Sinopsis: «El viajero del tiempo» (The Time Traveler) es un cuento de Isaac Asimov, publicado en noviembre de 1990 en Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine. Fortescue Quackenbrane Flubb es un escritor exitoso que, pese a su fama y fortuna, arrastra el resentimiento por las humillaciones sufridas en su juventud. En una clase de escritura de la Aaron Burr High School, el profesor Yussif Newberry ridiculizó públicamente sus textos, dejando en él una herida persistente. Cuarenta años después, Flubb sigue obsesionado con aquellos desaires, consciente de que el tiempo parece haber vuelto irreparable cualquier ajuste de cuentas. Sin embargo, Azazel, un diminuto ser de dos centímetros dotado de una tecnología extraordinaria, quizá tenga la respuesta a sus problemas.

El viajero del tiempo
Isaac Asimov
(Cuento completo)
—En realidad, conozco a alguien muy parecido a ti —me dijo George mientras nos sentábamos en el vestíbulo del Café des Modistes, después de haber consumido una comida más o menos aceptable.
Yo estaba disfrutando bastante la oportunidad de no hacer nada, en abierta rebeldía contra los plazos de entrega que me esperaban en casa, y debí haberlo dejado pasar; pero no pude. Siento un profundo aprecio por lo singular de mi carácter.
—¿A qué te refieres? —dije—. No hay nadie como yo.
—Bueno —admitió George—, no escribe tanto como tú. Nadie lo hace. Pero eso es solo porque siente cierto respeto por la calidad de lo que escribe y no cree que el más leve error tipográfico suyo sea prosa inmortal. De todos modos, escribe… o más bien escribía, porque murió hace algunos años y pasó a ese rincón especial del purgatorio reservado para los escritores, donde la inspiración golpea sin cesar, pero no hay máquinas de escribir ni papel.
—En cuanto al purgatorio, me rindo ante tu conocimiento, George —dije con rigidez—, ya que lo encarnas en tu propia persona; pero ¿por qué ese conocido tuyo, escritor, te recuerda a mí, aparte del simple hecho de ser escritor?
—La razón por la que el parecido irrumpió de pronto ante mi ojo interior, viejo amigo, es que, aun habiendo alcanzado el éxito mundano y la riqueza, como tú, también se quejaba de forma continua y amarga de no ser apreciado como correspondía.
Fruncí el ceño.
—Yo no me quejo de no ser apreciado.
—¿Ah, no? Acabo de pasar un almuerzo tedioso escuchándote lamentarte por no recibir tus plenas y justas recompensas; con lo cual, sospecho, no te refieres a que te azoten con una fusta.
—George, sabes perfectamente que solo me estaba quejando de algunas de las reseñas que he recibido últimamente; reseñas escritas por escritores frustrados, envidiosos y de mente estrecha…
—A menudo me he preguntado: ¿qué es exactamente un escritor frustrado?
—Un escritor fracasado o, dicho de otro modo, un crítico.
—Ahí lo tienes, entonces. Tus comentarios me recordaron a un viejo amigo mío, que ya no está con nosotros: Fortescue Quackenbrane Flubb.
—¿Fortescue Quackenbrane Flubb? —dije, bastante atónito.
—Sí. El viejo Quackbrain, como solíamos llamarlo.
—¿Y cómo te llamaba él a ti?
—De muchas maneras que ya no recuerdo —dijo George—. Fuimos amigos desde jóvenes, porque habíamos ido a la misma secundaria. Él estaba algunos años por delante de mí, pero nos reencontramos en las reuniones de la asociación de exalumnos.
—¿De veras, George? De algún modo nunca te imaginé con educación secundaria.
—Pues sí. El viejo Quackbrain y yo fuimos a la Aaron Burr High School. Muchas veces cantamos juntos la vieja canción del alma mater, mientras lágrimas de nostalgia nos corrían por las mejillas. ¡Ah, los dorados días de la secundaria!
