Janko el músico

Henryk Sienkiewicz

Kurjer Warszawski, 18 de julio de 1879

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

17 min de lectura
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Sinopsis: «Janko el músico» (Janko Muzykant) es un cuento del escritor polaco Henryk Sienkiewicz, publicado el 18 de julio de 1879 en el periódico Kurjer Warszawski. Janko es un niño enfermizo, hijo de una campesina pobre, que crece entre el hambre y la incomprensión de quienes lo rodean. Incapaz de cumplir bien las tareas que le encargan, posee una sensibilidad extraordinaria para la música: escucha melodías en el bosque, en el canto de los pájaros y en los sonidos de la aldea. Pero para él, ninguna música es comparable a la de un violín verdadero, y tocar uno se convierte en el deseo más intenso de su vida.

Henryk Sienkiewicz - Janko el músico

Janko el músico

Henryk Sienkiewicz
(Cuento completo)

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Vino al mundo enclenque, raquítico. Las comadres, reunidas alrededor del camastro de la parturienta, meneaban la cabeza mirando a la madre y al niño. La mujer de Szymon, el herrero, que era la más avispada de todas, se puso a consolar a la enferma:

—Esperen —decía—, voy a encenderle un cirio, porque a usted ya no le queda nada, comadre; ya es hora de prepararse para el otro mundo, y habrá que mandar a buscar al cura para que le perdone sus pecados.

—¡Bah! —dijo otra—, pero al niño hay que bautizarlo de una vez, porque este no aguanta vivo ni hasta que llegue el cura, y mejor será —decía— que al menos no se convierta en una strzyga[1].

Dicho esto, encendió el cirio, tomó al pequeño en brazos y empezó a rociarlo con agua, hasta que el niño comenzó a entrecerrar los ojitos, y dijo:

—Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y te pongo por nombre Jan. Y ahora, alma cristiana, vuelve al lugar de donde viniste. ¡Amén!

Pero aquella alma cristiana no tenía la menor intención de volver al lugar de donde había venido, ni de abandonar aquel cuerpecito enfermizo; al contrario, se puso a patalear con las piernas de ese cuerpo como podía, y a llorar, aunque tan débil y lastimosamente que, como decían las comadres: «Cualquiera diría que es un gatito, o algo así».

Mandaron a buscar al cura; llegó, hizo lo suyo, se fue, y la enferma mejoró. En una semana ya estaba la mujer trabajando. La criatura apenas respiraba, pero respiraba; hasta que al cuarto año un cuco le cantó la enfermedad en primavera, así que fue mejorando y, con una salud más o menos pasable, llegó a los diez años[2].

Siempre estaba flaco y tostado por el sol, con la barriga hinchada y las mejillas hundidas; tenía el pelo áspero como estopa, casi blanco, y le caía sobre unos ojos claros y saltones que miraban el mundo como si estuvieran fijos en una lejanía sin fin. En invierno se sentaba detrás de la estufa y lloriqueaba en voz baja de frío, y a veces también de hambre, cuando su madre no tenía nada que meter ni en la estufa ni en la olla; en verano andaba con una camisa atada con un cordón y un sombrero de paja todo deshilachado, por debajo de cuyas alas miraba levantando la cabeza como un pájaro. La madre, una pobre campesina sin tierra ni casa propia, que vivía al día como golondrina bajo techo ajeno, puede que lo quisiera a su manera, pero le pegaba bastante seguido y solía llamarlo «chiflado». A los ocho años ya andaba de pastorcito detrás del ganado, y cuando en la casa no había qué comer, se iba al bosque a buscar hongos. Que un lobo no se lo haya comido por allá, solo fue misericordia de Dios.

Era un niño bastante torpe y, como todos los niños del campo, se metía el dedo en la boca cuando hablaba con la gente. Nadie esperaba siquiera que fuera a crecer, y mucho menos que su madre pudiera sacar de él algún provecho, porque para el trabajo no servía de nada. No se sabía de dónde había salido así, pero había una sola cosa que lo devoraba: la música. La oía por todas partes, y en cuanto creció un poco ya no pensaba en otra cosa. Salía con el ganado al bosque o iba con una vasija doble a buscar arándanos, y volvía sin nada, y decía balbuciendo:

—¡Mamaíta! ¡En el bosque había algo que sonaba y sonaba! ¡Ay! ¡Ay!

Y la madre le contestaba:

—¡Ya te voy a dar música yo! ¡No te preocupes!

Y en efecto, a veces le daba música con el cucharón. El chico gritaba, prometía que no lo haría más, pero seguía pensando que en el bosque algo sonaba… ¿Qué? ¿Y cómo iba él a saberlo? Los pinos, las hayas, los abedules, las oropéndolas… ¡todo sonaba! ¡El bosque entero, y punto!

