Si me tocaras el corazón

Isabel Allende

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Sinopsis: Amadeo Peralta es heredero de una estirpe de matones provincianos y, a sus treinta y dos años, se prepara para un matrimonio de conveniencia que lavará el apellido de la familia. Pocas semanas antes de la boda, un viaje de negocios lo lleva a Agua Santa donde a la hora de la siesta lo detiene el sonido cristalino de un salterio. A través de la reja de una casa modesta descubre a Hortensia, una muchacha de quince años, simple de espíritu, sentada en el suelo con el instrumento sobre las rodillas. La llama, se la lleva, la seduce y la olvida. Una semana más tarde ella aparece en la puerta de su casa, a ciento cuarenta kilómetros de distancia, con el salterio bajo el brazo y encendida por la fiebre del amor. Lo que Amadeo decide hacer con ella esa tarde marcará el resto de sus vidas.

Isabel Allende - Si me tocaras el corazón. Resumen y análisis literario

Advertencia

El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.

Resumen de Si me tocaras el corazón, de Isabel Allende

«Si me tocaras el corazón» pertenece a Cuentos de Eva Luna, volumen que Isabel Allende publicó en 1989 en Plaza & Janés. La autora chilena reunió en él veintitrés relatos puestos en boca de la protagonista de su novela Eva Luna, aparecida dos años antes. El cuento traza la historia de Amadeo Peralta, heredero de una estirpe de matones provincianos, y de Hortensia, una muchacha simple a quien encierra durante casi medio siglo en el sótano de un viejo ingenio de azúcar. El relato avanza del rapto inicial al rescate tardío y al castigo final del verdugo.

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Amadeo Peralta se cría en la pandilla de su padre y llega a ser un matón temible, formado en la convicción de que para triunfar no hacen falta libros sino arrojo y astucia. Cuando el viejo Peralta advierte que los tiempos han cambiado y que el pillaje desenfadado ha cedido paso a la corrupción solapada, ordena a sus hijos buscar amistades influyentes, aprender de asuntos legales y casarse con muchachas de apellidos antiguos para lavar el nombre de la familia. Amadeo, a sus treinta y dos años, tiene muy arraigado el hábito de seducir muchachas para abandonarlas, y la idea del matrimonio le desagrada, pero no se atreve a desobedecer. Comienza a cortejar a la hija fea de un hacendado de la región, que lo acepta por temor a quedarse soltera.

Pocas semanas antes de la boda, un viaje de negocios lo lleva a Agua Santa, uno de esos pueblos cuyo nombre los viajeros rara vez recuerdan. Pasa por una calle angosta a la hora de la siesta, maldiciendo el calor y el olor dulzón a mermelada de mangos, cuando un sonido cristalino, como de agua deslizándose entre piedras, le hace detenerse frente a una casa de pintura descascarada. A través de la reja divisa un patio y, al fondo, a una muchacha sentada en el suelo con un salterio de madera rubia sobre las rodillas. «Ven, niña», la llama. «Ven conmigo», ordena e implora con la voz seca. Ella vacila, las últimas notas quedan suspendidas en el aire del patio como una pregunta; luego se acerca, él mete el brazo entre los barrotes, corre el pestillo y la coge de la mano mientras le recita su repertorio de galán, jurándole que la había visto en sueños y que era la mujer destinada para él. Todo eso podía haberlo omitido, porque Hortensia es simple de espíritu y no comprende sus palabras, aunque la seduce el tono de la voz. Tiene quince años recién cumplidos y su cuerpo está listo para el primer abrazo, sin que ella sepa darle nombre a esas inquietudes y temblores. A Amadeo le resulta fácil llevarla hasta su coche y conducirla a un descampado, y una hora más tarde ya la ha olvidado.

Tampoco la recuerda cuando, una semana después, ella aparece de pronto en su casa, a ciento cuarenta kilómetros de distancia, vestida con un delantal de algodón amarillo y alpargatas de lona, con el salterio bajo el brazo y encendida por la fiebre del amor. Es Hortensia quien lo busca, quien se le atraviesa por delante y se aferra a su camisa con una aterradora sumisión de esclava. «Vaya lío», piensa él, a punto de casarse con pompa y fanfarria; quiere deshacerse de ella, pero al verla con su vestido amarillo y sus ojos suplicantes le parece un desperdicio no aprovechar la oportunidad y decide esconderla mientras se le ocurre alguna solución.