Y, elevando la voz en un temblor nada musical, cantó:
«Cuando el sol brilla sobre nuestra secundaria
con su tono dorado,
allí, sobre nuestra querida Vieja Cloaca,
ondea el negro y azul.»
—¿Vieja Cloaca? —dije.
—Un término cariñoso. Yale es conocida como «Old Eli», y la Universidad de Mississippi como «Ol’ Miss», y la Aaron Burr High School…
—Es la Vieja Cloaca[1].
—Exactamente.
—¿Y qué es eso del «negro y azul»?
—Nuestros colores escolares —dijo George—. Pero estoy seguro de que lo que quieres oír es la historia de Fortescue Quackenbrane Flubb[2].
—No hay nada que desee oír menos —dije.
—Fortescue Quackenbrane Flubb —dijo George— era, en la madurez de su vida, un hombre feliz; o, al menos, debería haberlo sido, pues estaba bendecido con todo lo que cualquiera podría razonablemente desear.
Había tenido una larga carrera como escritor exitoso, produciendo libros que se vendían bien y eran populares y, aun así, libros de los que hablaban con elogios esos escritores frustrados que se hacen llamar críticos.
Puedo ver por tu cara, que estás a punto de preguntarme cómo es posible que un hombre sea un escritor exitoso, tenga un nombre como Fortescue Quackenbrane Flubb y, sin embargo, te resulte por completo desconocido. Podría responder que eso es prueba de tu absoluto ensimismamiento, pero no lo haré, porque existe otra explicación. Como todos los escritores con un mínimo de sensibilidad, el viejo Quackbrain usaba un seudónimo. Como cualquier escritor con algo de pudor, no quería que nadie supiera cómo se ganaba la vida. Sé que tú usas tu propio nombre, ¡pero tú no tienes vergüenza!
El seudónimo de Quackbrain, por supuesto, te resultaría muy familiar, pero una vez me hizo prometer que lo mantendría como un secreto inviolable incluso después de que hubiera pasado a su purgatorio sin máquinas de escribir y, por supuesto, debo cumplir esa promesa.
Y, sin embargo, el viejo Quackbrain no era un hombre feliz.
Como compañero exalumno de la querida vieja Burr, se sinceró conmigo.
—¿De qué me sirve, George, que el dinero fluya hacia mí en un torrente inagotable? —decía—. ¿De qué me sirve que mi fama sea mundial? ¿De qué me sirve que sea tratado con la máxima consideración por todos y cada uno?
—Quackbrain —dije solemnemente—, creo que todo eso tiene una utilidad indiscutible.
—¡Bah! —replicó—. Tal vez en un sentido mundano; tal vez en un sentido meramente material. Pero deja el alma intacta.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque —y en ese momento se golpeó el pecho con un resonante puñetazo— los ardientes recuerdos de los desaires y desprecios juveniles siguen sin vengarse y, de hecho, son para siempre imposibles de vengar.
Me quedé estupefacto.
—¿De veras recibiste desaires y desprecios en tu juventud?
—¿Que si los recibí? En la Vieja Cloaca misma. En la Aaron Burr High School.
—¿Pero qué ocurrió? —dije, apenas capaz de creer lo que oía.
—Fue en 1934 —dijo—. Yo era estudiante de penúltimo año y empezaba a sentir dentro de mí el flujo divino de la inspiración. Sabía que algún día sería un gran escritor y por eso me inscribí en una clase especial de escritura que impartía el viejo Yussif Newberry. ¿Recuerdas a Yussif Newberry, George?
—¿Te refieres a Newberry, el viejo Cara de Perro?
—El mismo. Se le ocurrió que, al reunir una clase así, tendría un pozo de talento sin explotar del cual podría extraer joyas escritas que llenarían la revista literaria semestral de la escuela. ¿Recuerdas la revista, George?
Me estremecí, y el viejo Quackbrain dijo:
—Veo que sí. Nos asignaron escribir ensayos como medida preliminar de nuestra capacidad y, según recuerdo, escribí un canto a la primavera, de una elocuencia arrebatadora y además poético.
