En un suntuoso palacio de Ferrara, cierta noche de invierno, don Juan Belvidero obsequiaba a un príncipe de la casa de Este[1]. En esa época, una fiesta era un espectáculo maravilloso que sólo podían procurarse las riquezas reales o el poder de un señor. Sentadas en torno a una mesa iluminada por velas aromáticas, siete alegres mujeres intercambiaban dulces palabras en medio de admirables obras maestras cuyos mármoles blancos destacaban sobre paredes de estuco rojo y que contrastaban con ricas alfombras de Turquía. Vestidas de raso, resplandecientes de oro y cargadas de pedrerías que brillaban menos que sus ojos, todas ellas contaban pasiones llenas de vigor, pero diversas como lo eran sus bellezas. No se distinguían ni por las palabras ni por las ideas; el aire, una mirada, algunos gestos o el acento servían a sus palabras de comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.

Una parecía decir: «Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de los viejos».

Y otra: «Me gusta permanecer tumbada sobre cojines para pensar con embriaguez en mis adoradores».

Una tercera, novicia en tales fiestas, estaba a punto de ruborizarse: «¡Siento un remordimiento en el fondo del corazón! —decía—. Soy católica y temo al infierno. Pero te amo tanto, tanto y tanto, que puedo sacrificarte la eternidad».

Vaciando una copa de vino de Quíos, la cuarta exclamaba: «¡Viva la alegría! ¡En cada aurora consigo una existencia nueva! Olvidada del pasado, ebria todavía de los asaltos de la víspera, todas las noches agoto una vida de felicidad, una vida llena de amor!»

La mujer sentada al lado de Belvidero lo miraba con ojos ardientes. Estaba callada. «¡No me pondré en manos de unos bravi[2] para matar a mi amante, si me abandonase!» Luego se había echado a reír; pero su mano convulsa quebraba una bombonera de oro milagrosamente esculpida.

—¿Cuándo serás gran duque? —preguntó la sexta al príncipe con una expresión de alegría asesina en los dientes, y de delirio báquico en los ojos.

—Y tú, ¿cuando se morirá tu padre? —dijo la séptima riendo y lanzando su ramillete a don Juan con un gesto de retozona embriaguez. Era una inocente chiquilla acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.

—¡Ay, no me hables de eso! —exclamó el joven y hermoso don Juan Belvidero—; en el mundo no hay más que un padre eterno, y la desgracia ha querido que fuese el mío.

Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el príncipe mismo lanzaron un grito de horror. Doscientos años antes, durante el reinado de Luis XV, las personas de buen gusto se hubieran reído con tal ocurrencia. Aunque, tal vez, las almas también tenían, al comienzo de una orgía, demasiada lucidez. A pesar del fuego de las velas, del grito de las pasiones, del aspecto de los vasos de oro y plata, del aroma de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, tal vez también había en el fondo de los corazones un poco de esa vergüenza por las cosas humanas y divinas que lucha hasta que la orgía la sumerge en las últimas oleadas de un vino chispeante. Sin embargo, las flores ya se habían ajado, los ojos estaban alelados y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias[3]. En ese momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Baltasar[4], Dios se presentó, apareciendo bajo los rasgos de un viejo criado de pelo blanco, paso tembloroso y cejas fruncidas; entró con aire triste, reprobó con una mirada las coronas, las copas de plata sobredorada, las pirámides de frutas, el esplendor de la fiesta, la púrpura de los rostros sorprendidos y los colores de los cojines hollados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente depositó un crespón sobre aquella locura diciendo con voz hueca estas sombrías palabras: «Señor, su padre está muriéndose».

Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que podía traducirse por: «Perdónenme, esto no ocurre todos los días».

¿No sorprende a menudo la muerte de un padre a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida o en el seno de las locas ocurrencias de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como una cortesana en sus desdenes, aunque más fiel: nunca ha engañado a nadie.

Cuando don Juan hubo cerrado la puerta de la sala y empezó a caminar por una larga galería tan fría como oscura, luchó por adoptar un continente teatral; porque, pensando en su papel de hijo, se había despojado de su alegría como de su servilleta. La noche estaba negra. El silencioso criado que guiaba al joven hacia una cámara mortuoria iluminaba bastante mal a su amo, de modo que la MUERTE, ayudada por el frío, el silencio y la oscuridad, por una reacción de embriaguez, acaso, pudo insinuar algunas reflexiones en el alma del disipado, que se hizo preguntas sobre su vida y se volvió pensativo como un hombre procesado que se encamina hacia el tribunal.

