Un señor muy viejo con unas alas enormes

Gabriel García Márquez

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Sinopsis: Una mañana, tras tres días de lluvia incesante, un humilde matrimonio del Caribe descubre en el fondo de su patio anegado a un anciano caído en el lodo, incapaz de levantarse a causa de unas alas enormes, sucias y medio desplumadas. Una vecina diagnostica sin titubeos que se trata de un ángel, y la noticia recorre el pueblo con la velocidad de un escándalo. Pronto el patio se convierte en feria: llegan curiosos desde lugares remotos, peregrinos en busca de cura, un párroco desconfiado que escribe a Roma para verificar la naturaleza del cautivo, y vecinos dispuestos a someter al viejo alado a toda clase de pruebas. Entre el bullicio, la codicia y la indiferencia, la criatura permanece encerrada en un gallinero, ajena al revuelo que provoca.

Gabriel García Márquez - Un señor muy viejo con unas alas enormes. Resumen y análisis literario

Advertencia

El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.

Resumen de Un señor muy viejo con unas alas enormes, de Gabriel García Márquez

El cuento «Un señor muy viejo con unas alas enormes», del escritor colombiano Gabriel García Márquez, apareció en el volumen La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, publicado en 1972. Se trata de un relato breve en el que un ángel anciano cae en el patio de una casa humilde del Caribe y, lejos de provocar milagros, se convierte primero en atracción de feria y después en una presencia incómoda que la familia termina por tolerar hasta que la criatura, ya muy decrépita, recupera el vuelo. En pocas páginas, el narrador traza el choque entre una aparición sobrenatural y la mirada pedestre de quienes la reciben.

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La historia comienza al tercer día de una lluvia persistente que ha llenado la casa de cangrejos y ha ensombrecido el mundo desde el martes. Pelayo, un hombre sencillo, atraviesa su patio anegado para arrojar los cangrejos al mar, preocupado porque su hijo recién nacido ha pasado la noche con fiebre y se teme que la pestilencia sea la causa. Al regresar a la casa, bajo una luz mansa y grisácea, advierte algo que se queja en el fondo del patio. Se acerca y descubre a un hombre muy viejo caído boca abajo en el lodazal, incapaz de incorporarse porque se lo impiden unas alas enormes. Asustado, llama a Elisenda, su mujer, y ambos contemplan con estupor callado al desconocido. Está vestido como un trapero, casi sin dientes ni cabello, con las alas de gallinazo sucias y medio desplumadas encalladas en el barro. Intentan hablarle y él contesta en un dialecto incomprensible, con voz de navegante. Convencidos de que es un náufrago extranjero, llaman a una vecina reputada por saber todas las cosas de la vida y la muerte. Le basta una mirada para aclarar el malentendido: es un ángel, asegura, que venía por el niño y al que la lluvia ha tumbado por viejo.

A la mañana siguiente, el pueblo entero sabe que Pelayo tiene un ángel cautivo. En contra del consejo de la vecina sabia, que considera a los ángeles de estos tiempos sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no han tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo lo vigila desde la cocina armado con su garrote de alguacil y al caer la noche lo saca del lodazal a rastras y lo encierra con las gallinas en el gallinero alambrado. A medianoche, cuando cesa la lluvia, el niño despierta sin fiebre y con hambre. Agradecidos, los esposos deciden poner al ángel en una balsa con provisiones para tres días y abandonarlo en alta mar. Pero al amanecer encuentran al vecindario entero frente al gallinero, retozando con el ser celestial sin devoción alguna y arrojándole comida por los huecos de la alambrada, como a un animal de circo.

El padre Gonzaga acude antes de las siete, alarmado por la desproporción de la noticia. Ya se hacen toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo: los más ingenuos imaginan que será nombrado alcalde del mundo, otros suponen que lo ascenderán a general de cinco estrellas para ganar todas las guerras, y algunos visionarios esperan que sirva de semental para engendrar una estirpe de hombres alados y sabios que se hagan cargo del universo. El párroco, que antes de cura fue leñador, entra en el gallinero y saluda en latín al desconocido. Al comprobar que no entiende la lengua de Dios ni sabe responder a sus ministros, sospecha de impostura. Observa además que de cerca resulta demasiado humano: huele a intemperie, tiene algas parasitarias en el revés de las alas y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres. Nada en su aspecto miserable concuerda con la egregia dignidad de los ángeles. Sale del gallinero y previene a los curiosos contra los artificios del demonio, recordándoles que las alas no bastan para identificar a un ángel, del mismo modo que no sirven para distinguir un gavilán de un aeroplano. Promete, sin embargo, escribir a su obispo para que este escriba a su primado y este a su vez al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto venga de los tribunales más altos.

