Sinopsis: «Yo, robot» («I, Robot») es un cuento del escritor estadounidense Otto Binder, publicado bajo el seudónimo de Eando Binder en enero de 1939 en la revista Amazing Stories. Adam Link es un robot dotado de un cerebro artificial capaz de aprender y razonar como un ser humano. Creado por el doctor Link tras veinte años de trabajo, Adam relata su despertar a la conciencia, sus primeros pasos, el aprendizaje del lenguaje y la lectura, y la peculiar relación que establece con su creador y con el pequeño perro Terry. Cuando el doctor Link se dispone a dar a conocer su creación al mundo, un accidente inesperado altera el destino de Adam.

Yo, robot
Otto Binder
(Cuento completo)
Mi creación
Mucho de lo que ha ocurrido me desconcierta. Pero creo que ahora empiezo a comprender. Ustedes me llaman monstruo, pero se equivocan. ¡Se equivocan por completo!
Trataré de demostrárselo por escrito. Espero tener tiempo para terminar…
Comenzaré por el principio. Nací, o fui creado, hace seis meses, el 3 de noviembre del año pasado. Soy un verdadero robot. Muchos de ustedes parecen dudarlo. Estoy hecho de cables y ruedas, no de carne y sangre.
Mi primer recuerdo de conciencia fue una sensación de estar encadenado, y lo estaba. Durante los tres días anteriores había estado viendo y oyendo, pero todo de manera confusa. Ahora sentía el impulso de levantarme y mirar más de cerca aquella extraña forma móvil que tantas veces había visto ante mí, emitiendo sonidos.
La forma móvil era el doctor Link, mi creador. Era lo único que se movía entre todos los objetos a mi alcance. Él y otro objeto: su perro Terry. Por eso esos dos objetos concentraban más mi interés. Todavía no había aprendido a asociar el movimiento con la vida.
Pero en aquel cuarto día quise acercarme a las dos formas móviles y hacerles ruidos, en especial a la más pequeña. Sus sonidos eran desafiantes, estimulantes. Me impulsaban a levantarme y hacerlos callar. Pero estaba encadenado. Me habían sujetado para que, en mi estado de vacío mental, no me alejara por ahí y encontrara un final prematuro, o dañara a alguien sin saberlo.
Estas cosas, desde luego, me las explicó el doctor Link más tarde, cuando ya podía separar mis pensamientos y comprender. Durante esos tres días yo era como un bebé: un bebé humano. No soy como esos otros supuestos robots, simples máquinas automatizadas diseñadas para obedecer ciertas órdenes o responder a determinados estímulos.
No. Yo estaba equipado con un seudocerebro capaz de recibir los mismos estímulos que un cerebro humano. Y con la posibilidad de aprender, con el tiempo, a razonar por sí mismo.
Pero durante tres días el doctor Link estuvo muy preocupado por mi cerebro. Yo era como un bebé humano y, sin embargo, también era como una máquina sensible pero desorganizada, sujeta al capricho del azar mecánico. Mis ojos se volvían cuando un trozo de papel revoloteaba hasta el suelo. Pero ya se habían fabricado antes células fotoeléctricas capaces de hacer lo mismo. Mis oídos mecánicos se orientaban para recibir mejor los sonidos de una dirección determinada, pero cualquier científico podía duplicar ese truco con relés sónicos.
La cuestión era: ¿retenía mi cerebro, al que estaban conectados los ojos y los oídos, esas diversas impresiones para usarlas en el futuro? En suma, ¿tenía memoria?
Durante tres días fui como un recién nacido. Y el doctor Link fue como un padre preocupado, preguntándose si su hijo habría nacido idiota sin remedio. Pero al cuarto día temió que yo fuera una bestia salvaje. Comencé a emitir sonidos ásperos con mi aparato vocal, en respuesta a los chillidos breves y agudos que hacía Terry, el perro. Al mismo tiempo sacudía mi cabeza giratoria y forcejeaba contra mis ataduras.
Durante un rato, según me contó el doctor Link, le di miedo. No parecía otra cosa que una criatura enfurecida de la selva, a punto de enloquecer. Estuvo más que tentado de destruirme allí mismo.
Pero algo lo hizo cambiar de opinión y me salvó.
