Corría el tren hacia la insustancial Suiza. Sentados en el compartimento reservado, iban callados, con las manos cogidas: era su viaje de novios. El silencio pesaba sobre ellos. Se querían —o, al menos, así lo habían creído—, pero la forma de su amor, diferente en cada uno, servía únicamente para probarles lo poco que se parecían.

Ella, confiada, dichosa casi, y asustada, no obstante, por esa nueva vida que se iniciaba y que la transformaba en otra mujer que ella misma se sorprendía de no conocer y que trataba de representarse de antemano como una extranjera con quien había de acostumbrarse a vivir; él, con más experiencia, consciente de toda la fragilidad del sentimiento que le había empujado hacia aquella joven destinada a convertirse en un ser banal en cuanto pasara a ser plenamente mujer. Lo que en ella le había atraído era, precisamente, aquello que había de desaparecer: su candor, su frecuente manera de asombrarse, el clima de juventud intacta en que la había conocido. Se la imaginaba ahora desposeída de sus encantos, deformada, rebajada a todas las pequeñeces conyugales que harían de ella una mujer como las demás. Dentro de unas horas, iba a tomarla en sus brazos y, por ende, a destruirla. Bastaría un instante. Cuando él desatara su abrazo, sentiría así como la sensación de haber matado algo y ni siquiera la pasión aportaría una circunstancia atenuante puesto que, bien mirado, no es que la deseara. En todo caso, no la deseaba más que a cualquier otra.

Se preguntó en qué estaba ella pensando. ¿Tal vez en eso mismo? Mejor dicho, ¿pensaba siquiera? Tantas mujeres hay que no piensan en nada… ¿Será realmente tan simple como para esperar de la vida la revelación de un secreto, cuando la vida no nos aporta más que incesantes reiteraciones? ¿Acabará por implorar a un amante la felicidad que yo no le habré proporcionado y que tampoco ningún otro le dará porque no es posible dar lo que no se posee? ¿Acaso ella se imagina que llevamos la felicidad en la cartera, como un cheque, y que basta con endosarlo? Claro que también se firman cheques sin fondos… Le dieron ganas de reír al formular la idea de que mañana ella podría acusarle de estafa.

Alzando la cabeza, se miró en el espejo. Su atuendo, que juzgó harto atildado para un viaje, le indispuso contra sí mismo. Seguramente que ella le encontraba guapo, y esa falta de gusto le causó irritación. Se le apareció de pronto, como si el tren fuera atravesando los paisajes de su vida futura, la larga sucesión de días monótonos en que la visita de una amiga supondría para ella un motivo de distracción; las noches en que él iría complacido a reunirse en el círculo con otros hombres que hablarían de otras mujeres con una falta de miramientos que le regocijaría —la misma, sin duda, con que hablarían de su mujer en ausencia suya.

¿Tendrá un hijo? Por supuesto que tendrá un hijo. Trató de imaginársela embarazada. Así pues, él le dará un hijo que ella se felicitará de traer al mundo aunque por ello haya de afearse y sufrir náuseas. Nacerá un hijo por el que él sentirá un afecto indulgente y una simpatía curiosa mientras sea niño, y que más tarde les causará inevitables preocupaciones. Ambos se inquietarán por su salud, se agitarán cuando pase los exámenes, buscarán influencias para facilitarle una carrera o para encontrarle mujer. Probablemente no llegarán a entenderse sobre la manera de educar a ese hijo, y tendrán sus disensiones, como todo el mundo. A menos que él se deje dulcemente ganar por la ceguera conyugal y paternal que no se ha privado de ridiculizar en los demás, vencido (siempre salimos vencidos) por la vida, que generalmente tiende a fundir a los individuos en moldes idénticos.

Por otra parte, también podría ser que no ocurriera nada de eso. Existen otras posibilidades, otras formas de felicidad o de desdicha que nos olvidamos de invitar y que se vengan sobreviniendo de improviso.

