ENCONTRADA ENTRE LOS PAPELES DEL FALLECIDO DIEDRICH KNICKERBOCKER
(UN NEOYORQUINO HOLANDÉS)

Tierra agradable era de cabeza soñolienta,
de sueños que ondean ante el ojo entornado;
y de alegres castillos en nubes que han pasado,
por siempre enrojeciendo en un cielo de verano.

Castillo de indolencia

En el seno de una de las espaciosas ensenadas que forman la dentada orilla oriental del Hudson, en esa vasta expansión del río denominada por los antiguos navegantes holandeses Tappan Zee, y donde siempre aminoraban prudentemente la marcha, e imploraban la protección de San Nicolás al cruzarla, hay un pequeño burgo de mercado o puerto rural, que es llamado por algunos Greensburgh, pero que es conocido de forma más general y adecuada por el nombre de Tarry Town[1]. Este nombre le fue dado, según nos han contado, tiempo ha, por las buenas amas de casa de la región adyacente, debido a la propensión inveterada de sus maridos a demorarse en la taberna del pueblo los días de mercado. Sea como fuere, no respondo por el hecho, sino que me limito a advertirlo, en mi celo por ser conciso y auténtico. No muy lejos de este pueblo, quizá a unas dos millas, hay un pequeño valle, o mejor dicho una falda de tierra entre altas colinas, que es uno de los lugares más tranquilos del mundo entero. Se desliza por él un arroyuelo, con el murmullo justo para invitar al reposo; y el ocasional piar silbante de una codorniz, o el golpeteo de un pájaro carpintero, son casi los únicos sonidos que irrumpen en el silencio uniforme.

Recuerdo que, de mozuelo, mi primera hazaña en la caza de ardillas fue en un bosquecillo de altos nogales que sombrea un lado de ese valle. En mi deambular había penetrado en él a mediodía, cuando la naturaleza está especialmente tranquila, y me sobresaltó el rugido de mi propia arma al romper en torno suyo el silencio sabático y prolongarse y reverberar en enfurecidos ecos. Si en algún momento buscase un retiro donde pudiera escabullirme del mundo y sus distracciones, y aislarme, soñando en paz, de los restos de una vida turbulenta, no conozco un lugar más prometedor que este pequeño valle.

Debido al indiferente reposo del lugar, y al carácter peculiar de sus habitantes, que son descendientes de los colonos holandeses originales, ese apartado hocino se conoce desde hace tiempo por el nombre de Valle Durmiente, y sus rústicos muchachos son llamados los Chicos del Valle Durmiente en toda la región circundante. Parece como si hubiera suspendida sobre la tierra una influencia soñolienta y soñadora, invadiendo su atmósfera. Hay quien dice que el lugar fue embrujado por un gran doctor alemán, durante los primeros tiempos de la colonización; otros, que un viejo jefe indio, profeta o hechicero de su tribu, celebró allí sus ceremonias mágicas antes de que el país fuera descubierto por maese Hendrick Hudson. Lo cierto es que el lugar sigue bajo el influjo de algún poder embrujador, que mantiene el hechizo en las mentes de sus buenas gentes, haciéndoles andar en un ensueño constante. Son propensos a todo tipo de creencias maravillosas; están sujetos a trances y visiones; y con frecuencia ven apariciones extrañas, y oyen músicas y voces en el aire. Todo el vecindario abunda en fábulas locales, sitios encantados y supersticiones a media luz; las estrellas centellean y los meteoros fulguran a través del valle con más frecuencia que en ninguna otra parte del país, y la pesadilla, con sus nueve caras, parece haberlo convertido en el escenario favorito de sus cabriolas.

No obstante, el espíritu dominante que envuelve a esta región encantada, y que parece ser el comandante en jefe de todos los poderes del aire, es la aparición de una figura a caballo sin cabeza. Algunos dicen que es el fantasma de un soldado de las tropas de Hesse,[2] cuya cabeza se llevó quizá una bala de cañón, en alguna batalla sin nombre durante la guerra revolucionaria; y que de vez en cuando es visto por los campesinos, avanzando a toda velocidad en las tinieblas de la noche, como en las alas del viento. Sus apariciones no se confinan al valle, sino que en ocasiones se extienden a los caminos adyacentes, y especialmente a la vecindad de una iglesia situada a no mucha distancia. Lo cierto es que algunos de los más veraces historiadores de esa zona, que han puesto sumo esmero en reunir y confrontar los flotantes hechos concernientes al espectro, alegan que como el cuerpo del soldado está enterrado en el cementerio, el fantasma cabalga hasta el escenario de la batalla en una búsqueda nocturna de su cabeza; y que la prisa precipitada con la que a veces pasa por el valle, como una ráfaga de medianoche, se debe a que se ha retrasado y tiene prisa para volver al cementerio antes del alba.

Ese es el significado que suele darse a esta superstición legendaria, la cual ha proporcionado material para numerosas historias espeluznantes en esa región de sombras; y el espectro es conocido, en todos los hogares de la región, por el nombre del Jinete Sin Cabeza del Valle Durmiente.

Es extraordinario que la propensión visionaria que he mencionado no quede confinada a los habitantes nativos del valle, sino que sea embebida de forma inconsciente por todos cuantos residen allí un tiempo. Por muy despiertos que estuvieran antes de entrar en la región durmiente, es seguro que al poco tiempo inhalarán la influencia embrujadora del aire y empezarán a volverse imaginativos, a soñar sueños y a ver apariciones.

Menciono este rincón solitario con toda la loa posible; porque es en los pequeños valles apartados holandeses como éste, que se encuentran ocultos en el seno del gran Estado de New York, donde la población, los usos y las costumbres han quedado fijados, mientras el gran torrente de migraciones y mejoras, que está provocando cambios tan incesantes en otras partes de este inquieto país, pasa arrasador junto a ellos sin que ni se enteren. Son como esos pequeños remansos de agua estancada que bordean un rápido arroyo, donde podemos ver la paja y la burbuja tranquilamente ancladas, o dando vueltas lentas en su puerto simulado, sin ser molestadas por el ímpetu de la corriente que pasa. Aunque hace ya muchos años que no piso las sombras soñolientas del Valle Durmiente, sigo preguntándome si no encontraría aún los mismos árboles y las mismas familias vegetando en su abrigado seno.

En ese lugar apartado de la naturaleza, vivió en un periodo remoto de la historia americana, es decir, hace unos treinta años, un respetable personaje llamado Ichabod Crane, quien residió o, como él lo expresaba, se «demoró» un tiempo en el Valle Durmiente, con el propósito de instruir a los niños de la vecindad. Era nativo de Connecticut; un Estado que abastece a la Unión de pioneros de la mente tanto como del bosque, y le envía todos los años sus legiones de leñadores de frontera y maestros rurales. El apellido Crane [grulla] no era inaplicable a su persona. Era alto, pero extremadamente flaco, con hombros estrechos, brazos y piernas largos, unas manos que le colgaban una milla por fuera de las mangas, unos pies que podrían haber servido de palas, y un cuerpo en conjunto que le bailaba sin cohesión. Tenía la cabeza pequeña, y plana en el cráneo, con enormes orejas, unos grandes ojos verdes y vidriosos y una nariz larga de agachadiza, de suerte que parecía un gallo de veleta irguiendo su cuello fusiforme para decir de qué lado soplaba el viento. Al verle caminar por el perfil de una montaña en un día de viento, con la ropa hinchándose y flotando a su alrededor, podía uno tomarle por el genio del hambre descendiendo a la tierra, o por un espantapájaros fugado de un campo de maíz.

Su escuela era un edificio bajo de una sola y vasta estancia, construido toscamente con troncos; las ventanas en parte con vidrios, y en parte con parches hechos con hojas de viejos cuadernos de copiar. Quedaba ingeniosamente cerrada, en las horas en que estaba vacía, mediante un mimbre enrollado en el picaporte y unas estacas apoyadas contra los postigos de las ventanas; de suerte que, aunque cualquier ladrón podía entrar con toda facilidad, se encontraría en apuros para salir; una idea que probablemente había sacado el arquitecto, Yost Van Houten, del misterio de una nasa para anguilas. La escuela gozaba de una situación más bien solitaria, pero agradable, justo al pie de una colina boscosa, con un arroyo fluyendo junto a ella y un formidable abedul creciendo en un extremo. Desde allí podía oírse, en un somnoliento día de verano, el quedo murmullo de sus alumnos, repasando sus lecciones, como el zumbido de una colmena; interrumpido de vez en cuando por la voz autoritaria del maestro, en tono de amenaza o de orden; o acaso, por el pasmoso ruido de la férula, cuando empujaba a algún tardo holgazán por el floreado camino del conocimiento. A decir verdad, era un hombre consciente, y siempre tenía presente la máxima de oro: «No uses la vara y estropearás al niño». Desde luego, los pupilos de Ichabod Crane no se estropearon.

No puedo permitir que se imaginen, sin embargo, que era uno de esos crueles soberanos de escuela, que disfrutan con el sufrimiento de sus súbditos; por el contrario, administraba la justicia más con discriminación que con severidad; quitando la carga de las espaldas de los débiles, y colocándola sobre las de los fuertes. El mozuelo sencillo e insignificante, que se encogía al menor floreo de la vara, pasaba por ella con indulgencia; pero las exigencias de justicia eran satisfechas infligiéndole una doble ración a algún pilluelo holandés duro, terco, y descarado, que se enfurruñaba, se crecía y se ponía tenaz y taciturno bajo la férula. A todo eso lo llamaba él «cumplir con su deber en lugar de sus padres»; y nunca infligía un castigo sin concluirlo con la promesa, tan consoladora para el irritante pilluelo, de que «lo recordaría, y se lo agradecería siempre por mucho que viviera».

