Sinopsis: Lucas Lucatero vive solo en un rancho apartado cuando ve llegar por el camino polvoriento a diez mujeres vestidas de negro, sudorosas y cargadas de escapularios. Son las congregantes de Amula, devotas del llamado Niño Anacleto, y han recorrido varios pueblos buscándolo. Traen un encargo: quieren que Lucas las acompañe a testificar ante el cura a favor de la canonización de Anacleto Morones, quien en vida fue su suegro. Pero Lucas, que conoció a Anacleto de cerca y fue su ayudante antes de que se convirtiera en santo, guarda de él una imagen muy distinta a la que veneran las mujeres. Lo que sigue es un largo y tenso duelo verbal en el que Lucas intenta deshacerse de las visitantes mientras ellas se aferran a su fe, y en el que, poco a poco, van saliendo a la luz verdades que ninguno de los dos bandos quiere escuchar.

Advertencia
El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.
Resumen de Anacleto Morones, de Juan Rulfo
«Anacleto Morones» es un cuento del escritor mexicano Juan Rulfo, publicado en 1953 como parte de El llano en llamas, el único libro de relatos del autor. La historia se sitúa en un rancho apartado del campo mexicano y transcurre en el lapso de una sola tarde que se prolonga hasta la madrugada. En ella se narra el tenso encuentro entre Lucas Lucatero, un hombre cínico y solitario, y un grupo de diez mujeres devotas que llegan desde el pueblo de Amula con la misión de convencerlo de que las acompañe a dar testimonio a favor de la canonización de Anacleto Morones, un supuesto santo que en vida fue suegro de Lucas. Lo que sigue es un duelo verbal en el que, poco a poco, se va desmoronando la imagen pía de Anacleto y se descubre un secreto que Lucas guarda enterrado en su propio corral.
Lucas ve llegar a las mujeres desde lejos: avanzan por el camino polvoriento, vestidas de negro, sudando bajo el sol del mediodía, con grandes escapularios oscuros al cuello, cantando y rezando. Él las reconoce de inmediato. Sabe desde hace meses que las congregantes de Amula lo andan buscando, porque alguien se lo advirtió poco después de la desaparición de Anacleto Morones. Al verlas, corre a esconderse en el fondo del corral, y cuando ellas lo encuentran, está sentado sobre una piedra con los pantalones caídos, en una postura deliberadamente obscena con la que pretende avergonzarlas y que se alejen. Pero las mujeres se limitan a persignarse, dicen «¡Ave María Purísima!» y se le acercan sin ningún reparo.
Sin otro remedio que atenderlas, Lucas las invita al corredor y les saca sillas. Las mujeres le dicen que lo han buscado por Santo Santiago y Santa Inés hasta dar con su rancho. Traen un encargo que aún no revelan. Lucas, que finge no conocerlas aunque podría recitar sus nombres de memoria, identifica a Pancha Fregoso entre el grupo y la provoca recordando que se dejó «robar» por un tal Homobono Ramos, un episodio que ella niega con indignación. Pancha, irritada pero resuelta, intenta retomar la palabra para explicar el motivo de la visita, pero Lucas la interrumpe ofreciendo agua. Les sirve agua de arrayán; ellas la beben, piden más, y Lucas va y viene con jarras y cántaros, dilatando el momento.
Mientras las mujeres se acomodan, Lucas las observa con un desprecio minucioso: son las hijas de Ponciano, de Emiliano, de Crescenciano, de Toribio el tabernero y de Anastasio el peluquero. Todas rondan los cincuenta años y él las juzga marchitas y sin ningún atractivo. La conversación da vueltas sin avanzar. Ellas dicen que vinieron a verlo; él replica con sequedad que ya lo vieron. Le señalan que les ha costado trabajo encontrarlo; él responde que no se esconde, que simplemente vive a gusto lejos de la gente. Cuando por fin les pide que revelen de una vez su misión, ellas empiezan a hablar, pero Lucas no las deja terminar: se excusa para ir al corral a recoger los huevos de las gallinas, pretextando que unos conejos sueltos se los comen.
