H. P. Lovecraft & Martin S. Warnes: El Libro Negro de Alsophocus

En el cuento El Libro Negro de Alsophocus de H.P. Lovecraft y Martin S. Warnes, un hombre encuentra un misterioso libro en una antigua librería al borde del río. Sumido en sus páginas mohosas, descubre fórmulas y conjuros prohibidos, escritos por un monje loco. Mientras profundiza en los oscuros secretos del libro, su identidad se disuelve y su mente es asaltada por visiones inefables. Campanadas ominosas y voces sibilantes lo atormentan, impulsándolo a trazar círculos de fuego e invocar entidades abominables. Viaja a través de abismos insondables y ciudades antediluvianas, enfrentando horrores cósmicos que desafían la cordura. Su realidad se distorsiona, atrapado en una espiral de locura y revelaciones profanas, mientras explora más allá de los límites del conocimiento humano, donde una horrorosa entidad lo espera.

H. P. Lovecraft - Martin S. Warnes - El Libro Negro de Alsophocus

El Libro Negro de Alsophocus

H. P. Lovecraft & Martin S. Warnes
(Cuento completo)

Mis recuerdos son muy confusos. Casi no sé cuándo empezó en realidad todo; a veces tengo la impresión de que es como si contemplara visiones pertenecientes a un tiempo, a unos años que ya pasaron, y otras veces, sin embargo, me parece que el presente se diluye en un punto tan aislado como concreto, en medio de una difuminación informe y a la vez inabarcable por infinita. Tampoco sé cómo contar lo ocurrido. A medida que trato de expresarme tengo la sensación de que necesitaré aportar pruebas, no tan extrañas, por otro lado, como espantosas. Mi propia identidad parece diluida; es como si hubiera sufrido un fuerte golpe, recibido del advenimiento de un proceso realmente monstruoso que formó parte de los hechos de los que fui víctima.

Estas experiencias cíclicas tienen su origen, por supuesto, en aquel libro polvoriento. Recuerdo perfectamente dónde me hice con él. Apenas se veía el edificio, oculto en la margen del río más brumosa, por donde pasa el agua negra y densa. Era muy antiguo; sus inmensas estanterías contenían cientos de volúmenes a punto de hacerse polvo, que todo lo llenaban en aquellas dependencias en las que no había ni puertas ni ventanas. Había también montones de volúmenes en el suelo. Fue precisamente en uno de esos montones donde encontré el libro. A primera vista no supe ni cómo se titulaba, pues le faltaban las primeras páginas. Sin embargo, lo abrí por el final y de inmediato observé algo que no pudo por menos que llamar mi atención.

Era una especie de formulario, algo así como una relación de cosas que decir y hacer, cosas que parecían aludir a una prohibición, a un ocultamiento. Seguí leyendo y descubrí entonces unos párrafos que me resultaron por igual fascinantes y repelentes, tanto como aquellas páginas amarillentas y a punto de pulverizarse, antiguas y extrañas páginas que parecían atesorar el secreto del universo que yo ansiaba desentrañar. Era una guía que, como un ave, parecía conducir a puertas que llevaban más allá de las dimensiones conocidas, a esas regiones donde el hombre dio sus primeros pasos, siempre ansiadas por los magos de todas las edades, donde la vida y la materia eran extrañas.

Los hombres, durante muchos años, habían sido incapaces de reconocer su esencia vital; no sabían dónde hallarla; pero el libro era verdaderamente antiguo; en realidad no estaba impreso sino escrito a mano por algún monje loco que diera en transmitir a aquellas palabras latinas un conocimiento prohibido de la más espeluznante antigüedad.

El viejo que me lo vendió, lo recuerdo perfectamente, temblaba de miedo; hizo un gesto extraño con las manos cuando me lo llevé, no sé si de alivio o de terror; incluso se había negado a aceptar el dinero que le ofrecía por el libro. Pronto descubriría el porqué de todo ello.

