Sinopsis: «La floración de la extraña orquídea» (The Flowering of the Strange Orchid) es un cuento corto de H. G. Wells, publicado el 2 de agosto de 1894 en Pall Mall Budget. La historia sigue a Winter-Wedderburn, un hombre tranquilo y solitario que encuentra emoción en su afición por cultivar orquídeas exóticas. Un día adquiere una planta extraña recolectada en regiones remotas, lo que despierta en él una sensación de misterio. Fascinado por su crecimiento inusual, pasa los días atendiendo el invernadero, sin sospechar que la orquídea encierra algo más que belleza.

La floración de la extraña orquídea
H. G. Wells
(Cuento completo)
La compra de orquídeas siempre tiene algo de especulación. Ante uno se encuentra un marchito trozo de tejido marrón y, por lo demás, debe confiar en su propio criterio, o en el del subastador, o en su buena estrella, según sean sus inclinaciones. La planta puede estar moribunda o muerta; o puede resultar una adquisición respetable, un valor justo a cambio del dinero; o quizá —pues ha sucedido una y otra vez— se despliegue lentamente, día tras día, ante los ojos encantados del feliz comprador, alguna nueva variedad, alguna riqueza inédita, una rara peculiaridad del labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. Orgullo, belleza y ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y quizá incluso la inmortalidad. Porque el nuevo milagro de la naturaleza puede requerir un nuevo nombre específico, y ¿cuál más apropiado que el de su descubridor? ¡Johnsmithia! Se han impuesto nombres peores.
Tal vez fuera la esperanza de un feliz descubrimiento de ese tipo lo que llevaba a Winter-Wedderburn a asistir con tanta regularidad a aquellas subastas; esa esperanza y también, quizá, el hecho de que no tenía nada más interesante que hacer. Era un hombre tímido, solitario, bastante ineficaz, con ingresos suficientes para mantener alejado el aguijón de la necesidad y sin la energía nerviosa necesaria para lanzarse a alguna ocupación exigente. Podría haber coleccionado sellos o monedas, o traducido a Horacio, o encuadernado libros, o inventado alguna nueva especie de diatomeas. Pero, en la práctica, cultivaba orquídeas y poseía un invernadero pequeño, aunque ambicioso.
—Tengo la sensación —dijo mientras tomaba el café— de que hoy va a sucederme algo.
Hablaba, como se movía y como pensaba, con lentitud.
—¡Oh! No digas eso —respondió el ama de llaves, que además era una prima lejana suya. Porque “suceder algo” era para ella un eufemismo que solo significaba una cosa.
—No me has entendido bien. No quiero decir nada desagradable… aunque apenas sé a qué me refiero.
»Hoy —prosiguió tras una pausa—, en la casa Peter’s van a vender un lote de plantas procedentes de las islas Andamán y de las Indias. Me acercaré a ver qué tienen. Quizá haga una buena compra sin saberlo; puede que sea eso.
Le pasó la taza para que se la llenara de café por segunda vez.
—¿Es eso lo que coleccionaba ese pobre joven del que me hablaste el otro día? —preguntó su prima mientras le servía.
—Sí —respondió él, y se quedó pensativo sosteniendo un trozo de tostada.
»Nunca me pasa nada —observó al cabo de un momento, comenzando a pensar en voz alta—. Me pregunto por qué. A otros les suceden muchas cosas. Ahí está Harvey, sin ir más lejos: la semana pasada, el lunes encontró seis peniques; el miércoles, todos sus pollos tenían vértigo; el viernes, su prima regresó de Australia; y el sábado se rompió el tobillo. ¡Qué torbellino de acontecimientos comparado conmigo!
—Por mi parte, preferiría librarme de tanta excitación —dijo el ama de llaves—. No puede ser bueno para nadie.
—Supongo que resulta molesto. Con todo… ya sabes, nunca me pasa nada. De niño nunca tuve un accidente. De joven nunca me enamoré. Nunca me casé… Me pregunto qué se sentirá cuando te pasa algo, algo realmente notable.
»Ese coleccionista de orquídeas solo tenía treinta y seis años —veinte menos que yo— cuando murió. Se había casado dos veces y divorciado una. Había tenido malaria cuatro veces y una vez se fracturó el fémur. En una ocasión mató a un malayo, y en otra fue herido con un dardo envenenado. Finalmente, lo mataron las sanguijuelas de la jungla. Todo eso debió de ser muy molesto, pero también debió de resultar muy interesante, ¿sabes?, salvo quizá lo de las sanguijuelas.
—Estoy segura de que no fue bueno para él —dijo la señora con convicción.
—Puede que no.
Entonces Wedderburn miró el reloj.
