Robert Bloch: Enoch

En «Enoch» de Robert Bloch, Seth vive en una cabaña solitaria junto al pantano, atormentado por una entidad invisible llamada Enoch. Este ser diminuto y siniestro reside sobre su cabeza, susurrando órdenes que Seth no puede ignorar. Enoch le obliga a cometer terribles actos para poder seguir existiendo. A pesar de los esfuerzos de Seth por resistirse, la influencia de Enoch es implacable. La situación se complica cuando, un día, el sheriff del pueblo llega a la puerta de Seth mientras Enoch duerme, poniendo en riesgo los oscuros secretos que ambos comparten.

Robert Bloch - Enoch

Enoch

Robert Bloch
(Cuento completo)

Siempre empieza del mismo modo.

Primero, aquella sensación.

¿Habéis sentido nunca el peso de unos diminutos pies paseándose por la parte superior de vuestro cráneo? ¿Pasos en vuestro cráneo, hacia adelante y hacia atrás, hacia atrás y hacia adelante?

Así empieza.

Uno no puede ver al paseante. Después de todo, está encima de la cabeza de uno. Si uno es listo, espera una oportunidad y repentinamente deja caer una mano sobre el pelo. Pero así no hay modo de coger al paseante. Se da cuenta. Y aunque se dejen caer las dos manos, siempre encuentra el modo de escapar. Tal vez salta.

Es terriblemente rápido. Y su presencia no puede ser ignorada. Si uno no presta atención a los pasos, continúa su maniobra. Se instala en vuestra nuca, y susurra en vuestro oído.

No puede dejar de notarse su cuerpo, tan diminuto y tan frío, fuertemente apretado contra la base del cerebro. Tiene que haber algo entumecedor en sus garras, porque no duelen… aunque más tarde se descubran pequeños arañazos en la nuca, que sangran y sangran. Pero, en aquel momento, lo único que se sabe es que hay algo diminuto y frío apretando allí. Apretando, y susurrando.

Entonces uno trata de luchar contra él. Trata de no oír lo que dice. Porque si uno escucha, está perdido. Tiene que obedecerle.

¡Oh! Es malvado… y muy listo.

Sabe cómo asustar y amenazar, si uno se atreve a resistir. Por eso no lo intento casi nunca. Me sale más a cuenta escuchar y luego obedecer.

Mientras estoy dispuesto a escuchar, las cosas no parecen tan malas. Porque puede ser suave y persuasivo, también. Insinuante. ¡La de cosas que me ha prometido con aquel sedoso susurro!

Y cumple sus promesas, también.

La gente cree que soy pobre porque nunca tengo dinero y vivo en aquella vieja cabaña a orillas del pantano. Pero él me ha dado riquezas.

Después de hacer lo que él desea, me lleva con él —fuera de mí mismo— durante días enteros. Existen otros lugares además de este mundo, ¿sabéis? Lugares en los cuales soy rey.

La gente se ríe de mí y dice que no tengo amigos; las muchachas del pueblo suelen llamarme «espantapájaros». Pero, a veces —después de haber obedecido sus órdenes—, me trae reinas para que compartan mi lecho.

¿Simples sueños? No lo creo yo así. Es la otra vida lo que es un sueño; la vida en la cabaña a orillas del pantano. Aquella parte no me parece ya real.

Ni siquiera el matar…

Sí, mato a la gente.

Eso es lo que Enoch desea, ¿sabéis?

Eso es lo que me susurra. Me pide que mate a alguien para él.

No me gusta hacerlo. Y solía luchar contra ello —ya os lo he dicho antes, ¿verdad?—, pero ya no puedo seguir luchando.

Quiere que mate a alguien para él. Enoch. La cosa que vive encima de mi cabeza. No puedo verle. No puedo cogerle. Sólo puedo sentirle, y oírle, y obedecerle.

A veces me deja solo durante días enteros. Luego, repentinamente, le siento allí, moviéndose sobre el tejado de mi cerebro. Oigo claramente su susurro, hablándome de alguien que está llegando a través del pantano.