Ya en el corral, Lucas piensa en escapar por la puerta trasera que da al cerro y dejar plantadas a las mujeres. Pero al echar un vistazo al montón de piedras que tiene arrinconado en una esquina, repara en que su forma se parece demasiado a la de una sepultura. Se pone entonces a desparramarlas, lanzándolas en todas direcciones para deshacerles la figura. Las mujeres, desde el corredor, lo ven arrojando piedras y creen que está matando a los conejos a pedradas. Lucas regresa y les regala los huevos. Cuando ellas los guardan en el seno, él suelta un comentario procaz que las ofende, pero que también busca incomodarlas lo suficiente para que se vayan por voluntad propia.
Lo que Lucas quiere es ganar tiempo. Sabe que las mujeres no se atreverían a pasar la noche en su casa por temor a lo que diría la gente, de modo que si logra estirar la conversación hasta que oscurezca, tendrán que marcharse sin haber conseguido nada. Con esa idea, se dedica a desviar la charla hacia cualquier otro asunto. Entabla conversación con una de las mujeres, Nieves García, que resulta ser una antigua novia suya. La provoca evocando con detalle el recuerdo físico de su relación: la suavidad de su cuerpo, el olor a alcanfor de su vestido, los besos en las corvas de las piernas. Nieves, entre turbada y furiosa, le ruega que calle. Entonces confiesa, con amargura, que tuvo que deshacerse del hijo que esperaba de él, porque no iba a quedarse con la criatura de un hombre que la abandonó. Lucas se excusa para ir a preparar más agua de arrayán, y cuando regresa, Nieves ya se ha ido.
Tras la partida de Nieves, las restantes mujeres retoman su argumento. Hablan de quienes en el pasado se atrevieron a cuestionar la santidad de Anacleto: Edelmiro, el boticario que lo acusó de engañabobos y que murió «de rabia», castigo de Dios según ellas; y Lirio López, el juez que lo envió a la cárcel. Lucas las deja hablar sin contradecirlas, pues mientras no se metan directamente con él, la conversación fluye y el tiempo pasa. Pero de pronto las mujeres le hacen la pregunta directa: «¿Quieres ir con nosotras?». Le explican que las congregantes del Niño Anacleto han abierto un novenario de rogaciones para pedir que lo canonicen, y que el cura les ha encargado llevar a alguien que lo haya conocido de cerca y pueda dar fe de sus obras de misericordia. Lucas, como yerno y antiguo ayudante de Anacleto, es el testigo que necesitan.
Lucas se niega alegando que no tiene quién le cuide la casa. Ellas le responden que ya han previsto dejar a dos muchachas para eso, y le preguntan por su mujer, la hija de Anacleto. Lucas revela que la corrió de la casa. Las mujeres se niegan a creerle y lo acusan de mentiroso, recordando que siempre fue dado a inventar chismes, como aquella vez que difamó a las hijas de Hermelindo hasta hacerlas huir del pueblo. Le proponen que se confiese antes de ir a Amula, y él responde que la última vez que se confesó fue hace quince años, cuando los cristeros lo pusieron de rodillas frente a un cura con una carabina en la espalda.
Ante la negativa de Lucas, las mujeres le reprochan que sea tan desagradecido con quien lo hizo rico. Y es entonces cuando Lucas empieza a revelar la otra cara de Anacleto. Cuenta que, antes de convertirse en santo, Anacleto era un vendedor ambulante de estampas religiosas que recorría las ferias y las puertas de las iglesias, y que él mismo le cargaba la mercancía. Un día, mientras Anacleto le enseñaba a Lucas que si se mordía la lengua las hormigas no lo picarían, unos peregrinos lo encontraron arrodillado sobre un hormiguero. La escena los maravilló, entonces Anacleto aprovechó el momento: puso los brazos en cruz, dijo que venía de Roma con un mensaje divino y que era portador de una astilla de la Santa Cruz. Los peregrinos, conmovidos, lo levantaron en andas y lo llevaron hasta Amula. Allí comenzó todo: la gente se postró ante él y empezó a pedirle milagros. Así nació la leyenda del Niño Anacleto, y Lucas se limitó a observar, con la boca abierta, cómo su compañero de ruta se convertía en líder espiritual de un pueblo entero.