—Las ocho y veintitrés. Tomaré el tren de las doce menos cuarto, así que hay tiempo de sobra. Creo que me pondré la chaqueta de alpaca —hace bastante calor—, el sombrero gris de fieltro y los zapatos marrones. Supongo…
Miró por la ventana el cielo despejado y el jardín soleado, y luego, con cierta inquietud, el rostro de su prima.
—Creo que será mejor que lleves el paraguas si vas a Londres —dijo ella con una voz que no admitía réplica—. A la vuelta tienes todo el camino desde la estación hasta aquí.
Cuando regresó, se encontraba en un estado de suave excitación. Había hecho una compra. Rara vez lograba decidirse con la rapidez suficiente para comprar algo, pero esta vez lo había conseguido.
—Hay Vandas —explicó—, un Dendrobium y algunas Palaeonophis.
Repasó sus adquisiciones con cariño mientras tomaba la sopa. Estaban extendidas delante de él, sobre el mantel inmaculado, y le explicaba a su prima todo acerca de ellas, demorándose con la comida. Tenía la costumbre de revivir por la tarde todas sus visitas a Londres, para entretenimiento propio y de ella.
—Sabía que hoy pasaría algo. Y he comprado todas estas cosas. Algunas… algunas de ellas, estoy seguro, ¿sabes?, de que algunas serán notables. No sé cómo, pero lo siento con tanta certeza como si alguien me lo hubiera dicho. Esta —señaló un rizoma marchito— no fue identificada. Quizá sea una Palaeonophis o quizá no. Puede que sea una especie nueva, o incluso un género nuevo. Fue la última que recogió el pobre Batten.
—No me gusta su aspecto —dijo el ama de llaves—. Tiene una forma tan fea…
—Apenas si tiene forma alguna.
—No me gustan esas cosas que sobresalen —dijo el ama de llaves.
—Mañana la pondré en una maceta.
—Parece —prosiguió ella— una araña haciéndose la muerta.
Wedderburn sonrió e inspeccionó la raíz ladeando la cabeza.
—Desde luego no es un material atractivo. Pero nunca se pueden juzgar estas cosas por su apariencia cuando están secas. Bien podría resultar una orquídea muy hermosa. ¡Cuánto trabajo tendré mañana! Esta noche debo decidir exactamente qué hacer con ellas, y mañana me pondré manos a la obra.
»Encontraron al pobre Batten, muerto o moribundo, en un manglar; no recuerdo cuál de las dos cosas —continuó al poco rato—, con una de estas mismas orquídeas aplastada bajo su cuerpo. Llevaba algunos días enfermo con una fiebre nativa y supongo que se desmayó. Esos manglares son muy insalubres. Dicen que las sanguijuelas de la jungla le extrajeron hasta la última gota de sangre. Puede que se trate de la misma planta que le costó la vida.
—Eso no mejora mi opinión de ella.
—Los hombres tienen que trabajar, aunque las mujeres puedan llorar —sentenció Wedderburn con profunda gravedad.
—¡Morir lejos de toda comodidad, en un pantano! ¡Y enfermar de fiebre sin nada que tomar más que Chlorodyne y quinina, y sin nadie a tu lado salvo horribles nativos! Dicen que los habitantes de las islas Andamán son de lo más repugnante, y en cualquier caso difícilmente pueden ser buenos enfermeros sin la preparación adecuada. ¡Y todo para que en Inglaterra haya orquídeas!
—No creo que fuera agradable, pero algunos hombres parecen disfrutar de ese tipo de cosas —respondió Wedderburn—. En todo caso, los nativos de su grupo eran lo bastante civilizados como para cuidar su colección hasta que regresó su colega, que era ornitólogo, del interior; aunque no conocían la especie de orquídea y la dejaron marchitarse. Eso hace que estas plantas resulten aún más interesantes.
—Las hace repugnantes. A mí me daría miedo que tuvieran restos de malaria adheridos. Y solo pensar que un cadáver ha estado tendido sobre esa cosa tan fea… No había pensado en eso antes. Se acabó. Te digo que no puedo comer ni un bocado más de la cena.
—Si te parece, las quitaré de la mesa y las pondré en el hueco de la ventana. Desde allí también podré verlas.
En los días siguientes estuvo, en efecto, especialmente ocupado en el pequeño invernadero lleno de vapor, yendo de un lado a otro con carbón vegetal, trozos de teca, musgo y todos los demás misterios del cultivador de orquídeas. Pensaba que estaba disfrutando de un periodo maravillosamente lleno de acontecimientos. Por la tarde hablaba de las nuevas orquídeas con sus amigos y, una y otra vez, insistía en sus expectativas de algo extraño.
Varias de las Vandas y de los Dendrobium perecieron bajo sus cuidados, pero pronto la extraña orquídea comenzó a dar señales de vida. Estaba encantado y, tan pronto como lo advirtió, hizo que el ama de llaves abandonara la preparación de mermelada para verla de inmediato.
