Sinopsis: «Jack el Destripador» (Jack the Ripper) es un cuento de la escritora estadounidense Shirley Jackson, publicado póstumamente en 1996 en el libro Just an Ordinary Day. En una noche de Nueva York, un hombre se desplaza por una solitaria calle cuando se topa con una muchacha desmayada junto a un bar, aparentemente ebria. Alarmado por su estado, ingresa en el local donde intenta que lo ayuden a auxiliarla, pero choca con la indiferencia del cantinero y de los otros hombres presentes, quienes prefieren desentenderse del asunto, aduciendo que la conocen y que ella suele dormir en la calle. Ante la pasividad general, el hombre decide tomar cartas en el asunto y ayudar a la joven por su cuenta.

Jack el Destripador
Shirley Jackson
(Cuento completo)
El hombre vaciló en la esquina, bajo el semáforo, y luego echó a andar por la calle lateral, caminando despacio y observando a las pocas personas que transitaban. Hacía largo rato que había pasado la medianoche, y las calles estaban casi tan desiertas como siempre. Mientras avanzaba por la oscura calle se detuvo un instante, creyendo ver a una muchacha muerta en la vereda. Estaba casi pegada al muro de un edificio; unos metros más allá había el pequeño letrero de un bar, y al verlo el hombre siguió caminando, pero luego se volvió hacia la muchacha.
Estaba tan borracha que, cuando él la sacudió e intentó incorporarla, se desplomó hacia atrás, con los ojos a medio cerrar y las manos rodando sobre la vereda. El hombre se quedó de pie mirándola un minuto, y después volvió a darse la vuelta y se encaminó al bar. Al abrir la puerta y entrar vio que el local estaba casi vacío; solo había un grupo de tres o cuatro marineros en el extremo más alejado de la barra y, con ellos, el cantinero, hablando y riendo. Había un sujeto de pie junto a la barra, cerca de la entrada, y, tras mirar alrededor un momento, el hombre que acababa de entrar se acercó y se colocó al final de la barra.
—Oiga —dijo—, hay una muchacha tirada en la calle, ahí afuera.
El sujeto que estaba más abajo en la barra lo miró en silencio.
—Yo pasaba por aquí —continuó con más urgencia el recién llegado—, la vi, y creo que habría que hacer algo. No puede quedarse ahí. —El otro sujeto continuó mirándolo—. No debe de tener más de diecisiete.
—Hay un teléfono atrás —dijo el sujeto que estaba en la barra—. Llame al alcalde.
El cantinero se acercó con calma hasta el extremo de la barra; la sonrisa se le fue borrando a medida que se acercaba. Cuando llegó junto al hombre que acababa de entrar, se quedó allí, serio, esperando.
—Oiga —repitió el hombre—, hay una muchacha de dieciséis, diecisiete años tirada afuera en la calle. Hay que meterla adentro.
—Llame al alcalde —dijo el sujeto de la barra—; el número está en la guía.
—Yo solo iba pasando —dijo el hombre—, y estaba tirada ahí.
—Ya sé —dijo el cantinero.
—Mencione mi nombre —dijo el sujeto de la barra —. Dígale que yo le dije que llamara.
—Vi que estaba cómoda —dijo el cantinero—, y le puse la cartera al lado, bien a mano. —Sonrió con ternura—. Espero que no la haya molestado —dijo.
El hombre alzó un poco la voz.
—No puede seguir ahí tirada —dijo—. ¿No me va a decir que piensa dejarla ahí?
—Me va a recordar, claro que sí —dijo el sujeto de la barra, asintiendo—. No se va a olvidar de mí tan pronto.
—A ella le gusta estar ahí —dijo el cantinero—. Duerme ahí casi todas las noches.
—¡Pero una chica de quince, dieciséis! —exclamó el hombre.
La voz del cantinero se endureció; apoyó las dos manos en el borde de la barra y se inclinó hacia el hombre.
—En cualquier momento que a ella se le antoje —dijo—, puede levantarse e irse a su casa. No tiene por qué quedarse ahí. Que se levante y se vaya caminando a su casa.
—No tiene ninguna prisa —dijo el sujeto de la barra.
—Viene aquí todas las noches y se emborracha —siguió el cantinero—. De vez en cuando le dejo tomar una cerveza sin pagar; ¿quiere que además le alquile una pieza? —Se echó hacia atrás y su voz se suavizó—. Duerme como un bebé, ¿no? —Se dio vuelta de golpe y regresó hacia los marineros—. Otra borracha —les dijo.
El hombre se volvió hacia la puerta y la abrió, todavía dudando. Luego salió.
—No se olvide de decirle lo que le dije —le gritó el sujeto de la barra a sus espaldas.
