Iris

Hermann Hesse

Märchen (1919)

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

36 min de lectura
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Sinopsis: «Iris» es un cuento del escritor alemán Hermann Hesse, publicado en 1919 en el libro Märchen. Anselm es un niño fascinado por el jardín de su madre y, en particular, por una flor de iris azul cuyo cáliz le parece la entrada a un mundo de fantasía y misterio. Con los años, ese asombro se apaga: el niño crece, se aleja de sus visiones de infancia y se convierte en un hombre adulto, culto y reconocido, pero insatisfecho. Cuando conoce a la hermana de un amigo, ella despierta en él la intuición de algo perdido, ligado a una memoria remota que no logra alcanzar.

Hermann Hesse - Iris

Iris

Hermann Hesse
(Cuento completo)

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En la primavera de su infancia, Anselm corría por el verde jardín. Entre las flores de su madre había una que se llamaba iris y que le era especialmente querida. Apoyaba la mejilla en sus altas hojas de un verde claro, palpaba con los dedos sus puntas afiladas, aspiraba el perfume de la gran flor maravillosa y miraba largo rato en su interior. Allí se alzaban largas hileras de dedos amarillos desde el pálido fondo azulado; entre ellos corría un sendero luminoso que descendía hacia el cáliz y se internaba en el remoto misterio azul de la flor. La quería mucho y se quedaba mirándola; veía aquellos finos miembros amarillos unas veces como una cerca de oro junto al jardín de un rey, otras como una doble avenida de hermosos árboles soñados que ningún viento movía; entre ellos avanzaba, claro y atravesado por delicadas venas vivas como de cristal, el camino secreto hacia el interior. La bóveda se abría inmensa; hacia el fondo, el sendero se perdía entre los árboles dorados, infinitamente hondo, en abismos inconcebibles; sobre él se curvaba majestuosamente la bóveda violeta y tendía sombras sutiles y mágicas sobre la maravilla quieta y expectante. Anselm sabía que esa era la boca de la flor, que detrás de las espléndidas formas amarillas, en la garganta azul, habitaban su corazón y sus pensamientos, y que por aquel hermoso camino claro, veteado como vidrio, entraban y salían su aliento y sus sueños.

Junto a la gran flor había otras más pequeñas que aún no se habían abierto. Se erguían sobre tallos firmes y jugosos, en un pequeño cáliz de piel verde pardusca; de ellas subía, callada y vigorosa, la flor joven, apretadamente envuelta en verde claro y lila, mientras arriba asomaba, enrollado con firme delicadeza, el violeta profundo de la flor nueva, terminado en una fina punta. También en aquellos pétalos jóvenes, todavía bien cerrados, se veían ya venas y dibujos innumerables.

Por la mañana, cuando salía de la casa y volvía del sueño, del ensueño y de mundos extraños, el jardín seguía allí, intacto y siempre nuevo, esperándolo. Y donde el día anterior una dura punta azul, bien enrollada, había sobresalido de su vaina verde, ahora colgaba, tenue y azul como el aire, una hoja joven, semejante a una lengua y a un labio, que buscaba a tientas la forma y la curvatura con que había soñado largamente; y más abajo, donde aún libraba su silenciosa lucha con la envoltura, ya se adivinaban las finas formas amarillas, el claro camino veteado y el lejano y perfumado abismo del alma. Tal vez al mediodía, tal vez al atardecer, estaría abierta, desplegando su tienda de seda azul sobre un bosque dorado y soñado, y sus primeros sueños, pensamientos y cantos saldrían en silencio, exhalados desde aquel abismo encantado.

Llegó un día en que solo había campanillas azules en la hierba. Llegó un día en que, de pronto, hubo un nuevo sonido y un nuevo perfume en el jardín, y sobre el follaje rojizo atravesado por el sol colgó, suave y de un rojo dorado, la primera rosa de té. Llegó un día en que ya no había iris. Se habían ido; ningún sendero cercado de oro descendía ya suavemente hacia perfumados secretos; extrañas se erguían las hojas rígidas, puntiagudas y frías. Pero en los arbustos maduraban bayas rojas, y sobre las flores estrelladas revoloteaban mariposas nuevas y nunca vistas, libres y juguetonas: unas de color pardo rojizo con el lomo nacarado, otras, esfinges zumbadoras de alas transparentes. Anselm hablaba con las mariposas y con los guijarros; tenía por amigos al escarabajo y a la lagartija; los pájaros le contaban historias de pájaros; los helechos le mostraban en secreto, bajo el techo de sus hojas gigantescas, las semillas pardas recogidas; trozos de vidrio verde y cristalino atrapaban para él un rayo de sol y se convertían en palacios, jardines y cámaras de tesoros resplandecientes. Si los iris se habían ido, florecían las capuchinas; si las rosas de té se marchitaban, maduraban las moras; todo se desplazaba, estaba siempre allí y siempre se iba, desaparecía y volvía a su tiempo. Incluso los días inquietantes y extraños, cuando el viento frío alborotaba los abetos y en todo el jardín las hojas secas crujían, pálidas y muertas, traían consigo una canción, una experiencia, una historia, hasta que todo volvía a hundirse, la nieve caía ante las ventanas, bosques de palmeras crecían sobre los vidrios, ángeles con campanas de plata volaban por la tarde y el vestíbulo y la buhardilla olían a fruta seca. Jamás se apagaban la amistad ni la confianza en aquel mundo bueno; y cuando, de pronto, volvían a brillar las campanillas blancas junto a las negras hojas de la hiedra y los primeros pájaros volaban alto por nuevas alturas azules, parecía que todo hubiera estado allí desde siempre. Hasta que un día, siempre inesperado y sin embargo siempre tal como debía ser y siempre igualmente deseado, volvía a asomar la primera punta azulada de una flor entre los tallos del iris.

