Vanni Fucci está vivo, sano y en el infierno

Dan Simmons

Night Visions 5 (1988)

Traducción: Albert Solé

39 min de lectura
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Sinopsis: «Vanni Fucci está vivo, sano y en el infierno» (Vanni Fucci Is Alive and Well and Living in Hell) es un cuento de Dan Simmons publicado en 1988 en la antología Night Visions 5. El Hermano Freddy es un influyente televangelista que dirige un lucrativo imperio religioso desde su lujoso estudio en Alabama. Su programa, el Club del Desayuno Aleluya, llega cada día a millones de hogares y le permite recaudar enormes sumas en donaciones. Un día, mientras da inicio al espacio de conversación habitual, un invitado desconocido irrumpe en el set: un italiano elegante que se presenta como Vanni Fucci, uno de los condenados de la Divina Comedia de Dante, que asegura venir del Infierno.

Dan Simmons - Vanni Fucci está vivo, sano y en el infierno

Vanni Fucci está vivo, sano y en el infierno

Dan Simmons
(Cuento completo)

El Hermano Freddy se levantó a primera hora del que iba a ser su último día en la tierra, se duchó, se afeitó las mejillas, se puso laca en el pelo, se aplicó su maquillaje para la televisión, se vistió con el traje y el chaleco blanco que se habían convertido en su distintivo (acompañado por zapatos blancos, camisa rosa y pajarita negra) y bajó a su despacho para tomar el desayuno que precedía a la emisión del Club del Desayuno Aleluya acompañado por la Hermana Donna Lou, la Hermana Betty Jo, el Hermano Billy Bob y George.

Los cuatro se dedicaron a masticar bollos y sorber café mientras el cielo gris pizarra que había al otro lado de la pared de nueve metros hecha de cristal coloreado a prueba de balas empezaba a iluminarse. Racimos de edificios hechos de ladrillo entre los que estaba el campus del Colegio Bíblico Aleluya del Hermano Freddy y la Escuela Graduada de Economía Cristiana parecieron irse solidificando entre la penumbra que anunciaba el amanecer de Alabama. Al este, apenas visible por entre los macizos de pacanas, se alzaba la montaña artificial de la Cabalgata Ratón Loco Monte Sinaí situada en la sección Tierra Bíblica del Complejo de Diversiones para la Familia Renacida y Centro de Convenciones Cristianas del Hermano Freddy. Mucho más cerca se veía el gran plato de un Emisor Sagrado, uno de los seis inmensos transmisores para satélite del Centro Emisor Bíblico del Hermano Freddy. El Hermano Freddy le lanzó una ojeada al cielo ennegrecido por la amenaza de lluvia y sonrió. Lo que el mundo real situado más allá de su despacho pudiera ofrecerle no tenía ninguna importancia. El inmenso «ventanal» del acogedor decorado desde donde se emitía el Club del Desayuno Aleluya no era sino una pantalla de televisión valorada en 38.000 dólares que cada mañana ofrecía la misma cinta con cincuenta y dos minutos de un glorioso amanecer de mayo. En el Club del Desayuno Aleluya del Hermano Freddy siempre era primavera.

—¿Cuál es el plan de hoy? —preguntó el Hermano Freddy mientras tomaba un sorbo de su café, alzando delicadamente el dedo meñique: el anillo del índice reflejaba la luz de los focos.

Faltaban ocho minutos para entrar en antena.

—Durante la primera media hora tienes la introducción habitual a cargo del Hermano Beau, tu charla inicial y la súplica del Compañero de Plegaria, seis minutos y medio del Coro del Club del Desayuno Aleluya cantando Estamos al borde de un milagro y un popurrí de éxitos cristianos del off-Broadway, y luego le toca el turno a tus Invitados del Desayuno —dijo el Hermano Billy Bob Grimes, director del programa.

—¿A quién tenemos hoy? —preguntó el Hermano Freddy.

El Hermano Billy Bob leyó el texto sujeto a su tablilla.

—Tienes a Marcos, Mateo y Lucas, los Trillizos Evangelistas del Milagro; a Bubba Deeters, que por lo que parece quiere volver a contar la historia de cómo el Señor le dijo que se arrojara sobre una granada en Vietnam; al Hermano Frank Flinsey, que está promocionando su nuevo libro Después del último día y a Dale Evans.

El Hermano Freddy se permitió un leve fruncimiento de ceño.

—Creía que hoy tendríamos a Pat Boone —dijo en voz baja y suave—. Me encanta Pat.

El Hermano Billy Bob se ruborizó e hizo una anotación en su grueso fajo de impresos y papeles.

—Sí, señor —dijo—. Pat quería venir pero la noche pasada actuó en el programa de Swaggart, tiene una aparición personal con Paul y Jan en el Revival de Bakersfield de esta tarde y mañana debe aparecer en las audiencias del senado para prestar testimonio sobre esos mensajes satánicos que oyes en los compact-disc cuando enfocas el láser a los espacios que hay entre surco y surco.

El Hermano Freddy suspiró. Faltaban cuatro minutos para estar en antena.

—Está bien —dijo—. Pero intenta conseguirle para el próximo lunes. Donna Lou… ¿Qué tal nos va con el Señor últimamente, querida?

La Hermana Donna Lou Patterson se puso bien las gafas. Donna Lou se encargaba de controlar el vasto conglomerado de organizaciones religiosas libres de impuestos, corporaciones, ministerios religiosos, universidades, misiones, parques de diversiones y la cadena de Moteles del Hermano Freddy para los Renacidos, y para estar acorde con la importancia de su cargo vestía un traje de color beige cuya severidad sólo se veía aliviada por un broche del Club del Desayuno Aleluya con unos adornos de bisutería que hacían juego con las piedrecitas falsas incrustadas en la montura de sus gafas.

