Sinopsis: «La especialidad de la casa» (The Specialty of the House) es un cuento de Stanley Ellin, publicado en mayo de 1948 en Ellery Queen’s Mystery Magazine. Costain, un empleado de oficina, es invitado por su jefe, Laffler, a cenar en «Sbirro», un misterioso restaurante subterráneo. El establecimiento, iluminado con faroles de gas y decorado con mobiliario antiguo, impone normas estrictas: no sirve alcohol, prohíbe el tabaco, ofrece un menú único sin opción de elección y solo admite clientela masculina. Laffler, cliente devoto desde hace una década, promete a Costain una experiencia culinaria excepcional, reservada únicamente para quienes saben apreciar la verdadera esencia de la buena mesa.

La especialidad de la casa
Stanley Ellin
(Cuento completo)
—Y ESTO —indicó Laffler— es «Sbirro».
Costain vio una fachada cuadrada, de piedra, idéntica a las otras que se extendían a ambos lados de la oscura y desierta calle. Desde las enrejadas ventanas del sótano se desparramaba sobre la acera un cono de luz, estriado por la persiana.
—Caramba —observó—, parece un agujero inmundo, ¿verdad?
—Debe tener bien entendido —replicó Laffler— que «Sbirro» es un restaurante sin pretensiones. Asediado por esta época repugnante y neurótica, ha rehusado comprometerse. Tal vez sea el último establecimiento importante de esta ciudad alumbrado por faroles de gas. Ahí dentro hallará el mismo honesto mobiliario, el mismo magnífico servicio Sheffield y posiblemente, en un rincón, las mismas telarañas que ya veían los clientes hace medio siglo.
—Una muy dudosa recomendación —observó Costain—, y muy poco saludable.
—Cuando entre —le aconsejó Laffler— abandone la insania de este año, de este día y de esta hora, y se hallará, durante breve plazo, animado de espíritu, no por la opulencia, sino por la dignidad, que es la cualidad que hoy día se ha perdido.
Costain se echó a reír, algo molesto.
—A juzgar por lo que dice, más parece una catedral que un restaurante —rió.
Al pálido reflejo de la farola de la calle, Laffler escrutó el rostro de su compañero.
—Tal vez haya cometido un error —exclamó con brusquedad —trayéndole aquí.
Costain se sintió ofendido. A pesar de su impresionante título y el excelente sueldo, no era más que un empleado de aquel tipo tan pomposo, pero se sintió impulsado a mostrarle sus sentimientos.
—Si lo desea —repuso fríamente—, todavía puedo hacer otros planes para esta velada.
Con sus grandes ojos, parecidos a los de una vaca, vueltos hacia Costain, con la niebla nimbando su cara redonda, Laffler pareció extrañamente inquieto.
—No, no —rechazó la sugerencia al fin—, de ninguna manera. Es muy importante que cene usted en «Sbirro» conmigo. En realidad —añadió, asiendo con firmeza el brazo de Costain y conduciéndole a la puerta de hierro forjado del sótano—, es usted la única persona de mi oficina que parece conocer lo que es una buena comida. Y por mi parte, conocer «Sbirro» y no poder compartir este agradable conocimiento con un amigo que sepa apreciarlo, es como tener una obra de arte única en una estancia donde no pueda verla nadie.
Costain se sintió considerablemente calmado.
—Pues creo que a muchas personas les gusta contemplar a solas sus tesoros.
—Yo no soy de esta clase —se horrorizó Laffler—. Y tener encerrado en mi corazón el secreto de «Sbirro» tantos años ha sido un tormento inaguantable.
Tiró de un cordón situado a un lado de la puerta y dentro se oyó el sonido de una campanilla. Se abrió una puerta interior con un gruñido, y Costain se encontró mirando una faz morena, cuyo único rasgo discernible era una brillante dentadura.
—¿Señor?
—El señor Laffler y un invitado.
—Señor… —repitió el hombre, con tono invitante. Se apartó a un lado y Costain descendió un solo peldaño al lado de su jefe. La puerta volvió a gruñir a sus espaldas, y Costain se halló dentro de un vestíbulo. Tardó un instante en comprender que la figura que ahora contemplaba era su propio reflejo en un gigantesco espejo que iba del suelo al techo.
—Ambiente —murmuró, y se echó a reír en tanto seguía a su acompañante hasta una mesa.
Se enfrentó con Laffler en una mesita para dos y atisbó con curiosidad en torno a la estancia. No era un local muy grande, pero la media docena de faroles de gas arrojaba muy poca iluminación, mortecina y vacilante, que se difuminaba en las paredes.
Solamente había ocho o diez mesas, colocadas de forma que gozasen de la mayor intimidad. Todas estaban ya ocupadas, y los pocos camareros servían con eficiencia. En el ambiente se oían los roces de los cubiertos y el susurro de las voces. Costain asintió benévolamente.
Laffler dejó escapar un suspiro de satisfacción.
—Sabía que compartiría mi entusiasmo —dijo—. ¿Ha observado que no hay ninguna mujer?
Costain enarcó levemente las cejas.
—«Sbirro» —continuó Laffler— no anima a los miembros del sexo débil a gozar de sus delicias. Y puedo asegurarle que este método resulta decididamente eficaz. Tuve la experiencia de ver aquí una vez a una mujer. Estuvo sentada a una mesa más de una hora esperando verse atendida.
—¿Se quejó?
—Se quejó —sonrió Laffler, ante el recuerdo—. Consiguió molestar a los clientes, poner en ridículo a su acompañante, y nada más.