Mientras me iba a través de las callejas estrechas del puerto y de los callejones laberínticos y brumosos, me asaltaba una sensación, no por vaga menos intensa, de que era seguido por unos pies que se arrastraban a mis espaldas. Unos pies invisibles. Las viejas casas que se levantaban a mi alrededor parecían, no obstante su miseria, animales en posesión de una existencia brutal, como alentados por una ráfaga de maligna iluminación inteligente. Era como si aquellos muros combados por la humedad, como si aquellas buhardillas infectas, como si aquellas construcciones, en fin, levantadas con ladrillo ahora cubierto de musgos, como si aquellas ventanas que parecían seguir mis pasos, fueran a aplastarme de un momento a otro o a cerrarme el paso. Todo eso, sólo con leer apenas unos párrafos de aquel libro, sólo con haber intuido cuáles eran los secretos que guardaba antes de cerrarlo y salir con el volumen bajo el brazo.

Después, lo recuerdo bien, leí ansiosamente el libro, notándome empalidecer a cada poco, encerrado en mi habitación de aquel ático que a menudo me servía de refugio para quedarme a solas con alguno de los extraños descubrimientos que hacía. Aún era cálido el ambiente de la casa, pues había salido de ella pasada ya la medianoche. Creo recordar que vivía con algún familiar, si bien no puedo aportar más detalles a este respecto, pues también estos recuerdos me resultan confusos, y me parece tener por seguro que había en aquella mansión muchos criados. No puedo decir con exactitud qué año era. Desde aquel entonces he conocido muchas edades y muchas dimensiones diferentes, por lo que la noción que poseía del tiempo, si es que alguna vez la tuve, se ha desvanecido ya por completo.

Sí sé que leía largo rato a la luz de las velas, pues recuerdo el incesante goteo de la cera mientras me llegaba como de muy lejos un tañido de campanas que se producía de tarde en tarde, no sé cada cuánto tiempo. Y sé igualmente que prestaba una especial atención al tañer de aquellas campanas, como si en cualquier momento fueran a llevarme un sonido muy especial, un tañido más extraño que los anteriores.

Fue entonces cuando percibí en los cristales de aquella ventana que daba a unos tejados laberínticos algo que parecía un leve golpe, o más bien una sucesión de arañazos. Ocurrió cuando había dicho en voz alta el verso noveno de un conjuro evidentemente importante, acaso primordial, y supe de inmediato cuál era su significado terrible. El que atraviesa el umbral siempre lleva su sombra consigo, ya no puede volver a estar solo. Yo la había invocado. El libro era cuanto había sospechado y temido. Aquella noche atravesé la puerta que da al abismo del tiempo y de las dimensiones cruzadas; cuando me sorprendió el amanecer en el ático descubrí en las paredes y en los anaqueles de mi habitación eso que nunca antes había contemplado.

El mundo ya no es para mí lo que fue antes de aquella noche. En el presente, hasta entonces, había siempre algo del pasado y algo, también, del futuro; ahora, todos los objetos que me habían sido familiares me resultaban extraños a la luz de la nueva y enfebrecida luz de mis ojos. Desde aquel instante me vi envuelto en un sueño fantástico poblado de formas desconocidas y que parecían silueteadas; cada vez que cruzaba un umbral nuevo me costaba en mayor medida reconocer los objetos de la estrecha esfera mundana a la que durante tanto tiempo había pertenecido. Nadie puede imaginar siquiera lo que llegué a descubrir acerca de mi propio yo. Después de aquella noche cada vez hablaba menos, me pasaba prácticamente todo el tiempo solo. Era consciente, sin embargo, de que la locura me rondaba. Los perros no se acercaban a mí, al contrario, huían… Pero continué leyendo libros de conocimiento oculto y prohibido; seguí explorando fórmulas, atravesando puertas espaciales y existencias y regiones que se abren más allá del universo, llevado de mi afán de conocer.

Recuerdo perfectamente la noche en que tracé los cinco círculos concéntricos de fuego en el suelo y después canté erguido en el círculo central aquella letanía monstruosa que era una invocación al mensajero de Tartaria. Las paredes se difuminaron y un viento tenebroso me arrastró a través de abismos fantasmagóricos y grises, en los que brillaban a infinidad de metros bajo mis pies los picos amenazantes de montañas cuya localización desconocía. Luego se hizo una oscuridad completa para dejar paso, al poco, al brillo de millones de estrellas que dibujaban las más raras constelaciones. Más tarde descubrí una verde llanura en la lejanía, siempre bajo mis pies, y avisté las altas torres de una ciudad construida con unos materiales por completo desconocidos en la tierra. A medida que me acercaba a esa ciudad me percaté de la presencia aterradora de un edificio que parecía de piedra, en mitad de un paraje desolado. Entonces sí experimenté una auténtica sensación de miedo. Grité espantado, pero tras un nuevo lapso de oscuridad me vi otra vez en mi buhardilla, caído en el suelo, sobre los cinco círculos concéntricos de fuego. Realmente, mi peregrinar de aquella noche no había sido más extraordinario ni fantástico que los de otras noches. Pero sí había experimentado un pánico que nunca antes sentí, debido a la completa certeza que tenía de haberme aproximado por primera vez a los abismos de un mundo exterior que hasta entonces desconocía.