—Eso es un brote —explicó—; pronto habrá muchas hojas ahí, y esas cositas que salen por aquí son raicillas aéreas.
—A mí me parecen deditos blancos que asoman del tejido marrón —dijo el ama de llaves—. No me gustan.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Parecen dedos que intentan agarrarte. Lo que me gusta, me gusta, y lo que no me gusta, no me gusta; no puedo evitarlo.
—No estoy seguro, pero creo que ninguna orquídea que conozca tiene raicillas aéreas exactamente así. Desde luego, puede que sean imaginaciones mías. ¿Ves que están un poco aplanadas en la punta?
—No me gustan —dijo el ama de llaves, estremeciéndose de pronto y dándose la vuelta—. Sé que es una tontería por mi parte, y lo siento mucho, sobre todo porque a ti te gustan tanto. Pero no puedo dejar de pensar en ese cadáver.
—Pero puede que no fuera esa planta en particular. Eso no fue más que una suposición mía.
El ama de llaves se encogió de hombros.
—De todos modos, no me gustan —concluyó.
Wedderburn se sintió un poco herido por su aversión hacia la planta, pero eso no le impidió hablarle de las orquídeas en general y de esta en particular siempre que se le presentaba la ocasión.
—Suceden cosas tan curiosas con las orquídeas —le dijo un día—… Hay tantas posibilidades de sorpresa. Darwin estudió su fertilización y demostró que toda la estructura de una flor de orquídea común está diseñada para que las polillas transporten el polen de una planta a otra. Pues bien, se conocen muchas orquídeas cuya flor no puede ser fecundada de ese modo. Algunos Cypripedium, por ejemplo: no se conoce insecto alguno que pueda fertilizarlos, y de algunos jamás se ha encontrado semilla.
—Entonces ¿cómo producen nuevas plantas?
—Por estolones, tubérculos y ese tipo de brotes. Eso tiene una explicación sencilla. El enigma está en para qué sirven las flores.
»Es muy probable que mi orquídea sea algo extraordinario en ese sentido. Si es así, la estudiaré. A menudo he pensado en realizar investigaciones como las de Darwin, pero hasta ahora no he encontrado tiempo, o algo siempre me lo ha impedido. ¡Me gustaría mucho que vinieras a verlas!
Pero ella respondió que en el invernadero de las orquídeas hacía tanto calor que le provocaba dolor de cabeza. Había vuelto a ver la planta una vez más, y las raicillas aéreas —algunas de las cuales medían ya más de un pie de largo— le habían recordado, para su desgracia, tentáculos que se alargaban para aferrar algo. Se introdujeron en sus sueños y crecían tras ella con una rapidez increíble. Así que había decidido, con plena satisfacción, no volver a mirar la planta, y Wedderburn tuvo que admirar sus hojas en soledad. Tenían la forma ancha habitual y eran de un verde profundo y lustroso, salpicadas y moteadas de un rojo oscuro hacia la base. No conocía ninguna otra hoja exactamente igual. La planta estaba colocada en un banco bajo, cerca del termómetro, y muy próxima a un dispositivo por el cual un grifo dejaba gotear agua sobre las tuberías de calefacción, manteniendo el ambiente saturado de vapor. Ahora pasaba las tardes meditando con cierta regularidad sobre la inminente floración de la extraña planta.
Finalmente tuvo lugar el gran acontecimiento. Apenas entró en el pequeño invernadero supo que la espiga había eclosionado, aunque su gran Palaeonophis Lowii ocultaba la esquina donde se hallaba su nuevo tesoro. Había un olor nuevo en el aire: un perfume poderoso, de una dulzura intensa, que dominaba todos los demás aromas de aquel invernadero pequeño, abarrotado y lleno de vapor.
En cuanto lo percibió, se apresuró hacia la extraña orquídea y —¡oh maravilla!— las verdes espigas colgantes mostraban ahora tres grandes grupos de flores, de las cuales emanaba aquella dulzura embriagadora. Se quedó inmóvil ante ellas, en un éxtasis de admiración.
Las flores eran blancas, con vetas de dorado anaranjado en los pétalos; el pesado labellum estaba enrollado en una intrincada proyección, y un maravilloso púrpura azulado se mezclaba allí con el oro. Vio de inmediato que se trataba de un género completamente nuevo. ¡Y la fragancia, tan intensa que resultaba casi insoportable! ¡Qué calor hacía allí! Las flores se balanceaban ante sus ojos.
Pensó en comprobar si la temperatura era la adecuada. Dio un paso hacia el termómetro. De pronto, todo le pareció vacilante. Los ladrillos del suelo subían y bajaban como si danzaran. Luego las flores blancas, las hojas verdes tras ellas, todo el invernadero pareció dilatarse hacia los lados y después curvarse hacia arriba.