—¿Y el señor Sbirro?
—No compareció. Si dirigió todo el episodio desde entre bastidores, o no estaba en el restaurante, lo ignoro. Lo cierto es que obtuvo una resonante victoria. La mujer no volvió nunca más, que era lo importante, ni tampoco el caballero que la acompañaba, y que fue el verdadero causante de todo el contratiempo.
—Una buena advertencia para todos los presentes —rió Costain.
Un camarero se materializó junto a la mesa. La piel color chocolate oscuro, la delgada nariz y los hermosos y gruesos labios, los grandes y líquidos ojos, las largas pestañas, y el cabello blanco, le señalaban como un indio. El servidor dispuso la mesa, llenó dos vasos con el líquido de una jarra de cristal, y los dejó en el lugar apropiado.
—Dígame —le preguntó Laffler— ¿hay algo especial esta noche?
El camarero sonrió como disculpándose, enseñando unos dientes casi tan espectaculares como los del portero.
—Lo siento, señor. Esta noche no hay nada especial.
Laffler dejó ver su desaliento.
—Después de tanto esperar… Hace ya un mes, y quería que mi amigo…
—Hay muchas dificultades, señor.
—Claro, claro —Laffler miró tristemente a Costain y se encogió de hombros—. Quería que probase el magnífico plato que ofrece Sbirro, pero por desgracia no figura en la minuta de esta noche.
—¿Desean que se les sirva ahora, caballeros? —inquirió el oriental.
Laffler asintió. Ante la sorpresa de Costain, el camarero desapareció sin aguardar instrucciones.
—¿No pide usted por anticipado? — se extrañó.
—Ah —exclamó Laffler—. Debí explicárselo. Sbirro no ofrece minuta para elegir. Usted comerá lo mismo que los demás parroquianos. Y mañana por la noche comerá algo completamente distinto, pero también sin preferencias individuales.
—Muy raro —afirmó Costain—, y ciertamente poco satisfactorio a veces. ¿Y si a alguien no le gusta el plato que le presentan?
—A este respecto no tiene por qué tener miedo —le declaró Laffler—. Le doy mi palabra de que, sean cuales sean sus gustos, usted gozará con cada bocado que coma esta noche en «Sbirro».
Costain miró dubitativamente a su compañero, el cual sonrió.
—Y considere las sutiles ventajas de este sistema —agregó—. Cuando usted elige el menú en un restaurante popular, se ve enfrentado con diversos platos. Entonces está obligado a sopesarlos, a evaluarlos, a tomar decisiones angustiosas, que puede lamentar más tarde. El efecto de lo cual es una tensión que, aunque ligera, le hace sentirse incómodo. Considere, en cambio, la mecánica de este proceso. En vez de un batiburrillo de cocineros en la cocina, ajetreados para preparar los platos pedidos por cada comensal, hay un «chef» que lo atiende todo con serenidad, aunando todos sus talentos para preparar un solo plato, con la seguridad de un completo triunfo.
—¿Entonces ha visto usted la cocina?
—Por desgracia, no —se lamentó Laffler—. El cuadro que le he pintado es hipotético, conjuntado gracias a fragmentos de conversaciones escuchadas en estos años. Debo admitir, sin embargo, que mi deseo de ver cómo funciona esta cocina es para mí una auténtica obsesión.
—¿Se lo ha comunicado a Sbirro?
—Más de doce veces. Pero no hace caso de mis súplicas.
—¿No es bastante curioso por su parte?
—No, no —negó Laffler, apresuradamente—, un gran artífice jamás se deja conquistar por ridículas cortesías. Sin embargo —suspiró—, aún no he perdido todas las esperanzas.
El camarero reapareció con dos platos soperos que dejó en sus sitios respectivos con exactitud matemática, y una ollita de la que sirvió, en la misma medida, un caldo bastante claro. Su sabor era muy delicado, casi inexistente. Costain frunció el ceño, alargando la mano para coger el salero y la pimienta, y, muy asombrado vio que no estaban sobre la mesa. Levantó la mirada, vio a Laffler contemplándole atentamente, y aunque no deseaba dar a conocer sus chocarreros gustos, vaciló en echar una ducha fría sobre el entusiasmo de Laffler. Por tanto, sonrió y señaló el caldo.
—Excelente —dijo.
Laffler le devolvió la sonrisa.
—No, no lo encuentra excelente. Al contrario, le parece soso y falto de condimentos. Lo sé —continuó mientras Costain enarcaba las cejas— porque hace años fue ésta mi primera reacción, y porque como usted también yo busqué la sal y la pimienta después de la primera cucharada. Y entonces también me enteré con sorpresa de que no había especias en «Sbirro».
Costain estaba estupefacto.
—¡Ni siquiera sal! —exclamó.
—Ni siquiera sal. Y el hecho de que la necesite para su sopa evidencia que su gusto está estropeado. Confío en que hará usted el mismo descubrimiento que hice yo: cuando se haya terminado la sopa no deseará ya espolvorearla con sal.
Laffler tenía razón; antes de que Costain se hubiese terminado su ración de sopa se hallaba ya gozando de los matices de la misma con una creciente delicia. Laffler apartó pronto su vacío plato y descansó los codos sobre la mesa.
—¿Está ya de acuerdo conmigo?
—Ante mi propia sorpresa —confesó Costain—, sí.
Mientras el camarero disponía la mesa, Laffler bajó la voz.