No sé cómo puede estar enterado de su presencia. No puede haberle visto, y sin embargo le describe a la perfección.

«Hay un trampero que desciende por el camino de Aylesworthy. Un hombre bajito, gordo, calvo. Se llama Mike. Lleva un jersey marrón y unos pantalones azules. Llegará al pantano dentro de diez minutos, cuando el sol empiece a ponerse. Se detendrá debajo del árbol grande, cerca del terraplén.

»Será mejor que te escondas detrás de aquel árbol. Espera hasta que se disponga a encender una fogata. Entonces ya sabes lo que tienes que hacer. Ahora, coge el hacha. Date prisa».

A veces le preguntaba a Enoch qué me daría. Normalmente, me limitaba a confiar en él. Sabía que iba a tenerlo, de todos modos. De manera que podía actuar sin miedo. Enoch no se equivoca nunca, y me mantiene al margen de toda dificultad.

Es decir, lo hizo siempre… hasta la última vez.

Una noche, me encontraba en mi cabaña, cenando, cuando Enoch me habló de la muchacha.

«Va a venir a visitarte —susurró—. Una muchacha muy hermosa, vestida de negro. Tiene una maravillosa calidad en su cabeza: unos huesos excelentes. Excelentes».

Al principio, creí que estaba hablando de una de mis recompensas. Pero Enoch se estaba refiriendo a una persona real.

«Llamará a la puerta y te pedirá que la ayudes a arreglar su automóvil. Ha tomado el camino lateral, con la intención de acortar su ruta. Ahora el automóvil está atascado en el pantano, y una de las ruedas tiene que ser cambiada».

Resultaba divertido oír hablar a Enoch de cosas tales como ruedas de automóvil. Pero Enoch sabe lo que se dice. Enoch lo sabe todo.

«Irás con ella para ayudarla. No te lleves nada. Encontrarás una llave inglesa en el automóvil. Utilízala».

Esta vez traté de luchar con él. Murmuré:

—No lo haré, no lo haré.

Enoch se echó a reír. Y luego me dijo lo que haría si me negaba a obedecerle. Me lo dijo una y otra vez.

«Es preferible que se lo haga a ella que a ti —me recordó Enoch—. O prefieres…».

«¡No! —dije—. ¡No! Lo haré».

«Después de todo —susurró Enoch—, no puedo evitarlo. Tengo que ser servido a menudo. Para poder seguir viviendo. Para conservarme fuerte. De modo que pueda servirte a ti. De modo que pueda darte cosas. Por eso tienes que obedecerme. Si no lo haces, me quedaré aquí, y…».

«No —dije—. Lo haré».

Y lo hice.

La muchacha llamó a la puerta unos instantes después, y era tal como Enoch me la había descrito. Era una muchacha muy hermosa… con una cabellera rubia. Me gustan los cabellos rubios… Cuando estuve en el pantano con ella, me alegré de no tener que dañar sus cabellos. La golpeé en la nuca con la llave inglesa.

Enoch me dijo todo lo que tenía que hacer, paso a paso.

Después de utilizar el hacha, arrojé el cadáver al pantano. Enoch estaba conmigo y me advirtió que no dejara huellas de pasos. Las borré cuidadosamente.

Me preocupaba el automóvil, pero Enoch me indicó cómo debía utilizar el extremo de un leño para hacer palanca. No estaba seguro de que el automóvil se hundiera, pero se hundió. Y con mucha más rapidez de la que pudiera creerse.

Fue un alivio ver desaparecer el automóvil. A continuación tiré la llave inglesa al pantano. Entonces, Enoch me dijo que regresara a mi cabaña, y así lo hice. Inmediatamente me sentí poseído por una agradable sensación.

Enoch me había prometido algo especial en esta ocasión, y lo estaba cumpliendo. Apenas me di cuenta de que la presión desaparecía de mi cabeza cuando Enoch me abandonó para hacerse cargo de su botín…

No sé cuánto tiempo llevaba durmiendo. Bastante, supongo. Lo único que recuerdo es que empecé a despertar, sabiendo que Enoch estaba de nuevo conmigo y que algo iba mal.