—Las ganancias calculadas para este año fiscal rozan los 187 millones de dólares, un tres por ciento más que el año pasado —dijo—. El activo se encuentra en 214 millones con un pasivo de 63 millones, con 0,3 millones más o menos dependiendo de la decisión que tome el Hermano Carlisle sobre si hay que sustituir o no el Gulfstream por un nuevo Lear.

El Hermano Freddy asintió y se volvió hacia la Hermana Betty Jo. Faltaban tres minutos para estar en antena.

—¿Qué tal nos fue ayer, Hermana?

—Veintisiete en la cuota de pantalla de la Arbitran, veinticinco coma cinco en la Nielsen —dijo la Hermana, una mujer delgada vestida de blanco—. Tres nuevas difusoras por cable; dos en Texas y una en Montana. La difusión por cable alcanza actualmente a 3,37 millones de hogares, un 0,6 por ciento más que el último mes. Ayer el departamento de correo recibió un total de 17.385 cartas, con lo que llevamos 86.217 en lo que va de semana. El noventa y seis por ciento de los sobres recibidos ayer incluían donativos. El treinta y nueve por ciento solicitaban su Plegaria de Intercesión. El volumen de correspondencia total manejado en lo que va de año es de 3.585.220 cartas, y calculamos que en lo que falta del año fiscal recibiremos 2,5 millones más.

El Hermano Freddy sonrió y se volvió hacia George Cohen, consejero legal de las Instituciones Religiosas Renacidas del Hermano Freddy.

—¿Y bien, George?

Faltaban dos minutos para estar en antena.

George, un hombre delgado que vestía un traje oscuro, carraspeó sin dar señales de tener ninguna prisa.

—Los de hacienda siguen con sus amenazas pero no tienen ningún soporte legal en que basarse. Dado que todos los afiliados se encuentran bajo la exención de los Cultos Renacidos, no tienes que rellenar ni una sola declaración. Los periódicos de Huntsville han informado que la casa de tu hija ha sido valorada en un millón y medio y saben que tanto esa casa como el rancho de tu hijo fueron construidos con un préstamo de tres millones otorgado por la iglesia pero en todo lo referente a salarios no tienen más que conjeturas. Aunque lograran enterarse de algo, y no lo conseguirán…, tu salario anual oficial acordado por la Junta asciende a sólo 92.300 dólares, y una tercera parte revierte a la Iglesia. Naturalmente, tu esposa, tu hija y tu cuñado reciben ingresos considerablemente más generosos de la Iglesia, igual que ocurre con siete miembros más de la familia, pero no creo que…

—Gracias, George —le interrumpió el Hermano Freddy. Se puso en pie, se estiró y fue hacia el monitor de color conectado a la terminal de ordenador que había en su escritorio—. Hermana Betty Jo, has dicho que había varios miles de cartas solicitando la Plegaria Personal de Intercesión, ¿no?

—Sí, Hermano —dijo la mujer vestida de blanco, colocando su manecita sobre la consola que había junto a su silla.

El Hermano Freddy se volvió hacia George Cohen y le sonrió.

—Les dije que rezaría personalmente por ellos si me mandaban una ofrenda de amor —le explicó—. Bueno, ya que lo prometí, será mejor que me ocupe de ello, ¿no? Tengo treinta segundos antes de que el Hermano Beau empiece con su introducción. ¿Betty Jo?

La mujer vestida de blanco apretó un botón y sonrió mientras la lista que contenía miles de nombres pasaba velozmente por el monitor. Después de cada nombre había un código que hacía referencia a la categoría del problema por el que se solicitaba la intercesión, catalogándolo según el cuadro incluido en el impreso Ofrenda de Amor: S-salud, PM-problemas matrimoniales, $-problemas de dinero, GE-guía espiritual, PP-perdón de los pecados…, etcétera. Había veintisiete categorías distintas. Cualquiera de los doscientos encargados de manejar el correo que trabajaban para el Hermano Freddy podía codificar más de cuatrocientas peticiones de intercesión al día mientras examinaba el sobre e iba haciendo montoncitos de efectivo y cheques con los donativos: los ordenadores se encargaban de proporcionar la carta de respuesta adecuada para cada caso.

—Oh, Señor —canturreó el Hermano Freddy—, por favor, escucha nuestras plegarias y que Tu misericordia nos conceda estas peticiones hechas en el nombre de Jesucristo… —La lista de nombres y códigos siguió desfilando a toda velocidad por la pantalla hasta que lo único visible en ésta fue el parpadeo del cursor—. Amén.

El Hermano Freddy giró sobre sí mismo y encabezó el presuroso cortejo que se esforzaba por no quedar atrás, recorriendo los treinta metros que le separaban del estudio desde donde se emitía el Club del Desayuno Aleluya: en ese mismo instante los gráficos iniciales del programa y la música triunfante brotaban de los sesenta y dos monitores repartidos por los pasillos, oficinas y salas del Centro General de Emisiones.

El Hermano Freddy supo que había algún problema cuando llevaba dieciocho minutos de programa: presentó a Dale Evans y vio cómo un hombre alto de piel oscura y largos cabellos negros entraba en el estudio. El Hermano Freddy enseguida se dio cuenta de que aquel hombre era extranjero; su larga cabellera se enroscaba formando trencitas que le caían sobre los hombros, vestía un traje muy caro que parecía estar hecho de seda, sus zapatos impecablemente lustrados eran del mejor cuero italiano, el cuello y los puños de su camisa almidonada deslumbraban con su blancura y las luces del estudio hacían brillar los gemelos de oro que llevaba. El Hermano Freddy supo que alguien había cometido un error; sus invitados renacidos —pese a su considerable fortuna personal— preferían llevar trajes de poliéster, camisas de tonos pastel y cortes de pelo estilo Carolina del Sur, ya que ello les permitía no perder el contacto con su fiel audiencia televisiva.

