—Herejía —me dijo, y las fétidas aguas de su estanque se agitaron con un suave chapoteo.

—¿Otra? —dije yo con voz cansada—. Hay muchas últimamente.

Mi Señor Comandante no quedó muy complacido ante mi comentario. Cambió pesadamente de posición, haciendo que en el estanque nacieran pequeñas olas. Una de ellas logró rebasar el borde, y una cortina de agua se deslizó sobre las baldosas de la cámara de recepción. Mis botas se volvieron a mojar. Lo acepté con filosofía. Me había puesto mis peores botas, plenamente consciente de que el mojarse los pies era una consecuencia inevitable al visitar a Torgathon Nueve-Klariis Tûn, anciano de los ka-Thane y asimismo arzobispo de Vess, muy santo padre de los Cuatro Votos, gran inquisidor de la orden Militante de los Caballeros de Jesucristo y consejero de su santidad el papa Daryn XXI de Nueva Roma.

—Padre, aunque el número de las herejías fuera tan grande como el de las estrellas en el cielo, no disminuye por ello el peligro individual que cada una supone —dijo solemnemente el arzobispo—. Como caballeros de Cristo, nuestra labor es combatirlas a una y a todas. Y debo añadir que esta nueva herejía es especialmente pecaminosa.

—Sí, mi Señor Comandante —repliqué yo—. No tenía intención de tomarla con ligereza. Os pido disculpas. La misión de Finnegan fue agotadora. Había albergado la esperanza de poder contar con un permiso para ausentarme de mis deberes. Necesito descansar un tiempo para pensar y recuperarme.

—¿Descansar? —El arzobispo se movió nuevamente en su estanque, desplazando apenas unos centímetros su inmensa masa, pero fue lo suficiente para que cayera más agua en el suelo. Sus negros ojos carentes de pupila me contemplaron pestañeando—. No, padre, me temo que eso queda fuera de cuestión. Vuestras habilidades y vuestra experiencia son vitales para esta nueva misión. —Su voz de bajo pareció suavizarse un poco al decir—: No he tenido tiempo de examinar vuestros informes sobre Finnegan. ¿Cómo fue vuestro trabajo?

—Mal —contesté yo—, aunque creo que con el tiempo acabaremos prevaleciendo. La Iglesia es fuerte en Finnegan. Cuando nuestros intentos de reconciliación fueron desdeñados, distribuí un poco de dinero en las manos adecuadas, y conseguimos cerrar el periódico de los herejes así como sus emisoras. Nuestros amigos se aseguraron también de que todas sus acciones legales no tuvieran efecto.

—No creo que eso deba ser descrito como mal dijo el arzobispo. Habéis ganado una considerable victoria para el Señor y la Iglesia.

—Hubo disturbios, mi Señor Comandante —dije yo—. Más de cien herejes fueron muertos y también murieron una docena de los nuestros. Me temo que habrá más violencia antes de que el asunto termine. Si se atreven a entrar en la ciudad donde la herejía ha echado raíces, nuestros sacerdotes serán atacados. Sus líderes arriesgan la vida si dejan esa ciudad. Tenía la esperanza de poder evitar tales odios y el consecuente derramamiento de sangre.

—Comprensible, pero poco realista —dijo el arzobispo Torgathon. Me miró, pestañeando de nuevo, y recordé que entre la gente de su raza, eso era una señal de impaciencia—. A veces hay que derramar la sangre de los mártires y también la de los herejes. ¿Qué importa que una criatura pierda su vida siempre que salve su alma?

—Ciertamente —asentí.

Pese a su impaciencia Torgathon me estaría sermoneando durante una hora más si le daba ocasión para ello. Semejante idea me parecía insoportable. La cámara de recepción no había sido diseñada para la comodidad de los seres humanos y no tenía deseos de permanecer en ella más tiempo del necesario. Los muros eran húmedos y mohosos, el aire caliente y opresivo, cargado con el característico olor a manteca rancia de los ka-Thane. La tela de mi casulla estaba empezando a irritarme el cuello, y estaba sudando. Tenía los pies completamente empapados y me empezaba a doler el estómago.

Decidí abordar el asunto que motivaba mi visita.

—Mi Señor Comandante, ¿habéis dicho que esta nueva herejía es particularmente pecaminosa?

—Lo es —dijo él.

—¿Dónde ha empezado?

—En Arión, un mundo que está a unas tres semanas de Vess. Es un mundo totalmente humano. No logro entender cómo los humanos podéis ser tan fáciles de corromper. Cuando un ka-Thane encuentra la fe casi nunca la abandona.

—Es algo bien sabido —repliqué yo cortésmente.

No mencioné que la cantidad de ka-Thanes que encontraban la fe era casi ínfima. Era una raza lenta y pesada, y la inmensa mayoría de los varios millones que componían su pueblo, no mostraba el menor interés en aprender costumbres distintas de las suyas ni en seguir ningún credo que no fuera el de su vieja religión. Torgathon Nueve-Klariis Tûn era toda una anomalía. Se encontraba entre los primeros conversos cuando, casi dos siglos antes, el papa Vidas L había decretado que los no humanos también podían servir en el clero. Dada su gran longevidad, y la férrea certeza de sus creencias, no resultaba extraño que Torgathon hubiera llegado tan lejos, a pesar de que sólo unos mil miembros de su raza le habían seguido al seno de la Iglesia. Tenía ante él, como mínimo, un siglo de vida. Sin duda, algún día sería el cardenal Torgathon Tûn, si conseguía sofocar el número suficiente de herejías. Los tiempos que corren son así.

—Tenemos escasa influencia en Arión —estaba diciendo el arzobispo. Al hablar movía los brazos, cuatro pesados garrotes de carne grisverdosa que agitaban el agua, y los cilios de un blanco grisáceo que tenía alrededor de su orificio respiratorio se estremecían a cada palabra—. Unos cuantos sacerdotes, algunas iglesias, unos pocos creyentes pero ningún poder con el cual se pueda contar. Los herejes ya nos superan en número. Confío en vuestro intelecto y astucia. Convertid esta calamidad en un triunfo. Esta herejía es tan palpable que os resultará fácil demostrar su falsedad. Puede que algunos de los engañados vuelvan al auténtico camino.