»Cuando Cara de Perro pidió voluntarios para leer sus trabajos, levanté de inmediato la mano con orgullo y me llamó al frente de la clase. Sujeté mi manuscrito con una mano que, recuerdo, sudaba de excitación, y leí mi efusión con voz resonante. Anticipaba recorrer las quince páginas ante el entusiasmo creciente del auditorio y terminar entre vítores y aplausos atronadores.
»Me equivoqué. Antes de llegar a la página y media, Newberry me interrumpió. “Esto”, dijo, articulando con claridad, “es la más absoluta porquería, impropia para cualquier uso que no sea el de fertilizante, y aun para eso resulta dudosa”.
»Ante eso, la clase de jóvenes aduladores estalló en carcajadas estruendosas y me vi obligado a sentarme sin terminar la lectura. Y eso no fue todo. A partir de entonces, Newberry aprovechó cada oportunidad para humillarme. Nada de lo que escribía le complacía, y hacía pública su repulsión de la manera más inmunda, siempre para deleite de la clase, que de ese modo me convirtió en su blanco.
»Por último, como tarea final del trimestre, se nos exigió a cada uno escribir un cuento, un poema o un ensayo destinado a ser enviado para su publicación en el semestral literario. Yo escribí un ensayo ligero, lleno de ingenio y humor chispeante, y puedes imaginar mi grata sorpresa cuando Newberry lo aceptó.
»Naturalmente, consideré justo y prudente buscar al viejo Cara de Perro después de clase para felicitarlo por su sagacidad. “Me alegra, señor”, le dije, “que gracias al uso de mi ensayo en el semestral literario haya logrado un producto mejor de lo habitual”.
»Y él me respondió, mostrando sus colmillos amarillentos de la manera más desagradable: “Lo acepté, F. Q. Flubb, únicamente porque fue el único trabajo que intentó, aunque sin éxito, ser gracioso. Su aceptación forzada, Flubb, es la gota que colma el vaso, y no volveré a impartir esta clase”.
»Y no la volvió a dar. Y aunque han pasado cuarenta años, el recuerdo del trato que recibí en aquella clase de la Vieja Cloaca sigue vivo. Las cicatrices permanecen frescas, George, y jamás podré borrarlas.
Yo dije:
—Pero, Quackbrain, piensa en cómo debió sentirse ese viejo y querido hijo de padre desconocido cuando ascendiste a la fama literaria. De hecho, la manera en que te elevaste casi hasta la cima del mundo literario debió amargarlo mucho más de lo que sus antiguos desaires y desprecios podrían haberte amargado a ti.
—¿Qué quieres decir con «casi hasta la cima»? Pero no importa. Está claro que no te has mantenido al tanto de la historia posterior de la escuela. El miserable malhechor que impartía esa clase murió unos cinco años después de que yo la cursara. Sin duda lo hizo en un esfuerzo evidente por evitar presenciar el triunfo del oprimido, ya que los relámpagos de la fama no empezaron a centellear sobre mi frente hasta tres años después de su muerte; y aquí estoy yo, eternamente frustrado por no poder chasquear los dedos con desprecio bajo la nariz respingona del gran maestro del desprecio. Pero ¿qué quieres que haga? Ni siquiera los dioses pueden cambiar el pasado.
—Me pregunto… —dije en voz baja.
—¿Eh?
—Nada. Nada.
Pero, por supuesto, estaba pensando en Azazel, mi amigo de dos centímetros de otro Mundo, o quizá Universo, o quizá Continuo, cuya pericia tecnológica está tan por encima de la nuestra que parece una forma de magia. (Oh, ¿alguien llamado Clarke dijo algo parecido? [3] Bueno, como nunca he oído hablar de él, no puede tener la menor importancia).
Azazel estaba dormido cuando mi rutina de invocación lo trajo desde su propio Mundo, o quizá Universo, o quizá Continuo, y, por supuesto, no te daré detalles de dicha rutina. Una mente burda como la tuya quedaría irremediablemente dañada si intentara abarcar las sutilezas del endorcismo. Solo pienso en tu bien, viejo amigo.