El Hermano Freddy bajó los ojos hacia sus notas y acabó lanzándole una mirada de impotencia al director del programa. El Hermano Billy Bob se encogió de hombros expresando con ese gesto la misma confusión que dominaba al Hermano Freddy, quien no podía permitirse el lujo de mostrarla mientras el ojo de la cámara siguiera clavado en él con su luz roja encendida.

El Club del Desayuno Aleluya se enorgullecía de ser emitido en directo para tres zonas horarias distintas. El Hermano Freddy obsequió con una sonrisa al desconocido que venía hacia él pensando que ojalá hubieran seguido con los programas grabados en cinta utilizados por la competencia. El Hermano Freddy no llevaba ningún auricular para oír las instrucciones y comentarios enviados desde la cabina del director, y eso era un motivo de orgullo para él: prefería confiar en las señales manuales del Hermano Billy Bob y en su propio sentido del espectáculo, aguzado a lo largo de muchos años de entrenamiento. Se puso en pie para estrechar la mano de aquel desconocido de piel morena pensando que ojalá llevara puesto un auricular para enterarse de lo que estaba pasando. Si tuvieran algún anuncio para interrumpir el programa. Si alguien le explicara qué estaba pasando…

—Buenos días —dijo con afabilidad el Hermano Freddy, extrayendo su mano de entre los firmes dedos del desconocido—. Bienvenido al Club del Desayuno Aleluya. —Le lanzó una mirada de soslayo al Hermano Billy Bob, quien estaba susurrando a toda velocidad por su micrófono. La Cámara Tres se les acercó para tomar un primer plano del moreno desconocido. La Cámara Dos seguía enfocando el gran diván donde estaban sentados Bubba Deeters, los Trillizos del Milagro y Frank Flinsey, que sonreía mecánicamente bajo su bien recortado bigote de militar. Los monitores mostraban un plano medio del sonrosado rostro del Hermano Freddy, con su cortés sonrisa y su casi imperceptible capa de sudor.

—Gracias, llevo cierto tiempo esperando este momento —dijo el desconocido mientras tomaba asiento en el sillón de terciopelo para los invitados que había junto al escritorio del Hermano Freddy. Tenía una voz grave y con una leve sombra de acento italiano, aunque hablaba el inglés con una corrección impecable.

El Hermano Freddy se sentó sin dejar de sonreír y le lanzó otra mirada a Billy Bob. El director del programa se encogió de hombros y movió la mano haciéndole la señal de «seguir adelante».

—Lo siento —dijo el Hermano Freddy—. Supongo que me he hecho un pequeño lío con las presentaciones y también supongo que usted no es mi querido amigo Dale Evans.

Hizo una pausa y contempló los ojos castaños del desconocido, sorprendiéndose ante la ira y la emoción que vio en ellos. Empezó a rezar para que la presencia de aquel hombre fuese un mero error y no se tratara de un terrorista político o un loco pentecostaliano que había logrado rebasar los controles de Seguridad. El Hermano Freddy era muy consciente de que el programa estaba siendo emitido en directo y llegaba a más de tres millones de hogares.

—No, no soy Dale Evans —dijo el desconocido—. Me llamo Vanni Fucci.

Otra vez la leve sombra del acento italiano… El Hermano Freddy se dio cuenta de cómo había pronunciado el apellido: Fu-chi. El Hermano Freddy no tenía nada contra los italianos; había crecido en Greenville, Alabama, y apenas si había conocido a ninguno. De adulto había aprendido a no llamarles «macarronis». Suponía que la mayoría de italianos eran católicos; es decir, no cristianos y, por lo tanto, de muy poco interés para él o para su Iglesia. Pero este italiano en particular podía resultar un tanto problemático.

—Señor Fucci —dijo el Hermano Freddy, sonriéndole—, ¿por qué no le cuenta a nuestros espectadores de dónde es usted?

Vanni Fucci clavó sus ojos en la cámara.

—Nací en Pistoia —dijo—, pero me he pasado los últimos setecientos años viviendo en el Infierno.

La sonrisa del Hermano Freddy se convirtió en una mueca helada pero no se desvaneció. Le lanzó una mirada a Billy Bob, que estaba a su izquierda. El director estaba moviendo frenéticamente la mano, haciendo la señal de la estrella sobre la parte izquierda de su pecho. Al principio el Hermano Freddy pensó que debía tratarse de algún oscuro símbolo religioso, pero, unos instantes después, comprendió que estaba diciéndole que ya habían avisado a Seguridad…, o a la policía, no podía saberlo. Las casi trescientas personas que asistían a la emisión del programa ocultas tras un muro de luces y cámaras habían dejado de producir su habitual ruido de fondo hecho a base de susurros, roces con el asiento y estornudos ahogados. El estudio se hallaba sumido en el más absoluto silencio.

—Ah —dijo el Hermano Freddy y dejó escapar una leve risita—. Ah, sí, señor Fucci, comprendo a qué se refiere… En cierto sentido todos nosotros somos pecadores y hemos pasado nuestra vida en el Infierno. Sólo la misericordia de Jesucristo puede evitar que ése sea nuestro último domicilio. ¿Cuándo acabó aceptando a Jesucristo como Salvador suyo?

Vanni Fucci sonrió, mostrando unos dientes muy blancos que contrastaban con el tono oscuro de su piel.

—Nunca le he aceptado —dijo—. En mi época no existía eso que ustedes los fundamentalistas llaman… «salvación». De niños se nos bautizaba para que entráramos a formar parte de la Iglesia. Pero yo cometí un ligero error cuando era joven y ese al que usted llama Salvador creyó adecuado condenarme a una eternidad de castigos inhumanos en el Séptimo Bolgia del Octavo Círculo del Infierno.