Luego me desperté del todo, porque oí las llamadas a mi puerta.

Esperé un momento, esperé a que Enoch me susurrara, diciéndome lo que tenía que hacer.

Pero Enoch estaba durmiendo. Siempre dormía… después.

Durante días enteros nada le despertaba; y durante aquellos días yo era libre. Normalmente, gozaba a mis anchas de aquella libertad, pero en aquel momento necesitaba la ayuda de Enoch.

Las llamadas a mi puerta se hicieron más imperiosas, y no pude esperar más.

Me levanté y fui a abrir.

Era el viejo sheriff Shelby.

«Vamos, Seth —me dijo—. Voy a llevarte a la cárcel».

Yo no dije nada. Sus astutos ojillos negros escudriñaban todos los rincones de la cabaña. Cuando me miró a mí, me sentí tan asustado que deseé que me tragara la tierra.

Shelby no pudo ver a Enoch, desde luego. Nadie puede verle. Pero Enoch estaba allí; le sentía encima de mi cráneo, enterrado debajo de una mata de pelo, durmiendo tan sosegadamente como un niño.

«La familia de Emily Robbins dice que la chica pensaba regresar por el pantano, para acortar el camino —me dijo el sheriff—. Hemos seguido las huellas de los neumáticos hasta el antiguo terraplén».

Enoch no había pensado en las huellas de los neumáticos. ¿Qué podía yo decir? Además:

«Cualquier cosa que digas podrá ser utilizada contra ti —dijo el sheriff Shelby—. Vamos, Seth».

Fui con él. No podía hacer otra cosa. Fui con él al pueblo, y todos los ociosos estaban en la calle y trataron de asaltar el automóvil. Entre la multitud había también mujeres. No cesaban de gritarles a los hombres que «acabaran» conmigo.

Pero el sheriff Shelby los mantuvo a raya, y al final me encontré sano y salvo en la cárcel. El sheriff me encerró en la celda de en medio. Las dos celdas contiguas a la mía estaban vacías, de modo que me encontré solo. Completamente solo, excepción hecha de Enoch, aunque Enoch seguía durmiendo tranquilamente.

Todo esto ocurría a primera hora de la mañana, y el sheriff Shelby salió de nuevo con algunos hombres. Supongo que se proponían localizar y sacar el cadáver del pantano.

Si es que podían. No me hicieron ninguna pregunta, cosa que me extrañó.

Charley Potter, en cambio, quería saberlo todo. El sheriff Shelby le había dejado al cuidado de la cárcel mientras él estaba fuera. Me trajo el desayuno al cabo de un rato, y empezó a merodear alrededor de la celda, haciendo preguntas.

Me limité a callar. Era mejor mantenerse callado que hablar con un imbécil como Charley Potter. Charley creía que yo estaba loco. Lo mismo que la multitud reunida en la calle. La mayoría de la gente de aquel pueblo creía que yo estaba loco… a causa de mi madre, supongo, y debido al hecho de que vivía completamente solo en el pantano.

¿Qué podía decirle a Charley Potter? Si le hablaba de Enoch, no me creería.

De modo que no dije nada.

Me limité a escuchar.

Charley Potter me habló entonces de la búsqueda de Emily Robbins, y de la extrañeza del sheriff Shelby ante algunas desapariciones que se habían producido últimamente. Dijo que se celebraría un importante juicio, y que el fiscal del distrito estaba a punto de llegar de la capital del condado. También había oído decir que habían enviado a buscar a un médico para que me examinara.

Efectivamente, en cuanto hube terminado de desayunar se presentó el médico. Charley Potter le abrió la puerta de la calle, y se vio negro para impedir que algunos de los ociosos que esperaban fuera entraran con él. Supongo que querían lincharme. El médico era un hombre bajito, con una puntiaguda barbilla, y ordenó a Charley Potter que no se moviera de la oficina mientras él se sentaba en la parte de afuera de mi celda y hablaba conmigo.

Era el doctor Silversmith.

En aquel preciso memento, yo no sentía absolutamente nada. Todo había sucedido con tanta rapidez, que no había tenido tiempo de pensar.