El eco también… En el campo le sonaban hasta las hierbas; en el huertito junto a la casa, los gorriones gorjeaban tanto que los cerezos temblaban. Por las noches escuchaba todas las voces de la aldea, y seguro pensaba que la aldea entera estaba tocando música. Cuando lo mandaban a esparcir estiércol, hasta el viento le sonaba en la horca de madera.

Una vez lo vio así el capataz: parado con el pelo revuelto, escuchando el viento en la horca de madera. Lo miró, se quitó la correa y le dejó un buen recuerdo. Pero ¿de qué sirvió? La gente lo llamaba «Janko el músico»…

En primavera se escapaba de casa a hacer flautas junto al arroyo. Por las noches, cuando las ranas empezaban a croar, las codornices a llamarse en los prados, los avetoros a retumbar entre el rocío y los gallos a cantar tras las cercas, él no podía dormir. Solo escuchaba, y únicamente Dios sabe qué música oía en todo aquello… A la iglesia su madre no podía llevarlo, porque cuando sonaba el órgano o se oía un canto dulce, a la criatura se le nublaban los ojos, como si ya miraran desde otro mundo…

El sereno, que por las noches recorría la aldea y que, para no dormirse, contaba estrellas en el cielo o conversaba en voz baja con los perros, veía muchas veces la camisa blanca de Janko deslizándose en la oscuridad hacia la taberna. Pero el muchacho no entraba, sino que se quedaba afuera. Allí, agazapado contra el muro, escuchaba. La gente bailaba el oberek[3]; de vez en cuando algún mozo gritaba: «¡Uja!» Se oía el taconeo de las botas, y luego las voces de las muchachas: «¿Qué quieren?» Los violines cantaban quedamente: «Vamos a comer, vamos a beber, y nos vamos a divertir», y el contrabajo, con su voz gruesa, respondía con solemnidad: «¡Lo que Dios quiera! ¡Lo que Dios quiera!» Las ventanas brillaban con la luz, y cada viga de la taberna parecía temblar, cantar y sonar también. ¡Y Janko escuchaba!…

¿Qué no daría él por tener unos violines así, que dijeran bajito: «Vamos a comer, vamos a beber, y nos vamos a divertir»? Unas tablitas que cantan. ¡Bah! ¿Pero de dónde sacarlas? ¿Dónde las hacen? ¡Si al menos le dejaran tener algo como eso en las manos, aunque fuera una sola vez! Pero ¡qué va! Solo le estaba permitido escuchar, así que escuchaba hasta que la voz del sereno le llegaba desde la oscuridad:

—¿Todavía no te vas a tu casa, muchacho del demonio?

Entonces salía corriendo con los pies descalzos, y detrás de él lo perseguía la voz de los violines: «Vamos a comer, vamos a beber, y nos vamos a divertir», y la voz solemne del contrabajo: «¡Lo que Dios quiera! ¡Lo que Dios quiera! ¡Lo que Dios quiera!»

Cada vez que podía oír violines, fuera en la fiesta de la cosecha o en alguna boda, para él era una gran celebración. Después se metía detrás de la estufa y no decía nada durante días enteros, mirando con los ojos brillantes como un gato desde la oscuridad. Con el tiempo se construyó él mismo un violín con una teja de madera y unas crines de caballo, pero no quería sonar tan bonito como los de la taberna: zumbaba bajito, muy bajito, como moscas o mosquitos. Sin embargo, lo tocaba de la mañana a la noche, y eso le costaba tantos golpes que al final parecía una manzana verde toda magullada. Pero así era su naturaleza. La criatura adelgazaba cada vez más; solo la barriga la tenía siempre grande, el pelo se le iba poniendo más tupido y los ojos se le abrían más y más, aunque casi siempre bañados en lágrimas; pero las mejillas y el pecho se le hundían sin parar…

No era en absoluto como los otros niños; era más bien como su violín de teja, que apenas zumbaba. En los meses de escasez, antes de la cosecha, se moría de hambre, porque vivía casi siempre de zanahorias crudas y también del deseo de tener un violín.

Pero ese deseo no le trajo nada bueno.

En la casa señorial había un sirviente que tenía un violín y que a veces lo tocaba al atardecer, para agradar a una de las criadas. Janko, de cuando en cuando, se arrastraba entre las bardanas hasta la puerta abierta de la despensa, para poder verlo. Colgaba justamente en la pared de enfrente. Y allí el muchacho le enviaba toda su alma a través de los ojos, porque le parecía que aquello era algo sagrado e inalcanzable, indigno de ser tocado por sus manos, algo que era lo más querido de todo cuanto existía para él. Y sin embargo lo deseaba. Si al menos pudiera una vez tenerlo en las manos, mirarlo de cerca… Su pobre y pequeño corazón de campesino temblaba de felicidad con solo pensarlo.

