Robert W. Chambers: El signo amarillo

Robert W. Chambers - El signo amarillo
Anuncio

Sinopsis: «El signo amarillo» (The Yellow Sign) es un cuento de Robert W. Chambers, publicado en 1895 dentro de la colección The King in Yellow. Mientras pinta un retrato, un artista se ve perturbado por la presencia de un misterioso hombre en el patio de la iglesia vecina. El rostro del hombre —blanquecino, hinchado y repugnante—, le causa una fuerte impresión, que parece contaminar incluso su obra. Por su parte, su modelo, Tessie, le cuenta un sueño recurrente, en el que un misterioso cochero transporta un ataúd en una lúgubre carroza fúnebre. La impresión de la muchacha es inmensa cuando descubre que el hombre de la iglesia es el mismo que aparece en sus sueños.

Robert W. Chambers - El signo amarillo

El signo amarillo

Robert W. Chambers
(Cuento completo)

Anuncio

«Que el alba roja presuma
lo que haremos,
cuando esta luz estelar azul muera
y todo se haya acabado.»


I. CONTENIDO DE UNA CARTA SIN FIRMA ENVIADA AL AUTOR

¡Hay tantas cosas imposibles de explicar! ¿Por qué ciertos acordes musicales me hacen pensar en los tonos pardos y dorados del follaje otoñal? ¿Por qué la Misa de Sainte Cécile envía mis pensamientos a vagar por cavernas cuyas paredes fulguran con ásperas masas de plata virgen? ¿Qué había en el estruendo y el tumulto de Broadway, a las seis en punto, que hacía surgir ante mis ojos la imagen de un bosque bretón inmóvil, donde la luz del sol se filtraba entre el follaje primaveral y Sylvia se inclinaba, entre conmovida y curiosa, sobre un pequeño lagarto verde, murmurando: «¡Pensar que esto también es un pequeño pupilo de Dios!».

Cuando vi por primera vez al vigilante, me daba la espalda. No le presté más atención que a cualquier otro hombre que deambulase aquella mañana por Washington Square y, cuando cerré la ventana y volví a mi taller, ya lo había olvidado. Avanzada la tarde, como el día era caluroso, volví a levantar la hoja de la ventana y me incliné hacia fuera para aspirar una bocanada de aire. Un hombre se hallaba en el patio de la iglesia, y volví a fijarme en él con tan poco interés como por la mañana. Miré al otro lado de la plaza, hacia donde la fuente lanzaba sus chorros, y luego, con la mente llena de vagas impresiones de árboles, senderos asfaltados y grupos en movimiento de niñeras y paseantes, me dispuse a regresar a mi caballete. Al girarme, mi mirada distraída volvió a abarcar al hombre de abajo, en el patio de la iglesia. Ahora tenía el rostro vuelto hacia mí, así que, con un movimiento completamente involuntario, me incliné para verlo mejor. En ese mismo instante levantó la cabeza y me miró. De inmediato pensé en un gusano de ataúd. No sé qué había en aquel hombre que me repugnaba, pero la impresión de un gusano tumular, gordo y blanco, fue tan intensa y nauseabunda que debí de reflejarla en el rostro, porque apartó su cara hinchada con un movimiento que me recordó al de una larva perturbada dentro de una castaña.

Regresé al caballete e indiqué a la modelo que retomara la pose. Trabajé un rato hasta que me di cuenta de que estaba echando a perder, en pocos minutos, lo que había logrado en varios días, así que tomé una espátula y raspé de nuevo el color. Los tonos de carne habían quedado cetrinos y malsanos, y no entendía cómo había podido introducir colores tan enfermizos en un estudio que antes había resplandecido con tonos saludables.

Miré a Tessie. No había cambiado en nada. El claro rubor de la salud teñía su cuello y sus mejillas mientras yo fruncía el ceño.

—¿He hecho algo mal? —dijo.

—No; he estropeado este brazo, y por mi vida que no entiendo cómo he podido meter semejante barro en el lienzo —respondí.

—¿No poso bien? —insistió.

—Por supuesto, perfectamente.

—Entonces no es mi culpa, ¿verdad?

—No. Es culpa mía.

—Lo siento mucho —dijo.

Le indiqué que podía descansar mientras aplicaba un paño y aguarrás a la mancha pestilente del lienzo, y se fue a fumar un cigarrillo y a hojear las ilustraciones del Courier Français.

No sabía si era cosa del aguarrás o un defecto de la tela, pero cuanto más restregaba, más parecía extenderse aquella gangrena. Trabajé como un castor, sin descanso, para eliminarla, y aun así la enfermedad parecía avanzar de miembro en miembro en el estudio que tenía ante mí. Alarmado, intenté detenerla, pero entonces el color del pecho cambió y la figura entera pareció absorber la infección como una esponja absorbe el agua. Empuñé con energía la espátula, el aguarrás y el rascador, pensando todo el tiempo en la escena que iba a armarle a Duval, que me había vendido el lienzo; pero pronto advertí que no era la tela la defectuosa, ni tampoco los colores de Edward.

«Debe de ser el aguarrás —pensé con rabia—, o mis ojos se han enturbiado tanto con la luz de la tarde que ya no veo con claridad».

Llamé a Tessie, la modelo. Acudió y se inclinó sobre mi silla, llenando el aire con volutas de humo.

—¿Qué ha estado haciendo? —exclamó.

—Nada —gruñí—. ¡Debe de ser este aguarrás!

—Qué color tan horrible tiene ahora —continuó—. ¿Cree que mi carne se parece al queso verde?

—No, no lo creo —dije con irritación—. ¿Me ha visto usted pintar así alguna vez?

