SE DETUVO. «El otro» se detuvo también. Ahora ya no podía dudarlo. En las madrugadas anteriores se había resistido a penetrar en ese mundo oscuro, nebuloso, hacia donde lo estaban empujando con una fuerza incontenible todas las potencias de su vida. Había sabido resistir. Aún tenía vigor para apretar en su puño la lucidez que se sacudía, que se rebelaba tratando de fugarse por entre sus dedos, persiguiendo un panorama que fue suyo en un tiempo perdido ya, confundido en ese invierno que llovía con dura insistencia sobre el paisaje desolado de la muerte. Él había estado allí, parado bajo esa lluvia, en pie, inconmovible como una estatua, soportando la racha de granizo que le cortaba los párpados mientras su cerebro construía las imágenes, esas imágenes voluptuosas, amargas, que poblaron su mundo. Pero no quería regresar. Aún persistía en su boca un amargo sabor a sal fría, a musgo nuevo; y había creído que la resistencia —aunque dolorosa— sería eficaz. Puso en su rebeldía todo ese poco de vigor que aún le quedaba después de su pasado vacilante. Sin embargo, ahora podía saber que la lucha fue inútil. De nada le valió defenderse como una fiera en retirada y mostrar sus colmillos de perro malherido a los fantasmas del miedo. De nada le valió arrastrarse con las vísceras rotas para ahuyentar los cuervos de la lujuria. Trató de apostarse tras el baluarte de su infancia. Trató de levantar entre su pasado y su presente una trinchera de lirios. Pero fue inútil su lucha, como fueron inútiles los mordiscos que le dio a la tierra de los gusanos para sentir en su lengua esa tibia humedad que no tuvo la leche de su madre. Sí. Ahora ese mundo había venido a él. Se había hecho presente, con toda su realidad indestructible; se había impuesto a su muerte con una fuerza superior a la voluntad. Ahora, a pesar de su resistencia sostenida, sabía que iba a sucumbir. La sed. Allí estaba empujándolo hacia la cal de las paredes esa sed eterna que le llenaba la garganta de su pasado turbio de amaneceres; porque ahora, en esa madrugada definitiva, había que afrontar la terrible verdad que acababa de detenerse a sus espaldas. Era doloroso saber que tenía que quebrar él mismo, con sus propios brazos la cintura de su rebeldía. Tembló el hombre que habitaba dentro de su cuerpo. Permaneció después inmóvil, clavado en ese pedazo de tierra en donde tuvo que detenerse para saber que, en efecto, «el otro» había regresado nuevamente. Sintió en la nuca esa mirada de piedra dura que ya tanto conocía, pero que ahora, desacostumbrado, le caía como un puño de plomo que le obligaba a vacilar, a tambalearse sobre los talones. Allí estaba «el otro». Allí estaba, sin duda, esperando a que él reanudara la marcha para seguirlo, para perseguirlo por las calles recién llovidas. No podía moverse ahora: Tengo que permanecer quieto en este sitio. Esperaré petrificado aunque esta actitud de suspensión se prolongue por siete siglos. Es preferible verme convertido en estatua de sal aquí mismo y no mirar hacia atrás como la mujer bíblica. Tal vez si vuelvo la cabeza voy a encontrarme frente a frente con «el otro». Quizá es el mismo que estuvo persiguiéndome durante los últimos años turbulentos.

Ahora, con la respiración contenida, podía notar que «el otro» respiraba también. No lo había advertido antes. —¿No lo advertiste cuando vino por primera vez y te acompañó por tres años consecutivos? —No. Pero ahora, rodeado de este angustioso silencio, con los nervios hacia atrás, puedo sentir el ritmo lento, pausado, a veces imperceptible, que se deja oír débilmente como desde un pulmón lejano. Pero, después de todo, cualquiera podía asegurar que se trataba de una respiración normal. Nada había en ella de extraordinario a no ser esa lentitud, ese ritmo dolido. —¡Tal vez el otro es un hombre de carne y hueso, un amigo tuyo que quiere jugarte una broma! —No. Es «el otro». Así me lo está confirmando esta brusca oleada caliente que me golpea la nuca. Nadie podría confundir ese olor, ese tufo de alcohol y droguería. Solamente mi propia sombra viva puede traer ese olor.