—Descubrirá usted que la ausencia de condimentos es sólo una de las varias y notables características de «Sbirro». Puedo señalarle otras. Por ejemplo, aquí no se sirven bebidas alcohólicas de ninguna clase, ni otros líquidos, aparte de agua, la primera y única bebida necesaria para el cuerpo humano.
—Aparte de la leche materna —replicó Costain, con sequedad.
—A esto puedo responder haciendo constar que la mayoría de parroquianos de «Sbirro» ya han pasado del primer estado de su desarrollo.
—Concedido —rió Costain.
—Muy bien. También existe la prohibición del uso del tabaco.
—Pero, santo cielo —exclamó Costain— ¿no convierte esto a «Sbirro» más en el retiro de un anacoreta que el santuario de un buen gastrónomo?
—Temo que usted confunde las palabras «gastrónomo» y «glotón». El glotón necesita una amplia experiencia para avivar sus viciados sentidos, mientras que la verdadera característica del gastrónomo es la sencillez. Los antiguos griegos saboreaban las aceitunas maduras, arrancándolas del árbol; los japoneses en su desnuda estancia contemplan la curva de una sola flor… éstos son los verdaderos gastrónomos.
—Pero unas gotas de coñac o una pipa de tabaco —replicó Costain, dudosamente—, apenas son vicios.
—Alternando el estimulante y el narcótico —observó Laffler—, usted desequilibra sus gustos tan violentamente que pierde su mejor cualidad: la apreciación de la buena comida. Durante mis años como cliente de «Sbirro» lo he demostrado a mi entera satisfacción.
—¿Puedo preguntarle por qué considera la prohibición de estas cosas como debida a motivos estéticos? ¿Qué me dice de otras razones más materiales como el alto coste de las licencias para vender licores, o la posibilidad de que los parroquianos se opongan al olor del tabaco en tan reducido espacio?
Laffler sacudió la cabeza con violencia.
—Cuando conozca usted a Sbirro, verá que no es hombre que adopte decisiones por razones materiales. En realidad, fue el propio Sbirro el que me hizo comprender lo que usted llama «motivos estéticos».
—Un hombre extraño —observó Costain, mientras el camarero se disponía a servirles el segundo plato.
Laffler no volvió a hablar hasta haber saboreado y comido un buen bocado de carne.
—Dudo en emplear superlativos —exclamó—, pero según mi forma de pensar, Sbirro representa al hombre en la cúspide de su civilización.
Costain guiñó el ojo y se aplicó a devorar el asado que descansaba sobre un charco de salsa, sin la menor señal de verduras ni guarnición. El vapor que del asado se desprendía tenía un aroma tan tentador que a Costain se le hizo la boca agua. Masticó un poco de carne tan lenta y pensativamente como si estuviese analizando las complicaciones de una sinfonía de Mozart. La gama de gustos que descubrió fue realmente extraordinaria, desde el picante sabor del borde exterior al particularmente satisfactorio y más plácido de la sangre que la presión de sus mandíbulas aún extrajo del interior medio crudo.
Después de tragarse el delicado bocado, se sintió ferozmente ansioso por otro, después por otro y tuvo que contenerse para no devorar con pasmosa rapidez todo el asado, privándose de este modo de la voluptuosa satisfacción de su paladeo. Cuando hubo rebañado el plato, se dio cuenta de que tanto él como Laffler habían estado comiendo sin intercambiar ni un solo comentario.
—¿Necesita usted hablar en presencia de esta excelente comida? —le repuso Laffler.
Costain tendió la mirada en torno del poco iluminado local, con una nueva percepción.
—No —asintió humildemente—, no lo necesito. Y debo excusarme sinceramente por todas las dudas que albergaba. En sus alabanzas de «Sbirro» no había la menor exageración.
—Ah… —suspiró Laffler—, y esto sólo es parte de la historia. Usted ya me ha oído mencionar el plato especial que por desgracia no figura en la minuta de esta noche. Cuando lo haya degustado verá que todas las delicadezas de esta noche no valen absolutamente nada.
—¡Santo cielo! —exclamó Costain—. ¿Qué es? ¿Lenguas de ruiseñor? ¿Filete de unicornio?
—Nada de eso —fue la sorprendente respuesta—. Cordero.
—¿Cordero?
Laffler permaneció unos instantes pensativo.
—Si tuviera que darle, con mis pobres frases —dijo al fin—, mi opinión de este plato, usted me juzgaría completamente chiflado. Así es como me afecta su solo pensamiento. No es la grasienta costilla ni la sólida pata; es una seleccionada porción del cordero más raro que existe y se llama… cordero Amirstán.
—¿Amirstán? —Costain enarcó las cejas,
—Una vasta desolación casi perdida en la frontera que separa Rusia de Afganistán. Por algunas observaciones efectuadas por Sbirro, creo que sólo existe esta pradera donde crece el pasto adecuado para los restos de este soberbio cordero. Sbirro, mediante astucias ignoradas, obtuvo el derecho de tráfico de este rebaño; por tanto, éste es el único restaurante del mundo donde se puede comer el Amirstán. Y le aseguro que la presencia de este plato es una rara casualidad, siendo la suerte la sola guía que tienen los clientes para saber la fecha exacta en que será servido.
—Pero supongo que Sbirro podría anticipar la noticia.
—Puedo contestarle también a esto —repuso Laffler—. En esta ciudad existe un número impresionante de glotones profesionales. Si Sbirro adelantase la información es más que probable que todos, guiados por la curiosidad, se familiarizarían con el plato, convirtiéndose en clientes regulares de estas mesas.
