¡TACATAC, tacatac, tacatac!… Aquí estaban de nuevo los caballos. Se iban metiendo a la pieza por la mancha negra del ropero, eran negros, con sus jinetes negros, y se hinchaban prodigiosamente, como pompas de jabón. Pasaban por sobre su cabeza, rechinaban contra los muros; sus herraduras iban golpeando con ruido de metal sobre el aire, que era duro: una especie de vidrio. Las crines flameaban, las capas de los jinetes se movían semejando alas, y sus bocas estaban abiertas en la actitud del grito, pero no gritaban. Todo ocurría en una especie de silencio terrible, un silencio que era fusión del tacatac ensordecedor y de la sombra, que se esfumaba y volvía a intervalos disparejos. Era pavoroso el golpeteo de las patas, y lo era también la quietud que le seguía, y ambos tenían algo de enloquecedor, formaban una armonía enervante en cuya garra el alma del niño se iba sintiendo cada vez más presa, cada vez más impotente, más débil, más despavorida.

…Volvían los caballos, volvían los jinetes.

Y la mano de Remo se crispaba, pequeña y pálida, sobre la pálida almohada. “¡Aquí están de nuevo, aquí están de nuevo!”, latía en sus sienes. Mes a mes aparecían más seguido. Al principio daban una o dos vueltas por el cuarto, para luego marcharse, dejándole aterrado, yerto de frío y miedo. Eran sombras solamente. No se veían bocas, ni se distinguían brazos, o dedos, o capas. Llegaban y se iban. Pasado un rato, cuando podía mover los labios, el chico gemía:

—¡Abuelita!

La abuela saltaba en su lecho. Medio dormida gruñía:

—¿Eh, qué? ¿Qué pasa?

Él, tímidamente:

—Abuelita…

—¿Qué hay, niño?

—Unos caballos…

—No digas tonteras…

—Pero…

—Duérmete.

Muy pronto el plácido roncar de la anciana rompía el silencio de la pieza. Pero no rompía la sombra ni la soledad de Remo.

Eso era al comienzo. Más tarde la abuela no le decía que eran sueños. Le decía, con una voz terrible:

—No pienses más en eso, porque acabarás loco.

¿Era malo ser loco? Él no lo sabía, pero la palabra sonaba —en el ámbito oscuro del cuarto— tan lúgubre, tan terrible, que sólo de oírla le daba miedo. No, él no quería ser loco; quería ser médico, para tener un maletín nuevecito y unos anteojos de marco grueso y un estetoscopio, con los que iría, de casa en casa, preguntando: “¿Cómo anda hoy el enfermo?” Su voz sería muy ronca, profunda, una voz cariñosa, capaz de tranquilizar a los pobres muchachos. Ninguno le temería al verle entrar. Y cuando ellos le contaran que habían visto caballos, o cocodrilos, o lo que fuera, él, el doctor Remo, no los oiría distraídamente mientras bajaba el termómetro, sino que les pondría toda su atención. Incluso llegaría a quedarse con ellos por las noches para ver qué diablos eran esas figuras macabras que les asustaban.

“Acabarás loco, acabarás loco.”

La abuela se lo decía también a las visitas:

—A mí me da miedo de que este niño se vuelva loco. Ve visiones.

Y las visitas le miraban con una mezcla de pena y de temor, y a él le daban ganas de decir, en voz bien alta:

—Mierda.

O:

—Pucha.

Para que su abuela y la gente enrojecieran, se sintieran turbadas y se fueran. Pero no se atrevía. Lo único que hacía era escuchar con el corazón encogido de angustia, de vergüenza, las largas explicaciones de la anciana, explicaciones minuciosas, con detalles que iban hasta los más dolorosos extremos:

—Ha retrocedido mucho en este último tiempo. Toda la plata que gastamos en el masajista se ha perdido, porque la fiebre que tuvo lo aniquiló. Ahora no puede mover ni un ápice las piernecitas.

No. Remo lo sabía: por mucho tiempo más, quizá para siempre, no podría volver siquiera a los tímidos pasos que había logrado dar gracias a los masajes. Nadie se lo dijo, pero él lo sabía, lo sentía en su interior. Casi no le venían ganas de poner un poco de su parte para recuperarse. Casi deseaba seguir así, para que su abuela gastara mucho, mucho dinero, y siguiera quejándose con esa cara de pesar y de cansancio y de vejez.

—Yo he hecho cuanto he podido. No hay médico que no se consultara. He probado todos los remedios imaginables. Mire —y abría el ropero lleno de frascos—. Mire la cantidad. Y eso sin contar los que se han botado. —Tomaba uno, luego otro, e iba leyendo—: Este, ciento cuarenta; éste, doscientos; éste…, bueno, éste, veinticinco, pero estas inyecciones…

Era interminable.