Era como un sueño; el sheriff, y la multitud que quería lincharme, y el juicio, y el cadáver en el pantano.

Pero algo en el aspecto de aquel doctor Silversmith cambió las cosas.

El doctor Silversmith era real, desde luego. Era el mismo médico que quiso enviarme al Asilo cuando encontraron a mi madre.

Ésa fue una de las primeras cosas que el doctor Silversmith me preguntó: ¿Qué le había sucedido a mi madre?

Parecía estar enterado de un montón de cosas acerca de mí, y esto me hizo más fácil el hablar.

Le dije muchas cosas. Cómo vivíamos mi madre y yo en la cabaña. Que ella hacía los filtros y los vendía. Le hablé de la olla grande y de las hierbas que recogíamos por la noche. De las noches en que mi madre salía sola y yo oía aquellos extraños ruidos procedentes del más allá.

Yo no quería hablar tanto, aunque él estaba enterado de muchas cosas, de todos modos. Sabía que a mi madre la llamaban «bruja». Incluso sabía cómo murió: cuando Santo Dinarelli se presentó en la cabaña aquella noche y la golpeó salvajemente porque había preparado un brebaje para su hija, la cual huyó con aquel trampero. Y también sabía que yo vivía solo en el pantano desde entonces.

Pero no sabía nada acerca de Enoch.

Enoch, que seguía durmiendo encima de mi cabeza, sin saber ni importarle lo que me estaba sucediendo…

De pronto, me encontré hablándole de Enoch al doctor Silversmith. Deseaba explicarle que en realidad no era yo el que había matado a la muchacha. De modo que tuve que mencionar a Enoch, y el trato que mi madre había hecho en los bosques. No me había permitido acompañarla —yo tenía solamente doce años—, pero se llevó un poco de sangre mía en un frasquito.

Luego, cuando regresó, la acompañaba Enoch. Y Enoch se quedaría conmigo para siempre, me explicó mi madre, para cuidar de mí y ayudarme en todos los sentidos.

Le expliqué todo esto minuciosamente y le dije que desde que murió mi madre, Enoch había sido mi protector y mi guía.

Sí, durante todos aquellos años, Enoch me había protegido, tal como había planeado mi madre. Ella sabía que yo era incapaz de valerme por mí mismo. Se lo expliqué al doctor Silversmith, porque pensé que era un hombre sabio y sabría comprenderlo.

Estaba equivocado.

Lo supe inmediatamente. Porque, mientras el doctor Silversmith se inclinaba hacia adelante, mesándose la barbilla y diciendo «Sí, sí» una y otra vez, noté la expresión de su mirada. La misma clase de mirada que la de los habitantes del pueblo. Una mirada desconfiada, recelosa.

Luego empezó a formularme una serie de preguntas ridículas. Acerca de Enoch, al principio… aunque yo sabía que fingía creer en la existencia de Enoch. Me preguntó cómo podía oír a Enoch, si no podía verle. Me preguntó si oía otras voces. Me preguntó qué sensación experimenté al matar a Emily Robbins, y si yo… Pero no quiero ni pensar en aquella pregunta. ¡Me hablaba como si yo fuera una persona… loca!

Había estado tomándome el pelo todo el tiempo, al decirme que no conocía a Enoch. Lo demostró al preguntarme a cuántas personas había matado. Y luego quiso saber dónde estaban sus cabezas.

Pero no estaba dispuesto a que continuara burlándose de mí.

De modo que cerré la boca y me quedé más callado que una ostra.

Al cabo de un rato se levantó y se marchó, sacudiendo la cabeza. Me eché a reír, porque sabía que no había descubierto lo que quería descubrir. Quería enterarse de todos los secretos de mi madre, y de mis secretos, y de los secretos de Enoch.

Pero no lo consiguió, y yo me eché a reír. Y luego me puse a dormir. Dormí casi toda la tarde.

Cuando me desperté, había otro hombre de pie delante de mi celda. Tenía un rostro redondo y sonriente, y una mirada muy simpática.