Bartholomeo Belvidero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida en los tratos comerciales. Habiendo recorrido con frecuencia las talismánicas comarcas del Oriente, había conseguido riquezas inmensas y conocimientos, según decía, más preciosos que el oro y los diamantes, de los que ya apenas se ocupaba. «Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber», exclamaba a veces sonriendo. A este buen padre le gustaba oír contar a don Juan alguna locura de juventud, y decía con aire burlón mientras le prodigaba oro: «Querido hijo, no hagas más que las tonterías que te diviertan». Era el único anciano que sentía placer viendo a un joven: el amor paterno engañaba su caducidad mediante la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de 60 años, Belvidero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de aquel tardío y pasajero amor. Hacía quince años que el buen hombre deploraba la pérdida de su querida Juana. Sus numerosos servidores y su hijo atribuían a ese dolor de viejo los singulares hábitos que había contraído. Refugiado en el ala más incómoda del palacio, Bartholomeo salía raramente de sus dependencias, y hasta el mismo don Juan no podía penetrar en los aposentos de su padre sin haber conseguido su permiso. Si este voluntario anacoreta iba y venía por el palacio o las calles de Ferrara, parecía buscar algo que le faltaba: caminaba meditabundo, indeciso y preocupado como un hombre que está en guerra con una idea o con un recuerdo. Mientras el joven daba suntuosas fiestas y el palacio resonaba con el estrépito de su alegría, mientras los caballos piafaban en los patios y los pajes se peleaban jugando a los dados en los escalones, Bartholomeo comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si necesitaba un poco de carne de ave era para echarle los huesos a un perro de aguas negro, su fiel compañero. Nunca se quejaba del ruido. Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno y los ladridos de los perros le sorprendían en medio del sueño, se limitaba a decir: «¡Ah, es don Juan que vuelve!» Nunca ha habido en esta tierra padre tan cómodo y tan indulgente; pero el joven Belvidero, acostumbrado a tratarle sin ceremonia, tenía todos los defectos de los hijos mimados; vivía con Bartholomeo como vive una caprichosa cortesana con un amante viejo, haciéndose perdonar su impertinencia con una sonrisa, vendiendo su amabilidad y dejándose amar. Al reconstruir con el pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan reparó en que le sería difícil encontrar un fallo en la bondad de su padre. Al oír brotar un remordimiento en el fondo de su corazón en el instante en que cruzaba la galería, se sintió dispuesto a perdonar a Belvidero que hubiese vivido tanto tiempo. Regresaba a los sentimientos de piedad filial como un ladrón se convierte en hombre honrado con el goce posible de un millón, bien robado. No tardó el joven en franquear las altas y frías salas que formaban los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda y respirado el aire espeso y el olor rancio que exhalaban las viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la cámara antigua del anciano, ante un lecho nauseabundo y junto a un hogar casi apagado. Una lámpara colocada sobre una mesa de forma gótica lanzaba a intervalos irregulares oleadas de luz más o menos fuerte sobre el lecho, y así dejaba ver el rostro del anciano bajo aspectos siempre diferentes. El frío silbaba a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azotando los cristales, producía un ruido sordo. La escena contrastaba de manera tan viva con la que don Juan acababa de abandonar que no pudo dejar de estremecerse. Y sintió frío cuando, al acercarse a la cama, una ráfaga de claridad bastante violenta, impelida por una bocanada de viento, iluminó la cabeza de su padre: los rasgos estaban descompuestos, la piel, fuertemente pegada a los huesos, tenían tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano volvía más horribles todavía; contraída por el dolor, la boca, entreabierta y falta de dientes, dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía sostenían los aullidos de la tempestad. Pese a tales signos de destrucción, sobre aquella cabeza resplandecía un carácter increíble de poder. Un espíritu superior luchaba en ella con la muerte. Los ojos, sumidos por la enfermedad, seguían conservando una singular fijeza. Parecía como si Bartholomeo tratase de matar, con su mirada de moribundo, a un enemigo sentado al pie de su lecho. Aquella mirada fija y fría resultaba más horrible aún porque la cabeza se mantenía en una inmovilidad semejante a la de las calaveras puestas sobre una mesa en los despachos de los médicos. El cuerpo, completamente dibujado por las sábanas del lecho, anunciaba que los miembros del anciano mantenían la misma rigidez. Todo estaba muerto, menos los ojos. Por último, los sonidos que articulaba la boca tenían algo de mecánico. Don Juan sintió cierta vergüenza por llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando en su pechera el ramillete de una cortesana, y llevando consigo los perfumes de una fiesta y los olores del vino.

—¿Estabas divirtiéndote? —exclamó el anciano al ver a su hijo.

En ese mismo momento, la voz pura y ligera de una cantante que extasiaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con que se acompañaba, dominó el estertor del huracán y resonó incluso en aquella cámara fúnebre. Don Juan quiso no oír nada de aquella salvaje confirmación dada a su padre.

Bartholomeo dijo: «No te censuro por ello, hijo mío».

Esta frase llena de dulzura hizo daño a don Juan, que no perdonó a su padre bondad tan punzante.

—¡Qué remordimiento para mí, padre mío! —le dijo de modo hipócrita.

—¡Pobre Juanino! —prosiguió el moribundo con voz sorda—. He sido siempre tan cariñoso contigo que no puedes desear mi muerte.

—¡Ay —exclamó don Juan—, si fuera posible devolverle la vida entregando una parte de la mía! (Cosas así siempre pueden decirse, pensaba el disipado, es lo mismo que ofrecer el mundo a mi amante). Nada más acabar su idea, el viejo perro de aguas ladró. Aquella voz inteligente hizo estremecerse a don Juan, que creyó que el perro le había entendido.

—Ya sabía yo, hijo mío, que podía contar contigo —exclamó el moribundo—. Viviré, estarás contento. Viviré, pero sin quitarte ni uno solo de los días que te pertenecen.

«Delira», se dijo don Juan. Luego añadió en voz alta: «Sí, padre mío, vivirá usted tanto tiempo como yo, porque su imagen estará sin cesar en mi corazón».

—No se trata de esta vida terrena —dijo el anciano reuniendo sus fuerzas para incorporarse, porque se sintió conmovido por una de esas sospechas que sólo nacen a la cabecera de los moribundos—. Escucha, hijo mío —prosiguió con una voz debilitada por ese último esfuerzo—, tengo tantas ganas de morir como tú de prescindir de queridas, de vino, de caballos, de halcones, de perros y de oro.

«Estoy seguro», volvió a pensar el hijo arrodillándose a la cabecera del lecho y besando una de las manos cadavéricas de Bartholomeo.

—Pero —prosiguió en voz alta—, padre, querido padre, hay que someterse a la voluntad de Dios.

—Dios soy yo —replicó el anciano en un gruñido.

—No blasfeme usted —exclamó el joven al ver el aire amenazador que adoptaron los rasgos de su padre—. No haga eso, ya ha recibido la extremaunción y no me consolaría si le viera morir en pecado.

—¡Atiéndeme! —exclamó el moribundo, cuya boca rechinó.