—Ah…, ya —dijo el Hermano Freddy. Giró sobre sí mismo y le hizo una seña a la Cámara Uno para que se acercara y le tomase un gran primer plano. Esperó hasta que vio su rostro ocupando toda la pantalla del monitor y dijo—: Bueno, estamos teniendo una agradable conversación con nuestro invitado, el señor Vanni Fucci, pero me temo que debemos hacer un minuto de pausa mientras les mostramos esa cinta que les habíamos prometido, en la que verán como el Hermano Beau y yo consagramos el nuevo Emisor Sagrado que instalamos la semana pasada en Amarillo. ¿Beau?

El Hermano Freddy se pasó varias veces la mano a través de la garganta: el gesto no aparecería en la pantalla y el público del estudio tampoco podría verlo. Billy Bob asintió, se volvió hacia la cabina y habló rápidamente por su micrófono.

—No —dijo Vanni Fucci—, sigamos con nuestra conversación.

Los monitores mostraron un plano general de todo el decorado. Los Trillizos del Milagro estaban muy quietos y las suelas de sus zapatitos parecían signos de admiración. El Reverendo Bubba Deeters alzó su brazo derecho como si fuera a rascarse la cabeza, contempló el gancho de acero que le servía como recordatorio de cuál había sido la voluntad del Señor en sus días del Vietnam y volvió a bajar el brazo apoyándolo en el respaldo del diván. Frank Flinsey, todo un profesional de los medios de comunicación, le lanzó una mirada de asombro a los tres pilotos de las cámaras, que se habían apagado, y se volvió hacia los monitores que seguían mostrando una imagen. El Hermano Freddy se había quedado quieto con la mano a la altura del cuello. Sólo Vanni Fucci parecía impertérrito.

—¿Cree que si Dale hubiera muerto antes que Trigger, Roy habría hecho que la disecaran y la colocaran en la sala de estar? —le preguntó el invitado italiano.

—¿Qué? —logró farfullar el Hermano Freddy. Había oído sonidos similares saliendo de la boca de ancianos dormidos.

—Oh, nada, algo que me ha pasado por la cabeza —dijo Vanni Fucci—. ¿Prefiere que siga hablando de mí?

El Hermano Freddy asintió. Por el rabillo del ojo vio a tres hombres con el uniforme de Seguridad que intentaban llegar al escenario. Alguien parecía haber colocado una muralla de plexiglás invisible alrededor del perímetro.

—Bueno, la verdad es que no me he pasado setecientos años en el Infierno —dijo Vanni Fucci—. Sólo llevo allí seiscientos noventa años, pero ya sabe lo despacio que transcurre el tiempo en una situación como ésa, ¿verdad? Es como estar en la sala de espera del dentista.

—Sí —dijo el Hermano Freddy, aunque lo que salió de su boca más parecía un graznido que una afirmación.

—¿Sabía que un alma condenada de cada Bolgia puede volver al mundo de los mortales durante nuestra eternidad de castigos? Es algo parecido a esa costumbre norteamericana de permitirle una llamada telefónica a los detenidos.

—No —dijo el Hermano Freddy y carraspeó para aclararse la garganta—. No lo sabía.

—Pues, sí —dijo Vanni Fucci—. Creo que lo hacen porque piensan que esa visita nos permitirá recordar los placeres que conocimos, con lo que nuestros tormentos actuales nos parecerán todavía peores. Debe ser por eso… Sólo se nos permite volver quince minutos, por lo que no tenerme tiempo de probar muchos placeres, ¿no le parece?

—No —dijo el Hermano Freddy, complacido al notar que su voz había recobrado un poco de la firmeza habitual. El monosílabo le salió tranquilo y un tanto divertido, con un leve tonillo de condescendencia. Empezó a pensar qué versículo bíblico utilizaría cuando llegara el momento de recuperar el control de la conversación.

—No estás ni aquí ni allí —dijo Vanni Fucci—. El caso es que todas las almas condenadas del Séptimo Bolgia del Octavo Círculo celebraron una votación y decidieron por unanimidad que fuera yo quien se encargara de la visita y que viniera aquí. —Vanni Fucci se inclinó hacia adelante y los puños almidonados de su camisa siguieron su movimiento con tanta limpieza que los gemelos de oro brillaron reflejando la luz de los focos—. ¿Sabe qué es un Bolgia, Hermano Freddy?

—Ah…, no —dijo el Hermano Freddy, viéndose algo desviado de su línea de pensamientos. Había acabado decidiéndose por un versículo pero le pareció que en aquellos momentos no resultaría muy adecuado—. O…, espere, sí que lo sé —dijo—. Bolgia… Es esa duquesa o condesa o lo que fuera que solía envenenar gente en la Edad Media.

Vanni Fucci se reclinó en su asiento y suspiró.

—No —dijo—, se confunde usted con los Borgias. Un Bolgia es una palabra de mi lengua natal que significa al mismo tiempo «zanja» y «bolsa». El Octavo Círculo del Infierno tiene diez Bolgias llenos de mierda y pecadores.

El público se había quedado callado, pero esas palabras hicieron que dejara de estar callado. Hasta los cámaras dejaron escapar un jadeo ahogado. El Hermano Freddy le lanzó una mirada a los monitores y cerró los ojos al comprender que su Club del Desayuno Aleluya, el programa cristiano que ocupaba el primer puesto de la clasificación de audiencia mundial —dejando aparte alguna que otra Cruzada de Billy Graham—, sería el primer programa en toda la historia de la televisión donde se permitiría que la palabra «mierda» fuera transportada por las ondas. Se imaginó cuál sería la reacción de la Junta de Apoderados de la Iglesia. El hecho de que siete de los once miembros de la Junta fueran también miembros de su propia familia no hacía que la imagen resultara más agradable.

—Oiga… —empezó a decir el Hermano Freddy con voz seca e inflexible.

—¿Ha leído la Comedia? —le preguntó Vanni Fucci.