—¡Desde luego que no!

—¡Pues eso!

—Será el aguarrás, o alguna otra cosa —admitió.

Se puso un kimono japonés y se acercó a la ventana. Yo raspé y froté hasta cansarme y, por último, tomé los pinceles y los lancé, atravesando el lienzo, con una violenta imprecación, de la cual sólo el tono llegó a oídos de Tessie.

Aun así, no tardó en exclamar:

—¡Eso es! ¡Maldecir, hacer el tonto y estropear los pinceles! Lleva tres semanas con ese estudio, y ahora mire. ¿De qué sirve rasgar el lienzo? ¡Qué criaturas son los artistas!

Me sentí tan avergonzado como suelo sentirme después de semejantes arrebatos, y volví el destrozado lienzo contra la pared. Tessie me ayudó a limpiar los pinceles y luego se fue bailando a vestirse. Desde detrás del biombo me obsequió con toda clase de consejos acerca de la pérdida parcial o total del genio, hasta que, pensando quizá que ya me había mortificado lo suficiente, salió para suplicarme que le abrochara el corpiño a la altura del hombro, donde no alcanzaba.

—Todo empezó a ir mal desde que volvió usted de la ventana y habló de ese hombre de aspecto horrible que vio en el patio de la iglesia —anunció.

—Sí, seguramente embrujó el cuadro —dije, bostezando.

Miré el reloj.

—Sé que pasan de las seis —dijo Tessie, ajustándose el sombrero ante el espejo.

—Sí —respondí—. No quería retenerla tanto tiempo.

Me asomé a la ventana, pero retrocedí con disgusto, porque el joven de rostro pastoso estaba abajo, en el patio de la iglesia. Tessie advirtió mi gesto de desaprobación y se inclinó también hacia fuera.

—¿Es ese el hombre que no le gusta? —susurró.

Asentí con la cabeza.

—No puedo verle la cara, pero sí que parece gordo y blando. De algún modo —continuó, volviéndose hacia mí— me recuerda a un sueño, un sueño horrible que tuve una vez. Pero —añadió, mirando sus bien formados zapatos—, ¿fue realmente un sueño?

—¿Cómo voy a saberlo? —sonreí.

Tessie sonrió a su vez.

—Usted salía en él —dijo—, así que quizá sepa algo al respecto.

—¡Tessie, Tessie! —protesté—. ¡No se atreva a halagarme diciendo que sueña conmigo!

—Pero es verdad —insistió—. ¿Quiere que se lo cuente?

—Adelante —respondí, encendiendo un cigarrillo.

Tessie se apoyó en el alféizar de la ventana abierta y comenzó muy seriamente:

—Una noche del invierno pasado estaba en la cama, sin pensar en nada en particular. Había estado posando para usted y estaba agotada, y aun así me parecía imposible dormir. Oí las campanas de la ciudad dar las diez, las once y la medianoche. Debí de dormirme alrededor de esa hora, porque no recuerdo haberlas oído después. Me pareció que apenas había cerrado los ojos cuando soñé que algo me impulsaba a ir a la ventana. Me levanté y, al alzar la hoja, me incliné hacia fuera. La calle Veinticinco estaba desierta hasta donde alcanzaba la vista. Empecé a sentir miedo; todo afuera parecía tan… tan negro e incómodo. Entonces llegó a mis oídos el ruido distante de unas ruedas, y me pareció que eso era lo que debía esperar. Muy lentamente las ruedas se acercaron y, por fin, pude distinguir un vehículo que avanzaba por la calle. Se acercó cada vez más y, cuando pasó por debajo de mi ventana, vi que era un coche fúnebre. Entonces, mientras yo temblaba de miedo, el cochero se volvió y me miró directamente. Al despertar estaba de pie junto a la ventana abierta, tiritando de frío, pero el coche fúnebre de plumas negras y el cochero habían desaparecido. Volví a soñar lo mismo en marzo pasado y de nuevo desperté junto a la ventana abierta. Anoche el sueño regresó. Usted recuerda cómo llovía; cuando desperté, de pie ante la ventana abierta, el camisón estaba empapado.

—¿Y dónde aparezco yo en el sueño? —pregunté.

—Usted… usted estaba en el ataúd; pero no estaba muerto.

—¿En el ataúd?

—Sí.

—¿Cómo lo sabía? ¿Podía verme?

—No; sólo sabía que usted estaba allí.

—¿Había cenado usted Welsh rarebit o ensalada de langosta? —empecé a reír, pero la muchacha me interrumpió con un grito aterrorizado.

—¿Qué pasa? —dije al verla encogerse en el hueco de la ventana.

—El… el hombre de abajo, en el patio de la iglesia; él conducía el coche fúnebre.

—Tonterías —dije, pero los ojos de Tessie estaban desmesuradamente abiertos por el terror.

Me acerqué a la ventana y miré afuera. El hombre había desaparecido.

—Vamos, Tessie —la animé—, no sea tonta. Ha posado demasiado tiempo; está nerviosa.

—¿Cree que podría olvidar esa cara? —murmuró—. Tres veces vi pasar el coche fúnebre bajo mi ventana, y las tres veces el cochero se volvió y me miró. ¡Oh, su cara era tan blanca y blanda! Parecía la de un muerto; como si hubiera estado muerto desde hacía mucho tiempo.

La hice sentarse y beber un vaso de Marsala. Luego me senté a su lado e intenté darle algún consejo.

