Voltaire: Pequeña digresión

En los principios de la fundación de los Quinze-Vingts[1] se sabe que eran todos iguales, y que sus pequeños asuntos se decidían por mayoría de votos. Distinguían perfectamente al tocarlas la moneda de cobre de la de plata, y ninguno de ellos tomó jamás vino de Brie por vino de Borgoña. Su olfato era más fino que el de sus vecinos que tenían dos ojos. Razonaron perfectamente acerca de los cuatro sentidos; es decir, supieron de ellos todo lo que les está permitido saber, y vivieron tan tranquilos y afortunados como puedan vivir los Quinze-Vingts. Desgraciadamente uno de sus profesores afirmó que tenía nociones claras sobre el sentido de la vista, se hizo escuchar, intrigó, formó entusiastas, consiguiendo que se le reconociese como jefe de la comunidad. Se puso a juzgar los colores, y todo se perdió.

Este primer dictador de los Quinze-Vingts formó al principio un pequeño consejo, con lo cual se convirtió en el dueño de todas las limosnas. Debido a los medios de que se valió, nadie se atrevió a ofrecerle resistencia. Aseguró que todos los vestidos de los Quinze-Vingts eran blancos, y los ciegos le creyeron, por lo que siempre hablaban de sus bonitos vestidos blancos, aunque no hubiera ni uno solo de este color. Todo el mundo se burló de ellos, y fueron a quejarse al dictador, quien les recibió muy mal tratándolos de innovadores, de espíritus indomables, de rebeldes que se dejaban seducir por las opiniones erróneas de los que tenían ojos, y que osaban dudar de su maestro. De esta querella provino la formación de los partidos.

El dictador, para apaciguarlos, dicto un decreto por el cual todos sus vestidos eran rojos, pero no había ni uno que fuese rojo entre los Quinze-Vingts. Entonces se burlaron de ellos todavía más que antes. Nuevas quejas por parte de la comunidad. El dictador se enfureció, los demás ciegos también, enzarzándose en unas peloteras que duraron mucho tiempo, y no se restableció la concordia hasta que se les conminó a todos los Quinze-Vingts a que no emitiesen su juicio acerca del color de sus vestidos.

Un sordo, al leer esta pequeña historia, confesó que los ciegos se habían equivocado al juzgar los colores, pero se mantuvo firme en su opinión de que sólo a los sordos corresponde juzgar la música.


[1] Es el hospicio de ciegos que san Luis fundó en el año 1260.

Ficha bibliográfica

Autor: Voltaire (François-Marie Arouet)
Título: Pequeña digresión
Título original: Petite digression
Publicado en: Le Philosophe ignorant, 1766
Traducción: Ángeles Cardona – Teresa Suero

[Relato completo]

Voltaire (François-Marie Arouet)

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