Al terminar las horas de escuela, era incluso amigo y compañero de juegos de los mayores; y las tardes de fiesta solía escoltar hasta sus casas a algunos de los más pequeños, que por pura coincidencia tenían hermanas guapas, o buenas amas de casa por madres, famosas por lo reconfortante de sus despensas. Lo cierto era que le convenía estar en buenas relaciones con sus alumnos. Los ingresos de la escuela eran pequeños, y apenas habrían sido suficientes para proporcionarle el pan de cada día, pues era un gran comedor, y, aunque flaco, tenía el poder de dilatación de la anaconda; pero para contribuir a su manutención, era, de acuerdo con las costumbres rurales de la zona, alimentado y albergado en las casas de los granjeros a cuyos hijos instruía. Vivía sucesivamente una semana con cada uno de ellos, haciendo de ese modo la ronda del vecindario, con todas sus pertenencias mundanas envueltas en un pañuelo de algodón.

Para que todo aquello no fuera demasiado oneroso para las bolsas de sus rústicos protectores, que tenían tendencia a considerar los costes de enseñanza como una penosa carga y a los maestros como simples zánganos, tenía varios medios para hacerse al mismo tiempo útil y agradable. Ayudaba de vez en cuando a los granjeros en las faenas más ligeras de sus granjas; colaboraba en preparar el heno; reparaba las vallas; llevaba a los caballos a beber; conducía de vuelta a las vacas desde los pastos; y cortaba leña para el fuego del invierno. También dejaba a un lado la dignidad impositiva y el dominio absoluto con que mandaba en su pequeño imperio, la escuela, y se volvía encantadoramente gentil y congraciador. Encontraba favor, a ojos de las madres, mimando a los niños, sobre todo a los más pequeños; y como el león osado, que antaño tan magnánimamente sostuviera al corderito, se sentaba con un niño en la rodilla, y mecía la cuna con el pie varias horas seguidas.

Además de sus otras dedicaciones, era el maestro cantor del vecindario, y recogía muchos relucientes chelines por instruir a los jóvenes campesinos en la salmodia. Era motivo de no poca vanidad para él, los domingos, ocupar su puesto frente a la nave de la iglesia, con una banda de cantores escogidos; donde, con el pensamiento, le robaba por completo su triunfo al párroco. Es cierto que su voz reseñaba muy por encima de las del resto de la congregación; y aún pueden oírse en la iglesia algunos quiebros peculiares, que incluso se oyen a media milla de distancia, al lado opuesto de la alberca del molino, en una mañana apacible de domingo, y se dice que descienden legítimamente de la nariz de Ichabod Crane. Así, mediante diversos apaños de ese orden ingenioso que suele denominarse «a trancas y barrancas», el digno pedagogo salía adelante más que aceptablemente y todos los que no entendían nada de la dureza de la labor mental creían de él que sacaba de ella una vida fantásticamente placentera.

El maestro de escuela suele ser un hombre de cierta importancia en el círculo femenino de un vecindario rural, estando considerado como una especie de personaje de la nobleza ociosa, de gusto y talento ampliamente superiores a los de los toscos zagales campesinos, e inferior en cultura sólo al párroco. Su aparición, por lo tanto, ocasiona con frecuencia un poco de excitación en la mesa de té de una granja, y la adición de una bandeja supernumeraria de pasteles o dulces, o, acaso, la exhibición de una tetera de plata. De modo que nuestro hombre de letras se veía particularmente beneficiado con las sonrisas de todas las damiselas del campo. ¡Cómo figuraba entre ellas en el cementerio, entre los servicios religiosos de los domingos! Recogiendo racimos para ellas de las parras silvestres que recubren los árboles circundantes, recitando para divertirlas todos los epitafios de las lápidas, o deambulando, con todo un corro, por las orillas de la alberca de molino adyacente, mientras los patanes más ruborosos se quedaban rezagados, avergonzados, envidiando su elegancia y sus modales superiores.

Por su vida medio itinerante, era también una especie de gaceta andante, llevando todo el surtido de murmuraciones locales de casa en casa; de suerte que su aparición era siempre acogida con satisfacción. Además, era estimado por las mujeres como un hombre de gran erudición, porque había leído varios libros casi de cabo a rabo, y dominaba a la perfección la historia de Cotton Mather de la Hechicería en Nueva Inglaterra,[3] en la que, por cierto, creía firme y potentemente.

Era, de hecho, una extraña mezcla de insignificante astucia y simple credulidad. Su apetito por lo maravilloso, y su poder para digerirlo, eran igualmente extraordinarios; y ambos habían aumentado con su residencia en aquella región hechizada. Ninguna historia era demasiado burda o monstruosa para sus amplias tragaderas. Con frecuencia se deleitaba, después de despedir a sus escolares por la tarde, tumbándose en el rico lecho de tréboles que bordeaba el pequeño arroyo que plañía junto al edificio de la escuela, y releyendo las pavorosas narraciones de Mather, hasta que se cernía sobre él el crepúsculo de la tarde, convirtiendo la página impresa en una simple niebla ante sus ojos. Luego, mientras se encaminaba, por pantanos, torrentes y temibles bosques a la granja donde estaba hospedado aquel día, cualquier sonido de la naturaleza, a aquella hora de brujas, hacía volar su ya exaltada imaginación; el gemido del chotacabras en la ladera de la colina, el grito ominoso de la rana de San Antonio, ese heraldo de la tormenta, el melancólico ulular de la lechuza blanca, o el susurro repentino en la maleza de aves espantadas de su percha. También las luciérnagas, que emitían vivos destellos en los lugares más oscuros, le sobresaltaban de vez en cuando, cuando una de brillo extraordinario se cruzaba velozmente en su camino; y si, por casualidad, un enorme moscardón o un escarabajo se le venían encima aleteando en su torpe vuelo, el pobre pícaro estaba dispuesto a dejarse morir, con la idea de haber sido alcanzado por la maldición de una bruja. Su único recurso, en tales ocasiones, para ahogar sus pensamientos o alejar a los malos espíritus, era entonar algún salmo; y las buenas gentes del Valle Durmiente, algunos atardeceres, cuando estaban sentados ante sus puertas, se sobrecogían al oír su melodía gangosa, «en dulzura unida largo tiempo expresada», flotando en el monte distante, o por la lóbrega senda.

Otra de sus fuentes de placer medroso era pasar las largas tardes de invierno con las matronas holandesas, mientras éstas hilaban junto al fuego, con una ristra de manzanas asándose y chisporroteando en el hogar, y escuchar sus maravillosas historias de fantasmas y duendes, y de campos encantados, arroyos encantados, puentes encantados, y casas encantadas, y en especial las del jinete sin cabeza, o el galopante soldado del valle, como a veces le llamaban. Él solía deleitarlas a su vez con anécdotas de hechicería, o de los pavorosos augurios, visiones y sonidos portentosos oídos en el aire que habían abundado en los primeros tiempos de Connecticut; y asustarlas angustiosamente con especulaciones sobre los cometas y las estrellas fugaces, así como con el hecho alarmante de que el mundo giraba totalmente en redondo, ¡y ellas estaban la mitad del tiempo patas arriba!

Pero si encontraba un placer en todo ello, mientras se abrigaba cómodamente en el rincón de la chimenea de una habitación, que era toda ella un resplandor oxidado por el crepitante fuego de leña, y donde, desde luego, ningún espíritu se atrevía a mostrar su cara, lo pagaba después a precio muy alto con los terrores de su subsiguiente paseo a casa. ¡Qué temibles formas y sombras sitiaban el camino, en medio del resplandor opaco y espectral de una noche de nieve! ¡Con qué mirada nostálgica observaba cualquier trémulo rayo de luz que se proyectaba sobre campos desiertos desde alguna ventana distante! ¡Con qué frecuencia se quedaba pasmado ante algún matorral cubierto de nieve que, como un espíritu con su sábana, le obstaculizaba el camino! ¡Con qué frecuencia también se encogía, con un sobrecogimiento que le helaba la sangre, con el ruido de sus propios pasos en la corteza de hielo que tenía bajo los pies; y temía mirar por encima del hombro, por miedo a toparse con algún ser extraño patrullando muy cerca suyo! ¡Y con qué frecuencia cayó en el mayor desaliento a causa de alguna ráfaga violenta que aullaba entre los árboles, con la idea de que era el Soldado Galopante en una de sus barridas nocturnas!

Todo eso, no obstante, no eran sino puros terrores de la noche, fantasmas de la mente que caminan en la oscuridad; y a pesar de haber visto numerosos espectros en su época y haber sido acosado más de una vez por Satanás en formas diversas, en sus paseos solitarios, la luz del día ponía fin a todos aquellos males; y habría pasado una vida agradable con ellos, a pesar del diablo y todas sus artimañas, si su camino no hubiese sido cruzado por un ser que causa más pasmo al hombre mortal que los fantasmas, los duendes, y la raza entera de las brujas puestas todas juntas, y que era… una mujer.