—¿Comedia? —repitió el Hermano Freddy, preguntándose si aquel hombre no sería un cómico chiflado y todo el asunto una mera charada publicitaria.

Los técnicos habían hecho girar las pesadas cámaras de televisión sobre sus ejes y estaban examinando las lentes. Los monitores seguían mostrando un plano donde sólo aparecían Vanni Fucci y el Hermano Freddy. El Hermano Billy Bob corría de una cámara a otra, tropezando de vez en cuando con un cable o apurando al máximo la extensión del cable de su micrófono y deteniéndose bruscamente como un perro salchicha enloquecido atado a una correa demasiado corta.

—Él la llamaba su Comedia —dijo Vanni Fucci—. Las generaciones posteriores de sicofantes añadieron lo de Divina. —Contempló al Hermano Freddy con el ceño fruncido, como el profesor impaciente que aguarda la respuesta de un alumno poco despabilado.

—Lo siento…, no… —dijo el Hermano Freddy. Un técnico había empezado a desmontar su cámara. El resto de cámaras ya no enfocaban el escenario. La imagen mostrada por los monitores no había variado en nada.

—¿Alighieri? —le sugirió Vanni Fucci—. ¿Un sucio y pequeño florentino que deseaba tirarse a una niña de ocho años? ¿Alguien que sólo escribió una cosa legible en toda su miserable vida? —Se volvió hacia los invitados del diván—. Vamos, vamos, ¿es que ninguno de ustedes lee libros o qué?

Los cinco cristianos del diván parecieron encogerse sobre sí mismos.

—¡Dante! —gritó el apuesto extranjero—. Dante Alighieri. ¿Qué pasa aquí, caballeros? ¿O es que hacerse socio del Club Fundamentalista exige dejar los sesos en la puerta y llenarse el cráneo de judías con tocino al estilo casero? ¡Dante!

—Un momento… —dijo el Hermano Freddy poniéndose en pie.

—¿Quién se cree que…? —empezó a decir Frank Flinsey, poniéndose en pie.

—¿Qué pretende…? —dijo Bubba Deeters, poniéndose en pie y gesticulando con su gancho de acero.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! —gritaron los Trillizos del Milagro, intentando poner los pies en el suelo.

—SIÉNTENSE. —No era una voz humana. Por lo menos, no una voz humana sin amplificar. Durante una de sus Cruzadas al aire libre el Hermano Freddy cometió el error de colocarse ante una hilera de treinta altavoces gigantes cuando el encargado de sonido hacía una prueba al máximo de volumen. Oír esta voz le recordó un poco lo que sintió entonces, sólo que esta voz era mucho peor. El Hermano Billy Bob y los técnicos que llevaban auriculares se los arrancaron de un manotazo y cayeron de rodillas. Algunos focos se hicieron pedazos. El público se inclinó hacia atrás como si fuese un organismo único provisto de trescientas cabezas, dejó escapar un gemido colectivo y se encerró en un silencio que no era roto ni por el sonido de la respiración. El Hermano Freddy y los invitados del diván volvieron a sentarse—. Alighieri… Todo fue cosa suya —dijo Vanni Fucci en el tono de voz suave y afable propio de una conversación amistosa—. Ese tipo era un enano mental con la imaginación de una polilla, pero él lo hizo porque antes nadie lo había hecho.

—¿Hecho el qué? —preguntó el Hermano Freddy contemplando con una mezcla de horror y fascinación al loco sentado en el sillón de terciopelo que había junto a su escritorio.

—Creó el Infierno —dijo Vanni Fucci.

—¡Tonterías! —gritó el Reverendo Frank Flinsey, autor de catorce libros sobre el fin del mundo—. El Señor Dios Jehová creó el Infierno igual que creó todo lo demás.

—Oh, ¿sí? —dijo Vanni Fucci—. ¿En qué parte de ese amasijo de historias tribales y mamarrachadas jingoístas que usted llama Biblia dice eso?

El Hermano Freddy pensó que había muchas posibilidades de que fuera a sufrir un ataque al corazón allí mismo, en plena emisión del Club del Desayuno Aleluya del Hermano Freddy: tres millones trescientos mil hogares norteamericanos lo presenciarían. Pero aunque su corazón empezaba a sufrir fibrilaciones y su rostro estaba cada vez más enrojecido, su mente siguió funcionando a toda velocidad tratando de dar con el versículo adecuado.

—Dejen que les hable de un experimento realizado en 1982 —dijo Vanni Fucci—. Un grupo de físicos cuánticos de la Universidad de París-Sur dirigido por Alain Aspect examinó el comportamiento de dos fotones emitidos por una fuente de luz que se alejaban en direcciones opuestas. El experimento confirmó una teoría subyacente en toda la mecánica cuántica: que la medición hecha sobre un fotón tiene un efecto instantáneo sobre la naturaleza de otro fotón. Fotones, caballeros, que viajan a la velocidad de la luz… Está claro que ninguna información puede ser transmitida a una velocidad superior a la velocidad de la luz, pero el acto de definir la naturaleza de un fotón alteró instantáneamente la naturaleza del otro fotón. La conclusión que se puede sacar de esto resulta obvia, ¿verdad?

—¿Eh? —exclamó el Hermano Freddy.

—¿Eh? —exclamaron los cinco invitados del diván.

—Exactamente —dijo Vanni Fucci—. Ese experimento confirma en el mundo físico lo que en el Infierno ya sabíamos desde hacía tiempo. La realidad es moldeada por la primera gran mente que se concentra en la tarea de medirla. Nuevos conceptos crean nuevas leyes y el universo permanece. Newton creó la gravedad universal y el cosmos se alteró a sí mismo para ajustarse a ese concepto. Einstein definió el espacio/tiempo y el universo se alteró de forma retroactiva para encajar con esa idea. Y Dante Alighieri, ese miserable enano neurótico, creó el primer gran mapa del infierno y el Infierno cobró existencia para satisfacer a la opinión pública.