—Ciertamente —dije yo—. ¿Y cuál es la naturaleza de dicha herejía? ¿Qué falsedad debo demostrar?

Sirve como triste indicación de cuán tambaleante estaba ya mi fe el que deba añadir que, realmente, no me importaba. Había tratado ya con demasiadas herejías. Sus creencias y sus interrogatorios resuenan en mi cabeza y turban mi sueño por la noche. ¿Cómo puedo estar seguro de mi propia fe? El mismo edicto que había admitido a Torgathon en el seno del clero había hecho que media docena de mundos repudiaran al obispo de Nueva Roma, y quienes habían seguido ese camino pensaban que era una herejía particularmente repugnante que ese gigantesco alienígena desnudo (a excepción de un alzacuello mojado) que flotaba ante mí, blandiera la autoridad de la Iglesia en sus cuatro grandes manos palmeadas. La cristiandad es la mayor de las religiones humanas, pero eso no quiere decir gran cosa. Los no cristianos nos superan por cinco a uno, y existen más de setecientas sectas cristianas, algunas casi tan poderosas como la Única y Auténtica Iglesia Interestelar Católica de la Tierra y de los Mil Mundos. Incluso Daryn XXI, a pesar de todo su poder, no es más que uno de los siete que se atribuyen el título de papa. En tiempos, mis creencias eran fuertes, pero he frecuentado demasiados herejes e incrédulos, e incluso ahora mis plegarias son incapaces de alejar mis dudas. Por lo tanto, no sentí horror, sino sólo un repentino interés intelectual cuando el arzobispo me explicó cuál era la naturaleza de la herejía de Arión.

—Han convertido en santo a Judas Iscariote —me dijo.

Como veterano de los inquisidores entre los caballeros, estoy al mando de mi propia nave espacial, la cual me he complacido en bautizar Verdad de Cristo. Antes de que me la asignaran se llamaba Santo Tomás, por el apóstol, pero me pareció que un santo famoso por sus dudas no era un patrono muy adecuado para una nave que debía luchar contra la herejía. No tengo que desempeñar labor alguna a bordo de la Verdad de Cristo, que está tripulada por seis hermanos y hermanas de la orden de San Cristóbal el viajero y capitaneada por una joven a la que aparté del comercio mercante.

Por lo tanto, pude consagrar las tres semanas enteras que duraba el viaje de Vess hasta Arión al estudio de la Biblia hereje, un ejemplar que me había sido entregado por el ayudante administrativo del arzobispo. Era un libro grueso y pesado, muy bello, encuadernado en cuero oscuro y con los cantos sobredorados, con muchas y espléndidas ilustraciones interiores a todo color con relieve holográfico. Era un trabajo notable y estaba claro que lo había realizado un amante del casi olvidado arte de hacer libros. Las pinturas reproducidas dentro, y cuyos originales podían, según tenía entendido, hallarse en los muros de la casa de San Judas en Arión, eran magistrales aunque blasfemas, y como obras de arte estaban a la altura de las de Tarmerwen y RoHalliday que adornan la gran catedral de San Juan en Nueva Roma.

En el interior del libro había un imprimatur indicando que había sido aprobado por Lukyan Hijo de Judas, primer estudioso de la orden de San Judas Iscariote.

Se llamaba El camino de la Cruz y el Dragón.

Lo leí mientras la Verdad de Cristo se deslizaba por entre las estrellas. Al principio tomaba copiosas notas para entender mejor la herejía que debía destruir, pero luego se hicieron más escuetas, tan absorto me tenía la grotesca, extraña y retorcida historia que narraba. Las palabras de ese texto estaban dotadas del poder y la pasión de la poesía.

Así fue como me encontré por vez primera con la sorprendente figura de San Judas Iscariote, un ser humano complejo, ambicioso, contradictorio y totalmente extraordinario.

Hijo de una ramera, nació en la fabulosa ciudad estado de la antigua Babilonia el mismo día en que nació el Salvador en Belén. Pasó su niñez en callejones, viviendo en el arroyo, vendiendo su cuerpo cuando lo necesitaba y el de otros cuando se hizo mayor. De joven empezó a experimentar con las artes ocultas y antes de los veinte años era un hábil nigromante. Fue entonces cuando se convirtió en Judas el Domador de Dragones, el primer y el único hombre que pudo doblegar a su voluntad a la más temible de todas las criaturas de Dios: los grandes lagartos alados que respiraban fuego de la Vieja Tierra. El libro contenía una maravillosa pintura de Judas en una enorme caverna, con los ojos centelleantes mientras blandía un látigo reluciente con el cual mantenía alejado a un dragón verde y oro grande como una montaña. Bajo su brazo había una cesta de mimbre con la tapa ligeramente levantada y por la que asomaban las diminutas cabezas escamosas de tres crías de dragón. Sobre su manga se arrastraba una cuarta cría. Eso ocurrió en el primer capítulo de su vida.

En el segundo capítulo, era Judas el Conquistador, Judas el Rey de los Dragones, Judas de Babilonia, el Gran Usurpador. Montando el más grande de sus dragones, con una corona de hierro en la cabeza y una espada en la mano, hizo de Babilonia la capital del mayor imperio que la Vieja Tierra había conocido, un reino que se extendía desde España hasta la India. Reinaba sobre un trono con forma de dragón en mitad de los jardines colgantes que había hecho construir, y fue allí donde estuvo sentado mientras juzgaba a Jesús de Nazaret, el molesto profeta que había sido llevado a rastras ante él, atado y cubierto de sangre. Judas no era un hombre paciente, y antes de terminar con él, hizo que Cristo sangrara todavía más. Y cuando Jesús se negó a responder a sus preguntas, Judas, lleno de desprecio, lo hizo arrojar a las calles, no sin antes ordenar a sus guardias que le cortaran las piernas.

—Curandero, cúrate a ti mismo —le dijo.