Don Juan calló. Reinó un horrible silencio. A través de los silbidos graves de la nieve todavía llegaron los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como una aurora naciente. El moribundo sonrió.

—¡Te agradezco que hayas invitado a cantantes y que hayas traído música! Una fiesta, mujeres jóvenes y hermosas, blancas, de pelo negro, todos los placeres de la vida; que se queden, voy a renacer.

—Es el colmo del delirio —dijo don Juan.

—He descubierto un medio de resucitar. Mira: busca en el cajón de la mesa, lograrás abrirlo apretando un resorte que se oculta tras el grifo.

—Ya lo he abierto, padre.

—Bien, coge un frasquito de cristal de roca.

—Ya lo tengo.

—He tardado veinte años en… —En ese momento el viejo sintió acercarse su final y reunió toda su energía para decir—: En cuanto haya exhalado el último suspiro, frótame todo el cuerpo con esa agua, y renaceré.

—Hay muy poca —replicó el joven.

Aunque Bartholomeo ya no podía hablar, todavía poseía la facultad de ver y oír: a esa frase, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de brusquedad espantosa, su cuello quedó torcido como el de una estatua de mármol a la que la idea del escultor ha condenado a mirar de lado, y sus ojos dilatados contrajeron una inmovilidad horrible. Cuando buscaba asilo en el corazón de su hijo, encontraba en él una tumba más hueca de la que suelen hacer los hombres a sus muertos. Por eso sus cabellos se esparcieron de horror y su mirada convulsa seguía hablando todavía. Era un padre que se levantaba furioso de su sepulcro para exigir venganza a Dios.

—¡Vaya, el buen hombre ha acabado! —exclamó don Juan.

Con prisa por ver el misterioso cristal a la luz de la lámpara, lo mismo que un bebedor mira su botella al terminar una comida, no había visto ponerse blancos los ojos de su padre. El perro, con las fauces abiertas, miraba alternativamente a su amo muerto y el elixir, de la misma forma que don Juan a su padre y el frasco. La lámpara despedía resplandores ondulantes. Era profundo el silencio, la viola había enmudecido. Belvidero temblaba creyendo ver a su padre moverse. Intimidado por la expresión rígida de sus acusadores ojos, los cerró lo mismo que habría bajado una persiana batida por el viento una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. De pronto, un ruido áspero, semejante al chirrido de un resorte enmohecido, rompió aquel silencio. Sorprendido, don Juan estuvo a punto de dejar caer el frasco. Un sudor más frío que el acero de un puñal salió de sus poros. Un gallo de madera pintada surgió encima de un reloj y cantó tres veces[5]. Era una de esas ingeniosas máquinas con que los sabios de esa época se hacían despertar a hora fija para sus trabajos. El alba ya ponía de púrpura las ventanas. Don Juan había pasado diez horas meditando. El viejo reloj era más fiel en su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes con Bartholomeo. Aquel mecanismo estaba compuesto de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que él poseía ese mecanismo peculiar del hombre que se llama corazón. Para no exponerse de nuevo a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a depositarlo en el cajón de la mesita gótica. En ese solemne momento, oyó en las galerías un tumulto sordo: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, roces de la seda, el ruido en fin de un grupo alegre que trata de reprimirse. Se abrió la puerta y el príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el curioso desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por las luces del alba cuando el sol lucha con los fuegos cada vez más pálidos de las velas. Llegaban todos para dar al joven heredero los pésames de rigor.

—¡Oh, oh! ¿Se habrá tomado en serio el pobre don Juan esta muerte? —dijo el príncipe al oído de la Brambilla.

—Es que su padre era un hombre muy bueno —respondió ella.

Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían impreso en sus rasgos una expresión tan sorprendente que la mujer impuso silencio al grupo. Los hombres se quedaron inmóviles. Las mujeres, de labios resecos por el vino y mejillas jaspeadas por los besos, se arrodillaron y se pusieron a rezar. Don Juan no pudo dejar de estremecerse al ver el esplendor, la alegría, las risas, los cantos, la juventud, la belleza y el poder, toda la vida personificada, prosternándose de aquel modo ante la muerte. Pero en aquella adorable Italia el desenfreno y la religión se acoplaban entonces de modo tan perfecto que la religión era en ella un desenfreno y el desenfreno una religión. El príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan; luego, cuando todas las caras hubieron formulado de forma simultánea un mismo gesto, a medias de tristeza y a medias de indiferencia, la fantasmagoría desapareció dejando vacía la sala. ¡Aquello sí que era una imagen de la vida! Mientras bajaba las escaleras, el príncipe dijo a la Rivabarella: «¡Vaya! ¡Quién hubiera creído que don Juan no hacía más que fanfarronadas con la impiedad! ¡Ama a su padre!»

—¿Ha reparado en el perro negro? —preguntó la Brambilla.

—Ahora es inmensamente rico —dijo suspirando la Bianca Cavatolino.

—¿Qué me importa? —exclamó la orgullosa Varonèse, la que había roto la bombonera.

—¿Cómo que no te importa? —exclamó el duque—. Con sus escudos, don Juan es tan príncipe como yo.

Al principio, agitado por mil pensamientos, don Juan vaciló entre distintas opciones. Tras haberse hecho cargo del tesoro amasado por su padre, por la noche regresó a la cámara mortuoria con el alma henchida de un egoísmo espantoso. En los aposentos encontró a toda la servidumbre de la casa ocupada en reunir los ornamentos del lecho de respeto en que iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia cámara ardiente, curioso espectáculo que todo Ferrara debía acudir a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus criados se detuvieron, cohibidos y temblorosos.

—Dejadme solo —dijo con acento alterado—, no debéis entrar hasta que yo salga.