Así, casi por descuido, Hortensia va a parar al sótano del antiguo ingenio de azúcar de los Peralta, un recinto amplio, húmedo y oscuro, asfixiante en verano y frío en algunas noches de la temporada seca, amueblado apenas con unos trastos y un jergón. Amadeo no se da tiempo para acomodarla mejor, aunque a veces acaricia la fantasía de convertirla en una concubina de cuentos orientales, envuelta en tules y rodeada de plumas de pavo real, una fantasía que jamás llega a cumplir. Las primeras semanas pasa allí mucho tiempo, saciando un apetito que cree inagotable; celoso hasta de sus propios ojos, no quiere exponerla a la luz natural y solo deja entrar un rayo tenue por la claraboya. En la oscuridad los dos retozan en el mayor desorden de los sentidos, con la piel ardiente, devolviéndose las paredes ampliados los murmullos y los besos, hasta que el sótano se vuelve un frasco sellado donde se revuelcan como gemelos navegando en aguas amnióticas y se extravían, por un tiempo, en una intimidad absoluta que confunden con el amor.

Antes de un mes, sin embargo, Amadeo se cansa de los juegos repetidos, siente la humedad royéndole las articulaciones y decide volver al mundo de los vivos. «Espérame aquí, niña. Voy afuera a hacerme muy rico. Te traeré regalos, vestidos y joyas de reina», le dice al despedirse. «Quiero hijos», pide Hortensia. «Hijos no, pero tendrás muñecas», responde él, y se olvidará después de las muñecas tanto como de los vestidos y las joyas. En los meses siguientes la visita cada vez que se acuerda, no siempre para hacer el amor: a veces solo baja a oírla tocar alguna melodía antigua en el salterio, le gusta verla inclinada sobre el instrumento. En ocasiones lleva tanta prisa que ni siquiera cruza palabra con ella, le llena los cántaros de agua, le deja una bolsa de provisiones y parte. Cuando se olvida de hacerlo durante nueve días y la encuentra moribunda, comprende que necesita ayuda y contrata a una india hermética que guarda la llave del candado, limpia el calabozo y raspa los líquenes pálidos que crecen sobre el cuerpo de Hortensia. La india no siente lástima: cree que la otra tiene vocación de esclava y por eso es feliz siéndolo, o que es idiota de nacimiento, y la encerrada no hace nada por desmentirla, pues jamás manifiesta curiosidad por el mundo ni se queja de nada.

Con los años, Hortensia se convierte en una criatura subterránea. Su mente queda detenida en algún momento de la infancia y la soledad termina por perturbarla del todo; rodeada de alucinantes espíritus que la conducen por otros universos, agudiza los sentidos hasta percibir la risa de los niños en el recreo, la campanilla del vendedor de helados, los pájaros en vuelo o el murmullo del río. Su cuerpo, en cambio, se deforma: le brotan escamas en la piel, gusanos de seda anidan en su cabello convertido en estopa, nubes plomizas le cubren los ojos, las piernas se le tuercen, las uñas le crecen como pezuñas de bestia y los huesos se le transforman en tubos de vidrio. Solo las manos conservan su forma, ocupadas siempre en pulsar las cuerdas del salterio, aunque los dedos ya no recuerdan las melodías aprendidas y arrancan al instrumento el llanto que no le sale del pecho. Ella, sin espejo donde mirarse, conserva intacta la imagen de la muchacha de quince años que vio reflejada por última vez en el cristal de la ventana del automóvil de Amadeo, el día que la condujo a su guarida.