—Eso es ridículo —logró decir el Hermano Freddy, olvidándose de las cámaras, olvidándose del público y olvidándose de todo salvo de lo monstruosamente ilógico (por no hablar del aspecto blasfemo), que resultaba lo que aquel italiano enloquecido acababa de decir—. Si eso fuera cierto —continuó el Hermano Freddy—, entonces el mundo…, las cosas…, todo estaría cambiando continuamente.

—Exactamente —dijo Vanni Fucci, y sonrió. Tenía unos dientes muy pequeños, blancos y terriblemente afilados.

—Entonces… Bueno… El Infierno tampoco sería el mismo —dijo el Hermano Freddy—. Dante escribió su obra hace mucho tiempo. Hace trescientos o cuatrocientos años, por lo menos…

—Murió en el año 1321 —dijo Vanni Fucci.

—Sí…, bueno…, entonces… —concluyó el Hermano Freddy.

Vanni Fucci meneó la cabeza.

—No entiende nada. Cuando una idea es lo bastante grande y fuerte, lo bastante amplia para redefinir el universo, tiene una tremenda capacidad de perdurar. Sigue existiendo hasta que se formula un nuevo paradigma tan poderoso como ella y hasta que ese paradigma es aceptado por la imaginación popular sustituyendo a la vieja idea. Por ejemplo, su Dios del Viejo Testamento aguantó miles de años antes de que… Él… fuera activamente redefinido por una deidad del Nuevo Testamento mucho más civilizada, aunque un tanto esquizofrénica, e incluso esta nueva versión más débil ha subsistido mil quinientos años antes de hallarse al borde de morir entre estornudos por ser alérgica a la ciencia moderna.

El Hermano Freddy estaba seguro de que iba a sufrir un ataque al corazón.

—Pero ¿quién se ha tomado la molestia de redefinir el Infierno? —exclamó Vanni Fucci en el tono del que hace una pregunta retórica—. Los alemanes se acercaron bastante en este último siglo pero sus visionarios fueron liquidados antes de que el nuevo concepto pudiera echar raíces en la mente de las masas. Aún existimos. El Infierno perdura. Nuestros tormentos eternos siguen y siguen sin que haya más razón para su existencia de la que puede haber para el dedo pequeño del pie o el apéndice.

El Hermano Freddy se dio cuenta de que quizá estuviera viéndoselas con un demonio. Después de haberse pasado casi cuarenta años predicando sobre los demonios y repartiendo enseñanzas sobre ellos, encontrando las huellas de pisadas espirituales de los demonios en cualquier cosa, desde la música de rock hasta las leyes dictadas por la Comisión Federal de Comunicaciones, advirtiendo a las masas de que los demonios estaban presentes en las escuelas, los juegos infantiles y los símbolos de las cajas de cereales para el desayuno y amasando una considerable fortuna gracias a que era uno de los primeros expertos de la nación en el tema demoníaco, el Hermano Freddy descubrió que le resultaba un poco desconcertante estar sentado a un metro escaso de alguien que muy bien podía estar poseído por el demonio…, eso suponiendo que no fuera un demonio. Lo más cerca que recordaba haber estado de semejante experiencia fue cuando anduvo rondando a Tammy Faye, la esposa del Reverendo Jim Bakker, y trabó conocimiento con sus «demonios saltarines de la compra», aunque todo eso ocurrió mucho antes de la infortunada publicidad que hundió a la pareja.

El Hermano Freddy agarró con más fuerza la Biblia que sostenía en su mano izquierda y alzó su mano derecha curvándola hasta formar una impresionante garra sobre la cabeza de Vanni Fucci.

—¡Abjuro de ti, Satanás! —gritó—. Y de todos los poderes, dominios y sirvientes de Satanás… ¡MÁRCHATE de este lugar de Dios! ¡Te lo ordeno en el nombre de JE-SÚS! ¡Te lo ordeno en el nombre de JE-SÚS!

—Oh, cállese —dijo Vanni Fucci y le echó un vistazo a su reloj de oro—. Mire, déjeme llegar a la parte importante de todo este asunto. No tengo mucho tiempo.

El italiano empezó a hablar y el Hermano Freddy siguió manteniendo su misma pose de antes, con una mano levantada y la Biblia aferrada en la otra. Pasado un minuto notó que se le empezaban a cansar los músculos y bajó el brazo, pero no soltó la Biblia.

—Mi crimen era de naturaleza política —dijo Vanni Fucci—, aunque ese florentino miope me puso en el Bolgia reservado a los ladrones. Sí, sí, ya sé que no saben de qué estoy hablando. En aquellos tiempos las batallas políticas entre los Negros y los malditos Blancos eran de una gran importancia —una tercera parte del Infierno de Dante está repleta de sus resultados—, pero comprendo que hoy nadie sabe ni tan siquiera qué eran esos dos partidos, igual que dentro de setecientos años la gente no se acordará de los republicanos o los demócratas.

»En 1293 dos amigos y yo robamos el tesoro de san Jacobo del Duomo de San Zeno para ayudar a nuestra causa política. El Duomo era una iglesia. El tesoro incluía un cáliz. Pero no fui a parar al Infierno de Dante por un robo de nada que entonces era tan común como hoy en día el atracar una tienda. No. Tengo asiento de primera fila en el Séptimo Bolgia del Octavo Círculo porque yo era Negro y Dante era Blanco y, francamente, me parece tan injusto que estoy muy cabreado.

El Hermano Freddy cerró los ojos.