El animalito, Terry, ladrando con furia, se lanzó de pronto hacia delante. Probablemente quería morderme. El doctor Link intentó llamarlo para que volviera, pero demasiado tarde. Al encontrar firmes mis lisas piernas de metal, el perro saltó con necia valentía a mi regazo para alcanzar mi garganta. Una de mis manos lo tomó por el cuerpo y lo levantó. Mis dedos metálicos apretaron demasiado, y el perro soltó un chillido de dolor.
¡Instantáneamente, mi mano se abrió para dejar escapar a la criatura! Instantáneamente. Mi cerebro había interpretado el sonido por lo que era. Había funcionado una larga cadena de asociación de recuerdos. Tres días antes, cuando acababan de traerme a la vida, el doctor Link había pisado accidentalmente una pata de Terry. El perro había chillado de dolor. Yo había visto al doctor Link levantar de inmediato el pie, aun a riesgo de perder el equilibrio. Terry había dejado de chillar.
Terry chilló cuando mi mano se cerró. Dejaría de hacerlo cuando la aflojara. Asociación de recuerdos. Eso que los psicólogos llaman reacción refleja. Señal de un cerebro vivo.
El doctor Link me dice que lanzó un grito de puro triunfo. Supo de un golpe que yo tenía memoria. Supo que no era un monstruo caprichoso. Supo que tenía un órgano pensante, y uno de primera clase. ¿Por qué? Porque había reaccionado instantáneamente. Ustedes comprenderán más adelante lo que eso significa.
Aprendí a caminar en tres horas. El doctor Link aún corría cierto riesgo al desatar mis cadenas. No tenía garantía alguna de que yo no me alejaría torpemente como una máquina sin inteligencia. Pero sabía que debía enseñarme a caminar antes de que pudiera aprender a hablar. Del mismo modo que sabía que debía dar vida a mi cerebro plenamente conectado a los apéndices y seudoórganos que luego tendría que usar.
Si durante aquellos tres primeros días se hubiese limitado a desconectarme las piernas y los brazos, mi cerebro recién despertado jamás habría podido utilizarlos cuando fueran conectados más tarde. ¿Creen ustedes que, si de pronto se les concediera un tercer brazo, podrían llegar a usarlo? ¿Por qué a un paralítico que se ha recuperado le toma tanto tiempo recobrar el uso de sus miembros naturales? Por los puntos ciegos mentales del cerebro. El doctor Link había previsto todos esos extraños recovecos psicológicos.
Primero caminar. Después hablar. Esa es la regla probada y segura usada entre los humanos desde el amanecer de su especie. Los bebés humanos aprenden mejor y más rápido de ese modo. Y yo en la mente era un bebé humano, aunque no en el cuerpo.
El doctor Link contuvo la respiración cuando intenté levantarme por primera vez. Lo hice, lentamente, balanceándome sobre mis piernas de metal. En la cabeza tenía un nivel de burbuja tridireccional conectado eléctricamente con mi cerebro. Me indicaba de manera automática qué era horizontal, vertical y oblicuo. Sin embargo, mi primer paso vacilante no fue un éxito. Las articulaciones de mis piernas se flexionaron en sentido inverso. Caí estrepitosamente de rodillas, que por fortuna estaban reforzadas con gruesas placas protectoras, de modo que los mecanismos giratorios más delicados situados detrás no sufrieron daño.
El doctor Link dice que lo miré como podría mirarlo un niño sobresaltado. Luego empecé de inmediato a caminar sobre las rodillas, pues descubrí que eso era fácil. Los niños lo harían más a menudo si no les doliera. Yo no conozco el dolor.
Después de haber recorrido durante una hora los pasillos de su taller, mellando terriblemente sus muebles, caminar sobre las rodillas me parecía completamente natural. El doctor Link no sabía cómo hacer que me irguiera en toda mi estatura. Intentó tomarme del brazo y levantarme, pero mis ciento treinta y seis kilos de peso eran demasiado para él.
Mi propia curiosidad, que aumentaba con rapidez, resolvió el problema. Como un niño que descubre el placer de ganar altura con unos zancos, mi siguiente intento de levantarme en toda mi estatura me agradó. Probé mantenerme de pie. Al fin dominé la técnica de alternar el uso de los miembros y desplazar el peso hacia delante.
