Bartleby, el escribiente

Herman Melville

Putnam's Magazine, noviembre-diciembre de 1853

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

74 min de lectura
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Sinopsis: «Bartleby, el escribiente» (Bartleby, the Scrivener) es un cuento de Herman Melville, publicado entre noviembre y diciembre de 1853 en Putnam’s Magazine e incluido luego en The Piazza Tales (1856). Un abogado de Wall Street, acostumbrado a una vida metódica y sin sobresaltos, contrata como copista a Bartleby, un joven pálido y silencioso que al principio demuestra una extraordinaria dedicación al trabajo. Todo cambia cuando, al pedirle que coteje unos documentos, el escribiente responde con una fórmula desconcertante: «Preferiría no hacerlo». Desde entonces, cada nuevo requerimiento tropieza con la serena negativa de Bartleby, que comienza a desestabilizar la rutina de la oficina y la tranquilidad de su jefe.

Herman Melville - Bartleby, el escribiente

Bartleby, el escribiente

UNA HISTORIA DE WALL STREET
Herman Melville
(Cuento completo)

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Soy un hombre ya entrado en años. La naturaleza de mis ocupaciones, durante las últimas tres décadas, me ha puesto en contacto más que habitual con una clase de hombres interesante y en cierto modo singular, de la que, hasta donde sé, nada se ha escrito todavía: me refiero a los copistas judiciales, o escribientes. He conocido a muchísimos de ellos, tanto profesional como personalmente, y, si me placiera, podría referir diversas historias ante las cuales los caballeros bondadosos sonreirían y las almas sentimentales llorarían. Pero dejo a un lado las biografías de todos los demás escribientes para narrar unos pocos episodios de la vida de Bartleby, que fue escribiente, y el más extraño que yo haya visto o del que haya oído hablar. De otros copistas podría escribir vidas completas; con Bartleby nada semejante es posible. Creo que no existe material para una biografía plena y satisfactoria de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada puede averiguarse sino a partir de las fuentes originales, y en su caso esas fuentes son muy escasas. Lo que mis propios ojos, asombrados, vieron de Bartleby es todo lo que sé de él, salvo, en efecto, cierto vago rumor que aparecerá más adelante.

Antes de presentar al escribiente tal como se apareció ante mí por primera vez, conviene que diga algo acerca de mí mismo, de mis empleados, de mis asuntos, de mi oficina y de cuanto me rodeaba; pues alguna descripción de este género es indispensable para comprender debidamente al personaje principal que voy a presentar. Para empezar: soy un hombre que, desde la juventud, vive convencido de que la manera más fácil de vivir es la mejor. Por eso, aunque pertenezco a una profesión proverbialmente enérgica y nerviosa, a veces hasta turbulenta, jamás he permitido que nada de eso perturbe mi paz. Soy uno de esos abogados sin ambición que nunca se dirigen a un jurado ni buscan por medio alguno el aplauso público; en la fresca tranquilidad de un retiro confortable, atiendo discretos negocios relacionados con bonos, hipotecas y títulos de propiedad de hombres ricos. Todos los que me conocen me tienen por un hombre eminentemente seguro. El difunto John Jacob Astor, personaje poco propenso al entusiasmo poético, no vacilaba en declarar que mi primera gran virtud era la prudencia y la segunda, el método. No digo esto por vanidad; me limito a consignar el hecho de que el difunto John Jacob Astor no desdeñó mis servicios profesionales: nombre que, lo confieso, me gusta repetir, porque tiene un sonido redondo y orbicular, y resuena como oro en barras. Añadiré francamente que yo no era insensible a la buena opinión del difunto John Jacob Astor.

Algún tiempo antes del período en que comienza esta breve historia, mis ocupaciones habían aumentado considerablemente. Me habían conferido el antiguo puesto, hoy extinguido en el estado de Nueva York, de Oficial del Tribunal de Equidad. No era un empleo muy arduo, pero estaba muy bien remunerado. Rara vez pierdo los estribos; menos aún me dejo arrastrar por una peligrosa indignación ante agravios y atropellos; pero aquí se me permitirá hablar con imprudente franqueza y declarar que considero la súbita y violenta supresión, por la nueva Constitución, del puesto de Oficial del Tribunal de Equidad como un acto… prematuro, pues yo había contado con disfrutar de sus beneficios durante toda la vida y solo los percibí durante unos pocos años. Pero esto no viene al caso.

Mi oficina estaba en un piso alto del número X de Wall Street. Por un extremo daba a la pared blanca del interior de un amplio conducto de tragaluz que atravesaba el edificio de arriba abajo.

Aquella perspectiva podía considerarse más bien monótona, desprovista de lo que los paisajistas llaman «vida». Pero, si así era, el extremo opuesto de mi oficina ofrecía al menos un contraste, aunque nada más. En esa dirección, las ventanas daban sin obstáculo a una alta pared de ladrillo, ennegrecida por los años y por una sombra perpetua; pared cuyas bellezas ocultas no exigían catalejo para descubrirse, pues, para beneficio de todos los espectadores miopes, se alzaba a menos de tres metros de los cristales. Debido a la gran altura de los edificios vecinos y a que mi oficina estaba en el segundo piso, el espacio entre aquella pared y la mía se parecía bastante a una enorme cisterna cuadrada.

En el período inmediatamente anterior a la llegada de Bartleby, tenía a mi servicio dos copistas y un prometedor muchacho para los mandados. El primero, Turkey; el segundo, Nippers; el tercero, Ginger Nut. Tal vez parezcan nombres que no suelen encontrarse en las guías. En realidad eran apodos que mis tres empleados se habían impuesto mutuamente y que consideraban expresivos de sus respectivas personas o caracteres. Turkey era un inglés bajo y rechoncho, más o menos de mi edad; es decir, no muy lejos de los sesenta. Por la mañana, podría decirse que su rostro lucía un agradable tono sonrosado; pero después de las doce —su hora de almuerzo— ardía como una parrilla repleta de carbones navideños, y seguía ardiendo, aunque con un gradual decaimiento, hasta aproximadamente las seis de la tarde; después de lo cual ya no veía al dueño de aquel rostro, que, alcanzando su cenit con el sol, parecía ponerse junto con él, para volver a alzarse, culminar y declinar al día siguiente con la misma regularidad y la misma gloria. Muchas coincidencias singulares he conocido en el curso de mi vida, y no era la menor de ellas que, justo cuando Turkey desplegaba los rayos más intensos de su rojo y radiante semblante, comenzaba también el período diario durante el cual yo consideraba seriamente alterada su capacidad de trabajo hasta el fin de la jornada. No es que se volviera enteramente ocioso o reacio al trabajo; nada de eso. El problema era que se tornaba excesivamente enérgico. Había en él una actividad extraña, inflamada, atropellada y alocadamente temeraria. Mojaba la pluma en el tintero sin el menor cuidado. Todos los borrones que estampaba en mis documentos aparecían después de las doce del día. Y no solo era imprudente y tristemente propenso a los borrones durante la tarde: algunos días iba más lejos y se volvía bastante ruidoso. En tales ocasiones, además, su cara ardía con un fulgor aún más vivo, como si se hubiera amontonado carbón bituminoso sobre antracita. Armaba un estrépito desagradable con la silla; derramaba la caja de arena; al cortar las plumas, las partía impacientemente y las arrojaba al suelo en un súbito arrebato; se levantaba y se inclinaba sobre la mesa, desparramando sus papeles de la manera más indecorosa: triste espectáculo en un hombre de su edad. Sin embargo, como en muchos sentidos era para mí una persona de gran valor y, durante toda la mañana, el ser más rápido y constante, capaz de realizar una enorme cantidad de trabajo con una eficacia difícil de igualar, estaba dispuesto a pasar por alto sus excentricidades, aunque de vez en cuando, ciertamente, me veía obligado a reprenderlo. Lo hacía con mucha suavidad, porque, si por la mañana era el más cortés, incluso el más afable y respetuoso de los hombres, por la tarde, a la menor provocación, tendía a mostrarse algo imprudente con la lengua; en una palabra, insolente. Así pues, apreciando como apreciaba sus servicios matutinos y resuelto a no perderlos, pero sintiéndome al mismo tiempo incómodo con sus maneras inflamadas después del mediodía, y siendo yo un hombre pacífico, poco dispuesto a provocar con mis amonestaciones respuestas inconvenientes, un sábado al mediodía —los sábados siempre estaba peor— me permití insinuarle, con suma amabilidad, que tal vez, ahora que empezaba a envejecer, le convendría abreviar su jornada; en pocas palabras, que ya no necesitaba venir a la oficina después de las doce, sino que, terminado el almuerzo, haría mejor en regresar a su alojamiento y descansar hasta la hora del té. Pero no: insistió en cumplir religiosamente con sus labores vespertinas. Su semblante se encendió intolerablemente mientras me aseguraba con elocuencia, gesticulando con una larga regla desde el otro extremo del cuarto, que si sus servicios eran útiles por la mañana, ¡cuánto más indispensables serían por la tarde!

—Con todo respeto, señor —dijo Turkey en aquella ocasión—, me considero su mano derecha. Por la mañana no hago sino ordenar y desplegar mis columnas; pero por la tarde me pongo a la cabeza y cargo valientemente contra el enemigo, así —y lanzó una violenta estocada con la regla.

—Pero los borrones, Turkey —insinué.

—Es verdad; pero, con todo respeto, señor, ¡mire estas canas! Estoy envejeciendo. Sin duda, señor, uno o dos borrones en una tarde calurosa no son motivo para tratar con tanta severidad a estas canas. La vejez, aunque manche la página, es honorable. Con todo respeto, señor, los dos estamos envejeciendo.

Este llamado a mi solidaridad era casi irresistible. En todo caso, vi que no se iría. Decidí, pues, dejarlo quedarse, resolviendo, sin embargo, que durante la tarde solo tendría a su cargo los documentos de menor importancia.

