Ello

Theodore Sturgeon

Unknown, agosto de 1940

Traducción: Celia Filipetto - Francisco Blanco - Rafael Marín Trechera

53 min de lectura
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Sinopsis: «Ello» (It) es un cuento del escritor estadounidense Theodore Sturgeon, publicado en agosto de 1940 en la revista Unknown. Cuando Kimbo, su perro de caza, no responde a sus llamados, Alton Drew se preocupa. No es habitual que el animal desaparezca; por eso, aunque ya es de noche, decide internarse en el bosque con su rifle para buscarlo. Lo que Alton no sabe es que Kimbo ha tenido un brutal encuentro con una misteriosa criatura surgida de la humedad, la podredumbre y la oscuridad, que vaga por la floresta impulsada por una curiosidad tan ciega como monstruosa.

Theodore Sturgeon - Ello

Ello

Theodore Sturgeon
(Cuento completo)

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Deambulaba por el bosque.

Nunca había nacido. Existía. En el suelo, bajo las agujas de los pinos, el fuego arde silencioso y sin humareda. Hay crecimiento en el calor, en la oscuridad y en la pobreza. Hay vida y hay crecimiento. Crecía, pero no estaba vivo. Caminaba sin respirar por entre los árboles, y pensaba, y veía, y era horrendo y fuerte… Pero no había nacido ni vivía. Crecía y se movía sin vivir.

Se arrastraba fuera de la oscuridad y de la tierra húmeda y cálida a la frialdad de una mañana. Era enorme. Era deforme y estaba cubierto de una costra formada de sus odiosas sustancias, y trozos de ella se desprendían mientras deambulaba, se desprendían y yacían retorcidos, inmóviles y putrefactos en la tierra del bosque.

No tenía gracia, ni alegría, ni belleza. Poseía una inteligencia fuerte y amplia. Y… quizá no pudiese ser destruido. Se arrastraba fuera de su madriguera del bosque y permanecía, palpitando, bajo los rayos del sol durante un largo rato. Las manchas resplandecían húmedas a la luz del dorado sol. Los fragmentos de la criatura eran pequeñas protuberancias escamosas. ¿Cómo podían unos huesos muertos darle forma humana?

Escarbaba trabajosamente con sus manos medio formadas, golpeando el suelo y el tronco de un árbol. Rodaba y se alzaba sobre sus despellejados codos, y arrancaba un gran puñado de hierba y se lo restregaba contra su pecho, hacía una pausa y observaba con inteligente calma los juegos grisverdosos; vacilaba sobre sus pies, y se asía a un arbolillo y lo destrozaba, doblando el frágil tronco una y otra vez, contemplando atentamente las inútiles y fibrosas astillas. Y echaba la garra a cualquier asustadiza criatura salvaje, destrozándola lentamente, dejando que la sangre, los trozos de carne y de la piel se escurriesen por entre sus dedos, deslizándose y pudriéndose en los antebrazos.

Empezó a buscar.

Kimbo surgió de entre la alta maleza como una ráfaga de polvo, con su peludo rabo torcido firmemente sobre su lomo y sus grandes mandíbulas entreabiertas. Corría con agilidad, saltando, gozando de su libertad y de la fuerza de sus músculos. Su lengua colgaba distraídamente sobre su labio inferior. Sus labios eran negros y apretados, y su puntiagudo hocico vibraba con el galope. Kimbo era un perro de una pieza, un animal pletórico de salud.

Saltó por encima de una peña y cayó al suelo con un ladrido cuando un conejo de largas orejas salió disparado de su escondrijo entre las piedras. Kimbo echó a correr detrás de él, gruñendo y dando grandes zancadas con sus largas patas. El conejo brincaba delante de él, conservando las distancias, con las orejas tiesas y sin apenas rozar el suelo con sus pequeñas patas; pero el conejo dio un zarpazo, saltó a un lado y se escondió en un tronco hueco. Kimbo ladró y husmeó el tronco, dándose cuenta de su fracaso. Dio varias vueltas alrededor del tronco y, al fin, echó a correr hacia el interior del bosque. La cosa que le observaba entre los árboles levantó sus brazos llenos de costras y esperó a Kimbo.

Kimbo lo presintió, se quedó inmóvil como un muerto junto al sendero. Para él era un bulto que olía a carroña, no apto para atacarle. Lo olfateó con repugnancia y pasó corriendo por su lado.

La cosa le dejó acercarse sin respirar y soltó un zarpazo. Kimbo lo vio venir y se encogió cuanto pudo mientras corría, pero la mano cayó sobre su rabadilla, y lo envió rodando y aullando cuesta abajo. Kimbo no tardó en ponerse en pie, sacudió la cabeza, movió el cuerpo dando un profundo gruñido, y, con el instinto de matar en los ojos, arremetió contra el enemigo silencioso. La cosa inmóvil.

Avanzaba cautelosamente, casi sin mover las patas, con el rabo tan bajo como sus orejas gachas y un cosquilleo de furia rondándole el hocico. La cosa levantó el brazo otra vez y esperó.

Kimbo se agachó, y saltó impulsivamente buscando el cuello del monstruo. Sus mandíbulas se cerraron sobre él; sus dientes se juntaron a través de una masa de inmundicias, y cayó atragantado y aullando a sus pies. La cosa se agachó y le golpeó dos veces. Cuando hubo destrozado el lomo del perro, se sentó a su lado y empezó a despedazarlo.


—Volveré dentro de una hora aproximadamente —dijo Alton Drew, cogiendo su rifle del rincón, detrás de la caja de madera.

Su hermano se echó a reír.

—El viejo Kimbo te complica la vida, Alton —dijo.

—¡Ah!, conozco muy bien al viejo diablo —contestó Alton—. Cuando le silbo durante media hora y no aparece, es que se halla en apuros o ha visto algo sobre lo que vale la pena disparar. El viejo miserable me avisa pero no me contesta.

Cory Drew acercó un vaso lleno de leche a su hija de nueve años, y sonrió.

—Piensas tanto en tu perro como yo en Babe.

Babe se bajó de la silla y corrió hacia su tío.

—¿Vas a cazar al hombre malo, tío Alton? —chilló.

El «hombre malo» era una invención de Cory: el que aullaba por los rincones, listo para saltar sobre las niñas que corrían detrás de los pollitos, que jugaban con los arados y que tiraban manzanas verdes a los cerdos para oír los gruñidos y patadas; de las niñas que juraban con acento germánico como lo hubiera hecho un jornalero en paro; que hacían cuevas en los montones de heno hasta que se venían abajo; escondían pequeños cangrejos de río en los vasos de leche; y cabalgaban por las dehesas en los caballos de labor.

—¡Ven aquí y apártate del rifle de tío Alton! —gritó Cory—. Si ves al hombre malo, Alton, cógele y tráele aquí. Tiene un asunto pendiente con Babe por la trastada de anoche.

La noche anterior, Babe había tenido la buena idea de echar pimienta en el abrevadero de las vacas.

—No te apures, querida —dijo el tío, haciendo una mueca—. Te traeré la piel del hombre malo si antes no me la arranca a mí.