—Mire, Tessie —le dije—, váyase al campo una semana o dos y no volverá a soñar con coches fúnebres. Posa todo el día y, cuando llega la noche, tiene los nervios alterados. Así no se puede seguir. Además, en lugar de irse a la cama cuando termina la jornada, se va de picnic a Sulzer’s Park, o al Eldorado, o a Coney Island, y cuando viene aquí a la mañana siguiente está rendida. No hubo ningún coche fúnebre de verdad. Eso fue un sueño por cena pesada.

Ella sonrió débilmente.

—¿Y el hombre del patio de la iglesia?

—Oh, no es más que una criatura corriente, malsana, de todos los días.

—Tan cierto como que me llamo Tessie Reardon, se lo juro, Mr. Scott: la cara del hombre de abajo, en el patio de la iglesia, es la cara del hombre que conducía el coche fúnebre.

—¿Y qué? —dije—. Es un oficio honrado.

—Entonces usted cree que sí vi el coche fúnebre.

—Oh —dije, con diplomacia—, si de veras lo vio, no sería raro que el hombre de abajo lo condujera. No hay nada de particular en eso.

Tessie se levantó, desenrolló su pañuelo perfumado y, tomando un trocito de chicle de un nudo en el dobladillo, se lo llevó a la boca. Luego, al ponerse los guantes, me ofreció la mano y, con un franco:

—Buenas noches, Mr. Scott —salió.

II

A la mañana siguiente, Thomas, el botones, me trajo el Herald y una noticia: la iglesia de al lado había sido vendida. Di gracias al cielo; no porque, siendo católico, sintiera repugnancia alguna hacia la congregación vecina, sino porque mis nervios estaban destrozados por un predicador estridente, cuyas palabras resonaban por la nave de la iglesia como si las pronunciara dentro de mis propias habitaciones, y que insistía en arrastrar las erres con una persistencia nasal que me sublevaba todos los instintos. Además, también estaba aquel demonio con forma humana: un organista que despachaba algunos grandiosos himnos antiguos con una interpretación demasiado personal, y yo ansiaba la sangre de una criatura capaz de ejecutar la doxología con un “arreglo” de acordes menores que uno sólo oye en las habitaciones de un puñado de estudiantes muy jóvenes. Creo que el pastor era un buen hombre, pero cuando bramaba: «¡Y el Señorrr dijo a Moisés: el Señorrr es un hombre de guerra; el Señorrr es su nombre! ¡Mi ira se encenderá y os mataré con la espaaada!», me preguntaba cuántos siglos de purgatorio serían necesarios para expiar semejante pecado.

—¿Quién compró la propiedad? —pregunté a Thomas.

—Nadie que yo conozca, señor. Dicen que el caballero que posee estos apartamentos Hamilton la estaba mirando. Quizá quiera construir más estudios.

Me acerqué a la ventana. El joven de rostro enfermizo estaba junto a la verja del patio de la iglesia, y al verlo me invadió la misma repugnancia abrumadora.

—A propósito, Thomas —dije—, ¿quién es ese individuo de ahí abajo?

Thomas resopló con desprecio.

—¿Ese gusano, señor? Es el vigilante nocturno de la iglesia, señor. Me harta verlo ahí sentado toda la noche en esos escalones, mirándolo a uno de esa forma tan insolente. Yo ya le habría partido la cabeza, señor…; disculpe, señor.

—Continúa, Thomas.

—Una noche que volvía a casa con Harry, el otro muchacho inglés, lo vi ahí sentado, en esos escalones. Llevábamos con nosotros a Molly y a Jen, señor, las dos chicas del servicio de bandejas, y él nos miró de un modo tan insolente que me adelanté y le dije: “¿Qué miras, babosa gorda?”. Disculpe, señor, pero así fue como se lo dije. Entonces no respondió nada, y yo añadí: “Sal y te partiré esa cabeza de pudín”. Abrí la verja y entré, pero él no dijo nada; sólo seguía mirando de esa forma tan insolente. Entonces le solté un puñetazo y… ¡uf! Tenía la cabeza tan fría y blanda que daba asco tocarla.

—¿Y qué hizo él? —pregunté, intrigado.

—¿Él? Nada.

—¿Y tú, Thomas?

El joven se ruborizó, turbado, y sonrió con incomodidad.

—Mr. Scott, no soy ningún cobarde, y no acabo de explicarme por qué salí corriendo. Estuve en el Quinto de Lanceros, señor; corneta en Tel-el-Kebir, y me hirieron a tiros junto a los pozos.

—¿Quieres decir que huiste?

—Sí, señor; hui.

—¿Por qué?

—Eso es lo que yo quisiera saber, señor. Agarré a Molly y eché a correr, y los demás estaban tan asustados como yo.

—¿Pero de qué tenían miedo?

Thomas se negó a contestar durante un rato; pero mi curiosidad por el repulsivo joven de abajo estaba ya despierta y lo apremié. Tres años de estancia en América no sólo habían modificado el dialecto cockney de Thomas, sino que también le habían inculcado el temor americano al ridículo.

—¿Me creerá, Mr. Scott?

—Sí, te creeré.

—¿Se reirá de mí, señor?

—¡Nada de eso!

Vaciló.

—Bueno, señor, es la pura verdad que, cuando le pegué, me agarró de las muñecas y, al retorcerle yo su puño blando y pastoso, uno de sus dedos se me quedó en la mano.

La repugnancia y el horror que se reflejaban en el rostro de Thomas debieron de reflejarse también en el mío, porque añadió:

—Es espantoso; y ahora, cuando lo veo, me largo. Ese tipo me pone enfermo.

Cuando Thomas se fue, me acerqué a la ventana. El hombre estaba junto a la barandilla del patio de la iglesia, con ambas manos apoyadas en la verja; pero me retiré apresuradamente al caballete, enfermo y horrorizado, al ver que le faltaba el dedo medio de la mano derecha.