Luego vino el arrepentimiento, la visión en la noche, y Judas Iscariote abandonó su corona, sus oscuras artes y sus riquezas para seguir al hombre al que había lisiado. Despreciado y objeto de mofa por aquellos a quienes había tiranizado, Judas se convirtió en las piernas del Señor, y durante un año llevó a Jesús sobre sus espaldas hasta los rincones más lejanos del reino que antes había gobernado. Cuando finalmente Jesús se curó a sí mismo, entonces Judas caminó a su lado y desde entonces fue el amigo íntimo y el consejero de Jesús, el primero y más destacado de los doce apóstoles. Por último, Jesús le dio a Judas el don de lenguas, llamó y santificó a los dragones que Judas había expulsado, y envió a su discípulo para que partiera en solitario llevando su ministerio a través de los océanos: «Para extender mi palabra allí donde yo no puedo ir».

Luego llegó el día en el que el sol se oscureció al mediodía y el suelo tembló, y Judas hizo que su dragón girara sobre sus inmensas alas y volvió volando a través de los mares enfurecidos. Pero cuando llegó a la ciudad de Jerusalén, encontró a Cristo muerto en la cruz.

En ese instante su fe vaciló, y durante los siguientes tres días, la gran ira de Judas fue como una tormenta que devastó el mundo antiguo. Sus dragones arrasaron el Templo de Jerusalén, expulsaron a la gente de la ciudad y atacaron igualmente las grandes sedes de poder que eran Roma y Babilonia. Y cuando encontró a los demás apóstoles, les interrogó y llegó a enterarse de cómo uno de ellos, alguien que tenía el nombre de Simón —llamado Pedro—, había traicionado por tres veces al Señor, le estranguló con sus propias manos y entregó su cuerpo a los dragones. Luego envió a esos mismos dragones para que creasen incendios en todo el mundo, piras funerarias por Jesús de Nazaret.

Y al tercer día Jesús resucitó y Judas lloró, pero sus lágrimas no lograron aplacar la ira de Cristo, pues en su furia, Judas había olvidado todas sus enseñanzas.

Así pues, Jesús hizo regresar a los dragones y éstos volvieron, apagándose los fuegos allí donde habían nacido. Jesús sacó a Pedro de los vientres de los dragones, restaurándole de nuevo y dándole dominio sobre la Iglesia.

Luego los dragones murieron, pero no sólo aquellos sino los de todo el mundo, pues eran el sello viviente del poder y la sabiduría de Judas Iscariote, el cual había cometido un gran pecado. Entonces Jesús le quitó a Judas el don de lenguas y el poder de curar que le había otorgado, e incluso le quitó la vista, pues Judas había actuado como un ciego (había una preciosa pintura del Judas ciego llorando sobre los cuerpos de sus dragones). Y le dijo a Judas que durante milenios se le recordaría sólo como el traidor, y la gente maldeciría su nombre, y todo lo que había sido y hecho sería olvidado.

Pero como Judas le había amado tanto, Cristo le dio como merced una vida muy larga durante la cual podría viajar, pensar en sus pecados y alcanzar finalmente el perdón; sólo entonces, moriría.

Y ése fue el inicio del último capítulo de la vida de Judas Iscariote aunque, a decir verdad, era un capítulo muy largo. Él, que había sido rey de los dragones y amigo de Cristo, se convirtió en un viajero ciego, un exiliado sin amigos que vagaba por los fríos senderos de la Tierra, viviendo incluso cuando todas las ciudades, la gente y las cosas que había conocido no existían ya. Y Pedro, el primer papa y su eterno enemigo, siguió divulgando la historia de cómo Judas había vendido a Cristo por treinta monedas de plata, hasta que Judas ya ni siquiera se atrevió a utilizar su verdadero nombre. Durante una época se hizo llamar solamente el Judío Errante y luego usó muchos nombres más.

Vivió más de mil años y llegó a ser un gran predicador. Curó a la gente, y se hizo amigo de los animales, y fue cazado y perseguido cuando la Iglesia fundada por Pedro se hinchó de orgullo y corrupción. Pero él tenía mucho tiempo. Finalmente encontró la sabiduría, y se sintió en paz consigo mismo y por último Jesús vino a él en su lecho de muerte. Después de tanto tiempo se reconciliaron y Judas volvió a llorar. Antes de que muriera, Cristo le prometió que permitiría que unos pocos supiesen quién había sido Judas y qué había hecho, y con el paso de los siglos se difundiría esa nueva hasta que por fin se olvidara la mentira de Pedro.

Así era la vida de san Judas Iscariote, tal como se la relataba en El camino de la Cruz y el Dragón. También estaban allí sus enseñanzas y los libros apócrifos que se suponía había escrito.

Cuando terminé la lectura del volumen se lo presté a la capitana de la Verdad de Cristo, Arla-k-Bau. Arla era una mujer delgada y pragmática que no tenía ninguna fe en particular, pero yo valoraba su opinión. El resto de mi tripulación, los buenos hermanos y hermanas de san Cristóbal, se habrían limitado a reflejar el mismo horror religioso que el arzobispo.

—Interesante —dijo Arla cuando me lo devolvió.

—¿Eso es todo? —dije yo con una risita.

Ella se encogió de hombros.

—La historia es bonita. Es más fácil de leer que vuestra Biblia, Damien, y también resulta más dramática.

—Cierto —admití yo. Pero es absurda. Es un increíble enredo de doctrinas, libros apócrifos, mitología y superstición. Sí, ciertamente es muy entretenida. Tiene mucha fantasía y es osada. Pero ¿no te parece ridícula? ¿Cómo se puede dar crédito a esos dragones? ¿Un Cristo sin piernas? ¿Pedro recompuesto de nuevo tras haber sido devorado por cuatro monstruos?

En la sonrisa de Arla había algo de burlón desafío.

—¿Acaso eso resulta más estúpido que ver agua cambiada en vino, o a Cristo caminando sobre las olas, o a un hombre viviendo en el vientre de un pez?

A Arla-k-Bau le gustaba burlarse de mí. Cuando contraté como mi capitana a una incrédula se armó un escándalo, pero era muy buena en su trabajo y me gustaba tenerla junto a mí para mantenerme alerta. Arla tenía una buena mente y yo valoro más eso que la obediencia ciega. Quizá ése fuera mi pecado.

—Hay una diferencia —dije yo.

—¡La hay! —replicó ella secamente. Sus ojos podían ver tras mi máscara—. Ah, Damien, admítelo. Este libro te ha gustado bastante.

Tosí levemente.

