Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos. El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán de descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón. Si la pasión de la lectura lo conquista, sus ganancias menguan y se le escurren entre los dedos. Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada.

A pesar de todo esto, fácilmente se puede conjurar una imagen que presta un buen servicio al hombre libresco y que suscita una sonrisa a sus expensas. Imaginamos a una figura pálida e incluso ojerosa, delgada, con una bata de vestir, perdida en sus especulaciones, incapaz de levantar una sartén del hornillo, o de abordar a una dama sin sonrojarse, ignorante de las noticias del día, si bien versada en los catálogos de las librerías de lance, en cuyos oscuros recintos pasa las horas de luz diurna: un personaje sin duda delicioso en su sencillez refunfuñona, aunque en modo alguno se asemeje a ese otro al que preferiríamos dirigir nuestra atención. Y es que el lector verdadero es esencialmente joven. Es un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado. Camina por las calzadas reales, asciende más alto, cada vez más alto, por los montes, hasta que el aire es tan exiguo que se hace difícil respirar. Para él, la lectura no es una dedicación sedentaria.

Sin embargo, dejando a un lado toda afirmación general, no sería difícil demostrar por medio de un conjunto de hechos contrastados que la gran época para la lectura es la que va de los dieciocho a los veinticuatro años de edad. La mera lista de lo que entonces se lee colma el corazón de las personas mayores de pura desesperación. No es solamente que leamos tantísimos libros, sino también que hayamos podido leer precisamente esos libros. Si se desea refrescar la memoria, tomemos uno de esos viejos cuadernos que rezuman, en un momento u otro, la pasión de los comienzos. Es verdad que la mayoría de las páginas han quedado en blanco, aunque al principio encontraremos un determinado número hermosamente seguido de una caligrafía perfectamente legible. Ahí hemos anotado los nombres de los grandes escritores por orden de mérito; habremos copiado espléndidos pasajes de los clásicos; habrá también listas de libros por leer; lo más interesante de todo es que también habrá listas de libros en efecto leídos, como atestigua el lector con un punto de vanidad juvenil al añadir una marca en tinta roja. Citaré una lista de los libros que alguien leyó durante un pasado mes de enero, a los veinte años de edad, la mayoría muy seguramente por primera vez. 1. Rhoda Fleming; 2. The Shaving of Shagpat; 3. Tom Jones; 4. El Laodiceo; 5. Psicología, de Dewey; 6. El Libro de Job; 7. El Discourse of Poesie de Webbe; 8. La duquesa de Amalfi; 9. La tragedia del vengador. Así prosigue de mes en mes, hasta que, como sucede con estas listas, de pronto cesa al llegar a junio. Si seguimos al lector durante estos meses resulta evidente que apenas ha podido hacer otra cosa que leer. Ha peinado la literatura isabelina bastante a conciencia; ha leído mucho a Webster, Browning, Shelley, Spenser y Congreve; a Peacock lo ha leído de punta a cabo; ha leído casi todas las novelas de Jane Austen hasta dos y tres veces. Ha leído todo Meredith, todo Ibsen, algo de Bernard Shaw. Podemos tener también bastante certeza de que el tiempo que no haya dedicado a la lectura lo habrá pasado absorto en estupendas disquisiciones, en polémicas en las que los griegos se enfrentan a los modernos, el romanticismo al realismo, Racine a Shakespeare, hasta que las lámparas palidecieran con el alba.