Porque el miedo se había detenido como una orilla de metal en sus vértebras, podía saber ahora que iba a sucumbir. Un calofrío que nació en sus uñas comenzó a subir livianamente, como un vaho de éter por sus pantorrillas, por sus muslos —¡sus muslos!—, dejando en su rumbo vertical una temblorosa región que más tarde sus pies, sus piernas, no eran ya, los iba convirtiendo en cemento. Sus miembros ágiles y tonificados sino dos columnas de concreto, dos árboles de plomo. Y más arriba, en el vientre, ese vapor se iba haciendo agudo, afilado, hasta convertirse en una dentadura vigorosa que le mordía, que le partía en dos la fruta caliente del corazón. La mano temblorosa buscó la firme vecindad del muro; pero ya fue tarde. Su brazo se perdió allá, en un vacío sin fondo, interminable, como si lo hubiera tendido para agarrar el paladar agrio de la muerte. Las ideas giraban ahora desordenadas dentro de su cabeza. Nadie podría detenerlo en esa caída inevitable. Era como si una mano de hielo, descarnada, lo hubiera empujado al espacio desde la orilla de un precipicio. Se sintió caer indefinidamente hacia un fondo situado en otro tiempo, en un tiempo distinto, olvidado ya. Como si en ese caer desorganizado fuera viendo subir una rápida sucesión de edades que le pertenecieron alguna vez y que ahora se le presentaban con toda su desgarradora verdad, con sus viciosas madrugadas de insomnio. Hacia allá iba él, hacia el fondo del abismo, por una ruta vertical, recta; por una perpendicular de cuatrocientos años. Sí. Era el vértigo. Otra vez el vértigo. —¿Cómo se llamaba el vértigo? —No. No recuerdo. No me pregunten nombres. ¡No me hablen ahora! Quiero que me dejen solo con mi muerte, con esa muerte que yo conocí hace doce años cuando regresaba a casa tambaleando, transfigurado por la fiebre, envuelto en el tibio aliento de ese mundo artificial que era el mío. —¿Tuyo? —Sí. Aquí está, quieto dentro mi bolsillo. ¡Cállate, que se despierta!

¿No estás viendo que el pobrecito está triste porque se le están quebrando los ojos azules? Déjanos aquí, solos, que nos vamos a comer este muslo con nuestra muerte. Mañana pasaré por estas calles con mi pesada irrealidad de sonámbulo, bebiéndome a sorbos la madrugada con mi hambre de animal rebelde; con esta rebeldía que me obligaba a sentirme bello; bello y solo bajo el amargo cielo de la cocaína. No. ¡Tiempo y espacio…! —¿Quién se atrevió a decir esas dos palabras? ¿No se están dando cuenta de que les tengo miedo? Pero no, que no existen. ¡Tiempo y espacio! Espacio y tiempo… Déjalos así, al revés; ¡así me gusta verlos, patas-arriba! —¿Qué diablos busca Ud. aquí? No va a encontrarlo. No encontrará Ud. al vértigo porque ya lo llevé a la cama. Pobrecito. Estaba tan cansado dentro de mi estómago que lo llevé a dormir. Ese es mi vértigo. Ahora, dormido, ha dejado los luceros dentro de sus ojos azules. ¡No te muevas tú! —¿Qué te está pasando en la mejilla izquierda? Perdone, señorita, he olvidado los fósforos. Otro cigarrillo por favor. Gracias. ¿Pero no es Ud. la mujer de la escalera? No. Yo la he visto en otra parte. Tal vez sí… Aquí tienes, éste es el retrato de tu padre muerto. No me preguntes por mi padre que él vivía en el otro mundo. Era un viejo largo y flaco, transparente, que tenía un tic en la mejilla izquierda. Sus ojos eran grandes y fijos. Míralo allí, en el retrato que está contra el muro. ¿No estás viendo que es idéntico? Míralo fijamente y verás que el retrato tiene también un tic en la mejilla izquierda. ¡Pobre viejo! Ahora está frío, allá abajo, hundido en sus gusanos, sonando sus huesos al oído de la muerte. Déjalo tranquilo, que todavía tiene en los muslos sus catorce clavos. Se murió como un cristo con agujas en las piernas mientras la tarde le lloraba crepúsculos por el costado. Pero ahora está dormido como el vértigo. Allí están, juntos como dos hermanos, temerosos de que se les quiebren los ojos azules. Los enterraron mirando hacia arriba. Pero, me olvidaba, estoy hablando con Ud. sin conocerla. ¿No es Ud. la mujer de la escalera? Tiempo y espacio. Ah, Ud. también sabe esa canción! ¿Pero por qué lo dice así? —Espacio y tiempo… Así sí; ¡cómo me gusta verlos patas-arriba!