Traté de ser más cauteloso en la formulación de aquellos conjuros después de aquella experiencia; temía perderme; no quería separarme de mi cuerpo ni del mundo que conocía; temía vagar por abismos de los que quizás jamás pudiera volver.

En cualquier caso, y dada la situación en la que me encontraba, mi capacidad de reconocimiento de los objetos que me rodeaban y de las escenas debidas a la vida normal desaparecía lentamente, cada día un poco más, a medida que me adentraba en aquellos conocimientos ocultos. Mi visión de la realidad circundante se volvía, así, fragmentada, inexacta, geométricamente distorsionada. También noté afectado mi sentido del oído. Aquel tañido de las campanas me parecía en cierto modo más ominoso, espantosamente deletéreo, como si su sonido me llevara a través de golfos y regiones desconocidas y lejanas donde las almas gritaran de angustia y dolor en mitad de su tormento. A medida que iban pasando los días me alejaba más de lo que me rodeaba materialmente, apartándome de los cánones terrestres para ocultarme, o diluirme, en lo que no tenía nombre. El tiempo pasó a convertirse para mí en un concepto incierto; mis recuerdos de los acontecimientos de otros días, de las gentes a las que había tratado antes de hacerme con el libro, se desvanecían o perdían en una nebulosa que todo lo tornaba irreal. Mis intentos por recuperar aquello que intuía iba perdiéndose resultaban desesperantemente vanos.

Recuerdo la primera vez que escuché aquellas voces. Eran inhumanas, sibilinas; parecían llegarme de las regiones más tenebrosas del espacio, de algún lugar habitado por seres amorfos que adorasen y dedicaran danzas a un ídolo repugnante y maloliente, creado en su monstruosidad por el paso de infinitos siglos de ignominia. Por el tiempo en que comencé a escuchar aquellas voces tuve también sueños de una espantosa intensidad, pesadillas funestas en las que soles negros y verdes lucían sólo para derramar su luz sobre grotescos monolitos y ciudades pérfidas e insanas que parecían querer huir de su propia condena. Aquellos sueños, sin embargo, poca cosa eran en comparación con el imponente y siniestro coloso que más tarde cobró una presencia impostergable en mi conciencia. Todavía hoy me resulta imposible recordar en toda su importancia y magnitud aquel horror, aunque, cuando lo intento, me aborda una desazonadora sensación de inmensidad desconocida y veo tentáculos que se proyectan ondulantes, que se tienden y distienden a latigazos, como si cada uno de ellos poseyera inteligencia propia, una intención vil.

Alrededor de aquel coloso hediondo danzaban seres monstruosos en su deformidad que entonaban este canto cacofónico y salvaje:

Mwlfgab pywfgbtagn Gh’tyaf nglyf lgbya.

Horrores que me acompañaban en todo momento, como la sombra del más allá.

A pesar de todo ello seguía estudiando libros y manuscritos, seguía atravesando los oscuros umbrales de esas puertas que abocan a dimensiones desconocidas, lugares en los que seres tenebrosos me instruían en artes tan infernales que hasta las más débiles mentes serían incapaces de soportar.

No puedo por menos de recordar la manera en que descubrí al fin cuál era el título del libro.

Era ya de noche, muy tarde, y hojeaba las polvorientas y frágiles páginas de aquel códice cuando descubrí un párrafo que al fin me desveló algo acerca de su origen:

«Nyarlathotep gobierna en Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su palacio de ébano espera su segundo advenimiento; en compañía de sus siervos y acólitos celebra impúdicos festines en las horas más profundas de la noche. Cuídese quien sea de importunarlo con sus conjuros y encantamientos, pues quedará atrapado en ellos sin remedio. Cuídese el ignorante de hacerlo, como previene el Libro Negro, pues nada en verdad tan terrible como la cólera de Nyarlathotep».