Su prudencia, no obstante, cae en corazones estériles. La noticia se difunde con tal rapidez que en pocas horas el patio se vuelve un alboroto de mercado y hay que traer la tropa con bayonetas para contener el tumulto. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tiene entonces la ocurrencia de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada. Acuden curiosos desde lugares tan lejanos como la Martinica. Llega incluso una feria ambulante con un acróbata volador que cruza zumbando por encima de la multitud, pero nadie le hace caso porque sus alas son de murciélago sideral y no de ángel. Llegan también los enfermos más desdichados del Caribe en busca de curación: una mujer que desde niña cuenta los latidos de su corazón y ya no le alcanzan los números, un jamaiquino que no puede dormir atormentado por el ruido de las estrellas, un sonámbulo que deshace de noche lo que hizo de día. En medio de ese desorden que hace temblar la tierra, Pelayo y Elisenda atiborran los dormitorios de dinero en menos de una semana, mientras la fila de peregrinos llega hasta el otro lado del horizonte.

El ángel, entretanto, es el único que no participa de su propio acontecimiento. Se le va el tiempo buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas que le arriman a las alambradas. Al principio intentan alimentarlo con cristales de alcanfor, que según la vecina sabia es el alimento específico de los ángeles, pero él los desprecia, igual que desprecia los almuerzos papales de los penitentes, y nunca se sabe si por ángel o por viejo acaba comiendo únicamente papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parece ser la paciencia: las gallinas lo picotean en busca de parásitos estelares, los tullidos le arrancan plumas para tocarse los defectos y hasta los más piadosos le tiran piedras para verlo ponerse de pie. La única vez que se altera es cuando le abrasan el costado con un hierro de marcar novillos porque, al llevar tantas horas inmóvil, lo creen muerto. Despierta sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y da un par de aletazos que levantan un remolino de estiércol y polvo lunar y un ventarrón de pánico que no parece de este mundo. Desde entonces se cuidan de no molestarlo, pues la mayoría comprende que su pasividad no es la de un héroe retirado sino la de un cataclismo en reposo.

El padre Gonzaga trata de contener la frivolidad de la multitud con fórmulas de inspiración doméstica mientras aguarda el juicio de Roma. Pero el correo vaticano ha perdido la noción de la urgencia: se le va el tiempo averiguando si el convicto tiene ombligo, si su dialecto guarda relación con el arameo, si puede caber muchas veces en la punta de un alfiler o si no será simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas parsimoniosas habrían seguido yendo y viniendo hasta el fin de los siglos si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco. Por esos días llega al pueblo, entre las atracciones de una feria errante, el espectáculo de la mujer que se convirtió en araña por desobedecer a sus padres. Es una tarántula del tamaño de un carnero con cabeza de doncella triste, y la entrada para verla cuesta menos que la del ángel y permite además hacerle toda clase de preguntas. Ella misma cuenta, con sincera aflicción, cómo de niña se escapó a un baile y, al regresar por el bosque, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos y por la grieta salió el relámpago de azufre que la transformó. Se alimenta sólo de bolitas de carne molida que le arrojan las almas caritativas. Semejante espectáculo, cargado de verdad humana y de escarmiento, derrota sin proponérselo al ángel despectivo que apenas si se digna mirar a los mortales. A ello contribuyen los escasos milagros atribuidos al cautivo, milagros de burla que revelan cierto desorden mental: un ciego que no recuperó la vista pero al que le salieron tres dientes nuevos, un paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, un leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Cuando la mujer araña acaba de aniquilar la reputación del ángel, el padre Gonzaga se cura para siempre del insomnio y el patio de Pelayo vuelve a quedar tan solitario como en los días de la lluvia de cangrejos.