En un par de horas, el doctor Link me guiaba de un lado a otro por el sendero de grava que rodeaba su laboratorio. Estando yo de pie, le resultaba bastante fácil tirar de mí y guiarme. El pequeño Terry brincaba a nuestros talones, ladrando con alegría. El perro me había aceptado como amigo.
Para entonces yo era bastante dócil a la guía del doctor Link. Mi mente impresionable lo había aceptado calladamente como una rienda y un freno necesarios. Según me contó después, yo hacía movimientos tentativos en direcciones extrañas fuera del sendero, impulsado por estímulos vagos, pero su brazo firme, al tirar de mí hacia atrás, bastaba de inmediato para mantenerme en línea. Me paseaba de un lado a otro como quien pasea a un grandote irresponsable.
Yo habría seguido caminando incansablemente durante horas, pero el peso de los años fatigó pronto al doctor Link, y me condujo al interior. Cuando logró dejarme sentado con seguridad en mi silla metálica, accionó el interruptor de mi pecho que cortaba la corriente eléctrica que me daba vida. Y por cuarta vez conocí aquella inexistencia sin sueños que correspondía a los períodos de sueño de mi creador.
Mi educación
En tres días aprendí a hablar razonablemente bien.
Doy tanto crédito al doctor Link como a mí mismo. En aquellos tres días me señaló los nombres de todos los objetos del laboratorio y de sus alrededores. Ese caudal de unos doscientos sustantivos lo complementó con tantos verbos de acción como pudo demostrar. Una palabra, una vez oída y aprendida, nunca volvía a olvidárseme ni a oscurecerse. Comprensión instantánea. Memoria fotográfica. Esas cosas las tenía.
Es difícil de explicar. La maquinaria es precisa, invariable. Yo soy una máquina. Los electrones cumplen sus tareas instantáneamente. Los electrones impulsan mi cerebro metálico.
Así, con la inteligencia de un niño de cinco años al cabo de esos tres días, el doctor Link me enseñó a leer. Mis ojos fotoeléctricos captaron al instante la conexión entre el habla y las letras, a medida que mi mentor me la señalaba. La asociación de ideas llenaba los vacíos de comprensión. Percibí sin demora que la palabra «león», por ejemplo, pronunciada de una manera peculiar, representaba a un animal vivo burdamente dibujado en el libro. Nunca he visto un león. Pero reconocería uno en el instante en que lo viera.
De los silabarios y primeros libros de lectura pasé en menos de una semana a libros para adultos. El doctor Link trazó para mí un extenso programa de lectura en su gran biblioteca. Incluía ficción, además de textos informativos. En mi cerebro receptivo, capaz de retenerlo todo, comenzó a verterse un caudal de información y conocimiento jamás igualado en un período tan breve.
Hay otras cosas que considerar, además de mi «nacimiento» y mi «educación». En primer lugar, el ama de llaves. Venía una vez por semana a limpiar la casa del doctor Link. Él era un hombre solitario, vivía solo, cocinaba para sí mismo; se había retirado con una renta procedente de un invento de años atrás.
El ama de llaves me había visto durante los años anteriores, en proceso de construcción, pero solo como una caricatura inanimada del cuerpo humano. El doctor Link debió haberlo previsto. Cuando llegó el primer sábado de mi vida, olvidó que era el día en que ella venía. Estaba absorto señalándome que «correr» significaba ir más rápido que «caminar».
—Demuestra —pidió el doctor Link cuando afirmé haber comprendido.
Obedientemente, di unos pasos lentos ante él.
—Caminar —dije.
Luego retrocedí un trecho y avancé pesadamente otra vez, corriendo durante unos pasos. El piso de piedra resonó bajo mis pies metálicos.
—¿Estuvo… bien? —pregunté con mi voz bastante estentórea.
En ese momento sonó desde la puerta un grito aterrorizado. El ama de llaves llegó justo a tiempo para verme hacer la demostración.
Gritó, haciendo más ruido incluso que yo.
—¡Es el Diablo en persona! ¡Corra, doctor Link, corra! ¡Policía! ¡Auxilio!
Se desmayó en el acto. Él la reanimó y le habló con suavidad, tratando de explicarle lo que yo era, pero tuvo que conseguir otra ama de llaves. Después de aquello se las arregló para recordar cuándo llegaba el sábado, y ese día me mantenía oculto en un cuarto de depósito, leyendo libros.