Nippers, el segundo de mi lista, era un joven de unos veinticinco años, patilludo, cetrino y, en conjunto, con cierto aspecto de pirata. Siempre lo tuve por víctima de dos fuerzas malignas: la ambición y la indigestión. La ambición se revelaba en cierta impaciencia ante los deberes de simple copista y en una injustificada usurpación de asuntos estrictamente profesionales, como la redacción original de documentos legales. La indigestión se anunciaba en ocasionales accesos de irritabilidad nerviosa y sardónica, que lo hacían rechinar audiblemente los dientes por los errores cometidos al copiar; en maldiciones innecesarias, silbadas más que pronunciadas en el ardor del trabajo; y, sobre todo, en una continua inconformidad con la altura de la mesa en la que escribía. A pesar de su notable ingenio mecánico, Nippers nunca conseguía que aquella mesa quedara a su gusto. Le ponía debajo astillas de madera, pequeños calzos de distintos tamaños y trozos de cartón, y llegó incluso a intentar un ajuste minucioso con pedacitos de papel secante doblado. Pero ningún recurso servía. Si, para aliviar la espalda, levantaba la cubierta de la mesa en un ángulo pronunciado, casi hasta el mentón, y escribía allí como un hombre que utilizara de escritorio el empinado tejado de una casa holandesa, declaraba que aquello le cortaba la circulación de los brazos. Si, por el contrario, bajaba la mesa hasta la cintura y se inclinaba para escribir, le dolía terriblemente la espalda. En suma, la verdad era que Nippers no sabía lo que quería. O, si quería algo, era verse libre para siempre de una mesa de copista. Entre las manifestaciones de su enfermiza ambición estaba la afición a recibir visitas de ciertos sujetos de aspecto equívoco y levitas raídas, a quienes llamaba sus clientes. Yo sabía, en efecto, que además de interesarse bastante, a ratos, por la política del distrito, hacía ocasionalmente algún negocio en los juzgados menores y no era desconocido en las escalinatas de la cárcel de las Tumbas. Tengo buenas razones para creer, sin embargo, que cierto individuo que lo visitaba en mi oficina y a quien, con gran aparato, insistía en presentar como cliente suyo, no era sino un cobrador, y la supuesta escritura, una cuenta. Pero, con todos sus defectos y las molestias que me ocasionaba, Nippers, como su compatriota Turkey, me era muy útil: escribía con letra limpia y veloz y, cuando quería, no carecía de cierto porte distinguido. Además, siempre vestía como un caballero y, de paso, daba lustre a mi oficina. Con Turkey, en cambio, tenía mucho trabajo para impedir que me desacreditara. Su ropa solía verse grasienta y oler a cocina de fonda. En verano llevaba pantalones muy anchos y abolsados. Sus abrigos eran execrables; su sombrero, intocable. Pero el sombrero me importaba poco, pues su natural cortesía y deferencia, como inglés subordinado, lo llevaban siempre a quitárselo en cuanto entraba en el cuarto; el abrigo era otra cosa. Hablé con él sobre sus abrigos, pero sin resultado alguno. La verdad era, supongo, que un hombre de ingresos tan escasos no podía permitirse lucir al mismo tiempo un rostro resplandeciente y un abrigo resplandeciente. Como observó Nippers una vez, el dinero de Turkey se iba principalmente en tinta roja. Un día de invierno le regalé a Turkey un abrigo mío de apariencia sumamente respetable: un abrigo gris, acolchado, muy confortable y abrigado, que se abotonaba rectamente desde las rodillas hasta el cuello. Pensé que Turkey apreciaría el favor y moderaría su imprudencia y sus alborotos vespertinos. Pero no; estoy firmemente convencido de que verse abotonado dentro de un abrigo tan mullido y cálido tuvo sobre él un efecto pernicioso, de acuerdo con el mismo principio por el cual demasiada avena les hace mal a los caballos. En efecto, tal como se dice que un caballo fogoso e impaciente siente la avena que ha comido, así Turkey sentía su abrigo. Lo volvía insolente. Era un hombre a quien la prosperidad perjudicaba.

Aunque respecto de los hábitos indulgentes de Turkey yo tenía mis sospechas privadas, en cuanto a Nippers estaba bien persuadido de que, cualesquiera que fueran sus defectos en otros aspectos, al menos era un joven sobrio. Pero la naturaleza misma parecía haber sido su vinatera, y haberlo cargado desde el nacimiento con un temperamento tan irritable y aguardentoso que toda bebida posterior resultaba innecesaria. Cuando pienso en cómo, en medio de la quietud de mi oficina, Nippers se levantaba a veces impaciente de su asiento y, encorvándose sobre la mesa, extendía los brazos, aferraba el escritorio entero y lo movía y sacudía sobre el suelo con un sombrío rechinar, como si aquella mesa fuera un agente perverso y voluntarioso empeñado en contrariarlo y mortificarlo, comprendo con claridad que para Nippers el aguardiente con agua era del todo superfluo.

Era una fortuna para mí que, debido a su peculiar causa —la indigestión—, la irritabilidad y consiguiente nerviosidad de Nippers fueran visibles sobre todo por la mañana, mientras que por la tarde estaba comparativamente apacible. De modo que, como los paroxismos de Turkey solo comenzaban hacia las doce, nunca tenía que enfrentar las excentricidades de ambos al mismo tiempo. Sus accesos se relevaban como guardias. Cuando el de Nippers estaba de servicio, el de Turkey estaba de descanso, y viceversa. Dadas las circunstancias, era un buen arreglo natural.

Ginger Nut, el tercero de mi lista, era un muchacho de unos doce años. Su padre era carretero y aspiraba a ver a su hijo, antes de morir, en los tribunales en vez de sobre un pescante. Por eso lo envió a mi oficina como estudiante de derecho, mandadero, limpiador y barrendero, a razón de un dólar por semana. Tenía un pequeño escritorio propio, pero no lo usaba mucho. Al inspeccionar el cajón, se descubría un gran surtido de cáscaras de toda clase de nueces. En efecto, para aquel muchacho despierto, toda la noble ciencia del derecho cabía en una cáscara de nuez. Entre las ocupaciones de Ginger Nut, y no la menos importante, la que desempeñaba con mayor diligencia era la de proveedor de pasteles y manzanas para Turkey y Nippers. Como copiar documentos legales es una tarea proverbialmente seca, mis dos escribientes se humedecían la boca con mucha frecuencia con manzanas Spitzenberg, que podían comprarse en los numerosos puestos cercanos a la Aduana y al Correo. También mandaban a Ginger Nut a buscar muy a menudo aquel bizcocho peculiar —pequeño, plano, redondo y muy especiado— por el cual le habían dado su apodo. En las mañanas frías, cuando escaseaba el trabajo, Turkey devoraba docenas de esos bizcochos como si fueran simples obleas —en realidad, se vendían a seis u ocho por un centavo—, y el raspar de su pluma se mezclaba con el crujido de las partículas crocantes entre sus dientes. De todos los fogosos desatinos y atropellos vespertinos de Turkey, el peor fue una vez que humedeció entre los labios un bizcocho de jengibre y lo estampó sobre una hipoteca a modo de sello. Estuve a punto de despedirlo. Pero me apaciguó con una reverencia oriental y estas palabras:

—Con todo respeto, señor, ha sido generoso de mi parte proporcionarle material de escritorio a mis expensas.

Ahora bien, mi actividad original —la de redactar escrituras de compraventa, investigar títulos y preparar documentos recónditos de toda clase— había aumentado considerablemente con la obtención del puesto en el Tribunal de Equidad. Había ahora muchísimo trabajo para los escribientes. No solo debía exigir más de los empleados que ya tenía, sino contratar ayuda adicional.

En respuesta a mi aviso, una mañana se presentó en el umbral de mi oficina un joven que se mantenía inmóvil; la puerta estaba abierta, pues era verano. Todavía puedo ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, incurablemente desolada! Era Bartleby.

Después de unas breves palabras acerca de sus aptitudes, lo contraté, satisfecho de incorporar a mi cuerpo de copistas a un hombre de aspecto tan singularmente sereno, que, pensé, podría ejercer una influencia benéfica sobre el temperamento atolondrado de Turkey y el fogoso de Nippers.

Debí decir antes que unas puertas plegadizas de vidrio esmerilado dividían mis dependencias en dos partes: una ocupada por mis escribientes y la otra por mí. Según mi ánimo, abría o cerraba esas puertas. Resolví asignar a Bartleby un rincón junto a las puertas plegadizas, pero de mi lado, para tener a aquel hombre tranquilo al alcance de la voz en caso de necesitarlo para algún encargo menor. Instalé su escritorio junto a una ventanita lateral, que en un principio había permitido ver de soslayo ciertos patios traseros mugrientos y paredes de ladrillo, pero que, debido a construcciones posteriores, ya no dominaba vista alguna, aunque dejaba entrar algo de luz. A menos de un metro de los cristales se alzaba una pared, y la luz descendía desde muy arriba, entre dos edificios elevados, como a través de la diminuta abertura de una cúpula. Para completar satisfactoriamente el arreglo, conseguí un alto biombo verde plegable, que podía aislar por completo a Bartleby de mi vista sin apartarlo de mi voz. Así, en cierto modo, quedaban unidas la privacidad y la compañía.

Al principio, Bartleby produjo una cantidad extraordinaria de escritura. Como si llevara mucho tiempo hambriento de algo que copiar, parecía atracarse con mis documentos. No había pausa para digerir. Trabajaba día y noche, copiando a la luz del sol y a la luz de las velas. Su aplicación me habría complacido mucho si hubiese sido un trabajador alegre. Pero escribía en silencio, pálido, como una máquina.

Es, por supuesto, parte indispensable del oficio de escribiente verificar, palabra por palabra, la exactitud de una copia. Cuando hay dos o más escribientes en una oficina, se ayudan mutuamente en ese examen: uno lee la copia y el otro sostiene el original. Es un asunto muy tedioso, fatigoso y soporífero. Puedo imaginar fácilmente que para ciertos temperamentos sanguíneos resultaría absolutamente intolerable. Por ejemplo, no puedo imaginar al impetuoso poeta Byron sentado pacientemente junto a Bartleby para cotejar un documento legal de, digamos, quinientas páginas, cubiertas de una letra menuda y apretada.

De vez en cuando, cuando el trabajo apremiaba, acostumbraba a ayudar yo mismo a cotejar algún documento breve, llamando para ello a Turkey o a Nippers. Uno de mis propósitos al colocar a Bartleby tan cerca de mí, detrás del biombo, era disponer de sus servicios en ocasiones menores como esas. Creo que fue al tercer día de estar conmigo, y antes de que surgiera necesidad alguna de revisar su propia escritura, cuando, muy apurado por terminar un pequeño asunto que tenía entre manos, llamé bruscamente a Bartleby. En mi prisa y mi natural expectativa de una obediencia inmediata, permanecía sentado con la cabeza inclinada sobre el original que tenía en el escritorio y con la mano derecha extendida de costado, un tanto nerviosamente, sosteniendo la copia, para que Bartleby, en cuanto saliera de su retiro, pudiera tomarla y ponerse a trabajar sin la menor demora.