Entre los discípulos musicales que se reunían, una tarde por semana, para recibir su instrucción en salmodia, estaba Katrina Van Tassel, hija única de un acaudalado granjero holandés. Era una joven en flor, con sus frescos dieciocho años; rolliza como una perdiz; de mejillas maduras, jugosas y sonrosadas como los melocotones de su padre, y conocida de todos, no sólo por su belleza, sino también por sus vastas expectativas. Era, por otra parte, un poco coqueta, como podía percibirse incluso en su vestido, mezcla de modas antiguas y modernas máximamente adecuada para hacer resaltar sus encantos. Lucía ornamentos de puro oro amarillo, que había traído su tatarabuela de Saardam; el tentador peto de los viejos tiempos; y además unas enaguas provocativamente cortas, para exhibir el pie y el tobillo más lindos de toda la región.

Ichabod Crane tenía un corazón blando y atolondrado para el sexo; y no hay que asombrarse de que un bocado tan tentador encontrase el favor de sus ojos, y más especialmente después de haberla visitado en la mansión paterna. El viejo Baltus Van Tassel era el retrato perfecto del granjero próspero, satisfecho y de espíritu liberal. Es cierto que casi nunca enviaba su mirada ni su pensamiento más allá de los límites de su propia granja; pero dentro de ellos todo era confortable, y feliz, y estaba bien acondicionado. Estaba contento de su riqueza, pero no orgulloso de ella; y se preciaba más de la abundancia espontánea, que del estilo en que vivía. Su fortaleza estaba situada a orillas del Hudson, en uno de esos rincones verdes, resguardados y fértiles en los que los granjeros holandeses son tan aficionados a anidar. Sobre ella extendía sus grandes ramas un enorme olmo, a cuyo pie burbujeaba una fuente del agua más suave y dulce que imaginarse pueda, en un pequeño pozo, hecho con un barril, desde donde fluía, sigilosa y centelleante, a través de la hierba, hasta un arroyo vecino, que burbujeaba entre alisos y sauces enanos. Muy cerca de la granja había un amplio granero, que podría haber servido de iglesia; todas sus ventanas y rendijas parecían a punto de reventar con los tesoros de la granja; el mayal resonaba atareadamente en su interior desde la mañana hasta la noche; las golondrinas y los vencejos revoloteaban gorjeando por los aleros; e hileras enteras de palomas, algunas con un ojo girado hacia arriba, como si vigilaran el tiempo, otras con la cabeza bajo el ala o enterrada en el pecho, y otras hinchándose, arrullándose y merodeando en torno a sus damas, disfrutaban del sol en los tejados. Los puercos cebados y bruñidos gruñían en el reposo y la abundancia de sus pocilgas, de donde salían al exterior, de vez en cuando, tropas de lechones, como para olfatear el aire. Una majestuosa escuadra de gansos nevados avanzaba por una alberca vecina, escoltando a flotas enteras de patos; regimientos de pavos iban gorjeando por el patio de la granja, y las pintadas se agitaban en él como amas de casa enfurruñadas, con su piar descontento y quisquilloso. Delante de la puerta del granero se inflaba el bizarro gallo, modelo de marido, de guerrero, y elegante caballero, batiendo sus alas brillantes y cacareando con orgullo y alegría en el corazón, a veces revolviendo la tierra con los pies, y luego llamando generosamente a su siempre hambrienta familia de esposas e hijos, para que gozasen del rico bocado que había descubierto.

Al pedagogo se le hacía la boca agua al considerar esta promesa suntuosa de albergue lujoso de invierno. Con los ojos de su mente devoradora, se figuraba los cerdos asados dando vueltas con un budín en la tripa y una manzana en la boca; acostaba a las palomas cómodamente en una empanada, y las arropaba con una colcha de costra; hacía nadar a los gansos en su propio jugo; y aparejaba a hogareños patos en las fuentes, como confortables parejas recién casadas, con una decente suficiencia de salsa de cebolla. En los puercos veía labrado el futuro lado alisado del tocino, y del jugoso y sabroso jamón; no había ningún pavo que no contemplase delicadamente atado, con la molleja bajo el ala y, acaso, con un collar de exquisitas salchichas; e incluso el brillante gallo yacía repantigado boca arriba, de segundo plato, con las garras levantadas, como suplicando ese cuartel que su espíritu caballeresco desdeñó pedir en vida.

Mientras el embelesado Ichabod se representaba todo esto y paseaba sus grandes ojos verdes por los abundantes pastos, los ricos campos de trigo, de centeno, de trigo sarraceno y de maíz, y los rojizos huertos cargados de fruto que rodeaban la cálida casa de Van Tassel, su corazón suspiraba por la damisela que había de heredar aquellos dominios, y su imaginación se ensanchaba con la idea de cómo éstos podían transformarse rápidamente en dinero contante y sonante, que a su vez sería invertido en inmensas extensiones de tierra agreste y palacios de tejas en la espesura. Sí, su atareada fantasía hacía ya realidad sus esperanzas, y le mostraba a la floreciente Katrina, con toda una familia de hijos, montada en lo alto de un carromato cargado con los cachivaches de la casa, y con ollas y marmitas tintineando debajo; y se contemplaba a sí mismo a horcajadas sobre una yegua en marcha, con un potro a sus talones, iniciando su viaje a Kentucky, Tennessee, o Dios sabe dónde.

Cuando entró en la casa, la conquista de su corazón fue completa. Era una de esas espaciosas granjas con tejados muy altos en el centro pero que hacen mucha pendiente, construidos en el estilo heredado de los primeros colonos holandeses; los aleros bajos y pronunciados formaban una veranda que podía cerrarse en el mal tiempo. Debajo había colgados mayales, arneses, diversos aperos de labranza y redes para pescar en el río vecino. Se habían construido bancos a los lados para utilizarlos en verano; y una gran rueca en un extremo y una mantequera en el otro demostraban los usos varios a los que se podía consagrar ese importante porche. Desde la veranda el maravillado Ichabod entró en la sala, que constituía el centro de la mansión y el lugar de residencia habitual. Allí, las hileras de utensilios de peltre resplandecientes, ordenados sobre un largo aparador, le deslumbraron. En una esquina había un enorme saco de lana lista para hilar; en otra cierta cantidad de paño de hilo y lana recién salido del telar; las espigas de maíz y las ristras de manzanas y melocotones puestos a secar colgaban en alegres festones por las paredes, mezcladas con el llamativo pimiento rojo; y una puerta dejada entreabierta le permitió asomarse al gran salón donde las sillas, con pies en forma de garras, y las mesas de caoba oscura, brillaban como espejos; y utensilios para el hogar, con el badil y las tenazas correspondientes, resplandecían bajo su techo de puntas de espárragos; naranjas de imitación y conchas decoraban el mantel; había suspendidas sobre éste coloreadas tiras de huevos de aves diversas; un gran huevo de avestruz aparecía colgado en el centro de la estancia, y un aparador esquinero, dejado abierto a sabiendas, descubría sus inmensos tesoros de plata vieja y porcelana bien recompuesta.

Desde el instante en que Ichabod echó la vista encima a esas regiones de deleite, se acabó su paz espiritual; ahora su único estudio era cómo ganarse el afecto de la sin par hija de Van Tassel. No obstante, en esa empresa tenía más dificultades reales de las que solían caerle en suerte a un caballero errante de los de antaño, que rara vez tenía nada más que gigantes, encantadores, fieros dragones y otros adversarios igual de fáciles de vencer contra los que contender; y tenía que abrirse paso tan sólo a través de puertas de hierro y bronce y de muros inquebrantables, hasta el torreón del castillo donde estaba confinada la dama de su corazón; todo lo cual lograba con la misma facilidad con la que un hombre se labraría un camino hasta el centro de una empanada navideña; y entonces, claro, la dama le daba su mano como lo más natural del mundo. Ichabod, por el contrario, tenía que fraguarse un acceso hasta el corazón de una coqueta rural, cercado por un laberinto de antojos y caprichos que no cesaban de ofrecerle nuevas dificultades e impedimentos; y tenía que enfrentarse con una hueste de temibles adversarios auténticos, de carne y hueso, sus numerosos admiradores campesinos, que, apostados en todos los portales de su corazón, mantenían una vigilancia constante e irritada unos sobre otros, pero estaban siempre dispuestos a unirse volando a la causa común contra un nuevo competidor.

Entre éstos el más imponente era un tiparrón fornido, rugiente y fanfarrón, llamado Abraham o, según la abreviatura holandesa, Brom Van Brunt, héroe de la región, que resonaba con el eco de sus hazañas de fuerza y valentía. Tenía anchos los hombros y dobles las articulaciones, el pelo negro, corto y rizado, y aspecto de farolero, aunque no desagradable, por tener un aire mezcla de juerguista y arrogante. A causa de su cuerpo hercúleo y de los poderes de sus miembros, había recibido el apodo de Brom Bones,[4] por el que era universalmente conocido. Tenía fama de poseer un gran conocimiento y destreza en equitación, siendo tan hábil sobre un caballo como un tártaro. Salía siempre vencedor en las carreras y en las peleas de gallos; y, con el ascendiente que adquiere la fuerza física en la vida rústica, era árbitro en todas las disputas, dejando su sombrero a un lado, y exponiendo sus dictámenes con un aire y un tono que no admitían réplica ni apelación. Siempre estaba a punto para una lucha o un jolgorio; pero en su composición no entraba más la perversidad que la mala voluntad; y, en toda su apabullante fiereza, había en su fondo una pincelada de buen humor chocarrero. Tenía tres o cuatro compañeros favoritos, que veían en él a su modelo, y a cuya cabeza batía la región, asistiendo a todas las escenas de riña o diversión en varias millas a la redonda. Cuando hacía frío se le distinguía por su gorra de piel, coronada por una ostentosa cola de zorro; y cuando las gentes, en una reunión campestre, distinguían a distancia su famosa cresta, oscilando en medio de una cuadrilla de duros jinetes, siempre se preparaban para una reyerta. A veces se oía pasar como una exhalación a su grupo, a medianoche, por delante de las granjas, entre burras y holas, como una tropa de cosacos; y las viejas damas, sacadas del sueño con gran sobresalto, solían prestar un momento el oído hasta que la confusión y el ruido se alejaban, y exclamaban: «¡Ay, allí van Brom Bones y su banda!». Los vecinos le miraban con una mezcla de temor, admiración y buena voluntad; y cuando se hacía en el vecindario alguna calaverada, o alguna trapisonda rústica, siempre meneaban la cabeza y aseguraban que Brom Bones estaba detrás de ello.