Una noche no había nadie en la despensa. Los señores llevaban mucho tiempo en el extranjero, la casa estaba vacía, así que el sirviente se pasaba las horas en la otra ala de la casa, con la doncella. Janko, agazapado entre las bardanas, miraba desde hacía rato por la ancha puerta abierta hacia el objeto de todos sus anhelos. La luna estaba llena en el cielo y entraba oblicuamente por la ventana de la despensa, proyectándose en forma de un gran cuadrado luminoso sobre la pared de enfrente. Pero ese cuadrado se iba acercando lentamente al violín, y al final lo iluminó por completo. Entonces, desde la oscura profundidad, parecía brotar de él una luz plateada; sobre todo, las curvas abultadas brillaban con tanta intensidad que Janek apenas podía sostenerle la mirada. En aquel resplandor se veía todo a la perfección: los costados escotados, las cuerdas y la voluta curvada. Las clavijas brillaban como luciérnagas, y a lo largo colgaba el arco como una vara de plata…

¡Ah! Todo era hermoso y casi mágico; Janek miraba con creciente avidez. Agazapado entre las bardanas, con los codos apoyados en las rodillas huesudas y la boca abierta, miraba y miraba. A ratos el miedo lo retenía en su lugar, en otros un deseo irresistible lo empujaba hacia adelante. ¿Serían hechizos, o qué? Aquel violín en la claridad a veces parecía acercarse, como flotando hacia el niño… Por momentos se opacaba, para luego brillar de nuevo con más fuerza aún. ¡Hechizos, sin duda hechizos! Mientras tanto soplaba el viento; los árboles susurraron, las bardanas se agitaron, y Janek pareció oír con toda claridad:

—¡Ve, Janko! En la despensa no hay nadie… ¡Ve, Janko!…

La noche era clara, luminosa. En el jardín de la casa señorial, junto al estanque, un ruiseñor empezó a cantar y a silbar, primero quedamente, luego más fuerte: «¡Ve! ¡Anda! ¡Tómalo!» Un bondadoso chotacabras pasó volando en silencio sobre la cabeza de la criatura y le gritó: «¡Janko, no! ¡No!» Pero el chotacabras se fue, y el ruiseñor se quedó, y las bardanas murmuraban cada vez más claro: «¡Allí no hay nadie!» El violín brilló de nuevo…

La pobre y pequeña figura encogida avanzó despacio y con cuidado, mientras el ruiseñor silbaba despacito: «¡Ve! ¡Anda! ¡Tómalo!»

La camisa blanca centellea cada vez más cerca de la puerta de la despensa. Las bardanas oscuras ya no la cubren. En el umbral se oye la respiración agitada del pecho enfermo del niño. Un instante más: la camisita blanca desaparece, solo un piececito descalzo asoma tras el umbral. En vano, chotacabras, pasas una vez más y gritas: «¡No! ¡No!» Janko ya está adentro.

Las ranas del estanque del jardín empezaron a croar todas a la vez, como si se hubieran asustado, pero luego callaron. El ruiseñor dejó de silbar, las bardanas de susurrar. Mientras tanto, Janek se arrastraba en silencio y con cuidado, pero enseguida lo invadió el miedo. Entre las bardanas se sentía como en su casa, como un animalito salvaje entre la maleza, pero ahora era como un animalito salvaje atrapado en una trampa. Sus movimientos se volvieron bruscos, su respiración corta y sibilante, y además lo envolvió la oscuridad. Un relámpago silencioso de verano cruzó el cielo de oriente a occidente e iluminó una vez más el interior de la despensa, y a Janek en cuatro patas frente al violín, con la cabeza levantada. Pero el relámpago se extinguió, una nube cubrió la luna y ya no se veía ni se oía nada.

Al cabo de un instante, de la oscuridad brotó un sonido tenue y lloroso, como si alguien hubiera rozado las cuerdas sin querer, y de pronto…

Una voz gruesa, adormilada, que salía de un rincón de la despensa, preguntó con enojo:

—¿Quién anda ahí?

Janek contuvo la respiración, pero la voz gruesa preguntó de nuevo:

—¿Quién anda ahí?

Un fósforo empezó a parpadear contra la pared, se hizo la luz, y después… ¡Ay, Dios! Se oyen maldiciones, golpes, el llanto de un niño, gritos de «¡Ay, por Dios!». Ladridos de perros, luces corriendo por los cristales, alboroto en toda la casa…

Al día siguiente el pobre Janek estaba ante el juzgado del alcalde.