Podría ser que ella muriese. Se la imaginó muerta, acostada en su ataúd bajo un velo de tul blanco; y se vio a sí mismo, enlutado, revestido del prestigio que a los ojos de las mujeres maduras confiere el dolor. Justamente, el negro le sienta bien. Su propia insensibilidad le indignó, como si estuviera ya cansado de llorarla. Al fin y al cabo, también podía ser él quien muriese primero. Fallecería, por ejemplo, de fiebres tifoideas, durante un viaje por Argelia, o por España…, y ella le cuidaría con esa abnegación que tan buen efecto produce luego en los hombres dispuestos a casarse con una viuda. Pero ella nunca volvería a casarse. Porque le amaba. No habiendo amado antes a nadie, se figuraba que lo quería. Para ella era casi una necesidad, puesto que se había casado con él; era el único desenlace posible. Si moría en Argelia, ella retornaría a casa de su madre, y viajaría sola, lo que nunca había hecho. Se reprochó el dejarla desamparada, como si estuviera seguro de que eso había de suceder, y como si la responsabilidad fuera suya. ¿No era ya bastante soportarse a sí mismo sin tener que cargar con esa jovencita desconocida? Más le hubiera valido a ella encontrar otro marido cualquiera. Sí, hubiera debido explicárselo… Le iba ganando el enternecimiento. Recobró por fin la presencia de ánimo, consideró a su joven esposa con tierna emoción y sintió que le invadía un inmenso desaliento.

II

Llegaron a Chambéry. No teniendo nada que decir, ella buscaba en vano una pregunta oportuna, como quien fija la atención en un objeto que no presenta por sí mismo ningún interés pero que lo adquiere por el empeño que ponemos en alcanzarlo. Abrió su bolso, en el que llevaba una medalla de San Cristóbal y otra del Sagrado Corazón, y tuvo deseos de mostrárselas; mas pensando que las encontraría ridículas y no queriendo dar la sensación de haber actuado sin causa alguna, se limitó a sacar el pañuelo. Se puso luego a mirar el paisaje: era menos hermoso de lo que se había figurado, pero lo iba embelleciendo constantemente gracias a un inconsciente esfuerzo de imaginación, en su afán de que nada en ese día, ni el más ínfimo de los detalles, fuera inferior a lo que ella se había prometido que fuese. Era por esa misma razón por la que, en el vagón-restaurante, acababa de encontrar buena la cena de mediocre calidad y había admirado la delicadeza de color de las pantallitas de seda rosa.

Estaba anocheciendo, ya no se distinguían claramente más que las casitas de los guardabarreras al lado de la vía. La recién casada no veía una vivienda sin que le viniera la idea de que ella y él podrían en ella ser dichosos, y eso la llevaba a pensar en la disposición de los muebles y de las cortinas, tema que ya había suscitado entre ellos las primeras discusiones, cuando todavía no eran más que novios.

Él, por su parte, a la vista de aquellas ventanitas iluminadas en la penumbra del crepúsculo, se preguntaba, al contrario, si los moradores de aquellas modestas casas, imprudentemente situadas junto al trazado de las vías, no envidiarían a los pasajeros del rápido, y si no acabarían por sucumbir, un día, a la tentación de viajar a su vez. Sintiéndose arrastrado como por la marcha del tren, hacia un futuro en el que las sensaciones estaban señaladas de antemano, procuraba extraer toda la voluptuosidad del minuto presente, gozar con una consciencia aún más aguda de esos frágiles instantes que no habrían de repetirse. Se dijo para sí —como se decía con frecuencia, y más de una vez estando con otras mujeres— que la mayor parte de los momentos de nuestra vida serían deliciosos si el futuro o el pasado no proyectaran su sombra sobre ellos, y que generalmente no somos desdichados más que por recuerdo o por anticipación. Y, constatando una vez más que su joven esposa poseía eso que llamamos encanto, que probablemente ella le amaba, que no era sin duda ni menos inteligente ni menos rica de lo que suele desearse, y que el tiempo tenía la decencia de mantenerse muy bueno, se decidió a forjarse una felicidad con esos elementos dispersos de ventura que hubieran podido satisfacer a tantos otros hombres.