—Hola, Seth —me dijo, en tono amistoso—. ¿Has dormido bien?

Me llevé la mano a la cabeza. No pude sentir a Enoch, pero supe que continuaba allí y que seguía durmiendo. Se mueve con mucha rapidez, incluso cuando está durmiendo.

—No te asustes —me dijo el hombre—. No voy a hacerte ningún daño.

—¿Le ha enviado a usted aquel médico? —pregunté.

El hombre se echó a reír.

—No, desde luego que no —dijo—. Me llamo Cassidy. Edwin Cassidy. Soy el fiscal del distrito, y he venido aquí por razón de mi cargo. Supongo que puedo entrar y sentarme…

—Estoy encerrado —dije.

—Le diré al sheriff que me dé las llaves —dijo Mr. Cassidy.

Fue en busca de las llaves y abrió mi celda; entró y se sentó a mi lado en el camastro.

—¿No tiene usted miedo? —le pregunté—. Todo el mundo dice que soy un asesino.

—No, Seth —dijo Mr. Cassidy—, no estoy asustado. Sé que tú no querías matar a nadie.

Colocó una mano sobre mi hombro y yo no me aparté. Era una mano blanda, agradable. En el dedo anular llevaba un anillo con un diamante enorme que relucía a los últimos rayos del sol.

—¿Cómo está Enoch? —me preguntó.

Di un salto.

—¡Oh! No te alarmes, Seth. El imbécil de Silversmith me lo contó cuando le encontré en la calle. No comprende lo de Enoch, ¿verdad? Pero tú y yo lo comprendemos.

—El doctor Silversmith cree que estoy loco —susurré.

—Bueno, entre nosotros, Seth, resulta un poco difícil de creer al principio. Pero yo acabo de llegar del pantano. El sheriff Shelby y algunos de sus hombres siguen trabajando allí.

»Hace un rato encontraron el cadáver de Emily Robbins. Y otros cadáveres también. El cadáver de un hombre gordo, y el de un niño, y algún indio. El pantano los conserva, ¿sabes?

Le miré a los ojos, y vi que seguían sonriendo, de modo que supe que podía confiar en él.

—Si continúan trabajando allí, encontrarán otros cadáveres, ¿verdad, Seth?

Asentí.

—Pero yo no voy a esperar más. Vi lo suficiente para comprender que estabas diciendo la verdad. Enoch te ha obligado a hacer todas esas cosas, ¿no es cierto?

Asentí de nuevo.

—Muy bien —dijo Mr. Cassidy, oprimiendo mi hombro—. Tú y yo nos comprendemos perfectamente. De modo que no voy a reprocharte por nada de lo que me cuentes.

—¿Qué es lo que desea saber? —pregunté.

—¡Oh! Muchas cosas. Estoy interesado en Enoch, ¿sabes? ¿A cuántas personas te obligó a matar?

—A nueve —dije.

—¿Y todas están enterradas en el pantano?

—Sí.

—¿Conoces sus nombres?

—Sólo unos cuantos. —Le dije los nombres que conocía—. A veces, Enoch me dice sus nombres antes de que salga a su encuentro.

Mr. Cassidy soltó una risita ahogada y sacó un cigarro. Fruncí el ceño.

—¿Te molesta que fume?

—Por favor… no me gusta. Mi madre no creía en el fumar; nunca me permitió hacerlo.

Mr. Cassidy se rio ahora de un modo sonoro, pero volvió a meterse el cigarro en el bolsillo y se inclinó hacia adelante.

—Puedes ayudarme mucho, Seth —susurró—. Supongo que ya conoces las obligaciones de un fiscal de distrito…

—Es una especie de abogado… para juicios y cosas de ésas, ¿no?

—Exactamente. Voy a estar presente cuando te juzguen, Seth. Supongo que no querrás levantarte delante de toda aquella gente y contar lo que… lo que ha sucedido.

—¡Oh, no, Mr. Cassidy! Delante de toda aquella gente, no. Todos me odian.

—Entonces, voy a decirte lo que tienes que hacer. Vas a contármelo todo a mí, y yo hablaré por ti. Es un trato amistoso, ¿no te parece?