Ahora era otro. El corazón que hacía un instante palpitaba agitadamente dentro de su pecho empezó a desaparecer. Una ola de beatitud, de tranquilidad, invadía su espíritu y lo hacía sentirse liviano, aéreo, como si la fuerza de gravedad hubiera dejado de ejercer influencia sobre su cuerpo. Olvidó —ahora sí— que a sus espaldas estaba «el otro» aguardando a que él iniciara la marcha. Prefería permanecer así, esperando a que su padre saliera de esa muerte en donde lo tenían hundido sus retratos y empezara a crecer desmesuradamente. Sí. Era bello su padre cuando descendía del marco y venía a sentarse al borde de su cama. Él lo veía otra vez —como lo había visto furtivamente en la infancia— clavándose la aguja para depositar el germen del sueño dentro de su muslo. Su rostro iba adquiriendo el color de una tierra sucia, plomiza, y su cuerpo se hacía gigante dentro de la habitación. Él adivinaba el cuerpo que iba creciendo, tomando formas arbitrarias, ramificándose contra el techo que empezaba a vacilar. Sentía un buen orgullo filial de verlo estirarse de vivir el momento en que su padre empujara el cielo de la casa que ya se estaba derrumbando estrepitosamente. Su padre no era entonces su padre. Era un hombre alto y afilado; doloridamente afilado como tallado en un grito. Lo oía cantar con sus pulmones poderosos a los cuatro vientos cardinales, estremeciendo con su voz la bien enterrada raíz de los árboles, confundiendo a los hombres, convirtiendo en polvo las ciudades, tumbando las Iglesias desde la altura de su puño para agasajar con un estremecimiento de campanas su tremenda alegría de niño bárbaro. Allá iba la frente empinada cada vez con más fuerza, ahuyentando las palomas con su viaje hacia arriba, en busca del cielo alto y oscuro, ese cielo de cenizas apagadas, turbio, deslucerado, que agitaba sus enormes alas, sus monstruosas alas de murciélago sobre los hombros invencibles. ¡Ah, su padre era el dueño del mundo! Sobre la tierra destruida sólo quedaba él, desolado, modificando las cosas, distribuyendo los ríos, los mares, cada vez más insatisfecho de su obra como un dios aburrido en la primera mañana del diluvio.

Pero ese crecimiento durará sólo unos breves segundos. Ya lo veía descender. Pronto se convertiría en un ser pequeño, mínimo, que se desdoblaría y se multiplicaría por todos los rincones de la habitación en un puñado de figuras iguales, idénticas, movedizas, que correrían desordenadamente, como hormigas dispersas por el fuego. A él le gustaba asistir a esa fiesta monstruosa; sentía un positivo placer, un placer irracional, cuando veía a su padre multiplicado. Sentía la satisfacción de perseguir ese ejército de liliputienses que se aglomeraba con terror en los rincones, mirándolo a él con sus ojillos agudos, maliciosos, tropezando unos contra otros, multiplicándose cada vez más hasta llenar por completo la habitación. La primera vez se sintió desconcertado; pero ahora tenía ya familiaridad con ese espectáculo diario. Ya no le admiraba ver a su padre por todas partes, en las mesas, debajo de las camas, sobre los libros, huyendo despavorido por la ratonera. Por el contrario: ya no podía vivir sin esa fiesta cotidiana. Era una satisfacción de niño grande la que sentía cuando lograba agarrar a diez, a quince de esos muñecos diminutos en la palma de la mano y levantarlos hasta la altura de sus ojos. Los veía mejor así. Gozaba con esa expresión de terror que contraría el rostro de los liliputienses cuando trataban de sostener el equilibrio para no resbalar hasta la tierra. Todos eran iguales, exactamente iguales: pálidos, terrosos, con el mismo tic nervioso que tuvo su padre y que tuvo después el retrato de su padre en la mejilla izquierda. Todos los muslos amoratados, llenos de agujeros profundos, olorosos a alcohol, a drogas nocturnas. ¡Con qué satisfacción los veía temblar cuando empezaba a encoger los dedos, a cerrar la mano para apretarlos, para destruirlos dentro de su puño! Era curioso verlos correr con aquella rapidez por entre los muebles, ahogarse en las peceras, ser devorados por los peces hambrientos. Su padre, multiplicado, era entonces una asquerosa invasión de ratones.