La brusca entrada en un túnel les obligó a decir algo, puesto que la oscuridad privaba a su silencio del pretexto de contemplar el paisaje.

—¿En qué piensas, Georges? —dijo ella.

Él se repuso de una sacudida brusca y respondió con una dulzura que a sí mismo le complació:

—Pues… en ti, querida mía…

Y mientras pronunciaba esa tierna banalidad, comprendió que se persuadía de su amor a medida que lo iba expresando. La besó en la frente, castamente, y ella, harto intimidada para tener el valor de permanecer callada, habló de cualquier cosa: del hotel en que habían de alojarse, del equipaje, de la hora de llegada. Y luego añadió:

—Estamos tan lejos de Grenoble… ¡Pobre mamá! Espero que se haya consolado un poco. ¿Te diste cuenta, Georges, de lo triste que estaba al vernos partir y cómo contenía sus lágrimas?

Esa alusión retrospectiva le hizo evocar la imagen de otra mujer, su amante, con la que había roto, y se asombró de recordarla todavía. ¿Estaría llorando? ¿Se tragaba las lágrimas? Cansado de aquella mujer, como sólo puede uno cansarse de lo que se ha querido demasiado, le había sido fácil separarse de ella. Había creído que al romper suprimiría la amargura de descubrirse, una noche, lo bastante envejecido para tener un pasado. Se preguntó dónde estaría, qué hacía. Pensaba ahora con cierto agrado en aquel cuerpo experimentado de mujer madura, en sus ojos serenos que de nada ya se asombraban; y olvidaba la irritación que le causaban sus locuciones viciosas —y la especie de amor propio con que persistía en no corregirse para que no pudiera creerse que eran involuntarias—, adquiridas en la época en que se apreciaban sus favores en una pequeña ciudad de provincias, y lo odiosa que le parecía su costumbre de canturrear en la mesa los estribillos a la moda.

Habían vivido juntos varios años; rememoraba ahora la época de aquellos amoríos con una indulgencia provocada por una amnesia parcial, y la certidumbre de que aquellos días no volverían nunca atenuaba su severidad respecto a la naturaleza de la felicidad que entonces había conocido. Con ella había visitado Italia y la Provenza; ciertos episodios de aquel viaje, que en su momento le causaron fastidio, le conmovían hoy hasta las lágrimas, y el recuerdo de aquellos parajes esplendorosos le hizo detestar, por un instante, los paisajes que iban desfilando ante sus ojos… Tras la pasión, vino la costumbre y, al fin, el aburrimiento: el placer de la ruptura era el único ya que podía obtener de aquella mujer. La había visto llorar el día que le anunció su casamiento, y experimentó algo de vanidad al sentirse aún lo bastante amado para poder hacerla sufrir. Pero se dijo, no sin cólera, que las lágrimas de las mujeres tardan en secarse menos que sus afeites. Alguien la había visto en un restaurante, esa misma noche, en compañía de otro hombre. No le guardó por ello ningún rencor; tanto el uno como el otro hacían bien en comenzar una vida nueva. ¿Con quién se iba ella? Seguramente con alguien ya designado desde mucho antes, desde que todavía le perteneciera a él. Le invadió el furor al pensar que aquel llanto podía ser fingido, que acaso ella estaba deseando que él se decidiera a la ruptura y llevaba semanas esperando una ocasión para dejarle… Comprendió que tenía que conseguir, como fuera, olvidarse de aquello durante unas horas; a costa de un enorme esfuerzo logró arrancarla de sí, mientras contestaba a su joven esposa:

—No te preocupes, querida. Mañana, con toda seguridad, encontrarás en el Grand Hotel una carta de tu madre. Cierto que le causó tristeza verte partir, pero dentro de un mes habremos regresado y vamos a vivir muy cerca de ella.