A las nueve llegó Tessie y desapareció detrás del biombo con un alegre:

—Buenos días, Mr. Scott.

Cuando volvió a salir y tomó su pose sobre la tarima, empecé un lienzo nuevo, para su evidente satisfacción. Permaneció callada mientras yo encajaba el dibujo, pero en cuanto cesó el rascar del carboncillo y tomé el fijador, comenzó a charlar.

—¡Anoche lo pasé estupendamente! Fuimos a Tony Pastor’s.

—¿Quiénes “fuimos”? —pregunté.

—Maggie —ya sabe, la modelo del señor Whyte—, y Pinkie McCormick; la llamamos Pinkie porque tiene ese precioso pelo rojo que tanto les gusta a ustedes los artistas… y Lizzie Burke.

Pulvericé el fijador sobre el lienzo y dije:

—¿Y bien?

—Vimos a Kelly y a Baby Barnes, la bailarina… y a todos los demás. Hice una conquista.

—Entonces, ¿me has traicionado, Tessie?

Ella rio y negó con la cabeza.

—Es Ed, el hermano de Lizzie Burke. Es todo un caballero.

Me sentí obligado a darle algunos consejos paternales acerca de esas conquistas, que ella aceptó con una sonrisa radiante.

—Puedo cuidarme de una conquista extraña —dijo, examinando su chicle—, pero Ed es distinto. Lizzie es mi mejor amiga.

Luego me contó cómo Ed había regresado de la fábrica de medias de Lowell, Massachusetts, y se había encontrado con que Lizzie y ella ya eran mujeres; me habló de lo formal y educado que era, y de cómo no le había dolido gastar medio dólar en helados y ostras para celebrar su entrada como dependiente en la sección de lanas de Macy’s. Antes de que terminara, yo ya había empezado a pintar, y ella volvió a la pose, sonriendo y parloteando como un gorrión. Al mediodía tenía el estudio bastante bien resuelto, y Tessie se acercó a mirarlo.

—Así está mejor —dijo.

Eso mismo pensé yo, y almorcé con la satisfacción de que todo marchaba bien. Tessie extendió su comida sobre una mesa de dibujo frente a mí; bebimos nuestro clarete de la misma botella y encendimos los cigarrillos con la misma cerilla. Yo sentía un profundo cariño por Tessie. La había visto crecer, pasar de niña frágil y desmañada a una mujer esbelta y exquisitamente formada. Había posado para mí durante los últimos tres años y, entre todos mis modelos, era mi favorita. Me habría perturbado mucho que se hubiera vuelto “resabiada” o “avispada”, como se dice; pero nunca advertí en ella deterioro alguno de modales, y en el fondo sentía que estaba bien.

Nunca hablábamos de moral, y no tenía intención de hacerlo: en parte porque yo mismo carecía de ella, y en parte porque sabía que haría lo que le viniera en gana a pesar de mí. Aun así, deseaba que se mantuviera lejos de complicaciones, porque le tenía afecto y, además, albergaba el deseo egoísta de conservar a la mejor modelo que había tenido. Sabía que eso de “hacer conquistas”, como ella lo llamaba, no significaba nada para chicas como Tessie, y que tales cosas en América no se parecían en absoluto a las mismas cosas en París. Sin embargo, con los ojos abiertos, también sabía que alguien acabaría llevándose a Tessie algún día, de una forma u otra; y aunque yo me repetía que el matrimonio era una tontería, esperaba sinceramente que, en ese caso, hubiera un sacerdote al final del camino.

Soy católico. Cuando oigo misa mayor, cuando me santiguo, siento que todo —incluido yo mismo— resulta más alegre; y cuando me confieso, me hace bien. Un hombre que vive tan solo como yo debe confesarse con alguien. Además, Sylvia era católica, y eso bastaba para mí. Pero estaba hablando de Tessie, que es muy distinto. Tessie también era católica, y mucho más devota que yo; así que, considerándolo todo, tenía poco miedo por mi bonita modelo mientras no se enamorara. Pero, llegado ese momento, sabía que sólo el destino decidiría su porvenir, y rezaba en silencio para que el destino la mantuviera alejada de hombres como yo y pusiera en su camino únicamente a Ed Burke y a Jimmy McCormick. ¡Dios bendiga su dulce rostro!

Tessie se sentó, lanzando volutas de humo hacia el techo y haciendo tintinear el hielo en su vaso.

—¿Sabes, chiquilla, que yo también tuve un sueño anoche? —observé. A veces la llamo “chiquilla”.

—No sería sobre ese hombre —rio ella.

—Exactamente. Un sueño parecido al tuyo, sólo que mucho peor.

Fue una imprudencia decirlo, pero ya se sabe el poco tacto que solemos tener los pintores.

—Debí de dormirme hacia las diez —continué—, y al cabo de un rato soñé que despertaba. Oía con tanta claridad las campanadas de medianoche, el viento en las ramas de los árboles y el silbido de los vapores en la bahía, que aún ahora apenas puedo creer que no estuviera despierto. Me parecía estar acostado en una caja con tapa de cristal. Distinguía vagamente las farolas al pasar, porque —debo decirte, Tessie— la caja en la que yacía parecía ir colocada en un carruaje acolchado que me sacudía sobre el empedrado. Tras un rato me impacienté e intenté moverme, pero la caja era demasiado estrecha. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho y no podía levantarlas para ayudarme. Escuché y luego intenté llamar. No tenía voz. Oía el golpeteo de los cascos de los caballos que tiraban del carruaje, e incluso la respiración del cochero. Entonces otro sonido me llegó, como el de una ventana al alzarse. Logré girar un poco la cabeza y comprobé que podía ver no sólo a través de la tapa de cristal de la caja, sino también por los paneles acristalados de los costados del vehículo cubierto. Vi casas vacías y silenciosas, sin luz ni vida en ninguna de ellas, excepto en una. En esa casa había una ventana abierta en el primer piso y una figura vestida de blanco miraba hacia la calle. Eras tú.