Cuando los pasos del anciano servidor que fue el último en salir apenas resonaban sobre las losas, don Juan cerró precipitadamente la puerta y, seguro de estar solo, exclamó: «¡Probemos!»

El cuerpo de Bartholomeo estaba tendido sobre una larga mesa. Para ocultar a la vista el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la delgadez volvían semejante a un esqueleto, los embalsamadores habían puesto sobre el cuerpo un paño que lo envolvía por completo, salvo la cabeza. Aquella especie de momia yacía en medio del cuarto; y el paño, ligero por naturaleza, dibujaba vagamente las formas, que eran agudas, rígidas y frágiles. El rostro estaba ya marcado por anchas manchas violáceas que indicaban la necesidad de acabar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo de que estaba armado, don Juan tembló al destapar el frasco mágico de cristal. Cuando llegó junto a la cabeza, se vio obligado incluso a esperar un momento por lo mucho que temblaba. Pero el joven había sido corrompido sabiamente desde hora temprana por las costumbres de un corazón disoluto: una reflexión digna del duque de Urbino[6] fue a darle un valor aguijoneado por un vivo sentimiento de curiosidad, parecía incluso como si el demonio le hubiera soplado las palabras que resonaron en su corazón: ¡Empapa un ojo! Cogió un trapo y, después de haberlo mojado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó ligeramente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.

—¡Ah, ah! —exclamó don Juan apretando el frasco en su mano lo mismo que nos aferramos a la rama de la que estamos colgados al borde de un precipicio.

Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto; temblaba en él la luz en medio de un fluido joven y, protegido por unas hermosas cejas negras, centelleaba como esos resplandores únicos que el viajero vislumbra en un campo desierto en los atardeceres de invierno. Aquel ojo reluciente parecía querer abalanzarse sobre don Juan, y pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba y mordía. En él se agitaban todas las pasiones humanas. Las súplicas más tiernas, una cólera de rey, luego el amor de una doncella pidiendo gracia a sus verdugos, por último la mirada profunda que lanza un hombre sobre los hombres al subir el último peldaño del cadalso. Resplandecía tanta vida en aquel fragmento de vida que don Juan, espantado, retrocedió y caminó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo que volvía a ver en el suelo y en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, vida e inteligencia. En todas partes brillaban ojos que ladraban a su lado.

—¡Hubiera vivido otros cien años! —exclamó de forma involuntaria en el momento en que, llevado ante su padre por algún influjo diabólico, contemplaba aquella chispa luminosa.

De repente el párpado inteligente se cerró y se volvió a abrir bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», Don Juan se habría espantado menos.

«¿Qué hacer» —pensó. Tuvo valor para intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos resultaron inútiles.

—¿Reventarlo! ¿Sería acaso un parricidio? —se preguntó.

—Sí —dijo el ojo mediante un guiño de una ironía sorprendente.

—¡Ah, ah! —exclamó don Juan—, es brujería.

Y se acercó al ojo para aplastarlo. Una gruesa lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver y cayó sobre la mano de Belvidero.

—Está ardiendo —exclamó sentándose.

Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido, a ejemplo de Jacob, contra un ángel.

Finalmente se levantó diciéndose: «¡Con tal que no haya sangre!» Luego, reuniendo todo el coraje preciso para ser cobarde, aplastó el ojo, hundiéndolo con un trapo pero sin mirarlo. Se dejó oír un gemido inesperado pero terrible. El pobre perro de aguas expiraba aullando.

—¿Estará en el secreto? —se preguntó don Juan mirando a la fiel bestia.

Don Juan Belvidero pasó por hijo piadoso. Alzó un monumento de mármol blanco sobre la tumba de su padre y confió la ejecución de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. No quedó completamente tranquilo hasta el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en cuyo fondo enterró el único remordimiento que rozara su corazón en los momentos de cansancio físico. Al hacer inventario de las inmensas riquezas amasadas por el anciano orientalista, don Juan se volvió avaro. ¿No tenía que proveer de dinero a dos vidas humanas? Su mirada profundamente escrutadora penetró en el principio de la vida social y abarcó el mejor mundo porque lo veía a través de una tumba. Analizó los hombres y las cosas para acabar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Porvenir, desvelado por las Religiones. Cogió el alma y la materia, los metió en un crisol y no encontró nada: ¡y desde entonces se convirtió en DON JUAN!