El sería médico, con un auto y un maletín nuevos, y ganaría mucha plata para venir donde la abuela, abrir el ropero, contar los frascos y sus precios y pagarle hasta el último centavo. La abuela lloraría, claro está, eso era lo terrible. Lloraría, igual que cuando él le dijo:

—No te quiero.

Con la misma expresión de estar sufriendo una atroz injusticia. Y a él le daría pena y tal vez se la llevaría a vivir a su casa.

No es que no la quisiera —pensaba—, la quería, y ella era muy buena, pero… ¡Era tan difícil de explicar! La pobre, es cierto, se pasaba las noches en vela cuando él tenía fiebre, y le daba calmantes, y le ponía su mano fría sobre la frente para atenuar el horrible calor, y llamaba al médico, y le daba cosas ricas de comer. Le traía pasteles siempre que estuviera con el estómago sano. En el verano le hacía un postre de plátano con un poco de hielo. Si, lo malo es que ella era buena, porque si no, bastaba con no quererla. Era buena, pero se negaba a encender la luz en los momentos en que él veía los caballos negros. Sólo le decía:

—No los veas, porque te volverás loco.

¿Y cómo no verlos? ¿Acaso no cerraba los ojos, y era peor? Entonces se ponían rojos, echaban chispas.

Y él no podía gritar, pues tenía la garganta endurecida, no podía defenderse, no podía dormirse. A medida que pasaba el tiempo las visiones se hacían peores, duraban más, galopaban más intensamente. Algunas noches, uno de los caballos se detenía encima de su cama. Los demás, en torno, empezaban a andar muy despacio. Los ojos de los jinetes brillaban pálidamente en la sombra, y sus dientes brillaban pálidamente en la sombra. Destellaban, en la sombra, las armas adornadas de plata. Una pata —¡negra!— se alzaba muy, muy despacio, para bajar poco a poco sobre su cabeza, hasta posarse en ella, y luego apretarla, apretarla, haciendo crujir sus huesos cual si la fuera a partir. Apretaba. De pronto, unas chispas amarillas empezaban a bailar ante sus ojos

(no podía gritar)

y saltaban, aumentaban en número. Después no veía caballos ni sombras, sino sólo las chispas, y un dolor atroz le oprimía las sienes. Tenía jaqueca. Amanecería y él seguiría sintiendo esto en sueños. Despertaría vomitando. La abuela pondría el grito en el cielo, él lo sabía, y se desesperaría tratando de encontrarle remedio.

Pero la jaqueca se iba sólo cuando quería. Nada era capaz de vencerla. Era la obra de los caballos y los jinetes negros.

—Lo terrible —decía la abuela— es que va para atrás. Mírele los ojos. Los tiene ojerosos como nunca, cada día peor, y los labios se le van poniendo amoratados. ¡Ay, Señor! Bien sabe Dios lo que sufre una.

Las visitas movían la cabeza, asintiendo. ¿Por qué siempre se ponían de parte de ella? ¿No entendían…? ¡Qué iban a entender! Sus caras idiotas no sabían otra cosa que oscilar diciendo “sí, sí” cuando la abuela decía que hacia lo posible, y “no, no” cuando afirmaba que no había más que intentar. Parecían globos, redondos, tontos. Pero ella era obscena. ¿Por qué les contaba a todos que él tenía el traste hecho llaga de tanto estar en cama? ¿Por qué, si eso le dolía a él más que la llaga misma? ¿Por qué hablaba a cualquiera de su costumbre de chuparse el dedo —siempre el mismo: el meñique de la mano derecha— si él no podía dejarlo, si eso era como una acción instintiva, inevitable e inexplicable?

—Tiene llagado el trastecito.

Y la gente:

—¡Pobre!

Pero parecía que esto lo decían más de la abuela que de él, como si la abuela se hubiera ganado la compasión del mundo a través de su enfermedad. Como si ella tuviera la herida.

Un día vino la tía Lola. Era joven, de rostro agradable, casi infantil, con unos ojos verdes muy sinceros y buenos y una sonrisa leal, libre de compromisos, una sonrisa de verdadero cariño, donde la lástima no se asomaba siquiera.

—¡Hola, Remo! —le dijo.

—Hola.

Él apenas la recordaba de cuando era mucho más niño. Le traía juguetes en ese tiempo… Uno o dos, porque era pobre. Se había ido a vivir a Linares —Linares parecía el nombre de grandes pastizales, con sauces y lagunas y mucho sol— y no venía desde hacía dos o tres años. Ahora le miraba sin pena, le sonreía y le decía:

—¡Hola!