Tessie volvió la cabeza y apoyó un codo en la mesa.

—Pude ver tu rostro —proseguí—, y me pareció que estabas muy afligida. Luego seguimos adelante y doblamos por un callejón estrecho y negro. Al poco rato los caballos se detuvieron. Esperé y esperé, cerrando los ojos con miedo e impaciencia, pero todo estaba silencioso como una tumba. Después de lo que me parecieron horas, empecé a sentirme incómodo. La sensación de que alguien estaba muy cerca me hizo abrir los ojos. Entonces vi el rostro blanco del cochero mirándome a través de la tapa del ataúd…

Un sollozo de Tessie me interrumpió. Temblaba como una hoja. Comprendí entonces la estupidez que había cometido y traté de reparar el daño.

—Pero, Tess —dije—, te he contado esto sólo para mostrarte la influencia que tu historia podía tener en los sueños de otra persona. No creerás de verdad que yo estaba en un ataúd, ¿no? ¿Por qué tiemblas? ¿No ves que tu sueño y mi irrazonable antipatía hacia ese inofensivo vigilante de la iglesia no hicieron más que poner mi cerebro a trabajar en cuanto me quedé dormido?

Apoyó la cabeza entre los brazos y rompió a llorar como si se le fuera a partir el corazón. ¡Qué magnífico triple asno había sido! Pero aún iba a superarme. Me acerqué y le pasé un brazo por los hombros.

—Tessie, perdóname —dije—. No tenía derecho a asustarte con semejantes tonterías. Eres una chica demasiado sensata, demasiado buena católica para creer en sueños.

Su mano se aferró a la mía y su cabeza cayó sobre mi hombro. Aún temblaba; la acaricié y traté de tranquilizarla.

—Vamos, Tess, abre los ojos y sonríe.

Abrió los ojos lentamente, con un movimiento lánguido, y se encontraron con los míos; pero su expresión era tan extraña que me apresuré a tranquilizarla otra vez.

—Son puras patrañas, Tessie. No tendrás miedo de que pueda pasarte algo por eso, ¿verdad?

—No —dijo; pero sus labios escarlata temblaron.

—Entonces, ¿qué ocurre? ¿Tienes miedo?

—Sí. Pero no por mí.

—¿Por mí, entonces? —pregunté en tono ligero.

—Por usted —murmuró con voz casi inaudible—. Yo… yo lo quiero.

Al principio estuve a punto de reírme; pero cuando comprendí lo que decía, un choque me recorrió entero y me quedé como de piedra. Aquello coronaba mi serie de estupideces. Durante el instante que transcurrió entre su respuesta y la mía pensé en mil contestaciones para aquella confesión inocente. Podía tomarla a broma; podía fingir que no la había entendido y tranquilizarla acerca de mi salud; podía decirle sencillamente que era imposible que me amara. Pero mi reacción fue más rápida que mis pensamientos, y ahora podía pensar cuanto quisiera: ya era demasiado tarde, porque la había besado en la boca.

Aquella noche hice mi paseo habitual por Washington Park, meditando sobre los sucesos del día. Estaba completamente comprometido. Ya no había vuelta atrás, y miré el futuro de frente. No era bueno, ni siquiera escrupuloso, pero no tenía la menor intención de engañarme a mí mismo ni de engañar a Tessie. La única pasión de mi vida yacía enterrada en los bosques soleados de Brittany. ¿Enterrada para siempre? La Esperanza gritaba: «¡No!». Durante tres años había escuchado la voz de la Esperanza y durante tres años había aguardado unos pasos en mi umbral. ¿Había olvidado a Sylvia? «¡No!», clamaba la Esperanza.

Dije que no era bueno. Es verdad; pero tampoco era exactamente un villano de opereta. Había llevado una vida fácil y atolondrada, tomando el placer cuando se me ofrecía, deplorando —y a veces amargamente— sus consecuencias. En una sola cosa, aparte de mi pintura, era serio: en aquello que yacía oculto, si no perdido, en los bosques de Brittany.

Ya era tarde para arrepentirme de lo ocurrido durante el día. Fuera compasión, una ternura repentina ante su pena o el impulso más brutal de una vanidad halagada, daba igual ahora; y, a menos que quisiera herir un corazón inocente, mi camino estaba trazado. El fuego y la fuerza de un sentimiento que, con toda mi supuesta experiencia del mundo, jamás había sospechado, no me dejaban otra alternativa que corresponderla o despedirla. No sé si fue porque soy cobarde a la hora de causar dolor a otros, o porque tengo poco de puritano sombrío, pero el caso es que me negué a eludir la responsabilidad de aquel beso irreflexivo y, en realidad, no tuve tiempo de hacerlo antes de que se abrieran las compuertas de su corazón y se desbordara su emoción. Otros, que suelen cumplir con su deber y hallan una satisfacción hosca en hacerse desgraciados a sí mismos y a los demás, habrían resistido. Yo no. No me atreví.