Alton Drew caminó sendero arriba hacia el bosque, pensando en Babe. La niña era un fenómeno, una verdadera niña mimada. ¡Claro! Tenía que serlo. Los dos hermanos amaban a Clissa Drew, y ella se casó con Cory, y ambos tenían que querer a la hija de Clissa. ¡Cosa extraña el amor! Alton era un hombre convencido de su condición de tal y pensaba en cosas como ésas. En sus reacciones amorosas se mostraba como un hombre fuerte, pero asustadizo. Sabía lo que era el amor porque aún lo sentía por la esposa de su hermano, y lo sentiría por Babe todo el tiempo que él viviese. Lo arrastraba a lo largo de su vida, y todavía se sentía molesto al pensar en ello. Amar a su perro era una cosa sencilla, porque el perro y él se querían mutuamente sin tener que hablar de ello. Para Alton Drew, el olor de humo del rifle y de las pieles mojadas por la lluvia eran perfumes suficientes, como también era bastante poético para él un gruñido de satisfacción y el alarido de cualquier animal cazado. No era como el amor humano, que le oprimía la garganta y no le dejaba decir ni una palabra, no le permitía pensar en nada. Por eso, Alton Drew amaba a su perro Kimbo y a su Winchester, y dejaba que el cariño hacia la esposa y la hija de su hermano, Clissa y Babe, le consumiera pacíficamente, sin decir nada.

Con un rápido vistazo descubrió las huellas recientes de Kimbo en la tierra húmeda, debajo de la roca donde el perro había saltado para atrapar el conejo. Sin hacer caso de las huellas, miró por los lugares más cercanos donde el conejo pudiera estar escondido, y dio con el tronco hueco. Sí, Kimbo había estado allí, pero demasiado tarde.

—Eres un viejo loco, Kimbo —murmuró—. No podrás atrapar nunca un conejo que huye; tienes que cruzarte en su camino…

Lanzó un silbido especial, convencido de que Kimbo estaría escarbando debajo de algún otro tronco hueco, en busca de un conejo que estaría ya a diez kilómetros de distancia. Nada respondió. Un tanto extrañado, Alton regresó al sendero.

—Nunca me hizo esto antes —dijo en voz baja.

Cargó el rifle y lo sostuvo en la mano. Alguien de la región dijo una vez que Alton Drew podía disparar a un puñado de guisantes lanzado al aire, con un grano de trigo en medio, y dar solamente al grano de trigo. En otra ocasión atravesó una hoja de cuchillo con una bala, y apagó dos velas. No temía a nada que pudiese recibir un tiro. Eso es lo que él creía.


La cosa del bosque miró con curiosidad hacia el suelo para ver lo que había hecho con Kimbo e intentó recordar la forma que tenía el perro antes que muriese. Durante un minuto estuvo analizando los hechos de su loca e insensible mente. La sangre estaba caliente. El sol estaba caliente. Las cosas que se movían y tenían piel poseían un músculo que obligaba al espeso líquido a circular por pequeños tubos en el interior de sus cuerpos. El líquido se coagulaba al cabo de cierto tiempo. El líquido de las cosas que tenían raíces y hojas verdes era menos espeso, y la pérdida de uno de sus miembros no significaba la pérdida de la vida.

Aquello era muy interesante; pero la cosa, la forma con mente, no estaba contenta. Tampoco estaba descontenta. Su impulso primario era un afán por saber, y sólo estaba… interesada.

Empezaba a oscurecer. El sol enrojeció y permaneció un rato en el horizonte de colinas, enseñando a las nubes a convertirse en llamas. La cosa alzó la cabeza repentinamente, al notar la oscuridad. La noche siempre era una cosa extraña para aquellos de nosotros que la han conocido en vida. De haber podido, el monstruo se habría estremecido; pero sólo podía mostrarse curioso, sólo podía razonar sobre lo que había conocido.

¿Qué estaba sucediendo? Le era difícil ver. ¿Por qué? Movió su informe cabeza de un lado a otro. Era verdad… Las cosas estaban nubladas, y cada vez se apagaban más. ¿Qué hacían para ver los seres que él aplastaba y destrozaba? ¿Cómo veían? El más grande, el único que le había atacado, tenía dos órganos en su cabeza. Eso debía de ser, porque, después que la cosa desgarrara dos de las patas del perro, había golpeado el peludo hocico, y el perro, al notar el golpe, había escondido los órganos detrás de los trozos de piel, cerrando sus ojos. Entonces, el perro veía con sus ojos. Pero después de haber muerto el perro y con el cuerpo inmóvil, los repetidos golpes que le asestó no influyeron en sus ojos. Permanecieron abiertos y mirándole fijamente. La conclusión lógica era, pues, que un ser que había dejado de vivir y respirar, y de moverse, perdía el uso de sus ojos. Debía ser que perder la vista no significaba morir. Las cosas muertas no andan. Yacen y no se mueven. Así, pues, la cosa del bosque llegó a la conclusión de que debía de estar muerto. Por tanto, se tumbó en el suelo, junto al sendero, no lejos del cuerpo destrozado de Kimbo, y se quedó quieto, pensando que estaba muerto.


Alton Drew caminó en la oscuridad hasta llegar al bosque. Estaba francamente disgustado. Volvió a silbar, esperó, no tuvo respuesta y otra vez se dijo:

—Mi perro nunca me hizo esto.

Y movió la cabeza. Había pasado la hora de ordeñar y Cory le necesitaba.

—¡Kimbo! —gritó.

El grito se repitió a través de las sombras, y Alton, cogiendo el rifle por el cañón, lo apoyó en el suelo, al lado del sendero. Inclinándose, se quitó la gorra y se rascó la cabeza, estupefacto. La culata del rifle se incrustó en lo que él creía que era tierra blanda. Se tambaleó y puso el pie en el pecho de la cosa que yacía junto al sendero. Su pie se hundió hasta el tobillo en la fofa masa putrefacta y, blasfemando, saltó hacia atrás.

—¡Cómo!… ¡Hay aquí una cosa muerta! ¡Uf!

Se restregó la bota con un puñado de hojas mientras el monstruo yacía en la creciente oscuridad, con los bordes de la profunda huella del pie hundiéndose en su pecho y llenándose hasta el borde. Yacía allí, mirándole confusamente con sus ojos turbios, pensando que estaba muerto a causa de la oscuridad, observando la articulación de los miembros de Alton Drew, maravillándose de esta nueva e incauta criatura.

Alton limpió la culata del rifle con más hojas y continuó sendero arriba, silbando ansiosamente a Kimbo.


Clissa Drew estaba de pie en el umbral del cobertizo. Llevaba un bonito vestido de color rojo y un delantal azul. Se había recogido su rubia cabellera en un gran moño.

—¡Cory!… ¡Alton! —llamó.

—¿Qué? —respondió Cory, bruscamente, desde el granero, donde estaba ordeñando.

Los dos regueros de leche caían en un cubo casi lleno. Su ruido era agradable.

—No hago más que llamaros —dijo Clissa—. La cena se está enfriando, y Babe no quiere comer hasta que vengas. ¿Dónde está Alton?

Cory gruñó, apartó a un lado el taburete, saltó la cerca y dio un manotazo a la vaca que echó a correr como una exhalación camino del patio.

—Aún no ha vuelto.

—¿Que no ha vuelto?

Clissa entró en el cobertizo y se acercó a su marido, mientras Cory se sentaba de nuevo para ordeñar otra vaca y apoyaba la frente en el cálido flanco del animal.

—Pero, Cory, Alton dijo que…

—Sí, sí, ya lo sé. Dijo que regresaría para ordeñar. Le oí. Bueno, pues no ha vuelto…

—Y tú tienes que… ¡Oh Cory!, te ayudaré a terminar la tarea. Alton habría regresado si hubiese podido. Tal vez esté…

—Tal vez esté cazando un gallo azul —gruñó su marido—. Él y su condenado perro.

Gesticulaba ampliamente con una mano mientras que con la otra continuaba ordeñando.