En esa misma postura estaba cuando lo llamé y le indiqué rápidamente lo que quería que hiciera: cotejar conmigo un breve escrito. Imaginen mi sorpresa, más aún, mi consternación, cuando, sin moverse de su retiro, Bartleby respondió con una voz singularmente suave y firme:

—Preferiría no hacerlo.

Permanecí un rato en perfecto silencio, tratando de recobrar mis aturdidas facultades. De inmediato se me ocurrió que mis oídos me habían engañado o que Bartleby había entendido mal mis palabras. Repetí mi petición en el tono más claro que pude adoptar; pero, con la misma claridad, recibí la respuesta anterior:

—Preferiría no hacerlo.

—¿Preferiría no hacerlo? —repetí como un eco, levantándome muy alterado y cruzando el cuarto de una zancada—. ¿Qué quiere decir? ¿Ha perdido la razón? Necesito que me ayude a cotejar esta página. Tome —y se la tendí.

—Preferiría no hacerlo —dijo.

Lo miré fijamente. Su rostro era flaco y sereno; sus ojos grises, vagamente tranquilos. Ni un pliegue de agitación lo perturbaba. Si hubiera habido en su actitud la menor inquietud, enojo, impaciencia o impertinencia; en otras palabras, si hubiera habido en él algo normalmente humano, sin duda lo habría echado bruscamente de mi oficina. Pero, tal como estaban las cosas, antes habría pensado en echar a la calle mi pálido busto de yeso de Cicerón. Permanecí contemplándolo un rato mientras continuaba con su escritura, y luego volví a sentarme ante mi escritorio. Esto es muy extraño, pensé. ¿Qué será mejor hacer? Pero mis asuntos me apremiaban. Decidí olvidar la cuestión por el momento y reservarla para algún ocio futuro. Así que llamé a Nippers desde el otro cuarto, y el documento fue rápidamente cotejado.

A los pocos días, Bartleby terminó cuatro documentos extensos: copias cuadruplicadas del testimonio recogido durante una semana ante mí en el Tribunal de Equidad. Era necesario cotejarlas. El pleito era importante y la mayor exactitud resultaba indispensable. Una vez dispuesto todo, llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut desde el cuarto contiguo, con la intención de poner las cuatro copias en manos de mis cuatro empleados, mientras yo leía el original. Turkey, Nippers y Ginger Nut ya se habían sentado en fila, cada uno con su documento en la mano, cuando llamé a Bartleby para que se uniera a este interesante grupo.

—¡Bartleby! Rápido, estoy esperando.

Oí el lento raspar de las patas de su silla sobre el suelo sin alfombra, y pronto apareció de pie a la entrada de su ermita.

—¿Qué desea? —dijo apaciblemente.

—Las copias, las copias —dije apresuradamente—. Vamos a cotejarlas. Tome —y le tendí la cuarta copia.

—Preferiría no hacerlo —dijo, y desapareció mansamente detrás del biombo.

Por unos momentos me convertí en una columna de sal, de pie a la cabeza de mi hilera de empleados sentados. Cuando me repuse, avancé hacia el biombo y exigí saber la razón de tan extraordinaria conducta.

—¿Por qué se niega?

—Preferiría no hacerlo.

Con cualquier otro hombre habría estallado de inmediato en un terrible arrebato de ira, habría desdeñado toda explicación y lo habría expulsado ignominiosamente de mi presencia. Pero había algo en Bartleby que no solo me desarmaba de un modo extraño, sino que, de manera prodigiosa, me conmovía y desconcertaba. Comencé a razonar con él.

—Son sus propias copias las que vamos a cotejar. Esto le ahorra trabajo, porque un solo cotejo servirá para sus cuatro documentos. Es la costumbre. Todo copista está obligado a ayudar a revisar su copia. ¿No es así? ¿No va a hablar? ¡Conteste!

—Prefiero no hacerlo —respondió con voz aflautada. Me pareció que, mientras yo le hablaba, sopesaba cuidadosamente cada afirmación que yo hacía; comprendía plenamente su sentido; no podía negar la conclusión irresistible; pero que, al mismo tiempo, alguna consideración superior lo inducía a responder como lo hacía.

—¿Está decidido, entonces, a no acceder a mi petición, una petición dictada por la costumbre y el sentido común?

Me dio a entender brevemente que, en ese punto, mi juicio era acertado. Sí: su decisión era irrevocable.

No es raro que un hombre, cuando se ve avasallado de una manera insólita y escandalosamente contraria al sentido común, empiece a dudar hasta de sus convicciones más firmes. Comienza a sospechar vagamente que, por increíble que parezca, toda la justicia y toda la razón están de la otra parte. Por consiguiente, si hay presentes personas imparciales, se vuelve hacia ellas en busca de algún apoyo para su juicio vacilante.

—Turkey —dije—, ¿qué piensa de esto? ¿No le parece que estoy en lo cierto?

—Con todo respeto, señor —dijo Turkey en su tono más afable—, así me lo parece.

—Nippers —dije—, ¿qué opina usted?

—Yo lo sacaría a patadas de la oficina.

(El lector de fina percepción advertirá aquí que, por ser de mañana, la respuesta de Turkey está formulada en términos corteses y tranquilos, mientras que Nippers responde con mal humor. O, para repetir una frase anterior, el malhumor de Nippers estaba de servicio y el de Turkey, de descanso.)

—Ginger Nut —dije, deseoso de obtener a mi favor hasta el sufragio más mínimo—, ¿qué opinas ?

—Creo, señor, que está un poco chiflado —respondió Ginger Nut con una mueca.

—Ya oye lo que dicen —dije, volviéndome hacia el biombo—. Salga y cumpla con su deber.

Pero no se dignó responder. Reflexioné un momento, presa de dolorosa perplejidad. Pero una vez más los asuntos me apremiaban. Decidí nuevamente aplazar la consideración de este dilema hasta algún ocio futuro. Con un poco de dificultad conseguimos cotejar los documentos sin Bartleby, aunque cada página o dos Turkey dejaba caer deferentemente su opinión de que aquel procedimiento era muy poco usual, mientras Nippers, retorciéndose en la silla con nerviosidad dispéptica, mascullaba entre los dientes apretados alguna que otra maldición contra el obstinado necio tras el biombo. Para él, aquella era la primera y la última vez que haría gratis el trabajo de otro.

Entretanto, Bartleby permanecía en su ermita, ajeno a todo salvo a su propia y peculiar ocupación.

Pasaron algunos días, durante los cuales el escribiente estuvo ocupado en otro trabajo extenso. Su reciente y notable conducta me llevó a observar atentamente sus hábitos. Advertí que nunca iba a almorzar; en realidad, que nunca iba a ninguna parte. Hasta entonces, por lo que yo había visto, jamás había estado fuera de mi oficina. Era un centinela permanente en su rincón. Sin embargo, hacia las once de la mañana, observaba que Ginger Nut se acercaba a la abertura del biombo de Bartleby, como llamado por una seña silenciosa que yo no alcanzaba a ver desde mi escritorio. El muchacho abandonaba entonces la oficina haciendo tintinear unas monedas, y regresaba con un puñado de bizcochos de jengibre, que entregaba en la ermita, recibiendo dos por su molestia.

Entonces vive de bizcochos de jengibre, pensé; nunca hace una comida propiamente dicha; debe de ser vegetariano; pero no, porque ni siquiera come verduras: solo come bizcochos de jengibre. Mi mente se entregó entonces a divagaciones sobre los probables efectos que tendría en la constitución humana vivir exclusivamente de esos bizcochos. Se llaman así porque contienen jengibre como uno de sus ingredientes peculiares y como el que les da el sabor definitivo. Ahora bien, ¿qué es el jengibre? Algo caliente y picante. ¿Era Bartleby caliente y picante? En absoluto. El jengibre, por tanto, no producía efecto alguno en Bartleby. Probablemente él prefería que no lo produjera.

Nada exaspera tanto a una persona seria como la resistencia pasiva. Si quien encuentra esa resistencia no es de temperamento inhumano, y si quien resiste es perfectamente inofensivo en su pasividad, entonces, en sus mejores momentos, el primero procurará caritativamente que su imaginación interprete aquello que su juicio no consigue resolver. Así consideraba yo, la mayor parte del tiempo, a Bartleby y sus maneras. ¡Pobre hombre!, pensaba; no pretende hacer daño; está claro que no obra por insolencia; su aspecto demuestra suficientemente que sus excentricidades son involuntarias. Me es útil. Puedo arreglármelas con él. Si lo echo, probablemente caerá en manos de un patrón menos indulgente, que lo tratará con rudeza y quizá lo arroje a morir miserablemente de hambre. Sí. Aquí puedo procurarme, a muy bajo costo, la deliciosa satisfacción de estar contento conmigo mismo. Hacerme amigo de Bartleby y consentirlo en su extraña obstinación me costará poco o nada, mientras atesoro en mi interior lo que acabará siendo un dulce bocado para mi conciencia. Pero este estado de ánimo no era constante en mí. La pasividad de Bartleby me irritaba a veces. Me sentía extrañamente incitado a provocarlo con nuevas exigencias, a arrancarle alguna chispa de cólera que respondiera a la mía. Pero, en verdad, lo mismo habría dado intentar sacar fuego golpeando con los nudillos un pedazo de jabón Windsor. Hasta que una tarde el impulso maligno se apoderó de mí, y tuvo lugar la siguiente escena:

—Bartleby —le dije—, cuando haya copiado todos esos documentos, los revisaré con usted.

—Preferiría no hacerlo.

—¿Cómo? ¿De veras pretende persistir en ese capricho obstinado?

Silencio.

Abrí las puertas plegadizas y, volviéndome a Turkey y a Nippers, exclamé:

—Bartleby dice por segunda vez que no examinará sus documentos. ¿Qué opina de eso, Turkey?

Era por la tarde, recuérdese. Turkey resplandecía como una caldera de bronce; su cabeza calva humeaba; sus manos se agitaban entre sus papeles llenos de borrones.

—¿Qué opino? —rugió Turkey—. ¡Opino que voy a meterme detrás de su biombo y a dejarle los ojos negros!

Diciendo esto, Turkey se puso de pie y alzó los brazos en actitud pugilística. Ya se precipitaba a cumplir su promesa cuando lo detuve, alarmado por el efecto de haber despertado imprudentemente su combatividad después del almuerzo.

