La gallina degollada

Horacio Quiroga

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Sinopsis: El matrimonio Mazzini-Ferraz cría a cuatro hijos varones a quienes una enfermedad temprana ha sumido para siempre en un profundo deterioro mental. Sentados día tras día en un banco del patio, frente al cerco de ladrillos contra el que se pone el sol, los hermanos pasan las horas inmóviles, animados apenas por la luz y por los colores brillantes. La llegada de una hija sana, Bertita, devuelve al matrimonio una felicidad que creía perdida, pero también desentierra entre ellos viejos reproches. Mientras la pequeña concentra todos los cuidados, los cuatro mayores quedan abandonados en el patio, donde un descuido doméstico bastará para desencadenar la tragedia.

Horacio Quiroga - La gallina degollada. Resumen y análisis literario

Advertencia

El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.

Resumen de La gallina degollada, de Horacio Quiroga

«La gallina degollada» es un cuento de Horacio Quiroga publicado por primera vez en la revista Caras y caretas el 10 de julio de 1909 y recogido años después en el volumen Cuentos de amor de locura y de muerte, de 1917. La historia sigue a un matrimonio joven, los Mazzini-Ferraz, cuyo deseo obsesivo de tener un hijo sano termina enfrentándolos a una tragedia familiar de proporciones espantosas, donde el resentimiento conyugal se entrelaza con la culpa hereditaria y con el abandono de cuatro niños enfermos a quienes los padres han dejado de mirar.

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En el patio de tierra de una casa modesta, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos, cuatro hermanos pasan los días sentados en un banco, con la lengua entre los labios, los ojos vacíos y la boca entreabierta. Son los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz: el mayor tiene doce años; el menor, ocho. Babean sobre los pantalones, mugen cuando los lavan, imitan el ruido del tranvía durante horas, ríen con hilaridad bestial ante la luz del sol que se hunde tras el cerro y se animan apenas cuando comen o ven colores brillantes. Su aspecto sucio y desvalido delata la ausencia de un cuidado maternal verdadero.

No siempre fue así. A los catorce meses de casados, Mazzini y Berta tuvieron a su primogénito, una criatura bella y radiante que creció con normalidad hasta el vigésimo mes, cuando una noche lo sacudieron convulsiones terribles. Al amanecer ya no reconocía a sus padres: la inteligencia, el alma y hasta el instinto se le habían retirado para siempre, dejándolo babeante y colgante sobre las rodillas de su madre. El médico, después de examinarlo con la atención profesional de quien busca la causa en los progenitores, le confiesa al padre que considera el caso perdido. Apunta, sin entrar en detalles, a la herencia paterna que ya había mencionado al ver al niño, y le pide que examinen a la madre, en cuyo pulmón ha percibido un soplo que no le gusta.

Pese a la desolación, el matrimonio cifra todas sus esperanzas en un nuevo hijo. Llega el segundo, sano y risueño, pero a los dieciocho meses se repiten las convulsiones y, al día siguiente, también amanece idiota. Sobrevienen luego unos mellizos, y con ellos se repite punto por punto el mismo proceso. Mazzini y Berta deben enseñar a esos cuatro seres a tragar, a moverse, a sentarse, a caminar; logran cierta facultad imitativa, nada más. Tres años después del nacimiento de los mellizos, los padres vuelven a desear ardientemente un hijo, confiando en que el tiempo haya aplacado la fatalidad.

El embarazo deseado tarda en llegar, y la espera infructuosa los agria. Hasta entonces cada uno había cargado con su parte en la desgracia; ahora empiezan a culparse mutuamente. El cambio de pronombre marca el comienzo del veneno: ya no son nuestros hijos, sino tus hijos. Una noche, mientras Mazzini se lava las manos y le reprocha a Berta la suciedad de los muchachos, salta la primera chispa: él insinúa la culpa de ella, ella insinúa la de él, y aunque al final se contienen, ese choque se repetirá una y otra vez, seguido siempre de reconciliaciones que los empujan, con doble ansia, hacia otro hijo.