—Despertó mi interés —reconocí. Pero me sentí obligado a justificarme—: Ya sabes con qué clase de asuntos trato normalmente. Desviaciones doctrinales horriblemente aburridas, oscuras discusiones teológicas que nadie sabe cómo han llegado a tan desproporcionados excesos, claras maniobras políticas dirigidas a convertir a un ambicioso obispo planetario en el nuevo papa, o a forzar una concesión y otra por parte de Nueva Roma o Vess. La guerra es interminable, pero las batallas son sucias y tediosas. Me cansan espiritual, física y emocionalmente. Luego me siento agotado y culpable. —Di unos golpecitos en las tapas de cuero del libro. Esto es diferente. La herejía debe ser aplastada, por supuesto, pero admito que tengo ansiedad por conocer a ese Lukyan Hijo de Judas.

—El trabajo artístico es también muy hermoso —dijo Arla.

Pasó rápidamente las páginas de El camino de la Cruz y el Dragón, y se detuvo para estudiar una lámina especialmente notable. Creo que era Judas llorando por sus dragones. Sonreí al ver que la afectaba tanto como a mí. Luego fruncí el ceño.

Éste fue el primer indicio que tuve de todas las dificultades que me aguardaban.

Así fue como la Verdad de Cristo llegó a la ciudad de porcelana llamada Armadon, en el mundo de Arión, donde tiene su casa la orden de San Judas Iscariote.

Arión era un mundo plácido y agradable que llevaba tres siglos habitado. Los tres últimos siglos. Su población estaba por debajo de los nueve millones y Armadon, la única ciudad digna de tal nombre, albergaba a dos de esos millones. El nivel tecnológico era medio alto, aunque básicamente importado. Arión tenía poca industria y no era un mundo muy innovador, excepto quizá artísticamente. Las artes eran aquí muy importantes: poseían gran vitalidad y eran florecientes. La libertad religiosa era una de las creencias básicas de la sociedad, pero Arión no era tampoco un mundo religioso y la mayor parte de su población llevaba vidas profundamente secularizadas. La religión más popular era el Esteticismo, que a duras penas puede considerarse como tal. Había también taoístas, Erikaners, Viejos Cristianos Auténticos e Hijos del Soñador, así como una docena de sectas menores.

Y, finalmente, había nueve iglesias de la Única y Auténtica Iglesia Interestelar Católica. Antes había doce.

Las otras tres eran ahora casas de la fe que crecía más rápidamente en Arión, la orden de San Judas Iscariote, la cual también poseía una docena de iglesias propias recientemente construidas.

El obispo de Arión era un hombre severo y moreno con una rala cabellera negra y no pareció nada feliz al verme.

—¡Damien Har Veris! —exclamó con cierta sorpresa cuando le visité en su residencia—. Habíamos oído hablar de vos, claro, pero jamás pensé que llegaría a conoceros o a ser vuestro anfitrión. Somos pocos aquí…

—Y estáis disminuyendo —dije yo—. Algo que preocupa a mi Señor Comandante, el arzobispo Torgathon. Al parecer, excelencia, vos no estáis tan turbado, dado que no os ha parecido oportuno informar sobre las actividades de esa secta que adora a Judas.

Durante unos segundos pareció algo irritado ante mis palabras, pero logró dominarse rápidamente. Incluso un obispo puede temer a un caballero inquisidor.

—Naturalmente que estamos preocupados —dijo—. Hacemos cuanto podemos para combatir la herejía. Si tenéis algún consejo que pueda ayudarnos, nos alegrará enormemente oírlo.

—Soy un inquisidor de la orden militante de los Caballeros de Jesucristo —dije yo con cierta sequedad—. Excelencia, yo no doy consejos. Actúo. Para ello he sido enviado hasta aquí y eso es lo que pretendo hacer. Ahora, decidme cuanto sepáis sobre esta herejía y sobre su primer estudioso, ese tal Lukyan Hijo de Judas.

—Por supuesto, padre Damien —replicó el obispo.

Le hizo una seña a un sirviente para que nos trajera una bandeja con queso y vino y luego empezó a resumirme la corta pero explosiva historia del culto a Judas. Yo le escuché, puliéndome las uñas en las solapas carmesíes de mi chaqueta hasta dejar bien brillante el esmalte negro, e interrumpiéndole de vez en cuando con alguna pregunta. A mitad de su relato ya estaba decidido a visitar personalmente a Lukyan. Me pareció la mejor línea de acción.

Y era algo que tenía decidido desde el principio.

Según tenía entendido, y las apariencias eran importantes en Arión, estimé necesario impresionar a Lukyan con mi persona y mi cargo. Me puse mis mejores botas, un oscuro y lustroso par hecho a mano con cuero romano que jamás habían pisado el interior de la cámara de recepción de Torgathon, y un severo traje negro con las solapas rojo oscuro, así como un alzacuello almidonado. De mi cuello colgué un espléndido crucifijo de oro puro; mi alfiler para el alzacuello era una espada de oro que hacía juego con el crucifijo y que era la insignia de los caballeros inquisidores. El hermano Denis me pintó cuidadosamente las uñas dejándolas negras como el ébano y también me ensombreció los ojos, usando luego un fino polvo blanco para mi rostro. Cuando me miré al espejo hasta yo mismo sentí miedo. Sonreí, pero sólo por un segundo. Echaba a perder el efecto.

Fui andando hasta la casa de san Judas Iscariote. Las calles de Armadon eran espaciosas avenidas de color dorado y estaban bordeadas por árboles escarlata llamados «susurros del viento», cuyos largos zarcillos parecían realmente susurrarle secretos a la suave brisa. La hermana Judith me acompañó. Es una mujer de baja estatura, delgada y de aspecto frágil, incluso cuando lleva el hábito y la cogulla de la Orden de San Cristóbal. Su rostro es apacible y refleja bondad, tiene los ojos muy grandes y parece tan joven como inocente. Me resulta muy útil. Cuatro veces ha matado ya a quienes intentaron agredirme.