Cuando pasó la tormenta, le dije que habría sido mejor para ella amar a Ed Burke y llevar un sencillo anillo de oro, pero no quiso oírme, y pensé que, ya que había decidido amar a alguien con quien no podía casarse, quizá era mejor que me hubiera elegido a mí. Yo, al menos, podría tratarla con un afecto inteligente, y cuando se cansara de su enamoramiento, no saldría dañada. En ese punto estaba decidido, aunque sabía lo difícil que sería. Recordé el final habitual de las relaciones platónicas y lo disgustado que me sentía siempre al oír hablar de ellas. Sabía que estaba emprendiendo una tarea difícil para un hombre tan poco escrupuloso como yo, y temía el futuro; pero ni por un instante dudé de que ella estuviera a salvo conmigo. Si hubiera sido otra mujer, no me habría atormentado con escrúpulos. No se me ocurrió ni por un momento sacrificar a Tessie como habría sacrificado a una mujer mundana.

Miré el futuro de frente y vi varios desenlaces probables. Ella se cansaría de todo, o se volvería tan desdichada que yo tendría que casarme con ella o marcharme. Si me casaba, seríamos infelices: yo con una esposa que no me convenía, y ella con un marido que no convenía a ninguna mujer. Mi vida pasada apenas me daba derecho a casarme. Si me iba, tal vez ella enfermara, se repusiera y se casara con algún Eddie Burke, o quizá, por atolondramiento o deliberadamente, hiciera alguna locura. Por otra parte, si se cansaba de mí, tendría ante sí toda la vida, con hermosas perspectivas de Eddie Burkes, anillos de boda, gemelos, departamentos en Harlem y quién sabe cuántas cosas más. Mientras paseaba bajo los árboles, junto al Washington Arch, decidí que, en cualquier caso, ella hallaría en mí un amigo sólido, y que el futuro se encargaría de lo demás.

Luego entré en casa y me puse el traje de noche, porque una pequeña nota delicadamente perfumada en mi tocador decía: «Espéreme con un coche de alquiler en la entrada de artistas a las once», y estaba firmada: «Edith Carmichel, Metropolitan Theater, 19 de junio, 189…».

Aquella noche cené —o más bien cenamos, la señorita Carmichel y yo— en Solari’s, y el alba empezaba apenas a dorar la cruz de Memorial Church cuando entré en Washington Square después de dejar a Edith en el Brunswick. No había un alma en el parque cuando crucé entre los árboles y tomé el paseo que va desde la Garibaldi statue hasta el Hamilton Apartment House; pero al pasar junto al patio de la iglesia vi una figura sentada en los escalones de piedra. A pesar mío, un escalofrío me recorrió al ver aquel rostro hinchado y blanquecino, y apresuré el paso. Entonces dijo algo que pudo ir dirigido a mí o ser sólo un murmullo para sí mismo, pero una furia súbita me inflamó ante la idea de que semejante criatura se dirigiera a mí. Por un instante tuve ganas de volverme y estrellarle el bastón en la cabeza; pero seguí adelante, entré en el Hamilton y subí a mi apartamento.

Durante un buen rato me revolví en la cama intentando sacarme su voz de los oídos, sin conseguirlo. Me llenaba la cabeza aquel murmullo, espeso como el humo oleoso de una cuba donde se derrite sebo, o como un hedor de repugnante putrefacción. Y mientras me agitaba, la voz se iba haciendo más clara, y empecé a comprender las palabras que había murmurado. Me llegaban lentamente, como si las hubiera olvidado, y por fin pude darles sentido. Decían:

«¿Has encontrado el Signo Amarillo?»
«¿Has encontrado el Signo Amarillo?»
«¿Has encontrado el Signo Amarillo?»

Me enfurecí. ¿Qué quería decir con eso? Lo maldije a él y a los suyos, me volví de lado y me dormí; pero al despertar más tarde estaba pálido y demacrado, porque había soñado el sueño de la noche anterior y me había turbado más de lo que quería admitir.

Me vestí y bajé al estudio. Tessie estaba sentada junto a la ventana, pero al entrar se levantó y me rodeó el cuello con ambos brazos para darme un beso inocente. Estaba tan dulce y delicada que la besé de nuevo y luego me senté ante el caballete.

—¿Dónde está el estudio que empecé ayer? —pregunté.

Tessie pareció culpable, pero no respondió. Empecé a buscar entre los montones de lienzos.

—Date prisa, Tess, y prepárate; tenemos que aprovechar la luz de la mañana.

Cuando por fin dejé de buscar entre los otros lienzos y miré alrededor de la habitación, vi a Tessie de pie junto al biombo, todavía vestida.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿No te encuentras bien?

—Sí.

—Entonces, date prisa.

—¿Quiere que pose como… como he posado siempre?

Entonces comprendí. Había surgido una nueva complicación. Había perdido, naturalmente, la mejor modelo de desnudo que había visto jamás. Miré a Tessie. Tenía el rostro escarlata. ¡Ay! ¡Ay! Habíamos comido del árbol del conocimiento, y el Edén y la inocencia natural eran ya sueños del pasado… quiero decir, para ella.

Debí de mostrar mi decepción, porque dijo:

—Posaré si quiere. El estudio está detrás del biombo, aquí, donde lo puse.

—No —respondí—; empezaremos algo nuevo.

Fui al armario y saqué un traje morisco que parecía arder de oropel. Era un traje auténtico, y Tessie se retiró tras el biombo encantada. Cuando volvió a salir, me quedé asombrado. Su largo cabello negro estaba sujeto sobre la frente por un aro de turquesas, cuyos extremos se enroscaban alrededor de su cinturón reluciente. Sus pies calzaban babuchas puntiagudas bordadas, y la falda de su traje, curiosamente trabajada con arabescos de plata, le caía hasta los tobillos. El chaleco de un azul metálico profundo, bordado en plata, y la corta chaquetilla morisca, tachonada y cosida con turquesas, le sentaban maravillosamente. Se acercó a mí, alzó el rostro y sonrió. Metí la mano en el bolsillo y, sacando una cadena dorada con una cruz, se la dejé caer sobre la cabeza.