Los dueños de la casa no tienen nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyen una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, con sardineles altos para que no entren los cangrejos del invierno y con barras de hierro en las ventanas para que no entren los ángeles. Pelayo abre un criadero de conejos cerca del pueblo y renuncia para siempre a su mal empleo de alguacil; Elisenda se compra zapatillas satinadas de tacón alto y vestidos de seda tornasol como los que usan las señoras codiciadas. El gallinero es lo único que no merece atención. Si alguna vez lo lavan con creolina y queman en su interior lágrimas de mirra, no es por honrar al ángel, sino por conjurar una pestilencia de muladar que ronda como un fantasma y empieza a envejecer la casa nueva. Al principio cuidan que el niño, al aprender a caminar, no se acerque demasiado al gallinero, pero pronto se van olvidando del temor y acostumbrándose a la peste; antes de que mude los dientes, el niño ya juega dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caen a pedazos. El ángel no es menos displicente con él que con los demás, pero soporta las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Los dos contraen la varicela al mismo tiempo. El médico que atiende al niño no resiste la tentación de auscultar al ángel y le encuentra tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones que le parece imposible que siga vivo; lo que más lo asombra, sin embargo, es la lógica natural de aquellas alas, tan adecuadas a su organismo humano que no se explica por qué no las tienen también los demás hombres.

Cuando el niño empieza a ir a la escuela, el sol y la lluvia ya han desbaratado el gallinero. El ángel se arrastra de un lado a otro como un moribundo sin sueño. Lo sacan a escobazos de un dormitorio y al instante aparece en la cocina; parece estar en tantos lugares a la vez que llegan a pensar que se desdobla y se repite por toda la casa. Elisenda, fuera de quicio, grita que es una desgracia vivir en un infierno lleno de ángeles. Apenas come, sus ojos de anticuario se han vuelto turbios, tropieza con los horcones y ya sólo le quedan las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echa una manta encima y le hace la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advierten que pasa la noche con fiebres, delirando en trabalenguas de noruego viejo. Es una de las pocas veces en que se alarman, temiendo que se muera, pues ni siquiera la vecina sabia sabe qué se hace con los ángeles muertos. No obstante, el viejo no sólo sobrevive a su peor invierno, sino que parece mejor en los primeros soles. Permanece inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo ve, y a principios de diciembre empiezan a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecen un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debe conocer la razón de esos cambios, porque se cuida de que nadie los note y de que nadie oiga las canciones de navegante que a veces canta bajo las estrellas. Una mañana, mientras Elisenda corta rebanadas de cebolla para el almuerzo, un viento que parece de alta mar se mete en la cocina. Ella se asoma a la ventana y sorprende al ángel en las primeras tentativas de vuelo. Son tan torpes que abre con las uñas un surco de arado en las hortalizas y está a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalan en la luz sin encontrar asidero en el aire. Pero logra ganar altura. Elisenda exhala un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo ve pasar por encima de las últimas casas, sustentándose con un azaroso aleteo de buitre senil. Sigue viéndolo mientras termina de cortar la cebolla, y sigue viéndolo hasta cuando ya no es posible verlo, porque entonces ya no es un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.

Análisis de Un señor muy viejo con unas alas enormes, de Gabriel García Márquez

Publicado en 1972 dentro del volumen La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, «Un señor muy viejo con unas alas enormes» pertenece a la etapa de madurez de Gabriel García Márquez, posterior a Cien años de soledad, cuando el autor depura y concentra en el formato breve muchos de los procedimientos que había desplegado en la novela mayor. El cuento es, a primera vista, una fábula con aroma de leyenda popular: una criatura fantástica cae del cielo en un pueblo caribeño y permanece allí durante años sin alterar sensiblemente el curso de las cosas. Pero bajo esa superficie convive una segunda lectura, irónica y satírica, que pone en cuestión la fe, el negocio religioso, la vanidad eclesiástica y la curiosidad vulgar del vecindario. Su estructura simbólica descansa en un contraste nítido: lo sobrenatural llega al mundo en forma decrépita, desamparada y sin propósito aparente, y son los seres humanos, no el ángel, quienes se muestran incapaces de reconocer el prodigio que tienen delante.