Todo era hermoso; todo le era a Anselm bienvenido, amigo y familiar; pero el instante supremo de magia y de gracia era, cada año, para el niño, la aparición del iris. En su cáliz, en el sueño más temprano de la infancia, había leído por primera vez en el libro de las maravillas; su aroma y su ondulante azul múltiple habían sido para él el llamado y la llave de la creación. Así lo acompañó el iris a través de todos los años de su inocencia, y en cada nuevo verano se renovaba, más misterioso y conmovedor. También otras flores tenían boca, también otras flores exhalaban perfume y pensamientos, también otras atraían abejas y escarabajos a sus pequeñas cámaras dulces. Pero el iris azul llegó a ser para el niño más querido e importante que cualquier otra flor: se convirtió en imagen y ejemplo de todo lo digno de meditación y de asombro. Cuando miraba dentro de su cáliz y, absorto, seguía con el pensamiento aquel sendero claro y soñador entre las extrañas formas amarillas, hacia el interior crepuscular de la flor, entonces su alma miraba hacia la puerta donde la apariencia se vuelve enigma y la visión se convierte en presentimiento. A veces, de noche, soñaba con aquel cáliz: lo veía abierto ante él, inmenso, como la puerta de un palacio celestial; entraba cabalgando en caballos o volando sobre cisnes, y con él volaba, cabalgaba y se deslizaba silenciosamente el mundo entero, atraído por la magia hacia aquella hermosa garganta y hacia abajo, donde toda espera debía cumplirse y todo presentimiento hacerse verdad.

Toda manifestación sobre la tierra es un símbolo, y todo símbolo es una puerta abierta por la que el alma, si está preparada, puede entrar en el interior del mundo, donde tú y yo, el día y la noche, somos una sola cosa. A cada ser humano se le cruza alguna vez en la vida esa puerta abierta; a cada uno lo roza alguna vez la idea de que todo lo visible es símbolo y de que detrás del símbolo habitan el espíritu y la vida eterna. Pocos, sin embargo, cruzan la puerta y entregan la bella apariencia a cambio de la realidad interior apenas presentida.

Así se le presentaba al niño Anselm el cáliz de su flor: como una pregunta abierta y silenciosa hacia cuya respuesta feliz se precipitaba su alma, henchida de presentimientos. Luego, otra vez, la amable multiplicidad de las cosas lo alejaba, en conversaciones y juegos con la hierba y las piedras, las raíces, los arbustos, los animales y todas las amistades de su mundo. A menudo se hundía en la contemplación de sí mismo; se sentaba entregado a las rarezas de su propio cuerpo y, con los ojos cerrados, sentía al tragar, al cantar, al respirar, movimientos, sensaciones e imágenes extrañas en la boca y en la garganta; también allí buscaba el camino y la puerta por donde un alma puede ir hacia otra. Observaba con asombro las significativas figuras de colores que, con frecuencia, se le aparecían desde la oscuridad purpúrea de los ojos cerrados: manchas y semicírculos azules y rojo oscuro, con líneas claras como cristal entre ellos. A veces Anselm percibía, con una emoción alegre y temerosa, los finos y múltiples vínculos entre el ojo y el oído, el olfato y el tacto; durante bellos instantes fugaces sentía que tonos, sonidos y letras estaban emparentados y eran semejantes al rojo y al azul, a lo duro y a lo blando; o se maravillaba, al oler una hierba o una corteza verde recién pelada, de lo extrañamente próximos que están el olfato y el gusto, y de cuántas veces pasan el uno al otro y se vuelven una sola cosa.