—Quizá piense que una eternidad de revolcarse en una zanja llena de merde y ascuas ardientes sea venganza suficiente hasta para la deidad más enfermizamente sadomasoquista, pero eso apenas si es el principio —dijo Vanni Fucci. Se volvió hacia los invitados del Club del Desayuno que seguían sentados en su diván—. Lo admito. Tengo muy mal genio. Cuando me irrito le hago la higa a Dios, y se lo demuestro.

Frank Flinsey, el Reverendo Deeters y los Trillizos del Milagro le contemplaron con cara de no entender nada.

—La higa —repitió el italiano. Cerró el puño, sacó el pulgar entre el índice y el dedo medio y lo movió rápidamente de atrás para adelante. A juzgar por la forma en que el público tragó aire al unísono el significado del gesto debió quedar perfectamente claro. Vanni Fucci se volvió hacia el Hermano Freddy—. Y, naturalmente, cuando hago eso los ladrones que hay en un radio de cien metros —lo cua lincluye a toda la gente metida dentro de ese maldito Bolgia, claro está—, se convierten en reptiles…

—¿Reptiles? —graznó el Hermano Freddy.

Chelidrids, jaculi, phareans, cenchriads y amphisbands de dos cabezas, ese tipo de cosas —le confirmó Vanni Fucci—. En eso Alighieri no metió la pata ni una sola vez. Y luego todas esas malditas serpientes me atacan, faltaría más. Naturalmente, empiezo a arder y me convierto en un montón de cenizas humeantes y huesos calcinados…

El Hermano Freddy asintió. Por el rabillo del ojo podía ver a las Hermanas Donna Lou y Betty Jo ayudando a los tres hombres de Seguridad, que estaban usando un sillón como ariete contra la barrera invisible que les impedía entrar en el escenario. La barrera aguantaba.

—Lo que intento hacerle comprender es que no resulta nada agradable —dijo Vanni Fucci acercándosele un poco más.

El Hermano Freddy decidió que cuando todo esto hubiera acabado se tomaría unas pequeñas vacaciones en su retiro espiritual de las Bahamas.

—Y como estoy en el Infierno —siguió diciendo Vanni Fucci—, mis trocitos no mueren sino que se limitan a juntarse de nuevo los unos con los otros —y permítame asegurarle que ésa es la parte más dolorosa—, y cuando vuelvo a estar entero todo me parece tan injusto que me cabreo y… Bueno, ya se lo puede imaginar.

—¿La higa? —se aventuró a preguntar el Hermano Freddy y se tapó la boca con la mano apenas decirlo.

Vanni Fucci asintió poniendo cara de pena.

—Con las dos manos —dijo—, y vuelta a empezar. —Miró directamente hacia la Cámara Uno—. Pero eso no es lo peor.

—¿No? —preguntó el Hermano Freddy.

—¿No? —repitieron como un eco los cinco invitados al Club del Desayuno.

—El Infierno es un sitio muy variado —dijo Vanni Fucci—. La gerencia siempre intenta mejorar las atracciones y retocarlas para que resulten un poco más efectivas. Bien, ¿a qué no adivinan qué se le ha ocurrido al Gran Jefazo del Cielo como adición a nuestro tormento en los últimos diez años? —La voz del italiano había ido subiendo de tono a medida que su ira crecía visiblemente.

El Hermano Freddy y los invitados al Club del Desayuno negaron vigorosamente con la cabeza.

—¡EL CLUB DEL DESAYUNO ALELUYA DEL HERMANO FREDDY! —gritó Vanni Fucci poniéndose en pie—. ¡OCHO VECES CADA MALDITO DÍA EN SUPERPANTALLAS SILVANIA DE NOVENTA PULGADAS, CON UNA PANTALLA PUESTA CADA SIETE METROS DEL SÉPTIMO BOLGIA!

La saliva de Vanni Fucci cayó sobre la superficie de su escritorio y el Hermano Freddy se echó un poquito hacia atrás.

—LO QUE QUIERO DECIR… —aulló Vanni Fucci con sus ojos enfurecidos clavados en algo situado por encima de las pasarelas del estudio—… ES QUE PASARSE TODA LA ETERNIDAD EN EL INFIERNO ARDIENDO Y SIENDO DESPEDAZADO CADA CINCO O SEIS MINUTOS ES UNA COSA, PERO ESTO…, ESTO… —Alzó los dos brazos hacia el cielo.

—¡No! —gritó el Hermano Freddy.

—¡No! —gritaron los invitados.

—¡ESTO SÍ QUE REALMENTE ME CABREA! —tronó Vanni Fucci y le hizo la higa a Dios. Por partida doble.

Después de aquello, las cosas ocurrieron muy deprisa. Para captar plenamente el efecto hay que pasar la cinta de vídeo a Cámara Superlenta y aun así es posible que la secuencia de acontecimientos resulte algo confusa.

El Hermano Freddy fue el primero en cambiar. Se dobló sobre su escritorio como si una Fuerza Invisible estuviera practicándole vigorosamente la Maniobra Heimlich para salvar a los que se atragantan, abrió la boca queriendo gritar y descubrió que ahora poseía tres hileras de colmillos que no estaban concebidos para tal acto y se cubrió de escamas y le salió cola en menos tiempo del que se tarda en pronunciar la palabra «renacido». La metamorfosis ocurrió con tal celeridad y los movimientos posteriores fueron tan veloces que nadie puede estar seguro, pero la mayoría de observadores están de acuerdo en que durante la fracción de segundo que el Reverendo Hermano Freddy —o la criatura en que se había convertido—, necesitó para saltar el escritorio con una poderosa torsión de su cola y enroscarse alrededor de Vanni Fucci desde la ingle a la garganta se parecía mucho a lo que se obtendría cruzando una rana toro gigante y una pitón anaranjada.