—Pero usted no irá a decirme —objetó Costain— que estas pocas personas que están aquí presentes esta noche son las únicas de toda la ciudad, o mejor dicho, del mundo entero, que conocen la existencia de «Sbirro».
—Casi. Tal vez haya uno o dos clientes regulares que por algún motivo no hayan venido esta noche.
—¡Increíble!
—Pero cierto —repuso Laffler con una sombra de amenaza en su tono de voz—. A cada cliente se le exige la solemne obligación de conservar el secreto. Al aceptar mi invitación esta noche, usted, automáticamente, ha asumido esta obligación. Y espero que pueda confiar en usted.
Costain se ruborizó.
—Mi posición como empleado suyo aboga en mi favor. Sólo dudo de la prudencia de esta política que impide que todo el mundo goce de tan excelentes manjares.
—¿Conoce cuál sería el inevitable resultado de la otra política que usted preconiza? Una afluencia extremada de idiotas que cada noche se quejarían de que no se les servía pato con salsa de chocolate. ¿Sería esto tolerable para usted?
—No —admitió Costain—. Me veo obligado a estar de acuerdo con usted.
Laffler se retrepó en su asiento y se pasó una mano por los ojos con gesto inseguro.
—Soy un hombre solitario y solo a desgana. Tal vez le resulte extraño, pero bordeo la excentricidad. Pues bien, siento en lo más profundo de mi ser que este restaurante, este cálido refugio en medio de un mundo loco y helado, es para mí mis amigos y mi familia.
Y Costain, que hasta aquel momento sólo había enjuiciado a su compañero como un jefe tiránico o un anfitrión divertido, se sintió sobrecogido por una inmensa piedad dentro de su dilatado estómago.
* * *
A las dos semanas, la invitación para acompañar a Laffler a «Sbirro» era ya un rito. Cada día, un poco después de las cinco, Costain salía al corredor de la oficina y cerraba su propio despacho; doblaba su abrigo sobre el brazo izquierdo y atisbaba por la puerta de cristal para asegurarse de que el sombrero se hallaba inclinado en debida forma. Antiguamente, a esta operación le habría seguido la de encender un cigarrillo, pero bajo la guía de Laffler había decidido abstenerse de hacer tal cosa. Luego echaba a andar por el corredor, y Laffler no tardaba en reunírsele, aclarándose la garganta.
—Ah, Costain, supongo que tiene algún plan para esta noche.
—No, en absoluto. Estoy completamente libre.
Otras veces contestaba que se hallaba al servicio o a la disposición de Laffler, pero el sentido de la frase siempre era el mismo. A veces se preguntaba si no sería mejor variar el ritual con alguna negativa, pero la satisfacción con que Laffler escuchaba su respuesta, y la amistad que indicaba el gesto de su jefe al cogerle del brazo, le coartaban.
Entre los traicioneros caminos del mundo de los negocios, reflexionaba Costain, era mejor asegurarse la amistad que la inquina del jefe. Una secretaria que trabajaba en el mismo despacho de Laffler ya había comentado públicamente que el jefe tenía a Costain en muy alta estima. Y esto era estupendo.
¡Y la comida! ¡La incomparable comida de «Sbirro»! Por primera vez en su vida, Costain, ordinariamente delgado y huesudo, observaba que estaba ganando peso; al cabo de dos semanas, los huesos habían desaparecido bajo una buena capa de carne fuerte, y en su cuerpo se veían señales de una incipiente rotundidad. Una noche, mientras Costain se estaba bañando, le asaltó la idea de que Laffler también debió de ser un tipo delgado antes de conocer el restaurante «Sbirro».
Por tanto, acompañando a Laffler cada noche, Costain tenía mucho que ganar y nada que perder. Tal vez después de degustar las proclamadas excelencias del cordero Amirstán y conocer a Sbirro en persona, que todavía no había aparecido, podría negarse un par de veces a aquel placer. Pero ciertamente, no hasta entonces.
Aquella noche, dos semanas después de su primera visita a «Sbirro», Costain vio satisfechos sus dos anhelos: cenó cordero Amirstán y conoció a Sbirro. Y ambos acontecimientos superaron a sus previsiones.
Cuando el camarero se les acercó una vez se hubieron sentado y les anunció con gravedad:
—Esta noche hay plato especial, caballeros —Costain sintió un escalofrío de placer.
—Esto no es natural —pensó, al ver que las manos de Laffler temblaban con violencia—. Dos hombres maduros, presumiblemente inteligentes, en plena posesión de sus sentidos, saltando como un par de gatitos esperando atacar sus sardinas preferidas.
—¡Ya está! —exclamó Laffler, tan entusiasmado que casi brincó del asiento—. ¡El triunfo culinario de todos los tiempos! Y usted se encuentra embargado por diversas emociones.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Cómo? Porque hace diez años yo también pasé por lo mismo. Añada a esto su aspecto de revulsión, y resulta fácil comprender que se siente ofendido al comprobar que el hombre todavía no ha olvidado que es un esclavo de su estómago.
—¿Y los demás clientes también experimentan los mismos sentimientos?
—Júzguelo por sí mismo.
Costain miró furtivamente hacia las demás mesas.
—Tiene razón. De todos modos, hay cierto consuelo en el número.
Laffler ladeó ligeramente la cabeza.
—Uno de los números —observó—, parece haber desertado.
Costain siguió el gesto. En la mesa indicada, un caballero de cabellos grises estaba sentado solo. Costain frunció el ceño al observar la otra silla vacía.
—Vaya, se trata del gordito… el tipo calvo, ¿verdad? Creo que es la primera cena a la que falta en dos semanas.