El relato se inscribe de lleno en la tradición del realismo mágico, esa corriente en la que lo maravilloso se narra con la naturalidad de lo cotidiano y lo cotidiano adquiere ribetes maravillosos. El propio subtítulo con el que García Márquez acompañó el cuento en ediciones posteriores —«un cuento para niños»— es deliberadamente engañoso: la forma tiene la sencillez de una narración infantil, pero los sobreentendidos son de adulto. El cuento bebe también de la parábola bíblica y de la hagiografía paródica, pues retoma el arquetipo del mensajero celestial sólo para invertirlo: en lugar de revelar, este ángel oculta; en lugar de curar, produce milagros absurdos; en lugar de inspirar devoción, despierta codicia y aburrimiento. Hay además un eco claro del relato circense y del espectáculo de feria, que García Márquez conocía bien por su infancia en el litoral colombiano.

Los personajes están concebidos con trazos deliberadamente someros, casi de estampa popular, y esa levedad forma parte del sentido. Pelayo y Elisenda son campesinos humildes cuyo horizonte moral se rige por el instinto de supervivencia: primero se asustan, después se apiadan, después calculan y, finalmente, se acomodan. Su evolución no pasa por un aprendizaje espiritual sino por un ascenso económico; al final construyen una mansión cuyas rejas —detalle revelador— están pensadas no sólo contra los cangrejos, sino también contra los ángeles. El padre Gonzaga encarna a la Iglesia institucional, medrosa y burocrática, más preocupada por el protocolo que por el prodigio: sus pruebas para distinguir a un ángel son tan ridículas como las especulaciones vaticanas sobre el ombligo del cautivo o su parecido con un noruego. La vecina sabia representa la sabiduría popular, que sabe nombrar lo que ve pero también lo desprecia. La mujer convertida en araña funciona como contrafigura: encarna un relato cerrado, moralizante y emocionalmente legible, justo lo que el ángel se niega a ofrecer. En cuanto al ángel mismo, su motivación permanece impenetrable; es un personaje hecho de pura opacidad, y esa opacidad es precisamente lo que lo vuelve literariamente poderoso.

La estructura narrativa es lineal pero se apoya en un manejo peculiar del tiempo. El cuento arranca con una escena puntual —la llegada del viejo bajo la lluvia— y pronto se abre a una duración indefinida en la que los años transcurren sin que se marquen fechas precisas: el niño enfermo crece, aprende a caminar, muda los dientes, va a la escuela. Ese tiempo dilatado, medido por los ciclos del cuerpo del niño y por el deterioro progresivo del ángel, produce la sensación de que lo extraordinario se ha asentado en la vida doméstica hasta volverse rutina. El desenlace, en cambio, se concentra en un instante casi lírico, el del vuelo final, y devuelve al relato una circularidad significativa: el ángel había llegado del mar y al mar regresa, convertido en un punto imaginario en el horizonte.

El escenario es un pueblo costero indefinido del Caribe, reconocible por los cangrejos, las ferias ambulantes, la referencia a la Martinica y al jamaiquino atormentado por el ruido de las estrellas. Ese paisaje anfibio —donde el cielo y el mar son «una misma cosa de ceniza»— cumple una función simbólica: es un mundo de umbrales, donde las fronteras entre tierra y agua, entre lo natural y lo sobrenatural, entre la miseria y el prodigio, están constantemente difuminadas. El patio de Pelayo, con su lodazal, su gallinero y sus alambradas, funciona como microcosmos en el que se representa, a escala doméstica, el choque entre lo cotidiano y lo trascendente.

El narrador es omnisciente en tercera persona, pero practica una omnisciencia muy particular: no explica, no interpreta y rara vez accede al interior de los personajes. Refiere los hechos con la misma naturalidad con que consignaría el clima, tratando los prodigios como sucesos comprobables y las creencias populares como información fiable. Este narrador no jerarquiza: la fiebre del niño, la pestilencia de los cangrejos, las alas del viejo y el diagnóstico de la vecina ocupan el mismo plano. Esa igualación tonal es uno de los resortes maestros del realismo mágico garciamarquiano; el lector acepta el ángel porque el narrador jamás se detiene a justificarlo. La voz tiene además un matiz discretamente irónico que se filtra en adjetivos y digresiones: «egregia dignidad de los ángeles», «almuerzos papales», «murciélago sideral», «desorden de naufragio». Esas chispas de humor verbal descalifican sin aspavientos a los personajes y matizan lo que el narrador finge reportar con imparcialidad.