Esperé pacientemente a que Azazel estuviera dispuesto, pues tiende a mostrarse un poco irritable si se lo despierta, y un Azazel irritable es un Azazel peligroso, a pesar de su diminuto tamaño. Así que no había nada que hacer salvo observar cómo sus brazos y piernas se movían en complicadas evoluciones que yo no lograba comprender. Presumiblemente, estaba soñando algo y reaccionando al sueño.
Cuando los movimientos se volvieron violentos, abrió los ojos y se incorporó con lo que pareció un sobresalto.
—Ya lo sospechaba —gimió (un gemido sibilante y agudo, como el de un diminuto silbato de vapor)—. Solo era un sueño.
—¿Qué lo era, oh Maravilla del Universo?
—Mi cita con la bella Zibbulk. ¿Nunca se hará realidad? Claro que no —añadió con tristeza—. Ella es más o menos de tu tamaño, así que se niega a tomarme en serio.
—¿No puedes hacerte más grande, oh Milagro de las Eras?
—Por supuesto —dijo, con un pequeño gruñido—, pero entonces mi sustancia se vuelve delgada, humeante y espectral, y cuando intento abrazarla, ella no siente nada. No sé por qué será, pero a las bellas hembras les gusta sentir algo en tales circunstancias. En fin, basta ya de los desahogos poéticos de mi tragedia personal. ¿Qué quieres esta vez, miserable pieza de pacotilla?
—Viajar en el tiempo, oh Portento de la Astralidad.
—¡Viajar en el tiempo! —chilló Azazel—. Eso es imposible.
—¿Lo es? No soy físico, oh Grande, pero los científicos de este mundo hablan de viajes más rápidos que la luz y de agujeros de gusano.
—Por lo que a mí respecta, pueden hablar de melaza y de colibríes —dijo—, pero el viaje en el tiempo es teóricamente imposible. Olvídalo.
—Muy bien —suspiré—, pero eso significa que el viejo Quackbrain pasará los pocos años que le quedan sin poder vengar los desaires y desprecios que recibió de villanos del pasado, villanos que no percibieron, ni mucho menos apreciaron, sus grandes talentos.
Ante esto, el rostro de Azazel pasó de su habitual color rojo remolacha a algo más cercano al delicado rosa del interior de una sandía.
—¿Desaires y desprecios? —dijo—. ¡Ah, cuánto conozco yo los desprecios que el mérito paciente recibe de los indignos![4] Tienes, entonces, un amigo que sufre como yo he sufrido.
—Nadie —dije con cautela— puede sufrir como ha sufrido tu poderoso espíritu, oh Consuelo de los Desposeídos, pero él ha sufrido algo y aún sufre.
—Qué tristeza. Y desea retroceder en el tiempo para vengar su mérito paciente contra los indignos.
—Exactamente, pero tú dijiste que el viaje en el tiempo es imposible.
—Y lo es. Sin embargo, puedo ajustar mentes. Si tienes, o puedes conseguir, algo que haya estado en estrecho contacto con él, puedo disponer el funcionamiento de su mente de tal modo que le parezca haber retrocedido al pasado y haberse encontrado cara a cara con sus antiguos torturadores, y entonces podrá hacer lo que quiera.
—Excelente —dije—. Da la casualidad de que tengo aquí un billete de diez dólares que tomé prestado de su billetera en nuestro último encuentro, y estoy seguro de que ha estado en contacto íntimo con él durante al menos un mes, porque el viejo Quackbrain es de todo menos desprendido con el dinero.
Y así fue, porque me encontré con Quackbrain aproximadamente un mes después, y me llevó aparte.
—George —dijo—, anoche tuve el sueño más extraordinario. Al menos creo que fue un sueño, porque si hubiera sido otra cosa, estaría volviéndome loco. Parecía tan real que era como si hubiera retrocedido en el tiempo. Cuarenta años atrás.
—¿Retrocedido en el tiempo, eh?