Cual si sólo ayer hubieran estado juntos. De inmediato la quiso. Tenía una voz tal cual, exenta de inflexiones excesivamente dulces, y se reía a carcajadas con su risa contagiosa, y cuando la abuela empezó a hablar de sus temas —de las medicinas y los frascos y el traste magullado—, la tía Lola parecía no oír. Contestaba apenas “si” o “no”, o movía la cabeza, pero a cada instante desviaba la conversación para decirle a él algún chiste o preguntarle algo. Cuando la anciana mencionó que se chupaba el dedo, ella contestó:

—Yo también lo hago a veces. Es rico, ¿verdad, Remo?

Y relató alguna anécdota a propósito.

Si la abuela hubiera salido del cuarto sólo un momento, él le habría contado a la tía lo de los caballos y los jinetes negros, pero la abuela quería contarlo todo…, como si lo supiera todo.

Luego la tía Lola se fué. Partía a Linares al día siguiente.

—¿No me encargas nada de allá, Remo?

Meditó un momento.

—Quiero un huevo de perdiz.

—¡Oh! —dijo la anciana—. ¡Qué tontera!

Mas la tía Lola le prometió que se lo mandaría.

Y se marchó. Diríase que toda la pieza hubiera quedado con algo de su lozanía, de su juventud, de su alegría tan llana. Remo pensó de nuevo que la quería. ¡Con qué gusto se iría con ella a su casa, a la comarca de los sauces y los pastizales! Claro que eso era absurdo. La tía era pobre, y además… Si, él no podía separarse de la abuela. No se atrevía. Le parecía que sí la dejaba no iba a saber ni respirar ni mover los dedos, porque ella se había hecho parte de su vida, se había convertido en algo tan imprescindible e inseparable como su corazón o sus ojos.

—¿Qué haría Remo sin la abuelita? Se moriría mi pobre nietecito.

¡Le decía eso tan seguido! Sonaba a disparate pensar que tía Lola podría alguna vez llevarle en brazos por entre los plantíos de trigo, pasar con ella por debajo de los sauces, que dicen que son muy bonitos…

…Tacatac, tacatac…

Iban dando vueltas cada vez más despacio, se detendrían. Tembló de terror. Se detendrían. El más negro, el más grande, levantaría su pata dura, caliente, y le empezaría a oprimir la cabeza, lentamente, hasta que comenzara a ver las fatídicas luces amarillas.

Se revolvió en la cama, contorsionado de angustia.

Había pensado muchas veces que en una noche así se moriría. Eso debía ser bueno. La abuela le tenía prohibido hablar de la muerte, pero él pensaba que de seguro se iría al cielo, y el cielo sería como Linares, estarían papá y mamá, y no habría caballos negros, y él podría correr por el pasto, esperando sin impaciencia a la tía Lola, y la tía Lola —aunque se muriera después de muchos años— aparecería joven y bella, con su sonrisa llena de gracia, y le gritaría de lejos:

—¡Hola, Remo!

¿Por qué iba a ser malo desear eso? ¿Por qué la abuela decía que era pecado? ¿Sufría tanto así! Además, ella misma aseguraba que iba para atrás en su enfermedad, en esta dolencia desconocida, sin nombre siquiera. Iba para atrás. ¿Le gustaba eso a la anciana? ¿Sentía ella, acaso, un placer en protegerlo y ser buena, en que la gente la compadeciera?

Sí, quería morirse. Tendría frío cuando llegara la hora. El caballo presionaría más fuerte, más fuerte sobre su cerebro, hasta que perdería la conciencia y no habría nada, y luego despertaría en medio de los trigales, con una brisa muy suave refrescándole el rostro, agitando los calmos sauces, con un bello sol en lo alto —un sol como el que se sentía en el jardín, limpio, tibiecito—; así despertaría, y sabría que todo había pasado, que podía levantarse y correr, porque ya estaba en el Cielo.

…Se detuvieron. El más negro, el más grande, levantó su pata dura, caliente, y le fué oprimiendo la cabeza, despacio, despacio, hasta que empezó a ver las fatídicas luces amarillas. Se durmió. Una gran nada, sin sueños ni sensación de tiempo, invadió su espíritu. Después, poco a poco la oscuridad fué desgarrándose, abriendo paso a una tenue luz. Pero no había pasto en torno, ni sauces ni lagunas. No soplaba la brisa; sólo el aire tibio, viscoso del cuarto. Era la mañana y él no había muerto. Vivía. Seguiría viviendo aún. ¿Cuánto más? ¿Años, meses, horas? Le trajeron su medicina amarga. Luego el plato de avena. Luego el termómetro. La abuela hizo algún comentarlo.

No. No estaba muerto.

© Guillermo Blanco: Pesadilla. En Antología del nuevo cuento chileno, 1954.