—Tengo que ordeñar veintiséis vacas. Tengo que dar de comer a los cerdos y recoger a los polluelos; darle de comer a la yegua y sacar los animales. Tengo que arreglar el arnés y cercar con alambre la dehesa. Tengo que cortar y llevar la leña.

Durante un rato ordeñó en silencio, mordiéndose el labio inferior. Clissa permanecía a su lado, con las manos juntas, tratando de pensar en algo que apaciguara el ánimo de su marido. No era la primera vez que la caza de Alton perjudicaba la buena marcha de los trabajos de la granja.

—Por tanto, tengo que hacerlo todo. No puedo permitir que la afición de Alton entorpezca el trabajo. Cada vez que ese condenado perro suyo olfatea una presa, me quedo sin cenar. Estoy enfermando y…

—¡Oh! Yo te ayudaré.

Clissa estaba pensando en la primavera, cuando Kimbo tuvo en jaque a un oso negro salvaje de doscientos kilos hasta que Alton pudo meterle una bala en la cabeza; recordó el día en que Babe encontró un cachorro de oso y lo cogió para traerlo a casa, se cayó en un arroyo y se hirió en la cabeza.

No, no se podía odiar a un perro que había salvado la vida a la hija de uno, pensó Clissa.

—No quiero que hagas nada —gruñó Cory—. Vuélvete a casa. Allí tienes bastante trabajo. Iré en cuanto acabe. ¡Vamos, Clissa, no llores! No quiero decir que… ¡Maldita sea…!

Se puso en pie y la abrazó.

—Estoy nervioso —dijo—. Perdona. No he querido hablarte así. Lo siento. Anda, anda… Vuelve con Babe. Terminaré en seguida. Ya he trabajado bastante. Aquí hay faena para cuatro granjeros, y los únicos hombres que cuidan de esta tierra somos yo… y ese cazador… Anda, Clissa, vete…

—Bueno —respondió Clissa, apoyada en su hombro—. Pero cuando él vuelva, primero escúchale, Cory. Tal vez le haya sido imposible regresar antes. Acaso no haya podido volver esta vez. Puede ser que él… él…

—Todo lo que pueda recibir un tiro no dañará a mi hermano. Sabe cuidarse. Esta vez no tendrá ninguna excusa aceptable. Anda, Clissa. Procura que cene la niña.

Clissa regresó a la casa. El disgusto se reflejaba en su joven rostro. Si Cory se peleaba con su hermano ahora y le despedía, ellos dos no podrían hacerlo todo, cuidar los cultivos, elaborar la mantequilla, y todo lo demás. Era imposible contratar a un hombre. Cory tendría que trabajar solo hasta el agotamiento y no sería capaz de hacerlo todo. Ningún hombre podría hacerlo. Suspiró y entró en la casa. Eran las siete y media y todavía estaban ordeñando. ¡Oh! ¿Por qué Alton tuvo que…?

Babe ya se había metido en la cama. Hacia las nueve, Clissa oyó a Cory entrar en el cobertizo y dejar las tijeras de cortar alambre.

—¿Ha regresado Alton? —Preguntaron los dos al mismo tiempo cuando Cory entró en la cocina.

Y mientras ella negaba con la cabeza, él se paró delante de la cocina, levantó la tapa del hornillo y escupió en el carbón.

—Vamos a la cama —dijo.

Clissa dejó la labor de punto sobre la mesa y miró la ancha espalda de su marido. Tenía veintiocho años, pero andaba y actuaba como un hombre de treinta y ocho, y sin embargo su aspecto era el de un hombre cinco años más joven.

—Subiré dentro de un momento —respondió Clissa.

Cory miró hacia el rincón, detrás de la leñera, donde solía estar el rifle de Alton; murmuró algo ininteligible y se sentó para quitarse los zapatos llenos de barro.

—Son más de las nueve —aventuró Clissa tímidamente.

Cory no contestó; recogió las zapatillas.

—Cory, ¿no vas a ir a…?

—¿Adónde?

—¡Oh!, nada. Estaba pensando que tal vez Alton…

—Alton —estalló Cory—. El perro fue a cazar topos. Alton fue a cazar al perro. Ahora tú quieres que vaya a cazar a Alton. ¿Es eso lo que quieres?

—Yo… Es que nunca había tardado tanto…

—¡No iré! ¿Salir a buscarle a las nueve de la noche? ¡Estaría loco! No está acostumbrado a que hagamos eso, Clissa.

Clissa no dijo nada. Se acercó a la cocina y miró la olla que había dejado encima del hornillo. Cuando se volvió, Cory se había puesto de nuevo los zapatos y la chaqueta.

—Sabía que irías —dijo.

Su voz era alegre, aunque ella no sonriera.

—Volveré pronto —dijo Cory—. No creo que esté muy lejos. Es tarde. No temo por él, pero…

Cogió el rifle, miró los cañones, cargó dos cartuchos en el arma y se guardó una caja llena en el bolsillo.

—No me esperes —dijo, volviendo la cabeza cuando se alejaba.

—No —respondió Clissa, cerrando la puerta.

Se sentó junto a la lámpara y reemprendió su labor de punto.

En medio de la oscuridad Cory empezó a subir por el sendero del bosque; miraba por todos lados y llamaba a su hermano. La noche era fría y tranquila, un fétido olor a moho lo impregnaba todo. Cory percibió el olor y lo expelió con impaciencia; pero volvió a aspirarlo y blasfemó.

—¡Qué estupidez! —murmuró—. ¡Maldito perro!… ¡Maldita caza también! ¡A las diez de la noche!… ¡Alton!… —gritó—. ¡Alton Drew!…

Le contestó el eco. Pasó al lado de la confusa cosa y entró en el bosque. La cosa le oyó y percibió las vibraciones de sus pisadas; pero no se movió, porque pensaba que estaba muerta.

Cory avanzó, mirando a su alrededor y hacia adelante, pero no hacia abajo, puesto que sus pies conocían el sendero.

—¡Alton!

—¿Eres tú, Cory?

Cory Drew se estremeció. Aquel rincón del bosque era muy tupido y tan oscuro como una tumba. La voz que oyó era extraña, tranquila, penetrante…

—¿Alton?

—Encontré a Kimbo, Cory.

—¿Dónde demonios has estado? —gritó Cory furioso.

Le desagradaba aquella oscuridad tan extrema; tuvo miedo de la tensa desesperación que se notaba en la voz de Alton, y desconfió de su capacidad para controlarse ante su hermano.

—Le llamé, Cory. Le silbé y el viejo demonio no me contestó.

—Puedo decir lo mismo de ti, pi… piojoso. ¿Por qué no volviste para ayudarme a ordeñar?… ¿Dónde estás?… ¿Has caído en alguna trampa?

—Nunca dejó de contestarme, ya lo sabes… —continuó la dura y monótona voz desde las tinieblas.

—¡Alton! ¿Qué demonios te pasa? ¿Qué importancia tiene que tu bicho no te contestara? ¿Dónde…?

—… supongo que porque nunca antes estuvo muerto —continuó Alton, negándose a ser interrumpido.

—¿Cómo? —Cory se mordió el labio inferior, pero continuó—: Alton, ¿te has vuelto loco? ¿Qué estás diciendo?

Kimbo está muerto.

Kim… ¡Oh!

Cory empezó a recordar otra vez la escena: Babe, inconsciente en el arroyo, y Kimbo, atacando y manteniendo a raya al oso, al monstruoso oso, protegiendo a la niña hasta que Alton llegó para salvarla.

—¿Qué sucedió, Alton? —preguntó más tranquilo.

—Estoy intentando averiguarlo. Alguien lo destrozó.

—¿Lo destrozó?