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, en la vida, despreciando el mundo, pero apoderándose del mundo. Su dicha no podía ser esa felicidad burguesa que se sacia con un guiso cada cierto tiempo, un agradable calentador en invierno, una lámpara para la noche y unas pantuflas nuevas al trimestre. No, se apoderó de la existencia como un mono atrapa una nuez, y sin entretenerse demasiado despojó sabiamente las vulgares envolturas del fruto para examinar su sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le llegaron siquiera al tobillo. No cometió el error de los poderosos que, figurándose a veces que las almas pequeñas creen en las grandes, tienen la ocurrencia de trocar los altos pensamientos del futuro por la calderilla de nuestras ideas vitalicias. Como ellos, podía caminar con los pies en la tierra y la cabeza en los cielos; pero prefería sentarse y secar, con sus besos, más de un labio de una mujer tierna, fresca y perfumada porque, semejante a la Muerte, por donde pasaba devoraba todo sin pudor, anhelando un amor de posesión, un amor oriental, de placeres largos y fáciles. Como sólo amaba a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía una actitud connatural a su alma. Cuando sus queridas se servían de una cama para subir a cielos en los que se perdían en medio de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, serio, expansivo, tan sincero como pueda serlo un estudiante alemán. Pero decía YO cuando su querida, loca y enamorada, decía NOSOTROS. Sabía dejarse arrastrar admirablemente bien por una mujer. Siempre era lo bastante fuerte para hacerle creer que temblaba como un colegial que, en un baile, dice a la primera mujer con la que baila: «¿Le gusta bailar?» Pero también sabía ruborizarse adrede, sacar su poderosa espada y aniquilar a los comendadores. En su sencillez había burla y risa en sus lágrimas, porque siempre supo llorar tanto como una mujer cuando le dice al marido: «O me compras una carroza o moriré del pecho». Para los negociantes, el mundo es un baile o un montón de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, un hombre; para ciertas mentes, un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, ¡el universo era él! Modelo de gracias y nobleza, y de una inteligencia seductora, atracó su barca en todas las riberas; pero, cuando se dejaba llevar, sólo iba hasta donde quería ser llevado. Cuanto más vio, más dudó. Analizando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, astucia; la justicia, un crimen; la delicadeza, una bobada; la probidad, una predisposición; y, gracias a una singular fatalidad, reparó en que las personas realmente probas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas no alcanzaban ninguna consideración entre los hombres. «¡Qué broma tan fría! —se dijo—. No puede venir de un dios». Y entonces, renunciando a un mundo mejor, nunca volvió a destocarse al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Por eso, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, nunca arremetía demasiado contra los prejuicios, porque no era tan poderoso como el verdugo; pero bordeaba las leyes sociales con la gracia y el ingenio que tan bien refleja su escena con el señor Domingo[7]. Fue, en efecto, el tipo del Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfredo de Byron y del Melmoth de Maturin[8]. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, a las que no han faltado los acordes de Mozart ni tal vez la lira de Rossini[9]. Imágenes terribles que eterniza el principio del Mal existente en el hombre, y del que de siglo en siglo se encuentran algunos ejemplares, bien porque ese tipo entre en conversaciones con los hombres encarnándose en Mirabeau, bien porque se contente con actuar en silencio, como Bonaparte, o con exprimir el universo en una ironía, como el divino Rabelais; bien, incluso, porque se ría de los seres, en lugar de insultar a las cosas, como el mariscal de Richelieu[10]; y mejor, tal vez, porque se burle al mismo tiempo de los hombres y las cosas, como el más célebre de nuestros embajadores[11]. Pero el genio profundo de Don Juan Belvidero resumió, por anticipado, a todos esos genios. Se burló de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En cuanto a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II[12], y al final de la conversación, le dijo riendo: «Si no hay más remedio que elegir, prefiero creer en Dios que en el diablo; el poder unido a la bondad siempre ofrece más recursos de los que tiene el Genio del Mal».

—Sí, pero Dios manda hacer penitencia en este mundo…

—Usted nunca deja de pensar en sus indulgencias —respondió Belvidero—. Verá, para arrepentirme de las faltas de mi primera vida, tengo toda una existencia en reserva.

—¡Ay! Si entiendes así la vejez —exclamó el papa—, corres el riesgo de ser canonizado.

—Después de su elevación al papado, puede creerse cualquier cosa.

Y se fueron a ver a los obreros ocupados en construir la inmensa basílica consagrada a san Pedro.

—San Pedro es el hombre de genio que creó para nosotros nuestro doble poder —le dijo el papa a don Juan—, se merece este monumento. Pero algunas veces, por la noche, se me ocurre que un diluvio pasará la esponja por todo esto, y habrá que volver a empezar…

Don Juan y el papa se echaron a reír, se habían comprendido. Un necio hubiese ido al día siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madama[13]; pero Belvidero fue a verle oficiar pontificalmente, para convencerse de sus temores. En una orgía, Della Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.