Nace por fin una niña, Bertita, y durante dos años los padres viven con el alma en vilo, esperando un nuevo desastre. Pero la niña crece sana, y vuelcan en ella toda su complacencia, mimándola hasta los extremos límites del consentimiento. Desde su nacimiento, Berta casi olvida a los cuatro mayores: su recuerdo la horroriza como un crimen que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini le ocurre algo parecido, aunque en menor grado. Los cuatro idiotas quedan al cuidado de la sirvienta, que los viste, los alimenta y los acuesta con visible brutalidad; casi nunca los lavan, y pasan los días sentados frente al cerco, abandonados de toda caricia.

Cumplidos los cuatro años de Bertita, una noche la niña enferma de un leve escalofrío y algo de fiebre, consecuencia de los dulces que sus padres no saben negarle. El temor a perderla o a verla quedar idiota reabre la vieja herida. Llevan tres horas sin hablarse cuando estalla la pelea más cruel hasta ese momento. Berta le reprocha a Mazzini el padre que tuvo; Mazzini, los pulmones enfermos de ella; él le llama víbora tísica y se acusan, con los dientes apretados, de ser cada uno la causa de la meningitis de los cuatro hijos. Un gemido de Bertita interrumpe la disputa. A la una de la mañana, ya pasada la indigestión de la niña, llega la reconciliación, tanto más efusiva cuanto más infames habían sido los agravios.

Amanece un día espléndido. Berta, al levantarse, escupe sangre; las emociones y la mala noche tienen, sin duda, gran culpa. Mazzini la abraza largo rato y ella llora, pero ninguno se atreve a hablar. Deciden salir después de almorzar, y como apenas tienen tiempo, ordenan a la sirvienta que mate una gallina. Mientras la mujer degüella al animal en la cocina y lo desangra con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), siente una respiración a su espalda. Al volverse, encuentra a los cuatro idiotas pegados hombro con hombro, mirando estupefactos la operación. El rojo de la sangre ha quedado fijo en sus pupilas. Berta acude a la cocina y, irritada por la visión que rompe su felicidad reconquistada, ordena a la sirvienta que los eche; las cuatro bestias, sacudidas y brutalmente empujadas, vuelven a su banco.

Después de almorzar, el matrimonio sale a pasear por las quintas y la sirvienta se va a Buenos Aires. Al caer la tarde regresan; Berta se detiene a saludar un momento a las vecinas de enfrente y Bertita, cansada de cinco horas con sus padres, escapa hacia la casa. Los idiotas, que en todo el día no se han movido del banco, continúan mirando los ladrillos del cerco, más inertes que nunca, mientras el sol comienza a hundirse. De pronto algo se interpone entre su mirada y la pared: es su hermana. La niña, pensativa, observa la cresta del cerco; quiere trepar. Lo intenta primero con una silla desfondada y, como no alcanza, recurre a un cajón de queroseno. Triunfa. Apoya la garganta sobre la cresta del muro, entre las manos tirantes, y busca con el pie un punto de apoyo para alzarse más.

Los ocho ojos de los cuatro idiotas, hasta ese momento indiferentes, se animan con una misma luz fija. Una creciente sensación de gula bestial va cambiando cada línea de sus rostros, y avanzan lentamente hacia el cerco. Cuando Bertita está a punto de pasar al otro lado, se siente sujetada por una pierna. Los ocho ojos clavados en los suyos le dan miedo. Grita pidiendo que la suelten, llama a su madre y a su padre, intenta aferrarse al borde del muro, pero es arrancada y cae. Uno de los hermanos le aprieta el cuello, apartándole los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastran de una sola pierna hasta la cocina, donde esa misma mañana se había desangrado la gallina; allí, bien sujeta, le arrancan la vida segundo por segundo.