Este héroe de pacotilla había distinguido durante un tiempo a la esplendorosa Katrina como objeto de sus toscas galanterías, y aunque sus arrumacos amorosos eran algo así como las suaves caricias y cariños de un oso, se rumoreaba que ella no había desalentado del todo sus esperanzas. Lo cierto es que sus avances eran toques de retirada para sus candidatos rivales, que no se sentían inclinados a importunar a un león en sus amores; hasta tal punto, que cuando fue visto su caballo atado a la empalizada de Van Tassel, un domingo por la noche, indicio seguro de que su dueño estaba cortejándola, o, como se expresaba, «galanteándola», en el interior, todos los demás pretendientes pasaron de largo desolados y se fueron a hacer la guerra a otros lugares.

Ese era el imponente rival contra quien tenía que contender Ichabod Crane, y, considerando todos los puntos, un hombre más intrépido que él se habría amedrentado ante la competencia, y otro más prudente habría desesperado. Sin embargo, él tenía en su naturaleza una feliz mezcla de adaptabilidad y perseverancia; era, de cuerpo y de espíritu, como una paulinia: flexible, pero duro; aunque se inclinaba, nunca se rompía; y aunque se plegaba bajo la menor presión, en el momento en que esta cedía… ¡zas! se erguía, y llevaba la cabeza tan alta como siempre.

Haber empezado la campaña abiertamente contra su rival habría sido una locura, pues no era hombre para ser contrariado en sus amores, no más que Aquiles, el tempestuoso amante. Así que Ichabod hizo sus avances de un modo silencioso y suavemente insinuante. Amparándose en su carácter de maestro de canto, hizo frecuentes visitas a la granja; aunque no porque tuviera nada que temer de la interferencia impertinente de los padres, que con tanta frecuencia es un obstáculo en el camino de los enamorados. Balt Van Tassel era una persona fácil e indulgente; quería a su hija más que a su pipa y, como hombre razonable y padre excelente que era, la dejaba salirse con la suya en todo. Su notable esposa, a su vez, ya tenía bastante que hacer atendiendo a su casa y cuidando a sus aves del corral; porque, como juiciosamente comentaba, los patos y los gansos son unos atolondrados y tienen que ser vigilados, mientras que las muchachas pueden velar por sí mismas. Así que, mientras la atareada dama iba y venía por la casa, o se aplicaba al huso en un extremo de la veranda, el honesto Balt solía sentarse en el otro a fumar su pipa de la tarde, contemplando los logros de un pequeño guerrero de madera, que, armado con una espada en cada mano, luchaba valientemente contra el viento en el pináculo del granero. Entretanto, Ichabod seguía galanteando a la hija junto a la fuente que había debajo del gran olmo, o paseando a media luz, a esa hora tan favorable para la elocuencia del enamorado.

Profeso no saber cómo se pretende y conquista el corazón de una mujer. Para mí éstos han sido siempre temas de enigma y admiración. Algunos parecen tener sólo un punto vulnerable, o puerta de acceso; mientras que otros tienen un millar de avenidas, y pueden ser capturados de otras tantas maneras diferentes. Es un gran triunfo de la pericia ganarse a los primeros, pero aún mejor prueba de buen generalato mantener la posesión de los segundos, porque el hombre debe batallar en defensa de su fortaleza en todas las puertas y ventanas. Por lo tanto, aquel que gana mil corazones corrientes tiene derecho a cierto reconocimiento; pero el que conserva un dominio indiscutible sobre el corazón de una coqueta es un auténtico héroe. Lo cierto es que aquél no era el caso con el temible Brom Bones; y desde el momento en que Ichabod Crane hizo sus avances, el interés del otro disminuyó de forma palpable; no volvió a verse su caballo atado a la empalizada los domingos por la noche, y una guerra implacable se gestó gradualmente entre él y el preceptor del Valle Durmiente.

Brom, en cuya naturaleza había cierto grado de burda caballerosidad, gustosamente habría llevado la cosa a la lucha abierta, y establecido sus pretensiones a la dama de acuerdo con el estilo de aquellas razones más concisas y simples de los caballeros errantes de antaño: el combate singular. Pero Ichabod era demasiado consciente del poder superior de su adversario para saltar a la palestra en su contra; había llegado a sus oídos la bravata de Bones de que «doblaría al maestro de escuela, y lo metería en un cajón de su propia escuela»; y era demasiado cauteloso para darle esa oportunidad. Había algo tremendamente provocativo en su sistema obstinadamente pacífico; no le dejaba a Brom más alternativa que recurrir a los fondos de chocarrería rústica que había en su disposición, y gastarle bromas pesadas y groseras a su rival. Ichabod se convirtió en objeto de la persecución antojadiza de Bones y de su banda de duros jinetes. Asolaron sus hasta entonces pacíficos dominios; inundaron de humo su escuela de canto, atrancando la chimenea; irrumpieron en la escuela por la noche, a pesar de sus infranqueables cerrojos de mimbre y estacas en las ventanas, y lo pusieron todo patas arriba; de suerte que el pobre maestro de escuela empezó a pensar que todas las brujas de la región celebraban allí sus aquelarres. Pero, lo que era aún más enojoso, Brom aprovechó cualquier oportunidad para ridiculizarle en presencia de su dama; tenía un perro bribón, a quien enseñó a gimotear del modo más risible, presentándolo como rival de Ichabod para instruir en salmodia a Katrina.

Así siguieron las cosas durante un tiempo, sin producir ningún efecto material en la situación relativa de la fuerzas contendientes. Una bonita tarde otoñal, Ichabod, con humor reflexivo, estaba entronado en una banqueta alta, desde donde solía vigilar todo el territorio de su pequeño reino literario. Agitaba en su mano una férula, ese cetro de poder despótico; la vara de la justicia reposaba en tres clavos, detrás del trono, para terror constante de los malhechores; mientras en el escritorio delante suyo se veían artículos variados de contrabando y armas prohibidas, detectados en las personas de los ociosos pequeñajos, tales como manzanas a medio comer, tirachinas, perinolas, moscas enjauladas, y legiones enteras de pequeños y ufanos gallos de pelea de papel. Aparentemente se había infligido recientemente algún apabullante acto de justicia, porque sus pupilos estaban todos muy atareados, atentos a sus libros o murmurando tras ellos sombríamente con el ojo puesto en el maestro; y una especie de silencio zumbante reinaba en el aula. De pronto éste fue interrumpido por la aparición de un negro, con chaqueta y pantalones de estopa y un fragmento de sombrero de copa redonda, como el gorro de Mercurio; iba montado a lomos de un potro de piel áspera, salvaje y medio decrépito, al que gobernaba con una cuerda a guisa de rienda. Subió ruidosamente hasta la puerta de la escuela, con una invitación para Ichabod para asistir a una parranda, o «alegre reunión social», que se celebraba aquella tarde en casa de Mynheer Van Tassel; y tras transmitir su mensaje con ese aire de importancia y ese esfuerzo de lenguaje refinado que suele exhibir un negro en embajadas triviales de ese estilo, atravesó el arroyo como una exhalación, y fue visto escapando valle adentro, penetrado de la importancia y urgencia de su misión.

Ahora todo fue bullicio y tumulto en la hasta entonces tranquila aula. Los colegiales tuvieron que apresurarse con sus lecciones, sin detenerse en trivialidades; los que eran más avispados se saltaron la mitad con impunidad, y los más lentos recibieron por detrás una vigorosa instancia a fin de acelerar su velocidad, o ayuda para superar una palabra difícil. Los libros fueron dejados a un lado en vez de ordenados en los estantes, se derramaron tinteros, se volcaron los bancos y toda la escuela quedó libre una hora antes de lo habitual, lanzándose los zagales al exterior como una legión de diablillos, aullando y alborotando por la hierba, jubilosos por su temprana emancipación.

El gallardo Ichabod empleó por lo menos media hora de más en su aseo, cepillando y alisando su mejor y, a decir verdad, único traje negro descolorido, y reparando su aspecto con un trocito de espejo que rondaba por la escuela. Como debía efectuar su aparición ante su dama en el auténtico estilo de un caballero, tomó prestado el caballo del granjero con quien estaba domiciliado, un holandés viejo y colérico llamado Hans Van Ripper, y así gallardamente montado, emprendió la marcha, como un caballero errante en busca de aventuras. Pero es adecuado que, de acuerdo con el espíritu de la narración romántica, dé parte del aspecto y equipo de mi héroe y su corcel. El animal sobre el que cabalgaba era un caballo de labranza ya decrépito, que había sobrevivido a todo excepto a su propia agresividad. Era flaco e hirsuto, con el cuello delgado y la cabeza como un martillo; su crin y rabo rojizos estaban enmarañados y enredados con cardos; uno de sus ojos había perdido la pupila, y era brillante y espectral; pero el otro tenía el resplandor de un genuino demonio en su interior. Debía haber tenido fuego y brío en su día, a juzgar por el nombre que le habían puesto: Polvorilla. De hecho había sido el corcel favorito de su dueño, el colérico Van Ripper, que era un jinete furioso y había infundido, probablemente, parte de su propio espíritu en el animal; porque, aunque parecía viejo y decrépito, llevaba el diablo acechante dentro, más que cualquier joven potranca de la región.