¿Iban a juzgarlo allí como ladrón?… Seguramente. El alcalde y los concejales lo miraron, parado ante ellos con el dedo en la boca, los ojos desorbitados y asustados, pequeño, flaco, mugriento, golpeado, sin saber dónde estaba ni qué querían de él. ¿Cómo juzgar a semejante miseria, que tiene diez años y apenas se mantiene en pie? ¿Mandarlo a la cárcel o qué? Hay que tener un poco de piedad con los niños. Que se lo lleve el sereno, que le dé con la vara para que otra vez no robe, y asunto terminado.

—¡Pues claro!

Llamaron a Stach, que era el sereno:

—Llévatelo y dale para que se acuerde.

Stach asintió con su tonta cabeza de animal, tomó a Janek bajo el brazo como a un gatito y se lo llevó al granero. La criatura, ya fuera porque no entendía lo que pasaba o porque estaba muerta de miedo, no dijo una sola palabra; solo miraba, como mira un pájaro. ¿Cómo iba a saber él lo que le harían? Hasta que Stach, adentro del granero, lo agarró a la fuerza, lo tiró al suelo y, levantándole la camisita, le soltó con todo. Entonces Janek gritó:

—¡Mamaíta!

Y con cada golpe de la vara, él gritaba: «¡Mamaíta! ¡Mamaíta!», pero cada vez más débil, más bajo, hasta que al final la criatura se calló y ya no llamó más a su madre…

¡Pobres violines destrozados!…

—¡Tonto y malo, Stach! ¿Quién le pega así a un niño? Si es pequeño y débil, y siempre estuvo medio muerto.

Llegó la madre y se llevó al muchacho, pero tuvo que cargarlo hasta la casa… Al día siguiente Janek no se levantó, y al atardecer del tercer día agonizaba tranquilamente en el camastro, tapado con una frazadita de lana burda.

Las golondrinas gorjeaban en el cerezo que crecía junto a la pared de la casa; un rayo de sol entraba por el vidrio y bañaba con claridad dorada la cabecita despeinada del niño y su rostro, en el que no quedaba una gota de sangre. Aquel rayo era como un camino por el que la pequeña alma del muchacho habría de partir. Menos mal que al menos en la hora de la muerte se iba por un sendero ancho y soleado, porque en vida, la verdad, siempre había andado por uno de espinas. Mientras tanto, el pecho consumido aún se movía con la respiración, y la carita de la criatura parecía escuchar los sonidos de la aldea que entraban por la ventana abierta. Era el atardecer, y las muchachas que volvían de la siega cantaban: «¡Ay, en la verde pradera!», y desde el arroyo llegaba la música de las flautas. Janek escuchaba por última vez cómo sonaba la aldea… Sobre la frazadita, junto a él, estaba su violín de teja.

De pronto el rostro de la criatura moribunda se iluminó, y de los labios que se iban poniendo blancos salió un susurro:

—¿Mamaíta?…

—¿Qué, hijito? —respondió la madre, ahogada en lágrimas…

—Mamaíta, ¿Dios me va a dar un violín de verdad en el cielo?

—¡Te lo va a dar, hijito, te lo va a dar! — respondió la madre; pero ya no pudo seguir hablando, porque de su pecho endurecido estalló de pronto toda la pena que llevaba dentro, y gimiendo apenas «¡Ay, Jesús! ¡Jesús!», se derrumbó con la cara sobre el arcón y rompió a llorar a gritos, como si hubiera perdido la razón, o como quien ve que la muerte le está quitando a lo que más quiere y no puede impedirlo…

Y no pudo impedirlo, porque cuando se levantó y volvió a mirar al niño, los ojos del pequeño músico estaban abiertos, sí, pero inmóviles, y su rostro se había vuelto muy serio, rígido y sombrío. El rayo de sol también se había ido…

¡Descansa en paz, Janko!

*

Al día siguiente los señores regresaron a la mansión desde Italia, junto con la señorita y un caballero que la cortejaba. El caballero decía:

Quel beau pays que l’Italie[4].

— Y qué pueblo de artistas! On est heureux de chercher là-bas des talents et de les protéger[5]… —añadió la señorita.

Sobre Janko susurraban los abedules…

FIN


[1] Strzyga: criatura del folclore eslavo, similar a un vampiro, en la que supuestamente se convertían los niños que morían sin bautismo.

[2] Según una creencia popular polaca, si un cuco cantaba en primavera cerca de un enfermo, se llevaba consigo la enfermedad.

[3] Danza popular polaca de ritmo vivo.

[4] ¡Qué hermoso país es Italia!

[5] Es una dicha buscar allá talentos y protegerlos

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Henryk Sienkiewicz - Janko el músico
  • Autor: Henryk Sienkiewicz
  • Título: Janko el músico
  • Título Original: Janko Muzykant
  • Publicado en: Kurjer Warszawski, 18 de julio de 1879
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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