A las cuatro y media, su prima, siguiendo su invariable costumbre, preparó el té. Pero Wedderburn no acudió a tomarlo.
—Está adorando a esa horrible orquídea —se dijo a sí misma, y esperó diez minutos—. Debe de habérsele parado el reloj. Iré a llamarlo.
Se dirigió directamente al invernadero y, al abrir la puerta, gritó su nombre. No hubo respuesta. Advirtió que el aire estaba muy viciado y cargado de un perfume intenso. Luego vio algo que yacía sobre los ladrillos, entre las tuberías de agua caliente.
Durante quizá un minuto permaneció inmóvil.
Él estaba tendido boca arriba, a los pies de la extraña orquídea. Las raicillas aéreas, semejantes a tentáculos, ya no se balanceaban libremente en el aire, sino que se habían apiñado todas juntas, formando una maraña de cuerdas grises, y se estiraban tensas, con los extremos firmemente adheridos a su barbilla, su cuello y sus manos.
Al principio no lo comprendió. Luego vio que, por debajo de uno de los tentáculos exultantes que cubrían su mejilla, corría un delgado hilo de sangre.
Con un grito inarticulado, corrió hacia él y trató de apartarlo de aquellas ventosas semejantes a sanguijuelas. Arrancó violentamente dos de los tentáculos, y de ellos comenzó a gotear una savia roja.
Entonces el perfume embriagador de la flor le hizo girar la cabeza. ¡Con qué fuerza se aferraban a él! Rasgó aquellas duras cuerdas, y él y la blanca inflorescencia parecieron flotar a su alrededor. Sintió que iba a desmayarse, pero sabía que no podía permitírselo. Lo soltó, abrió rápidamente la puerta más cercana y, tras jadear un instante al aire libre, tuvo una inspiración brillante. Cogió una maceta y rompió las ventanas del extremo del invernadero. Luego volvió a entrar. Con fuerzas renovadas, tiró del cuerpo inmóvil de Wedderburn y la extraña orquídea se estrelló con violencia contra el suelo. Esta seguía aferrada a su víctima con la más obstinada tenacidad. En un solo impulso los arrastró hasta el aire libre.
Entonces pensó en romper una a una las raicillas chupadoras, y en menos de un minuto lo había liberado y lo arrastraba lejos de aquel horror. Estaba pálido y sangraba por una docena de marcas circulares.
El mozo subía por el jardín, alarmado por la rotura de los cristales, y la vio aparecer arrastrando el cuerpo inanimado, con las manos manchadas de rojo. Por un instante pensó cosas imposibles.
—¡Traiga agua! —gritó ella, y el tono de su voz disipó todas sus fantasías.
Cuando, con una rapidez poco habitual, regresó con el agua, la encontró llorando de emoción, con la cabeza de Wedderburn apoyada sobre su rodilla, limpiándole la sangre del rostro.
—¿Qué ocurre? —dijo Wedderburn, abriendo débilmente los ojos y cerrándolos de inmediato.
—Vaya a decirle a Annie que venga aquí fuera y luego vaya a buscar al doctor Haddon de inmediato —le ordenó al hombre en cuanto este trajo el agua; y, al ver que dudaba, añadió—: Se lo explicaré todo cuando regrese.
Poco después Wedderburn volvió a abrir los ojos y, al verlo inquieto por lo insólito de su situación, ella le explicó:
—Te desmayaste en el invernadero.
—¿Y la orquídea?
—Yo me ocuparé de ella.
Wedderburn había perdido mucha sangre, pero aparte de eso no presentaba ninguna lesión grave. Le dieron brandy mezclado con un extracto de carne rosado y lo subieron a su dormitorio. El ama de llaves relató de manera fragmentaria la increíble historia al doctor Haddon.
—Venga a ver el invernadero.
El aire frío del exterior entraba por la puerta abierta y el empalagoso perfume casi había desaparecido. La mayoría de las raicillas aéreas rotas, ya marchitas, yacían entre algunas manchas oscuras sobre los ladrillos. El tallo floral se había quebrado al caer la planta, y las flores se estaban poniendo flácidas y marrones. El doctor se inclinó hacia ella, pero al ver que una de las raicillas aéreas todavía se movía débilmente, dudó.
A la mañana siguiente, la extraña orquídea seguía allí, ahora negra y putrefacta. La puerta se abatía intermitentemente con la brisa matinal, y toda la colección de orquídeas de Wedderburn estaba reseca y lánguida. Pero el propio Wedderburn, en su dormitorio, se encontraba radiante y locuaz, lleno de la gloria de su extraña aventura.
FIN