Mientras tanto Amadeo Peralta, rico y temido, extiende por toda la región la red de su poder. Acrecienta la fortuna heredada, se adueña de las tierras desde las ruinas del fuerte español hasta los límites del Estado, se lanza a una carrera política que lo convierte en el cacique más poderoso de la zona, se casa con la hija fea del hacendado y engendra con ella nueve hijos legítimos y un número impreciso de bastardos con otras mujeres. Hasta los curas lo saludan con la cabeza inclinada. Los domingos se sienta a la cabecera de una larga mesa, con sus hijos y nietos varones, sus secuaces y cómplices y algunos invitados especiales: políticos y jefes militares a quienes trata con cordialidad ruidosa pero altanera, para que recuerden quién es el amo. A sus espaldas se rumorea de sus víctimas, de los sobornos a las autoridades, de que la mitad de su fortuna proviene del contrabando, y se dice también que mantiene a una mujer prisionera en un sótano. Esa parte de su leyenda negra se repite con más certeza que el resto y termina por convertirse en un secreto a voces que nadie se atreve a investigar.

El secreto sale a la luz por azar, una tarde de mucho calor, cuando tres niños se escapan de la escuela para bañarse en el río y, después de un par de horas chapoteando en el lodo, se aventuran en las ruinas del ingenio, abandonado desde hacía dos generaciones y con fama de hechizado por las ánimas de los esclavos muertos. Recorren los amplios cuartos de paredes de adobe y vigas roídas por el comején y llegan hasta la sala de molienda, una habitación enorme abierta al cielo donde creen percibir un rastro penetrante de azúcar y sudor. Allí oyen con claridad un canto monstruoso. Temblando, buscan el origen del sonido y dan con una pequeña trampa a ras del suelo, cerrada con candado, de la que escapa un indescriptible olor a fiera enjaulada. Llaman, pero solo les responde un sordo jadeo. Salen corriendo a gritar que han encontrado la puerta del infierno. Detrás de ellos acuden las madres a atisbar por las ranuras, luego un tropel de curiosos y, por último, los policías y los bomberos, que hacen saltar la puerta a hachazos. En la cueva encuentran a una criatura desnuda, brillando con fosforescencia de madreperla bajo las linternas, casi ciega, con los dientes gastados y las piernas tan débiles que apenas puede tenerse en pie; la única señal de su origen humano es un viejo salterio apretado contra el regazo.

Han pasado cuarenta y siete años desde el rapto y Hortensia ya no sabe su nombre ni cómo llegó hasta allí. Los periodistas viajan desde todo el país para fotografiarla, y a Amadeo Peralta, que tiene ochenta años y conserva la lucidez de siempre, le preguntan por qué la tuvo encerrada como una bestia miserable. «Porque se me dio la gana», responde con calma, sin entender el alboroto tardío por algo ocurrido tanto tiempo atrás. La indignación del país, que durante medio siglo ignoró a la prisionera, se vuelca en pocas horas en pasión por vengarla. Los vecinos improvisan piquetes para lincharlo, atacan su casa y lo arrastran a la plaza, de donde la Guardia lo rescata a tiempo. La india que cuidaba a la prisionera es también detenida, acusada de complicidad en el secuestro, y a la pregunta de si no tuvo lástima de aquella pobre mujer se limita a mirar de frente con ojos impávidos y a lanzar un escupitajo negro de tabaco.

Para callar la culpa de haberla ignorado durante tanto tiempo, todo el mundo quiere ocuparse de Hortensia. Se reúne dinero para darle una pensión, se juntan toneladas de ropa y medicamentos que ella no necesita, varias organizaciones de beneficencia se dan a la tarea de rasparle la mugre, cortarle el cabello y vestirla de pies a cabeza hasta convertirla en una anciana común, y las monjas le prestan una cama en el asilo de indigentes, donde durante meses la tienen amarrada para que no se escape de vuelta al sótano. Solo después de un largo tiempo acepta la luz del día y se resigna a vivir con otros seres humanos.