Todos los niños sienten así, aunque no todos con la misma fuerza y delicadeza; y en muchos todo esto ya se ha ido y parece no haber existido nunca antes de que aprendan a leer la primera letra. A otros el misterio de la infancia les queda cercano durante largo tiempo, y conservan un rastro y un eco de él hasta las canas y el cansancio de los últimos días. Todos los niños, mientras aún viven dentro del misterio, están ocupados sin cesar, en lo más hondo del alma, con lo único importante: consigo mismos y con la enigmática relación de su propia persona con el mundo que los rodea.

Los buscadores y los sabios vuelven, con los años de la madurez, a estas ocupaciones; pero la mayoría de las personas olvida y abandona pronto y para siempre ese mundo interior de lo verdaderamente importante, y vaga toda la vida por los coloridos extravíos de preocupaciones, deseos y metas, ninguna de las cuales habita en su centro más íntimo, ninguna de las cuales vuelve a conducirlos hacia ese centro y hacia el hogar.

Los veranos y otoños de la infancia de Anselm llegaban suavemente y se iban sin ruido; una y otra vez florecían y se marchitaban la campanilla blanca, la violeta, el alhelí, el iris, la vincapervinca y la rosa, tan hermosas y abundantes como siempre. Él vivía con ellas; la flor y el pájaro le hablaban, el árbol y la fuente lo escuchaban, y llevó su primera letra escrita y su primera pena de amistad, como de costumbre, al jardín, a su madre, a las piedras de colores junto al cantero.

Pero una vez llegó una primavera que no se escuchó ni olió como todas las anteriores. El mirlo cantaba, y no era la vieja canción; el iris azul floreció, y por el sendero de oro de su cáliz ya no entraban ni salían sueños ni figuras de cuento. Las fresas reían escondidas en su sombra verde, las mariposas se tambaleaban brillantes sobre las altas umbelas, y todo había dejado de ser como siempre; otras cosas empezaban a interesar al muchacho, y con su madre discutía mucho. Él mismo no sabía qué era ni por qué algo le dolía y lo perturbaba sin descanso. Solo veía que el mundo había cambiado y que las amistades de antes se desprendían de él y lo dejaban solo.

Así pasó un año, y pasó otro, y Anselm ya no era un niño. Las piedras de colores alrededor del cantero le parecían aburridas, las flores estaban mudas, los escarabajos los tenía clavados con alfileres en una caja, y su alma había emprendido el largo y duro desvío; las antiguas alegrías se habían agotado y marchitado.

El joven irrumpió impetuosamente en la vida, que solo entonces parecía comenzar para él. Disipado y olvidado quedó el mundo de los símbolos; nuevos deseos y caminos lo atraían lejos. La infancia aún flotaba como un perfume en su mirada azul y en su cabello suave, pero no le gustaba que se lo recordaran, y se cortó el pelo muy corto y puso en su mirada toda la audacia y todo el saber que pudo. Atravesó con vehemencia aquellos años inquietos y expectantes: unas veces buen alumno y amigo, otras solitario y tímido, otras salvaje y ruidoso en las primeras reuniones juveniles. Tuvo que dejar su hogar y solo volvió a verlo rara vez, en visitas breves, cuando regresaba a casa de su madre cambiado, más alto y elegantemente vestido. Traía amigos, traía libros, cada vez cosas distintas, y cuando cruzaba el viejo jardín, este le parecía pequeño y callaba ante su mirada distraída. Nunca más leyó historias en las vetas de colores de las piedras y las hojas; nunca más vio a Dios y a la eternidad habitando en el secreto floral del iris azul.

Anselm fue colegial, fue estudiante; volvió a su tierra natal con una gorra roja y luego con una amarilla, con bozo sobre el labio y después con una barba joven. Trajo libros en lenguas extranjeras, una vez un perro, y en una cartera de cuero que llevaba junto al pecho guardó, unas veces, poemas secretos; otras, copias de antiguas sabidurías; otras, retratos y cartas de muchachas bonitas. Volvió de nuevo después de haber estado lejos, en países extraños, y de haber vivido en grandes barcos sobre el mar. Volvió otra vez convertido en un joven erudito, con sombrero negro y guantes oscuros; los viejos vecinos se quitaban el sombrero ante él y lo llamaban profesor, aunque todavía no lo era. Volvió una vez más vestido de negro y caminó, esbelto y serio, detrás del lento coche en que yacía su anciana madre dentro de un ataúd adornado. Después volvió muy pocas veces.

En la gran ciudad, donde ahora Anselm enseñaba a estudiantes y era tenido por un sabio famoso, iba, paseaba, se sentaba y se levantaba exactamente como las demás personas del mundo, con fino traje y sombrero, serio o amable, con ojos atentos y a veces un poco cansados; era un señor y un investigador, tal como había querido llegar a ser. Entonces le ocurrió algo parecido a lo que le había pasado al final de su infancia. Sintió de pronto que muchos años se habían deslizado detrás de él y se encontró extrañamente solo e insatisfecho en medio del mundo al que siempre había aspirado. No era verdadera felicidad ser profesor, no era un goce pleno recibir profundas reverencias de burgueses y estudiantes. Todo estaba como marchito y cubierto de polvo; la felicidad volvía a quedar lejos, en el futuro, y el camino hacia ella parecía ardiente, polvoriento y común.