—Todo su cuerpo está despedazado, Cory. Cada miembro está separado de sus articulaciones. Los intestinos, fuera…

—¡Dios santo! ¿Crees que el oso…?

—No fue el oso… ni nada que ande a cuatro patas. Todo el perro está aquí. No se han comido nada de él. Quienquiera que fuese, lo mató solamente y… lo descuartizó.

—¡Dios Santo! —repitió Cory—. ¿Quién pudo…?

Hubo una larga pausa.

—Vuelve a casa —dijo Cory, casi con cariño—. No hay ningún motivo para que permanezcas ahí toda la noche.

—Me quedaré. Estaré hasta que salga el sol, y empezaré el rastreo… y continuaré hasta que encuentre al que hizo esto a Kimbo.

—Estás borracho o loco, Alton.

—No estoy borracho. Puedes pensar lo que te dé la gana. Me quedaré aquí.

—Tenemos una granja, ¿recuerdas? Tendré que ordeñar otra vez veintiséis vacas, mañana por la mañana, como las he ordeñado esta noche, Alton.

—Alguien tiene que hacerlo. Yo no puedo estar allí. Supongo que debes hacerlo tú, Cory.

—¡Eres una mierda! —gritó Cory—. ¡Regresarás conmigo ahora mismo!

La voz de Alton continuaba siendo penetrante, soñolienta.

—No te acerques, muchacho.

Cory dio un paso hacia la voz de Alton.

—Te he dicho… —La voz era muy tranquila ahora— que te quedes donde estás.

Cory continuó avanzando. Un ruido característico le indicó que había quitado el seguro del rifle. Cory se paró.

—¿Serías capaz de disparar contra mí, Alton? —preguntó Cory, casi en un susurro.

—Exactamente, muchacho. No quiero que me destruyas las huellas. Las necesito para cuando salga el sol.

Pasó un minuto, y el único ruido que se oyó en la oscuridad fue la agitada respiración de Cory. Al fin, dijo:

—También yo he traído el rifle, Alton. Vuelve a casa.

—No puedes verme y disparar.

—No, pero aquí estamos los dos, a punto de matarnos.

—Aquí estamos… Vete. Yo sé exactamente dónde estás, Cory. Llevo aquí cuatro horas.

—Mi fusil asusta a la gente.

—El mío la mata.

Sin otra palabra, Cory Drew se volvió y emprendió el regreso a la granja.


Negro, licuescente, yacía en la oscuridad, no vivo, no completamente muerto, sino creyéndose muerto. Las cosas que no están vivas no pueden hacer nada. Fijaba su nublada mirada en la hilera de árboles de lo alto de la colina y en el fondo de sus pensamientos, que goteaban humedad. La cosa sabía que ahora estaba muerta, y, como muchos seres antes que ella, se preguntaba cuánto tiempo permanecería así. Y entonces el cielo, que estaba más allá de los árboles, fue aclarándose poco a poco. Ése era un hecho evidentemente imposible, pensó la cosa; pero lo veía, y así debía de ser. ¿Volverían a vivir las cosas muertas? Aquello era curioso. ¿Qué pasaba con las cosas muertas y desmembradas? Esperaría y lo vería.

El sol, lentamente, fue esparciendo sus rayos de luz. Un pájaro, en alguna parte, lanzó un alegre y prolongado gorjeo, y, mientras una lechuza mataba a una musaraña, una mofeta caía sobre otra, de la misma forma que las sombras de la noche caen sin cesar sobre las luces del día. Dos flores se inclinaron una sobre otra para comparar sus preciosos pétalos. Una libélula decidió que estaba cansada de mostrarse seria y, abriendo sus alas, se echó a volar. El primer rayo dorado de sol penetró por entre los árboles, la maleza y la espesa sombra de los arbustos.

«Estoy vivo otra vez —pensó la cosa, que, posiblemente, no viviría—. Estoy vivo, porque veo con toda claridad».

Se alzó sobre sus gruesas patas, marchando hacia el círculo de luz. En unos momentos, las húmedas escamas que habían crecido durante la noche empezaron a secarse con la luz del sol, y cuando empezó a caminar se desprendieron y cayeron al suelo. Subió la pendiente para buscar a Kimbo, para ver si él también estaba vivo otra vez.


Cuando abrió los ojos, Babe vio el sol que entraba en su habitación. Tío Alton se había marchado… Eso fue lo primero que pensó. Papá había vuelto anoche a casa y se pasó una hora gritando a mamá. Alton se había vuelto loco. Había apuntado con el rifle a su hermano. Si Alton se atrevía a pisar sus tierras, aunque fuera un metro, Cory le haría tantos agujeros en su cuerpo que parecería un colador. Alton era un loco, un desagradecido, un egoísta y algunas otras cosas más de indudable mal gusto, pero realmente contundentes. Babe conocía a su padre. Tío Alton ya no estaría seguro en aquella región.

Saltó de la cama con esa agilidad propia de los niños, y corrió a la ventana. Vio a Cory que iba a pie a la dehesa con dos bridas sobre el hombro para enganchar a la yunta. En el piso de abajo, se oía ruido en la cocina.

Babe hundió la cabeza en la palangana y se sacudió el agua, como un cachorro, antes de secarse con la toalla. Cogió una camisa y unos pantalones limpios y se dirigió al rellano de la escalera. Se puso la camisa y comenzó su diario ritual con los pantalones: un escalón, una pierna en la pernera izquierda; otro escalón, la otra pierna en la pernera derecha. Luego, saltando de escalón en escalón con los pies juntos y abrochándose un botón en cada peldaño, llegó al pie de la escalera completamente vestida, y entró corriendo en la cocina.

—¿No ha vuelto tío Alton, mamá?

—Buenos días, Babe… No, cariño.

Clissa estaba demasiado tranquila, sonreía demasiado, pensó Babe sagazmente. Se notaba que no era feliz.

—¿Adónde fue, mamá?

—No lo sabemos, Babe. Siéntate a desayunar.

—¿Qué es un bastardo, mamá? —preguntó de pronto Babe.

A su madre casi se le cayó la fuente que estaba secando.

—¡Babe! Te prohíbo que repitas esa palabra.

—¡Oh!, bueno… Entonces, ¿por qué lo es el tío Alton?

La boca de Babe estaba llena de papilla.

—Un bas…

—¡Babe!

—Muy bien, mamá —dijo con la boca llena—. Pero ¿por qué?

—Ya le dije anoche a Cory que no gritara tanto —dijo Clissa medio para sí.

—Bueno, signifique lo que signifique, él no lo es —dijo Babe con firmeza—. ¿Salió a cazar otra vez?

—Fue a buscar a Kimbo, cariño.

—¿A Kimbo? ¡Oh, mamá! ¿Se ha marchado Kimbo también? ¿Tampoco volverá él?

—No, cariño… Por favor, Babe, deja de hacer preguntas.

—Muy bien… ¿Adónde crees que fueron?

—A los bosques del Norte… Estate quieta.

Babe engullía deprisa su desayuno. De pronto se le ocurrió una idea y, a medida que la iba pensando, comenzó a comer más despacio, más despacio, y miró a su madre con sus ojos semicerrados. Alguien tenía que avisar a tío Alton, prevenirle…

Babe se hallaba a medio camino de los bosques cuando oyó los estruendosos ecos del rifle de Alton, que resonaban por todo el valle…


Cory estaba en la parte sur de la granja, arando y maldiciendo a sus dos caballos grises, cuando oyó los disparos.

—¡Hop! —gritó a los caballos, y se paró un momento a escuchar—. Uno, dos, tres… ¡cuatro! —contó—. Vio a alguien y le disparó. Tuvo oportunidad de tirarle otra vez y lo hizo, con todo cuidado. ¡Dios mío!