—Eso fue lo que pareció, George. Fue como si yo fuera un viajero del tiempo.
—Cuéntame, Quackbrain.
—Soñé que había regresado a la Vieja Cloaca. Me refiero a la antigua Vieja Cloaca. No como es hoy, desvencijada y perdida en el centro de la ciudad, sino como era hace cuarenta años, cuando era un respetable edificio antiguo, envejecido solo por el paso del tiempo. Podía caminar por los pasillos y ver las clases, a los estudiantes de secundaria trabajando. Había un tenue aire de Depresión. ¿Recuerdas la Gran Depresión, George?
—Por supuesto que sí.
—Leí los avisos del tablón de anuncios. Revisé la última edición del periódico escolar. Nadie me detuvo. Nadie reparó en mí. Era como si no existiera para ellos, y comprendí que era mi yo actual vagando en una época anterior. Y de pronto comprendí también que en algún lugar del edificio se encontraba Yussif Newberry, aún con vida. En ese instante entendí que había sido llevado a la Vieja Cloaca con un propósito. Tenía un maletín en las manos y revisé su contenido, y una gran alegría me invadió, porque llevaba conmigo todas las pruebas que necesitaba.
»Subí a toda prisa las escaleras hasta el tercer piso, donde se encontraba su despacho. ¿Recuerdas su despacho, George, y el olor húmedo y rancio a libros viejos que lo impregnaba? Ese olor seguía allí después de cuarenta años o, mejor dicho, yo había retrocedido cuarenta años y lo encontré donde siempre había estado. Temía que el viejo Cara de Perro estuviera dando clase, pero mi sueño me llevó en el momento justo. Tenía una hora libre y estaba ocupado corrigiendo trabajos.
»Levantó la vista cuando entré. Él me vio. Él se fijó en mí. Estaba destinado a hacerlo.
»Me dijo: “¿Quién es usted?”
»Y yo dije: “Prepárese para el asombro, Yussif Newberry, porque no soy otro que Fortescue Quackenbrane Flubb”.
»Frunció el ceño. “¿Quiere decir que es el anciano padre de ese mugriento estúpido que tuve en mi clase el año pasado?”
»“No, no soy el anciano padre de ese mugriento estúpido. Cuídese, Newberry, porque yo soy ese mismo mugriento estúpido. Vengo de cuarenta años en el futuro para enfrentarme a usted, cobarde torturador de mi yo juvenil”.
»“¿De cuarenta años en el futuro, eh? Debo admitir que el paso del tiempo no lo ha mejorado. Yo habría apostado a que era imposible que usted se viera peor de lo que se veía entonces, pero veo que lo ha conseguido”.
»“¡Newberry!”, troné. “Prepárese para sufrir. ¿Sabe en qué me he convertido en cuarenta años?”
»“Sí”, dijo con calma, “se ha convertido en un hombre notablemente feo en la madurez avanzada. Supongo que era inevitable, pero casi consigo sentir lástima por usted”.
»“Me he convertido en mucho más que eso, Yussif Newberry. Me he convertido en una de las grandes figuras literarias de los Estados Unidos. Tengo aquí, para que lo examine, una copia de mi entrada en Who’s Who in America. Observe el número de mis libros publicados y observe además, Newberry, que en ninguna parte de estos augustos volúmenes se menciona el despreciable nombre de Yussif Newberry. Tengo aquí también, Yussif Newberry, una muestra de las reseñas de mis obras más recientes. Léalas y fíjese particularmente en lo que dicen de mi talento y mi impecable capacidad literaria. Y tengo además un perfil en la revista The New Yorker que me colma de elogios. Y ahora, Yussif Newberry, piense en todas las cosas crueles y malvadas que dijo de mí y de mis escritos el año pasado en clase, ¡y baje la cabeza con amarga vergüenza, Yussif Newberry!”
»“Supongo”, dijo Newberry, “que esto es un sueño”.