Ahora comprendía todo perfectamente. El regreso de «el otro» implicaba el regreso de todas esas sensaciones morbosas cuya dolorosa experiencia, aun después de la regeneración, seguía empujándolo con una fuerza irrevocable hacia la desgarradora comarca de la fiebre. Trató de recordar cuándo vio a «el otro» por primera vez, pero el vértigo seguía, seguía llegando a su estómago, girante, intermitente. Trató de agarrarse con una desesperación de animal dolorido a una sola idea, a un mástil en medio de aquella angustiosa tempestad cerebral, pero todas se fugaban rápidas, confundidas en una desordenada vorágine de recuerdos. El mundo cedió bruscamente bajo su cuerpo y la soga se apretó —otra vez, como la primera noche— alrededor de su garganta. No. Esta vez no puede fallar. Aquí está mi oído esperando el momento en que se desarticulen las vértebras cervicales. Hoy sí quiero oír ese crujido tremendo. Así. Así… Perdone, ¿no es Ud. la mujer de la escalera? Tiempo y espacio. No. Así no. Espacio y tiempo… ¡Así, patas-arriba! ¡Qué bien! Nadie diga ahora que soy un cobarde, que no fui capaz de colgarme de un árbol, de una viga, para que se me rompiera definitivamente la columna vertebral. «¡Somos los marihuanos, somos los invertidos!» —¿Quién está diciendo «eso» a mis espaldas? Hoy no vendrá la mujer. No. Que se vaya con su escalera a otra parte. Mañana me encontrarán colgado del techo como una fruta, con la voz quebrada por la soga. Entonces sí podré decir: tiempo y espacio… No: ¡espacio y tiempo, bellamente, patas-arriba! Ya debo de estar muerto. Hace rato que estoy colgado de esta soga, balanceándome en el aire. Ya estoy frío. Caramba, si casi me estoy pudriendo. Ahora nadie vendrá con su coro de voces sonámbulas a gritarme en las orejas: «¡Somos los marihuanos…!» Afuera oyó voces que lo llamaban angustiadamente por su nombre con un acento casi maternal y unos golpes fuertes dados por un hombro seguro, hacían temblar las paredes de la habitación. ¡Lo de siempre! Alguien sintió el ruido y los vecinos se congregaron en la casa. Esta vez, como las otras veces, caerían las puertas bajo el peso de todos los hombros que estaban allí, empujando firmemente, decididamente, tratando de arrebatárselo a la muerte. —¡Qué cobarde, qué bruto soy! ¡Y todo por mi debilidad! Por tenerle miedo a ese círculo de frío que se detuvo un instante en mi sien dispuesto a quebrarme los temporales. Tal vez hubiera sido más propio de mi dignidad el que me hubieran encontrado con la cabeza hundida en un espejo de sangre. Tal vez hubiera sido mejor agasajar el olfato de la muerte con una rosa de pólvora.

Aquella vez empezó a notar la presencia de «el otro». Lo imaginaba en todas partes. Metido en los rincones, detrás de las puertas; espiando cada uno de sus gestos, cada movimiento suyo. Alcanzaba a ver la forma escurridiza, la huida precipitada. En el comedor «lo» veía fugarse después de haber derramado un frasco de láudano sobre los alimentos. Estaba en todas partes, multiplicado, desdoblado como su padre: en la casa, en la ciudad, en el mundo entero. De noche «lo» oía, jadeante, tratando de derrumbar las paredes para penetrar hasta su pieza y estrangularle, para clavarle agujas calientes en los párpados, para quemarle las plantas de los pies con sus hierros al rojo. No. No puedo dormir esta noche. «El otro» aprovechará el momento en que me quede dormido para derribar las puertas y entrar a coserme las sábanas. Yo lo he sentido tratando de meterme espinas de naranjos entre las uñas y la piel. Tengo que defenderme. Tengo que clavar esta puerta, poner dos tablas gruesas, en cruz, para que no pueda entrar. Aquí pongo un candado, por dentro. Aquí otro. Y otro. Hoy mismo voy a poner una docena de candados. ¡Mil candados! Y en derredor de la cama levantaré una barricada, una verdadera trinchera.