Exageró el afecto por su suegra y se acordó de que, a decir verdad, conocía muy poco a esa dama; mas también razonó que eso no es siempre motivo para dejar de profesar cariño a una persona.

—¡Qué bueno eres! —le dijo ella, cogiéndole la mano.

Georges se sintió halagado de que le atribuyera, precisamente, esa que no era cualidad suya y que lamentaba no poseer. La joven desposada se abandonó sobre su hombro, fatigada por esa jornada que no podía sumarse a los días ordinarios, una jornada que se confundiría en su memoria con el traje de novia, como algo tenue y vaporoso en lo que se piensa desde mucho tiempo antes y que no volverá a darse otra vez. Él rodeó su hombro con el brazo y la besó en la nuca. Sus cabellos eran rubios; los de la otra eran rubios también, pero teñidos con henna, de una tonalidad diferente. Le vino a las mientes que alguna vez le dijo que nunca podría amar a una mujer morena, y esa fidelidad en la inconstancia se le antojó extrañamente triste.

Hablaron de cosas intrascendentes, relativas a los padres de ella, temas sin importancia pero que cobraban para él un sentido oculto, casi un valor de símbolos. Era consciente de que ahora tendría que interesarse por esa familia que no era la suya —él, que se había vanagloriado durante tanto tiempo de no tener ningún lazo familiar—, pensó que sus duelos le causarían pesar y se alegraría de las venturas y los nacimientos; que cada uno de esos imponderables que de alguna manera habían de conmoverle modificarían algo en él, por poco que fuera, y que tal como ocurre con ciertos matrimonios muy viejos, que acaban por parecerse como un hermano a una hermana, así se le pegarían a él los tics de aquellas gentes, sus manías culinarias, y hasta quizás sus opiniones políticas. Admitió que pudiera suceder así. Tenía treinta y cinco años. ¿Qué había hecho hasta ahora? Había pintado cuadros que distaban de ser tan buenos como él hubiera deseado, y obtuvo algún éxito que le aportó menos satisfacción de lo que había esperado. Cual un nadador que, decidido a dejarse hundir, se abandona con una suerte de placidez a la succión del agua, tenía la sensación de abandonarse blandamente hacia una existencia fácil, conformista, con la que los demás se contentaban. Era muy posible que volviera a pintar, por distraerse; se ocuparía de administrar su fortuna; harían la vida social que corresponde a su clase. Ideaba así una felicidad de modelo corriente, correcta, en concordancia con todas las tradiciones familiares de las que creía proceder; una felicidad legítima y, sin embargo, voluptuosa. Se imaginaba las vacaciones en algún lugar marítimo, los veranos en el campo, los niños en el césped, su mujer sentada en el balcón sirviendo el té del desayuno, y veía su bata desceñida y cómo sería entonces su belleza, más rica, más plena y satisfecha…

Ahora, el traqueteo del tren le producía dolor de cabeza y se había quitado el sombrero: él juzgó que su peinado no la favorecía y que habría que poner remedio. El peluquero de Laure tenía mejor gusto —pensó—, la confiaría a sus manos.

Sintió frío y se levantó para cerrar el cristal de la ventanilla; pero, comprendiendo que era de cualquier modo indispensable ocuparse de ella, al volver a sentarse preguntó si el aire no la incomodaba. Luego se interesó por su neceser de viaje y hasta trató de abrir uno de los frascos, que resultó tener el tapón forzado. El crepúsculo se desplegaba lenta y mansamente, cual un inmenso abanico. Lo insulso del instante presente le remitió al amor romántico de los inicios del noviazgo; y, de pronto, su mujer le pareció algo infinitamente caro y precioso, la vio henchida de todas las posibilidades futuras que dependían de ella, como si, merced a ese hijo que nadie más que ella podía traer al mundo, fuese ya portadora del porvenir que les esperaba. Su breve charla, que le había tranquilizado al distraerle de sus divagaciones, se iba haciendo intermitente, cortada por los silencios, y temió que esa frágil barrera de palabras, que se interponía entre él y sus pensamientos, pudiera bruscamente ceder dejándolo a solas consigo mismo, es decir, con la otra.