Aprovechando el furor de la prensa, los numerosos enemigos de Peralta encuentran al fin el valor para volverse contra él. Las autoridades que durante años habían amparado sus abusos le caen encima con el garrote de la ley y lo conducen a la cárcel, donde permanece hasta el día de su muerte, rechazado por familiares y amigos, convertido en símbolo de todo lo abominable, hostilizado incluso por los otros presos. No sale nunca al patio. Cada mañana, a las diez, Hortensia camina con su paso vacilante de loca hasta el penal y le entrega al vigilante de la puerta una marmita caliente para el preso, disculpándose porque él casi nunca la dejó con hambre. Después se sienta en la calle y toca el salterio, arrancándole unos gemidos de agonía que los transeúntes intentan callar con alguna moneda. Encogido al otro lado de los muros, Amadeo escucha ese sonido que parece venir del fondo de la tierra y le atraviesa los nervios. Siente a veces unos ramalazos de culpa, pero la memoria le falla y las imágenes del pasado se disuelven en una niebla densa; ya no sabe por qué está en esa tumba y, poco a poco, también él olvida el mundo de la luz y se abandona a la desdicha.

Análisis literario de Si me tocaras el corazón, de Isabel Allende

«Si me tocaras el corazón» integra Cuentos de Eva Luna, libro que Isabel Allende publicó en 1989 como prolongación narrativa de su novela Eva Luna, aparecida dos años antes. El libro se abre con una cita de Scherezada que lo emparenta de forma explícita con las Mil y una noches: Eva Luna le cuenta historias a su amante Rolf Carlé en la cama, y son esas historias las que forman el libro. Dentro de ese conjunto, este cuento opera como una parábola sombría sobre el poder masculino y el cautiverio femenino, sostenida por una oposición espacial muy marcada: arriba, la superficie iluminada donde transcurre la vida pública del verdugo; abajo, el subsuelo oscuro donde se petrifica la víctima. Esa verticalidad articula el sentido entero del relato.

El cuento puede leerse a la vez como una fábula moral y como un ejemplo del realismo mágico latinoamericano que Allende practica con frecuencia, en una línea que dialoga con Gabriel García Márquez y con la tradición del cuento popular. Lo extraordinario no irrumpe aquí desde lo sobrenatural, sino que brota de una situación humana llevada hasta el extremo: una mujer enterrada viva durante cuarenta y siete años, cuyo cuerpo se transforma como el de un animal cavernario mientras los sentidos se le afinan hasta lo prodigioso y las manos siguen pulsando un salterio aunque la mente se haya extraviado ya en otros universos. La metamorfosis de Hortensia recuerda, por momentos, a las criaturas de los cuentos infantiles —el monstruo encerrado, la doncella prisionera de la torre—, pero el cuento subvierte ese horizonte de fábula al privarla de toda posibilidad de redención: cuando por fin sale del sótano, no recupera la juventud ni el amor, sino que es lavada, peinada y vestida hasta quedar convertida, según la propia narración, en «una anciana común». Ni siquiera se configura una venganza, ya que Hortensia no piensa en vengarse. En el relato no hay lugar para el «final feliz».

El escenario es deliberadamente impreciso: una provincia rural sin país asignado, un pueblo llamado Agua Santa —el mismo que reaparece en otros cuentos del libro y en la novela Eva Luna—, una hacienda y un antiguo ingenio de azúcar abandonado desde hacía dos generaciones, cuando la caña dejó de ser rentable. Esa geografía vaga, que evoca, sin nombrarla, la Venezuela rural donde Allende vivió durante su exilio, despoja al relato de coordenadas históricas precisas y le permite funcionar como una alegoría aplicable a cualquier sociedad donde la impunidad de los caudillos haya sobrevivido a sus propios crímenes. El ingenio en ruinas, con sus vigas roídas por el comején y sus nidos de culebras, condensa además la imagen de una riqueza colonial que se descompone sobre el cuerpo de la víctima: literalmente, Hortensia queda enterrada bajo la maquinaria muerta de la explotación azucarera, en una herencia que el verdugo recibe junto con la tierra.