De todos modos, no hemos emprendido el relato de esta leyenda para proporcionar materiales a quienes pretendan escribir unas memorias sobre la vida de Don Juan; está destinado a probar a las gentes honradas que Belvidero no murió en su duelo con una piedra, como quieren hacerlo creer algunos litógrafos[14]. Cuando Don Juan Belvidero alcanzó los sesenta de edad, fue a establecer su residencia a España. Allí, en sus últimos años, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, por cálculo, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que son las mujeres en las que apenas pensamos las que siempre nos quieren con ternura. Doña Elvira[15], santamente criada por una vieja tía en el remoto confín de Andalucía, en un castillo a varias leguas de Sanlúcar[16], era todo abnegación y gracia. Don Juan adivinó que aquella joven sería mujer capaz de luchar mucho tiempo con una pasión antes de ceder a ella, y por eso mantuvo la esperanza de poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, una partida de ajedrez que quiso reservarse para jugarla en sus últimos años. Aleccionado por todas las faltas cometidas por su padre Bartholomeo, don Juan decidió consagrar las menores acciones de su vejez al triunfo del drama que debía tener lugar en su lecho de muerte. Por eso, la mayoría de sus riquezas permanecieron enterradas en los sótanos de su palacio de Ferrara, adonde iba raras veces. En cuanto a la otra mitad de su fortuna, la invirtió en una renta vitalicia, a fin de interesar en la duración de su vida tanto a su mujer como a sus hijos, argucia que su padre hubiera debido practicar; aunque esa especulación de maquiavelismo no le resultó muy necesaria. El joven Felipe Belvidero, hijo suyo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, en virtud tal vez del refrán que dice: A padre avaro, hijo pródigo. El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir las conciencias de la duquesa de Belvidero y de Felipe. El eclesiástico era un santo varón, de buena figura, admirablemente proporcionado, de hermosos ojos negros y una cabeza de Tiberio agotada por los ayunos, blanca de maceraciones, y tentado a diario como lo son todos los solitarios. El viejo caballero tal vez esperaba todavía poder matar a un monje antes de acabar su primer plazo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo Don Juan, bien porque doña Elvira tuviese más prudencia o virtud de la que en España se concede a las mujeres, Don Juan se vio obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalo alguno en su casa. A veces se complacía en pillar a su hijo o a su mujer faltando a los deberes de la religión, y quería de forma imperiosa que cumpliesen todas las obligaciones impuestas a los fieles por la corte de Roma. Finalmente, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe ocupados en discutir un caso de conciencia. Sin embargo, a pesar de los prodigiosos cuidados que el señor don Juan Belvidero prodigaba a su persona, llegaron los días de la decrepitud; con ese ángel del dolor surgieron los gritos de la impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su fogosa juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, que en su grado de burla animaba a los demás a creer en las leyes y principios de los que él se burlaba, se dormía por la noche sobre un tal vez. Aquel modelo del buen tono, aquel duque[17] vigoroso en una orgía, soberbio en las cortes, gracioso junto a mujeres cuyos corazones había retorcido como un aldeano retuerce una vara de mimbre, aquel hombre de genio tenía una pituita obstinada, una ciática importuna y una gota brutal. Veía sus dientes abandonarle igual que al final de una velada las damas más blancas y mejor engalanadas se van, una tras otra, dejando el salón desierto y desamueblado. Finalmente, sus osadas manos temblaron, sus esbeltas piernas vacilaron, y una noche la apoplejía le oprimió el cuello con sus manos ganchudas y glaciales. Desde ese día fatal se volvió taciturno y duro. Acusaba a la abnegación de su hijo y de su mujer, pretendiendo en ocasiones que sus conmovedores y delicados cuidados sólo se le prodigaban con tanta ternura porque había colocado su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y redoblaban sus caricias con aquel viejo malicioso, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Amigos míos, querida mujer, me perdonáis, ¿verdad? Os atormento demasiado. ¡Ay, gran Dios! ¿Cómo te sirves de mí para probar a estas dos criaturas celestiales? Yo, que debería ser su alegría, soy su azote». Y los ató a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que desplegaba con ellos los tesoros siempre renovados de su gracia y de una falsa ternura. Sistema paternal que le resultó infinitamente mejor que el que en otro tiempo utilizara su padre con él. Finalmente, llegó a tal grado de enfermedad que, para meterle en la cama, había que hacer con él las mismas maniobras que con una falúa para entrar en un canal peligroso. Luego llegó el día de su muerte. Aquel brillante y escéptico personaje, de quien sólo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de todas las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, sus dos antipatías. Pero se mostró jovial. ¿No había para él una luz centelleante tras el velo del porvenir? Sobre aquella pantalla, de plomo para los demás y diáfana para él, bailaban como sombras las ligeras y arrebatadoras delicias de la juventud.

Fue una hermosa tarde de estío cuando don Juan sintió la cercanía de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban vivas y frescas luces, la naturaleza parecía darle prendas seguras de su resurrección y un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse a solas con aquel cándido ser.

—Felipe —le dijo con voz tan tierna y afectuosa que el joven se estremeció y se echó a llorar de felicidad. Nunca aquel padre inflexible había pronunciado su nombre de aquel modo—. Escucha, hijo mío —prosiguió el moribundo—. Soy un gran pecador. Por eso durante toda mi vida he pensado en mi muerte. En otro tiempo fui amigo del gran papa Julio II. Este ilustre pontífice, temiendo que la excesiva sensibilidad de mis sentidos me llevase a cometer algún pecado mortal entre el momento de recibir los santos óleos y el de expirar, me dio un frasquito que contiene el agua santa brotada antaño de las rocas, en el desierto[18]. He mantenido el secreto sobre esta dilapidación del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha permanecido a la cabecera de mi lecho… El precioso cristal podrá servirte luego, mi bienamado Felipe. Por tu salvación eterna, júrame que ejecutarás puntualmente mis órdenes.

Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado bien la expresión de los sentimientos humanos para no morir en paz fiado en aquella mirada, lo mismo que su padre había muerto desesperado fiado en la suya.

—Merecías otro padre —prosiguió don Juan—. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el respetable abad de Sanlúcar me administraba el viático, yo estaba pensando en la incompatibilidad de dos poderes tan amplios como los del diablo y Dios…

—¡Oh, padre!

—Y me decía que, cuando Satán haga su paz, deberá estipular el perdón de sus secuaces so pena de ser un gran miserable. Este pensamiento me acosa. Por lo tanto, hijo mío, iré al infierno si no cumples mis voluntades.

—¡Oh, padre, decídmelas ahora mismo!

—En cuanto haya cerrado los ojos —continuó don Juan—, tal vez dentro de unos minutos, coge mi cuerpo caliente todavía y tiéndelo sobre una mesa en medio de este aposento. Luego apaga la lámpara: debe bastarte la luz de las estrellas. Despójame de mis ropas; y mientras recitas Pater y Ave elevando tu alma a Dios, ve humedeciendo, con esa agua santa, mis ojos, mis labios, toda la cabeza primero, y luego uno tras otro los miembros y el cuerpo; pero, querido hijo, es tan grande el poder de Dios que no deberás asombrarte de nada.

En este punto don Juan, que sentía llegar la muerte, añadió con voz terrible: «Sostén con fuerza el frasco». Luego expiró dulcemente en brazos de un hijo cuyas abundantes lágrimas corrieron sobre aquel rostro irónico y lívido.