Desenganchó el arado y llevó los animales a la sombra de tres robles.

Sujetó las patas de los animales con unas correas y se encaminó al bosque.

—Alton es un asesino —murmuró, y dio la vuelta para dirigirse a su casa en busca del rifle.

Clissa estaba de pie al lado de la puerta.

—¡Tráeme los cartuchos! —gruñó Cory, y entró corriendo en la casa.

Clissa le siguió. Cory se estaba metiendo el cuchillo de caza en el cinturón cuando su mujer apareció con la caja de cartuchos.

—Cory…

—¿Oíste el rifle? Alton ha perdido la chaveta. No desperdicia un cartucho. Disparó contra alguien, estoy seguro; cuando yo le vi, no estaba bromeando. Estaba dispuesto a cazar a un hombre… Dame mi rifle.

—Cory, Babe…

—Procura que no salga de aquí. ¡Oh Dios! Esto es un infierno. No creo que pueda aguantarlo mucho más.

Cory corrió hacia la puerta.

Clissa le cogió del brazo.

—Cory, estoy tratando de decírtelo… Babe no está aquí… La he llamado y no está.

El duro rostro de Cory, joven y viejo a la vez, se tensó.

—Babe… ¿Cuándo la viste por última vez?

—Durante el desayuno.

Clissa se puso a llorar.

—¿Te dijo adónde iba?

—No. Me hizo una serie de preguntas sobre Alton: adonde había ido…

—¿Se lo dijiste?

Clissa le miró con sus ojos enrojecidos y asintió con la cabeza, mientras se mordía el dorso de la mano.

—No deberías habérselo dicho, Clissa —gritó.

Echó a correr hacia los bosques mientras Clissa le miraba desde la casa. En aquel momento, Clissa deseaba haber muerto.

Cory corría con la cabeza levantada, avanzaba con todo el cuerpo en tensión por el sendero. Subió por la colina que llevaba al bosque y tras cuarenta y cinco minutos de loca carrera, empezó a notar que le faltaba el aire. Todavía no pudo notar en el aire el fétido olor a moho.

Captó un movimiento en la maleza que había a su derecha. Se dirigió hacia allí, mientras intentaba recuperar la respiración. Trepó un poco hasta que pudo ver con claridad. Sí, allí había algo, una cosa negra e inmóvil. Se relajó y dejó que su respiración se tranquilizara. Lentamente, alzó el rifle y apuntó a la cosa oculta en la maleza.

—¡Salga de ahí! —gritó Cory, cuando le fue posible hablar.

No sucedió nada.

—¡Salga o disparo!

Hubo un instante de silencio, y su dedo empezó a apretar el gatillo.

—¡Usted lo ha querido! —gritó.

Cuando disparó, la cosa saltó a un lado, hacia el espacio abierto, chillando.

Era un hombrecillo delgado, vestido de negro sepulcral, y con la cara de niño más sonrosada que jamás viera Cory. Su rostro estaba descompuesto por el miedo y el dolor. El hombre se puso en pie y, saltando empezó a gritar:

—¡Oh, mi mano! ¡No vuelva a disparar! ¡Oh, mi mano! ¡No dispare!…

Al cabo de un rato, cuando Cory se acercó a él, se quedó quieto. El individuo miró al granjero con sus tristes ojos azules.

—No dispare —le dijo con un reproche, alzando una manita ensangrentada—. ¡Oh, Dios mío!

Cory preguntó:

—¿Quién demonios es usted?

El hombre se puso histérico, y empezó a soltar tal cúmulo de frases entrecortadas que Cory retrocedió un paso y casi alzó el rifle para defenderse. Cory llegó a entender algunas cosas:

—Perdí mi documentación… Yo no lo hice… Fue horrible. Horrible. Horrible… El hombre muerto… ¡Oh, no dispare!

Cory intentó preguntarle por dos veces. Entonces se acercó y le asestó un puñetazo. El tipo cayó al suelo, gritando, gimiendo y llorando. Se tapó la boca con su mano ensangrentada.

—Ahora dígame qué ha pasado aquí.

El hombre rodó sobre sí mismo y se sentó en el suelo.

—¡Yo no lo hice! —repitió sollozando—. No, no. Venía caminando por aquí y oí el rifle… y algo así como una maldición y un aullido espantoso… Vine corriendo y miré, y vi al hombre muerto… Entonces, eché a correr y usted llegó… Yo me oculté y usted disparó… Y yo…

—¡Cállese!

El hombre calló de golpe, como si le hubieran cerrado la boca con un candado.

—Bien, ¿dice usted que hay un muerto? —preguntó Cory señalando el sendero.

El hombre asintió con la cabeza y empezó a llorar sinceramente. Cory le ayudó a levantarse.

—Siga usted sendero abajo y llegará a mi granja —le dijo—. Dígale a mi mujer que le cure la mano. No diga nada más. Y quédese allí hasta que yo regrese. ¿Lo ha entendido?

—Sí. Gracias. ¡Oh!, muchas gracias…

—Ahora márchese…

Cory le dio un afectuoso empujón en dirección a la granja y se dirigió solo, helado de miedo, sendero arriba hacia el lugar donde encontrara a Alton la noche anterior.

Allí le encontró también ahora… y a Kimbo. Kimbo y Alton habían sido durante muchísimos años los mejores amigos del mundo: habían cazado, luchado y dormido juntos, y, ahora, la vida de ambos había terminado, esa vida que ambos habían dedicado incondicionalmente el uno al otro. Estaban muertos juntos.

Era terrible que hubiesen muerto de la misma forma. Cory Drew era un hombre duro; pero sollozó y estuvo a punto de desmayarse al ver lo que la cosa del moho había hecho con su hermano y su perro.


El hombrecillo vestido de negro corría sendero abajo, sollozando y cogiéndose la mano herida, como si creyese que con eso se le curaría. Tras unos instantes los sollozos cesaron, y la precipitada carrera se transformó en un caminar pausado, como si el terror sin sentido de la última hora hubiera amainado. Por dos veces suspiró profundamente y exclamó:

—¡Dios mío!

Se sintió casi normal. Se ató un pañuelo de hilo a la muñeca, pero la mano continuó sangrando. Se lo ató en el codo, pero aquello le produjo mayor dolor. Por tanto, volvió a guardarse el pañuelo en el bolsillo y se dedicó a agitar tontamente la mano en el aire hasta que se le coaguló la sangre. No vio el espantoso horror húmedo que caminaba pesadamente detrás de él, pero su nariz percibió la inmundicia.

El monstruo tenía tres agujeros muy juntos en el pecho y otro en el centro de su viscosa frente. Eran las marcas donde los cartuchos disparados por Alton Drew le habían atravesado. La mitad de la deforme cara el monstruo había desaparecido y había una profunda hendidura en su hombro. Fue ahí donde le golpeó Alton Drew con la culata de su rifle cuando se dio cuenta de que los cuatro disparos no habían sido suficientes. Cuando estas cosas sucedieron, el monstruo no se mostró rabioso ni dolorido. Lo único que se preguntó fue por qué Alton Drew actuaba de tal forma. Ahora seguía al hombrecillo sin precipitarse en absoluto, siguiendo sus huellas paso a paso y dejando pequeñas partículas de podredumbre detrás de él.