La casa era de construcción reciente. Grande y señorial, se alzaba entre jardines de pequeñas flores brillantes y mares de hierba dorada, y los jardines estaban rodeados por un gran muro. La parte exterior de éste se hallaba cubierta con frescos, así como el exterior del mismo edificio. Reconocí unos cuantos gracias a El Camino de la Cruz y el Dragón, y me detuve unos instantes para admirarlos antes de cruzar la entrada principal. Nadie intentó detenernos. No había centinelas, ni siquiera un recepcionista. Una vez dentro de los muros, vimos a unos hombres y a unas mujeres que andaban lánguidamente por entre las flores; otros estaban sentados en unos bancos, bajo los palos de plata y los «susurros del viento».

La hermana Judith y yo nos detuvimos un segundo y luego fuimos directamente hacia la casa.

Apenas habíamos empezado a subir los peldaños, cuando un hombre salió de la casa y se quedó esperándonos en el umbral. Era rubio y algo grueso, lucía una larga barba que encuadraba una sonrisa algo perezosa, y vestía una túnica muy delgada que le llegaba hasta los pies, calzados con sandalias. Sobre la túnica se reían unos dragones rodeando la silueta de un hombre que sostenía una cruz.

Cuando llegué a lo alto de la escalera el hombre me hizo una reverencia.

—Padre Damien Har Veris de los caballeros inquisidores —dijo, y su sonrisa se hizo aún más cálida—. Os saludo en el nombre de Jesús y de san Judas. Yo soy Lukyan.

Tomé nota mental de que debía averiguar quién, entre el personal del obispo, le daba información al culto de Judas, pero no por ello alteré mi compostura. No en vano he sido caballero inquisidor durante mucho, mucho tiempo.

—Padre Lukyan Mo —dije yo, tomando su mano—, tengo preguntas que haceros.

Y no le sonreí.

Él sí lo hizo.

—Ya me lo figuraba —me contestó.

La oficina de Lukyan era grande pero espartana. Los herejes poseen a menudo una sencillez que los funcionarios de la Iglesia auténtica parecen haber perdido. Con todo, se había permitido un capricho: dominando el muro, detrás de su escritorio consola, se hallaba la pintura de la que ya me había enamorado, la de Judas ciego llorando por sus dragones.

Lukyan se dejó caer pesadamente en su asiento y me indicó una segunda silla. Habíamos dejado a la hermana Judith fuera, en la sala de espera.

—Prefiero seguir de pie, padre Lukyan —dije, sabiendo que ello me daba cierta ventaja.

—Sólo Lukyan —dijo él—. O Luke, si lo preferís. Aquí no solemos usar los títulos.

—Sois el padre Lukyan Mo, nacido en Arión, educado en el seminario de Cathaday, antiguo sacerdote de la Única y Auténtica Iglesia Interestelar Católica de la Tierra y de los Mil Mundos —dije yo. Me dirigiré a vos tal y como corresponde a vuestra posición, padre. Espero que vos me correspondáis igual. ¿Ha quedado claro?

—Oh, sí —dijo él con voz afable.

—Tengo el poder necesario para despojaros de vuestro derecho a la administración de los sacramentos, para ordenar que se os aísle y se os excomulgue por herejía tal y como la habéis proclamado. En ciertos mundos incluso podría ordenar vuestra muerte.

—Pero no en Arión —se apresuró a decir Lukyan—. Aquí somos muy tolerantes. Además, os superamos en número. —Sonrió—. En cuanto al resto, bien…, ya no celebro demasiado a menudo los sacramentos, como sabéis. De hecho, llevo años sin hacerlo. Ahora soy primer estudioso. Soy un maestro, un pensador. Les enseño el camino a otros, les ayudo a encontrar la fe. Excomulgadme si eso os hace feliz, padre Damien. La felicidad es lo que todos buscamos.

—Entonces, ¿habéis abandonado la fe, padre Lukyan? —dije yo, posando mi ejemplar de El camino de la Cruz y el Dragón sobre su escritorio—. Pero veo que habéis encontrado otra nueva. —Ahora sí sonreí, pero fue una sonrisa llena de burla, hielo y amenaza—. Aún no he hallado un credo que fuera más ridículo que ése. Supongo que me diréis cómo habéis hablado con Dios, cómo Él os confió esta nueva revelación para que así pudierais limpiar el buen nombre de…, ¿cómo se llama, el Sagrado Judas?

Ahora la sonrisa de Lukyan ya no podía ser más amplia. Cogió el libro y me contempló con expresión radiante.

—Oh, no —dijo—. Lo inventé todo.

Eso me dejó atónito.

—¿Cómo?

—Lo inventé todo —repitió, sopesando el libro cariñosamente—. Claro está que usé muchas fuentes, especialmente la Biblia, pero básicamente pienso en El camino de la Cruz y el Dragón como mi propia obra. Es bastante bueno, ¿no estáis de acuerdo? Naturalmente, y por muy orgulloso que esté de él, no podía poner mi nombre en la cubierta, pero sí incluí mi imprimatur. ¿Lo habíais visto? Fue lo más aproximado a una declaración jurada y lo más lejos que me atreví a llegar.

Me quedé sin habla pero sólo durante un momento. Luego sonreí, aunque algo a regañadientes.

—Me sorprendéis —admití. Esperaba encontrarme con un loco ingenioso, con algún pobre idiota que había logrado engañarse a sí mismo firme en su creencia de que había hablado con Dios. He tratado antes con tales fanáticos. Pero en vez de ello me encuentro a un alegre cínico que ha inventado una religión para su propio beneficio. Creo que prefiero a los fanáticos. Padre Lukyan, no hay desprecio suficiente para vos. Arderéis en el infierno por toda la eternidad.

—Lo dudo —dijo Lukyan—. Pero me juzgáis mal, padre Damien. No soy un cínico ni tampoco saco provecho de mi querido san Judas. A decir verdad, vivía más cómodamente como sacerdote de vuestra Iglesia. Hago esto porque es mi vocación.

Tomé asiento.

—Me confundís —dije—. Explicaos.

—Ahora voy a contaros la verdad —dijo en un tono extraño, como con timidez—. Soy un Mentiroso —añadió.

—Queréis confundirme con paradojas infantiles —repliqué yo secamente.

—No, no —sonrió—. Un Mentiroso, con mayúscula. Se trata de una organización, padre Damien. Incluso se podría llamar religión. Una fe grande y poderosa. Y yo no soy sino su más pequeña fracción.

—No conozco tal Iglesia —dije yo.