Ante esta revelación, las mujeres reaccionan con furia: lo llaman blasfemo y hablador. Le recuerdan que antes de conocer a Anacleto era un simple arreapuercos y que él le dio todo lo que tiene. Lucas concede que Anacleto le mató el hambre, pero insiste en que era un farsante. Dice que lo sabía preso en la cárcel. Las mujeres replican que de allí se fugó, que desapareció sin dejar rastro y que ahora está en el cielo «en cuerpo y alma presentes». Acto seguido se arrodillan a rezar, besando los escapularios que llevan bordados con el retrato de Anacleto. Son las tres de la tarde. Lucas aprovecha la pausa para meterse en la cocina y comer unos tacos de frijoles. Cuando sale, cinco de las diez mujeres ya se han ido. La Pancha le explica que las otras no quieren tratos con él.
De vuelta con las cinco mujeres restantes, Lucas no afloja. Una de ellas, la Filomena, apodada la Muerta, no soporta más: se trepa a una maceta, se mete el dedo en la boca y vomita el agua de arrayán revuelta con restos de comida. Le devuelve los huevos que él le había regalado y se marcha. Ya solo quedan cuatro. La Pancha, pese a sentir náuseas ella también, se mantiene firme: dice que lo van a llevar a Amula a como dé lugar, porque él es el único que puede dar fe de la santidad de Anacleto. Lucas replica que busquen a otro, y ellas insisten en que Anacleto lo eligió como heredero y le dio a su propia hija. Lucas suelta entonces otra revelación: Anacleto se la entregó ya embarazada de al menos cuatro meses. Las mujeres dicen que la hija olía a santidad; Lucas responde que lo que olía era a pestilencia, y que la mujer se paseaba enseñando la barriga hinchada a todo el que se le paraba enfrente. Cuando le preguntan qué pasó con ella, Lucas dice que se fue con un hombre que le dijo «yo me arriesgo a ser el padre de tu hijo». Cuando le preguntan qué pasó con ella, Lucas dice que se fue con un hombre que le dijo «yo me arriesgo a ser el padre de tu hijo». Para las mujeres, la criatura era una bendición nacida de la santidad de Anacleto, una riqueza sagrada que Lucas recibió de regalo. Pero Lucas les da una versión muy distinta: «Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el hijo de Anacleto Morones», dando a entender que fue el propio Anacleto quien embarazó a su hija.
Las mujeres rechazan la acusación, pero Lucas va más lejos. Dice que Anacleto «dejó sin vírgenes» a toda la comarca, valiéndose de la costumbre de pedir que una doncella le velara el sueño cada noche. Las mujeres interpretan ese hábito como un acto de pureza: quería rodearse de inocencia. Una de ellas, apodada Melquíades, confiesa que ella sí veló su sueño, pero asegura que «nada pasó»: solo la arropó con sus manos y le dio calor. Lucas le replica que a ella no la tocó porque estaba vieja, que a Anacleto le gustaban tiernas. Otra mujer, conocida como la Huérfana, la más anciana del grupo, llora al recordar que Anacleto le devolvió el consuelo de un padre y una madre la noche que la acarició para que se le bajara la pena. Las mujeres se van retirando una a una, persignándose y amenazando con volver acompañadas de exorcismos.
Cuando quedan solo dos, Micaela —la hija de Anastasio el peluquero— cuenta que Anacleto curó a su «marido» de la sífilis quemándolo con un carrizo ardiendo y untándole saliva en las heridas. Lucas pregunta cómo es que Micaela, siendo soltera, tiene marido, y ella le explica con naturalidad que una cosa es ser señorita y otra ser soltera. Fue el propio Anacleto quien le aconsejó que se juntara con un hombre «para que se le quitara lo hepático», dado que tener cincuenta años y seguir siendo virgen era un pecado. Lucas señala que habla con las mismas palabras de Anacleto. Micaela se harta de escucharlo y se va, dejándolo a solas con Pancha Fregoso.
Una vez que las demás se han marchado, la conversación entre Lucas y Pancha cambia de registro. Lucas, sin disimulo, la invita a quedarse a dormir con él. Pancha se resiste al principio, preocupada por las habladurías, pero Lucas le dice que a sus años ya nadie se va a fijar en ella. Finalmente, Pancha acepta con una condición: que Lucas la acompañe después a Amula, para que ella pueda decir que pasó la noche entera rogándole.