Cuando volvió junto a la muchacha vio que seguía en la misma posición, con la cara contra la vereda y las rodillas apoyadas en el muro. La cartera estaba en el suelo, a su lado; el hombre la recogió y la abrió. No había dinero; había un lápiz labial barato, una llave, un peine y un cuadernito. El hombre lo devolvió todo salvo el cuaderno; lo abrió y encontró, en la primera página, el nombre y la dirección de la muchacha. Al pasar la primera hoja vio una lista de unos veinte bares, con direcciones y, en algunos casos, nombres de cantineros. Unas páginas más adelante encontró otra lista, esta vez de marineros; a cada nombre lo seguía el nombre de un barco y una fecha, al parecer la última vez que el barco había estado en Nueva York. Las anotaciones estaban escritas con una letra grande e infantil, con las “t” sin cruzar y alguna falta de ortografía ocasional. Hacia el final del cuaderno, había una fotografía metida entre las páginas. Mostraba a la muchacha con dos marineros, uno a cada lado, con las cabezas juntas, y los tres sonriendo. En la foto la muchacha se veía satisfecha y poco agraciada; tendida en el suelo, en cambio, parecía delgada y casi bonita. El hombre volvió a guardar la foto en el cuaderno y el cuaderno en la cartera, y luego, llevando la cartera, caminó hasta la esquina e hizo señas a un taxi. Con el taxi esperando, volvió donde la muchacha, la levantó y la metió en el vehículo, y después se subió él. La muchacha quedó desparramada en el asiento, y el hombre tuvo que sentarse en una esquina para dejarle espacio. Le dio al conductor la dirección que había visto en el cuaderno, y el conductor, tras echar una mirada al espejo retrovisor, se encogió de hombros y arrancó.
La casa estaba en un barrio malo, viejo y sucio, y el conductor, al detener el taxi, dijo: «Aquí es, señor». Se volvió para mirar a la muchacha y añadió, dubitativo: «¿Lo ayudo?»
El hombre sacó a la muchacha del taxi tomándola de las piernas y arrastrándola hasta poder ponerle los pies en el suelo; luego la sujetó por la cintura y se la echó al hombro. La sostuvo así mientras sacaba monedas del bolsillo para pagarle al conductor, y después, todavía sujetándola por las piernas, entró en la casa.
El pasillo estaba iluminado con luces de gas, y la escalera era increíblemente angosta y empinada. El hombre golpeó la primera puerta, primero con los nudillos y luego, con gesto sombrío, con los zapatos de la muchacha, balanceándole las piernas de un lado a otro.
Desde algún lugar del otro lado de la puerta, una voz de mujer preguntó: «¿Qué quieren?», y por fin la puerta se entreabrió y la mujer asomó la cara. Estaba demasiado oscuro para que el hombre pudiera verle las facciones, pero ella dijo: «¿Quién es? ¿Rose? Vive en el sexto piso. Última puerta a la derecha». La puerta se cerró otra vez. El hombre examinó la escalera y pensó. No había espacio en el pasillo para dejar a la muchacha en el suelo, así que le apretó las piernas con más fuerza y comenzó a subir. Se detenía a tomar aire en cada descanso, pero cuando llegó al sexto piso jadeaba y avanzaba despacio, apoyando ambos pies en cada escalón. Se apoyó contra la pared en lo alto durante un minuto, intentando acomodar el peso de la muchacha, y luego fue hasta la última puerta a la derecha. La dejó en el suelo, abrió la cartera, sacó la llave y abrió la puerta. Estaba demasiado oscuro en el pasillo como para ver el interior, así que encendió un fósforo y entró, buscando alguna luz. Después de encender tres fósforos encontró una vela, la prendió y la dejó sobre la cómoda, hundida en su propia cera.
El cuarto era apenas lo bastante grande para un camastro y la cómoda; en la parte posterior de la puerta había tres ganchos, de los que colgaban un kimono de seda rasgado y un par de medias sucias. El camastro tenía una frazada sobre el colchón y una almohada sucia, sin funda. Sobre la cómoda había unas horquillas y una cajita de fósforos. El hombre abrió los cuatro cajones de la cómoda; todos estaban vacíos salvo el de arriba, que contenía un destapador y un par de tapas de botella de cerveza. Cuando terminó de examinar el cuarto, el hombre salió al pasillo, donde había dejado a la muchacha, la tomó por debajo de los brazos y la arrastró hacia adentro. La dejó caer sobre el camastro y le echó la frazada encima. Abrió la cartera y sacó el cuaderno; lo hojeó hasta encontrar la fotografía, que guardó en el bolsillo. Puso la llave sobre la cómoda y la cartera al lado, y luego, justo antes de apagar la vela, sacó su cuchillo. Tenía un mango pulido de hueso y una hoja larga, increíblemente afilada.
*
Tomó un taxi en la esquina, cerca del caserón, y le dio al conductor una dirección en las calles setenta del East Side; en pocos minutos estaba en su casa. Al salir del ascensor se detuvo un momento, se miró las manos y luego los zapatos, y con cuidado se quitó una pelusa de la manga. Abrió su departamento con la llave y caminó sin hacer ruido hasta el dormitorio. Al encender la luz, su esposa se removió en la cama y luego abrió los ojos.
—¿Qué hora es? —murmuró.
—Tarde —dijo él. Se acercó y la besó.
—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó ella.
—Me detuve a tomar unos tragos después de la reunión —dijo él. Fue hasta la cómoda para dejar las llaves y miró la foto de su esposa en el marco de plástico. Metió la mano en el bolsillo, sacó la fotografía de la muchacha con los dos marineros y pensó un momento; luego fue al tocador de su esposa y, con las tijeritas de uñas de mango plástico, recortó a los dos marineros de la foto, dejando a la muchacha sola. Ese recorte lo puso en la esquina inferior del marco que sostenía la foto de su esposa. Encendió un cigarrillo y se quedó mirándolo.
—¿No vienes a la cama? —preguntó su esposa, adormilada.
—No —dijo—. Creo que me voy a dar un baño.
FIN