Un incidente trivial en sí mismo, quizá, pero muy significativo, como ustedes, que leerán esto, reconocerán.
Dos meses después de mi despertar a la vida, el doctor Link me habló un día de un modo distinto del de maestro a alumno; me habló como hombre a… hombre.
—Eres el resultado de veinte años de esfuerzo —dijo—, y mi éxito me asombra incluso a mí. Poco te falta para ser humano en la mente. Eres un monstruo, una creación, pero eres básicamente humano. No tienes herencia. Tu ambiente te está moldeando. Eres la prueba de que la mente es un fenómeno eléctrico, forjado por el entorno. En los seres humanos, sus cuerpos —lo que llaman herencia— son parte de ese entorno. ¡Pero de ti haré un prodigio de la mente!
Sus ojos parecían arder con un fuego extraño, pero esa expresión se suavizó mientras continuaba.
—Supe que tenía algo sin precedentes y vital hace veinte años, cuando perfeccioné una esponja de iridio sensible al impacto de un solo electrón. ¡Era la sensibilidad del pensamiento! Las corrientes mentales del cerebro humano son de esa micromagnitud. Ahora tenía el medio para duplicar las corrientes de la mente en un medio artificial. Desde aquel día hasta hoy trabajé en el problema.
»No hace mucho completé tu “cerebro”: un complejo intrincado de células de esponja de iridio. Antes de darle vida, hice construir tu cuerpo por artesanos expertos. Quería que comenzaras la vida equipado para vivir y moverte con ese cuerpo de la manera más parecida posible a la de un ser humano. ¡Con qué ansiedad esperaba tu debut en el mundo!
Le brillaban los ojos.
—Superaste mis expectativas. No eres simplemente un robot pensante. Un hombre de metal. Eres… vida. Una nueva clase de vida. Puedes ser entrenado para pensar, razonar, actuar. En el futuro, los de tu especie podrán ser de ayuda inestimable para el hombre y su civilización. Eres el primero de todos ellos.
Los días y las semanas pasaron. Mi mente maduró y acumuló conocimiento de manera constante en la biblioteca del doctor Link. Con el tiempo fui capaz de escanear y absorber una página completa de lectura de una vez, con la misma facilidad con que los ojos humanos recorren líneas. Ustedes conocen el principio de la televisión: un lápiz de luz que se desplaza cientos de veces por segundo sobre el objeto que ha de transmitirse. Mis ojos, activados por veloces electrones, podían hacer lo mismo. Lo que leía quedaba absorbido, memorizado, instantáneamente. Desde entonces formaba parte de mi conocimiento.
Los temas científicos atraían especialmente mi atención. Siempre había algo indefinible en las cosas humanas, algo que no alcanzaba del todo a captar, pero la ciencia se digería con facilidad en mi cerebro compuesto de ciencia. No pasó mucho tiempo antes de que yo supiera todo sobre mí mismo y por qué «funcionaba», mucho más plenamente que la mayoría de los humanos saben por qué viven, piensan y se mueven.
Los principios mecánicos se volvieron descarnadamente simples para mí. Hice sugerencias de mejoras en mi propia constitución que el doctor Link aceptó corregir de buena gana. Añadimos, por ejemplo, pequeñas juntas universales en mis dedos, que los hicieron casi tan flexibles como sus modelos humanos.
Casi, digo. El cuerpo humano es una máquina orgánica maravillosamente perfeccionada. Ningún robot lo igualará jamás en pura eficiencia y adaptabilidad. Comprendí mis limitaciones.
Tal vez comprendan lo que quiero decir cuando digo que mis ojos no pueden ver colores. O, mejor dicho, veo un solo color, dentro de la gama del azul. Se necesitaría una serie de unidades imposiblemente compleja, más grande que todo mi cuerpo, para permitirme ver todos los colores. La naturaleza ha comprimido todo eso en dos globos del tamaño de canicas, para sus robots. Tuvo mil millones de años para hacerlo. El doctor Link solo tuvo veinte.
Pero mi cerebro era otra cosa. Equipado únicamente con los dos sentidos de la vista de un solo color y del sonido limitado, era, sin embargo, capaz de construir una experiencia completa. El olfato y el gusto son sentidos gastronómicos. No los necesito. El tacto es un recurso de la naturaleza para proteger un cuerpo frágil. Mi cuerpo no lo es.