Los dos personajes centrales están construidos como polos extremos y casi sin matices. Amadeo Peralta es el patriarca arquetípico, un hombre formado por su padre en la rudeza y el desprecio por el saber, con «el corazón definitivamente mutilado para el amor», capaz de engendrar nueve hijos legítimos y un número impreciso de bastardos sin guardar memoria de ninguna mujer. Su motivación es elemental: ejercer la voluntad como derecho, tomar lo que desea por el solo hecho de desearlo. Cuando, ya anciano, le preguntan por qué tuvo encerrada a Hortensia, responde sin pestañear «porque se me dio la gana», y en esa frase se concentra toda su psicología. Hortensia, en cambio, es su opuesto y su complemento: una muchacha de quince años, «simple de espíritu», que no comprende las palabras del seductor pero queda subyugada por el tono de su voz, y que en el sótano se aferra a la idea de ser amada por Amadeo con una sumisión que ni el tiempo ni el abandono logran derribar. El encierro no quiebra esa convicción, sino que la cristaliza: «Él me quiere, siempre me ha querido», declara al ser rescatada. Y esa misma certeza la lleva, ya libre y demente, a caminar cada mañana hasta el penal para entregarle una marmita caliente a quien fuera su verdugo.

El relato no sigue un orden cronológico estricto. Después de presentar al Peralta joven y su noviazgo de conveniencia, la narración avanza hacia el encuentro con Hortensia en Agua Santa y, en un único párrafo, salta cuarenta y siete años hacia adelante: aparecen el rescate y las preguntas de los reporteros. Solo entonces el cuento retrocede para llenar, desde ese futuro ya conocido, los años de cautiverio. El recurso adelanta el desenlace y desplaza el interés del lector hacia el cómo, no hacia el qué.

El narrador es heterodiegético y omnisciente, de tono distante; entra en la conciencia de uno y otro personaje, pero mantiene siempre una ironía sostenida frente a los dos. En su prosa conviven el registro coloquial de los diálogos —«Vaya lío, pensó él entonces»— y un lirismo cargado de metáforas, como cuando los amantes aparecen retratados como «gemelos traviesos navegando en aguas amnióticas» o Hortensia como «un pájaro nocturno, uno de esos guácharos ciegos que habitan al fondo de las cuevas». La autora trabaja, además, con una economía notable de los tiempos y las elipsis: los años del cautiverio se condensan en unos pocos párrafos, mientras que los minutos del rapto o del rescate se demoran en el detalle.

Dos símbolos recorren el cuento de extremo a extremo y sostienen su arquitectura. El primero es el salterio, el instrumento que Hortensia sostiene sobre las rodillas el día en que Amadeo la descubre y que conserva durante toda la prisión. En el momento del rapto, su música es «un sonido cristalino como de agua deslizándose entre piedras», una melodía banal capaz de seducir al transeúnte; en el sótano, en cambio, los dedos olvidan las canciones aprendidas y arrancan al instrumento «el llanto que no le salía del pecho»; al final, cuando Hortensia se sienta junto a la cárcel a tocar, sus notas son «gemidos de agonía imposibles de soportar» que los transeúntes intentan acallar con monedas. El salterio funciona, así, como un reloj del daño: traduce en sonido el deterioro interior de la víctima y, simultáneamente, se vuelve el único reproche cotidiano que llega al verdugo encerrado al otro lado del muro.

El segundo símbolo es el propio sótano, que muda de naturaleza varias veces a lo largo del relato. Empieza como un escondite improvisado y llega a alentar en Amadeo la fantasía nunca cumplida de una concubina de cuentos orientales, envuelta en tules y rodeada de plumas de pavo real. En las primeras semanas se transforma en una suerte de útero invertido donde los amantes se hunden en «aguas amnióticas», y con el correr de los años pasa a ser tumba en la que el cuerpo se descompone en vida. Al final del cuento se convierte en espejo invertido de la celda en la que el propio Peralta morirá: el paralelismo entre los dos encierros —Hortensia bajo tierra durante cuarenta y siete años, Amadeo en la cárcel hasta su muerte— cierra el círculo simbólico con una simetría exacta.