Entre los temas que atraviesan el cuento destacan varios. El primero es la degradación de lo sagrado en una sociedad que ha perdido la capacidad de asombro: el ángel no provoca una revelación, provoca una recaudación. El segundo es la hostilidad del mundo hacia lo distinto; la comunidad no sabe qué hacer con el forastero y opta por cosificarlo, enjaularlo y explotarlo, antes de acabar ignorándolo. El tercero es la crítica a la religiosidad institucional y a su burocracia: la correspondencia del padre Gonzaga con Roma, con sus preguntas bizantinas sobre el ombligo y el arameo, es una caricatura precisa del formalismo eclesiástico. El cuarto es la competencia entre narrativas: la mujer araña gana la batalla del espectáculo porque cuenta una historia con moraleja, mientras que el ángel se niega a significar nada; la página sugiere, con agudeza, que el público prefiere un relato comprensible a un misterio verdadero. Hay, por debajo de todo ello, una reflexión sobre la vejez, la paciencia y la dignidad del que no se deja interpretar.

El estilo es característico del García Márquez de los años setenta: frases largas, de respiración amplia, organizadas por comas y conjunciones que acumulan imágenes sin perder claridad. Abundan las enumeraciones heterogéneas —los enfermos que acuden al pueblo, los milagros equivocados— que funcionan como pequeños inventarios de lo absurdo. Las metáforas y comparaciones son casi siempre físicas y humildes: el ángel parece «una enorme gallina decrépita», se mueve «con mansedumbre de perro sin ilusiones», se sostiene en el aire «con un azaroso aleteo de buitre senil». Esa imaginería rebaja deliberadamente la figura angélica, negándole todo atributo luminoso para acercarla a lo animal y lo perecedero. El hallazgo del «polvo lunar» mezclado con el estiércol del gallinero resume la poética del cuento: lo cósmico y lo escatológico conviven sin jerarquía.

El tono general es tragicómico, con un ritmo que alterna escenas de bullicio —el patio convertido en feria, la multitud arrojando piedras— con remansos contemplativos en los que el ángel aparece inmóvil bajo el sol o cantando canciones de navegante bajo las estrellas. Esa respiración doble, entre el guirigay del pueblo y el silencio del cautivo, sostiene emocionalmente el relato. La ironía se mantiene constante, pero nunca se vuelve cínica; hay piedad en la mirada del narrador, especialmente hacia el viejo alado, descrito una y otra vez a través de su decrepitud, sus enfermedades y sus pocos dientes.

Entre las técnicas literarias más notables figura la hipérbole serena, heredada de la novela corta caribeña: los peregrinos llegan «hasta el otro lado del horizonte», los latidos del corazón de una enferma ya no alcanzan a contarse con números, las cartas vaticanas irían y vendrían «hasta el fin de los siglos». La exageración se presenta con tal naturalidad que deja de parecer hipérbole y pasa a formar parte del orden del mundo. Aparecen también la antítesis —el ángel celestial frente a la mujer araña, la grandeza esperada frente a la miseria mostrada—, el contrapunto entre espectáculos rivales, y una forma de elipsis por la cual los años pasan entre dos líneas. El detalle mínimo, en cambio, se dilata con paciencia: que Elisenda esté cortando cebolla cuando el ángel alza el vuelo es una elección deliberada, porque devuelve el milagro al terreno del trabajo doméstico y niega cualquier solemnidad final.

Acaso lo más interesante del cuento sea su negativa a ofrecer una clave unívoca. El ángel no es explicado, no es entendido y no se va por ninguna razón comprensible; simplemente recupera el vuelo cuando le crecen plumas nuevas, y desaparece. Esa resistencia a la interpretación es también una lección sobre cómo leer. García Márquez construye una criatura que obliga al lector a hacer lo que los personajes no hicieron: mirarla sin reducirla, sostener el asombro sin convertirlo en espectáculo, aceptar que lo extraordinario puede presentarse bajo la forma de un viejo sucio que huele a intemperie y no hablar ninguna lengua conocida. En ese gesto, discreto y perfectamente calibrado, el cuento sigue abriéndose décadas después a nuevas lecturas, tanto como parábola sobre la fe y el poder como ejercicio sobre los límites de la imaginación humana.

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Gabriel García Márquez - Un señor muy viejo con unas alas enormes. Resumen y análisis literario
  • Autor: Gabriel García Márquez
  • Título: Un señor muy viejo con unas alas enormes
  • Publicado en: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972)

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