Desde la casa de enfrente, Mazzini cree oír la voz de su hija y se lo comenta a Berta. Prestan oído, inquietos, pero no escuchan más. Un momento después se despiden de las vecinas y, mientras Berta va a dejar el sombrero, Mazzini avanza por el patio llamando a Bertita. Nadie responde. Alza la voz, ya alterada, y el silencio le hiela la espalda con un presentimiento horrible. Corre desesperado hacia el fondo y, al pasar frente a la cocina, ve en el piso un mar de sangre. Empuja violentamente la puerta entornada y lanza un grito de horror. Berta, que también había corrido al oír el llamado angustioso del padre, responde con otro grito; pero Mazzini, lívido como la muerte, se interpone para contenerla. «¡No entres! ¡No entres!», le dice. Berta alcanza a ver el piso inundado de sangre, y sólo logra echarse los brazos sobre la cabeza y desplomarse a lo largo de su marido con un ronco suspiro.

Análisis de La gallina degollada, de Horacio Quiroga

«La gallina degollada» se publicó en la revista Caras y caretas en julio de 1909, año en que Horacio Quiroga acababa de casarse con Ana María Cires y se trasladaba a San Ignacio, en la selva misionera, donde permanecería hasta 1916. Pertenece, por tanto, al primer período de madurez del escritor uruguayo, el que abandona los ecos del modernismo decadente de sus comienzos y construye una poética propia del horror cotidiano. El relato se incorporó luego a Cuentos de amor de locura y de muerte, libro en el que los tres ejes del título aparecen entrelazados sin solución de continuidad: aquí el amor conyugal engendra la locura hereditaria, y la locura desemboca, casi por fatalidad biológica, en la muerte ritual. La estructura simbólica del cuento descansa en una equivalencia brutal anunciada desde el título: la niña sacrificada no es sino la gallina del comienzo, y la cocina familiar es a la vez sala de matanza doméstica y altar de un sacrificio inintencionado.

El relato cabe sin forzarlo dentro del cuento de terror, pero su terror es de una especie particular: no procede de lo sobrenatural ni de lo fantástico, sino de un naturalismo extremo, propio de la tradición que arranca en Zola y se afina en Maupassant, en el que la herencia patológica y la enfermedad funcionan como motores deterministas. Quiroga incorpora además recursos del gótico tardío y de Edgar Allan Poe (un maestro al que admiraba abiertamente y al que años después colocaría a la cabeza de su Decálogo del perfecto cuentista): la atmósfera opresiva, la dilación calculada de la escena final, el detalle físico vuelto insoportable. El resultado es un híbrido en el que la causa del espanto no es un monstruo externo, sino la lógica interna de una familia que se desintegra.

El escenario, deliberadamente austero, refuerza esa lógica. Quiroga reduce el espacio a tres lugares articulados con precisión: el patio de tierra cerrado por el cerco de ladrillos, donde los cuatro hermanos pasan los días como animales en un corral; el interior doméstico, donde los padres se hieren con palabras; y la cocina, espacio fronterizo donde se mata para alimentarse y donde, al final, se matará a la propia hija. El cerco al oeste, contra el que se pone el sol y al que los idiotas miran obstinadamente, opera como un horizonte cerrado que delimita el universo del relato. Cuando la niña intenta trepar ese muro no sólo cruza un límite físico: cruza la frontera entre el mundo de los padres, hecho de palabra e inteligencia, y el de los hermanos, hecho de instinto y de sangre; al hacerlo queda a su alcance.