—En diez años, con más seguridad —le corrigió Laffler—. Con lluvia o con sol, en tiempo de crisis o de catástrofes, no creo que haya perdido uno sola cena de Sbirro desde la primera vez que entré aquí. Imagínese su expresión cuando le notifiquen que en su primera falta se sirvió cordero Amirstán.
Costain contempló la silla vacía con expresivo desconsuelo.
—¿Su primera falta? —repitió.
—El señor Laffler… y un amigo… Ah, me siento muy, pero muy complacido. No, no se muevan. Me haré sitio —milagrosamente apareció un asiento bajo la figura que estaba de pie junto a la mesa—El cordero Amirstán es todo un acontecimiento ¿eh? Yo mismo lo he estado guisando en esta miserable cocina todo el día, enseñándole al «chef» cómo tenía que hacerlo. Es una cosa muy importante ¿saben? Pero ya veo que su amigo no me conoce. Presénteme, por favor.
Las palabras fluían de aquella boca de manera incesante y cálida. Asaltaban, atacaban, magnetizaban a Costain que sólo acertaba a contemplar al que hablaba. La boca que daba paso a tan sinuoso monólogo era alarmantemente ancha, con unos labios delgados y móviles que se curvaban y torcían a cada sílaba. Tenía una nariz achatada con una línea de pelo ralo debajo; los ojos estaban ampliamente separados, y eran casi orientales, relucientes a la luz de gas; y el cabello, largo y sedoso, le caía sobre la alta frente, un cabello tan pálido que parecía desposeído de todo color. Un rostro asombroso, cuya vista torturaba a Costain, con la convicción de serle familiar. Su cerebro se estaba atormentando, pero sin poder captar el huidizo recuerdo.
La voz de Laffler sacó a Costain de su ensimismamiento.
—El señor Sbirro… el señor Costain, un buen amigo y socio.
Costain se puso de pie para estrechar la mano de Sbirro. Era una mano cálida y seca, casi dura.
—Encantado, señor Costain, sí, muy encantado —proclamó el dueño del local—. Le gusta mi establecimiento ¿eh? Ah, le aseguro que tenemos un gran festín en preparación.
Laffler se echó a reír.
—Oh, Costain lleva ya dos semanas cenando aquí con regularidad. Se está convirtiendo en un gran admirador suyo, Sbirro.
Los ojos se volvieron hacia Costain.
—Un grato cumplido. Usted me favorece con su presencia y yo le favorezco con mi comida. Pero el cordero Amirstán es muy superior a todo lo que ha degustado usted aquí hasta la fecha. Todas las dificultades por obtenerlo, todos los problemas de su preparación, valen la pena, créame.
Costain luchó para no pensar en el exasperante problema de aquella cara.
—Me pregunto —observó— por qué con tantas dificultades como ha mencionado, se molesta usted en darle a su clientela el cordero Amirstán. Seguramente, sus platos son todos excelentes para merecer su alta reputación.
Sbirro sonrió tan ampliamente que su cara se tornó completamente redonda.
—Tal vez sea un asunto de psicología. Alguien descubre una maravilla y quiere compartirla con otro. Tal vez deba llenar su copa hasta el borde, observando con evidente placer a los que la exploran con él. O —se encogió de hombros— tal vez sea sólo un asunto de buen negocio.
—Entonces, y ante lo dicho por usted —insistió Costain—, y considerando todas las convenciones impuestas por usted a sus clientes, ¿por qué posee un restaurante público en lugar de regentar un club privado?
Los ojos bruscamente relucieron sobre Costain y luego se desviaron.
—Magnífica perspectiva ¿eh? Se lo diré. Porque hay más intimidad en un restaurante público que en un club exclusivo. Aquí nadie se interesa por el negocio; nadie desea conocer las intimidades de la existencia de los demás. Aquí, el negocio estriba en comer. Nadie siente curiosidad por los hombres ni las direcciones, o los motivos de que los comensales entren o salgan. Cuando usted viene es bienvenido, y no hay lamentaciones cuando deja de venir. Ésta es la respuesta.
Costain estaba aturdido por aquella vehemencia.
—No tenía intención de ofenderle.
Sbirro se humedeció los labios con la lengua.
—No, no —le tranquilizó—, no me ofende en absoluto. Que no le dé esa impresión. Por el contrario, le invito a formular preguntas.
—Oh, vamos, Costain —intervino Laffler—. No deje que Sbirro le intimide. Le conozco hace años y le aseguro que ladra mucho más que muerde. Antes de que usted se
dé cuenta, le estará enseñando todos los privilegios de la casa… aparte de invitarle a visitar su preciosa cocina, naturalmente.
—Ah —sonrió Sbirro—, para esto, el señor Costain tendrá que esperar un poco. Pero para lo demás estoy a su disposición.
Laffler asestó una palmada sobre la mesa con jovialidad.
—¿Qué le dije? Sepamos la verdad, Sbirro. ¿Ha entrado nunca alguien, aparte de usted y su personal, en su sancta sanctorum?
Sbirro levantó la mirada.
—Usted puede ver en ese muro el retrato de uno a quien concedí ese honor. Un gran amigo mío y cliente veterano, lo cual demuestra que mi cocina no es inviolable.
Costain estudió la fotografía y se asombró al reconocerla.
—Diantre, es el famoso escritor… ya sabe, Laffler, aquel que solía escribir historietas tan cínicas y maravillosa, y que de repente se marchó, desapareciendo en México.
