Sinopsis: «El espejo que huye» (Lo specchio che fugge) es un relato de Giovanni Papini, publicado en 1906 en la colección Il tragico quotidiano. En una estación de trenes, el encuentro entre dos hombres da lugar a un diálogo sobre el sentido de la vida y la fe en el progreso. Mientras uno de ellos celebra el progreso y la capacidad humana de vivir orientada al futuro, el otro propone una inquietante hipótesis: qué ocurriría si esos hombres, siempre volcados al mañana, quedaran de pronto inmóviles, atrapados en un presente perpetuo. La idea pone en cuestión el valor real de una existencia vivida únicamente en función de lo que aún no llega.

El espejo que huye
Giovanni Papini
(Cuento completo)
Una imposible mañana de invierno, en una estación muy conocida, un hombre al que no conozco —de sobretodo, con dos violetas en el ojal— quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande, que el mundo es hermoso. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo, que el viento consumía sin que yo lo llevara nunca a la boca. Lo escuchaba sonriendo, y el Hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y ya del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo, al delirio. La fuga de sus palabras rápidas, fluyentes, firmes, como recién fundidas entonces, como acuñadas de nuevo en algún lugar hacía poco tiempo, me llenaba de una ebriedad muy similar a la que da el champagne. Algo chispeante y saltarín: una necesidad de abrazar y de llorar, de danzar, de reír a pequeños espasmos…
En cierto momento su voz dijo:
—Piense, señor, piense en la grandeza del progreso que se cumple bajo nuestros ojos; en el progreso que lleva a los hombres del pasado al futuro, de lo que ya no es a lo que todavía no es, de lo que se recuerda a lo que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en el porvenir; no prevén ni proveen. Pero nosotros, hombres civilizados, hombres nuevos, vivimos para el futuro y gracias al futuro. Toda nuestra vida se inclina hacia lo que debe venir, está construida en previsión de lo que ocurrirá. Nuestros hombres consagran el hoy al mañana —siempre, porque todo hoy pasa al mañana que pasará— respetuosa y valerosamente.
»Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecer los peligros, lo que pone en nuestras manos las fuerzas, lo que hace descubrir nuevas posibilidades, lo que nos vuelve dueños de la tierra, del mar y del cielo y de una cosa que vale más que todo eso, oh señor: ¡de nosotros mismos!
Pero en ese momento un tren expreso llegó a la estación. Su estruendo solemne en el cruce de las vías, su breve silbato, decidido, irritado, interrumpieron el discurso del Hombre que no conozco. Cuando el tren se calmó y no se oyeron más que sordos bufidos de la locomotora y los viajeros huyeron, el Hombre quiso todavía continuar, pero yo me anticipé:
—Señor Hombre —le dije—, este tren que acaba de llegar, ¿no le ha dicho nada que se relacione con nuestra circunstancia? ¿No ha entendido su respuesta? ¿Quiere que se la repita yo, humilde traductor, ya que sé traducir el idioma de los trenes y de muchas otras cosas? Hasta hace pocos minutos este tren corría a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora: pequeño mundo apiñado e iluminado a través del campo solitario y neblinoso. Y he aquí que, de pronto, se detiene; los habitantes de esta pequeña ciudad en fuga han desaparecido, y el maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas reposan perezosamente sobre los rieles, y los vagones vacíos y oscuros añoran las charlas de los pasajeros y las valijas variopintas. Así termina una fuga cuando se viaja sobre rieles. Pero dejemos el tren y volvamos a los hombres. En este momento se me ocurre algo absurdo y se lo digo a usted, señor Hombre, y lo digo porque no hay aquí multitudes que puedan escucharme. Si estuvieran aquí todos los que yo deseo, les diría:
«Imaginad, hombres, una cosa imposible, absurda, loca, increíble y espantosa. Imaginad que todo el mundo se detuviese de improviso, en un instante dado, y que todas las cosas permanecieran en el punto en que estaban, y que todos los hombres se volvieran inmóviles, casi estatuas, en la pose en que estaban en ese instante, en el acto que estaban ejecutando… Si esto ocurriera y, pese a todo, continuara funcionando en los hombres el pensamiento, y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y pudieran considerar todo lo que han cumplido desde su nacimiento y volver a pensar en lo que querían cumplir antes de morir, ¡imaginaos cuánta desesperación ardería bajo el trágico silencio de ese mundo detenido de improviso!
»No sé si tendréis el valor de escuchar cuán horrible sería. Esforzaos por unos instantes en ver a todos estos hombres inmovilizados mientras estaban entregados a sus obras, anhelantes detrás de sus sueños, instigados por sus sucias pasiones, empujados rudamente por sus deseos. Vedlos ahí, esparcidos por el mundo, como suspendidos por una catástrofe que los hubiese trasmutado en fantoches pensantes, en estatuas desesperadas. Vedlos en las posiciones más repugnantes y en las más ridículas, en las más fatigosas y en las más estúpidas. He aquí al hombre sorprendido en medio de un pesado sueño con la boca entreabierta como un cadáver borracho; he aquí al hombre en el acto amoroso, extendido como una bestia jadeante sobre la mujer de ojos cerrados; he aquí al hombre que robaba en las tinieblas con los ojos falsos y la lámpara que no se apagará nunca más; he aquí al juez vestido de negro que dispensa el infierno y la sangre desde su alto sitial; he aquí al miserable que se arrastra por el fango de la ciudad buscando un hueso y una moneda; he aquí a la mujer que sonríe lascivamente con el rostro blanco de polvos, un poco ladeado; he aquí al mercader de manos huesudas que gesticula para obtener diez monedas más; he aquí al campesino afanado, con la aguijada en la mano, tendida hacia los bueyes inmóviles; he aquí al elegante orador detenido a mitad de una sonrisa y de un cumplido; y al soldado que estaba con la bayoneta calada ante una puerta cerrada; y al homicida que preparaba sus venenos en un desván; y al obrero soñoliento curvado sobre las enormes máquinas grasientas, inmóviles y siniestras; y al científico que no puede apartar el ojo cansado del microscopio, donde los monstruos invisibles han interrumpido su danza…
»Imaginad ahora, si no os falta el corazón, los pensamientos de todos estos hombres condenados en un mismo instante a la conciencia de su muerte. ¿Creéis vosotros que habrá un solo hombre —uno solo, ¿entendéis?—, un solo hombre que esté contento y satisfecho de ese momento en que el destino lo ha vuelto inmóvil? ¿Creéis que para uno solo de estos hombres sería ese el momento de Fausto, el momento hermoso que querríamos detener, fijar y conservar para la eternidad? ¡Vosotros no lo creéis ciertamente, no podéis creerlo!
