Hace ya cuatro días, mientras escribía con ligera irritación algunas de las páginas más falsas de mis «Memorias», oí que golpeaban levemente a la puerta, pero no me levanté ni respondí. El llamado era demasiado débil y no quiero saber nada con los tímidos.

Al día siguiente, a la misma hora, oí llamar nuevamente y esta vez los golpes eran más fuertes y resueltos. Pero tampoco ese día quise abrir, porque en verdad no me gustan los que se corrigen demasiado pronto.

Al otro día, siempre a la misma hora, se repitieron los golpes, ahora violentos, y antes de que pudiese levantarme vi que la puerta se abría y avanzaba hacia mí la mediocre persona de un hombre bastante joven, con el rostro un poco encendido y la cabeza cubierta de cabellos rojos y rizados, quien se inclinaba torpemente sin pronunciar palabra. Apenas descubrió una silla, se echó encima, y como yo había permanecido de pie, me indicó el sillón para que me sentara. Después de obedecerle; me pareció tener el derecho de preguntarle quién era y le rogué, con acento nada cortés, que me comunicara su nombre y el motivo que lo había animado a invadir mi cuarto. Pero el hombre no se desconcertó y me hizo comprender bien pronto que deseaba seguir siendo lo que era hasta entonces para mí: un desconocido.

—El motivo que me trae a su casa —prosiguió sonriendo— está dentro de mi valija y se lo haré conocer en seguida.

Advertí, en efecto, que traía en la mano un sucio valijín de cuero amarillo con cierre de latón oxidado. Lo abrió de golpe y sacó de él un libro.

—Este libro —dijo poniéndome ante las narices el grueso volumen encuadernado en papel antiguo con grandes florones de bermejo orín— contiene una historia imaginaria que yo he creado, inventado, compuesto y copiado. Solo he escrito esta historia en toda mi vida, y me permito creer que no le desagradará. Hasta ahora lo conocía únicamente por su fama y solo hace unos pocos días una mujer que lo estima me ha dicho que usted es uno de los pocos hombres que saben no aterrarse de sí mismos y el único que ha tenido el coraje de aconsejar la muerte a muchos de nuestros semejantes. Por todo ello, he resuelto leerle esta historia mía, que narra la vida de un hombre fantástico al que acaecen las más singulares e insólitas aventuras. Cuando la haya escuchado, me dirá qué debo hacer. Si mi historia le agrada, me prometerá hacerme célebre en el plazo de un año; si no le gusta, me mataré dentro de dos días. Dígame si acepta esas condiciones para que pueda empezar.

Comprendí que no podía hacer otra cosa que persistir en la conducta pasiva que había observado hasta entonces y le anuncié, con un gesto que no consiguió ser amable, que estaba dispuesto a escucharlo y a hacer todo lo que me pedía.

El hombre comenzó la lectura. Las primeras palabras se me escaparon. A las que siguieron presté más atención. De pronto agucé el oído y sentí un pequeño escalofrío en la espalda. Dos o tres minutos más tarde mi cara se ponía encarnada, mis piernas empezaban a moverse nerviosamente, y no pude menos que levantarme. El desconocido suspendió la lectura y me miró, interrogándome humildemente con todo el rostro. Yo también lo interrogaba con la mirada, pero estaba demasiado estupefacto para arrojarlo a la calle y le dije simplemente, como cualquier imbécil mundano:

—Continúe, se lo ruego.

La extraordinaria lectura prosiguió. Yo no podía quedarme quieto en el sillón. Los escalofríos me corrían no solo por la espalda, sino por la cabeza y todo el cuerpo. Si hubiese visto mi cara en un espejo, quizá me habría echado a reír y todo habría pasado, porque probablemente se reflejaban en ella un abyecto temor y una incierta ferocidad. Traté por un momento de no escuchar las palabras del tranquilo lector, pero solo conseguí turbarme más, y en consecuencia oí entera, palabra por palabra, pausa por pausa, la historia que el hombre leía con la cabeza rojiza inclinada sobre el bien encuadernado volumen. ¿Qué debía hacer, qué podía hacer yo en estas singularísimas circunstancias? ¿Apoderarme del libro, desgarrarlo, pisotearlo, echarlo al fuego? ¿Aferrar al maldito lector y echarlo del cuarto como a un fantasma inoportuno?

Mas ¿por qué debía hacer todo esto? Y, sin embargo, esa lectura me producía un fastidio indecible, una penosísima impresión de sueño absurdo y desagradable sin esperanza de despertar.

Al fin concluyó la lectura. No sé cuántas horas había durado, pero observé, a pesar de mi confusión, que el lector tenía la voz ronca y la frente húmeda de sudor. Cerró el libro y lo guardó en el valijín. Después me miró con ansiedad, pero sus ojos ya no eran tan ávidos como antes. Mi abatimiento era tan grande que él mismo lo advirtió y su asombro creció enormemente cuando vio que me frotaba un ojo y no sabía qué responderle. En aquel momento me parecía que jamás podría volver a hablar, y las cosas más simples que me rodeaban se me antojaron de pronto tan extrañas y hostiles que casi tuve miedo de ellas.

Todo esto parece demasiado vil y vergonzoso, inclusive a mí, y no tengo la menor indulgencia para mi turbación. Pero la razón de mi desconcierto era bien fuerte: la historia que había leído ese hombre era la narración precisa y completa de toda mi vida íntima y exterior. En ese lapso yo había oído la crónica minuciosa, fiel, inexorable de todo cuanto había sentido, soñado y realizado desde que vine al mundo. Si un ser divino, lector de corazones y testigo invisible, hubiese estado a mi lado desde mi nacimiento y hubiese escrito lo que había visto de mis pensamientos y de mis actos, habría compuesto una historia perfectamente igual a la que el desconocido lector declaraba imaginaria e inventada por él. Todas las cosas más pequeñas y secretas estaban registradas, y ni siquiera un sueño, o un amor, o una vileza escondida o un cálculo innoble habían escapado al escritor. El terrible libro contenía inclusive hechos y matices de pensamiento que yo mismo había olvidado y que solamente ahora, al oírlos, recordaba.