Deseé que Enoch pudiera ayudarme, pero seguía durmiendo. Miré a Mr. Cassidy y me decidí.

—Sí —dije—. Se lo contaré a usted.

De modo que le conté todo lo que sabía.

Al cabo de un rato Mr. Cassidy estaba tan interesado en mi relato que no se rio ni una sola vez. Cuando terminé, me dijo:

—Hay algo más que desearía saber, Seth. Hemos encontrado varios cadáveres en el pantano. Hemos podido identificar a Emily Robbins y a alguno de los otros. Pero todo sería más fácil para nosotros si supiéramos algo que tú puedes decirme. ¿Dónde están las cabezas?

Me puse en pie y me volví de espaldas.

—No voy a decirle eso —dije—, porque lo ignoro.

—¿Lo ignoras?

—Las cabezas se las daba a Enoch —expliqué—. ¿Comprende? Por eso tenía que matar gente para él. Enoch quería sus cabezas.

Mr. Cassidy pareció intrigado.

—Siempre me hacía cortar las cabezas y dejarlas allí —continué—. Arrojaba los cadáveres al pantano y luego me marchaba a casa. Enoch me hacía dormir y me recompensaba. Después, él se marchaba en busca de las cabezas.

—¿Para qué las quería, Seth?

Se lo dije.

—De modo que si pudiera usted encontrarlas —concluí—, no creo que pudiera identificarlas.

Mr. Cassidy suspiró y se sentó.

—Pero ¿por qué permitías que Enoch hiciera esas cosas?

—Tenía que hacerlo. En caso contrario, él me lo hubiera hecho a mí. Era su amenaza de siempre. Necesitaba las cabezas. Y yo tenía que obedecerle.

Mr. Cassidy me contempló mientras yo andaba arriba y abajo, pero no dijo una sola palabra. Parecía haberse puesto muy nervioso, de repente, y cuando me acerqué a él, casi dio un brinco hacia atrás.

—Usted explicará todo esto en el juicio, desde luego —dije—. Lo de Enoch, y todo lo demás.

Sacudió la cabeza.

—No voy a hablar de Enoch en el juicio, ni quiero que lo hagas tú —dijo Mr. Cassidy—. Nadie va a enterarse de que Enoch existe.

—¿Por qué?

—Estoy tratando de ayudarte, Seth. ¿Sabes lo que dirá la gente si les hablas de Enoch? ¡Dirá que estás loco! Y tú no quieres que digan eso, ¿verdad?

—No. Pero ¿qué puede hacer usted? ¿Cómo puede ayudarme?

Mr. Cassidy sonrió.

—Le temes a Enoch, ¿no es cierto? Bueno, supongamos que me das a Enoch…

—¿A usted?

—Sí. Supongamos que me das a Enoch, ahora mismo. Yo cuidaré de él durante el juicio. Como no será tuyo, no tendrás que decir nada acerca de él, ¿comprendes? Y no creo que Enoch desee que la gente se entere de lo que hace…

—Desde luego —dije—. Se pondría furioso. Pero no me gusta dárselo a usted sin consultarle a él… y ahora está durmiendo.

—¿Durmiendo?

—Sí. Encima de mi cabeza. Aunque usted no puede verle, desde luego.

Mr. Cassidy contempló mi cabeza y soltó una risita.

—¡Oh! Puedo explicárselo todo cuando despierte —me dijo—. Cuando sepa que es por su bien, se alegrará, seguramente.

—Bueno… siendo así, supongo que no habrá inconveniente —suspiré—. Pero tiene usted que prometerme que le cuidará bien.

—Prometido —dijo Mr. Cassidy.

—¿Y le dará usted lo que quiera? ¿Lo que necesite?

—Desde luego.

—¿Y no se lo dirá a nadie?

—Absolutamente a nadie.

—Desde luego, ya sabe usted lo que le pasará si se niega a darle a Enoch lo que le pida —le advertí—. Enoch se lo tomará a usted… a la fuerza.

—No te preocupes, Seth.