»El señor Hombre —usted, aquí presente, frente a mí— ha dicho una gran y tremenda verdad. Los hombres piensan en el futuro, viven para el porvenir, consagran perpetuamente cada hoy a un mañana por venir. Todo hombre no vive más que para aquello que prevé, aguarda y espera. Toda su vida está hecha de manera que cada instante tiene valor para él solamente en cuanto sabe que ese instante prepara un instante sucesivo; cada hora, una hora que vendrá; cada día, un día que seguirá. Toda su vida está hecha de sueños, de ideales, de proyectos, de expectativas; todo su presente está hecho de pensamientos en torno a su futuro. Todo lo que es, lo que está presente, nos parece oscuro, mezquino, insuficiente, inferior, y nosotros nos consolamos solamente pensando que todo este presente no es sino un prólogo, un largo y aburrido prólogo, a la hermosa novela del porvenir. Todos los hombres, lo sepan o no, viven gracias a esta fe. Si de pronto se les dijese que dentro de una hora todos morirán, todo lo que hacen y lo que hicieron no tendría para ellos ningún gusto, ningún sabor, ningún valor. Sin el espejo del futuro la realidad actual parecería vil, sórdida, insignificante. Sin el mañana que permite esperar los desquites, las victorias, las ascensiones, las promociones y los aumentos, las conquistas y los olvidos, los hombres no consentirían más en seguir viviendo. Sin el lejano perfume del mañana no querrían comer el negro pan del hoy.
»Pensad, pues, en estos hombres detenidos de pronto, que no pueden actuar más pero que todavía piensan. Pensad en estos hombres prisioneros de un eterno hoy, sin el alivio de perder la conciencia. ¿Qué deben pensar estos hombres? ¡Qué dolor atroz debe roer sus vísceras y cercenar sus nervios! Inmóviles en sus poses vergonzosas y delictivas, tristes e idiotas, sin posibilidad de esperanza, sin luz de sueños, sin dulzura de proyectos, con las alas cercenadas, las piernas atadas, las manos encadenadas, como los Esclavos de Miguel Ángel, atrapados en la piedra, constreñidos en los lazos de su vida mezquina, melancólica, repugnante; en los lazos de esa vida que soportaban solamente con la esperanza y la expectativa de vidas más bellas y más grandes; ellos, esos condenados a la perpetua inacción, reconocerán con infinita rabia toda la absurda estupidez de su vida anterior. Pensarán que todo el presente era sacrificado por ellos a un futuro que, a su vez, se volvería presente y sería sacrificado, a su vez, a otro futuro, y así hasta el último presente, hasta la muerte. Todo el valor del hoy estaba en el mañana, y el mañana valía solamente por otro mañana, y así llegaba el último hoy, el hoy definitivo, y así la vida entera había transcurrido para preparar, de día en día, de hora en hora, de momento en momento, lo que no llega nunca. Y descubrirán esta verdad tremenda: que el futuro no existe como futuro; que el futuro no es más que una creación y una parte del presente; y que soportar la vida inquieta, la vida triste, la vida doliente, por este futuro que día a día huye y se aleja, es la más dolorosa necedad de esta necia vida.
»Hombres, nosotros perdemos la vida por la muerte; nosotros consumimos lo real por lo imaginario; nosotros valoramos los días solo porque nos conducen a días que no tendrán más valor que traernos otros días idénticos a ellos… Hombres, toda vuestra vida es un fraude atroz que vosotros mismos tramáis en vuestro perjuicio, ¡y solo los demonios pueden reír fríamente de vuestra carrera hacia el espejo que huye!»
Un nuevo expreso, gritando y tronando, entró en la estación y, una vez más, los viajeros huyeron y el maquinista se enjugó la frente con aire poco satisfecho. El Hombre que no conozco estaba siempre ante mí —de sobretodo, con dos violetas en el ojal—, aunque yo lo hubiera olvidado del todo.
—Aquí están —le dije— mis ideas sobre el progreso, sobre el porvenir y sobre la vida. Usted no está, desde luego, de acuerdo conmigo, pero yo estoy de acuerdo con alguien; por ejemplo, con la niebla que a menudo intenta cubrir el mundo y esconder al hombre del hombre, la miseria del desprecio, la fealdad de la melancolía. Y yo amo muchísimo, señor Hombre, los trenes que se detienen tras las inútiles fugas y la niebla que vela lo que no se puede destruir.
El Hombre que no conozco se había puesto nervioso y todo su entusiasmo había desaparecido como una bocanada de humo. En vez de responder, se quitó del ojal una de sus violetas y me la ofreció. Yo la tomé con una inclinación, la acerqué a la nariz y su leve perfume me gustó.
FIN