El hombrecillo siguió por el sendero, salió del bosque y apoyó la espalda contra un enorme árbol que se alzaba en el límite del bosque. Meditó. Le habían sucedido demasiadas cosas aquí. ¿Qué ganaría prosiguiendo una estúpida y vaga búsqueda, cuando tendría que enfrentarse con la investigación de un crimen, un crimen horrible? Se suponía que era una vieja cabaña de cazador en lo profundo del bosque, y quizá encontraría la prueba que buscaba. Pero aquélla era una información ambigua, lo bastante ambigua para olvidarla sin lamentarlo. Sería la mayor de las locuras quedarse para complicarse en el barullo que seguiría a ese feo asunto del bosque. Entonces, sería ridículo seguir el consejo del granjero, ir a su casa y esperar a que regresase. No. Volvería a la ciudad.

El monstruo se apoyó contra el otro lado del grueso tronco.

El hombrecillo resopló molesto al percibir un repentino olor a podrido. Sacó el pañuelo, lo manoseó y se le cayó. Cuando se agachó para recogerlo, el brazo del monstruo barrió con toda su fuerza el aire donde había estado la cabeza del hombrecillo…, un golpe que, con toda seguridad, hubiese destrozado aquella protuberancia con cara de niño. El hombre se irguió, y hubiera utilizado el pañuelo si no hubiese estado tan ensangrentado. La criatura escondida detrás del árbol levantó de nuevo el brazo en el momento en que el hombrecillo tiró el pañuelo y empezó a caminar hacia el campo, y lo atravesaba para ir a buscar la lejana carretera que llevaba a la ciudad. El monstruo se arrojó sobre el pañuelo, lo cogió, lo estudió, lo desgarró en varios trozos e inspeccionó los andrajos. Entonces, miró distraídamente la figura del hombrecillo, que iba desvaneciéndose en la distancia. Ya no le interesaba para nada; dio la vuelta y se internó en el bosque.


Babe empezó a correr al oír disparos. Era importante avisar a tío Alton sobre lo que su padre había dicho, pero era más interesante averiguar lo que había cazado. ¡Oh, habría cazado, seguro! Tío Alton nunca disparaba sin matar. Ésta era la primera vez que ella le había oído disparar de tal forma. Debía de ser un oso, pensó la niña, nerviosa, tropezando en una raíz; se cayó, pero volvió a ponerse en pie, sin notar el golpe. Le gustaría tener otra piel de oso en su dormitorio. ¿Dónde la pondría? Tal vez la curtieran y le sirviera de colcha. Tío Alton se sentaría en ella por las noches y le leería cuentos… ¡Oh, no! No podría ser. ¡Con lo enfadados que estaban papá y él! ¡Si ella pudiera hacer algo! Intentó correr más deprisa, inquieta pero con cierta precaución; pero le faltaba aire para respirar y, poco a poco, fue aminorando el paso.

En lo alto de la cuesta, junto a la linde del bosque, se paró y miró hacia atrás. Abajo, en el valle, se hallaba la dehesa. La observó atentamente, buscando a su padre. Los viejos y los nuevos surcos estaban perfectamente definidos, y se dio cuenta inmediatamente que Cory había sacado el arado y llevado la yunta a la sombra de los tres robles, sin terminar de arar. Eso no era normal en él. Ahora podía ver la yunta, pero no la camisa azul de Cory. Se rió para sí al pensar en la forma como engañaría a su padre. Pero dejó de reír repentinamente, cuando oyó el grito de agonía de su tío Alton.

Llegó al sendero y lo cruzó, deslizándose a través de la maleza que se alzaba junto a ella. Las detonaciones procedían de alguna parte muy cerca de allí. Babe se paró y escuchó varias veces y, de pronto, oyó que algo venía hacia ella, muy deprisa. Se puso a cubierto, aterrorizada, y un hombrecillo vestido de negro, con cara de niño y los ojos azules desmesuradamente abiertos por el terror, pasó a su lado sin verla, golpeando las ramas con una cartera de piel que llevaba en la mano. La hizo girar un momento y la arrojó lejos, cayendo justamente delante de la niña. El hombre no vio a Babe en ningún momento.

Babe permaneció allí un buen rato; luego, recogió la cartera y entró en el bosque. Las cosas sucedían demasiado deprisa para ella. Necesitaba a tío Alton, pero no se atrevía a llamarlo. Se paró otra vez y escuchó con atención. Detrás, hacia el límite del bosque, oyó la voz de su padre, y la de otro…, probablemente la del hombre que había arrojado la cartera. No se atrevió a continuar. Llena de horror, pensaba deprisa; luego, chascó los dedos, triunfal. Ella y tío Alton habían jugado mucho a los indios; poseían un repertorio completo de señales secretas. Ella había practicado el reclamo de las aves hasta que lo supo hacer mejor que ellos mismos. ¿Qué haría? ¡Ah…, el gallo azul! Echó la cabeza hacia atrás y por medio de una inexplicable alquimia juvenil lanzó un grito que hubiera envidiado cualquier gallo azul que hubiese pasado volando por allí. Lo repitió… Luego, dos veces más.

La respuesta fue inmediata; el reclamo de un gallo azul, cuatro veces, espaciado de dos en dos. Babe movió la cabeza llena de felicidad. Ésa era la consigna de que se reunirían inmediatamente en El Lugar. El Lugar era un escondrijo que tío Alton había descubierto y que compartía con ella. Ninguna otra persona lo conocía: un recodo rocoso, junto a un arroyo, no lejos de allí. No era exactamente una cueva, pero casi. Lo suficiente para ser encantador. Babe corrió feliz hacia el arroyo. No había dudado ni un instante de que tío Alton recordaría la llamada del gallo azul, y lo que significaba.

En el árbol que se arqueaba sobre el cuerpo destrozado de Alton, un gallo azul se limpiaba las plumas y se calentaba al sol. Completamente inconsciente de la presencia de la muerte, apenas notó el grito realista de Babe, y gritó cuatro veces, espaciadas de dos en dos.


Cory tardó un minuto en recobrarse de lo que había visto. Se alejó de allí para apoyarse débilmente y jadeando en el tronco de un pino. Alton. Allí estaba Alton, tendido en el suelo…, despedazado.

—¡Dios!… ¡Dios, Dios, Dios!…

Al cabo de un rato empezó a recuperarse y se obligó a retroceder y volver allí. Caminaba con cuidado. Se agachó y recogió el rifle. El cañón estaba limpio y brillante; pero la culata estaba impregnada de algo que olía a podredumbre. ¿Dónde había visto antes esa inmundicia? En alguna parte… pero era igual. La limpió, con mirada ausente, y después tiró el trapo sucio. Por su mente cruzaron las palabras de Alton… ¿fue anoche solamente?…, diciéndole:

—Empezaré el rastreo… y continuaré hasta que encuentre al que hizo esta faena a Kimbo.

Cory buscó ansiosamente hasta que encontró la caja de cartuchos de Alton. La caja estaba húmeda y pegajosa. En cierta manera, esto era mejor. Una bala mojada con la sangre de Alton era lo más apropiado que podía utilizar. Empezó a alejarse y caminó en círculos hasta que encontró unas huellas pesadas. Luego regresó al lado de su hermano.

—Muchacho, yo me encargaré ahora del rastreo —murmuró.

Y empezó.

Siguió la confusa pista a través de la maleza, sorprendido por la cantidad de inmundo moho que encontraba a su alrededor, y que asoció con lo que había matado a su hermano. Para él no había en el mundo nada más que odio y tenacidad. Maldiciéndose por no haber obligado a Alton a regresar a casa con él la noche anterior, siguió el rastro hasta el límite del bosque. Llegó ante un gran árbol, y allí vio algo más: las huellas del hombrecillo de la ciudad. También había trozos de tela manchados de sangre por el suelo, y… ¿Qué era eso?