Sobre esos cimientos se levantan los grandes temas del cuento. Uno de los más visibles es el del poder patriarcal y la impunidad de los caudillos rurales: Peralta es la encarnación del cacique que hereda la fortuna, extiende sus tierras, compra a las autoridades y se sienta a la cabecera de la mesa los domingos rodeado de hijos varones, políticos y jefes militares serviles, mientras su leyenda negra circula como rumor sin que nadie se atreva a investigar. Estrechamente ligado a este aparece el tema de la complicidad social: durante casi medio siglo, el pueblo sospecha que en el sótano del viejo ingenio hay una mujer encerrada —el propio cuento dice que «muchos lo sabían y con el tiempo se convirtió en un secreto a voces»— y, sin embargo, guarda silencio. Cuando por fin estalla la indignación, la narración la describe sin ahorrar ironía como un mecanismo para «callar la culpa de haberla ignorado durante tanto tiempo». Es el mismo país que durante décadas amparó a Peralta el que de la noche a la mañana lo convierte en chivo expiatorio, y al que la noticia mantiene cautivado «el tiempo suficiente» antes de esfumarse del todo.

Junto a esos temas opera otro más íntimo y, quizá, más perturbador: la confusión entre amor y posesión que encarna Hortensia. Durante toda su vida toma el encierro por una forma de cariño, y al final lleva sopa caliente a su carcelero con la naturalidad de quien atiende a un ser querido; su frase de disculpa al portero del penal —«él casi nunca me dejó con hambre»— condensa en una sola línea el modo en que un vínculo profundamente abusivo puede ser asimilado por la víctima como una experiencia de protección. A este tema se suma el de la memoria y el olvido. Peralta es castigado, pero a su castigo le sigue una doble desmemoria: la del país, que pierde interés en la noticia, y la suya propia, que se hunde en una niebla espesa en la que ya no recuerda por qué está en esa tumba. Hortensia, en cambio, conserva intacta la imagen de la muchacha que vio reflejada en el cristal del coche el día del rapto, como si en ella el daño se hubiera detenido en el instante anterior al encierro.

El desenlace, en apariencia justiciero, es de una amargura considerable y rehúye cualquier consuelo moral fácil. Peralta muere en la cárcel, sí, pero no por una rebelión consciente de sus víctimas. Sus enemigos —que el cuento no describe como mejores que él, sino simplemente como «numerosos»— aprovechan el escándalo para deshacerse de un rival al que durante años no se habían atrevido a tocar, y las mismas autoridades que ampararon sus abusos durante décadas son las que ahora le caen encima con el garrote de la ley. La sociedad que guardó silencio durante medio siglo convierte al viejo cacique en chivo expiatorio y, agotado el furor mediático, vuelve a su indiferencia. Hortensia, por su parte, no se libera: la rescatan del sótano, la lavan y la peinan, pero su mente quedó detenida hace cuarenta y siete años, y su lealtad a Peralta se mantiene incólume hasta el punto de visitarlo cada mañana en la cárcel. El cuento termina con una imagen de simetría implacable: él encerrado en la cárcel, ella libre pero detenida en su locura, unidos cada mañana por la música del salterio que atraviesa los muros del penal. El título —«Si me tocaras el corazón»— resuena, leído al final, como el verso truncado de una canción que ninguno de los dos llega a completar: una condición imposible, una caricia que nunca ocurrió, el envés sentimental de una historia que durante medio siglo confundió la jaula con un abrazo.

Más allá de su anécdota particular, el relato ofrece una reflexión incómoda sobre la naturaleza del mal cotidiano. Allende evita la figura del monstruo extraordinario: Peralta no es presentado como un sádico, sino como un hombre tedioso que se cansa pronto incluso de su propia crueldad y que, después del primer mes, baja al sótano solo cuando se acuerda, como quien atiende sin gana una obligación menor. Es precisamente esa banalidad —el verdugo distraído, el pueblo que sabe y calla, la criada que cree que la víctima «tiene vocación de esclava»— lo que vuelve el cuento tan inquietante. Frente a la narración melodramática que el material podría haber sugerido, la autora elige la sobriedad y la elipsis, atemperadas por un humor sombrío que asoma en frases sueltas, y construye con ello un retrato del abuso patriarcal cuya fuerza no proviene del horror explícito, sino de la paciencia con que se desgranan, una a una, las décadas que un cuerpo pasa olvidado bajo tierra mientras arriba la vida sigue su curso como si nada.

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Isabel Allende - Si me tocaras el corazón. Resumen y análisis literario
  • Autor: Isabel Allende
  • Título: Si me tocaras el corazón
  • Publicado en: Cuentos de Eva Luna (1989)

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