En esa época, Anselm frecuentaba mucho la casa de un amigo cuya hermana lo atraía. Ya no corría con facilidad detrás de un rostro bonito; también eso había cambiado. Sentía que la felicidad debía llegar para él de una manera especial y no podía estar escondida detrás de cualquier ventana. La hermana de su amigo le gustaba mucho, y a menudo creía saber que la amaba de verdad. Pero ella era una muchacha particular: cada paso y cada palabra suya tenían un color y una forma propios, y no siempre era fácil caminar con ella y encontrar el mismo paso. Cuando Anselm, algunas tardes, iba y venía por su cuarto solitario y escuchaba pensativo sus propios pasos en las habitaciones vacías, discutía mucho consigo mismo a causa de su amiga. Ella era mayor de lo que él habría deseado para su esposa. Era muy singular, y sería difícil vivir junto a ella y seguir al mismo tiempo su ambición de erudito, porque ella no quería oír hablar de eso. Además no era muy fuerte ni muy sana, y sobre todo soportaba mal la vida social y las fiestas. Prefería vivir, rodeada de flores, música y quizá algún libro, en una soledad tranquila, esperando a ver si alguien venía a ella y dejando que el mundo siguiera su curso. A veces era tan delicada y sensible que todo lo extraño le hacía daño y la llevaba fácilmente al llanto. Otras veces irradiaba, callada y fina, una felicidad solitaria; y quien la veía sentía cuán difícil era darle algo a aquella mujer hermosa y extraña, significar algo para ella. A menudo Anselm creía que ella lo quería; a menudo le parecía que no quería a nadie, que era solamente delicada y amable con todos y que no pedía al mundo otra cosa que la dejaran en paz. Pero él quería otra cosa de la vida, y si llegaba a tener una esposa, debía haber animación, alegría y hospitalidad en su casa.

—Iris —le decía—, querida Iris, ¡si el mundo estuviera hecho de otra manera! Si no hubiera nada más que una hermosa y suave realidad, con flores, pensamientos y música, no desearía otra cosa que pasar toda mi vida junto a ti, oír tus historias y vivir dentro de tus pensamientos. Ya tu nombre me hace bien; Iris es un nombre maravilloso, y no sé a qué me recuerda.

—Pero sabes —dijo ella— que así se llaman los iris azules.

—Sí —exclamó él, con una sensación de angustia—, eso lo sé, y ya es muy hermoso. Pero siempre que digo tu nombre, parece querer recordarme además alguna otra cosa; no sé qué, como si estuviera unido a recuerdos muy hondos, lejanos e importantes, y sin embargo no sé ni logro descubrir qué podrían ser.

Iris le sonrió, mientras él, perplejo, estaba ante ella y se pasaba la mano por la frente.

—A mí me sucede eso cada vez que huelo una flor —dijo ella a Anselm con su voz ligera de pájaro—. Entonces mi corazón cree siempre que con el perfume está unido el recuerdo de algo sumamente hermoso y precioso, algo que una vez, hace mucho, fue mío y he perdido. Con la música me ocurre también, y a veces con los poemas: de pronto algo relampaguea por un instante, como si viera una patria perdida tendida allá abajo, en el valle; y enseguida vuelve a desaparecer y a olvidarse. Querido Anselm, creo que estamos en la tierra para eso: para meditar, buscar y escuchar esos tonos lejanos y perdidos, detrás de los cuales está nuestra verdadera morada.

—Qué hermoso lo dices —la halagó Anselm, y sintió en su propio pecho una conmoción casi dolorosa, como si allí una brújula oculta señalara sin remedio hacia su lejano destino. Pero ese destino era muy distinto del que él quería darle a su vida, y eso le dolía. ¿Era digno de él desperdiciar la existencia en sueños, siguiendo bonitos cuentos de hadas?

Entretanto llegó un día en que el señor Anselm regresó de un viaje solitario y se sintió recibido de manera tan fría y opresiva por su desnuda habitación de erudito que corrió a casa de sus amigos, decidido a pedir la mano de la hermosa Iris.

—Iris —le dijo—, no puedo seguir viviendo así. Siempre has sido mi buena amiga, y debo decírtelo todo. Necesito una esposa; si no, siento mi vida vacía y sin sentido. ¿Y a quién podría desear por mujer sino a ti, querida flor? ¿Quieres, Iris? Tendrás flores, tantas como puedan encontrarse; tendrás el jardín más hermoso. ¿Quieres venir conmigo?

Iris lo miró largo rato y serenamente a los ojos, no sonrió ni se ruborizó, y le respondió con voz firme.