Aquellas viejas listas siguen estando ahí y nos hacen sonreír y tal vez suspirar un poco, si bien daríamos lo que hiciera falta por rememorar también el humor con que se celebró esta orgía de lecturas. Felizmente, este lector no era por cierto un prodigio, y a poco que pensemos podremos los más de nosotros recordar las etapas sucesivas de nuestra propia iniciación. Los libros leídos durante la niñez, habiéndolos distraído de algún anaquel que en principio debiera habernos resultado inaccesible, tienen aún esa irrealidad y esa atrocidad de la visión hurtada al amanecer cuando se propaga sobre los campos apacibles, cuando toda la casa duerme todavía. Asomándonos entre las cortinas, vislumbramos el perfil extraño de los árboles que envuelve la bruma y que apenas reconocemos, aunque tal vez los hayamos de recordar durante toda la vida, pues los niños tienen extrañas premoniciones del porvenir. En cambio, las lecturas posteriores, de las que la lista reseñada es mero ejemplo, es harina de otro costal. Tal vez por vez primera han desaparecido todas las restricciones, y podemos leer lo que nos plazca; las bibliotecas están a nuestras órdenes; mejor aún, tenemos amigos que se encuentran en idéntica situación. Durante días sin fin no hacemos otra cosa que leer. Es una época de extraordinaria excitación, de exaltación. Es como si fuésemos veloces reconociendo a los héroes. Se produce una suerte de maravilla en nuestro ánimo ante la certeza de que somos nosotros quienes estamos haciendo todo esto, y con esa maravilla se entrevera una absurda arrogancia, y un deseo de dar muestras de nuestra familiaridad con los seres humanos más grandes que jamás hayan hollado este mundo. La pasión por el saber se encuentra entonces al máximo, o al menos goza de la máxima confianza, y también poseemos una singularidad de propósito que los grandes escritores gratifican al dar la apariencia de que son uno con nosotros en su estimación de lo que es bueno en la vida. Y como es necesario defender nuestro territorio frente a alguien que se haya acogido a la égida de Pope, por ejemplo, en vez de optar por Sir Thomas Browne a la hora de escoger un héroe, concebimos un profundo afecto por estos hombres, y llegamos a tener la sensación de que los conocemos no como otros los han conocido, sino de una manera privada, íntima. Batallamos bajo su enseña, casi a la luz de sus ojos. Así fatigamos las viejas librerías y arrastramos de vuelta a casa volúmenes en folio, en cuarto, un Eurípides con cubiertas de madera, Voltaire en ochenta y nueve tomos en octavo.

Estas listas son documentos curiosos por cuanto que parecen incluir apenas autores contemporáneos. Meredith y Hardy y Henry James estaban vivos obviamente cuando este lector dio con ellos, pero ya se les aceptaba entre los clásicos. No hay hombres de su propia generación que le hayan influido del modo en que Carlyle o Tennyson o Ruskin influyeron en los jóvenes de su tiempo. Y esta, nos parece, es una de las características que definen a la juventud, pues a menos que exista un gigante reconocido el joven nada querrá tener que ver con los hombres de menor estatura, por más que se ocupen del mundo en que vive. Prefiere recurrir de nuevo a los clásicos y relacionarse exclusivamente con los intelectos de primerísima magnitud. Por vez primera se mantiene ajeno, y altivo, a las actividades de los hombres, y al contemplarlos desde cierta distancia los juzga con soberbia severidad.

Uno de los síntomas del paso de la juventud, desde luego, es el nacimiento de un sentido de camaradería con otros seres humanos, que surge cuando ocupamos nuestro lugar propio entre ellos. Quisiéramos pensar que mantenemos nuestros criterios con la misma exigencia de siempre, pero es cierto que nos interesamos más por los escritos de nuestros contemporáneos, y les perdonamos su falta de inspiración en aras de algo que los hace más cercanos a nosotros. Es incluso defendible que de hecho obtenemos más de los vivos, aun cuando puedan ser muy inferiores, que de los muertos. En primer lugar, no puede haber vanidad secreta en la lectura de nuestros contemporáneos, y la clase de admiración que inspiran es extremadamente cálida y genuina porque con el objeto de dar paso a la fe que en ellos tengamos a menudo hemos de sacrificar algún prejuicio muy respetable, y que nos daba incluso credibilidad. También tendremos que hallar nuestras propias razones para justificar lo que nos gusta y lo que no, lo cual espolea nuestra atención, y es la mejor manera de demostrar que hemos leído a los clásicos con la debida capacidad de comprensión.

Así pues, hallarse en una gran librería repleta de libros tan nuevos que las páginas casi se pegan entre sí, con el sobredorado en los lomos todavía fresco, reviste una emoción no menos deliciosa que aquella vieja emoción de las librerías de lance. Tal vez no sea tan exaltada. Pero el hambre antigua por saber qué pensaban los inmortales ha dado paso a una curiosidad mucho más tolerante, por saber qué es lo que piensa nuestra propia generación. ¿Qué sienten los hombres y mujeres vivos? ¿Cómo son las casas en que viven? ¿Cómo visten? ¿Qué dinero tienen, con qué se alimentan, qué aman, qué detestan, qué es lo que ven en el mundo que les rodea, cuáles son los sueños que llenan los espacios de sus vidas y actividades? Todo esto nos lo cuentan en sus libros. En ellos vemos mucho tanto de la mente como del cuerpo de nuestro tiempo, en la medida en que tengamos ojos para ver.