Los personajes están construidos con una economía severa. Mazzini y Berta no tienen psicología compleja; son, más bien, las dos caras de una misma pasión: el amor conyugal vuelto contra sí mismo. Su motivación inicial es legítima, casi entrañable (quieren un hijo en quien prolongarse), pero esa pulsión, al chocar con la fatalidad biológica, se transforma en su contrario y los empuja a buscar culpables en lugar de unirlos. El cambio de pronombre que el narrador subraya, el paso de nuestros hijos a tus hijos, condensa con precisión clínica el momento en que el matrimonio deja de ser un nosotros. Bertita, la hija sana, no es propiamente un personaje sino un objeto de deseo y de proyección: el último intento de redención de los padres, y por eso mismo el blanco de la catástrofe. Los cuatro hermanos, sin nombre individual y casi sin lenguaje, funcionan como una sola criatura colectiva, un coro mudo cuya animación final tiene la fuerza de una revelación.

La estructura narrativa es la de una tragedia clásica disfrazada de relato breve. Hay una larga exposición que ocupa más de la mitad del texto y que avanza por acumulación: nace un hijo sano, enferma, queda idiota; nace otro, ídem; nacen los mellizos, ídem; nace Bertita y se salva. Esa repetición no es redundancia, sino preparación: cada caso erosiona un poco más la ternura de los padres y prepara el terreno para que el resentimiento estalle. Cuando llega la escena del degüello de la gallina, el lector ya tiene todas las piezas; sólo falta que el autor las haga encajar. El cuento se cierra entonces con una aceleración vertiginosa en la que el tiempo se comprime, la cocina de la mañana se enlaza con la cocina de la tarde y la violencia se ejecuta casi en silencio.

El narrador es de tercera persona, omnisciente, pero practica una distancia notable respecto de los personajes. No los juzga abiertamente ni se compadece de ellos: registra. Esa frialdad clínica, que en momentos clave alcanza un tono casi médico (la descripción de las convulsiones, el dictamen del facultativo, la mención del pulmón que no sopla bien), es uno de los rasgos más característicos del estilo maduro de Quiroga, y produce un efecto perturbador: el horror se vuelve más atroz porque nadie lo subraya. El narrador se permite, eso sí, algunas intrusiones generalizadoras —sentencias breves sobre el matrimonio o sobre la crueldad de humillar a quien ya se ha empezado a humillar— que funcionan como destellos de moralista escéptico y que recuerdan el pulso aforístico de Maupassant.

El estilo se apoya en la frase breve, en el verbo preciso y en una adjetivación elegida con avaricia. Quiroga, que años después codificaría sus propias reglas en el Decálogo del perfecto cuentista (publicado en 1927), ya practica aquí ese ideal de cuento conducido con economía hacia un único punto final, escrito no bajo el imperio de la emoción sino bajo el de la técnica. La maniobra más visible del relato es la prefiguración: el degüello de la gallina en la cocina, descrito con un detalle que parece desproporcionado para una escena doméstica, funciona como ensayo en miniatura del crimen final. Cuando la sirvienta desangra al animal con parsimonia, el lector no sospecha aún del todo; cuando los idiotas observan la operación con los hombros pegados y el rojo se les queda fijo en las pupilas, la prefiguración se vuelve casi explícita; cuando Bertita es arrastrada de una pierna hasta esa misma cocina, donde esa mañana se había desangrado la gallina, el círculo se cierra. Es un mecanismo de relojería que recuerda al mejor Poe.

Hay además un trabajo muy fino con el motivo del color rojo: la luz enceguecedora del sol poniente que reanima a los idiotas, los colores brillantes que les producen alegría bestial, la sangre de la gallina que se les queda en la mirada, la sangre que Berta escupe esa misma mañana, el mar de sangre que Mazzini encuentra en el piso. El rojo funciona como hilo cromático que une la sangre, la luz y la comida en una misma categoría sensorial. En el universo de los cuatro hermanos, la sangre brillante de la garganta de su hermana es del mismo orden que el sol poniente que los hace reír «con alegría bestial como si fuera comida». Esa frase, aplicada al sol al comienzo del cuento, se vuelve retrospectivamente terrible.