Permanecí completamente inmóvil unos instantes. Porque repentinamente había notado algo que se deslizaba hacia mi oído.

—Enoch —susurré—. ¿Puedes oírme?

Me oyó.

Se lo expliqué todo. Y le dije que iba a entregarlo a Mr. Cassidy.

Enoch no dijo nada.

Mr. Cassidy no dijo nada. Se limitó a permanecer sentado, sonriendo. Supongo que debió extrañarle un poco ver que yo hablaba con… nadie.

—Vete con Mr. Cassidy —susurré—. Anda, vete con él.

Y Enoch se fue.

Noté que desaparecía de mi cabeza un peso muy liviano, pero eso fue todo. Sin embargo, supe que se había marchado.

—¿Puede usted sentirle, Mr. Cassidy? —pregunté.

—¿Qué…? ¡Oh, sí, desde luego! —dijo Mr. Cassidy, y se puso en pie.

—Cuide bien a Enoch —le recomendé.

—Lo mejor que pueda.

—No se ponga el sombrero —le advertí—. A Enoch no le gustan los sombreros.

—Lo siento, no lo sabía. Bueno, Seth, ahora tengo que marcharme. Me has ayudado mucho… y a partir de este momento vamos a olvidarnos de Enoch y no hablaremos de él a nadie.

»Luego volveré para que hablemos del juicio. Ese doctor Silversmith anda diciéndole a la gente que estás loco. Tal vez será mejor que niegues todo lo que le has dicho… ahora que yo tengo a Enoch.

Parecía una idea excelente, pero entonces yo ya sabía que Mr. Cassidy era un hombre listo.

—Lo que usted diga, Mr. Cassidy. Sea bueno con Enoch, y él será bueno con usted.

Mr. Cassidy estrechó mi mano y se marchó con Enoch. Me sentí algo cansado. Tal vez era la tensión, tal vez me sentía un poco raro, sabiendo que Enoch se había marchado. Sea lo que fuere, me tumbé en el camastro y me quedé dormido.

Cuando me desperté era de noche. El viejo Charley Potter estaba aporreando los barrotes de mi celda. Me había traído la cena.

Cuando me acerqué a él dio un salto y retrocedió un par de pasos.

—¡Asesino! —aulló—. ¡Han encontrado nueve cadáveres en el pantano! ¡Loco malvado!

—Vamos, Charley —le dije—. Siempre creí que eras amigo mío.

—¿Amigo tuyo? ¡Santo cielo! Voy a marcharme ahora mismo, dejándote encerrado para toda la noche. El sheriff se encargará de que nadie entre a lincharte… aunque, si quieres saber mi opinión, creo que está malgastando su tiempo.

Luego, Charley apagó todas las luces y se marchó. Le oí cerrar la puerta de la calle. Estaba solo en la cárcel.

¡Completamente solo! Me producía una extraña impresión estar solo por primera vez en tantos años… completamente solo, sin Enoch.

La luna brillaba a través de la ventana y me acerqué a ella, contemplando la calle solitaria. A Enoch siempre le había gustado la luna. Le excitaba. Me pregunté cómo se sentiría ahora, con Mr. Cassidy.

Ignoro cuánto tiempo permanecí de pie junto a la ventana. Mis piernas estaban entumecidas cuando me volví en redondo al oír que alguien hurgaba en la cerradura de la puerta de la calle.

La puerta se abrió y entró Mr. Cassidy, corriendo.

—¡Quítame eso! —aulló—. ¡Quítame eso!

—¿Qué es lo que pasa? —pregunté.

—¡Ese maldito Enoch! Creí que estabas loco… tal vez el loco soy yo… pero ¡llévatelo!

—Bueno, Mr. Cassidy, ya le advertí cómo era Enoch.

—¡Está aferrado a mi nuca! ¡Susurrándome cosas al oído!

—Ya se lo dije, Mr. Cassidy. Enoch quiere algo, ¿verdad? Pues bien, tiene usted que dárselo. Lo prometió.

—No puedo. No quiero matar para él… no puede obligarme…

—Puede, Mr. Cassidy. Y lo hará.