»“Probablemente lo sea”, dije, “pero si es así, es mi sueño, y lo que tengo aquí para mostrarle es la verdad tal como será dentro de cuarenta años. ¿No está su cabeza inclinada en profunda contrición, Yussif Newberry?”
»“No”, dijo Newberry. “No soy responsable del futuro. Lo único que puedo decir es que el año pasado, en mi clase, todo lo que usted escribió era porquería, y seguirá siendo porquería no solo dentro de cuarenta años, sino hasta la última sílaba del tiempo registrado[5]. Ahora lárguese de aquí y déjeme corregir mis trabajos”.
»Y con eso, el sueño terminó. ¿Qué te parece, George?
—Debió de haber sido muy realista.
—Sin duda. Sin duda. Pero no me refiero a eso. ¿Puedes imaginar a ese profesor, ese insulto a la condición humana, aferrándose a su postura incluso después de enterarse de mi grandeza? Sin vergüenza. Sin desesperación. Siguió sosteniendo que mis escritos juveniles eran porquería y no se movió ni un centímetro de esa posición. Mi corazón, George, está roto. Hago algo mucho, mucho peor que cualquier cosa que haya hecho jamás. Voy hacia un descanso mucho, mucho peor que cualquiera que haya conocido.[6]
Se alejó, viejo, como un casco vacío, quebrado y deshecho. No pasó mucho tiempo después de eso cuando murió.
George terminó su historia y se secó los ojos con el billete de cinco dólares que yo le había dado para ese propósito. No era tan absorbente como lo habría sido un pañuelo, pero él insiste en que la sensación táctil del billete es superior.
Yo dije:
—Supongo que es inútil pedirte, George, que tus historias tengan sentido, pero me veo obligado a señalar que esto no fue un verdadero viaje en el tiempo, según tu propio relato, sino solo uno imaginario. Fue, en efecto, una visión inducida por la manipulación de Azazel sobre el cerebro de Flubb. En ese caso, Flubb estaba al mando, o debería haberlo estado. ¿Por qué no hizo que Yussif Newberry se arrastrara a sus pies en una súplica desesperada de perdón?
—Eso —dijo George— es exactamente lo que le pregunté a Azazel en otra ocasión. Azazel dijo que el pobre Quackbrain, por mucho que estuviera predispuesto a su propio favor, tenía suficiente oficio como escritor para saber, al menos en su inconsciente, que parte de lo que escribía era porquería y que Newberry tenía razón. Y siendo honesto consigo mismo, tuvo que enfrentarse a ello.
George pensó un instante y luego añadió:
—Supongo que, después de todo, no se parece mucho a ti.
FIN
[1] Old Cesspool en inglés (N. del T.)
[2] Fortescue Quackenbrane Flubb: El nombre del personaje es un juego de palabras. «Quackenbrane» evoca «quack brain» (cerebro de pato, es decir, tonto), lo que explica su apodo «Quackbrain»; «Flubb» suena como «flub» (meter la pata, fallar torpemente); mientras que «Fortescue» es un apellido aristocrático inglés real. La combinación irónica sugiere algo así como «el distinguido señor Cabeza de Pato Metepatas»: un escritor con pretensiones de grandeza cuyo propio nombre lo contradice. (N. del T.)
[3] Referencia a Arthur C. Clarke (1917-2008), célebre escritor británico de ciencia ficción y amigo personal de Asimov. La frase alude a su famosa Tercera Ley: «Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».
[4] Referencia a Hamlet de Shakespeare: «los desprecios que el mérito paciente recibe de los indignos» («the spurns that patient merit of th’unworthy takes», Acto III, Escena 1).
[5] Referencia a Macbeth de Shakespeare (Acto V, Escena 5): «To the last syllable of recorded time» («Hasta la última sílaba del tiempo registrado»). (N. del T.)
[6] Parodia de las famosas palabras finales de Sydney Carton en Historia de dos ciudades de Charles Dickens: «Es algo mucho, mucho mejor lo que hago que cualquier cosa que haya hecho jamás. Es un descanso mucho, mucho mejor al que voy que cualquiera que haya conocido». (N. del T.)