—Oh, no, claro que no. Es secreta. Debe serlo. Podéis entenderlo, ¿verdad? A la gente no le gusta que le mientan.

—Tampoco a mí me gusta —dije.

Lukyan pareció sentirse herido.

—Os dije que esto iba a ser la verdad, ¿no? Cuando un Mentiroso dice eso, podéis creerle. De otro modo, ¿cómo podríamos confiar los unos en los otros?

—Así que sois muchos —dije.

Estaba empezando a pensar que después de todo Lukyan era un loco, tan fanático como cualquier hereje, pero de un modo más complejo. Tenía aquí una herejía dentro de otra, pero sabía cuál era mi deber: encontrar la verdad de todo esto y hacer reinar de nuevo el orden.

—Muchos —dijo Lukyan sonriendo—. Padre Damien, quedaríais sorprendido, de veras. Pero hay algunas cosas que no me atrevo a contaros.

—Entonces, contadme aquello a lo cual os atrevéis.

—Me alegrará hacerlo —dijo Lukyan Hijo de Judas—. Los Mentirosos, como en todas las demás religiones, tenemos varias verdades que aceptamos como artículos de fe. La fe siempre es necesaria. Hay algunas cosas que no pueden probarse. Creemos que la vida es digna de ser vivida. Eso es un artículo de fe. El propósito de la vida es vivir, resistir a la muerte, quizá desafiar a la entropía.

—Seguid —dije yo, cada vez más interesado a pesar mío.

—También creemos que la felicidad es un bien, algo que hay que buscar.

—La Iglesia no se opone a la felicidad —dije yo secamente.

—A veces me lo pregunto —dijo Lukyan—. Pero no discutamos por ello. Sea cual sea la posición de la Iglesia sobre la felicidad, predica la creencia en otra vida, en un ser supremo y en un complicado código moral.

—Cierto.

—Los Mentirosos no creen en la otra vida, ni en Dios. Vemos el universo tal y como es, padre Damien, y esas verdades desnudas son crueles. Quienes creemos en la vida y la tenemos por un tesoro, moriremos. Después no habrá nada, el vacío eterno, la negrura, la no existencia. En nuestra vida no ha existido propósito, poesía ni significado. Tampoco nuestras muertes poseen tales cualidades. Cuando hayamos desaparecido el universo no nos recordará y muy pronto todo será como si jamás hubiésemos existido. Nuestros mundos y nuestro universo no nos sobrevivirán demasiado tiempo. Finalmente la entropía lo consumirá todo y nuestros míseros esfuerzos no pueden evitar tan horrible final. Todo desaparecerá. Jamás habrá existido. Nunca habrá importado. El universo mismo está condenado, es algo transitorio y, ciertamente, no le importamos.

Apoyé mi espalda en el asiento y sentí un escalofrío mientras escuchaba las oscuras palabras del pobre Lukyan. Me di cuenta de que estaba acariciando mi crucifijo.

—Una áspera filosofía —dije yo—, además de ser una filosofía falsa. Yo también he tenido esa temible visión. Creo que en un momento dado o en otro todos la tenemos. Pero no es así, padre. Mi fe me sostiene contra semejante nihilismo. La fe es un escudo contra la desesperación.

—Oh, eso ya lo sé, amigo mío —dijo Lukyan—. Me alegra ver que lo entendéis todo tan bien, mi caballero inquisidor. Ya casi sois uno de los nuestros.

Fruncí el ceño.

—Habéis llegado al centro de todo —prosiguió Lukyan—. Las verdades, las grandes verdades, al igual que la mayor parte de las pequeñas, son insoportables para el común de los hombres. En la fe hallamos nuestro escudo. Vuestra fe, mi fe…, cualquier fe. No importa cuál sea siempre que creamos, que creamos real y sinceramente en la mentira a la cual nos aferramos. —Sus dedos acariciaron los revueltos mechones de su larga barba rubia—. Nuestros psicos nos han dicho siempre que los creyentes son felices, ya lo sabéis. Pueden creer en Cristo, en Buda o en Erika Stormjones, en la reencarnación, la naturaleza o la inmortalidad, en el poder del amor o en la plataforma de una facción política, pero todo acaba reduciéndose a lo mismo. Creen. Son felices. Somos nosotros, los que hemos visto la verdad, quienes nos desesperamos y acabamos matándonos. Las verdades son tan vastas y la fe es tan pequeña, tan pobre, tan plagada de errores y contradicciones… Vamos alrededor de ellas y a través de ellas, entonces sentimos la oscuridad pesando sobre nosotros y ya no podemos seguir siendo felices.

No soy hombre de comprensión lenta. Para entonces ya sabía adónde quería ir a parar Lukyan Hijo de Judas.

—Los Mentirosos inventáis religiones.

Sonrió.

—De todas clases. No nos limitamos a la fe religiosa. Pensad en ello. Sabemos que la verdad es un instrumento cruel. La belleza es infinitamente preferible a la verdad. Inventamos belleza. La fe, los movimientos políticos, los altos ideales, la creencia en el amor y en la camaradería… Todo eso es mentira. Contamos esas mentiras así como un sinfín más. Mejoramos la historia, el mito y la religión, las hacemos más hermosas, mejores, más creíbles. Claro está que nuestras mentiras no son perfectas. Las verdades son demasiado grandes, pero quizá algún día hallemos una gran mentira que toda la humanidad pueda usar. Hasta entonces, bastará con un millar de pequeñas mentiras.

—Creo que no me importáis demasiado, Mentiroso —dije yo con frío e impasible fervor—. Toda mi vida ha sido una búsqueda de la verdad.

Lukyan me sonrió con indulgencia.

—Padre Damien Har Veris, caballero inquisidor, os conozco demasiado, vos mismo sois un Mentiroso. Hacéis un buen trabajo. Vuestra nave va de mundo en mundo y en cada uno de ellos destruís a los estúpidos, a los rebeldes y a quienes se hacen preguntas que acabarían derrumbando el edificio de la vasta mentira a la cual servís.

—Si mi mentira es tan admirable —dije—, entonces, ¿por qué la habéis abandonado?