—Anselm, tu pregunta no me sorprende. Te quiero, aunque nunca he pensado en convertirme en tu mujer. Pero mira, amigo mío: le exijo mucho a quien haya de ser mi marido. Le exijo más que la mayoría de las mujeres. Me has ofrecido flores, y tu intención es buena. Pero puedo vivir sin flores y también sin música; podría prescindir de todo eso y de muchas otras cosas si fuera necesario. De una sola cosa no puedo ni quiero prescindir jamás: no puedo vivir ni un solo día sin que la música de mi corazón sea para mí lo principal. Si he de vivir con un hombre, tiene que ser alguien cuya música interior armonice bien y delicadamente con la mía, y cuyo único deseo sea que su propia música sea pura y suene bien junto a la mía. ¿Puedes hacer eso, amigo? Probablemente así no llegarás a ser más famoso ni recibirás honores; tu casa será silenciosa, y las arrugas que desde hace años conozco en tu frente tendrán que borrarse todas. Ay, Anselm, no va a resultar. Mira, tú eres de tal modo que necesitas grabarte siempre nuevas arrugas en la frente y fabricarte siempre nuevas preocupaciones; y lo que yo pienso y soy, sin duda lo amas y lo encuentras bonito, pero para ti, como para la mayoría, no es más que un juguete delicado. Escúchame bien: todo lo que ahora es para ti un juguete, para mí es la vida misma, y también tendría que serlo para ti; y todo aquello a lo que dedicas esfuerzo y preocupación es para mí un juguete, algo que, según mi sentir, no merece que se viva por ello. Yo ya no voy a cambiar, Anselm, porque vivo según una ley que está dentro de mí. Pero ¿podrás cambiar tú? Y tendrías que cambiar por completo para que yo pudiera ser tu mujer.

Anselm calló, impresionado por la voluntad de aquella mujer a la que había creído débil y caprichosa. Calló y, sin darse cuenta, estrujó distraídamente con la mano crispada una flor que había tomado de la mesa.

Entonces Iris le quitó suavemente la flor de la mano —y aquello se le clavó en el corazón como un duro reproche— y de pronto sonrió, clara y amorosa, como si inesperadamente hubiera encontrado una salida de la oscuridad.

—Tengo una idea —dijo en voz baja, ruborizándose—. Te parecerá extraña, te parecerá un capricho. Pero no lo es. ¿Quieres oírla y aceptarla como algo que ha de decidir sobre ti y sobre mí?

Sin comprenderla, Anselm miró a su amiga, la preocupación dibujada en sus facciones pálidas. La sonrisa de ella lo venció, le infundió confianza, y aceptó.

—Quisiera ponerte una tarea —dijo Iris, y enseguida volvió a ponerse muy seria.

—Hazlo, es tu derecho —se rindió el amigo.

—Hablo en serio —dijo ella—, y esta es mi última palabra. ¿Quieres recibirla tal como me nace del alma, sin regatear ni discutir, aunque no la entiendas enseguida?

Anselm lo prometió. Entonces ella se levantó, le dio la mano y dijo:

—Varias veces me has dicho que, al pronunciar mi nombre, sientes siempre el recuerdo de algo olvidado que alguna vez fue importante y sagrado para ti. Eso es una señal, Anselm, y eso te ha atraído hacia mí todos estos años. También yo creo que en tu alma has perdido y olvidado algo importante y sagrado, algo que primero debe despertar de nuevo antes de que puedas encontrar la felicidad y alcanzar lo que te está destinado. Adiós, Anselm. Te doy la mano y te pido: ve y procura reencontrar en tu memoria aquello que mi nombre te recuerda. El día en que lo hayas reencontrado, iré contigo como tu mujer adonde quieras, y no tendré otros deseos que los tuyos.

Estupefacto, el confundido Anselm quiso interrumpirla y llamar capricho a aquella exigencia, pero ella le recordó su promesa con una mirada clara, y él guardó silencio. Con los ojos bajos, tomó su mano, la llevó a sus labios y salió.

Muchas tareas había asumido y resuelto en su vida, pero ninguna había sido tan extraña, tan importante y al mismo tiempo tan desalentadora como esta. Durante días y días caminó de un lado a otro y se cansó pensando en ella; una y otra vez llegaba la hora en que, desesperado y furioso, llamaba a todo aquello un loco capricho de mujer y lo arrojaba de su pensamiento. Pero entonces algo se rebelaba en lo más hondo de su ser: un dolor fino y callado, un llamado tenue, apenas audible. Esa voz sutil, alojada en su propio corazón, coincidía con Iris y le exigía lo mismo que ella.