—Siéntese, Turkey —le dije—, y escuche lo que Nippers tiene que decir. ¿Qué opina usted, Nippers? ¿No estaría plenamente justificado que despidiera de inmediato a Bartleby?

—Perdóneme, señor, eso debe decidirlo usted. Creo que su conducta es muy insólita y, en efecto, injusta con Turkey y conmigo. Pero quizá solo sea un capricho pasajero.

—¡Ah! —exclamé—. Qué extraño cambio de opinión. Ahora habla de él con mucha indulgencia.

—Es la cerveza —gritó Turkey—. Esa indulgencia es efecto de la cerveza. Nippers y yo almorzamos juntos hoy. Ya ve usted qué indulgente estoy yo también, señor. ¿Voy y le dejo los ojos negros?

—Se refiere a Bartleby, supongo. No, hoy no, Turkey —respondí—. Por favor, baje los puños.

Cerré las puertas y me acerqué de nuevo a Bartleby. Sentía nuevas tentaciones de precipitarme hacia mi destino. Ardía en deseos de que volviera a rebelarse contra mí. Recordé que Bartleby nunca salía de la oficina.

—Bartleby —le dije—, Ginger Nut no está. Acérquese al Correo, ¿quiere? —quedaba apenas a tres minutos a pie—, y vea si hay algo para mí.

—Preferiría no hacerlo.

—¿No quiere ir?

—Prefiero no ir.

Me tambaleé hasta mi escritorio y me senté allí, sumido en profundas reflexiones. Mi ciega obstinación volvió a apoderarse de mí. ¿Habría alguna otra cosa que pudiera pedirle, solo para verme ignominiosamente rechazado por aquel pobre diablo flaco y sin un centavo? ¡Por mi propio empleado! ¿Qué otra tarea perfectamente razonable se negaría con toda seguridad a cumplir?

—¡Bartleby!

Silencio.

—¡Bartleby! —en voz más alta.

Silencio.

—¡Bartleby! —vociferé.

Como un verdadero fantasma, obedeciendo las leyes de la invocación mágica, al tercer llamado apareció a la entrada de su ermita.

—Vaya al otro cuarto y dígale a Nippers que venga.

—Preferiría no hacerlo —dijo lenta y respetuosamente, y desapareció mansamente.

—Muy bien, Bartleby —dije en un tono contenido, sereno y severo, dando a entender que estaba firmemente resuelto a tomar muy pronto alguna terrible represalia. En aquel momento, incluso, tenía cierta intención de hacer algo por el estilo. Pero, pensándolo mejor, y como se acercaba la hora de almorzar, me pareció preferible ponerme el sombrero e irme caminando a casa, profundamente perplejo y angustiado.

¿Lo confesaré? El desenlace de todo aquel asunto fue que pronto se dio por sentado en mi oficina que un pálido joven escribiente llamado Bartleby ocupaba allí un escritorio; que copiaba para mí al precio habitual de cuatro centavos por folio —cien palabras—; pero que estaba permanentemente exento de cotejar sus propias copias, tarea que había recaído en Turkey y Nippers, sin duda como homenaje a su mayor agudeza; que, además, el mencionado Bartleby no debía ser enviado, bajo ninguna circunstancia, a cumplir el mandado más insignificante; y que, aunque se le rogara que hiciera algo semejante, todos daban por entendido que «preferiría no hacerlo»; en otras palabras, que se negaría en redondo.

Con el paso de los días, me fui reconciliando bastante con Bartleby. Su constancia, su completa ausencia de vicios, su laboriosidad incesante —salvo cuando decidía quedarse de pie tras el biombo, sumido en una de sus ensoñaciones—, su profunda quietud y la invariabilidad de su actitud en toda circunstancia hacían de él una valiosa adquisición. Un punto fundamental era este: siempre estaba allí; el primero por la mañana, continuamente durante el día y el último por la noche. Yo tenía una singular confianza en su honradez. Sentía que mis documentos más valiosos estaban perfectamente seguros en sus manos. A veces, debo admitirlo, me era sencillamente imposible no estallar contra él en repentinos arrebatos de ira. Pues resultaba sumamente difícil recordar a cada momento aquellas extrañas peculiaridades, privilegios y exenciones inauditas que Bartleby había impuesto tácitamente como condición para permanecer en mi oficina. De vez en cuando, en el apuro por despachar algún asunto urgente, llamaba por descuido a Bartleby, en tono breve y rápido, para que pusiera un dedo, digamos, sobre el lazo de una cinta roja con la que estaba a punto de atar unos papeles. Desde detrás del biombo llegaba, por supuesto, la consabida respuesta: «Preferiría no hacerlo»; y entonces, ¿cómo podía un ser humano, sujeto a las flaquezas comunes de nuestra naturaleza, abstenerse de protestar amargamente contra semejante terquedad, semejante falta de razón? Sin embargo, cada nuevo rechazo de esa especie hacía menos probable que yo volviera a cometer aquel descuido.

Debo decir que, según la costumbre de la mayoría de los abogados que ocupan oficinas en edificios densamente poblados, mi puerta tenía varias llaves. Una la guardaba una mujer que vivía en el ático, que hacía una limpieza a fondo una vez por semana y barría y desempolvaba mis dependencias a diario. Turkey tenía otra, por comodidad. Una tercera solía llevarla yo en el bolsillo. Quién tenía la cuarta, no lo sé.

Un domingo por la mañana se me ocurrió ir a la iglesia de la Trinidad para oír a un célebre predicador, y, como llegué bastante temprano, pensé pasar un momento por mi oficina. Por fortuna llevaba mi llave; pero, al introducirla en la cerradura, encontré resistencia desde dentro. Muy sorprendido, llamé; y para mi consternación vi girar una llave por el otro lado. Asomando su delgado rostro por la puerta entreabierta, apareció Bartleby, en mangas de camisa y con un aspecto extrañamente desaseado, y me dijo con calma que lo sentía, pero que en ese momento estaba muy ocupado y prefería no recibirme. Añadió, en pocas palabras, que tal vez sería mejor que yo diera dos o tres vueltas a la manzana, pues para entonces probablemente habría terminado sus asuntos.

La inesperada aparición de Bartleby, instalado en mi oficina un domingo por la mañana, con aquella desenvoltura caballeresca y cadavérica, pero a la vez firme y dueño de sí, produjo en mí un efecto tan extraño que de inmediato me escabullí de mi propia puerta e hice lo que me pedía. Aun así, sentí varias punzadas de estéril rebeldía ante el suave descaro de aquel incomprensible escribiente. Era sobre todo su asombrosa mansedumbre lo que no solo me desarmaba, sino que, por así decirlo, me reducía a la impotencia. Pues considero que un hombre queda momentáneamente despojado de toda autoridad cuando permite tranquilamente que su empleado le dicte lo que debe hacer y le ordene retirarse de su propia oficina. Además, me llenaba de inquietud no saber qué podría estar haciendo Bartleby allí dentro, en mangas de camisa y en aquel extraño estado de desarreglo. ¿Estaría ocurriendo algo impropio? No; aquello quedaba descartado. Ni por un momento podía concebirse que Bartleby fuese una persona inmoral. Pero entonces, ¿qué podía estar haciendo? ¿Copiando? Tampoco; pues, por excéntrico que fuera, Bartleby era un hombre eminentemente decoroso. Sería la última persona que se sentaría a su escritorio en un estado cercano a la desnudez. Además, era domingo, y había algo en Bartleby que impedía suponer que violaría la santidad de aquel día entregándose a ocupaciones profanas.

Sin embargo, mi ánimo no recobró la calma; lleno de una inquieta curiosidad, regresé por fin a la puerta. Introduje la llave sin obstáculo, abrí y entré. Bartleby no estaba a la vista. Miré con ansiedad alrededor y espié detrás del biombo; pero era evidente que se había marchado. Al examinar el lugar con mayor detenimiento, deduje que, durante un período indefinido, Bartleby debía de haber comido, dormido y vestido en mi oficina, y todo ello sin platos, espejo ni cama. El asiento acolchado de un viejo sofá desvencijado, en un rincón, conservaba la tenue huella de una figura flaca y recostada. Enrollada debajo de su escritorio encontré una manta; bajo la chimenea vacía, una caja de betún y un cepillo; sobre una silla, una palangana de hojalata, jabón y una toalla raída; en un periódico, unas migas de bizcochos de jengibre y un pedazo de queso. Sí, pensé, es evidente que Bartleby ha estado viviendo aquí, instalado como un soltero, completamente solo. De inmediato me atravesó esta idea: ¡qué miserable desamparo y qué soledad se revelan aquí! Su pobreza es grande; pero su soledad, ¡qué espantosa! Piénsenlo. Los domingos, Wall Street está tan desierta como Petra; y cada noche, todos los días, es una desolación. Este edificio, que durante la semana bulle de actividad y vida, al caer la noche retumba de puro vacío, y durante todo el domingo queda abandonado. Aquí es donde Bartleby tiene su hogar; único espectador de una soledad que ha visto poblada, una especie de Mario inocente y transformado, meditando entre las ruinas de Cartago.

Por primera vez en mi vida, una sensación de abrumadora y punzante melancolía se apoderó de mí. Antes nunca había experimentado sino una tristeza no del todo desagradable. El vínculo de una humanidad compartida me arrastraba irresistiblemente a aquella desolación. ¡Una melancolía fraternal! Pues Bartleby y yo éramos hijos de Adán. Recordé las sedas brillantes y los rostros luminosos que había visto aquel día, engalanados, deslizándose como cisnes por el Mississippi de Broadway; y los contrasté con el pálido copista, y pensé para mis adentros: la felicidad busca la luz, por eso creemos que el mundo es alegre; pero la desdicha se esconde lejos de las miradas, por eso creemos que la desdicha no existe. Estas tristes fantasías —quimeras, sin duda, de un cerebro enfermo y necio— me condujeron a pensamientos más concretos acerca de las rarezas de Bartleby. Me asaltaron sombríos presentimientos. Imaginé al pálido escribiente tendido en una mortaja, rodeado de desconocidos indiferentes a su suerte.

De pronto me atrajo el escritorio cerrado de Bartleby, con la llave a la vista en la cerradura.

No me mueve ningún propósito malicioso ni el deseo de satisfacer una curiosidad despiadada, pensé; además, el escritorio es mío y su contenido también, de modo que me atreveré a mirar dentro. Todo estaba metódicamente ordenado; los papeles, pulcramente dispuestos. Los compartimientos eran profundos y, al retirar los legajos archivados, exploré sus rincones. De pronto toqué algo y lo saqué. Era un viejo pañuelo de algodón, pesado y anudado. Lo abrí y descubrí que era una caja de ahorros.