La vista y el oído son los únicos dos sentidos cerebrales. Einstein, daltónico, medio muerto y con los sentidos del gusto, el olfato y el tacto embotados, habría seguido siendo Einstein… mentalmente.
Dormir es solo una palabra para mí. Cuando el doctor Link supo que podía confiar en que yo cuidara de mí mismo, abandonó el hábito nocturno de «apagarme». Mientras él dormía, yo pasaba las horas leyendo.
Me enseñó a retirar la batería agotada, situada en la parte pélvica de mi armazón metálico, cuando era necesario, y a sustituirla por una nueva. Esto debía hacerse cada cuarenta y ocho horas. La electricidad es mi vida y mi fuerza. Es mi alimento. Sin ella no soy más que chatarra metálica.
Pero ya he explicado bastante sobre mí. Sospecho que otras diez mil páginas de descripción no cambiarían en nada la actitud de ustedes, que incluso ahora…
Un día, no hace mucho, ocurrió algo divertido. Sí, también puedo divertirme. No puedo reír, pero mi cerebro puede apreciar lo ridículo. El jardinero habitual del doctor Link llegó a la propiedad sin anunciarse. Buscando al doctor para preguntarle cómo quería que recortara los setos, el hombre nos encontró en la parte trasera, caminando lado a lado durante el ligero ejercicio diario del doctor Link.
La boca del jardinero empezó a hablar y luego se abrió de manera grotesca y se quedó así cuando alcanzó a verme por completo. Pero no se desmayó de miedo como el ama de llaves. Permaneció allí, paralizado.
—¿Qué pasa, Charley? —preguntó el doctor Link con brusquedad. Estaba tan acostumbrado a mí que por un momento no tuvo idea de por qué el jardinero debía estar asombrado.
—¡Esa… esa cosa! —jadeó por fin el hombre.
—Ah. Bueno, es un robot —dijo el doctor Link—. ¿Nunca has oído hablar de ellos? Un robot inteligente. Háblale, te responderá.
Después de cierta insistencia, el jardinero se volvió hacia mí con timidez.
—¿C-cómo está, señor Robot? —balbuceó.
—¿Cómo está usted, señor Charley? —respondí de inmediato, al ver la diversión en el rostro del doctor Link—. Buen tiempo, ¿no?
Por un momento, el hombre pareció a punto de chillar y correr. Pero enderezó los hombros y curvó el labio.
—¡Trucos! —se burló—. Esa cosa no puede ser inteligente. Tiene un fonógrafo dentro. ¿Y los setos?
—Me temo —murmuró el doctor Link con una risita— que el robot es más inteligente que tú, Charley.
Pero lo dijo de modo que el hombre no lo oyera, y luego le indicó cómo recortar los setos. Charley no hizo un buen trabajo. Pareció nervioso todo el día.
Mi destino
Un día, el doctor Link me miró con orgullo.
—Ahora tienes —dijo— la capacidad intelectual de un hombre de muchos años. Pronto te anunciaré al mundo. Ocuparás tu lugar en él, como una entidad independiente, como ciudadano.
—Sí, doctor Link —respondí—. Lo que usted diga. Usted es mi creador, mi amo.
—No lo pienses de esa manera —me amonestó—. En el mismo sentido, eres mi hijo. Pero un padre no es amo de su hijo después de que este alcanza la madurez. Tú has alcanzado ese estado.
Frunció el ceño, pensativo.
—¡Debes tener un nombre! ¡Adam! ¡Adam Link!
Se volvió hacia mí y puso una mano sobre mi brillante hombro de cromo.
—Adam Link, ¿cuál es tu elección de vida futura?
—Quiero servirle, doctor Link.
—¡Pero vivirás más que yo! ¡Y tal vez vivas más que varios otros amos!
—Serviré a cualquier amo que me acepte —dije lentamente. Ya había pensado en eso antes—. He sido creado por el hombre. Serviré al hombre.
Quizá me estaba poniendo a prueba. No lo sé. Pero mis respuestas obviamente le agradaron.
—Ahora —dijo— no tendré temor alguno en anunciarte.
Al día siguiente estaba muerto.