Al caer la noche, Pancha ayuda a Lucas con las tareas del corral. Entre otras cosas, juntan las piedras que él había desparramado por la tarde y las vuelven a amontonar en la esquina donde estaban antes. Pancha no sospecha nada. Pero es entonces cuando la narración revela lo que Lucas ha ocultado durante toda la historia: debajo de esas piedras está enterrado Anacleto Morones. No desapareció misteriosamente tras fugarse de la cárcel, como creen las devotas. Llegó al rancho de Lucas a exigirle que vendiera todas sus propiedades y le diera el dinero para huir al Norte. Lucas se negó y le propuso arreglar cuentas de una vez. Anacleto se enfureció, pateaba el suelo, le urgía irse. Lo que sucedió después queda apenas insinuado, pero el resultado es inequívoco: Lucas lo mató, lo enterró en el corral y acarreó piedras del río para cubrir el cuerpo, diciéndole al cadáver: «No te saldrás de aquí aunque uses de todas tus tretas». Ahora, meses después, la propia Pancha lo ayuda sin saberlo a reforzar la sepultura que oculta al hombre cuya canonización ha venido a promover.
La historia se cierra de madrugada, tras la noche que Pancha y Lucas pasan juntos. Ella lo llama calamidad y le dice que no es nada cariñoso. Luego suspira y pregunta si sabe quién sí era amoroso con una. Lucas pregunta quién. Pancha responde: «El Niño Anacleto. Él sí que sabía hacer el amor».
Análisis literario de Anacleto Morones, de Juan Rulfo
«Anacleto Morones» cierra El llano en llamas y, en cierto modo, lo corona con una nota discordante. Mientras que la mayor parte de los relatos del libro están bañados en una gravedad funeraria —pueblos muertos, hombres perseguidos, campos secos—, este cuento introduce el humor como instrumento narrativo sin abandonar la oscuridad que lo alimenta. Se trata de un relato construido casi enteramente sobre el diálogo, sin apenas descripción de paisajes ni acción física: todo lo que el lector necesita saber se filtra a través de lo que dicen, callan y contradicen los personajes. El cuento opera simultáneamente en varios registros: es una comedia de costumbres rurales, una sátira de la religiosidad popular, un relato de tensiones sexuales encubiertas y, en su fondo más oscuro, una historia policial invertida en la que el crimen solo se revela cuando el relato ya está por terminar.
La estructura del cuento descansa sobre una paradoja que el lector no percibe hasta el final: el hombre que se sienta a discutir la santidad de Anacleto Morones es el mismo que lo tiene enterrado a pocos metros. Todo lo que Lucas dice y hace durante la tarde adquiere un segundo significado a la luz de esa revelación. Su prisa por esconderse al ver llegar a las mujeres no es solo malhumor de ermitaño: es el miedo de un asesino que recibe visitas inesperadas. Su salida al corral a «recoger huevos» encubre una urgencia real: verificar que el montón de piedras no delate la forma de una tumba, y desparramarlas para borrar la evidencia. Las mujeres ven piedras volando y creen que está matando conejos; el lector, en una primera lectura, también lo cree. Esa doble lectura de cada gesto convierte al cuento en un mecanismo de precisión: nada está de más, nada es casual.
Lucas Lucatero encarna una forma particular de inteligencia: la del hombre que conoce las debilidades de quienes lo rodean y las explota con calculada frialdad. No confronta directamente a las mujeres con una negativa tajante, porque sabe que eso solo las endurecería. En cambio, las desgasta: las provoca con insinuaciones sexuales, les recuerda episodios vergonzosos de su pasado, mina su moral con revelaciones incómodas sobre Anacleto. La escena con Nieves García es un ejemplo perfecto: Lucas evoca con detalle sensorial una relación física que ella quiere olvidar, la empuja hasta que confiesa un aborto, y con eso logra que abandone la casa. No hay violencia ni gritos, solo una crueldad sutil ejercida con la memoria y la palabra. Pero Lucas no es simplemente un cínico perverso: es también un hombre acorralado. Si las mujeres lo llevan a Amula, el escrutinio sobre la desaparición de Anacleto podría acercarse peligrosamente a su corral. Su resistencia no es solo desprecio por Anacleto: es supervivencia.