Frank Flinsey se convirtió en algo totalmente distinto; en menos de un segundo el experto en Apocalipsis se transformó en algo que se parecía a un renacuajo de seis brazos con una cola terminada en un aguijón tomada directamente de Aliens. La criatura usó su cola para abrirse paso por entre el diván, la alfombra, el suelo y el terciopelo hasta llegar al pobre Vanni Fucci, y en cuanto lo consiguió se unió a la cosa-pitón que antes había sido el Hermano Freddy empleando todos sus colmillos con un considerable entusiasmo. Los expertos opinan que Flinsey era probablemente el pharean mientras que el Hermano Freddy era el chelidrid.

En cuanto a la transmutación de Bubba Deeters, está muy clara: el predicador callejero que encontró a Dios en una trinchera empezó a derretirse como un hongo rancio y volvió a tomar forma como una amphisband a rayas verdes con una cabeza en cada extremo. En cuanto el cambio se hubo completado empezó a reptar hacia Vanni Fucci para tomar parte en la diversión.

Los Trillizos del Milagro se convirtieron en unas criaturas viscosas de cuerpo ahusado que salieron disparadas por el aire dejando detrás suyo hilachas de mucosidad verde y se empotraron en la carne de Vanni Fucci. Los eruditos tienen la seguridad de que los Trillizos se habían convertido en lo que Dante y Lucano describieron dándole el nombre de jaculi, pero casi todos los espectadores de la cinta se refieren a ellos como «los cohetes de mocos».

Estas criaturas se lanzaron sobre Vanni Fucci enterrándolo bajo una masa de cuerpos que se retorcían y mordían. Mientras tanto, el resto del escenario y otros lugares también se habían animado bastante.

El Hermano Billy Bob tuvo el tiempo justo para volver a ponerse los auriculares antes de transformarse en lo que un cámara cercano describió más tarde como «… una serpiente de cuatro metros con lepra». Otro cámara —que posteriormente sería despedido por las Iglesias Renacidas dijo que «Billy Bob no sufrió ningún cambio. A mí todos los directores de programa me parecen iguales».

Las Hermanas Donna Lou y Betty Jo cayeron al suelo y un segundo después reptaron hacia el decorado convertidas en dos inmensos gusanos rosados. Se ha escrito mucho sobre el simbolismo fálico encerrado en estas metamorfosis, pero los tres guardias de Seguridad no captaron la ironía de la situación: vaciaron sus revólveres reglamentarios sobre los gusanos y salieron corriendo como si el diablo les pisara los talones.

El público también se vio afectado. Vanni Fucci había dicho que todos los ladrones que se encontraban en un radio de cien metros alrededor suyo cuando blasfemaba sufrían la transformación. De los 319 espectadores que formaban el público de ese día 226 no estaban presentes en forma humana al día siguiente. El auditorio vibró con los gritos lanzados por quienes seguían siendo humanos y veían cómo sus esposos, esposas, parientes o la persona desconocida que tenían al lado se convertía en una serpiente, una salamandra con colmillos, un sapo sin piernas, una iguana gigante, una boa constrictor con cuatro brazos y el surtido habitual de chelidrids, jaculi, phareans, cenchriads y amphisbands. Un estudio realizado un mes después por la Universidad de Alabama demostró que la mayor parte de los ladrones convertidos en reptiles que formaban parte del público trabajaban como vendedores, pero también había otras profesiones que se vieron afectadas: abogados (8), políticos (3), clérigos de otras iglesias (31), psiquiatras (1), ejecutivos de la publicidad (2), jueces (4), médicos (4), agentes de cambio y bolsa (12), propietarios de bienes inmuebles (7), contables (3) y un ladrón de coches que se había metido en el estudio para escapar a los policías (2) de la Patrulla de Carreteras de Alabama que le perseguían.

En menos de diez segundos Vanni Fucci se convirtió en el centro de una masa de escamas y colmillos formada por todas las criaturas de estirpe reptiliana presentes en el auditorio del Centro de Emisiones Bíblicas. El italiano intentó liberarse las manos para hacer otra higa.

El Hermano Freddy hundió sus colmillos de chelidrid rana-toro-pitón en la garganta de Vanni Fucci y el blasfemo se convirtió en una bola de llamas.

La atmósfera del estudio apestaba a azufre y el olor era tan intenso que miles de abonados a la televisión por cable juraron haberlo sentido desde sus hogares.

Toda la masa de reptiles se incendió junto con Vanni Fucci, desapareciendo en un destello verde anaranjado tan poderoso como una explosión de napalm. La conflagración fue tan intensa que dejó una imagen residual de 40 segundos de duración en los tubos vidicón de las cámaras computarizadas RCA.

Cuando se desvaneció el decorado del Club del Desayuno Aleluya estaba totalmente vacío salvo por los restos llameantes del sofá, el escritorio y el sillón de terciopelo hecho pedazos. Los rociadores antiincendios del techo se pusieron en marcha y el «ventanal» estalló en un diluvio de chispas y cristales rotos. El amanecer no sobrevivió a la explosión.

Esa noche el programa Línea nocturna ofreció la cinta de vídeo con lo ocurrido. Según los cálculos de audiencia, la emisión fue seguida por un sesenta por ciento de los espectadores. El doctor Carl Sagan participó en el programa junto con Ted Koppel y dijo que todo lo sucedido podía ser atribuido a causas naturales.

Esa misma semana los Compañeros de Oración del Club del Desayuno Aleluya del Hermano Freddy enviaron Ofrendas de Amor por un total de 23.267.894,79 dólares.

La cifra alcanzada marcó un nuevo récord semanal, superado sólo por la Cruzada de Billy Graham.

FIN

Dan Simmons - Vanni Fucci está vivo, sano y en el infierno
  • Autor: Dan Simmons
  • Título: Vanni Fucci está vivo, sano y en el infierno
  • Título Original: Vanni Fucci Is Alive and Well and Living in Hell
  • Publicado en: Night Visions 5 (1988)
  • Traducción: Albert Solé

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