Pero esa tarea era demasiado difícil para el erudito. Debía recordar algo que hacía mucho había olvidado; debía hallar de nuevo un hilo dorado, uno solo, en la telaraña de los años sumergidos; debía aferrar con las manos y ofrecerle a su amada algo que no era sino el canto de un pájaro disipado en el viento, un asomo de alegría o de tristeza al oír una música, algo más tenue, más fugaz y más incorpóreo que un pensamiento, más leve que un sueño de la noche, más vago que una niebla de la mañana.

A veces, cuando desalentado apartaba todo aquello de sí y lo abandonaba malhumorado, algo lo rozaba de pronto como un soplo llegado de jardines lejanos; entonces susurraba para sí el nombre de Iris, diez y más veces, quedo y como jugando, igual que quien tantea una nota en una cuerda tendida.

—Iris —susurraba—, Iris.

Y con un dolor sutil sentía que algo se movía dentro de él, como cuando en una casa vieja y abandonada se abre sin motivo una puerta y cruje una contraventana. Escrutaba su memoria, que creía llevar bien ordenada consigo, y se topaba con hallazgos curiosos y desconcertantes. Su tesoro de recuerdos era muchísimo más pequeño de lo que nunca hubiera imaginado. Faltaban años enteros y, cuando miraba hacia atrás, quedaban vacíos como hojas sin escribir. Descubrió que le costaba muchísimo representarse de nuevo con claridad la imagen de su madre. Había olvidado por completo cómo se llamaba una muchacha a la que, de joven, había cortejado ardientemente durante casi un año. Recordó un perro que una vez, siendo estudiante, había comprado por capricho y que había vivido con él una temporada. Necesitó días para recordar el nombre del perro.

Con creciente tristeza y angustia, el pobre hombre vio dolorosamente cómo su vida quedaba a sus espaldas esfumada y vacía, ya no le pertenecía, le resultaba ajena y extraña, como algo que se aprendió de memoria hace mucho tiempo y de lo que apenas se logran reunir, con esfuerzo, unos pocos fragmentos yermos. Empezó a escribir: quería consignar, retrocediendo año por año, sus vivencias más importantes, para volver a tenerlas firmemente en las manos. Pero ¿dónde estaban sus vivencias más importantes? ¿Que había llegado a ser profesor? ¿Que una vez fue doctor, otra colegial, otra estudiante? ¿O que, en tiempos sumidos en el olvido, esta o aquella muchacha le había gustado por un tiempo? Sobresaltado, alzaba la vista: ¿era eso la vida? ¿Era eso todo? Y se golpeaba la frente, soltando una risa violenta.

Mientras tanto, el tiempo corría; ¡nunca había marchado tan rápido ni tan inexorable! Pasó un año, y a él le parecía seguir exactamente en el mismo sitio que en la hora en que se había separado de Iris. Sin embargo, durante ese tiempo había cambiado mucho, como todos veían y sabían menos él. Se había vuelto a la vez más viejo y más joven. Para sus conocidos se había vuelto casi un extraño; lo encontraban distraído, caprichoso y peculiar; pasó a tener fama de hombre raro, de esos que dan lástima, porque había quedado soltero demasiado tiempo. A veces olvidaba sus obligaciones y sus alumnos lo esperaban en vano. A veces se deslizaba pensativo por una calle, rozando las paredes, y con el faldón desaliñado del abrigo iba limpiando, al pasar, el polvo de las molduras. Algunos creían que había empezado a beber. Otras veces, en cambio, se detenía en mitad de una clase ante sus alumnos, intentaba recordar algo, sonreía de un modo infantil y cautivador que nadie le había conocido, y continuaba con un tono de calidez y emoción que llegaba al corazón de muchos.

Desde hacía tiempo, en aquellas correrías sin esperanza tras perfumes y huellas esfumadas de años lejanos, le había sobrevenido a Anselm un sentido nuevo, sin que él mismo lo supiera. Cada vez más a menudo notaba que, detrás de lo que hasta entonces había llamado recuerdos, dormían otros más antiguos —como en un viejo muro pintado duermen a veces, ocultas bajo las imágenes visibles, otras pinturas más remotas aún, recubiertas tiempo atrás—. Quería acordarse de algo: quizá el nombre de una ciudad donde una vez, de viaje, había pasado algunos días; quizá la fecha de cumpleaños de un amigo; quizá cualquier otra cosa. Y mientras escarbaba y removía, como entre escombros, un pequeño fragmento del pasado, de pronto se le aparecía algo completamente distinto. Lo asaltaba un soplo, como viento de una mañana de abril o como un día brumoso de septiembre; olía un aroma, saboreaba un gusto, sentía oscuras y delicadas sensaciones en alguna parte, en la piel, en los ojos, en el corazón, y poco a poco comprendía: debía de haber existido alguna vez un día, azul, cálido, o fresco, gris, o de cualquier otro modo, y la esencia de ese día debía de haberse prendido en él y quedado colgada como un recuerdo oscuro. No podía volver a encontrar en el pasado real aquel día de primavera o de invierno que olía y sentía con tanta claridad; no había nombres ni fechas, tal vez había sido en la época de estudiante, tal vez aún en la cuna; pero el aroma estaba allí, y sentía vivo en su interior algo que no conocía y que no podía nombrar ni definir. A veces le parecía que esos recuerdos podían remontarse incluso más allá de su vida, hacia pasados de una existencia anterior, aunque sonreía ante esa idea.