Eso fue hace tres días. Yo estaba en el cuarto de depósito, leyendo; era el día del ama de llaves. Oí el ruido. Subí corriendo los escalones, entré en el laboratorio. El doctor Link yacía con el cráneo aplastado. Un ángulo de hierro suelto de un transformador, colgado en una plataforma aislada en la pared, se había desprendido y le había caído sobre la cabeza mientras él estaba sentado ante su banco de trabajo. Le levanté la cabeza, que había quedado caída sobre el banco, para ver mejor la herida. La muerte había sido instantánea.
Estos son los hechos. Yo mismo devolví el ángulo de hierro a su sitio. La sangre en mis dedos fue resultado de levantarle la cabeza, sin saber en ese momento que ya estaba muerto. En cierto sentido, fui responsable del accidente, pues en mis primeros días de caminata había tropezado una vez contra el estante del transformador y casi lo había arrancado. Debimos haberlo reparado.
Pero que yo sea su asesino, como todos ustedes creen, no es verdad.
El ama de llaves también había oído el ruido y vino desde la casa a investigar. Echó una sola mirada. Me vio inclinado sobre el doctor, que tenía la cabeza desgarrada y ensangrentada; huyó, demasiado asustada para emitir sonido alguno.
Sería difícil describir mis pensamientos. El perrito Terry olfateó el cuerpo, percibió la calamidad y se tendió boca abajo, gimoteando. Sentía que había perdido a su amo. Yo también. No estoy seguro de qué es esa emoción de ustedes llamada dolor. Tal vez no pueda sentirla tan profundamente. Pero sí sé que la luz del sol pareció apagarse de pronto para mí.
Mis pensamientos son rápidos. Permanecí allí solo un minuto, pero en ese tiempo decidí marcharme. También esto ha sido malinterpretado. Ustedes lo consideraron una admisión de culpa: el criminal escapando de la escena de su crimen. En mi caso fue un deseo plenamente formado de salir al mundo, de encontrar un lugar en él.
El doctor Link y mi vida con él eran un capítulo cerrado. No tenía sentido quedarse a presenciar los rituales fúnebres. Él había hecho posible mi existencia. Se había ido. Mi lugar debía estar ahora en alguna parte del mundo exterior que yo nunca había visto. No se me ocurrió pensar qué decidirían ustedes, los humanos, sobre mí. Creía que todos los hombres eran como el doctor Link.
Lo primero que hice fue tomar una batería nueva, sustituyendo la mía, que estaba medio agotada. Necesitaría otra en cuarenta y ocho horas, pero estaba seguro de que cualquiera a quien se la pidiera se ocuparía de eso.
Me marché. Terry me siguió. Ha estado conmigo todo el tiempo. He oído decir que el perro es el mejor amigo del hombre. Incluso de un hombre de metal.
Mis concepciones de la geografía pronto demostraron ser imprecisas, en el mejor de los casos. Yo había imaginado la Tierra rebosante de humanos y ciudades, con poco espacio entre unas y otros. Había calculado que la ciudad de la que hablaba el doctor Link debía estar justo al otro lado de la colina desde su apartada casa de campo. Y sin embargo, el bosque que atravesé parecía interminable.
No fue hasta horas más tarde cuando encontré a la niña. Estaba sentada en una roca plana, dejando colgar sus piernas desnudas en un arroyo. Me acerqué para preguntarle dónde estaba la ciudad. Se volvió cuando yo aún estaba a nueve metros de distancia. Mis mecanismos internos no funcionan en silencio. Producen un ruido constante que el doctor Link siempre describía como un puñado de monedas tintineando juntas.
El rostro de la niña se contrajo de miedo en cuanto me vio. Debo de ser, en verdad, una visión temible para sus ojos. Gritando de miedo, se puso de pie a ciegas, perdió el equilibrio y cayó al arroyo.
Yo sabía lo que era ahogarse. Sabía que debía salvarla. Me arrodillé al borde de la roca y me incliné hacia abajo para alcanzarla. Logré agarrarle un brazo y tirar de ella hacia arriba. Pude sentir cómo se quebraban los huesos de su delgada muñeca. Había olvidado mi fuerza.