—¡Claro! —gritó Laffler—. ¡Y pensar que todos estos años he estado sentándome aquí sin darme cuenta! —se volvió hacia Sbirro—. ¿Un gran amigo suyo? Su desaparición debió constituir un gran golpe para usted.
Sbirro puso una cara muy larga.
—Lo fue, lo fue, se lo aseguro. Pero piensen en esto, caballeros: probablemente fue más grande en su muerte que en su vida. Un hombre muy trágico, que a menudo me contaba que sus únicas horas felices eran las que pasaba sentado en una de estas mesas. Patético, ¿verdad? Y pensar que el único favor que pude hacerle fue enseñarle los misterios de mi cocina, que, al fin y al cabo, justo es decirlo, no es más que una cocina sencilla y ordinaria.
—Usted parece estar muy seguro de su muerte —observó Costain. Hizo una pausa y añadió—: Después de todo, no hay ninguna prueba que lo apoye.
Sbirro contempló la fotografía.
—En absoluto. Extraño ¿eh?
Con la llegada del segundo plato, Sbirro se puso de pie y sirvió él mismo. Con los ojos chispeantes, levantó la cazuela del plato y olfateó la fragancia con gozo sensual. Después, teniendo buen cuidado de no dejar caer ni una sola gota de salsa, llenó ambos platos con grandes porciones de carne. Como agotado por tan delicada tarea, volvió a sentarse respirando pesadamente.
—Caballeros, que les aproveche.
Costain masticó el primer bocado con deliberación y se lo tragó. Después contempló su tenedor con ojos brillantes de asombro:
—¡Gran Dios! —exclamó.
—Bueno ¿eh? ¿Mejor de lo que se imaginaba?
Costain meneó la cabeza, como abismado.
—Es tan imposible para los no iniciados concebir las delicias del cordero Amirstán como para un hombre mirar dentro de su alma —decidió.
—Tal vez —repuso Sbirro acercándole tanto la cara que Costain pudo sentir su aliento cálido y fétido cosquilleándole las fosas nasales—, tal vez acaba usted de tener un vislumbre de su alma ¿eh?
Costain apartó la cara ligeramente, procurando no ofenderle.
—Tal vez —rió—, y ha sido una visión muy halagüeña: todo zarpas y colmillos. Pero sin intentar molestarle, me gustaría muy poco edificar mi iglesia como «lamb en casserole».
Sbirro se levantó y puso una gentil mano sobre el hombro de Costain.
—Muy perspicaz. A veces, cuando no se tiene nada que hacer, nada en absoluto, más que sentarse un rato en una habitación oscura y pensar en este mundo (lo que es, lo que va a ser), hay que pensar un poco en el significado del Cordero en la religión. Es muy interesante. Y ahora —se inclinó profundamente ante los dos amigos—, ya les he molestado bastante. Repito que estoy encantado —se dirigió directamente a Costain—, y estoy seguro de que volveremos a vernos.
Le brillaron los dientes, le chispearon los ojos y Sbirro desapareció por entre las mesas.
Costain volvió la cabeza para seguir aquella singular figura.
—¿Le he ofendido acaso? —preguntó.
Laffler levantó la vista de su plato.
—¿Ofenderle? Le gusta esta clase de charlas. El cordero Amirstán es un rito para él; sorpréndale, y le tendrá constantemente a su lado, como un sacerdote deseando obtener una conversión.
Costain volvió la atención a su plato, pero viendo a Sbirro aún dentro de su mente.
—Interesante hombre —reflexionó—, sí, muy interesante.
Tardó un mes en descubrir la familiaridad de aquella cara, y cuando lo consiguió se echó a reír a carcajadas en su lecho. ¡Naturalmente! ¡Sbirro hubiese podido ser el modelo del gato Cheshire de «Alicia en el país de las maravillas»!
* * *
Se lo contó a Laffler a la noche siguiente, mientras ambos se dirigían al restaurante, desafiando un viento frío y restallante. Laffler miró a su amigo intrigado.
—Tal vez tenga razón, pero no soy buen juez en este asunto. Hace ya mucho tiempo que leí ese libro. Sí, mucho tiempo.
Como subrayando sus palabras, oyeron un penetrante chillido procedente de la misma calle, unos metros más abajo, y ambos hombres se pararon en seco.
—Allí ocurre algo. ¡Mire!
No lejos de la entrada de Sbirro, dos figuras estaban luchando en la oscuridad. Se balanceaban atrás y adelante, y de repente se transformaron en un montón de carne sobre la acera. El lastimero grito volvió a repetirse, y Laffler, a pesar de su faja, corrió a la velocidad del viento, con Costain a sus talones.
Tendido en tierra se hallaba un hombre esbelto, con la cara achocolatada y el pelo blanco. Era uno de los camareros de Sbirro. Sus dedos trataban de apartar de su garganta unas férreas manos, y sus rodillas golpeaban inútilmente al individuo casi gigante que brutalmente se le había abalanzado encima.
Laffler llegó hasta ellos jadeando.
—¡Basta! —gritó—. ¿Qué pasa aquí?
Los suplicantes ojos salían casi de las órbitas de la víctima, en dirección hacia Laffler.
—¡Socorro, señor! Este hombre… borracho…
—¿Borracho, yo, maldito…?
Costain vio que el que así hablaba era un marino que lucía un uniforme muy manchado. A su alrededor podía olerse el alcohol.
—Me coge la cartera y luego me llama borracho… —apretó más la presión de sus manos y el camarero chilló.
Laffler cogió al marino por los hombros.
—¡Suéltele! ¿Me oye? ¡Suéltele al momento! —gritó, y al momento siguiente fue lanzado contra Costain, que se tambaleó bajo el impacto del choque.