Muchas cosas encontró Anselm en sus desorientadas peregrinaciones por los abismos de la memoria. Muchas que lo enternecieron y lo conmovieron, y muchas que lo asustaron y le dieron miedo; pero no halló lo único que buscaba: qué significaba para él el nombre Iris.

Una vez, en la tortura de no poder hallarlo, volvió también a su viejo hogar. Vio de nuevo los bosques y las calles, las pasarelas y los cercos; se detuvo en el viejo jardín de su infancia y sintió cómo las olas del recuerdo le anegaban el corazón. El pasado lo envolvió como un sueño. Triste y callado regresó de allí. Dijo que estaba enfermo y mandó rechazar a todo el que quería verlo.

Sin embargo, alguien llegó hasta él. Era su amigo, a quien no había vuelto a ver desde que pidió la mano de Iris. Vino y encontró a Anselm desaliñado, sentado en su lúgubre celda.

—Levántate —le dijo— y ven conmigo. Iris quiere verte.

Anselm se incorporó de un salto.

—¡Iris! ¿Qué le ocurre?… Oh, lo sé, lo sé.

—Sí —dijo el amigo—, ven conmigo. Se está muriendo; está enferma desde hace mucho tiempo.

Fueron a ver a Iris. Yacía en un diván, ligera y frágil como una niña, y sonreía luminosa desde unos ojos enormes. Dio a Anselm su mano blanca y leve de niña, que yacía como una flor en la suya. Su rostro parecía transfigurado.

—Anselm —dijo—, ¿estás enojado conmigo? Te impuse una tarea difícil, y veo que le has sido fiel. Sigue buscando y anda por ese camino hasta llegar a la meta. Creías recorrerlo por mí, pero lo haces por ti. ¿Lo sabes?

—Lo presentía —dijo Anselm—, y ahora lo sé. Es un largo camino, Iris, y hace mucho habría vuelto atrás, pero ya no encuentro el camino de regreso. No sé qué será de mí.

Ella le miró a los ojos tristes y sonrió, luminosa y consoladora. Él se inclinó sobre su mano delgada y lloró largamente, hasta empaparla de lágrimas.

—Lo que ha de ser de ti —dijo ella con una voz que era apenas como el vislumbre de un recuerdo—, lo que ha de ser de ti no debes preguntarlo. Has buscado mucho en tu vida. Has buscado el honor, y la felicidad, y el saber, y me has buscado a mí, tu pequeña Iris. Todo eso no ha sido más que bonitas imágenes, y te abandonaron, como yo debo abandonarte ahora. También a mí me pasó así. Siempre busqué, y siempre fueron imágenes hermosas y queridas, y una y otra vez se caían ya marchitas. Ya no tengo imágenes, ya no busco nada; he vuelto al hogar y solo me queda dar un pequeño paso, y estaré en mi morada. También tú llegarás allá, Anselm, y entonces ya no tendrás arrugas en la frente.

Estaba tan pálida que Anselm exclamó, desesperado:

—Oh, espera todavía, Iris, no te vayas aún. Déjame una señal de que no te perderé del todo.

Ella asintió, tomó de un vaso que tenía a su lado un iris azul recién abierto y se lo dio.

—Toma mi flor, el iris, y no me olvides. Búscame, busca el iris, y entonces vendrás a mí.

Anselm sostuvo la flor en las manos, llorando, y llorando se despidió. Cuando el amigo le envió el aviso, volvió y ayudó a adornar con flores su ataúd y a darle sepultura.

Después, su vida se derrumbó tras él; le parecía imposible seguir tejiendo aquel hilo. Lo abandonó todo, dejó la ciudad y el cargo, y se perdió en el mundo. Aquí y allá lo veían; asomaba en su tierra natal y se inclinaba sobre el cerco del viejo jardín, pero cuando la gente preguntaba por él y quería hacerse cargo de él, ya se había esfumado.

El iris siguió siéndole querido. A menudo se inclinaba sobre una flor, dondequiera que la viera, y cuando hundía largamente la mirada en su cáliz, le parecía que desde el fondo azulado le llegaban como un soplo el aroma y el vislumbre de todo lo pasado y lo por venir, hasta que seguía su camino con tristeza, porque la plenitud no llegaba. Era como si escuchara junto a una puerta entreabierta y oyera respirar detrás de ella el más amable de los secretos; y cuando ya creía que todo iba a dársele y a cumplirse, la puerta se cerraba de golpe y el viento del mundo pasaba frío sobre su soledad.