Recordé entonces todos los silenciosos misterios que había observado en aquel hombre. Recordé que nunca hablaba sino para responder; que, aunque a ratos disponía de mucho tiempo libre, jamás lo había visto leer, ni siquiera un periódico; que durante largos intervalos permanecía mirando, desde la desvaída ventana situada detrás del biombo, el muro ciego de ladrillo; estaba seguro de que nunca visitaba fonda ni restaurante alguno, y su semblante exangüe indicaba claramente que jamás bebía cerveza, como Turkey, ni siquiera té o café, como los demás hombres; que, hasta donde yo sabía, nunca iba a ninguna parte; que nunca salía a pasear, salvo quizá en aquel momento; que se había negado a decir quién era, de dónde venía o si tenía algún pariente en el mundo; que, a pesar de su extrema delgadez, jamás se quejaba de mala salud. Y, sobre todo, recordé cierto aire inconsciente de altivez… ¿cómo llamarla?… de una altivez apagada, digamos, o, más bien, de austera reserva, que me había intimidado hasta hacerme aceptar mansamente sus excentricidades, al punto de que temía pedirle el favor más insignificante, aunque su prolongada inmovilidad me permitiera saber que, detrás del biombo, debía de estar de pie, entregado a uno de sus ensimismamientos frente al muro ciego.

Mientras daba vueltas a todas estas cosas y las relacionaba con el reciente descubrimiento de que Bartleby había convertido mi oficina en su residencia permanente y su hogar, sin olvidar tampoco su sombrío abatimiento, empezó a apoderarse de mí cierta cautela. Mis primeras emociones habían sido de pura melancolía y sincera compasión; pero, a medida que el desamparo de Bartleby crecía y crecía en mi imaginación, aquella melancolía se convertía en miedo, y aquella compasión, en repulsión. Tan cierto es, y tan terrible, que hasta cierto punto el pensamiento o la visión de la miseria despiertan nuestros mejores sentimientos; pero, en ciertos casos excepcionales, más allá de ese punto dejan de despertarlos. Se equivocan quienes afirman que esto se debe siempre al egoísmo inherente al corazón humano. Procede más bien de cierta desesperanza ante la posibilidad de remediar un mal tan profundo y arraigado. Para un ser sensible, la piedad no pocas veces es dolor. Y cuando al fin comprende que esa piedad no puede traducirse en una ayuda efectiva, el sentido común le ordena al alma librarse de ella. Lo que vi aquella mañana me convenció de que el escribiente era víctima de un padecimiento innato e incurable. Yo podía dar limosna a su cuerpo; pero no era su cuerpo el que sufría: era su alma, y hasta su alma yo no podía llegar.

No llevé a cabo aquella mañana mi propósito de ir a la iglesia de la Trinidad. De algún modo, las cosas que había visto me incapacitaban por el momento para asistir al culto. Caminé hacia mi casa, pensando qué haría con Bartleby. Por fin resolví lo siguiente: a la mañana siguiente le formularía con calma ciertas preguntas acerca de su historia, etcétera; y si se negaba a contestarlas abierta y francamente —y suponía que preferiría no hacerlo—, le daría un billete de veinte dólares, además de cuanto pudiera adeudarle, y le diría que sus servicios ya no eran necesarios; pero que, si podía ayudarlo de cualquier otra manera, lo haría con gusto, sobre todo si deseaba regresar a su lugar natal, dondequiera que estuviese, pues contribuiría de buena gana a sufragar los gastos. Más aún: si, después de llegar allí, en algún momento se encontrara necesitado de ayuda, una carta suya no dejaría de recibir respuesta.

Llegó la mañana siguiente.

—Bartleby —dije, llamándolo con suavidad detrás de su biombo.

Silencio.

—Bartleby —dije en tono aún más suave—, venga; no voy a pedirle que haga nada que usted prefiera no hacer. Solo quiero hablar con usted.

Ante esto, se deslizó silenciosamente hasta quedar a la vista.

—¿Quiere decirme, Bartleby, dónde nació?

—Preferiría no hacerlo.

—¿Quiere contarme algo de usted?

—Preferiría no hacerlo.

—Pero ¿qué objeción razonable puede tener para hablar conmigo? Siento amistad por usted.

No me miró mientras yo hablaba, sino que mantuvo la vista fija en mi busto de Cicerón, que, tal como yo estaba sentado, se hallaba directamente detrás de mí, unos quince centímetros por encima de mi cabeza.

—¿Cuál es su respuesta, Bartleby? —pregunté, después de esperar bastante tiempo, durante el cual su semblante permaneció inmóvil, salvo por el más tenue temblor imaginable de su boca blanca y enflaquecida.

—Por ahora prefiero no contestar —dijo, y se retiró a su ermita.

Confieso que fue bastante mezquino de mi parte, pero en aquella ocasión su actitud me irritó. Me parecía advertir en ella no solo cierto sereno desdén; su obstinación se me antojaba ingrata, después del indiscutible buen trato y la indulgencia que yo le había dispensado.

Volví a quedarme pensando qué hacer. Por irritado que estuviera ante su conducta, y por decidido que hubiera estado a despedirlo cuando entré en la oficina, una sensación supersticiosa brotó en mi corazón y me impidió cumplir mi propósito, diciéndome que sería un miserable si osaba pronunciar una sola palabra áspera contra el más desamparado de los hombres. Por fin, acercando familiarmente mi silla detrás de su biombo, me senté y dije:

—Bartleby, dejemos entonces a un lado la revelación de su historia; pero permítame rogarle, como amigo, que se acomode en lo posible a los usos de esta oficina. Diga ahora que mañana o pasado ayudará a cotejar documentos; en suma, diga que dentro de uno o dos días comenzará a mostrarse un poco razonable. Dígalo, Bartleby.

—Por el momento preferiría no mostrarme un poco razonable —fue su respuesta, mansa y cadavérica.

Justo entonces se abrieron las puertas plegadizas y se acercó Nippers. Parecía padecer las consecuencias de una noche de descanso inusualmente mala, provocada por una indigestión más severa de lo común. Había oído las últimas palabras de Bartleby.

—¿Conque prefiere no ser razonable, eh? —masculló Nippers, dirigiéndose a mí—. Si yo fuera usted, señor, ya le enseñaría a esa mula terca cuáles deben ser sus preferencias. Dígame, señor, ¿qué es lo que prefiere no hacer ahora?

Bartleby no movió un miembro.

—Señor Nippers —le dije—, por el momento prefiero que se retire.

No sé cómo, últimamente había adquirido la costumbre de usar involuntariamente la palabra «preferir» en toda clase de ocasiones no del todo apropiadas. Y temblé al pensar que mi trato con el escribiente ya había comenzado a trastornarme la mente. ¿Qué desvarío aún más profundo podría llegar a producir? Este temor había influido no poco en mi decisión de tomar medidas drásticas.

Mientras Nippers se retiraba con expresión agria y malhumorada, Turkey se acercó afable y deferente.

—Con todo respeto, señor —dijo—, ayer estuve pensando en Bartleby, y creo que si él prefiriera beber cada día un cuarto de galón de buena cerveza, eso haría mucho por mejorarlo y permitirle ayudar a cotejar sus documentos.

—Así que usted también ha adoptado la palabra —dije, ligeramente alterado.

—Con todo respeto, ¿qué palabra, señor? —preguntó Turkey, apretujándose respetuosamente en el reducido espacio detrás del biombo, con lo cual me hizo tropezar contra el escribiente—. ¿Qué palabra, señor?

—Preferiría que me dejaran solo aquí —dijo Bartleby, como si le ofendiera aquella invasión de su retiro.

—Ésa es la palabra, Turkey, ésa.

—Ah, ¿preferir? Ah, sí… extraña palabra. Yo no la uso nunca. Pero, señor, como iba diciendo, si él prefiriera…

—Turkey —interrumpí—, retírese, por favor.

—Por supuesto, señor, si usted lo prefiere.

Cuando Turkey abrió la puerta plegadiza para retirarse, Nippers me vio desde su escritorio y me preguntó si prefería que cierto documento se copiara en papel azul o blanco. No acentuó en absoluto la palabra «prefería» con malicia; era evidente que se le había escapado de la lengua sin querer. Pensé que, sin duda, debía librarme de un demente que ya había trastornado en alguna medida las lenguas, si no las cabezas, de mis empleados y la mía. Pero me pareció prudente no anunciarle todavía su despido.

Al día siguiente observé que Bartleby no hacía más que quedarse de pie junto a su ventana, absorto frente al muro ciego. Cuando le pregunté por qué no escribía, me dijo que había decidido no volver a escribir.

—¿Cómo? ¿Qué dice? —exclamé—. ¿No escribir más?

—Nunca más.

—¿Y por qué razón?

—¿No la ve usted mismo? —respondió con indiferencia.

Lo miré fijamente y advertí que sus ojos se veían opacos y vidriosos. Se me ocurrió de inmediato que su extraordinaria diligencia al copiar, junto a aquella pálida ventana, durante las primeras semanas de su permanencia conmigo, podía haberle afectado temporalmente la vista.

Me sentí conmovido. Dije algunas palabras de simpatía. Le insinué que, por supuesto, hacía bien en abstenerse de escribir durante un tiempo, y lo animé a aprovechar la ocasión para hacer ejercicio al aire libre. Pero no lo hizo. Pocos días después, estando ausentes mis otros empleados y encontrándome muy apurado por despachar ciertas cartas al correo, pensé que, como Bartleby no tenía nada que hacer, estaría menos obstinado que de costumbre y accedería a llevarlas. Se negó rotundamente, y, para mi gran molestia, tuve que ir yo mismo. Pasaron más días. No sé si los ojos de Bartleby mejoraron o no. A juzgar por su aspecto, me pareció que sí. Pero, cuando se lo pregunté, no se dignó contestar. En todo caso, ya no quería seguir copiando. Por fin, acosado por mis insistencias, me informó que había renunciado definitivamente a copiar.

—¡Cómo! —exclamé—. ¿Y si sus ojos se curaran del todo, si viera mejor que antes, copiaría entonces?

—He renunciado a copiar —contestó, y se hizo a un lado.