Cuando tal espíritu de curiosidad se apodera plenamente de nosotros, una espesa capa de polvo pronto cubrirá a los clásicos, a no ser que alguna necesidad nos lleve a releerlos. Y es que las voces de los vivos son, a fin de cuentas, las que mejor entendemos. Podemos tratarlos en pie de igualdad: dan solución a nuestras adivinanzas y, lo que tal vez sea más importante, entendemos sus bromas. Y así se nos desarrolla pronto un nuevo gusto que no satisfacen los grandes; tal vez no sea un gusto valioso, pero es desde luego una posesión que procura gran placer: el gusto por los libros de calidad más que dudosa. Llegamos desde luego a contar a sus autores y a sus héroes entre aquellas figuras que desempeñan un papel importante en nuestra vida callada. Algo de esa misma índole sucede en el caso de los memorialistas y autores de autobiografías, que han creado un género literario casi completamente nuevo en nuestro tiempo. No todos ellos son personas de importancia, pero, por extraño que sea, sólo los más importantes, los duques y los estadistas, son de veras tediosos. Los hombres y mujeres que se embarcan tal vez sin más excusa que el hecho de haber conocido al duque de Wellington en la tarea de confiarnos sus opiniones, sus trifulcas, sus aspiraciones, sus dolencias, por lo general terminan siendo, al menos de momento, actores en esos dramas particulares con los que pasamos agradablemente nuestras caminatas solitarias y nuestras horas de insomnio. Si se suprimiera todo esto de nuestra conciencia seríamos muy pobres, en efecto. Por otra parte se hallan los libros de historia, los libros acerca de las avispas y las abejas, acerca de las industrias y las minas de oro, acerca de las emperatrices y las intrigas diplomáticas, acerca de los ríos y los indígenas, los sindicatos y las leyes parlamentarias, que siempre leemos y siempre, ay, olvidamos. Tal vez no hagamos una buena defensa de una librería cuando damos en confesar que gratifica tantos deseos que, al menos en apariencia, nada tienen que ver con la literatura. Recordemos, sin embargo, que aquí tenemos la literatura en vías de hacerse. Entre esos libros nuevos, nuestros hijos escogerán uno o dos gracias a los cuales seremos conocidos por siempre. Si supiéramos reconocerlo, ahí yace un poema, una novela, una historia que habrá de descollar y que sabrá hablar a las generaciones futuras acerca de nuestra época, cuando nosotros hayamos quedado tan callados como lo está la masa de los tiempos de Shakespeare, que vive para nosotros sólo en las páginas de su poesía.

Esto es algo cuya verdad nos parece incontestable, si bien es extrañamente difícil, en el caso de los libros nuevos, saber cuáles son libros de verdad y qué es lo que nos dicen, o cuáles son los libros de relleno que se hacen pedazos por sí solos cuando llevan uno o dos años en un estante. Bien se ve que hay muchos libros, y a menudo se nos recuerda que hoy en día cualquiera puede escribir. Tal vez sea cierto; sin embargo, no ponemos en duda que en el meollo de esta volubilidad inmensa, en el fondo de esta inundación y espumarajo del lenguaje, en el seno de esta falta total de reticencia, en el corazón de esta vulgaridad y trivialidad, subyace el calor de una gran pasión que sólo precisa del accidente de un cerebro más felizmente afinado que los demás para acuñar una forma que perdure. Sería sin duda motivo de deleite contemplar este tumulto, batallar con las ideas y visiones de nuestro tiempo, apresar lo que sea de utilidad, prescindir de lo inservible, y sobre todo comprender que habremos de ser generosos con las personas que dan forma, lo mejor que pueden, a las ideas que bullen en su interior. Ninguna época literaria ha sido tan poco sumisa a la autoridad como la nuestra, tan libre del dominio que imponen los grandes; ninguna otra parece tan veleidosa, tan irreverente, tan volátil por sus experimentos. Bien podría parecer, incluso a los más atentos, que no queda ni rastro de una escuela, ni tampoco de un objetivo preciso, en la obra de nuestros poetas y novelistas. El pesimista es inevitable, aunque no habrá de convencernos de que nuestra literatura ha muerto, ni tampoco podrá impedirnos el sentir cuán veraz y cuán vívida destella la belleza cuando los jóvenes escritores se aprestan a dar forma a sus nuevas visiones, las antiguas palabras de la más bella de las lenguas vivas. Al margen de lo que hayamos aprendido en la lectura de los clásicos, ahora lo necesitamos para enjuiciar la obra de nuestros contemporáneos, pues siempre que sigan con vida no dejarán de lanzar las redes en algún abismo ignoto para engatusar formas nuevas, y hemos de lanzarnos con la imaginación tras ellos si hemos de aceptar, con la debida comprensión, los extraños regalos que nos hacen.