Era aproximadamente medianoche cuando don Felipe Belvidero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Tras haber besado su amenazadora frente y los grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna, cuyos raros reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe vislumbrar de forma indistinta el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. El joven empapó un trapo en el licor y, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en medio de un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuyó a los retozos de la brisa en las cimas de los árboles. Cuando hubo mojado el brazo derecho, sintió que un brazo joven y vigoroso, el brazo de su padre, le agarraba con fuerza por el cuello. Soltó un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. El licor se evaporó. Acudieron los criados del castillo, armados de antorchas. Aquel grito les había espantado y sorprendido, como si la trompeta del Juicio Final hubiese sacudido el universo. En un momento la habitación se llenó de gente. La muchedumbre temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el brazo poderoso de su padre, que le apretaba el cuello. Luego, cosa sobrenatural, los asistentes vieron la cabeza de don Juan tan joven y tan hermosa como la de Antínoo, una cabeza de cabellos negros, ojos brillantes, y boca bermeja, que se agitaba de modo espantoso sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un viejo criado gritó: «¡Milagro!» Y todos aquellos españoles repitieron: «¡Milagro!» Demasiado piadosa para admitir los misterios de la magia, doña Elvira mandó en busca del abate de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo como hombre ingenioso y como abad que no pretende otra cosa que aumentar sus rentas. Declarando al punto que el señor don Juan sería infaliblemente canonizado, indicó que la ceremonia de la apoteosis tendría lugar en su convento, que en adelante se llamaría, según dijo, San Juan de Lúcar. A estas palabras, la cabeza hizo una mueca bastante cómica.

El gusto de los españoles por este género de solemnidades es tan conocido que no debe ser difícil creer en las solemnidades religiosas con que la abadía de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvidero a su iglesia. Pocos días después de la muerte del ilustre señor, el milagro de su imperfecta resurrección se había difundido tanto de pueblo en pueblo, en un radio de más de cincuenta leguas a la redonda de Sanlúcar, que no tardaron en verse llenos de curiosos los caminos; acudieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum cantado a la luz de las antorchas. La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, maravilloso edificio construido por los moros, cuyas bóvedas oían desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que se había congregado para ver la ceremonia[19]. Prensados como hormigas, hidalgos con capa de terciopelo y armados de sus buenas espadas, permanecían de pie alrededor de los pilares sin encontrar sitio para doblar unas rodillas que sólo allí se doblaban. Deliciosas aldeanas, cuyas basquiñas[20] dibujaban sus amorosas formas, daban el brazo a ancianos de cabellos blancos. Había jóvenes con ojos de fuego junto a viejas mujeres engalanadas. Y, además, parejas estremecidas de alborozo, novias curiosas acompañadas por sus novios, recién casados y niños cogidos de la mano con temor. Toda aquella gente estaba allí llena de colorido, brillante de contrastes, inundada de flores y esmaltada, produciendo un suave alboroto en el silencio de la noche. Se abrieron las anchas puertas de la iglesia. Los que habían llegado demasiado tarde se quedaron fuera, viendo de lejos, por los tres pórticos abiertos, una escena de la que ni siquiera los vaporosos decorados de nuestras modernas óperas podrían dar una pálida idea. Devotos y pecadores, con prisa por ganarse el favor de un santo nuevo, encendieron en su honor millares de cirios en la vasta iglesia, luces interesadas que prestaron un aspecto mágico al monumento. Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, los festones sarracenos y los rasgos más delicados de la delicada escultura se dibujaban en medio de aquella luz superabundante como las figuras caprichosas que se forman en un brasero al rojo vivo. Era un océano de fuegos dominado, en el fondo de la iglesia, por el coro dorado donde se alzaba el altar mayor, cuya gloria hubiera rivalizado con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los exvotos palidecía ante la urna en que se encontraba don Juan. El cuerpo del impío centelleaba de pedrerías, de flores, de cristales, de diamantes, de oro y de plumas tan blancas como las alas de un serafín, y reemplazaba sobre el altar a un cuadro de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire sus ondas flameantes. El buen abad de Sanlúcar, adornado con hábitos pontificales, con su mitra cuajada de piedras preciosas, su roquete y su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo imperial, en medio de todo su clero formado por impasibles ancianos de cabellos argentados, revestidos de finas albas, que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. El chantre mayor y los dignatarios del cabildo, con las condecoraciones de las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes que formaba el incienso, cual astros que ruedan por el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos de la campiña, y esa inmensa asamblea lanzó hacia Dios el primer grito de alabanzas con que empieza el Te Deum. ¡Grito sublime! Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis mezcladas con las voces graves y sonoras de los hombres, miles de voces tan potentes que el órgano no conseguía dominar su conjunto a pesar de los mugidos de sus tubos. Sólo las notas penetrantes de la joven voz de los niños de coro y los amplios acentos de algunos bajos suscitaron ideas graciosas, pintaron la infancia y la fuerza en aquel maravilloso concierto de voces humanas confundidas en sentimiento de amor.

¡Te Deum laudamus!

Del seno de aquella catedral negra de mujeres y hombres arrodillados salió ese canto cual una luz que de pronto centellea en la noche, y el silencio fue roto como por un trueno. Las voces subieron con las nubes de incienso que entonces arrojaban unos velos diáfanos y azulados sobre las fantásticas maravillas de la arquitectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. En el momento en que esa música de amor y gratitud se lanzó hacia el altar, don Juan, demasiado cortés para no dar las gracias, demasiado ingenioso para reprimir una burla, respondió con una risa espantosa y se contoneó en su urna. Pero tras haberle insinuado el diablo que corría el riesgo de pasar por un hombre ordinario, por un santo, un Bonifacio o un Pantaleón[21], turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del infierno. La tierra bendecía, maldecía el cielo. La iglesia tembló sobre sus antiguos cimientos.

Te Deum laudamus! —decía la asamblea.

—¡Idos todos al diablo, bestias, que no sois más que bestias! ¡Dios, Dios! ¡Carajos del demonio[22], animales, que no sois más que unos estúpidos con ese vejestorio de vuestro Dios!

Y un torrente de imprecaciones avanzó como un río de lavas ardientes tras una irrupción del Vesubio.

Deus sabaoth, sabaoth! —gritaron los cristianos.

—¡Insultáis la majestad del infierno! —respondió don Juan rechinando los dientes.

No tardó mucho en lograr pasar el brazo vivo por encima de la urna, y amenazó a la asamblea con gestos llenos de desesperación e ironía.