Otra serie de huellas… más pequeñas… como si alguien hubiera corrido de puntillas.

—¡Babe!

No tuvo respuesta. El viento suspiró. En alguna parte, un gallo azul lanzó su reclamo.

Babe se paró y se volvió cuando oyó el triste grito de su padre, amortiguado por la distancia.

—Escúchame, cariño —canturreó con deleite—. Sí, parece triste.

Le envió un reclamo de gallo azul y echó a correr hacia El Lugar.

Era una peña gigantesca junto al arroyo. Alguna erupción durante la era glacial la había partido en forma de V gigantesca. La parte más ancha de la hendidura se apoyaba en la orilla del agua y la más estrecha estaba oculta entre los arbustos. Formaba una especie de habitáculo sin techo, desigual, lleno de agujeros y de cuevecitas en el interior, con un suelo completamente nivelado. La abertura se hallaba a la orilla del arroyo.

Babe apartó los arbustos y miró al interior de la abertura.

—¡Tío Alton! —llamó en voz baja.

No contestó nadie.

¡Oh! Bueno, ya vendría más tarde.

Se deslizó dentro y se acomodó en el suelo.

A Babe le gustaba estar allí. El Lugar era sombreado y fresco, y el murmullo del arroyo lo llenaba con sus risas, y el agua lanzaba reflejos dorados al interior. Volvió a llamar, por una cuestión de principios, y luego se apoyó contra un saliente, esperando. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aún llevaba en la mano la cartera de piel del hombrecillo.

Le dio la vuelta un par de veces y luego la abrió. Estaba dividida en dos compartimientos. En uno de ellos había unos cuantos papeles metidos en un sobre grande, de color amarillo; en el otro, varios bocadillos, una tableta de chocolate y una manzana. Complacida, Babe aceptó todo aquello como si fuera maná caído del cielo. Guardó un bocadillo para Alton, sobre todo porque a ella no le gustaban tan condimentados. El resto fue un pequeño festín.

Se sintió un poco inquieta porque Alton no llegaba. Se había comido hasta el corazón de la manzana. Se puso en pie y trató de alcanzar algunas de las ramitas que arrastraba el arroyo; luego, volvió a sentarse, intentando recordar algunos de los cuentos que conocía… todo para pasar el rato. Al fin, muy inquieta, volvió a mirarse la cartera, sacó los papeles del sobre, los extendió sobre la pared rocosa y empezó a leerlos. En cierto modo, era una forma de pasar el rato.

Había un periódico viejo y roto que explicaba los extraños testamentos que hacía la gente: en cierta ocasión, una anciana dejó una fabulosa cantidad de dinero a quienquiera que hiciera un viaje de la Tierra a la Luna y regresara; otra había dejado una casa para los gatos cuyos amos hubieran muerto; un hombre dejó mil dólares a la primera persona que resolviera cierto problema matemático y demostrase su solución. Pero uno de los párrafos estaba señalado con lápiz azul. Decía:

Uno de los testamentos más extraños aún en vigencia, es el de Thaddeus M. Kirk, que murió en 1920. Al parecer, construyó un recargado mausoleo con sepulturas abovedadas para todos los miembros de su familia. Recogió y trasladó ataúdes de todo el país para llenar los nichos que les había asignado. Kirk fue el último de su estirpe. Cuando él murió, ya no quedaban parientes. Su testamento estableció que el mausoleo sería cuidado permanentemente, y se dedicaría una cantidad de dinero para recompensar a la persona que encontrara el cadáver de su abuelo, Roger Kirk, cuyo nicho continuaba vacío. Así, pues, cualquiera que encuentre ese cadáver recibirá una fabulosa fortuna.

Babe bostezó al leer eso; pero continuó leyendo, porque no tenía otra cosa que hacer. Seguía una gruesa hoja de papel comercial, que llevaba membrete de una firma de abogados. El texto decía:

En relación a su requerimiento sobre el testamento de Thaddeus Kirk, estamos autorizados para declarar que su abuelo era un hombre de 1,73 metros de estatura, con el brazo izquierdo roto, y que tenía en el cráneo una plaquita de plata triangular. Desapareció, y fue declarado legalmente muerto tras un plazo de catorce años.

La cantidad de la recompensa establecida en el testamento, más los intereses acumulados, asciende en la actualidad a más de 62 000 dólares. Será pagada a cualquiera que encuentre el cadáver, siempre que dicho cadáver se ajuste y coincida con las descripciones registradas en nuestros archivos privados.

Continuaba, pero Babe estaba aburrida. Se dedicó a mirar el cuadernillo de notas. No contenía nada, excepto algunas notas muy abreviadas de visitas a bibliotecas; citas de libros con títulos como Historia de Angelina y Tyler Counties e Historia de la familia Kirk. Babe lo dejó aparte también. ¿Dónde se habría metido el tío Alton?

Comenzó a canturrear en voz baja:

—Tumalamatum tum, ta ta ta…

Durante un minuto estuvo bailando, imitando las maneras de una chica que había visto en una película. Un leve ruido entre la maleza de la entrada de El Lugar hizo que se quedara quieta. Miró al exterior y vio que estaban removiendo los arbustos. Rápidamente, corrió a esconderse en un agujero de la pared, lo suficientemente grande como para ocultarla. Sonrió pensando en la sorpresa que se llevaría su tío Alton cuando saliera del escondrijo.

Oyó al recién llegado bajar con dificultad por la húmeda cuesta de la entrada, pisando firmemente el suelo. Había algo en ese ruido… ¿Qué era? Pensó que, aunque era trabajoso para un hombre tan corpulento como tío Alton pasar por la estrecha abertura entre los arbustos, sin embargo no le oía jadear. ¡No se oía ningún tipo de respiración!

Babe miró a la cueva y casi gritó de terror. No era el tío Alton. En pie había una pesada caricatura humana; una cosa enorme como un muñeco irregular de barro, hecho toscamente. Aquella cosa temblaba; una parte de ella relucía, mientras que otra era seca y desmoronadiza. Una parte de su cara había desaparecido, dándole un aspecto desproporcionado. No tenía boca ni nariz perceptibles, y sus ojos estaban desnivelados: uno más alto que otro, y ambos de un color castaño oscuro, sin ninguna parte blanca. Estaba completamente inmóvil y la miraba. El único movimiento era un triste temblor sin vida.

Se preguntaba qué era ese extraño ruido que había hecho Babe.

Babe se apretujó cada vez más contra la pared del fondo de la diminuta guarida rocosa, mientras su cerebro daba vueltas en reducidos círculos de agonía. Abrió la boca para gritar, y no pudo. Sus ojos miraban desorbitados y su cara enrojeció con el esfuerzo reprimido, las trenzas doradas de su cabello se movían espasmódicamente mientras buscaba con desesperación un sitio por donde huir. ¡Si estuviera en un lugar abierto… o en la puerta de la cueva donde se hallaba aquella cosa…, o en su casa, en la cama!…

La cosa avanzó hacia ella, sin mostrar ningún tipo de expresión, moviéndose con la seguridad que da el terror. Babe permanecía con los ojos muy abiertos y helada; la presión del horror iba aumentando, inmovilizándole los pulmones, haciendo que su corazón palpitase desordenadamente. El monstruo alcanzó la boca del refugio y trató de avanzar hacia la niña, pero la pared se lo impidió. La entrada era demasiado angosta. Babe pasaba por ella con grandes dificultades. La cosa del bosque se apretó contra la roca, presionando cada vez más sobre ella para coger a Babe. La niña se levantó lentamente. Estaba tan próxima a la cosa y su olor era tan fuerte que «lo veía». De pronto, una loca esperanza brotó de su miedo sin voz. ¡Eso no la cogería! ¡No la cogería… porque era demasiado grande!