Había encontrado ya, en otro tiempo, referencias al Libro Negro en secretos códices. Pero el que ahora ocupaba mis horas había sido escrito siglos atrás por el gran hechicero Alsophocus, que vivió en las tierras de Erongil antes de que los hombres dieran sus primeros pasos inciertos sobre la tierra.

Ya había desvelado el primero de los misterios. Tenía en mis manos el blasfemo y vil Libro Negro. Saberlo me dio más fuerzas para aprehender las enseñanzas que contenía el libro. Supe así fórmulas para ocultar, invocar y crear seres; me sentía poderoso al saberme en posesión de tales secretos y por el dominio de aquellas fuerzas ocultas. Descubrí además nuevas puertas para acceder a diferentes dimensiones; tenía bajo mi férula a los demonios de las más ignotas regiones; pero aún, no obstante, había ante mí barreras que no podía salvar, negros abismos espaciales que se extienden más allá de Fomalhaut, donde acecha siempre el horror definitivo entre blasfemias más antiguas que las propias estrellas. Volví al De Vermis Mysteriis, de Ludvig Prinn, y al Cultes des Goules, del Conde de D’Erlette, en mi afán de aprehender los más antiguos secretos a la luz de lo que ahora sabía, mas descubrí que todos aquellos misterios no eran cosa de importancia relevante en su comparación con las enseñanzas esotéricas que contenía el Libro Negro, una obra en la que podían conocerse encantamientos de tan siniestro poder que incluso el mismo Alhazred habría temblado ante su sola lectura.

El Libro Negro hablaba de la llamada de Boromir, de los oscuros secretos del Trapezoedro luminoso —aquella ventana que se abría al espacio y al tiempo—, de la invocación de Cthulhu desde su palacio oceánico de la acuática ciudad de R’Iyeh… El libro contenía todos esos secretos, a la espera del valiente o del loco capaz de utilizarlos.

Estaba, pues, en la cima del poder; podía hacer que el tiempo se expandiese o contrajera a mi capricho; el universo no encerraba ya secretos que me fueran ajenos. Esos estudios secretos que hacía chocaron frontalmente con los conocimientos mundanos que había atesorado hasta entonces. Me sentí tan poderoso que llegué a intentar el acceso a lo más imposible, el paso del último umbral, el que se abre a las secretas regiones del más allá, donde los Primigenios esperan como presos el momento de su retorno a la tierra, de la que fueron expulsados por los dioses de la antigüedad. Vanidoso entonces, creí que yo —nada más que una diminuta mota de polvo en la vastedad cósmica del tiempo— podría atravesar los negros abismos del espacio, esos que se extienden más allá de las estrellas, donde imperan la anarquía y el caos más completo, y no obstante regresar con la mente inmaculada y libre de los horrores de cientos de eones de antigüedad que allí se contienen.

Tracé en el suelo, una vez más, los cinco círculos concéntricos de fuego; me situé en el centro, invoqué a los poderes inimaginables con un conjuro tan terrible, tan inconcebiblemente espantoso, que mis manos temblaban mientras lo decía al tiempo que hacía los misteriosos signos simbólicos. Las paredes se difuminaron y un viento oscuro y brutal me arrastró a través de abismos sin fondo, grises como regiones informes. Viajaba más veloz que el pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y regiones que parecían hallarse a gran distancia. Las estrellas discurrían con tanta velocidad que formaban regueros de luz dibujando formas caprichosas en el espacio, haces luminosos que resaltaban contra la oscuridad deletérea, más negra que las fabulosas profundidades de Shung.

Pasó un minuto —o un siglo— y aún seguía en viaje vertiginoso. Las estrellas parecían entonces agruparse en pequeños montones, como si buscaran acompañarse en aquella desolación circundante. El resto seguía inmutable. Me sentía muy solo en mi viaje; me sentía como si estuviese colgado y suspendido en el espacio y en el tiempo, como si no me moviera de donde me encontraba, aunque estoy seguro de que la velocidad a la que iba era imposible. Mi espíritu se rebelaba contra la soledad, contra la quietud y el silencio de la nada; era yo un hombre sepultado en vida en una fosa tan inmensa como oscura. Pasaron los eones y vi cómo se desvanecía el último montoncito de estrellas, que eran las últimas luces de un espacio milenario. Más allá no había sino una oscuridad impenetrable, el final del universo. Grité horrorizado, pero fue en vano, una vez más; seguí mi búsqueda inacabable a través de algo que me parecía una sucesión de pasillos silenciosos, o muertos.