—¡El santo nos bendice! —dijeron las mujerucas, los niños y los novios, gentes crédulas.

De este modo nos engañamos con frecuencia en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de quienes le cumplimentan, y a veces cumplimenta a aquellos de quienes se burla en el fondo de su corazón.

En el instante en que el abad, prosternado ante el altar, cantaba: Sánete Johannes, ora pro nobis!, oyó con toda claridad: O coglione.

—¿Qué ocurre ahí arriba? —exclamó el sub-prior viendo que la urna se agitaba.

—Que el santo está haciendo diabluras —respondió el abad.

Entonces aquella cabeza viva se desgajó violentamente del cuerpo, que ya no vivía, y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.

—Acuérdate de doña Elvira —gritó la cabeza devorando la del abad.

Este último lanzó un grito horrible que perturbó la ceremonia. Todos los sacerdotes acudieron y rodearon a su soberano.

—¡Imbécil, di que hay un Dios! —gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en el cerebro, estaba a punto de expirar.


[1] Balzac no sitúa la acción en un tiempo preciso, sino en un Renacimiento italiano convencional, con nombres tópicos de época, como los Ferrara, los Este, Julio II (papa de 1503 a 1513), etc. El empleo de tales nombres busca exclusivamente un colorido local. (N. del T.)

[2] Término italiano, plural de bravo: matón, asesino. (N. del T.)

[3] Balzac cita de forma aproximativa el capitulo XXI del Gargantua de Rabelais. (N. del T.)

[4] El Antiguo Testamento refiere en el Libro de Daniel, V, 1-30, el gran festín dado por el último rey de Babilonia, Baltasar, en su palacio, utilizando los vasos sagrados robados del templo de Jerusalén. Como anuncio del castigo, sobre las paredes del salón del banquete aparecieron, grabadas a fuego, las palabras «Mane, Thecel, Phares». (N. del T.)

[5] Alusión a la negación de Jesucristo por san Pedro. (N. del T.)

[6] En ediciones anteriores a la definitiva, Balzac escribe: «del papa Alejandro», es decir, Rodrigo Borgia, que ocupó el papado con el nombre de Alejandro VI de 1492 a 1503 y que encarnó para Maquiavelo el ideal del príncipe. Es la segunda vez que Balzac elimina del texto definitivo el nombre del papa Borgia. En cuanto a la alusión al duque de Urbino, resulta imposible decidirse por cualquiera de los que en esa época llevaron tal título. (N. del T.)

[7] Alusión a una escena de Molière: Don Juan, IV, iii. (N. del T.)

[8] Enumeración de personajes literarios rebelados contra Dios, donde se confunden los temas de Fausto y de Don Juan. (N. del T.)

[9] Aunque escriba «tal vez», lo cierto es que Rossini, con quien Balzac mantuvo una amistad cordial y admirativa, no compuso ningún Don Juan. (N. del T.)

[10] La enumeración convierte en seductores a varias figuras históricas: el mariscal de Richelieu (1696-1788) fue un célebre Don Juan; para el siglo XIX, sus Memorias (1790), apócrifas, encarnaban el ideal del libertino; los novelistas extrajeron de ellas anécdotas y sucedidos galantes. (N. del T.)

[11] Alusión a Talleyrand, nombrado recientemente (septiembre de 1830) embajador en Londres. A pesar de haber muerto en 1838, Balzac no precisa su alusión cuando corrige por última vez el texto del relato. (N. del T.)

[12] Julio della Rovere, que ocupó el papado de 1503 a 1513, fue quien inició la construcción de la basílica de San Pedro. Encarna, en el relato, la imagen de un papa del Renacimiento: guerrero por un lado, aficionado por otro a las artes, amigo de artistas como Miguel Ángel y Rafael. Para la construcción de San Pedro decretó la venta de indulgencias a que se alude más adelante, en la conversación entre Belvidero y el papa; venta de indulgencias que se cita como una de las muchas causas que provocaron la reforma luterana. (N. del T.)

[13] Famosa villa romana edificada para Julio de Médicis (papa con el nombre de Clemente VII) según planos de Rafael y decoración interior de Julio Romano y Antonio da Sangallo el Joven. (N. del T.)

[14] En la época romántica se puso de moda la litografía, método artístico que utilizó frecuentemente el tema de Don Juan. (N. del T.)

[15] Nombre de la «esposa» del protagonista del Don Juan de Molière. (N. del T.)

[16] Aunque hay varias Sanlúcar en Andalucía, la crítica balzaquiana propone San Lúcar de Barrameda. (N. del T.)

[17] Su padre, sin embargo, era un rico negociante. (N. del T.)

[18] Alusión al episodio bíblico (Números, 20,) en que Moisés hace brotar agua de la roca. (N. del T.)

[19] Pintoresquismo de época: Chateaubriand, con su Itinéraire de París a Jérusalem, y Victor Hugo con sus Orientales, y con el poema «Granada» incluido en ese volumen habían puesto de moda entre los románticos la imagen de una España mora cristianizada. (N. del T.)

[20] Falda con que los románticos franceses describían a las españolas; era de raso o de terciopelo y llevaba el bajo adornado con varias hileras de franjas. En La piel de zapa, Balzac habla de la «basquiña lasciva de las andaluzas». (N. del T.)

[21] Balzac elige esos nombres por su efecto ridículo. San Bonifacio fue papa (418-422) y san Pantaleón murió martirizado en el año 303. (N. del T.)

[22] El texto dice en castellano: Carajos demonios. Se supone que Balzac, que no sabía español, debe a Eugenio Sue, que había frecuentado los puertos españoles, esos términos. (N. del T.)

© Honoré de Balzac: L’Élixir de longue vie (El elixir de larga vida). Publicado en La Revue de Paris, 1846. Traducción de  Mauro Armiño.