Lentamente, la sustancia de sus pies se extendió bajo el tremendo esfuerzo y en sus hombros apareció una ligera grieta. Se vació cuando el monstruo se apretó inútilmente contra la piedra y, de repente, un gran trozo de hombro se vino abajo. El ser se retorció cubierto de grasa y avanzó unos centímetros. Permaneció inmóvil con sus ojos nublados fijos en la niña. Luego, alzó un poderoso brazo por encima de su cabeza y golpeó.

Babe, apretujada contra la pared tanto como le era posible, no pudo evitar que la asquerosa mano en forma de maza le golpeara la espalda, dejándole un reguero de inmundicia en la blusa que llevaba puesta. De repente, el monstruo se enfureció y avanzó un poco más, ganando el poco espacio que todavía le separaba de la niña. Una mano negra agarró una de sus trenzas, y Babe se desmayó.

Cuando volvió en sí, la mano en forma de garra continuaba sujetando la trenza. La cosa la alzó, de modo que la cara de la niña y la informe cabeza quedaron a pocos centímetros la una de la otra. Con una dócil curiosidad, el monstruo la miró a los ojos, y lentamente y con fuerza tiró de la trenza hacia atrás. El dolor que le produjo el tirón de pelo hizo lo que el miedo no pudo hacer: devolverle la voz. Gritó. Abrió la boca y arrojó por ella todo el esfuerzo de sus poderosos y jóvenes pulmones: gritó. Después del primer grito sus pulmones volvieron a llenarse de aire. Sus gritos eran monótonos, agudos, infinitamente penetrantes.

A la cosa no le importó. La sostenía de la misma forma, examinándola. Cuando hubo terminado de aprender todo lo que pudo de este fenómeno, la dejó caer y miró a su entorno, en la pequeña cueva, ignorando a la aturdida y golpeada Babe. Cogió la cartera de piel y la partió en dos como si fuera un pedazo de tela. Vio el bocadillo que Babe había guardado, lo cogió, lo partió y lo tiró.

Babe abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba libre y, mientras la cosa le volvía la espalda, se deslizó por entre sus patas y salió al pequeño estanque que se extendía delante de la roca, lo cruzó y alcanzó la otra orilla mientras lloraba. Un pequeño y malvado destello de furor ardió en ella. Cogió una piedra del tamaño de una manzana y la arrojó con toda su fuerza. La piedra voló baja y rápida, golpeando con precisión el tobillo del monstruo. La cosa estaba avanzando hacia el agua en aquel momento. La piedra le pegó, haciéndole perder el equilibrio. Durante un largo y silencioso momento, vaciló en la orilla del estanque. Sin dirigirle una segunda mirada, Babe se alejó corriendo y llorando.

Cory Drew seguía los pequeños fragmentos de moho que eran el testimonio del paso del asesino, y estaba muy cerca cuando oyó el primer grito de la niña. Empezó a correr. Tiró su rifle y preparó el de su hermano para disparar. Corría con tal pánico mortal en su corazón que pasó como una exhalación por delante de la gigantesca roca abierta y estaba cien metros más allá antes que la niña atravesara como un relámpago el estanque y alcanzara la otra orilla. Cory tuvo que correr muy deprisa para alcanzarla; porque, unos metros más atrás, se arrastraba ese horror sin cara, y la niña huía con la única idea de alejarse lo más posible de la cueva. Cory la cogió en sus brazos y la apretó contra sí, y la niña gritó, gritó, gritó…

Babe no vio a Cory cuando él la alzó y la tranquilizó.


El monstruo yacía en el agua. Ni le gustaba ni le disgustaba este nuevo elemento. Permaneció en el fondo, con su deforme cabeza varios centímetros por debajo de la superficie, y pensaba con curiosidad en los hechos que había presenciado: el ligero zumbido de la voz de Babe, que envió al monstruo a indagar dentro de la cueva; la negra materia de la cartera de piel, que resistió mucho más que las cosas verdes cuando la rompió; la pequeña dos piernas, que cantó y le hizo acercarse, y que gritó cuando él llegó; esta nueva cosa fría y movediza donde él había caído… Su cuerpo se estaba lavando. Eso no le había sucedido nunca antes. Era interesante. El monstruo decidió quedarse allí para observar esta nueva cosa. No tenía prisa por salir de ella. Sólo sentía curiosidad.

El arroyo bajaba alegre desde su manantial, bajo los rayos del sol y abrazaba a los arroyuelos y riachuelos que encontraba a su paso. Gritaba y jugaba con las pequeñas raíces, con las ramitas y con las hojas. Era un arroyo feliz. Cuando llegó al pequeño estanque, que estaba junto a la roca, encontró allí al monstruo y lo envolvió. Lavó sus sustancias, arrancó sus inmundicias, y las aguas se llevaron río abajo la diluida materia de la cosa arremolinada en la oscuridad. Era un arroyo perfecto. Lavaba con persistencia todo lo que tocaba. Donde encontraba suciedad, la arrastraba, y si había montones y montones de inmundicias, entonces las iba quitando poco a poco. Era un arroyo magnífico. No le importaba el veneno del monstruo, sino que lo cogió, lo aclaró y lo extendió en pequeños círculos por las rocas que se alzaban en su curso, y las plantas acuáticas se beneficiaron tanto con aquel abono que crecieron más verdes y más lozanas. Y el monstruo se fundió.

Soy muy pequeño, pensó la cosa. Es interesante. Ahora no me puedo mover. Y, ahora, esta parte mía que piensa se va también. Parará en el momento oportuno y se juntará con el resto del cuerpo. Dejaré de pensar y dejaré de ser…, y eso es también muy interesante.

Así, pues, el monstruo se deslizó y ensució el agua; pero el agua volvió a quedar limpia otra vez, lavando y lavando el esqueleto que el monstruo había dejado. No era muy grande. El brazo izquierdo, que había estado roto, se había soldado mal en el hueso. Los rayos de sol chispearon sobre una plaquita de plata triangular colocada en el pelado cráneo. El esqueleto estaba muy limpio ahora. Por este motivo el arroyo se sintió feliz durante mucho tiempo.


Seis hombres de rostro severo, que vinieron a buscar al asesino, encontraron el esqueleto. Ninguno creyó a Babe cuando, días más tarde, contó su relato. Tuvo que ser días más tarde, porque Babe había llorado sin parar durante una semana, y estuvo como muerta durante un día entero. Nadie la creyó, porque en su relato hablaba siempre de un hombre malo, y ellos sabían que el hombre malo era simplemente una cosa que su padre había inventado para asustarla. Pero el esqueleto se encontró gracias a ella, y por eso los abogados enviaron a los Drew un cheque por una cantidad en la que nunca habían soñado. Aquel esqueleto era, sin duda alguna, el del viejo Roger Kirk, aunque lo encontraron a diez kilómetros de donde había muerto y de donde fue enterrado: el suelo del bosque, donde el moho caliente había rodeado el esqueleto e hizo surgir… un monstruo.

Así pues, los Drew tuvieron un nuevo granero y nuevos animales, y contrataron a cuatro hombres. Pero no tenían a Alton. Ni a Kimbo. Y Babe llora por las noches y cada vez está más delgada.

FIN

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Theodore Sturgeon - Ello
  • Autor: Theodore Sturgeon
  • Título: Ello
  • Título Original: It
  • Publicado en: Unknown, agosto de 1940
  • Traducción: Celia Filipetto - Francisco Blanco - Rafael Marín Trechera

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