Mr. Cassidy se aferró a los barrotes de la puerta de la celda.

—Seth, tienes que ayudarme. Llama a Enoch. Haz que vuelva contigo. Aprisa.

—De acuerdo, Mr. Cassidy —dije.

Llamé a Enoch. No me contestó. Volví a llamarle. Silencio.

Mr. Cassidy empezó a llorar. Su llanto me impresionó y le compadecí de veras. Sabía lo que Enoch podía hacerle a uno cuando susurraba de aquel modo. Primero rogaba, luego apremiaba, y luego amenazaba…

—Será mejor que le obedezca —le dije a Mr. Cassidy—. ¿Le ha dicho a quién tiene que matar?

Mr. Cassidy no me oyó. Seguía llorando. Y luego cogió las llaves y abrió la celda contigua a la mía. Entró y cerró la puerta.

—No quiero —sollozó—. ¡No quiero, no quiero!

—¿Qué es lo que no quiere? —pregunté.

—No quiero matar al doctor Silversmith en el hotel y darle su cabeza a Enoch. ¡Me quedaré aquí, en la celda, donde estoy seguro! ¡Oh! ¡Maldito diablo…!

Se dejó caer al suelo, y pude verle a través de los barrotes que separaban nuestras celdas rebuscando furiosamente con las manos entre sus cabellos.

—Será mejor que obedezca —le grité—. Si no lo hace, Enoch se enojará y… ¡Oh, Mr. Cassidy! ¡Dese prisa!

En aquel momento, Mr. Cassidy profirió un débil gemido y creo que se desmayó. No dijo nada más y dejó de mover las manos. Le llamé, pero no me contestó.

¿Qué podía hacer? Me senté en el rincón más oscuro de mi celda y contemplé la luna. La luna siempre excita a Enoch.

De pronto, Mr. Cassidy empezó a gritar. Con unos gritos ahogados, que surgían de lo más profundo de su garganta. No se movió para nada, limitándose a gritar.

Supe que Enoch se estaba tomando lo que deseaba… de Mr. Cassidy.

¿Qué iba a sacar con mirar? No podía detener a Enoch, y ya había advertido a Mr. Cassidy.

De modo que permanecí sentado, tapándome los oídos con las manos, hasta que todo hubo terminado.

Cuando volví a mirar, Mr. Cassidy estaba completamente inmóvil, apoyado en los barrotes. El silencio era absoluto.

Pero no: se oía un ronroneo, un leve y lejano ronroneo. El ronroneo de Enoch, cuando está harto. Luego oí un rasgueo. El rasgueo de las garras de Enoch, cuando retoza de satisfacción porque está harto.

El ronroneo y el rasgueo procedían del interior de la cabeza de Mr. Cassidy.

Era Enoch, desde luego, y se sentía feliz.

También yo me sentía feliz.

Alargué el brazo a través de los barrotes y cogí las llaves del bolsillo de Mr. Cassidy. Abrí la puerta de mi celda y quedé libre.

Ahora que Mr. Cassidy había desaparecido, no tenía por qué quedarme aquí. Ni tenía por qué quedarse Enoch. Le llamé.

—¡Vamos, Enoch!

Fue la vez que más cerca estuve de Enoch: una especie de sombra blanquecina que surgía del agujero rojo que había excavado en la nuca de Mr. Cassidy.

Luego noté el blando y frío peso que aterrizaba en mi cabeza, y supe que Enoch había regresado a su verdadero hogar.

Avancé a lo largo del pasillo y abrí la puerta de la calle.

Los diminutos pies de Enoch empezaron a pasear por el tejado de mi cerebro.

Juntos nos hundimos en la oscuridad nocturna. En el cielo, muy alta, brillaba la luna, todo estaba sumido en un profundo silencio, y pude oír, aunque muy débilmente, el alegre susurro de Enoch en mi oído.

Robert Bloch - Enoch
  • Autor: Robert Bloch
  • Título: Enoch
  • Título Original: Enoch
  • Publicado en: Weird Tales, septiembre de 1946
  • Traducción: Alfredo Herrera – José María Aroca

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