—Es tuya, Tessie.

—¿Mía? —balbuceó.

—Tuya. Ahora ve a posar.

Con una sonrisa radiante corrió tras el biombo y al poco reapareció con una cajita en la que figuraba mi nombre.

—Pensaba dártela esta noche, cuando me fuera —dijo—, pero no puedo esperar.

Abrí la caja. Sobre el algodón rosado del interior yacía un broche de ónice negro, en el que estaba incrustado un extraño símbolo o letra de oro. No era árabe ni chino, ni —como supe después— pertenecía a ningún tipo de escritura humana.

—Es todo lo que tengo para darte de recuerdo —dijo tímidamente.

Me molestó, pero le dije cuánto lo apreciaría y le prometí llevarlo siempre. Ella lo prendió en mi chaqueta, bajo la solapa.

—Qué tontería, Tess, ir a comprarme algo tan hermoso como esto —dije.

—No lo compré —rio.

—¿Dónde lo conseguiste?

Entonces me contó cómo lo había encontrado un día al volver del Aquarium, en Battery. Durante algún tiempo se dedicó a revisar los anuncios de los periódicos, pero después perdió las esperanzas de dar con su propietario.

—Fue el invierno pasado —dijo—, el mismo día que tuve por primera vez ese horrible sueño del coche fúnebre.

Recordé mi sueño de la noche anterior, pero no dije nada; y al poco mi carboncillo volaba ya sobre un lienzo nuevo, mientras Tessie permanecía inmóvil en la tarima.

III

El día siguiente fue desastroso para mí. Mientras cambiaba un lienzo enmarcado de un caballete a otro, resbalé en el suelo pulido y caí con todo el peso sobre ambas muñecas. Quedaron tan torcidas que era inútil intentar sostener un pincel; y me vi obligado a deambular por el estudio, fulminando con la mirada dibujos y bocetos inacabados, hasta que el desaliento se apoderó de mí y me senté a fumar y a dar vueltas a los pulgares de rabia. La lluvia azotaba los cristales y repiqueteaba sobre el techo de la iglesia, empujándome a un ataque de nervios con su interminable golpeteo. Tessie cosía junto a la ventana y, de vez en cuando, levantaba la cabeza y me miraba con una compasión tan inocente que empecé a avergonzarme de mi irritación y busqué algo con que ocuparme.

Había leído todos los periódicos y todos los libros de la biblioteca; pero, con tal de hacer algo, fui hasta las estanterías y las abrí con el codo. Conocía cada volumen por su color y los repasé uno por uno, avanzando despacio alrededor de la biblioteca y silbando para no perder el ánimo. Estaba a punto de entrar en el comedor cuando mi vista cayó en un libro encuadernado en amarillo, arrinconado en el estante superior de la última estantería. No lo recordaba y, desde el suelo, no conseguía descifrar las pálidas letras del lomo; así que fui al cuarto de fumar y llamé a Tessie. Ella entró desde el estudio y se encaramó para alcanzarlo.

—¿Qué es? —pregunté.

El Rey de Amarillo.

Me quedé atónito. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Cómo había llegado a mis habitaciones? Hacía tiempo que había decidido que jamás abriría ese libro, y nada en el mundo me habría persuadido de comprarlo. Temeroso de que la curiosidad pudiera tentarme a abrirlo, ni siquiera lo miraba en las librerías. Si alguna vez sentí deseos de leerlo, la horrible tragedia del joven Castaigne —a quien conocía— me lo había quitado de la cabeza, impidiéndome explorar sus páginas perversas. Me había negado a escuchar cualquier descripción y, en realidad, nadie se atrevía a hablar en voz alta de la segunda parte; de modo que no tenía conocimiento alguno de lo que aquellas páginas pudieran revelar. Miré aquella encuadernación amarilla y ponzoñosa como miraría una serpiente.

—No lo toques, Tessie —dije—. Baja.

Naturalmente, mi advertencia bastó para despertar su curiosidad y, antes de que pudiera impedírselo, tomó el libro y, riendo, salió bailando hacia el estudio con él. La llamé, pero se escurrió con una sonrisa provocadora, aprovechándose de mis manos inútiles, y la seguí con impaciencia.

—¡Tessie! —grité al entrar de nuevo en la biblioteca—. Escucha: hablo en serio. Deja ese libro. ¡No quiero que lo abras!

La biblioteca estaba vacía. Recorrí ambos salones; luego los dormitorios, la despensa, la cocina, y por fin regresé otra vez a la biblioteca y comencé una búsqueda sistemática. Se había ocultado tan bien que tardé media hora en encontrarla, acurrucada, pálida y muda, junto a la ventana enrejada del cuarto de almacenaje de arriba. A la primera mirada vi que su insensatez había tenido castigo. El Rey de Amarillo yacía a sus pies, y estaba abierto por la segunda parte. La miré y comprendí que ya era demasiado tarde.  

Entonces la tomé de la mano y la conduje al estudio. Parecía aturdida, y cuando le dije que se recostara en el sofá me obedeció sin pronunciar palabra. Al cabo de un rato cerró los ojos y su respiración se volvió profunda y regular, pero no pude saber si dormía o no. Durante largo tiempo me quedé sentado a su lado, en silencio; ella no se movió ni habló, y por fin me levanté y, entrando en el cuarto de almacenaje que no se usaba, recogí el libro amarillo con la mano menos lesionada. Me pareció pesado como el plomo, pero lo llevé otra vez al estudio y, sentado en la alfombra junto al sofá, lo abrí y lo leí de principio a fin.