Seguía, como siempre, instalado en mi oficina. Más aún: si tal cosa era posible, se había vuelto todavía más inamovible que antes. ¿Qué hacer? Ya no hacía nada allí; ¿por qué habría de quedarse? La pura verdad era que se había convertido para mí en una piedra de molino: inútil como collar y penosa de soportar. Sin embargo, me daba lástima. Decir que su situación me inquietaba sería quedarme corto. Si hubiese mencionado a un solo pariente o amigo, yo le habría escrito de inmediato, instándolo a llevarse al pobre hombre a algún lugar adecuado. Pero parecía solo, absolutamente solo en el universo. Un despojo a la deriva en medio del Atlántico. Finalmente, las exigencias de mis negocios prevalecieron sobre cualquier otra consideración. Con toda la amabilidad que pude, le dije a Bartleby que en seis días debía abandonar la oficina sin falta. Le recomendé que, durante ese plazo, tomara medidas para procurarse otro alojamiento. Le ofrecí ayudarlo a mudarse, con tal de que él diera el primer paso.

—Y cuando finalmente se vaya, Bartleby —añadí—, procuraré que no se marche completamente desprovisto. Recuerde: seis días a partir de este momento.

Al cumplirse el plazo, espié detrás del biombo: ahí estaba Bartleby.

Me abotoné el abrigo, me planté con firmeza, avancé lentamente hasta tocarle el hombro y le dije:

—Ha llegado el momento; tiene que irse de aquí; lo siento por usted; aquí tiene dinero; pero debe irse.

—Preferiría no hacerlo —respondió, dándome siempre la espalda.

—Pero tiene que irse.

Silencio.

Yo tenía una confianza ilimitada en su honradez. Con frecuencia me había devuelto monedas que había dejado caer al suelo, pues soy muy descuidado en esas pequeñeces. Lo que hice a continuación no se considerará, por tanto, extraordinario.

—Bartleby —le dije—, le debo doce dólares; aquí tiene treinta y dos; esos veinte son suyos. ¿Quiere tomarlos? —y le tendí los billetes.

Pero no se movió.

—Entonces los dejaré aquí —dije, y los puse sobre la mesa, bajo un pisapapeles. Tomando mi sombrero y mi bastón, me dirigí a la puerta y, volviéndome tranquilamente, añadí—: Cuando haya retirado sus pertenencias de la oficina, Bartleby, cerrará usted la puerta con llave, por supuesto, ya que todos se han ido; y, por favor, deje la llave debajo del tapete, para que yo pueda encontrarla mañana. Ya no volveremos a vernos. Adiós. Si en adelante, en su nuevo domicilio, puedo serle útil, no deje de escribirme. Adiós, Bartleby, y que le vaya bien.

No contestó una sola palabra; como la última columna de un templo en ruinas, permaneció mudo y solitario en medio del cuarto vacío.

Mientras caminaba pensativo hacia mi casa, mi vanidad se impuso a mi compasión. No podía menos que felicitarme por la manera magistral en que había logrado deshacerme de Bartleby. Magistral la llamé, y así la habría considerado cualquier pensador desapasionado. La belleza de mi procedimiento residía en su absoluta serenidad. Nada de vulgares intimidaciones, de bravatas, de coléricas amenazas; nada de ir y venir enfurecido por la habitación, ordenando a Bartleby, con vehementes y espasmódicos ademanes, que desapareciera con sus miserables trastos. Nada de eso. Sin vociferar órdenes a Bartleby —como lo habría hecho un genio inferior—, había dado por sentada su partida, y sobre esa suposición había edificado todo cuanto dije. Cuanto más pensaba en mi conducta, más me complacía. Sin embargo, al despertar a la mañana siguiente, tuve mis dudas; los vapores de la vanidad se habían disipado. Una de las horas más serenas y lúcidas de la vida de un hombre es la del despertar matutino. Mi procedimiento seguía pareciéndome tan sagaz como antes, pero solo en teoría. Cómo funcionaría en la práctica, eso estaba por verse. Dar por sentada la partida de Bartleby era una idea hermosa; pero, después de todo, aquella suposición era mía, no de Bartleby. Lo decisivo no era que yo hubiera supuesto que debía irse, sino que él prefiriera hacerlo. Era un hombre de preferencias, no de suposiciones.

Después del desayuno, fui al centro debatiendo las probabilidades en uno y otro sentido. A ratos pensaba que todo fracasaría y que encontraría a Bartleby en mi oficina como de costumbre; al instante siguiente, estaba seguro de encontrar su silla vacía. Así seguí vacilando. En la esquina de Broadway y Canal Street vi a un grupo de personas muy excitadas que conversaban seriamente.

—Apuesto a que no… —oí decir al pasar.

—¿A que no se va? ¡Ya está! —dije—. Ponga su dinero.

Instintivamente metí la mano en el bolsillo, dispuesto a vaciarlo, cuando recordé que era día de elecciones. Las palabras que había oído nada tenían que ver con Bartleby, sino con el éxito o fracaso de algún candidato a alcalde. En mi obsesión, había imaginado que todo Broadway compartía mi agitación y discutía el mismo problema. Seguí adelante, agradecido al bullicio de la calle, que encubría mi distracción. Conforme a mi propósito, llegué antes que de costumbre a la puerta de mi oficina. Me detuve a escuchar. Ni un ruido. Debía de haberse ido. Probé el picaporte. La puerta estaba cerrada con llave. Mi procedimiento había obrado como un encanto: el hombre había desaparecido. Sin embargo, cierta melancolía se mezclaba con aquella idea; el brillante éxito casi me entristecía. Estaba buscando bajo el tapete la llave que Bartleby debía haberme dejado cuando, por casualidad, golpeé la puerta con la rodilla, produciendo una especie de llamada; en respuesta, me llegó una voz desde dentro:

—Todavía no; estoy ocupado.

Era Bartleby.

Quedé fulminado. Por un instante permanecí como aquel hombre que, con una pipa en la boca, fue muerto por un rayo hace ya mucho tiempo, una serena tarde de Virginia: cayó muerto inclinado sobre su propia ventana abierta y quedó recostado allí durante toda la soñolienta tarde, hasta que alguien lo tocó y se desplomó.

—¡No se ha ido! —murmuré al fin. Pero, una vez más, obedeciendo a aquel asombroso ascendiente que el inescrutable escribiente ejercía sobre mí y del que, por mucho que me irritara, no podía librarme por entero, bajé lentamente las escaleras y salí a la calle; mientras daba la vuelta a la manzana, consideré qué podía hacer ante aquella perplejidad sin precedentes. Era imposible expulsarlo a empujones; inútil echarlo con insultos; llamar a la policía me resultaba desagradable; y, sin embargo, permitirle gozar sobre mí de su triunfo cadavérico tampoco era admisible. ¿Qué hacer? O, si no había nada que hacer, ¿qué suponer? Antes había supuesto, mirando al futuro, que Bartleby se iría; ahora podía suponer, mirando al pasado, que ya se había ido. En legítima ejecución de esta premisa, podía entrar precipitadamente en mi oficina y, fingiendo no ver a Bartleby, pasar de largo como si él fuese aire. Tal procedimiento tendría, en grado singular, toda la apariencia de un golpe magistral. Era muy improbable que Bartleby pudiera resistir aquella aplicación de la doctrina de las suposiciones. Pero, al reconsiderarlo, el éxito de este plan me pareció dudoso. Resolví discutir nuevamente el asunto.

—Bartleby —dije, entrando en la oficina con aire de tranquila severidad—, estoy seriamente disgustado. Me ha decepcionado, Bartleby. Esperaba más de usted. Lo creía un hombre de índole tan caballerosa que, ante cualquier situación delicada, bastaría una leve insinuación; en una palabra, una suposición. Pero veo que me equivocaba. ¡Pero! —añadí, sobresaltándome con sincera sorpresa mientras señalaba el dinero—. ¡Ni siquiera lo ha tocado! Sigue exactamente donde lo dejé ayer por la tarde.

No contestó.

—¿Va a dejarme, sí o no? —pregunté en un arranque, avanzando hasta acercarme a él.

—Preferiría no dejarlo —respondió suavemente, acentuando el no.

—¿Y qué derecho tiene a quedarse? ¿Paga alquiler? ¿Paga mis impuestos? ¿Es suya esta oficina?

No contestó.

—¿Está dispuesto a escribir ahora? ¿Se le han curado los ojos? ¿Podría copiar algo para mí esta mañana, o ayudarme a cotejar unas líneas, o acercarse al Correo? En una palabra, ¿quiere hacer algo, cualquier cosa, que justifique su negativa a marcharse?

Silenciosamente se retiró a su ermita.

Me hallaba en tal estado de resentimiento nervioso que juzgué prudente abstenerme de nuevas manifestaciones. Bartleby y yo estábamos solos. Recordé la tragedia del infortunado Adams y del todavía más infortunado Colt, ocurrida en la solitaria oficina de este último, y cómo el pobre Colt, terriblemente exasperado por Adams y dejándose arrastrar imprudentemente por la ira, se vio precipitado a cometer aquel acto fatal, acto que sin duda nadie podía deplorar más que su propio autor. A menudo se me había ocurrido, al reflexionar sobre el caso, que si aquella disputa hubiese tenido lugar en la calle o en una residencia particular, el desenlace habría sido otro. Fue la circunstancia de estar solos en una oficina desierta, en lo alto de un edificio enteramente desprovisto de asociaciones domésticas y humanas —una oficina sin alfombra, de aspecto sin duda polvoriento y sombrío—, lo que debió contribuir enormemente a exacerbar la desesperación del infortunado Colt.

Pero cuando aquel viejo Adán del resentimiento se alzó en mi interior y me tentó a propósito de Bartleby, luché con él y lo derribé. ¿Cómo? Sencillamente, recordando el precepto divino: «Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros». Sí, eso fue lo que me salvó. Aparte de consideraciones más elevadas, la caridad suele actuar como un principio sumamente sabio y prudente: una poderosa salvaguarda para quien la practica. Hay hombres que han cometido asesinatos por celos, por ira, por odio, por egoísmo o por orgullo espiritual; pero, hasta donde sé, ningún hombre ha cometido jamás un asesinato diabólico por caridad. El mero interés propio, entonces, si no puede invocarse un motivo mejor, debería impulsar a todos los seres humanos —y especialmente a los de temperamento irascible— hacia la caridad y la filantropía. En todo caso, en aquella ocasión procuré ahogar mi irritación contra el escribiente interpretando benévolamente su conducta. ¡Pobre hombre, pobre hombre!, pensé; no lo hace con intención; y, además, ha pasado por tiempos difíciles y merece indulgencia.