El ataque a su persona hizo que Laffler entrase en acción inmediatamente. Sin proferir una sola palabra, saltó sobre el marino, pegándole y pateándole violentamente la cara y el costado. Aturdido al principio, el marino se incorporó y se abalanzó contra Laffler. Por un momento, permanecieron fuertemente agarrados, hasta que Costain se unió al ataque, y los tres cayeron forcejeando al suelo. Lentamente, Laffler y Costain se pusieron en pie y contemplaron al cuerpo sobre la acera.
—O el licor le ha mareado por completo —sentenció Costain—, o se ha golpeado la cabeza contra el suelo. Sea como sea, esto es asunto de la policía.
—¡Oh, no, no, caballero! —gimió el camarero, levantándose trabajosamente, aún tambaleándose—. La policía no, caballero. Al señor Sbirro no le gustaría. Compréndalo, señor —asió a Costain con una mano suplicante, y éste miró a Laffler.
—Claro que no —asintió Laffler—. No tenemos por qué avisar a la policía. De todos modos, no tardarán en descubrir a ese cerdo. ¿Pero por qué fue la pelea?
—Ese tipo, señor. Se tambaleaba al andar, y sin querer choqué con él. Entonces me atacó, acusándome de pretender robarle.
—Lo que pensaba —afirmó Laffler—. Bien, entremos y usted vaya a curarse.
El camarero parecía hallarse al borde de las lágrimas.
—Gracias, caballero. Le debo la vida. Si puedo servirle en algo…
Laffler se hallaba delante de la puerta del restaurante.
—No, no, en nada. Si Sbirro le hace alguna pregunta, que venga a verme. Yo lo aclararé todo.
—¡Mi vida, señor! —fueron las últimas palabras que los dos amigos oyeron cuando la puerta se cerró a sus espaldas.
—Vea, Costain —reflexionó Laffler, al instalarse ambos a una de las mesas—: esto es el hombre civilizado en toda su gloria. Apestando a alcohol, y pretendiendo ahogar a un inocente con el que tropezó.
Costain hizo un esfuerzo para glosar el significado del episodio.
—Es el gato neurótico el que bebe alcohol. Seguramente habrá un motivo para el estado de ese marinero.
—¿Motivo? Claro que sí. ¡Salvajismo atávico! —Laffler movió el brazo en un amplio gesto—. ¿Por qué estamos aquí sentados ante estos platos? No sólo para apaciguar las exigencias físicas, sino porque nuestro yo atávico clama por liberarse. Medite, Costain. ¿Recuerda que una vez le describí a Sbirro como el compendio de la civilización? ¿Ve ahora por qué? Un hombre inteligente que comprende plenamente la naturaleza del ser humano. Pero al revés que otros hombres aúna todos sus esfuerzos para lograr la satisfacción de nuestro carácter innato sin que de los mismos resulten perjuicios para ningún inocente.
—Cuando pienso en el cordero Amirstán —repuso Costain—, casi le comprendo a usted. Y, a propósito ¿no tienen que servirlo ya pronto? Hace casi un mes que no lo hemos catado.
El camarero, que estaba llenando los vasos, se encogió de hombros.
—Lo siento, caballeros. Esta noche no hay plato especial.
—Ahí está su respuesta —refunfuñó Laffler—, y probablemente tendré la desventura de no poder degustarlo la próxima vez.
Costain le miró fijamente.
—¡Oh, imposible!
—Nada de eso —suspiró Laffler, apurando medio vaso de agua de un sorbo, que el camarero se apresuró a llenar de nuevo—. Me marcho a Sudamérica en viaje de inspección sorpresa. Un mes, dos meses… Sólo Dios lo sabe.
—¿Van mal allí las cosas?
—Podrían ir mejor. No olvide que cuesta un ojo de la cara pagar las tarifas de Sbirro.
—No he oído nada en la oficina.
—En caso contrario, no sería un viaje sorpresa. Nadie lo sabe, excepto yo mismo y… ahora usted. Quiero pillarles completamente desprevenidos. Descubrir qué tejemaneje se traen entre manos. En lo que concierne a la oficina, me marcho a otra parte. Descansando en un sanatorio, seguramente. Además, el negocio queda en buenas manos. En las suyas.
—¿En las mías? —repitió Costain, asombrado.
—Cuando llegue mañana al despacho hallará un nombramiento de ascenso, aunque yo no estaré allí para entregárselo en persona. No, esto no tiene nada que ver con nuestra amistad. Ha trabajado usted de modo perfecto y le estoy inmensamente agradecido.
Costain se ruborizó por aquella alabanza.
—No espera usted estar mañana en la oficina. ¿Es que se marcha esta noche?
—He tratado de obtener una reserva. Si me la conceden, esta cena será de despedida.
—Le aseguro que deseo que no le concedan la reserva —replicó Costain—. Estas cenas en este restaurante se han convertido para mí en algo muy apreciado, más de lo que podía jamás imaginarme.
El camarero les interrumpió.
—¿Desean que les sirva ahora, caballeros?
—Claro, claro —repuso Laffler, sobresaltándose—. No sabía que estaba esperando.
—Lo que me angustia —le confió a Costain cuando el camarero se hubo alejado— es pensar que me perderé un plato de cordero Amirstán. A decir verdad, ya he demorado mi partida una semana, esperando gozar de la noche feliz de la especialidad de la casa, pero ya no puedo retrasarme más. Cuando se halle usted aquí sentado, comiendo su ración de cordero Amirstán, acuérdese de mí, por favor.
