Horacio Quiroga: Charlábamos de sobremesa

Y la conversación recayó sobre el tema a que forzosamente llegaban los cuentos de impresión: las supersticiones.

—En cuanto a creencias más o menos arraigadas —dijo un extranjero—, los pueblos europeos, y en particular el francés, dan un tono tal de verosimilitud a sus narraciones, que el espíritu de los que oyen obsta largo tiempo antes de razonar fríamente. Una leyenda medieval, por ejemplo, oída en mi infancia, me causó una impresión profunda, de que apenas los años transcurridos han logrado desasirme.

Hela aquí, sencillamente contada en dos palabras:

«Un caballero cazaba en una tarde de invierno. Había nevado todo el día; el campo estaba completamente blanco. Con el rifle al hombro, se acercó al castillo de un amigo, que pasaba sobre el puente levadizo. El castellano llegó a la poterna y vio en la contraescarpa al caballero, que le saludó.

»—¿Vas de caza? —preguntó el castellano.

»—Sí —respondió el caballero.

»—Hace mucho frío.

»—No lo siento.

»—Los lobos han salido del bosque.

»—Peor por ellos.

»—Entonces, buena suerte.

»—Gracias, pero cuida de hacer fuego duradero, pues sea la pieza que fuere, vendré a comerla contigo.

»El caballero partió con el rifle preparado y se perdió en la distancia.

»En vano recorrió la linde del bosque en procura de liebres; sólo veía lobos enflaquecidos que le miraban al cruzar galopando por la llanura. En vano recorrió las conejeras, las trampas, los abrevaderos; nada. Al dar vuelta su sendero, un lobo oculto tras un matorral se encaminó hacia él. El caballero apuntó detenidamente y el tiro partió. El lobo se acercó más. Cargó nuevamente el arma y disparó. El lobo se acercó más. Enfurecido, cargó de nuevo: pero el lobo, ya a su lado, gruñó y saltó. Apenas si el caballero tuvo tiempo de desenvainar su cuchillo de caza y sostener el ataque, en el que logró cortar una pata al animal, que huyó al galope, corriendo naturalmente, cual si lo hiciera con los cuatro miembros. El cazador, acordándose de lo prometido, recogió el despojo y marchó al castillo, sobre cuyo puente paseaba aún su dueño, a pesar del frío terrible.

»—¿Y bien? —le preguntó.

»—En verdad que tenías razón —respondió el cazador— pero acordándome de mi promesa, te traigo esto.

»Y al pretender retirar del morral la pata de lobo, sacó una mano de mujer, en uno de cuyos dedos brillaba un anillo.

»Todavía sangraba.

»Tras el mudo espanto de aquella contemplación, el castellano tomó temblando la mano tronchada, la acercó a sus ojos, examinó la sortija y, creyendo reconocerla, en una brusca revelación de horror, entró al castillo en busca de su mujer. Recorrió todas las habitaciones; no estaba. Solamente en la cocina, halló una mujer que, sentada junto al hogar, calentaba sus pies. Cogiéndola de la barbilla, le levantó la cabeza: era su mujer. Retiró su brazo oculto, estaba cortado a la altura de la muñeca y la herida era reciente.

»Inútil es decir —concluyó el narrador— que al día siguiente fue quemada viva como bruja.

A las exclamaciones de sorpresa que debía arrancar la leyenda del extranjero, se añadió la voz de un tertuliano, hasta entonces silencioso, que habló así:

—Conozco, y hasta de memoria, muchas leyendas europeas.

Pero todas tienen el defecto de que el fondo de verdad que pudiera haber en ellas no existe, perdiéndose el efecto, por consiguiente, a pocos minutos de terminada la historia, aunque este señor —agregó dirigiéndose al extranjero— sea una excepción.

»En esta tierra, como en todas, tenemos leyendas, supersticiones y hasta invenciones del momento. No hay quien no conserve un recuerdo de su niñez, en que un lobisón pugnó más de una noche por entrar en nuestro cuarto. En la región del Norte, sobre todo, la infancia, y aun la edad madura, entretienen sus veladas de invierno con ese extraño personaje, que bien es hombre, es gato, es chancho, y a veces, todo junto.

»Pues bien: hace tres años tuve ocasión de comprobar lo que de cierto hay en esas hazañas, sí, lo que hay de cierto —afirmó, observando las sonrisas que esas palabras suscitaran.

»Llevaba cuatro mozas de paseo, en una estancia que no es necesario precisar, cuando trabé relación con un paisano de aquel establecimiento, el cual, no obstante su burda intelectualidad, había logrado conquistarme a fuerza de rarezas.

»Era apacible, pendenciero, rezongón, cachaciento, todo en unas pocas horas.

»Su cualidad dominante era ser gruñón, en el pleno sentido de la palabra, y pasaba de la carcajada a la seriedad con una rapidez verdaderamente alucinante. Sin ser precisamente digno de estudio, me preocupaba, y más de una vez pasé largo rato observando su extraño modo de caminar, una cierta tendencia a doblar el espinazo hacia adelante.

»Y ahora contaré un episodio que fue para mí algo como un calambre en pleno raciocinio.

»Una noche fui despertado por una atroz gritería de perros.