Procuré también ocuparme inmediatamente en algo, y al mismo tiempo consolar mi desaliento. Traté de imaginar que, en algún momento de la mañana que juzgara oportuno, Bartleby saldría de su ermita por su libre y espontánea voluntad y caminaría resueltamente hacia la puerta. Pero no. Dieron las doce y media; el rostro de Turkey comenzó a arder; volcó el tintero y se puso alborotador; Nippers se tranquilizó y se volvió cortés; Ginger Nut masticó su manzana del mediodía; y Bartleby siguió de pie junto a la ventana, sumido en una de sus más profundas ensoñaciones ante el muro ciego. ¿Me creerán? ¿Debo confesarlo? Aquella tarde abandoné la oficina sin dirigirle una palabra más.

Pasaron varios días, durante los cuales, en mis ratos de ocio, examiné a Edwards sobre la voluntad y a Priestley sobre la necesidad. Dadas las circunstancias, aquellos libros produjeron en mí un saludable efecto. Poco a poco llegué a persuadirme de que mis dificultades con el escribiente habían sido predestinadas desde toda la eternidad, y de que Bartleby me había sido asignado con algún misterioso propósito por una Providencia omnisciente, propósito que un simple mortal como yo no podía penetrar. Sí, Bartleby, quédate ahí detrás de tu biombo, pensé; no volveré a perseguirte; eres tan inofensivo y silencioso como una de esas viejas sillas; en suma, nunca me siento tan poco solo como cuando sé que estás aquí. Por fin lo veo, lo siento; penetro el propósito predestinado de mi vida. Estoy satisfecho. Otros tendrán papeles más elevados que desempeñar; pero mi misión en este mundo, Bartleby, es proporcionarte una oficina mientras quieras permanecer en ella.

Creo que esta sabia y bendita disposición de ánimo habría perdurado de no ser por las observaciones impertinentes y poco caritativas que mis colegas me infligían cuando visitaban la oficina. Pero así suele ocurrir: el roce constante con mentes mezquinas acaba por desgastar las mejores resoluciones de los más generosos. Aunque, pensándolo bien, no era extraño que quienes entraban en mi oficina se vieran impresionados por el peculiar aspecto del incomprensible Bartleby y se sintieran tentados a hacer algún comentario malicioso sobre él. A veces, un abogado que venía a verme, encontrando solo al escribiente, trataba de obtener de él alguna información precisa sobre mi paradero; sin prestarle atención, Bartleby permanecía inmóvil en medio del cuarto. El abogado, después de contemplarlo un rato, se marchaba tan ignorante como había llegado.

También ocurría que, cuando se celebraba alguna diligencia y la oficina estaba llena de abogados y testigos, con el trabajo avanzando a toda prisa, alguno de los letrados allí presentes, absorbido por sus asuntos, veía a Bartleby completamente desocupado y le pedía que fuera un momento a su oficina a buscarle unos papeles. Bartleby se negaba tranquilamente y permanecía tan ocioso como antes. Entonces el abogado lo miraba fijamente, lleno de asombro, y luego volvía los ojos hacia mí. ¿Y yo qué podía decir? Finalmente, comprendí que por todo el círculo de mis relaciones profesionales circulaba un murmullo de asombro acerca del extraño ser que yo cobijaba en mi oficina. Esto me preocupaba mucho. Se me ocurrió entonces que Bartleby podía resultar extraordinariamente longevo y seguir instalado en mi oficina, desafiando mi autoridad, desconcertando a mis visitantes, desacreditando mi reputación profesional, proyectando una sombra sobre todo el local y subsistiendo hasta el fin gracias a sus ahorros —pues sin duda no gastaba más de cinco centavos al día—; y que acaso terminaría sobreviviéndome y reclamando el lugar como propio por derecho de ocupación perpetua. A medida que estas sombrías anticipaciones se agolpaban en mi mente y mis colegas continuaban imponiéndome sus implacables comentarios sobre aquella aparición instalada en el despacho, se produjo en mí un gran cambio. Resolví reunir todas mis fuerzas y librarme para siempre de aquella intolerable pesadilla.

Antes de urdir ningún plan complicado, sin embargo, me limité a sugerir a Bartleby la conveniencia de que se marchara definitivamente. En tono sereno y grave, sometí la idea a su cuidadosa y madura consideración. Pero, transcurridos tres días de meditación, me comunicó que su decisión original permanecía inalterada; en pocas palabras, que prefería quedarse conmigo.

¿Qué hacer?, me dije, abotonándome el abrigo hasta el último botón. ¿Qué hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me dicta la conciencia que haga con este hombre o, más bien, con este fantasma? Tengo que librarme de él; se irá. Pero ¿cómo? ¿Expulsarás a ese pobre mortal, pálido y pasivo? ¿Arrojarás a esa indefensa criatura fuera de tu puerta? ¿Te deshonrarás con semejante crueldad? No, no quiero, no puedo hacerlo. Antes lo dejaría vivir y morir aquí, y después emparedaría sus restos. ¿Qué harás, entonces? Con todos tus ruegos, no se mueve. Los sobornos los deja bajo tu propio pisapapeles, sobre tu mesa; en una palabra, es evidente que prefiere seguir adherido a ti.

Entonces habrá que adoptar alguna medida enérgica, alguna medida fuera de lo común. ¿Cómo? ¿Harás que un policía le ponga la mano encima y confiarás su inocente palidez a la cárcel común? ¿Y con qué fundamento podrías conseguir semejante cosa? ¿Es acaso un vagabundo? ¡Cómo! ¿Bartleby un vagabundo, él que se niega a moverse? ¿Precisamente porque se niega a vagar pretendes hacerlo pasar por vagabundo? Eso sería demasiado absurdo. ¿Que no tiene medios visibles de subsistencia? Ahí podría atraparlo. Otra vez te equivocas: es indudable que subsiste, y esa es la única prueba irrefutable que un hombre puede ofrecer de que posee medios para hacerlo. No hay más que hablar, entonces. Puesto que él no quiere dejarme, tendré que dejarlo yo. Mudaré mis oficinas; me trasladaré a otro lugar y le advertiré claramente que, si lo encuentro en mis nuevas dependencias, procederé contra él como contra cualquier intruso.

Al día siguiente le dije:

—Estas dependencias están demasiado lejos del Ayuntamiento; el aire es malsano. En una palabra, me propongo mudarme la semana próxima, y ya no necesitaré sus servicios. Se lo advierto ahora para que pueda buscar otro empleo.

No contestó, y no se dijo nada más.

El día señalado contraté carretas y hombres para la mudanza, me presenté en la oficina y, como tenía pocos muebles, todo quedó trasladado en unas horas. Durante la mudanza, el escribiente permaneció detrás de su biombo, que ordené retirar en último lugar. Por fin lo quitaron; lo doblaron como un enorme pliego; y Bartleby quedó inmóvil, único ocupante del cuarto desnudo. Me detuve un momento en la entrada, observándolo, mientras algo dentro de mí me reprendía.

Volví a entrar, con una mano en el bolsillo y el corazón en la garganta.

—Adiós, Bartleby; me voy. Adiós, y que Dios lo bendiga, de un modo u otro. Tome esto.

Le deslicé algo en la mano, pero él dejó que cayera al suelo; y entonces, cosa extraña, me arranqué, no sin dolor, de aquel hombre de quien tanto había deseado librarme.

Instalado en mi nueva oficina, durante un par de días mantuve la puerta cerrada con llave y me sobresalté ante cada paso que resonaba en los corredores. Cuando regresaba después de cualquier breve ausencia, me detenía un instante en el umbral y escuchaba atentamente antes de introducir la llave. Pero mis temores eran innecesarios. Bartleby nunca apareció.

Creía que todo marchaba bien cuando vino a verme un desconocido de aspecto alterado y me preguntó si yo era la persona que hasta hacía poco había ocupado la oficina del número X de Wall Street.

Lleno de presentimientos, contesté que sí.

—Entonces, señor —dijo el desconocido, que resultó ser abogado—, usted es responsable del hombre que dejó allí. Se niega a copiar; se niega a hacer cosa alguna; dice que prefiere no hacerlo; y se niega a abandonar el local.

—Lo siento mucho, señor —dije con aparente tranquilidad, aunque temblando por dentro—, pero el hombre al que usted se refiere no es nada mío; no es mi pariente ni aprendiz, de modo que no puede responsabilizarme por él.

—En nombre de Dios, ¿quién es?

—Sinceramente, no puedo informarle. No sé nada de él. Lo empleé anteriormente como copista, pero hace ya bastante tiempo que no trabaja para mí.

—Entonces yo me haré cargo. Buenos días, señor.

Pasaron varios días sin que volviera a saber nada del asunto; y aunque a menudo sentí el impulso caritativo de acercarme hasta allí para ver al pobre Bartleby, cierta aprensión, no sé bien de qué, me contenía.

Ya me he librado de él, pensé finalmente, después de que transcurriera otra semana sin noticias. Pero, al llegar a mi oficina al día siguiente, encontré a varias personas esperándome ante la puerta, en un estado de gran agitación.

—¡Ese es el hombre! ¡Ahí viene! —gritó el que estaba delante, en quien reconocí al abogado que antes me había visitado a solas.

—Tiene que llevárselo, señor, ahora mismo —gritó un hombre corpulento que avanzaba hacia mí y en quien reconocí al propietario del número X de Wall Street—. Estos caballeros, mis inquilinos, ya no pueden soportarlo; el señor B. —dijo, señalando al abogado— lo ha echado de su despacho, y ahora insiste en merodear por todo el edificio, sentado durante el día en la barandilla de la escalera y durmiendo por la noche en el vestíbulo. Todos están alarmados; los clientes abandonan las oficinas; se teme incluso un tumulto. Usted tiene que hacer algo, y sin demora.

Aterrorizado ante aquel torrente, retrocedí y de buena gana me habría encerrado con llave en mi nueva oficina. En vano insistí en que Bartleby no tenía nada que ver conmigo, no más que con cualquier otra persona. En vano: yo era la última persona de quien se sabía que había tenido trato con él, y me exigían responder por ello.

Temeroso entonces de verme expuesto en los periódicos —como alguien de los presentes insinuó oscuramente—, consideré el asunto y finalmente dije que, si el abogado me permitía tener una entrevista privada con el escribiente en su propia oficina, aquella misma tarde haría cuanto estuviera en mi mano para librarlos de la molestia de que se quejaban.

Subí a mi antiguo refugio, y allí estaba Bartleby, sentado en silencio sobre la baranda del rellano.

—¿Qué hace aquí, Bartleby? —le dije.