Anacleto Morones, el personaje ausente que da título al cuento, funciona como un espejo en el que cada quien ve lo que necesita ver. Para las congregantes es un santo que curó enfermos, consoló huérfanas y trajo un mensaje de Roma. Para Lucas es un charlatán que inventó su santidad sobre un hormiguero, que embarazó a su propia hija, que desfloraba doncellas bajo pretexto de necesitar que alguien le velara el sueño. Lo notable del cuento es que Rulfo no interviene para decir quién tiene razón. Las acusaciones de Lucas son convincentes, pero Lucas también es un mentiroso probado, un hombre al que las mujeres recuerdan como inventor de chismes que arruinaron la vida de las hijas de Hermelindo. Y sobre todo, Lucas es un asesino. Su versión de Anacleto no es más confiable que la de las devotas; simplemente es más cínica. El cuento niega al lector el consuelo de un juicio definitivo: hay que elegir entre la palabra de un grupo de fanáticas y la de un homicida.
Las mujeres de la Congregación conforman un coro que va menguando a lo largo de la tarde, y ese adelgazamiento progresivo es uno de los recursos más eficaces del cuento. De diez pasan a cinco después del rezo, luego a cuatro cuando la Filomena vomita y se va, luego a dos, y finalmente queda solo Pancha. Cada salida representa una pequeña victoria de Lucas, pero no una victoria de la razón: las mujeres no se van porque Lucas las convenza con argumentos, sino porque las ofende, las asquea o las humilla. Y Pancha, la que se queda, no permanece por convicción religiosa: se queda porque acepta el intercambio sexual que Lucas le propone. Su permanencia es la derrota final de la misión de las congregantes, disfrazada de último intento de persuasión. La frase con la que cierra el cuento —«El Niño Anacleto, él sí que sabía hacer el amor»— destruye desde adentro todo el discurso de santidad que las mujeres han sostenido durante horas. Lo que Pancha recuerda del santo no es ningún milagro: es su destreza como amante.
Rulfo construye en este cuento una crítica de la religiosidad popular que evita tanto la burla intelectual como la condescendencia. Las mujeres no son personajes estúpidos: son personas solas, envejecidas, abandonadas por maridos o por la vida, que encontraron en Anacleto algo que nadie más les daba: atención, contacto físico, la ilusión de lo sagrado. Melquíades agradece que la arropó en el frío; la Huérfana llora porque con él volvió a sentir que tenía padres; Micaela repite sus consejos como verdades reveladas. La fe de estas mujeres no nace de la ignorancia, sino de la necesidad. Anacleto llenó un vacío real, y lo hizo con las herramientas del engaño y la manipulación, pero el vacío existía antes que él. Eso es lo que vuelve al retrato más triste que satírico: no se trata de gente tonta que cree en un impostor, sino de gente sola que necesitaba creer en alguien.
El manejo del tiempo es otro aspecto que revela el oficio de Rulfo. La historia transcurre en unas pocas horas, desde que las mujeres llegan hasta la madrugada siguiente, pero en ese lapso se despliega una cronología entera: la juventud de Lucas como cargador de santos, la invención del personaje del Niño Anacleto sobre un hormiguero, su ascenso a líder espiritual, su paso por la cárcel, la entrega en matrimonio de la hija embarazada, la fuga, el enfrentamiento final y el asesinato. Toda esa historia no se narra en orden ni mediante flashbacks convencionales: emerge por pedazos, insertada en el diálogo, provocada por las reacciones de los personajes, y el lector la va armando como un rompecabezas del que solo al final tiene todas las piezas. La revelación del cadáver enterrado no llega como una confesión dramática, sino como un dato que el narrador desliza con naturalidad mientras Pancha, sin saberlo, apila piedras sobre la tumba. Esa economía extrema, esa capacidad de revelar lo terrible sin subrayarlo ni detenerse en él, es una de las marcas más características de la prosa de Rulfo.
El cuento puede leerse como una reflexión sobre la memoria y la verdad. Cada personaje recuerda a Anacleto según le conviene: las mujeres recuerdan al santo, Lucas recuerda al estafador, y los dos recuerdos están contaminados por el interés propio. Las congregantes necesitan un santo para dar sentido a sus vidas; Lucas necesita un villano para justificar haberlo matado. Nadie en el cuento es inocente ni desinteresado. Rulfo construye un mundo donde la verdad no pertenece a ningún bando, donde el santo es un abusador, el denunciante es un asesino, las devotas son mujeres que añoran al hombre que las sedujo, y la última defensora de la canonización termina la noche en la cama del criminal que lo enterró. Esa complejidad moral, sostenida con humor negro y un dominio absoluto del diálogo, hace de «Anacleto Morones» uno de los cierres más poderosos y reveladores de El llano en llamas.