Cuando, desfallecido por el exceso de emociones, dejé caer el volumen y me recosté con cansancio contra el sofá, Tessie abrió los ojos y me miró.


Llevábamos ya un rato hablando en un tono opaco y monótono cuando me di cuenta de que estábamos hablando de El Rey de Amarillo. ¡Ah, el pecado de escribir tales palabras: palabras claras como el cristal, límpidas y musicales como manantiales que burbujean; palabras que chispean y arden como los diamantes envenenados de los Médicis! ¡Ah, la maldad, la condenación sin remedio de un alma capaz de fascinar y paralizar a los seres humanos con esas palabras, entendidas por el ignorante y por el sabio por igual; palabras más preciosas que las joyas, más consoladoras que la música del Cielo, más espantosas que la muerte misma!

Seguimos hablando, ajenos a las sombras que se iban reuniendo; y ella me suplicaba que arrojara el broche de ónice negro, extrañamente incrustado con lo que ahora sabíamos que era el Signo Amarillo. Nunca sabré por qué me negué; aunque incluso ahora, aquí en mi dormitorio mientras escribo esta confesión, me gustaría saber qué fue lo que me impidió arrancar el Signo Amarillo de mi pecho y echarlo al fuego. Estoy seguro de que deseaba hacerlo, pero Tessie me lo rogó en vano.

Cayó la noche y las horas se arrastraron, y aun así seguimos murmurando el uno al otro acerca del Rey y la Máscara Pálida, y la medianoche sonó desde las agujas brumosas de la ciudad envuelta en niebla. Hablábamos de Hastur y de Cassilda, mientras afuera la niebla rodaba contra los vidrios mudos de la ventana, como oleadas de nubes ruedan y se rompen en las orillas de Hali.

La casa estaba en un silencio absoluto; ni un sonido de las calles neblinosas quebraba esa quietud. Tessie yacía entre los cojines, el rostro como una mancha gris en la penumbra, pero sus manos estaban enlazadas con las mías, y yo sabía que ella sabía y leía mis pensamientos como yo leía los suyos, porque habíamos comprendido el misterio de las Hyades y el Fantasma de la Verdad había sido aplacado. Y entonces, mientras nos respondíamos con rapidez, en silencio, pensamiento contra pensamiento, las sombras se agitaron a nuestro alrededor en la oscuridad, y allá lejos, en la calle, oímos un sonido. Se acercó cada vez más: el sordo crujir de unas ruedas. Más cerca… y más cerca… y ahora, justo delante de la puerta, cesó. Me arrastré hasta la ventana y vi un coche fúnebre de plumas negras. Abajo se abrió y se cerró la verja. Temblando, me acerqué a mi puerta y la atranqué. Pero yo sabía que ningún cerrojo, ninguna cerradura, podría mantener fuera a aquella criatura que venía por el Signo Amarillo.

Entonces lo oí avanzar muy quedamente por el pasillo. Ya estaba en la puerta, y los cerrojos se pudrieron a su contacto. Entró. Con los ojos desorbitados traté de penetrar la oscuridad, pero cuando estuvo en la habitación no lo vi. Sólo cuando sentí que me envolvía con su abrazo frío y blando, grité y luché con furia mortal; pero mis manos eran inútiles. Me arrancó el broche de ónice de la chaqueta y me golpeó de lleno en el rostro. Y entonces, al caer, oí el leve grito de Tessie y su espíritu voló hacia Dios; y aun mientras caía yo anhelé seguirla, porque sabía que el Rey de Amarillo había abierto su manto andrajoso y que ya no quedaba más que clamar a Cristo.

Podría contar más, pero no veo qué ayuda podría brindarle al mundo. En cuanto a mí, estoy más allá de toda ayuda humana o esperanza. Mientras permanezco aquí, escribiendo, sin importarme siquiera si muero antes de terminar, puedo ver cómo el médico recoge sus polvos y sus frascos, cómo hace un gesto vago al buen sacerdote que tengo a mi lado, y cómo éste comprende.

Tendrán curiosidad por conocer la tragedia… aquellos del mundo exterior que escriben libros e imprimen millones de periódicos, pero ya no escribiré más. El padre confesor sellará mis últimas palabras con el sello del sacramento cuando su santo oficio haya terminado. Aquella gente podrá enviar a sus criaturas a casas en ruinas y a hogares azotados por la muerte, y sus periódicos se cebarán en la sangre y las lágrimas; pero conmigo, sus espías deberán detenerse ante el confesionario. Saben que Tessie ha muerto y que yo estoy muriendo. Saben cómo los habitantes de la casa, despertados por un grito infernal, irrumpieron en mis aposentos y hallaron a uno vivo y a dos muertos; pero no saben lo que voy a decirles ahora. No saben que el médico, mientras señalaba un horrible montón descompuesto en el suelo —el cadáver lívido del vigilante de la iglesia—, dijo: «No tengo teoría ni explicación para esto. ¡Ese hombre debe llevar meses muerto!»

Creo que me estoy muriendo. Ojalá el sacerdote…

FIN

Robert W. Chambers - El signo amarillo
  • Autor: Robert W. Chambers
  • Título: El signo amarillo
  • Título Original: The Yellow Sign
  • Publicado en: The King in Yellow (1895)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

No te pierdas nada, únete a nuestros canales de difusión y recibe las novedades de Lecturia directamente en tu teléfono:

Canal de Lecturia en WhatsApp
Canal de Lecturia en Telegram
Canal de Lecturia en Messenger