Los temas centrales son varios y se sostienen unos a otros. El más visible es el de la herencia: la idea, muy de época, de que las taras y los excesos de los padres y los abuelos se pagan en los hijos. El cuento dialoga así con un imaginario científico-cultural de comienzos del siglo XX —el degeneracionismo de Morel, la psiquiatría hereditarista, cierta lectura popular del lamarckismo— que Quiroga maneja sin adherir del todo, pero que le sirve como motor narrativo. A ese tema se superpone el de la culpa conyugal: la imposibilidad de soportar la propia parte de responsabilidad en la desgracia y la consiguiente necesidad de descargarla en el otro. Hay también un tema menos evidente, pero quizá más perturbador: el de la indiferencia hacia los hijos que no cumplen las expectativas de los padres. Los cuatro idiotas no mueren de su enfermedad; mueren simbólicamente mucho antes, en el momento en que sus padres dejan de mirarlos. La sirvienta los viste, los alimenta y los acuesta; pero ya nadie los acaricia.

El desenlace, leído desde esa perspectiva, no es un accidente caprichoso ni un mero golpe de horror. Es la consecuencia lógica de todo lo que el relato ha venido acumulando. Bertita muere porque sus padres han depositado en ella un amor excluyente que ha dejado a sus hermanos en el limbo del abandono; muere porque su instinto topográfico la lleva a trepar el cerco que separa los dos mundos del cuento; muere porque sus hermanos, despertados esa mañana por el espectáculo de la gallina degollada, han aprendido por imitación —su única facultad— cómo se quita la vida a un cuerpo vivo. El gesto con que uno de ellos le aparta los bucles como si fueran plumas es de una precisión escalofriante: la niña ha sido asimilada al animal del comienzo, y los idiotas, que toda su vida no han podido ser tratados como humanos, responden tratando a su hermana como ave de corral. La justicia poética es atroz, pero está perfectamente medida.

El cierre del cuento se resuelve, con notable pericia, mediante la elipsis. Quiroga no nos muestra el cadáver: nos muestra a Mazzini interponiéndose para que Berta no lo vea, le oímos decir dos veces «¡No entres!» y la madre alcanza a ver sólo el piso inundado de sangre antes de desplomarse. Lo que ocurre dentro de la cocina queda fuera de campo, lo cual aumenta el horror en lugar de atenuarlo. Es una decisión técnica deliberada: el relato confía en la imaginación del lector más que en la descripción minuciosa, y deja además a los padres congelados en el umbral, sin permitirles ni siquiera el consuelo de un duelo. El último gesto del cuento —los brazos de Berta sobre la cabeza, el ronco suspiro al desplomarse— es de una sequedad casi insoportable. No hay epílogo ni moraleja; sólo el silencio.

Finalmente, queda por señalar un rasgo del lenguaje del cuento que hoy resulta chocante y que conviene contextualizar. El narrador llama «idiotas» a los cuatro hermanos enfermos, y a veces «bestias», «monstruos» o «engendros». Estos términos no son insultos del autor: «idiocia» era, en la psiquiatría de fines del siglo XIX y comienzos del XX, una categoría clínica formal que designaba el grado más profundo de discapacidad intelectual, junto a «imbecilidad» y «debilidad mental». Quiroga la usa con la frialdad técnica con que la habría empleado el médico del relato, y una parte del efecto del cuento depende de ese registro: el narrador nombra a los niños como los nombraría un facultativo de la época, sin compasión y sin eufemismo, lo que refuerza la atmósfera clínica y desafectada que recorre todo el texto. La paradoja, leída desde hoy, es elocuente: ese vocabulario que ahora nos parece deshumanizador era, en 1909, el lenguaje neutro de la ciencia; y, sin embargo, la verdadera deshumanización del cuento no está en cómo se nombra a los niños, sino en cómo los miran y los empujan los adultos que deberían cuidarlos.

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Horacio Quiroga - La gallina degollada. Resumen y análisis literario
  • Autor: Horacio Quiroga
  • Título: La gallina degollada
  • Publicado en: Caras y caretas, 10 de julio de 1909
  • Aparece en: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917)

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