Haré colocar una campana en el centro de la habitación. Pero, ¿dónde vas a conseguir una campana? ¿Quién está allí en ese rincón, haciéndome preguntas? ¡Quién! Una campana. Una campana. ¡Una campana! ¿Por qué la palabra «campana» sonará como campanas? ¿Que dónde voy a conseguir una campana? Señorita, quiero comprar una campana. Para sentir a «el otro» cuando venga a estrangularme. Véndame una docena de campanas. Pero, ¿no es Ud. la mujer de la escalera? ¡Una campana! ¡Qué linda palabra! Señorita, ¿puede Ud. decirme de qué color son las palabras? Hay palabras que se quiebran como las campanas. ¿Qué dice? ¿Que estoy loco? ¡Bah! Una… ¿Pero estaré loco? Loco en el tiempo y en el espacio! Espacio y Tiempo… ¡Así, con mayúsculas y patas arriba! —¿Pero no ve Ud. que «el otro» viene para acá? No le haga Ud. caso si le pregunta por la mujer de la escalera.

Pero fue una madrugada, como ahora, cuando logró sentir a «el otro» físicamente. Una madrugada en que al regresar a casa tuvo la sensación de seguridad de que alguien lo seguía. Se detuvo «el otro» —como ahora se detuvo también. Silencio. Nadie rompía aquella paz tremenda, aquella quietud desesperante. Todavía tendría que caminar dos, tres cuadras más. Era el recorrido acostumbrado de la taberna a la casa. Ese recorrido que había hecho él todas las madrugadas, sin preocupación, casi automáticamente. Pero ahora sabía que alguien estaba parado, duro, a sus espaldas. Aguardó un instante tratando de contener la respiración agitada, esforzándose por detener ese puño de sangre que se le venía a la cabeza. El oído —ese oído suyo capaz de captar la caída de un alfiler— estaba atento a todas las señales. Un reloj lejano golpeó las tres de la madrugada. Fueron tres golpes lentos, pausados, que resonaron en su oído esperanzadamente como si hubieran sido dados por un campanero vivo que se hubiera propuesto despertarlo de su miedo. ¡Había sentido miedo! Miedo, yo. ¡Yo que me enfrenté tres veces a las muertes de todos los colores y siempre regresé ileso del encuentro! Empezó a reaccionar. ¿No pudo ser acaso una ilusión de mis oídos supersensitivos o una burla miserable de mi sistema nervioso? Era necesario seguir caminando. Tengo que recorrer esas dos cuadras. Vencer este miedo que me tiene paralizado como a un niño idiota.

Lenta pero resueltamente reanudó la marcha. «El otro» la reanudó también. Sintió con claridad las pisadas sobre el pavimento. Eran dos golpes unísonos, simultáneos, exactos. Sí. Alguien lo venía siguiendo. Ahora no lo sentía como las veces anteriores. Ahora lo oía, casi podía palparlo a sus espaldas. Una fuerza sobrenatural lo empujó, lo obligó a correr por la calle deshabitada. Se contuvo. Permaneció inmóvil, paralizado por largo tiempo. No podía recordar por cuánto tiempo, pero en medio de ese desorden de recuerdos había algo que recordaría siempre: ese golpe de frío que le escupió el rostro cuando, rápidamente, giró sobre sus talones y se encontró de caras con «el otro». ¡Lo que vio no podría olvidarlo en el resto de sus años!

La soga se apretó a su garganta, ahora sí, definitivamente. Sintió el crujido, el golpe tremendo de las vértebras cervicales que se desarticularon. En la pieza vecina alguien decía no sé qué cosas absurdas: algo relacionado con la mujer de la escalera. Y una voz empezó a llamarlo insistentemente por su nombre como desde el fondo de una mordaza. Era una voz conocida, casi amiga; la voz de «el otro» que se perdía allá abajo, profundamente, en el fondo turbio de su fiebre. Y aquella vez —como ahora— se agarró a los flancos de la muerte como un hombre derrumbado, como un perro vencido.

1948

© Gabriel García Márquez: Tubal-Caín forja una estrella. Publicado en El Espectador, 17 de enero de 1948.

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