—Una religión debe encajar en su cultura y en su sociedad, trabajar con ellas y no contra ellas. Si hay conflicto y contradicción, entonces la mentira se rompe y la fe vacila. Vuestra Iglesia es buena para muchos mundos, padre, mas no para Arión. Aquí la vida es demasiado amable, y vuestra fe es austera e inflexible. Aquí amamos la belleza y vuestra fe la desconoce. Por lo tanto, la hemos mejorado. Hemos estudiado este mundo durante largo tiempo. Conocemos su perfil psicológico. Aquí san Judas florecerá: ofrece drama, colorido y mucha belleza…, su poder estético es admirable. La suya es una tragedia con final feliz, y en Arión les encantan las historias felices. Y los dragones le dan un toque precioso. Creo que vuestra propia Iglesia debería encontrar algún modo de trabajar con ellos. Son unas criaturas maravillosas.

—Y míticas —dije.

—No —replicó él—. Mirad hacia arriba —añadió, sonriéndome—. Ya veis, todo acaba siendo cuestión de fe. ¿Podéis saber realmente lo que ocurrió hace tres mil años? Vos tenéis un Judas, yo tengo otro. Los dos tenemos libros. ¿El vuestro es verídico? ¿Lo creéis así realmente? Sólo se me ha admitido en el primer círculo de la orden de los Mentirosos y, por lo tanto, no conozco todos nuestros secretos, pero sé que son muy viejos. No me sorprendería acabar sabiendo que los evangelios fueron escritos por hombres muy parecidos a mí. Quizá nunca hubo ningún Judas. O ningún Jesús.

—Mi fe me dice que no es así —repliqué yo.

—En este edificio hay cien personas que tienen una profunda y auténtica fe en san Judas y en El camino de la Cruz y el Dragón —dijo Lukyan—. La fe es algo muy bueno. ¿Sabíais acaso que el índice de suicidios en Arión ha bajado casi un tercio desde que se fundó la orden de san Judas?

Recuerdo que me puse de pie lentamente.

—Sois tan fanático como cualquiera de los herejes con que me he encontrado, Lukyan Hijo de Judas —le dije—. Os compadezco por haber perdido la fe.

Lukyan también se puso de pie.

—Compadeceos a vos mismo, Damien Har Veris —dijo—. He hallado una nueva fe y una nueva causa y soy un hombre feliz. Vos sois, mi querido amigo, el torturado y el miserable.

—¡Eso es mentira! —Me temo que chillé al decirlo.

—Venid conmigo —dijo Lukyan. Tocó un panel del muro y la gran pintura de Judas llorando por sus dragones se deslizó hasta quedar oculta, y en su lugar apareció una escalera de caracol que llevaba hacia las profundidades—. Seguidme —dijo.

En el sótano había una gran cuba de cristal llena de un pálido fluido verdoso y en ella flotaba una cosa…, algo que se parecía mucho a un embrión envejecido, viejo e infantil al mismo tiempo, desnudo, con una enorme cabeza y un minúsculo cuerpo atrofiado. Unos tubos estaban conectados a sus brazos, a sus piernas y a sus genitales, tubos que terminaban en la maquinaria que lo mantenía con vida.

Cuando Lukyan encendió las luces la criatura abrió los ojos. Eran grandes y oscuros y parecieron clavarse en lo más hondo de mi alma.

—Ése es mi colega —dijo Lukyan, acariciando el costado de la cuba—. Jon Cruz Azul, un Mentiroso del cuarto círculo.

—Y un telépata —dije yo.

Y sentí en mi alma una mezcla de revulsión y certeza. Había dirigido pogromos contra otros telépatas, casi todos niños, en otros planetas. La Iglesia enseña que los poderes psiónicos son una trampa de Satanás. No se les menciona en la Biblia. Particularmente jamás he logrado dominar mi malestar ante esas matanzas.

—Jon os leyó el pensamiento cuando entrasteis en el recinto —dijo Lukyan—, y me lo notificó. Sólo unos pocos de nosotros sabemos que está aquí. Nos ayuda a mentir de forma más eficiente. Sabe cuándo la fe es cierta y cuándo es fingida. Tengo un implante en mi cráneo. Jon puede hablar conmigo en cualquier momento. Fue él quien me reclutó para los Mentirosos. Sabía lo vacía que era mi fe. Había percibido cuán profunda era mi desesperación.

Y entonces la cosa del recipiente habló; su voz metálica salía por la rejilla de un altavoz situado en la base de la máquina que le alimentaba.

—Y percibo la tuya, Damien Har Veris, sacerdote vacío. Inquisidor has hecho demasiadas preguntas. Estás enfermo, cansado y has dejado de creer. Únete a nosotros, Damien. ¡Llevas mucho, mucho tiempo siendo un Mentiroso!

Durante un segundo vacilé, mirando en lo más hondo de mi ser, preguntándome cuáles eran mis creencias. Busqué mi fe, el fuego que me había sostenido en tiempos, la certeza de las enseñanzas de la Iglesia, la presencia de Cristo en mi interior. Pero no encontré nada de ello, nada. Estaba vacío por dentro, quemado, lleno de preguntas y dolor. Pero cuando iba a contestar a Jon Cruz Azul y al sonriente Lukyan Hijo de Judas, encontré algo, algo en lo que sí creía, algo en lo que siempre había creído: la verdad.

Creía en la verdad, incluso cuando dolía.

—Lo hemos perdido dijo el telépata cuyo nombre, irónicamente, era Cruz.

La sonrisa de Lukyan se desvaneció.

—Oh, ¿de veras? Tenía la esperanza de que llegarais a ser uno de los nuestros, Damien. Parecíais listo.

De pronto sentí miedo y pensé en subir corriendo la escalera para reunirme con la hermana Judith. Lukyan me había contado muchas cosas y yo acababa de rechazarles.

El telépata sintió mi temor.

—No puedes hacernos daño, Damien —dijo—. Ve en paz, Lukyan no te ha contado nada.

Lukyan había fruncido el ceño.

—Le conté muchas cosas, Jon —dijo.

—De acuerdo. Pero ¿acaso puede confiar en las palabras de un Mentiroso como tú?

La minúscula boca contrahecha de la criatura que estaba en el tanque se retorció en una sonrisa y sus grandes ojos se cerraron. Lukyan Hijo de Judas suspiró y me acompañó nuevamente por la escalera.