Mi viaje se extendió en una eternidad inacabable; nada cambiaba, si no era el ritmo de los latidos de mi corazón. Pero entonces comencé a percibir una luz tenue, de fulgor verdoso; supe que había pasado a través de una ausencia plena de tiempo y de materia; supe que había dejado atrás el Limbo. Estaba al fin más allá del universo, a inconcebible distancia del cosmos conocido racionalmente; había cruzado el último de los umbrales, la última de las puertas que se abrían al olvido. Ante mí brillaban los dos soles de mis visiones, entre los que fui conducido a una velocidad que ahora se me antojaba muy lenta. Alrededor de aquellos dos prodigiosos soles de color negro uno y verde el otro rotaba sólo un planeta. Me fue dado el don de adivinar su nombre: Shamoth.

Sentí que flotaba lenta y suavemente alrededor de aquella negra esfera; mientras me aproximaba, pude contemplar la verdosa llanura que se extendía bajo mí y en la que descansaba la gigantesca y laberíntica ciudad de mis pesadillas. Ahora parecía informe y desproporcionada bajo aquella luz.

Fui llevado sobre los tejados de la ciudad muerta mientras contemplaba los muros derruidos y los pilares devastados que resaltaban como cuchillos amenazantes contra la oscura línea del cielo. Nada se movía; no obstante, tenía la sensación de que allí moraba algo vivo, palpitante. Un ser corrompido, pleno de inmunda vileza; un ser maligno que ya sabía de mi presencia.

Al tiempo que descendía lentamente hacia la ciudad recobré mis sentidos físicos. Sentí frío, un frío helador que me entumecía los dedos. Bajé hasta una depresión abierta en cuyo centro se erguía un edificio enorme con una gran puerta en una de sus bóvedas que parecía bostezar tenebrosamente, como las fauces de algún temible animal de los orígenes. De aquel edificio emanaba un aura de palpable malignidad; me quedé petrificado y sin capacidad de respuesta física ante la sensación terrorífica que experimenté, ante la conciencia de mi indefensión desesperada. Mientras quedaba inmóvil ante el monstruoso edificio recordé lo que había leído en el Libro Negro:

«En un espacio abierto en el centro de la ciudad se alza el palacio de Nyarlathotep, en el que se puede acceder a todos los secretos, aunque el precio a pagar resulte espantoso».

Supe que estaba ante el palacio de Nyarlathotep. Aunque el solo pensamiento de entrar allí me repugnaba, caminé sin cuidarme de no hacerlo hasta atravesar la puerta en la bóveda, como si una mente que no era la mía guiase mis pasos. Atravesé aquel gran portalón en la bóveda, accediendo a una oscuridad tan profunda como la que había soportado antes en mi viaje espacial. Poco a poco la oscuridad impenetrable fue diluyéndose para dejarme ver la luz verdosa que iluminaba la superficie del planeta. Y en aquella tétrica luminosidad vi lo que jamás nadie debiera haber visto.

Estaba ante una larga sala con techo abovedado, sostenida por pilares de ébano; a cada lado de la sala se alineaban unas criaturas salidas de una pesadilla. Vi a Khnum y Anubis, con su cabeza de zorro, y a Taveret, su madre, asquerosamente gorda. Había otros seres de aspecto grotesco y maligno, que espiaban mis pasos; tenebrosas existencias que me observaban con furia. Allí, acechado por estas criaturas infernales, mi cuerpo luchaba contra las sensaciones trágicas de mi alma. Unas garras me asieron por los brazos y las piernas; el estómago me dio entonces un vuelco de asco, contraído al sentir mi cuerpo el contacto de aquella carne putrefacta. En el aire se oían gritos y aullidos como lejanos, mientras aquellas presencias danzaban obscenamente a mi alrededor, deleitándose en aquel ritual de blasfemia y depravación. Al final de la enorme sala, perdido en la distancia, se hallaba el terror último, el hediondo coloso negro de mis visiones, el amo y señor del palacio, Nyarlathotep.

Me observó atentamente. Su mirada quemaba mis entrañas, llenándome de un pánico tan insoportable que cerré los ojos para no seguir contemplando la más fiel imagen de la maldad. Mi ser se contrajo, desvaneciéndose al poco, como si fuera absorbido por una atracción tan feroz como irresistible. Perdí así la poca conciencia de mi propia identidad que tenía; mis poderes necrománticos, lo sabía bien entonces, no eran nada comparados con los del habitante de aquel submundo. Nunca los recuperé.