Ichabod era una figura adecuada para semejante corcel. Cabalgaba con los estribos cortos, lo que hacía que casi tocase con las rodillas la perilla de la silla; sus codos afilados sobresalían como los de un saltamontes; llevaba la fusta perpendicular en la mano, como un cetro, y al trotar su caballo, el movimiento de sus brazos no dejaba de asemejarse al batir de un par de alas. Le descansaba un sombrerito de lana en la parte superior de la nariz, porque así podía llamarse a la estrecha franja de su frente; y los faldones de su casaca negra le caían flotando casi hasta la cola del caballo. Tal era el aspecto de Ichabod y su corcel, cuando cruzaron tambaleándose la verja de Hans Van Ripper, constituyendo en conjunto una aparición infrecuente de ver a plena luz del día.

Era, como he dicho, una bonita tarde otoñal; el cielo estaba claro y sereno, y la naturaleza lucía esa librea rica y dorada que siempre asociamos con la idea de la abundancia. Los bosques se habían ataviado con sus sobrios amarillos y marrones, aunque algunos árboles entre los más tiernos habían sido quemados por la escarcha y tenían una brillante coloración naranja, púrpura y escarlata. Unas hileras, en procesión, de patos salvajes, empezaban a hacer su aparición alto en el aire; el chillar de las ardillas podía oírse en los bosques de hayas y nogales, y el pensativo silbar de la codorniz, a intervalos, en el campo en rastrojo vecino.

Las aves pequeñas estaban tomando sus banquetes de despedida. En la plenitud de su parranda, revoloteaban, piando y retozando, de arbusto en arbusto, de árbol en árbol, caprichosas con la profusión y variedad mismas que había en torno a ellas. Allí estaban el honesto tordo, caza favorita de los jóvenes deportistas, con su nota alta y quejumbrosa; los gorjeantes mirlos volando en nubes oscuras; el carpintero de alas de oro, con su cresta carmesí, su ancha gorguera negra y su espléndido plumaje; el pájaro del cedro, con sus alas de punta roja y su cola de punta amarilla, y su penacho montero de plumas; y el grajo azul, ese ruidoso fanfarrón, con su alegre capa azul claro y ropa interior blanca; gritando y charlando, meneando la cabeza, asintiendo y saludando y pretendiendo estar en buenas relaciones con todos los cantores de la arboleda.

Mientras Ichabod iba trotando lentamente, su mirada, siempre abierta a cualquier síntoma de abundancia culinaria, recorría con deleite los tesoros del alegre otoño. Por todas partes veía vastos almacenes de manzanas; algunas colgando en opresiva opulencia de los árboles; y otras acumuladas en cestos y barriles para el mercado; y otras aún amontonadas en ricas pilas para la prensa de sidra. Vio a lo lejos los grandes campos de maíz, con sus mazorcas doradas asomando entre sus frondosos envoltorios, y manteniendo la promesa de pasteles y gachas de harina; y las doradas calabazas, que yacían debajo de ellas, girando sus bonitos vientres redondos hacia el sol, y dando amplias expectativas de las más lujosas empanadas. Pasó por delante de los fragantes campos de trigo sarraceno, respirando el aroma de la colmena y, viéndolos, se le vino a la mente una dulce anticipación de exquisitas tartas bien bañadas en mantequilla, y untadas de miel o melaza por la mano delicada y llena de hoyuelos de Katrina Van Tassel.

Alimentando así su mente con muchos dulces pensamientos y suposiciones azucaradas, viajó por las laderas de la cadena de colinas que se cernía sobre algunas de las más grandiosas escenas del poderoso Hudson. El sol fue rodando despacio, con su enorme disco, hacia el oeste. El ancho seno del Tappan Zee permanecía inmóvil y vidrioso, exceptuando aquí y allá una suave ondulación que alargaba y hacía oscilar la sombra azul de la montaña distante. Flotaban en el cielo unas pocas nubes de ámbar, sin una pizca de aire para moverlas. El horizonte lucía un bonito tinte dorado, que fue cambiado poco a poco a verde manzana, y éste al azul profundo del firmamento medio. Un rayo sesgado se prolongaba sobre las crestas boscosas de los precipicios, que pendían sobre algunas partes del río, dando mayor profundidad al gris oscuro y al púrpura de sus paredes rocosas. Una balandra holgazaneaba en la distancia, dejándose llevar, despacio, por la corriente, con la vela colgando inútilmente contra el mástil; y el reflejo del cielo resplandecía a lo largo de las aguas remansadas, pareciendo como si la embarcación estuviera flotando en el aire.

Estaba ya oscureciendo cuando Ichabod llegó al castillo de Heer Van Tassel, que encontró atestado de la flor y nata de la región adyacente. Estaban los viejos granjeros supervivientes de una raza de rostros de cuero, capas y calzones hilados en casa, medias azules, enormes zapatones y magníficas hebillas de peltre, y sus vivarachas y empolvadas damas, con sombreritos ceñidos y arrugados, vestidos cortos, aunque largos de cintura, enaguas hiladas en casa, con tijeras y acericos, y alegres bolsillos de calicó colgando hacia fuera; y también las mozas rollizas, casi tan anticuadas como sus padres, excepto allí donde un sombrero de paja, una cinta fina, o quizá un traje blanco, mostraban los síntomas de la innovación ciudadana. Los hijos llevaban casacas cortas de faldones cuadrados e hileras de relumbronas botonaduras de latón, y el cabello recogido generalmente en cola según la moda de la época, sobre todo si podían conseguir una piel de anguila para tal uso, algo que estaba considerado en toda la región como un potente vitalizador y reforzante del cabello.

Brom Bones era, no obstante, el héroe de la escena, habiendo acudido a la reunión sobre su corcel favorito, Temerario, una criatura, como él, llena de brío y travesura, que nadie sino él sabía manejar. De hecho, tenía fama de preferir los animales agresivos, conocedores de todo tipo de trucos que mantenían al jinete en riesgo constante de romperse la cabeza, pues consideraba que un caballo tratable y bien domado era indigno de un mozo valiente.

Haré gustoso una pausa para extenderme sobre el universo de encantamientos que se abrió repentinamente a la mirada embelesada de mi héroe, al entrar en el salón principal de la mansión de Van Tassel. No los del grupo de mozas rollizas, con su lujosa exhibición de rojos y blancos; sino los vastos encantamientos de una genuina mesa de té campestre holandesa, en la época suntuosa del otoño. ¡Aquellas fuentes con montones de pasteles de los tipos más diversos y casi indescriptibles, conocidos sólo por las experimentadas amas de casa holandesas! Allí estaban los ostentosos buñuelos, el tierno oly koek, y el crujiente y desmoronadizo churro de fruta; pastelillos y dulces, pasteles de jengibre y de miel, y toda la familia de los pasteles. Y también estaban los budines de manzana, de melocotón y de calabaza; además de lonchas de jamón y buey ahumado; y también platos deliciosos de ciruelas en conserva, y melocotones, y peras, y membrillos; por no mencionar el sábalo a la parrilla y los pollos asados; junto con cuencos de leche y crema, todo mezclado sin orden ni concierto, más o menos tal como lo he enumerado, con la maternal tetera despidiendo sus nubes de vapor desde el centro. ¡Dios les bendiga! Me faltan aliento y tiempo para discutir el banquete como merece, y estoy demasiado ansioso por proseguir con mi historia. Por fortuna, Ichabod Crane no tenía tanta prisa como su historiador, e hizo amplia justicia a cada delicia.

Era una criatura amable y agradecida, cuyo corazón se iba dilatando a medida que su piel se llenaba de buen humor, y cuyo ánimo se levantaba con la comida como el de otros con la bebida. Tampoco podía evitar pasear la mirada a su alrededor mientras comía, y reírse entre dientes ante la posibilidad de llegar a ser un día el señor de aquella escena de un lujo y esplendor casi inimaginables. Entonces, pensaba, ¡qué pronto le volvería la espalda al viejo edificio de la escuela, le plantaría los dedos en la cara a Hans Van Ripper y a todos sus demás protectores tacaños, y echaría de su puerta a patadas a cualquier pedagogo itinerante que se atreviera a llamarle colega!

El viejo Baltus Van Tassel se movía entre sus invitados con el rostro dilatado de satisfacción y afabilidad, redondo y alegre como la luna de la cosecha. Sus atenciones de hospitalidad eran breves, pero expresivas, quedando limitadas a un apretón de manos, una palmada en el hombro, una sonora carcajada y una apremiante invitación: «a por ello, y sírvase usted mismo».

El sonido de música en la sala común invitaba a bailar. El músico era un negro viejo de cabello cano, que había sido la orquesta itinerante de la vecindad durante más de medio siglo. Su instrumento estaba tan viejo y gastado como él mismo. La mayor parte del tiempo rasgaba dos o tres cuerdas, acompañando cada movimiento del arco con la cabeza, inclinándose casi hasta el suelo, y pateando el suelo con los pies cuando iba a empezar una nueva pareja.