De todos modos, si necesitamos todo nuestro conocimiento de los escritores de antaño para seguir la pista de lo que los nuevos escritores intentan plasmar, también es sin duda cierto que volvemos de aventurarnos entre los libros nuevos con una mirada más aguda a la hora de afrontar los viejos. Parece como si ahora fuésemos capaces de desvelar por sorpresa sus secretos, de llegar a lo más profundo, de entender cómo se ensamblan sus partes diversas, porque hemos presenciado cómo se hacen los libros nuevos, y con la mirada limpia de todo prejuicio podemos juzgar con más verdad qué es lo que hacen, qué es bueno de veras, qué es malo. Averiguaremos probablemente que algunos de los grandes son menos venerables de lo que pensábamos. Desde luego, ni son tan requintados ni son tan profundos como algunos de nuestros contemporáneos. Tómese a Shakespeare, a Milton, a Sir Thomas Browne. Nuestro escaso conocimiento del cómo se hacen las cosas aquí no nos servirá de mucho, si bien sí presta un disfrute adicional a nuestro gozo de leer. En nuestros años de juventud, ¿sentimos alguna vez tal asombro ante sus logros, como el que nos llena ahora que hemos tamizado miríadas de palabras y hemos recorrido sin mapa ni brújula territorios inmensos, en busca de nuevas formas que expresen nuestras sensaciones? Los libros nuevos pueden ser más estimulantes y, en diversos aspectos, más sugerentes que los viejos, pero no nos transmiten esa certeza absoluta del deleite que respira en nosotros cuando volvemos a Comus, a Lycidas, al Enterramiento en urnas, a Antonio y Cleopatra. Lejos de nosotros el aventurar cualquier teoría en torno a la naturaleza del arte. Tal vez bien sea que nunca lleguemos a conocerlo mejor de lo que por naturaleza conocemos, y a medida que aumenta nuestra experiencia sólo aprendemos esto: que de todos nuestros placeres los que nos procuran los grandes artistas se hallan sin duda alguna entre los mejores. Es posible que más no lleguemos a saber. Ahora bien, y sin adelantar ninguna teoría, hallaremos una o dos cualidades en obras de ese calado que difícilmente cabe esperar que hallemos en los libros escritos en el marco que abarque nuestra vida. Es posible que el tiempo mismo posea una alquimia propia. Pero esto es bien cierto: se les puede leer tan a menudo como se quiera sin hallar que hayan perdido ninguna de sus virtudes, sin que hayan dejado una mera cáscara de palabras sin sentido. Hay en ellos una finalidad completa. No pende sobre ellos una nube de sugerencias que nos lleve a engaño mediante multitud de ideas irrelevantes. Claro está que todas nuestras facultades quedan comprometidas en la tarea, al igual que en los grandes momentos de nuestra experiencia. Y una suerte de consagración desciende sobre nosotros cual si procediera de sus manos, que hemos devuelto a la vida, sintiéndola de manera más acuciante, con mayor capacidad de comprensión y más profundamente que antes.

© Virginia Woolf: Hours in a Library (Horas en una biblioteca). Publicado en The Times Literary Supplement, 30 de noviembre de 1916. Traducción de Miguel Martinez-Lage.