III

El tren se detuvo para pasar la aduana: los dos se sintieron aliviados de que cesara su inmovilidad en marcha. Se abrió la portezuela, él descendió primero y le tendió las manos. Ella saltó al andén de un brinco ligero que le recordó a la Andrómeda de un bajorrelieve de Roma, y eso le halagó: ella era ya su pertenencia. Las formalidades de inspección fueron breves; los empleados mostraron discretas atenciones hacia la damita; su vanidad de hombre se complació en ello y se sintió menos triste.

Unas horas después llegaban a Montreux. El ómnibus los condujo al hotel: bajo la marquesina, los botones se ocuparon del equipaje; luego, el director les mostró algunas habitaciones y les preguntó si deseaban una sola o más de una. Viendo que la respuesta se demoraba, discretamente se alejó. Georges levantó los ojos hacia su mujer, sus miradas se cruzaron:

—¿Nos quedamos en ésta? —dijo él.

—Muy bien…, si a ti te parece… —asintió ella.

Era una vasta pieza con cama de matrimonio, casi indecente de puro blancor. El director volvió.

—Esta habitación nos gusta —dijo Georges. Y le pareció notar una chispa burlona en la obsequiosidad de aquel hombre.

No tardaron en subir las maletas. Ella se había puesto delante del espejo y lentamente empezaba a quitarse los guantes, el sombrero, el abrigo: daba la sensación de que esos gestos, que a menudo debió de hacer en su cuarto de soltera, le producían la impresión tranquilizadora de continuidad en sus costumbres. Georges estaba atento a la descarga y colocación del equipaje. Luego, los mozos se retiraron y la pareja se quedó a solas. Él la miró: era alta y delgada, como una niña que hubiera crecido demasiado deprisa. El espejo, al desdoblar la imagen en dos mujeres idénticas, la privaba ya del privilegio de ser única. Se estaba arreglando el pelo y los brazos levantados ponían en evidencia su busto juvenil. Sin una palabra, la abrazó y, echándole la cabeza hacia atrás, la besó con dureza en los labios. Ella aceptó el beso sin corresponder y se limitó a decir:

—Georges, por favor…

No pudo él discernir si hablaba así por convencionalismo o por pudor. Se apartó de ella y al cabo de un instante inquirió:

—¿No me lo tomas a mal?

Ella respondió negativamente con un gesto. Por un momento, hubiera preferido que no le amara, para tener el placer de ganársela o de vencerla. Ahora había empezado a desdoblar su ropa interior, que hacía evocar su cuerpo. No encontrando nada que hacer por su parte, él se sentía más confuso que ella. Pretextó que bajaba al salón para hojear los periódicos de la tarde y, con una timidez que le irritó contra sí mismo, añadió que se entretendría como una hora. Ella asintió con un movimiento que él interpretó como una caricia; se acercó, la besó más fríamente que antes y salió de la habitación.

 

En el vestíbulo, Georges tomó un cigarro y después de encenderlo se sentó. Lo que le ocupaba la mente se asemejaba al vacío: trató de recordar si la habitación estaba situada en el tercero o en el cuarto piso; pensó con disgusto en uno de sus cuadros inacabados; descubrió que había olvidado el nombre de uno de los personajes de Balzac e intentó acordarse invocando, una por una, todas las letras del alfabeto, hasta llegar a la conclusión de que aquello no tenía la menor importancia. De pronto se acordó: Laure había sido contratada por una firma cinematográfica para el papel de Madame de Sérizy. ¿Quién, qué era Madame de Sérizy en la obra de Balzac? Cambió de sitio, se instaló delante de una mesa para hojear los periódicos: leyó el artículo de fondo del Journal de Genève y repitió la lectura atentamente, esforzándose por comprender. Las últimas noticias decían que un aviador que acababa de atravesar el Atlántico había recibido una entusiasta acogida (no hubiera querido encontrarse en su lugar), que una epidemia de viruela se había declarado en Alemania (estaba vacunado), y que las acciones de Beers habían bajado mil francos (poseía algunas). Dejó el periódico.