»Me levanté sobresaltado, y corriendo a la ventana, vi que los animales se abalanzaban furiosos sobre un objeto que no alcanzaba a distinguir. Los perros se revolvían sobre un solo punto, con un encarnizamiento que no dejaba lugar a duda sobre la rabia que les inspiraba el invisible animal. Y en los espantosos ladridos había como un gruñido que temblaba sordamente. Abrí la puerta, y, avanzando hacia el tumulto, mi presencia despejó la situación, en el hecho curioso de no ver nada en el sitio de la pelea, siquiera una gota de sangre, que indudablemente tenía que haber dejado el oscuro luchador. Me volví, y ya entraba en el cuarto, cuando noté que el paisano aquel estaba esperándome en la puerta y me miraba sonriéndose.

»—¿Qué hace a estas horas? —le pregunté bastante sorprendido.

»—Nada, patroncito —me contestó—. Sentí que se levantaba y vine a ver si ha pasado algo.

»—Gracias, amigo —respondí—; váyase a dormir, que no es nada.

»Y se fue. Yo me acosté, empezaba a dormirme pensando en la rara presencia del paisano en la puerta de mi cuarto. Y de pronto me acordé de algo como parecido. Ahora viene el final.»

El narrador se interrumpió un momento.

Aprovechando la ocasión para no ser descortés, salí un instante, cuando volví mi amigo continuaba:

«—Estaba lavándome, cuando una mañana entró el paisano —a quien llamaremos Gabino—, y comenzó a dar vueltas a su sombrero entre las manos.

»Se sonrió afectuosamente:

»—¿Qué desea, Gabino?

»—¡Patroncito, vengo a noticiarle que mañana me caso, y desearía que usted acudiera al casorio!

»—¡Cómo no, amigo! Mañana iremos allá.

»Y Gabino, dándome las gracias, diose vuelta, tropezó con una silla, tartamudeó dos o tres frases, mirando el obstáculo, y salió.

»Al otro día, apenas entró la noche, me dirigí al rancho donde se efectuaba el casamiento.

»En verdad, y esto es necesario para la narración, eran tres ranchos, dos de ellos, casi pared por medio, y el otro al extremo del patio enladrillado de rojos cascotes. En aquel último se había dispuesto la alcoba de los novios.

»Tal vez sea preciso advertir que en esa noche los perros aullaron lúgubremente, y que todos ellos rondaron los ranchos de Gabino.

»Efectuado al anochecer el casamiento, como se acostumbra en campaña, el baile comenzó temprano, al son de plañideros acordeones. Los novios se retiraron a las tres de la madrugada, y yo, aunque cayéndome de sueño, permanecí en el baile, por obsequio al servicial Gabino.

»Y la música, de pronto, me hizo dar un salto brusco sobre el banco, despertándome completamente. Las notas habían sonado como un grito y, no obstante, la intensidad y el ritmo eran iguales a los anteriores.

»Pero desde aquel momento fui presa de una agitación que no podía dominar, en que mi vista iba forzosamente de una a otra persona. Y los acordeones se hacían cada vez más estridentes, y era un desenlace fatal lo que gritaban los acordeones, y mis cabellos se erizaron de tal modo, que di un alarido, saltando en medio de la sala en plena clarividencia.

«—¡Pero no oyen! —grité a los paisanos que se habían detenido y me miraban como a un loco—. ¡No oyen que la está devorando!

«Y la música calló, y todos, prestando el oído, oímos un sordo pataleo entre gruñidos que llegaban desde el cuarto de los novios. Corrimos desaforadamente, y llegando al cuarto, golpeamos con frenesí. Los gruñidos continuaban.

»Entonces, retrocediendo en masa, dimos a la puerta un formidable empujón, y las hojas saltaron hacia adentro.

»Y entramos todos, con el horror en los cabellos y los ojos reventando de sequedad, y allí, en el suelo, entre los girones sueltos del vestidito de percal, estaba la novia con el vientre abierto; y tendido sobre ella, un cerdo inmundo, con las patas llenas de sangre, gruñendo y hociqueando, la devoraba asquerosamente.»

El atontante final del cuento dejó las gargantas con un nudo, y recordando entonces la frase del narrador en que se había referido a lo que hay de cierto en esas cosas, un tertuliano preguntó temerosamente:

—Pero usted lo cuenta como si en realidad hubiera visto eso, ¿no es verdad?

—No señor —respondió el aludido, sin siquiera sonreírse—. No cuento sino lo que me ha sucedido.

Y como forzosamente había de hacerse silencio ante esa terrible afirmación, un gruñido irritado y agudo llenó toda la sala. Y en seguida otro, y otro, y otro.

Todos se miraron. Los más valientes sintieron que un escalofrío les recorría el cuerpo; como una epidemia, el horror se contagió y las puertas, abiertas de par en par, apenas bastaron a dar el tropel de espantados oyentes que huyeron perseguidos por el gruñido aquel.

Quedamos solos el narrador y yo. Y entonces, bajándose, lleno de risa, levantó de las orejas un lechón que yo, en auto de las leyendas de mi amigo, había traído sigilosamente, aprovechando la interrupción consabida.

Y es claro, el animalito, pellizcado en la ocasión, puso el grito en el cielo.

He aquí cómo en una noche de invierno, y preparado el ánimo por las leyendas terroríficas, un triste lechoncito puso en fuga a doce personas respetables.

Ficha bibliográfica

Autor: Horacio Quiroga
Título: Charlábamos de sobremesa
Publicado en: La alborada, 5 de mayo de 1901

[Relato completo]

Horacio Quiroga

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