Ichabod se jactaba de su baile tanto como de sus poderes vocales. Ni uno solo de sus miembros, ni una sola de sus fibras permanecían ociosos; y al ver su cuerpo desarticulado en pleno movimiento, habría uno pensado que el mismísimo San Vito, bendito patrón de la danza, estaba haciendo figuras personalmente ante uno. Era la admiración de todos los negros, que, habiéndose reunido, de todas las edades y tamaños, los de la granja con los de la vecindad, formaban una pirámide de brillantes caras negras en todas las puertas y ventanas, contemplando encantados la escena, haciendo girar sus blancos globos oculares y exhibiendo hileras sonrientes de marfil de oreja a oreja. ¿Cómo podía estar el flagelador de chavales, sino animado y alegre? La dama de su corazón era su pareja en el baile, y sonreía graciosamente en respuesta a todos sus pestañeos amorosos; mientras Brom Bones, dolorosamente aniquilado por el amor y los celos, estaba sentado solo y pensativo en un rincón.

Al terminar el baile, Ichabod fue atraído por un corrillo de gente más sosegada que, junto al viejo Van Tassel, estaban sentados fumando en un extremo del porche, murmurando sobre tiempos pasados, y sacando a relucir largas historias acerca de la guerra.

Aquel vecindario, en la época de la que estoy hablando, era uno de esos lugares altamente favorecidos que abundan en crónicas y grandes hombres. Las líneas británicas y americanas se habían acercado a él durante la guerra; por lo tanto, había sido escenario de saqueos, y había estado infestado de refugiados, vaqueros, y todo tipo de jinetes de frontera. Había transcurrido justo el tiempo suficiente para permitir a cada narrador de historias aderezar su relato con un poco de ficción adecuada y, en la imprecisión de su recuerdo, convertirse a sí mismo en el héroe de cada hazaña.

Estaba la historia de Doffue Martling, un corpulento holandés de barba azulada que casi había tomado una fragata británica con un viejo cañón de hierro de a nueve desde un parapeto de fango; sólo que su arma había estallado a la sexta descarga. Y estaba también la de un viejo caballero que quedará sin nombre, por ser un mynheer demasiado rico para ser mencionado a la ligera, el cual, en la batalla de Whiteplains, siendo un excelente maestro de la defensa, había parado una bala de mosquete con una pequeña espada, de suerte que la había «sentido» pasar silbando en torno a la hoja y rebotar en la empuñadura; y en prueba de ello, estaba dispuesto en cualquier momento a mostrar la espada con la empuñadura un poco torcida. Estaban asimismo las de varios más que habían sido igualmente grandes en el campo, sin que ninguno de ellos dejase de estar convencido de haber tenido una participación importante en la conducción de la guerra a feliz término.

Pero todas estas narraciones no fueron nada comparadas con las de fantasmas y apariciones que les sucedieron. La vecindad es rica en tesoros legendarios de este tipo. Las historias y supersticiones locales medran mejor en estos retiros abrigados y establecidos desde hace largo tiempo; pero son pisoteadas por la muchedumbre en movimiento que forma la población de la mayor parte de nuestras comarcas campestres. Además, nada estimula a los fantasmas en la mayor parte de nuestros pueblos, porque apenas han tenido tiempo de terminar su primera siesta, y darse la vuelta en su tumba, cuando sus amigos supervivientes ya se han ido del vecindario; así que al levantarse por la noche para vagar por los alrededores, no les queda ningún conocido a quien visitar. Esa es quizá la razón de que oigamos hablar tan poco de fantasmas, salvo en nuestras viejas comunidades holandesas.

No obstante, la causa inmediata de la frecuencia de historias sobrenaturales en aquellos parajes se debía sin duda a la proximidad del Valle Durmiente. Había un contagio en el aire mismo que venía de esa zona encantada, y que exhalaba una atmósfera de sueño y fantasía que infectaba toda aquella tierra. Algunas de las gentes del Valle Durmiente estaban presentes en casa de Van Tassel y, como de costumbre, se repartieron las leyendas descabelladas y maravillosas. Contaron muchos relatos lúgubres sobre cortejos fúnebres y llantos y plañidos de duelo oídos y vistos junto al gran árbol donde había sido apresado el infortunado comandante André, árbol que estaba en el vecindario. También aludieron a la mujer de blanco que vagaba por el oscuro hocino de la Roca del Cuervo, y a la que oían gritar con frecuencia en las noches de invierno antes de la tormenta, pues había muerto allí en la nieve. Pero la mayor parte de las historias giraron en torno al espectro favorito del Valle Durmiente, el jinete sin cabeza al que últimamente habían oído varias veces cuando patrullaba la zona; y, se decía que ataba a su caballo por las noches entre las tumbas del cementerio.

La situación apartada de la iglesia parece haber hecho siempre de ella un lugar favorito de aparición para los espíritus inquietos. Está en una loma, rodeada de acacias y altos olmos, entre los que brillan modestamente sus muros decentes y encalados, como si la pureza cristiana resplandeciera a través de las sombras del retiro. Un declive suave desciende hasta una capa plateada de agua, bordeada por altos árboles, entre los que pueden atisbarse las azuladas colinas del Hudson. Contemplando su cementerio cubierto de hierba, donde los rayos del sol parecen dormir tranquilos, piensa uno que allí por lo menos los muertos pueden descansar en paz. A un lado de la iglesia se extiende una gran cañada boscosa, cruzada por un torrente impetuoso entre rocas rotas y troncos de árboles caídos. Sobre una parte negra y profunda de su curso, no lejos de la iglesia, se tendió un puente en tiempos pasados; el camino que conducía a él, y el mismo puente, recibían la sombra densa de árboles que colgaban encima suyo, y que proyectaban una penumbra a su alrededor incluso de día, pero que ocasionaban una temible oscuridad por la noche. Ese era uno de los lugares de aparición favoritos del jinete sin cabeza, y allí era donde se le encontraba con más frecuencia. Se contó la historia del viejo Brouwer, un descreído herético en materia de fantasmas, de cómo se topó con el jinete, de vuelta de sus correrías al Valle Durmiente, y se vio obligado a ir tras él; cómo galoparon por matorrales y helechos, montañas y pantanos, hasta alcanzar el puente, donde el jinete se convirtió de pronto en un esqueleto, tiró al torrente al viejo Brouwer y huyó saltando sobre las copas de los árboles con un estampido de trueno.

Este relato fue apostillado por una aventura tres veces maravillosa de Brom Bones, que presentó al soldado galopante como un consumado jinete. Afirmó que, una noche, cuando regresaba del pueblo vecino de Sing Sing, había sido alcanzado por el soldado de la medianoche, que le había propuesto hacer una carrera por un cuenco de ponche, y le había ganado, pues su Temerario estaba derrotando al corcel duende por completo, pero, al llegar al puente de la iglesia, el mercenario había salido disparado y se había desvanecido entre destellos de fuego.

Todas estas historias, contadas con esa voz queda y soñolienta con que hablan los hombres en la oscuridad, mientras los rostros de los oyentes reciben, de vez en cuando, el fulgor casual del resplandor de una pipa, penetraron profundamente en la mente de Ichabod. Las pagó en especie, con amplios extractos de su valiosísimo autor, Cotton Mather, y añadió muchos sucesos prodigiosos que habían tenido lugar en su estado natal de Connectitut, así como escenas temibles que había visto en sus paseos nocturnos por el Valle Durmiente.

La fiesta fue muriendo lentamente. Los viejos granjeros reunieron a sus familias en sus carromatos, y se les oyó cierto tiempo traquetear por los caminos huecos y a través de las distantes colinas. Algunas de las damiselas montaron en las sillas de los caballos, detrás de sus enamorados favoritos, y el eco de sus abiertas risas, mezcladas con los ruidosos cascos, resonó en los silenciosos bosques, haciéndose cada vez más débil hasta disiparse gradualmente; el reciente escenario de bullicio y jarana quedó silencioso y desierto. Sólo Ichabod se entretuvo, de acuerdo con la costumbre de los amantes campesinos, para tener un tête-à-tête con la heredera; convencido por completo de que estaba en la senda central del éxito. Lo que ocurrió en aquella entrevista, no voy a pretender decirlo, porque lo cierto es que lo ignoro. No obstante, me temo que algo debió ir mal, porque él desde luego salió después de un intervalo no muy largo, con aire bastante desolado y abatido. ¡Ay, estas mujeres! ¡Estas mujeres! ¿Había estado jugándole aquella muchacha una de sus tretas coquetas? ¿Habían sido sus insinuaciones al pobre pedagogo una pura farsa, para asegurarse la conquista del rival de éste? ¡El cielo lo sabe, yo no! Baste con decir que Ichabod emergió con el aire de alguien que hubiera estado robando gallinas, en vez del corazón de una bella dama. Sin mirar ni a derecha ni a izquierda para observar la escena de riqueza rural que le había deleitado con tanta frecuencia, fue directamente a la cuadra y, con varias patadas y golpes violentos, sacó a su corcel, de forma sumamente descortés, de la cómoda cuadra donde dormía profundamente, soñando con montañas de maíz y avena, y valles enteros de alfalfa y tréboles.