Resistiendo a la tentación de subir ya, para sorprender a su mujer mientras se acicalaba para la noche, se prometió no hacerlo antes de haber terminado su cigarro. Se puso a andar de un lado para otro, procuró prestar atención a los carteles que cubrían las paredes; por hacer algo, pidió un té y se irritó contra el camarero que tardó en servirle. El reloj marcaba las once. De pie en el umbral del hall, miraba a las damas, cuyas siluetas se recortaban en negro a través de la transparencia de sus trajes… El vestuario de Laure le costaba caro, se felicitó de haber terminado con ella al pensar en las últimas facturas que tuvo que pagar. Por asociación de ideas, imaginó su pie desnudo apoyado en el borde del lecho, cual un aplique Imperio que fuese, por azar, en mármol blanco y no en bronce. Sintiéndose presa de tal imagen, trató entonces de que las emociones que le producía aún el recuerdo de aquella mujer le sirvieran para llegar, cerca de la actual, a ese grado de pasión que desesperaba de poder alcanzar. Por un momento se vio desfallecer, mas pronto pasó el malestar. Vio que eran las once y cuarto; se levantó, echó un vistazo al espejo y se encontró ridículamente pálido. Desdeñando el ascensor para evitar encontrarse tête à tête con el ascensorista, emprendió la subida por la escalera lentamente, casi con esfuerzo. Lo fatigoso de tener que ascender cuatro pisos ofrecía un pretexto a la palpitación acelerada de su corazón. Cuando hubo llegado a la puerta de la habitación, se detuvo y dudó si llamar antes de entrar. Llamó con suavidad, luego más fuerte, pero no obtuvo respuesta. Tras unos instantes, se decidió y abrió lentamente la puerta, que no estaba cerrada con llave. La habitación aparecía sumida en una semioscuridad, las lámparas estaban apagadas y tan sólo el balcón abierto en el otro extremo establecía la comunicación con el mundo y con la noche. Entró y la vio acostada, acurrucada cara a la pared, como perdida, al esforzarse en ocupar lo menos posible, en el amplio lecho que parecía vacío.

—Soy yo —dijo Georges.

Se acercó sin hacer ruido e inclinándose sobre la cama murmuró:

—Jeanne, ¿querrás hacerme un huequecito?

Ella sacó la mano de debajo de la colcha y se la tendió. Él se alejó y comenzó a desvestirse. Lo cual se le antojó desesperantemente trivial. ¡Cuántas veces no habría él hecho lo mismo en aventuras efímeras, sin antes ni después! Era siempre la misma escena y el mismo escenario: una habitación de hotel donde él se desnudaba mientras una mujer lo esperaba acostada. Le dolía que las circunstancias fuesen tan tristemente semejantes: se asombró de haber esperado otra cosa. Sonrió al pensar que a todo se hace uno, incluso a vivir, y que dentro de diez años tendría la desdicha de ser dichoso.