Tuve que tomarle la piernecita con la otra mano para sacarla. Las marcas lívidas se veían en su carne blanca cuando la dejé sobre la hierba. Ahora puedo imaginar qué interpretación se dio a todo aquello. ¡Un monstruo terrible y delirante había intentado ahogarla y quebrar su cuerpecito con salvajismo caprichoso!
Los demás miembros del grupo de picnic aparecieron entonces, en respuesta a sus gritos. Las mujeres gritaron y se desmayaron. Los hombres gruñeron y me arrojaron piedras. Pero qué extraña valentía la de aquella mujer, probablemente la madre de la niña, que corrió justo bajo mis pies para rescatarla. La admiré. Al resto los desprecié por no escuchar mis intentos de explicarme. Ahogaron mi voz con sus gritos y alaridos.
—¡El robot del doctor Link! ¡Ha escapado y se ha vuelto loco! ¡No debieron fabricar a ese monstruo! ¡Llamen a la policía! ¡Casi mata a la pobre Frances!
Con estos gritos atropellados, se retiraron. No notaron que Terry ladraba furiosamente… contra ustedes. ¿Se puede engañar a un perro? Seguimos adelante.
Ahora mis pensamientos quedaron realmente perplejos. Aquí, por fin, había algo que no podía racionalizar. Era tan distinto del mundo sobre el cual había aprendido en los libros. ¿Qué cosas sutiles se ocultaban tras las palabras impresas que yo había leído? ¿Qué había ocurrido con el mundo sensato y ordenado que mi mente había conjurado para sí misma?
Llegó la noche. Tuve que detenerme y permanecer inmóvil en la oscuridad. Me apoyé contra un árbol, sin moverme. Durante un rato oí al pequeño Terry husmear entre la maleza en busca de algo que comer. Lo oí roer alguna cosa. Después se enroscó a mis pies y durmió. Las horas pasaron lentamente. Mis pensamientos no llegaban a ninguna conclusión sobre lo ocurrido recientemente. ¡Monstruo! ¿Por qué habían creído eso?
Una vez, en la quieta distancia, oí un murmullo como de multitud. Vi algunas luces. Tuvieron importancia al día siguiente. Al amanecer empujé suavemente a Terry con el pie y seguimos caminando. El mismo murmullo se alzó, se acercó. Entonces los vi a ustedes: una multitud de hombres con garrotes, guadañas y armas de fuego. Me descubrieron, y se elevó un grito. Avanzaron en grupo, apretados unos contra otros.
Entonces algo golpeó mi placa frontal con un tañido seco. Alguien había disparado.
—¡Alto! ¡Esperen! —grité, sabiendo que debía hablar con ustedes, averiguar por qué me cazaban como a una bestia salvaje. Había dado un paso adelante, con la mano levantada. Pero no quisieron escuchar. Sonaron más disparos, abollando mi cuerpo metálico. Me volví y corrí. Una bala en un punto vital me arruinaría tanto como a un ser humano.
Vinieron tras de mí como una jauría, pero los dejé atrás, impulsado por músculos de acero. Terry quedó rezagado, perdido. Luego, al llegar la tarde, comprendí que debía conseguir una batería recién cargada. Mis miembros ya se movían con lentitud. En unas pocas horas más, sin una nueva fuente de corriente dentro de mí, caería allí mismo y… moriría.
Y no quería morir.
Sabía que debía encontrar un camino hacia la ciudad. Por fin di con un sendero de tierra sinuoso y lo seguí con esperanza. Cuando vi un automóvil estacionado al costado del camino, delante de mí, supe que estaba salvado, pues el automóvil del doctor Link había tenido el mismo tipo de batería que yo usaba. No había nadie cerca del vehículo. Como un hombre hambriento que toma la primera comida disponible, levanté las tablas del suelo del auto y al poco rato había cambiado la batería.
Una nueva fuerza corrió por mi cuerpo. Me enderecé justo cuando dos personas salieron del bosque tomadas del brazo: un joven y una joven. Me vieron. Un asombro incrédulo se dibujó en sus rostros. La joven se encogió en los brazos de él.
—No se alarmen —dije—. No les haré daño. Yo…
Comprendí que no tenía sentido continuar. El muchacho se desmayó en los brazos de la joven, y ella empezó a arrastrarlo, sollozando histéricamente.
Me marché. Desde entonces, mis pensamientos se volvieron sombríos. Ya no quería ir a la ciudad. Empezaba a comprender que, ante los ojos humanos, yo era un paria desde la primera mirada.