Era la auténtica hora de las brujas cuando Ichabod, con un peso en el corazón y la cresta caída, emprendió su excursión a casa, por las laderas de las elevadas colinas que se alzan sobre Tarry Town, que había atravesado tan alegre aquella tarde. Había tanta desolación en la hora como en él. Lejos, al fondo, el Tappan Zee extendía su oscura e indistinta masa de agua, con, aquí y allá, el alto mástil de una balandra, que estaba al ancla tranquilamente debajo del nivel de la tierra. En el mortal silencio de la medianoche, podía incluso oír el ladrido del perro guardián en la orilla opuesta del Hudson; pero era tan vago y tan quedo que sólo daba idea de la distancia de aquel fiel compañero del hombre. De vez en cuando también el cacareo prolongado de un gallo que se despertaba accidentalmente sonaba muy, muy lejano, en alguna granja perdida entre las montañas; pero para él era como un sonido oído en sueños. No había señales de vida cerca de él, salvo ocasionalmente el melancólico chirrido del grillo, o quizá el gangueo gutural de un sapo en una ciénaga vecina, como si durmiera incómodo y de pronto se diera la vuelta en la cama.

Todas las historias de fantasmas y duendes que había oído por la tarde se fueron agolpando en su memoria. La noche era cada vez más oscura; las estrellas parecían hundirse en lo más profundo del cielo, y las nubes de paso se las ocultaban de vez en cuando a la vista. Nunca se había sentido tan solo y deprimido. Además, se estaba acercando al preciso lugar donde se habían centrado muchos de los relatos de fantasmas. En medio del camino se erguía un enorme tulipero, que destacaba como un gigante entre todos los demás árboles de la vecindad, formando una especie de mojón. Sus ramas, nudosas y fantásticas, lo bastante gruesas para formar troncos de árboles normales, se retorcían casi hasta la tierra y se elevaban de nuevo en el aire. Estaba relacionado con la trágica historia del infortunado André, que había sido hecho prisionero junto a él; y era conocido universalmente con el nombre de árbol del comandante André. La gente común lo miraba con una mezcla de respeto y superstición, en parte por simpatía por el destino de su malhadado tocayo, y en parte por las historias de visiones extrañas y lamentaciones lúgubres que se habían contado sobre él.

Al acercarse a aquel temible árbol, Ichabod se puso a silbar; creyó que su silbido era respondido, pero no era sino una ráfaga que acababa de soplar ásperamente entre las ramas resecas. Al acercarse un poco más, creyó ver algo blanco colgando en medio del árbol; se detuvo y cesó de silbar; pero escudriñándolo más minuciosamente percibió que no era más que un lugar donde el árbol había sido chamuscado por el rayo, quedando al desnudo la madera blanca. De pronto oyó un gemido; sus dientes castañetearon y sus rodillas empezaron a dar golpes contra la silla; pero era simplemente la frotación de una enorme rama sobre otra, al ser mecidas por la brisa. Pasó a salvo por el árbol, pero nuevos peligros le aguardaban.

A unas doscientas yardas del árbol cruzaba el camino un pequeño arroyo, que fluía hacia el hocino cenagoso y lleno de frondosos bosques, conocidos por el nombre de pantano de Wiley. Unos pocos troncos pelados, tendidos uno junto a otro, servían de puente sobre este curso de agua. Al lado de la senda donde el arroyo penetraba en el bosque, un grupo de robles y castaños, en una densa maraña de emparrados silvestres, proyectaban sobre él una penumbra cavernosa. Cruzar aquel puente era una prueba de lo más severa. Fue en aquel sitio precisamente donde capturaron al infortunado André, y bajo la protección de los castaños y las viñas donde se ocultaron los decididos campesinos que le sorprendieron. Desde entonces aquél había sido considerado un torrente encantado, y temerosos son los sentimientos del colegial que ha de cruzarlo, solo, después de anochecer.

Al acercarse al arroyo, su corazón empezó a latir con fuerza; hizo acopio, no obstante, de resolución, dio a su caballo una decena de patadas en las costillas y trató de pasar el puente rápida y briosamente; pero en vez de arrancar, el viejo y perverso animal hizo un movimiento lateral, y se puso a correr de costado contra la valla. Ichabod, cuyos miedos aumentaron con el retraso, dio un tirón de las riendas hacia el otro lado, y azuzó vigorosamente al animal con el pie contrario; todo en vano; el corcel se puso en marcha, cierto, pero sólo para zambullirse en el lado opuesto de la senda, en una maleza de zarzas y alisos. El maestro de escuela aplicó ahora fusta y tacón a las costillas famélicas del viejo Polvorilla, el cual salió disparado, jadeando y resoplando, pero se detuvo justo al lado del puente, tan en seco que casi despidió a su jinete por encima de su cabeza. En aquel mismo momento unos pasos chapoteantes al lado del puente atrayeron el fino oído de Ichabod.

En la oscura sombra de la arboleda, en una de las márgenes del arroyo, percibió algo enorme, deforme, negro y descollante. No se movía, sino que parecía recogido en la penumbra, como un monstruo gigantesco listo para saltar sobre el viajero.

Los cabellos del aterrado pedagogo se erizaron de espanto en su cabeza. ¿Qué hacer? Para dar la vuelta y huir era demasiado tarde; y además, ¿qué posibilidad tenía de escapar de un fantasma o un duende, si de aquello se trataba, que podía cabalgar sobre las alas del viento? Haciendo, por lo tanto, acopio y ostentación de valor, preguntó, con acentos balbuceantes: «¿Quién es usted?». No recibió respuesta. Repitió la pregunta con voz aún más agitada. Tampoco entonces hubo respuesta. Una vez más apaleó los costados del inflexible Polvorilla, y, cerrando los ojos, empezó a entonar un salmo con fervor involuntario. Justo en este instante el impreciso objeto de su alarma se puso en movimiento y, con una arremetida y un salto, se plantó en medio del camino. Aunque la noche era oscura y lóbrega, la forma del desconocido podía ahora distinguirse en cierto grado. Parecía ser un jinete de grandes dimensiones, que montaba un caballo negro y de cuerpo poderoso. No ofreció ni pelea ni sociabilidad, sino que permaneció apartado a un lado del camino, marchando a trote corto por el lado ciego del viejo Polvorilla, que ya había superado el susto y la desobediencia.

Ichabod, para quien aquel extraño compañero de la medianoche no era especialmente agradable, reflexionó sobre la aventura de Brom Bones con el soldado galopante, y azuzó a su corcel, con la esperanza de dejarle atrás. El extraño, no obstante, espoleó a su caballo y lo puso a su mismo paso. Ichabod se detuvo, y siguió a marcha de paseo con la idea de quedarse rezagado; el otro hizo lo mismo. En su interior, el ánimo de Ichabod empezaba a derrumbarse; trató de reanudar su salmo, pero su lengua reseca se le pegó al paladar, y no pudo pronunciar ni una estrofa. Había algo, en el silencio huraño y obstinado de su pertinaz compañero, que resultaba misterioso y agobiante. Pronto tuvo su temible explicación. Al subir por un terreno ascendente, que puso en relieve contra el cielo la figura de su compañero de viaje —figura gigantesca de estatura y embozada en una capa—, Ichabod quedó perplejo de horror al percibir… ¡que no tenía cabeza! Pero su horror aún aumentó más al observar que la cabeza que debería haber descansado sobre los hombros era transportada delante suyo en la perilla de la montura; su terror se elevó hasta la desesperación; descargó una lluvia de patadas y golpes sobre Polvorilla, esperando, por medio de un movimiento repentino, darle esquinazo a su acompañante; pero el espectro se lanzó con él a todo galope. Ambos salieron pues disparados, atropellándolo todo; las piedras volaban, y centelleaban chispas a cada salto; y las fútiles ropas de Ichabod revoloteaban en el aire, cuando estiraba su cuerpo largo y descarnado por encima de la cabeza de su caballo en el desenfreno de su carrera.

Habían alcanzado la senda que gira hacia el Valle Durmiente; pero Polvorilla, que parecía poseído por un demonio, en vez de seguir por ella, se volvió en dirección opuesta, y se zambulló de cabeza colina abajo, hacia la izquierda. Ese camino pasa por una hondonada arenosa, sombreada por árboles a lo largo de cosa de un cuarto de milla, hasta cruzarse con el célebre puente de la historia de duendes; y justo al otro lado se alza el verde promontorio en que está la encalada iglesia.

Hasta entonces el pánico del corcel había dado a su inexperto jinete una ventaja aparente en la persecución; pero justo cuando llegó a mitad de la hondonada, las cinchas de la silla cedieron, y sintió que ésta se le resbalaba. La agarró por la perilla, y trató de sujetarla firme, pero en vano; apenas tuvo tiempo para salvarse él, abrazándose al cuello del viejo Polvorilla, cuando la silla cayó al suelo, y oyó que la pisoteaban los cascos de su perseguidor. Por un instante el terror a la ira de Hans Van Ripper le cruzó por la mente, pues era su silla de los domingos; pero no era momento para miedos triviales; el duende estaba junto a su grupa; y (¡torpe jinete era!) bastante trabajo tenía para seguir montado; unas veces resbalando hacia un lado, otras hacia otro, y siempre dando saltos sobre la alta cresta del espinazo de su caballo, con una violencia que temía que lo partiera en dos.