El lago, con sus barcas iluminadas y sus montañas salpicadas de casas donde brillaban aún las luces encendidas, se desplegaba en la noche como una inmensa postal con pretensiones artísticas. Salió al balcón y miró el panorama. Se daba cuenta, evidentemente, de que aquello era sólo un pedacito del mundo. Detrás de las montañas había otras llanuras, y otros países, y otras habitaciones, y otros hombres indecisos junto a una cama en donde una mujer va a entregarse por vez primera, y también quienes se asomarían a una ventana cuando al fin se hubieran resuelto a arrancarse a la carne, y comprenderían súbitamente que la felicidad no está en lo profundo de un cuerpo. Se descubría una extraña fraternidad con esos hombres, acodados en ese mismo momento en otros tantos balcones abiertos a la noche, como sobre el borde de un promontorio del que no es posible arrojarse al vacío. Porque no se puede navegar sobre la noche. Los hombres y las mujeres van y vienen, dentro de un espacio que se han creado, encuadrado en sus casas y sus muebles, y que no tiene ya nada en común con el universo primigenio. Sus espacios propios los transportan con ellos, dondequiera que vayan; y porque esa noche había gente que se complacía en remar en barcas iluminadas, el lago Lemán parecía servirles de promontorio virtual a las parejas. Y, sin embargo, el lago existe; existe por sí mismo, indiferente a todas las relaciones que puedan encontrársele con el hombre. Georges comprendía, con una emoción que casi le hacía saltar las lágrimas, que la belleza de ese paisaje tan manido consiste, precisamente, en resistir a todas las interpretaciones que le confiere el acontecer pasajero, en limitarse a ser lo que es y, por más esfuerzos que se hagan para intentar alcanzarlo, permanecer inasequible.

¿Cómo era posible, haciendo tanto tiempo que los hombres piensan en ello, que no hubieran aún comprendido que la belleza es incomunicable y que ni los seres, ni tampoco las cosas, pueden llegar a penetrarse? Las gentes bogaban por ese lago, lo bastante clemente para mantenerse en calma; iban en esas barcas iluminadas que estropeaban la noche, y se jactaban de ser felices. No les inquietaba la idea de que ese lago, cerrado en todo su contorno, no ofrece ninguna salida hacia otra parte; unos y otros se darían por satisfechos con girar eternamente al pie de esas montañas que les ocultan lo que hay más allá. Ni uno solo trataba de evadirse por la angosta fisura del Ródano, que no era, a esa hora, sino un fluyente reguero líquido de noche. Les habían dicho, una vez por todas, que ese río no es navegable; y aunque lo hubiera sido, no le habrían temido. La gente sabe que los ríos, como los caminos, no conducen sino a lugares previstos, acotados en los mapas, y que cada uno viene a ser la continuación del otro. No sentían, pues, ni el miedo ni el deseo de encontrarse en otra parte, y acaso no exista siquiera ninguna «otredad», como no existe salida posible. No hay más que hombres y mujeres que dan vueltas dentro de un ruedo infranqueable, en un lago del que tan sólo rozan la superficie y bajo un cielo que les está vedado.

Georges recordó haber leído en un tratado de geología —cuyo título buscó penosamente durante unos instantes— que ese desfiladero entre las montañas, en el que desde hacía siglos se remansaban los aluviones del río y los torrentes, llegaría a colmarse un día hasta no ser más que una llanura; y la idea de que esa belleza era perecedera le consoló de ser simplemente un hombre vivo. Riendo para sus adentros, se preguntó si habría muchos hombres que pensaran tales cosas en su noche de bodas, y al propio tiempo se reprochó, sintiendo desprecio por sí mismo, la vanidad íntima de sus divagaciones inteligentes.

Las barcas ruidosas, que continuaban su paseo en la noche y hacían retroceder la oscuridad a medida que avanzaban, le recordaron una pareja que percibió una vez en Venecia, amartelada al amparo de una góndola: su dicha, groseramente visible, le pareció entonces un atentado al pudor. Ese recuerdo, que le repugnaba, le hizo volver, sin embargo, a la preocupación del placer, como si hubiera existido, entre él y aquellos amantes desconocidos, una secreta complicidad. Sin perder su lucidez, notaba aumentar la excitación que hasta ese momento había temido que no se produjera, y se obligaba a la voluptuosa espera del creciente deseo, gozando ya anticipadamente de esa sensación que iba, por unos instantes, a abolir sus facultades mentales, aun a riesgo de las complicaciones que pudieran sobrevenir. Se preguntó si Jeanne, que seguía despierta, aguardaba también expectante, y de qué amor o qué temor estaba mezclada su espera.

