la butaca el cenicero de la mesa de centro. Se sentía consecuente con la mujer; pero su consecuencia era inconscientemente irónica. Cuando descargó el cigarrillo y volvió a arder la brasa con una fuerza limpia, ni siquiera se sintió decepcionado. Tal vez pensaba ahora que la mujer era absurda, indiferente. Tal vez pensaba que las respuestas del limpiabotas debían parecer interesantes a una mujer de inteligencia normal. Pero ésta — la que lo había esperado durante tanto tiempo — se preocupaba más por la limpieza de sus alfombras que por el modo de pensar de los limpiabotas. Era una mujer sin sentido común, pensó: y se volvió a mirarla en el instante en que ella repetía, fastidiada, que había llegado al extremo final de su paciencia. «No me interesan nada sus limpiabotas», dijo con frialdad.

— Eso he descubierto, dijo Natanael. Y, ahora, él fue quien se sintió solo en la casa.

Tal vez por eso no se puso en pie, sino que apoyó los codos, con mayor fuerza, en los brazos de la butaca. Dio una nueva chupada al cigarrillo. «Usted no», dijo, admirando el sabor que ya se maduraba en sus palabras. Y empezó a expulsar el humo. «Usted no: pero tal vez Clotilde me entienda».

© Gabriel García Márquez: De cómo Natanael hace una visita. Publicado en Crónica, 6 de mayo de 1950.

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