Un claro entre los árboles le alentó con la esperanza de que el puente de la iglesia estaba ya a su alcance. El reflejo ondulante de una estrella argéntea en el seno del torrente le dijo que no estaba equivocado. Vio las paredes de la iglesia resplandecer vagamente detrás de los árboles. Recordó el lugar donde el fantasmagórico contrincante de Brom Bones había desaparecido. «Si consigo llegar a ese puente», pensó Ichabod, «estoy salvado». Entonces oyó al negro corcel jadeando y resoplando justo detrás suyo; incluso imaginó que sentía el calor de su respiración. Otra patada convulsiva en las costillas, y el viejo Polvorilla cayó de un salto sobre el puente; cruzó con estruendo las resonantes planchas; alcanzó el otro lado; e Ichabod volvió la mirada atrás para ver si se desvanecía su perseguidor, según la norma, en un resplandor de fuego y azufre. Justo en aquel momento vio al duende levantado sobre sus estribos, en plena acción de arrojarle su cabeza. Ichabod trató de esquivarla, pero demasiado tarde. El proyectil chocó contra su cráneo con un tremendo estallido; y cayó de cabeza al polvo, mientras Polvorilla, el corcel negro y el jinete duende pasaban junto a él como un torbellino.

A la mañana siguiente el viejo caballo fue encontrado sin su silla, y con la brida debajo de los pies, arrancando tranquilamente la hierba a la puerta de la casa de su amo. Ichabod no apareció para desayunar; llegó la hora del almuerzo, pero Ichabod no. Los chicos se reunieron en la escuela, y estuvieron paseando ociosamente por las orillas del arroyo; pero sin maestro. Hans Van Ripper empezó a sentir cierto desasosiego por el destino del pobre Ichabod y el de su silla. Se inició una indagación y, tras diligentes investigaciones, dieron con indicios de él. En una parte del camino de la iglesia fue encontrada la silla, pisoteada en el polvo; y las huellas de cascos de caballos profundamente incrustadas en el camino y evidentemente hechas a una velocidad endiablada fueron seguidas hasta el puente, pasado el cual, a orillas de una parte más ancha del arroyo, por donde el agua fluía más profunda y negra, se encontró el sombrero del infortunado Ichabod, y justo al lado una calabaza hecha pedazos.

Se dragó el arroyo, pero no habían de descubrir en él el cuerpo del maestro. Hans Van Ripper, como albacea de sus bienes, examinó el hatillo que contenía todos sus efectos mundanos. Consistían en dos camisas y media; dos cuellos duros; un par o dos de medias en mal estado; un par viejo de calzones de pana; una navaja de afeitar oxidada; un libro de salmos cantados, llenos de puntas dobladas; y un diapasón roto. En cuanto a los libros y muebles de la escuela, pertenecían a la comunidad, excepto laHistoria de la hechicería de Cotton Mather, un almanaque de Nueva Inglaterra, y un libro de sueños y nigromancia, en el que había una hoja de papel de oficio muy garabateada y tachada, en varios intentos infructuosos de hacer un borrador de versos en honor de la heredera Van Tassel. Estos libros de magia y los garabatos poéticos fueron sin dilación consignados a las llamas por Hans Van Ripper, quien, de entonces en adelante, decidió no volver a enviar a sus hijos a la escuela; observando que no sabía que nunca hubiera salido nada bueno de aquellas lecturas y escritos. El dinero que pudiera tener el maestro de escuela, y había recibido su paga cuatrimestral hacía sólo uno o dos días, debía llevarlo encima en el momento de su desaparición.

El misterioso suceso provocó muchas especulaciones en la iglesia el domingo siguiente. Se reunieron grupitos de curiosos y charlatanes en el cementerio, en el puente, y en el lugar donde habían sido encontrados el sombrero y la calabaza. Las historias de Brower, Bones y todo un surtido de otras, acudieron a las memorias; y cuando las hubieron considerado diligentemente y comparado con los síntomas del reciente caso, menearon las cabezas y llegaron a la conclusión de que a Ichabod se lo había llevado el soldado galopante. Era soltero y no le debía nada a nadie; así que nadie se hizo ya más cábalas acerca de él. La escuela fue trasladada a otro lugar del valle, y otro pedagogo reinó en su puesto.

Lo cierto es que un viejo granjero, que fue a New York de visita varios años después, y a quien se debe esta versión de la fantasmal aventura, llevó a casa la noticia de que Ichabod Crane seguía vivo; que había dejado la vecindad en parte por miedo al duende y a Hans Van Ripper, y en parte mortificado por haber sido repentinamente rechazado por la heredera; que había cambiado este domicilio por otro lugar distante del país, había gobernado la escuela y estudiado leyes al mismo tiempo, había pasado su examen de abogado, se había vuelto político, había hecho su campaña electoral y escrito para los periódicos, y finalmente había sido nombrado juez del tribunal de Ten Pound. También Brom Bones, que, poco después de la desaparición de su rival, llevó a la floreciente Katrina triunfantemente al altar, parecía estar de lo más enterado siempre que se relataba la historia de Ichabod, y estallaba en alegres carcajadas al mencionarse la calabaza; algo que hizo sospechar a unos cuantos que sabía más del asunto de lo que quería contar.

No obstante las viejas matronas campesinas, que son los mejores jueces en estas cuestiones, sostienen aún hoy que Ichabod fue embrujado y llevado por medios sobrenaturales; y ésa es una de las historias favoritas que se cuentan con frecuencia en la vecindad durante el invierno, alrededor del fuego vespertino. El puente se convirtió más que nunca en objeto de admiración supersticiosa, y esa podría ser la razón por la que en los últimos años se ha alterado el camino, de suerte que ahora se llega a la iglesia bordeando la alberca. La escuela, abandonada y desierta, pronto empezó a derrumbarse, y se dijo de ella que estaba encantada por el fantasma del infortunado pedagogo; y el mozo de arado, de vuelta a casa en una tarde estival silenciosa, se imagina a menudo que oye su voz en la distancia, entonando un salmo melancólico entre la tranquilas soledades del Valle Durmiente.

POSDATA ENCONTRADA DE PUÑO Y LETRA DEL SEÑOR KNICKERBOCKER

Este relato ha sido transmitido casi en las palabras exactas con las que lo oí contar en una reunión en el ayuntamiento de la antigua ciudad de Manhattoes, donde estaban presentes muchos de sus ciudadanos más sabios e ilustres. El narrador era un individuo agradable, andrajoso y caballeresco, vestido con un traje de tela mosqueteada, y de rostro tristemente humorístico; alguien de quien tengo la fuerte sospecha de que era pobre: tantos fueron los esfuerzos que hizo para entretener. Cuando concluyó su historia, hubo risas y aprobación general, sobre todo por parte de dos o tres concejales delegados, que habían estado durmiendo casi todo el tiempo. Hubo, sin embargo, un caballero alto y reseco, con cejas prominentes, que mantuvo una expresión grave y más bien severa en todo momento; cruzándose de brazos de vez en cuando, inclinando la cabeza, y bajando la mirada al suelo, como si se estuviera dando vueltas a una duda en la cabeza. Era uno de esos hombres cautelosos, que nunca se ríen, salvo cuando tienen buenas bases para ello: o sea, cuando tienen la razón y la ley de su parte. Cuando la hilaridad del resto de los presentes se hubo calmado y se restituyó el silencio, apoyó un brazo en el codo de su silla y, poniendo el otro en jarras, preguntó, con un movimiento de cabeza ligero, pero tremendamente solemne, y una contracción del entrecejo, cuál era la moral de la historia, y qué pretendía demostrar.

El narrador, que se estaba llevando un vaso de vino a los labios, como refrigerio después de sus afanes, hizo una breve pausa, miró al inquisidor con un aire de infinita deferencia y, bajando el vaso despacio hasta la mesa, manifestó que lógicamente el propósito de la historia era demostrar.

—Que no hay situación en la vida que no tenga sus ventajas y placeres, siempre que sepamos tomarnos a bien una broma al descubrirla.

»Que, por lo tanto, aquél que hace carreras ecuestres con fantasmas de soldados está expuesto a tener una mala cabalgata.

»Ergo, que para un maestro de escuela rural, el que le sea negada la mano de una heredera holandesa constituye un paso seguro hacia la alta promoción en las cosas del Estado.

Al circunspecto caballero se le hicieron diez frunces más en el entrecejo al oír esta explicación, pues estaba sumamente perplejo con el razonamiento del silogismo; mientras, según creí adivinar, el del traje mosqueteado le miraba de soslayo con algo así como una socarronería triunfante. Por fin declaró que todo aquello estaba muy bien, pero que le seguía pareciendo que la historia era un poco extravagante, y había uno o dos puntos sobre los que tenía sus dudas.

—Le aseguro, señor —replicó el narrador de la historia—, que en lo concerniente a esto, yo mismo no me creo ni la mitad.

D. K.


[1] «Ciudad de la Demora». A pesar de lo jocoso del nombre, se trata de una población realmente existente, donde Irving adquirió una propiedad rural a la que se retiró en 1845. (N. d. E.)

[2] En el siglo XVIII era práctica corriente de los principillos y reyezuelos alemanes vender o alquilar tropas a países extranjeros para nutrir sus habitualmente famélicas economías. Los británicos emplearon algunas tropas de esa clase durante la Independencia de los Estados Unidos (1776-1783). De ahí la presencia en Norteamérica del espectro de un soldado alemán. (N. d. E.)

[3] Alusión a la obra de Cotton Mather The Wonders of the Invisible World (Las maravillas del mundo invisible) (1693). Pese a la agresividad homicida de su contenido (demostración de la existencia de las brujas, incitación a su persecución y destrucción, descripciones deleitadas de juicios y ejecuciones de brujas y hechiceros), la obra es una de las piezas más valiosas de la literatura colonial norteamericana. (N. d. E.)

[4] Bones: Huesos. (N. d. T.)

© Washington Irving: The Legend of Sleepy Hollow (La leyenda del Valle Durmiente). Publicado en  The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent, 1819. Traducción de Emilio Olcina Aya – Marta Pérez.

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