IV

Llamaron discretamente a la puerta, Georges fue a abrir: la voz impersonal, mecánica de un botones pronunció:

—Un telegrama para el señor.

Para evitar encender la luz, leyó el papelito azul a la claridad del pasillo, mientras le llegaba la voz de Jeanne preguntando de qué se trataba. Se oyó a sí mismo responder que acababa de recibir una comunicación de su agente de Bolsa y, asegurando que no tenía la menor importancia, corrió el cerrojo, atravesó la estancia con intención de cerrar el balcón y, tras vacilar unos segundos, se apoyó de nuevo en la balaustrada húmeda de noche.

Se notaba en el bolsillo del pijama el bulto del papel arrugado. Severamente se autoanalizó, intentando despejar la emoción que prevalecía en su ánimo: cobrar consciencia, cada vez más clara, de que experimentaba alivio le produjo repugnancia de sí mismo y de la vida. Sacó el telegrama del bolsillo y en la transparente penumbra estival releyó el texto, que destacaba en letra negra sobre una banda blanca, dando la impresión prematura de una esquela mortuoria. Laure se había dejado atropellar por un autobús aquella misma mañana, a las once. (Georges se preguntó qué hacía él a esa hora precisa). Su estado era desesperado. Mirando las indicaciones de servicio comprobó que el telegrama había sido expedido por la tarde y que tardó varias horas en llegar al hotel: seguramente ahora ya todo había concluido. El pensamiento de que Laure ya no sufría le fue infinitamente consolador, como si todo el dolor del mundo hubiera dejado de existir. El telegrama lo había puesto una amiga que vivía con ella y cuya presencia había él soportado en tiempos con no disimulada exasperación. Aquella mujer y él se habían detestado recíprocamente, tal vez porque ella le profesaba a Laure un sincero cariño. Durante un momento, la compadeció; luego, se preguntó cómo habría obtenido su dirección y pensó que enviar esa notificación luctuosa había debido de procurarle, en su dolor, el único consuelo posible: la certeza de hacerle sufrir.

Con el fin de aligerar ese peso interior que designaba «su conciencia», Georges trató de convencerse de que no había en esa desgracia nada más que una casualidad, un azar en el que no tenía él ninguna culpa; mas algo en el fondo de sí mismo le decía oscuramente que esa hipótesis privaba a Laure de la postrera hermosura que le restaba y que la única nobleza de aquella mujer que se había dejado vivir era haber buscado su muerte.

Encendió una cerilla, prendió el papel por una punta y lo miró arder. Se elevó un humillo blanco que pronto se disipó, produciéndole una sensación de incineración. Comprendió que Laure acababa de perder a sus ojos la imperfección de existir, para entrar a confundirse con otros imponderables, en esa parte de su vida ya definitivamente pretérita. A la larga, se convertiría en uno de esos recuerdos que resulta elegante cultivar cuando se permite uno el lujo de tener un pasado. Y al propio tiempo, no le perdonaba que hubiera cortado, con su muerte, el único lazo que hubiera podido unirle a lo que antes había sido.

Una vez más experimentó la sensación melancólica de que todo acaba por arreglarse, es decir, que nada llega a cumplirse.

Entró en la habitación, cerró cuidadosamente el balcón a la noche y, sobre el balcón, las cortinas, con una singular conciencia de docilidad ante la vida, ganado, o a su vez vencido, por la seguridad de las habitaciones cerradas.

No pensaba, o no quería pensar, que aquella entretenida de Montparnasse, que no estuvo muy sobrada de espíritu y había prescindido del alma, acaso hubiera encontrado la única escapatoria hacia un más allá.

© Marguerite Yourcenar: La primera noche. Publicado en Revue de France, diciembre de 1929. Traducción: Mª Fortunata Prieto-Barral.