Bajo su mirada, mi mente y mi alma se llenaban de un espanto aterrador; no podía hacer nada mientras él siguiera absorbiendo mi existencia, quitándome la vida lentamente. Me sentí desesperar, me hallaba indefenso; no era capaz de hacer frente a la irresistible fuerza que me tenía atrapado. Apenas sin sentirlo, algo de mi ser se iba, algo insustancial, pero necesario para mi existencia futura; no podía resistirme; había llegado demasiado lejos y estaba pagando el error de hacerlo. Mi visión quedó nublada definitivamente por el refulgir de miles de rayos. Vi mi casa y mi familia flotando ante mis ojos. Después se desvanecieron como si nunca hubieran existido. Y al instante comencé a experimentar cómo cambiaba yo mismo, disolviéndome en la no existencia.

Aun sin cuerpo, me elevé sobre aquellos seres de pesadilla, atravesando la fría piedra del palacio que no ofrecía resistencia a mi vuelo, hasta que salí a la diabólica luz verdosa de la superficie del planeta. No estaba ni vivo ni muerto. Hubiera sido preferible la muerte. La ciudad se expandía por debajo de mí, mostrándome toda su asombrosa malevolencia; sobre aquel siniestro edificio que era el palacio de Nyarlathotep vi una masa amorfa que salía para desparramarse por toda la ciudad, una masa que se fue haciendo cada vez más grande hasta ocultar la ciudad a mi vista. Cuando hubo ocultado absolutamente todo, se contrajo, transformándose entonces en el negro coloso de mis visiones. Temblé aterrorizado. Mas a medida que me alejaba de la ciudad y a medida que ganaba altura, la escena fue reduciéndose y observé lo que pasaba con un gran sentimiento de alivio.

La masa comenzó a adquirir entonces una forma esférica. Yo me alejaba aún más, accediendo ahora a las negras profundidades del espacio. Suspendido, sin ver nada que se moviese a mi alrededor, incluso cuando llegué a las regiones del Primigenio, me aterrorizaba pensar en el último acto del drama que yo mismo había desatado. De la superficie del planeta brotó un rayo de energía hecha luz que atravesó el espacio, perdiéndose en su infinitud. Estaba seguro de que se dirigía al planeta en el que había vivido. Todo quedó sumido de inmediato en una calma completa. Volví a sentir el peso terrible de la soledad, más allá de las estrellas.

Mis recuerdos se iban desvaneciendo por momentos; tanto era así que pronto no tuve memoria de mi pasado. No quedaba mucho para que se esfumaran los vestigios de mi humanidad. Mas en ese instante, suspendido en el espacio y en el tiempo por toda la eternidad, experimenté un sentimiento difícil de explicar. Una enorme sensación de paz, mayor que la que procura la muerte. Sólo un recuerdo alteraba esa sensación de paz, un recuerdo que deseaba quedase borrado pronto de mi mente. No era capaz de decirme cómo lo sabía, pero estaba más seguro de ello que de mi existencia. Nyarlathotep ya no volvería a pisar la superficie de Sharnoth; jamás volvería a reunirse con su corte en aquel palacio negro, pues el rayo de luz que viajaba a través del espacio tenebroso llevaba consigo algo más que energía.

En una pequeña buhardilla, débilmente iluminada, un cuerpo se estiraba, poniéndose en pie lentamente. Sus ojos eran dos trozos de carbón incandescente; una diabólica sonrisa cruzaba su rostro. Mientras contemplaba los tejadillos laberínticos de la ciudad a través de la ventana, alzó los brazos en señal de triunfo.

Había atravesado las barreras creadas por los dioses de la antigüedad; era libre para seguir caminando por la tierra, libre para controlar la mente de los hombres y manipularla hasta esclavizarles el alma. Era ése al que yo había dado la oportunidad de escapar; yo, que, a causa de mis ansias de poder, le había procurado los medios para regresar a la tierra.

Nyarlathotep caminaba por la tierra con la forma de un hombre, pues cuando me robó mis recuerdos y mi ser se quedó también con mi físico. En mi cuerpo habitaba ahora la esencia inmortal de Nyarlathotep el Terrible.