Costain se echó a reír.
—Claro que sí —afirmó, disponiéndose a cenar.
Apenas había limpiado el plato cuando un camarero se lo retiró discretamente. No era el camarero de costumbre, sino el que había sido víctima del ataque.
—¿Qué le pasa ahora? —interrogóle Costain—. ¿Todavía inquieto?
El camarero no le prestó atención y, en cambio, con el aspecto de un hombre que se halla bajo una gran tensión, se volvió a Laffler.
—Señor —le susurró—. Le debo mi vida. ¡Y ahora puedo pagarle el favor!
Laffler le miró asombrado y sacudió firmemente la cabeza.
—No, no quiero nada de usted, ¿entiende? Ya me ha pagado suficientemente dándome las gracias. Y ahora, siga con su trabajo y no se hable más de esto.
El camarero no se movió una tilde, pero elevó ligeramente la voz:
—¡Por el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor, caballero, tengo que ayudarle a usted, aunque no quiera! «No entre en la cocina, caballero». Me juego mi vida por la suya, señor. Esta noche, ni otra ninguna, nunca, nunca, vaya a la cocina de Sbirro.
Laffler se retrepó en su asiento, completamente estupefacto.
—¿Ir a la cocina? ¿Por qué no he de entrar en la cocina? ¿Por qué no, si el señor Sbirro me invita? ¿Qué le pasa?
Una mano se apoyó sobre la espalda de Costain, y otra asió el brazo del camarero. Éste se quedó inmovilizado en el sitio, con los labios apretados y los ojos bajos.
—¿Qué es lo que ocurre, caballeros? —preguntó la voz—. He llegado a tiempo. A tiempo como siempre para responder a todas las preguntas, ¿verdad?
Laffler exhaló un suspiro de alivio.
—Ah, Sbirro, afortunadamente está usted aquí. Este hombre me decía no sé qué, de que no debo entrar en su cocina. ¿Sabe a qué se refiere?
Sbirro mostró su dentadura en una amplia sonrisa.
—Naturalmente. Este buen hombre le estaba aconsejando por amabilidad. Ocurre que mi «chef» demasiado emocional, ha oído el rumor de que yo intentaba invitar a alguien a visitar mi cocina, y se ha encolerizado terriblemente. ¡Qué furia, caballeros! Incluso me ha amenazado con despedirse en el acto, y ustedes ya comprenderán lo que esto significaría para Sbirro, ¿eh? Por fortuna, yo he conseguido demostrarle que es un símbolo de honor que un estimado cliente y entendido en cuestiones culinarias observe su trabajo, y ahora ya se ha calmado por completo. Perfecto ¿eh? —soltó el brazo del camarero—. Estás sirviendo en una mesa que no te pertenece —le dijo con suavidad—. Que no vuelva a ocurrir.
El camarero se alejó sin osar levantar la vista y Sbirro atrajo una silla a la mesa. Se sentó y se pasó una mano por el cabello.
—Ahora temo que no haya sorpresa. Esta invitación para usted, señor Laffler, tenía que ser una sorpresa, pero ésta ya no existe, y sólo queda en pie la invitación.
Laffler se secó las gotitas de sudor que perlaban su frente.
—¿Habla en serio? —tartamudeó—. ¿Quiere decir que podré ser testigo de los preparativos de esta noche en su cocina?
Sbirro hizo correr una afilada uña a lo largo del mantel, dejando una larga línea impresa en el mismo.
—Ah, pero me veo enfrentado con un dilema de enormes proporciones —suspiró—. Usted, señor Laffler, lleva diez años siendo cliente de la casa. Pero nuestro amigo…
Costain levantó la mano, en acción de protesta.
—Lo entiendo perfectamente. La invitación se extiende únicamente al señor Laffler, y naturalmente mi presencia resulta enojosa. En realidad, tengo un compromiso para esta noche y tenía que marcharme pronto. Por tanto, no hay ningún dilema.
—No —objetó Laffler—, de ningún modo. No sería justo. Hemos compartido los gustos durante largo tiempo, Costain, y si usted no me acompaña no gozaré ni la mitad de esta experiencia. Seguramente, por tratarse de esta ocasión, Sbirro suavizará sus condiciones.
Ambos contemplaron a Sbirro, el cual se limitó a encogerse de hombros.
Costain se levantó súbitamente.
—Me marcho, Laffler, no quiero estropearle su gran aventura. Además —añadió, sonriendo—, me acuerdo también de ese feroz «chef de cuisine» esparándole seguramente con la cuchilla en alto. Prefiero no presenciar el drama. Me despido y le dejo con Sbirro —añadió apresuradamente, para disimular el culpable silencio de Laffler—. Estoy seguro que le mostrará todos sus secretos.
Extendió la mano y Laffler se la estrechó amistosamente.
—Es usted una buena persona, Costain —reconoció—. Espero que continúe cenando aquí hasta que volvamos a vernos. No tardaré mucho.
Sbirro se hizo a un lado para dejar pasar a Costain.
—Le espero de nuevo —le despidió—. «Au ‘voir».
Costain se detuvo brevemente en el vestíbulo para anudarse la bufanda y colocarse el sombrero en la debida inclinación. Cuando se apartó del gran espejo, satisfecho al fin, vio con una última ojeada que Laffler y Sbirro se hallaban ya ante la puerta de la cocina; Sbirro sostenía la puerta cortésmente con una mano, mientras la otra estaba apoyada, casi tiernamente, en los carnosos hombros de Laffler.
FIN