Mi confusión, mi pavor, provenían de esa exactitud impecable y de esa inquietante escrupulosidad. Yo no había visto jamás a ese hombre; ese hombre afirmaba no conocerme. Yo vivía muy solitario, en una ciudad a donde nadie acude si no es llevado por el azar o la necesidad, y a ningún amigo —si acaso los tenía— había confiado mis aventuras de cazador de engaños, mis viajes de ladrón de almas, mis ambiciones de voluntario de lo inverosímil. Jamás había escrito, ni para mí ni para los demás, una relación completa y sincera de mi vida, y justamente en esos días estaba fabricando unas fingidas memorias para permanecer oculto a los hombres inclusive después de la muerte.

¿Quién, pues, podía haber dicho a ese hombre todo lo que narraba sin pudor y sin piedad en su odioso libro encuadernado en papel antiguo del color de la herrumbre? ¡Y él afirmaba haber inventado esa historia y me mostraba, a mí, mi viaje, toda mi vida, como una historia imaginaria!

Me sentía terriblemente turbado y conmovido, pero de una cosa estaba bien seguro. Ese libro no debía llegar a conocimiento de los hombres. Antes, era preferible que este muriese. No podía permitir que mi vida fuese divulgada en el mundo, entre todos mis enemigos impersonales.

Esta decisión, que sentí bien firme dentro de mí, consiguió tranquilizarme. El hombre seguía contemplándome con aire espantado y casi suplicante. Habían pasado solamente dos minutos desde el momento en que cesó de leer, y no parecía haber comprendido las razones de mi turbación.

Finalmente conseguí hablar.

—Perdone, señor —le dije—, pero ¿me asegura que esa historia ha sido inventada exclusivamente por usted?

—Justamente —respondió el enigmático lector, ya un poco sublevado—. La he pensado e imaginado durante largos años, y de tanto en tanto he efectuado algunos retoques y modificaciones en la vida de mi héroe. Pero todo es inventado por mí.

Estas palabras me inquietaron aún más, pero atiné a formular otra pregunta:

—Dígame, se lo ruego, ¿está seguro de no haberme conocido antes de hoy? ¿Jamás oyó contar mi vida a alguien que me conozca?

Ante esas palabras, el desconocido no pudo disimular una sonrisa de estupor.

—Ya le he dicho —respondió— que hasta hace poco tiempo solo conocía su nombre y que solo algunos días atrás me han dicho que usted suele aconsejar la muerte. Pero eso es lo único que he sabido de usted.

Era necesario que su condena no tardase en ser ejecutada.

—¿Está siempre dispuesto —le pregunté con solemnidad— a cumplir las condiciones estipuladas por usted mismo al comenzar la lectura?

—Sin ninguna vacilación —respondió con un leve temblor en la voz—. No me queda otra puerta a donde llamar, y esta obra es toda mi vida. Estoy convencido de que no podría hacer otra cosa.

—Entonces —le dije con idéntica solemnidad, atemperada por cierta pesadumbre—, debo decirle que su historia es estúpida, tediosa, incoherente y abominable. Lo que usted llama su héroe no es más que un odioso malandrín que repugnaría a cualquier lector delicado. Y no le diré más para no ser excesivamente cruel.

Comprendí que el hombre no esperaba estas palabras y observé con espanto que sus ojos se cerraban de golpe. Mas en seguida advertí que su dominio de sí mismo era igual a su honestidad. Tornó a abrir los ojos y me miró sin miedo y sin odio.

—¿Quiere acompañarme? —preguntó con voz demasiado dulce para ser natural.

—Por cierto —respondí, y después de ponerme el sombrero salimos ambos sin decir palabra. El desconocido conservaba siempre en la mano la valijita de cuero amarillo y yo lo seguí, aturdido, hasta la orilla del río que corría desbordante y fragoroso entre las negras murallas de piedra. Después de mirar en torno y comprobar que no había nadie con aspecto de salvador, se volvió hacia mí, diciendo:

—Perdone si mi lectura lo ha fatigado. Creo que ya nunca volveré a molestar a un ser viviente. Olvídese de mí lo antes posible.

Y en verdad estas fueron sus postreras palabras, porque descolgándose ágilmente del parapeto se lanzó con rápido impulso al río, sin abandonar su valijita. Me asomé para verlo por última vez, mas ya las aguas lo habían tragado. Una muchacha tímida y rubia había presenciado el fulminante suicidio, pero no pareció maravillarse mucho y siguió su camino comiendo avellanas.

Apenas entré en mi cuarto me tendí en el lecho y me adormecí sin esfuerzo, abatido y humillado por lo inexplicable.

Esta mañana me he despertado muy tarde y con una extraña impresión. Me parece estar ya muerto y aguardar solamente que vengan a sepultarme. Siento que pertenezco a otro mundo y que todo lo que me circunda tiene un aire indecible de cosa pasada, concluida, sin ningún interés para mí.

Un amigo me ha traído flores y le he dicho que podía esperar a ponerlas sobre mi tumba. Me pareció que sonreía, pero los hombres siempre sonríen cuando no comprenden.

© Giovanni Papini: Storia completamente assurda (Historia completamente absurda). Publicado en La Riviera Ligure, diciembre de 1906. Traducción de Rodolfo Walsh