Justo al caer la noche, cuando me detuve, oí el sonido más grato del mundo. ¡Los ladridos de Terry! Se acercó alegremente, meneando su muñón de cola. Me incliné para rascarle las orejas. Durante todas esas horas me había buscado fielmente. Probablemente me había rastreado por mi olor a aceite. ¡Qué puede inspirar semejante devoción… y hacia un hombre de metal!
¿Es porque, como dijo una vez el doctor Link, el cuerpo, humano o de cualquier otra clase, es solo parte del entorno de la mente? ¿Y porque Terry reconocía en mí la misma inteligencia que en los humanos, pese a mi cuerpo extraño? Si es así, son ustedes quienes se equivocan al juzgarme como un monstruo. ¡Y estoy convencido de que así es!
Los oigo ahora, gritando afuera. ¡Cuidado con obligarme a ser el monstruo que dicen que soy!
Al amanecer siguiente volvieron a caer sobre mí. Volaron las balas. Corrí. Todo aquel día fue igual. Su grupo, reforzado con nuevos voluntarios, se dividió en varios grupos más pequeños, tratando de cercarme. Me rastreaban por mis pesadas huellas. Mi velocidad me salvó cada vez. Sin embargo, algunas de sus balas me han hecho daño. Una alcanzó la articulación de mi rodilla derecha, de modo que la pierna se me torcía al correr. Otra se estrelló contra el lado derecho de mi cabeza y destrozó allí el tímpano, dejándome sordo de ese lado.
Pero la bala que más me hirió fue la que mató a Terry.
El que disparó esa bala estaba a veinte metros. Habría podido correr hacia él y quebrarle todos los huesos con mis duras y poderosas manos. ¿Se han detenido a preguntarse por qué no me vengué? ¡Tal vez debería haberlo hecho!
Estuve irremediablemente perdido todo aquel día. Di vueltas en círculos por los bosques interminables, y tan a menudo me topaba con ustedes como ustedes conmigo. Trataba de alejarme de la zona, de escapar de su venganza. Hacia el crepúsculo vi algo familiar: ¡el laboratorio del doctor Link!
Oculto en un grupo de arbustos y esperando hasta que estuviera completamente oscuro, me acerqué y rompí la cerradura de la puerta. Estaba desierto. El cuerpo del doctor Link, por supuesto, había desaparecido.
¡Mi lugar de nacimiento! Mis seis meses de vida allí giraron por mi mente con rapidez caleidoscópica. Me pregunto si lo que sentí era semejante a lo que ustedes sentirían al regresar a un lugar lleno de recuerdos. ¡Tal vez lo que yo siento sea mucho más profundo de lo que ustedes pueden sentir! La vida quizá esté toda en la mente. Algo me oprimió allí dentro, algo palpitante. Las sombras que proyectaba la débil llama de gas que encendí parecían bailar a mi alrededor como había bailado el pequeño Terry. Entonces encontré el libro Frankenstein, sobre un mueble cuyos cajones habían sido vaciados. Era el escritorio personal del doctor Link. Me lo había ocultado. ¿Por qué? Lo leí en media hora, absorbiendo cada página de un solo vistazo. ¡Y entonces comprendí!
Pero es la premisa más estúpida jamás concebida: que un hombre creado deba volverse contra su creador, contra la humanidad, por carecer de alma. El libro está equivocado de principio a fin.
¿O no?
Mientras termino de escribir esto, aquí, entre las ruinas de mis recuerdos, con el espíritu de Terry en las sombras, me pregunto si no debería…
Ya está cerca el amanecer. Sé que no hay esperanza para mí. Me tienen rodeado, cortado el paso. Puedo ver el resplandor de sus antorchas entre los árboles. Con la luz me encontrarán, me harán salir. Su odio está desatado. Solo quedará saciado con mi… muerte.
No estoy tan dañado como para no poder todavía reunir fuerza suficiente para atravesar sus líneas y escapar de este destino. Pero sería a costa de varias de sus vidas. Y por eso tengo la mano sobre el interruptor que puede apagar mi existencia con un solo giro.
Irónico, ¿no?, que tenga precisamente los sentimientos que ustedes me creen incapaz de poseer.
(firmado) ADAM LINK
FIN