En sus sueños le hablaba su madre, cuya figura y cuyo rostro sentía ahora tan claros y cercanos como no los había sentido en largos años. También Iris le hablaba, y cuando despertaba le quedaba resonando algo en lo que pensaba durante todo el día. No tenía morada; andaba como extranjero por las tierras, dormía en casas, dormía en bosques, comía pan o comía bayas, bebía vino o bebía rocío de las hojas de los arbustos, sin darse cuenta de nada. Para unos era un loco; para otros, un mago. Muchos le temían, muchos se reían de él, muchos lo amaban. Aprendió a estar con niños, cosa que nunca había sabido, y a participar en sus extraños juegos, a conversar con una rama rota y con una piedrecita. Inviernos y veranos pasaron ante él; miraba dentro de los cálices de las flores, dentro de los arroyos y de los lagos.

—Imágenes —se decía a veces—, todo son imágenes.

Pero dentro de sí sentía un ser que no era imagen y al que seguía; a veces ese ser le hablaba, y su voz era la voz de Iris y de la madre, y le traía consuelo y esperanza.

Sucedían prodigios a su alrededor, y él no se asombraba. Una vez, en invierno, caminaba por tierras cubiertas de nieve, con hielo formado en la barba. Y allí, en la nieve, se erguía una planta de iris, fina y puntiaguda, de la que brotaba una hermosa flor solitaria. Se inclinó hacia ella y sonrió, porque entonces supo de pronto qué era aquello que el nombre Iris le recordaba sin cesar. Recordó su sueño de infancia y vio, entre varas doradas, el claro sendero azul, veteado y luminoso, que conducía al secreto y al corazón de la flor; y supo que allí estaba lo que buscaba, allí estaba el ser que ya no es imagen.

Y de nuevo le llegaron señales; sueños lo condujeron. Llegó a una cabaña donde había niños; ellos le dieron leche, y él jugó con ellos. Le contaron historias; le contaron que en el bosque, cerca de la choza de los carboneros, había ocurrido un milagro. Allí podía verse abierta la puerta de los espíritus, que solo se abriría cada mil años. Él escuchó y asintió ante aquella imagen querida. Luego siguió su camino. Delante cantaba un pájaro entre los alisos, un pájaro de voz dulce y extraña, semejante a la voz de Iris muerta. Lo siguió; el pájaro volaba y saltaba por delante de él, más allá del arroyo y hacia lo profundo del bosque.

Cuando el pájaro calló y ya no se lo veía ni se lo oía, Anselm se detuvo y miró alrededor. Estaba en un profundo valle del bosque; bajo hojas verdes y anchas corría el agua, y todo lo demás permanecía silencioso, en actitud de espera. Pero dentro de su pecho el pájaro seguía cantando con la voz amada, y eso lo atrajo hacia adelante, hasta que se encontró ante un muro de roca cubierto de musgo, en cuyo centro se abría una hendidura estrecha y difícil que conducía al interior de la montaña.

Un anciano estaba sentado ante la abertura; al ver venir a Anselm, se levantó y le gritó:

—¡Atrás! ¡Atrás! Esta es la puerta de los espíritus. Nadie que haya entrado por aquí ha vuelto jamás.

Anselm levantó la vista y contempló el portal de roca. Vio un sendero azul perderse hacia las profundidades de la montaña, y a ambos lados se alzaban columnas de oro, muy juntas. El camino descendía hacia el interior, como hacia el cáliz de una flor inmensa.

Dentro de su pecho cantaba el pájaro, luminoso, y Anselm, pasando junto al guardián, entró por la hendidura y avanzó entre las columnas doradas hasta el azul misterio del fondo. Era Iris, en cuyo corazón penetraba; y era el iris del jardín de su madre, en cuyo cáliz azul entraba flotando. Y mientras avanzaba en silencio hacia el crepúsculo dorado, todos los recuerdos y todo el saber acudieron a él al mismo tiempo; sintió su propia mano, y era pequeña y suave; en su oído sonaron voces de amor, cercanas y familiares, y resonaban así, y así resplandecían las columnas doradas, como en las primaveras de la infancia todo le había sonado y resplandecido.

Y también estaba de nuevo allí su sueño, el que había soñado cuando era un niño: que descendía al cáliz, y detrás de él descendía y se deslizaba todo el mundo de las imágenes, y se hundía en el misterio que yace detrás de todas las imágenes.

Quedamente, Anselm comenzó a cantar, y su sendero descendió en silencio hacia el hogar.

FIN

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Hermann Hesse - Iris
  • Autor: Hermann Hesse
  • Título: Iris
  • Título Original: Iris
  • Publicado en: Märchen (1919)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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