Sólo años después me di cuenta de que era Jon Cruz Azul quien mentía y que la víctima de su mentira era Lukyan. Podía hacerles daño. Y se lo hice.

En realidad fue bastante sencillo. El obispo tenía amigos en el gobierno y en los medios de comunicación. Con algún dinero en los sitios adecuados, yo también conseguí algunos amigos. Después revelé la existencia de Cruz en su sótano, acusándole de haber utilizado sus poderes psiónicos para manipular la mente de los seguidores de Lukyan. Mis amigos se mostraron bien dispuestos a creer las acusaciones. Los guardianes efectuaron una incursión, se llevaron al telépata Cruz bajo custodia y luego le juzgaron.

Era inocente, por supuesto. Mi acusación era ridícula: los humanos telépatas pueden leer una mente cuando están cerca de ella, pero ahí se terminan sus poderes; sin embargo, como son raros y muy temidos, y como Cruz era lo bastante horrible para que resultara fácil hacer de él una víctima de la superstición, al final fue declarado inocente y abandonó la ciudad de Armadon, y puede que incluso Arión, partiendo hacia regiones desconocidas.

Pero jamás había entrado en mis intenciones conseguir su condena. Con la acusación fue bastante. En la mentira que él y Lukyan habían construido juntos empezaron a surgir grietas. La fe es difícil de conseguir y fácil de perder, y la más pequeña duda puede empezar a erosionar incluso los fundamentos de la creencia más firme.

El obispo y yo nos afanamos en sembrar más dudas. No fue tan fácil como yo había pensado. Los Mentirosos habían hecho bien su trabajo. Armadon, como la mayoría de las ciudades civilizadas, tenía grandes depósitos de conocimiento, así como un sistema de computadoras que unía las escuelas, las universidades y las bibliotecas en un solo conjunto, haciendo que su sabiduría combinada fuera accesible a quien la necesitara.

Pero cuando empecé a efectuar comprobaciones, pronto descubrí que las historias de Roma y Babilonia habían sido sutilmente alteradas, y que había tres entradas para Judas Iscariote: una para el Traidor, otra para el santo y otra para el rey conquistador de Babilonia. Su nombre era mencionado también en relación con los Jardines Colgantes, y existía una entrada para algo llamado Códice Judas.

Y según la biblioteca de Armadon, los dragones se extinguieron en la vieja Tierra aproximadamente en tiempos de Cristo.

Finalmente conseguimos eliminar todas esas mentiras, borrándolas de la memoria de las computadoras, aunque tuvimos que citar autoridades de media docena de planetas no cristianos, antes de que los bibliotecarios y académicos estuvieran dispuestos a creer que las diferencias eran algo más que un asunto de preferencias religiosas.

Para aquel entonces la orden de san Judas ya se había marchitado bajo la luz implacable de su exposición. Lukyan Hijo de Judas se había vuelto flaco e irritable y, como mínimo, la mitad de sus iglesias habían cerrado.

La herejía nunca murió del todo, por supuesto. Siempre hay quienes creen sin importarles lo que ocurra. Es así como, incluso hoy, se lee todavía El camino de la Cruz y el Dragón en Arión, en la ciudad de porcelana llamada Armadon, y entre el murmullo de los «susurros del viento».

Arla-k-Bau y la Verdad de Cristo me llevaron de regreso a Vess un año después de mi partida, y finalmente, el arzobispo Torgathon me concedió el permiso que le había pedido, antes de enviarme nuevamente a combatir otras herejías. Así fue como logré mi victoria y la Iglesia continuó más o menos como antes, mientras la orden de san Judas Iscariote fue concienzudamente aplastada. El telépata Jon Cruz Azul se había equivocado, pensaba yo entonces. Había subestimado lamentablemente el poder de un caballero inquisidor.

Pero más tarde recordé sus palabras: «No puedes hacernos daño, Damien».

¿A quién?

¿A la orden de san Judas? ¿O a los Mentirosos?

Creo que mintió a sabiendas, comprendiendo que yo seguiría adelante hasta destruir El camino de la Cruz y el Dragón. También sabía que yo no podía tocar a los Mentirosos, que ni siquiera osaría mencionarlos.

¿Cómo podría hacerlo? ¿Quién me habría creído? ¿Una gigantesca conspiración que abarca todas las estrellas y que es tan vieja como la historia? Todo aquello habría parecido pura paranoia y además no tenía ninguna prueba.

El telépata mintió para que Lukyan me dejara marchar. Ahora estoy seguro de ello. Cruz corrió muchos riesgos para atraerme hacia ellos. Cuando fracasó estuvo dispuesto a sacrificar tanto a Lukyan Hijo de Judas como a su mentira, que eran simples peones en una partida más importante.

Y me marché llevando conmigo el conocimiento de que estaba vacío de fe, a excepción de una fe ciega en la verdad…, una verdad que ya no podía hallar en mi Iglesia.

Llegué a estar seguro de eso durante mi año de permiso, que pasé leyendo y estudiando en Vess, Cathaday y el mundo de Celia. Finalmente volví a la cámara de recepción del arzobispo y permanecí de nuevo inmóvil ante Torgathon Nueve-Klariis Tûn con mi peor par de botas.

—Mi Señor Comandante —le dije—, no puedo aceptar más misiones. Solicito que se me retire del servicio activo.

—¿Por qué causa? —retumbó Torgathon, chapoteando levemente.

—He perdido la fe —me limité a responder.

Me contempló durante un largo tiempo, abriendo y cerrando sus ojos sin pupilas.

—Vuestra fe es un asunto que debe quedar entre vos y el confesor —dijo por último—. A mí sólo me importan los resultados. Habéis hecho un buen trabajo, Damien. No podéis retiraros y no permitiré que lo hagáis.

La verdad nos hará libres.

Pero la libertad es fría y aterradora. En ella no hay nada y las mentiras pueden ser a menudo cálidas y hermosas.

El año pasado la Iglesia me entregó otra nave. La he llamado Dragón.


© George R. R. Martin: The Way of Cross and Dragon (El camino de la Cruz y el Dragón). Publicado en Omni, Junio de 1979. Traducción de Albert Solé, Francisco Blanco y Rafael Marín Trechera. | Cuento completo.

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