—Sentado en la baranda —respondió apaciblemente.

Le indiqué que entrara en la oficina del abogado, quien nos dejó solos.

—Bartleby —dije—, ¿comprende que me está causando grandes tribulaciones al insistir en ocupar el vestíbulo después de haber sido despedido de la oficina?

Silencio.

—Ahora tiene que ocurrir una de dos cosas: o usted hace algo, o algo habrá que hacer con usted. Dígame: ¿qué clase de ocupación le gustaría ejercer? ¿Querría volver a copiar para alguien?

—No; preferiría no hacer ningún cambio.

—¿Le gustaría un puesto de empleado en una tienda de telas?

—Hay demasiado encierro en eso. No, no me gustaría un puesto de empleado; pero no soy exigente.

—¡Demasiado encierro! —exclamé—. ¡Pero si usted está encerrado todo el tiempo!

—Preferiría no aceptar un puesto de empleado —replicó, como si quisiera zanjar de una vez aquella cuestión menor.

—¿Qué le parecería trabajar de cantinero? Allí no tendría que forzar la vista.

—No me gustaría en absoluto; aunque, como dije antes, no soy exigente.

Su insólita locuacidad me infundió ánimo. Volví a la carga.

—Bueno, entonces, ¿le gustaría recorrer el país cobrando cuentas para los comerciantes? Eso mejoraría su salud.

—No; preferiría hacer otra cosa.

—¿Y qué le parecería ir a Europa como acompañante de algún joven caballero, para entretenerlo con su conversación? ¿Le convendría eso?

—De ninguna manera. No me parece una ocupación muy estable. Me gusta permanecer en un mismo lugar. Pero no soy exigente.

—¡Entonces permanezca en ese mismo lugar! —exclamé, perdiendo por completo la paciencia y, por primera vez en toda mi desesperante relación con él, estallando verdaderamente en cólera—. Si no se marcha de aquí antes de la noche, me veré obligado… en efecto, estoy obligado… a… a irme yo mismo —concluí de un modo bastante absurdo, sin saber ya con qué amenaza obligarlo a moverse y obedecer. Desesperado ante la inutilidad de cualquier nuevo esfuerzo, ya me marchaba precipitadamente, cuando se me ocurrió una última idea, una posibilidad que ya había considerado antes.

—Bartleby —dije, con el tono más amable que pude adoptar dadas las circunstancias—, ¿querría irse conmigo a mi casa? No a mi oficina, sino a mi casa, y quedarse allí hasta que podamos organizar algo conveniente. Vamos, partamos ahora mismo.

—No; por ahora preferiría no hacer ningún cambio.

No respondí; pero, eludiendo a todos por lo repentino y veloz de mi fuga, salí corriendo del edificio, subí por Wall Street hasta Broadway y, saltando al primer ómnibus, quedé a salvo de toda persecución. En cuanto recobré la calma, comprendí que había hecho todo lo humanamente posible, tanto frente a las demandas del propietario y sus inquilinos como frente a mis propios deseos y mi sentido del deber, para beneficiar a Bartleby y protegerlo de una persecución cruel. Procuré sentirme completamente tranquilo y libre de preocupaciones; mi conciencia justificaba el intento, aunque, a decir verdad, no tuve todo el éxito que hubiera deseado. Tan grande era mi temor de que el colérico propietario y sus exasperados inquilinos volvieran a acosarme que, dejando mis asuntos en manos de Nippers durante unos días, recorrí en mi coche la zona alta de la ciudad y sus suburbios; crucé hasta Jersey City y Hoboken, e hice visitas fugaces a Manhattanville y Astoria. En realidad, durante aquel tiempo viví casi enteramente en mi coche.

Cuando regresé a la oficina, encontré sobre mi escritorio una nota del propietario. La abrí con manos temblorosas. Me informaba de que el autor había llamado a la policía y de que Bartleby había sido conducido a la cárcel como vagabundo. Además, como yo lo conocía mejor que nadie, se me pedía que acudiera y proporcionara una relación adecuada de los hechos. Estas noticias produjeron en mí un efecto contradictorio. Al principio me indignaron; pero finalmente casi las aprobé. El carácter enérgico y expeditivo del propietario lo había llevado a adoptar un procedimiento que yo no habría decidido por mi cuenta; pero, como último recurso, dadas aquellas singulares circunstancias, parecía ser el único camino.

Según supe después, cuando le dijeron al escribiente que sería conducido a la cárcel, no opuso la menor resistencia; con su pálida e inalterable manera, asintió en silencio. Algunos espectadores curiosos o compadecidos se unieron al grupo; encabezada por uno de los policías, que llevaba a Bartleby del brazo, la silenciosa procesión siguió su camino entre todo el ruido, el calor y la alegría de las aturdidas calles del mediodía.

El mismo día en que recibí la nota fui a la cárcel o, para hablar con mayor propiedad, a las Tumbas. Busqué al funcionario correspondiente, expuse el motivo de mi visita y fui informado de que el individuo que yo describía se encontraba, en efecto, allí dentro. Aseguré al funcionario que Bartleby era de una honradez intachable y que merecía toda nuestra compasión, por inexplicablemente excéntrico que fuese. Le conté cuanto sabía y terminé sugiriendo que se le permitiera permanecer bajo el encierro más benigno posible, hasta que pudiera tomarse alguna medida menos severa, aunque yo mismo no sabía bien cuál podría ser. En cualquier caso, si no se encontraba otra solución, el asilo debía recibirlo. Luego solicité una entrevista.

Como no pesaba sobre él ningún cargo grave y era inofensivo y tranquilo, le permitían andar libremente por la prisión, en especial por los patios de césped cercados. Allí lo encontré, solo en el más silencioso de aquellos patios, con el rostro vuelto hacia una alta pared; mientras, a su alrededor, me pareció ver los ojos de asesinos y ladrones espiándolo desde las estrechas rendijas de las ventanas de la cárcel.

—¡Bartleby!

—Lo conozco —dijo sin darse vuelta—, y no tengo nada que decirle.

—Yo no soy quien lo trajo aquí, Bartleby —dije, profundamente dolido por su recelo—. Para usted, este lugar no debería ser tan terrible. No hay nada deshonroso en estar aquí. Vea: no es un lugar tan triste como podría suponerse. Mire, ahí está el cielo, y aquí está el césped.

—Sé dónde estoy —respondió, pero no quiso decir nada más, y entonces lo dejé.

Al regresar al corredor, se me acercó un hombre ancho y fornido, vestido con delantal, que, señalando con el pulgar por encima del hombro, dijo:

—¿Ese es su amigo?

—Sí.

—¿Quiere morirse de hambre? Si es así, que se limite a la comida de la prisión y pronto conseguirá lo que quiere.

—¿Quién es usted? —pregunté, sin entender qué hacía en aquel lugar una persona de apariencia tan poco oficial hablándome de ese modo.

—Soy el encargado de las comidas. Los caballeros que tienen amigos aquí me pagan para que les proporcione algo bueno de comer.

—¿Es cierto eso? —le pregunté al guardia.

Me dijo que sí.

—Bien, entonces —dije, deslizando unas monedas en la mano del hombre—, quiero que mi amigo reciba atenciones especiales. Consígale la mejor comida que pueda. Y sea con él tan amable como le sea posible.

—Preséntemelo, ¿quiere? —dijo el hombre, con una expresión que parecía revelar su impaciencia por demostrar cuán atento podía ser.

Pensando que aquello podría beneficiar al escribiente, accedí; después de preguntarle su nombre, fui con él en busca de Bartleby.

—Bartleby, este es un amigo; comprobará que puede serle muy útil.

—A sus órdenes, señor; a sus órdenes —dijo el hombre, haciendo una lenta reverencia tras su delantal—. Espero que le resulte agradable estar aquí, señor: bonito césped, habitaciones frescas. Espero que pase algún tiempo con nosotros; procuraremos hacérselo grato. ¿Qué desea comer hoy?

—Prefiero no comer hoy —dijo Bartleby, dándose vuelta—. Me haría mal; no estoy acostumbrado a estas comidas.

Dicho esto, se desplazó lentamente al otro lado del recinto y se instaló frente al muro ciego.

—¿Qué significa esto? —dijo el hombre, volviéndose hacia mí con una mirada de asombro—. Es un tipo raro, ¿verdad?

—Creo que está un poco perturbado —dije con tristeza.

—¿Perturbado? ¿Está perturbado? Pues, palabra de honor, pensé que su amigo era un caballero falsificador; siempre son pálidos y distinguidos, esos falsificadores. No puedo evitar compadecerlos; es más fuerte que yo, señor. ¿Conoció usted a Monroe Edwards? —añadió con tono lastimero, y se detuvo. Luego, apoyando compasivamente la mano en mi hombro, suspiró—: Murió de tuberculosis en Sing-Sing. ¿Así que usted no conocía a Monroe?

—No; nunca he tratado socialmente con ningún falsificador. Pero no puedo quedarme más tiempo. Cuide a mi amigo. Le prometo que no se arrepentirá. Hasta pronto.

Unos días después conseguí otro permiso para visitar la cárcel y recorrí los corredores en busca de Bartleby, pero no logré encontrarlo.

—Lo vi salir de su celda no hace mucho —dijo un guardia—. Debe de haber salido al patio.

Me dirigí hacia allá.

—¿Busca al hombre silencioso? —dijo otro guardia, al cruzarse conmigo—. Ahí está, dormido en el patio. No hace veinte minutos que lo vi acostarse.

El patio estaba completamente tranquilo. Los presos comunes no tenían acceso a él. Los muros circundantes, de asombroso espesor, excluían todo sonido. El carácter egipcio de la mampostería me abrumó con su tristeza. Pero a mis pies crecía un suave césped cautivo. Era como si, en el corazón de las eternas pirámides, por alguna extraña magia, una semilla arrojada por los pájaros hubiese brotado entre las grietas.

Acurrucado en una postura extraña al pie del muro, tendido de lado, con las rodillas encogidas y la cabeza apoyada en las frías piedras, vi al enflaquecido Bartleby. Pero nada se movía. Me detuve; luego me acerqué, me incliné sobre él y vi que sus ojos apagados estaban abiertos; por lo demás, parecía dormir profundamente. Algo me impulsó a tocarlo. Tomé su mano, y un escalofrío me subió por el brazo y me bajó por la espalda hasta los pies.

El rostro redondo del encargado de las comidas asomó entonces ante mí.

—Su cena está lista. ¿Tampoco comerá hoy? ¿O vive sin comer?

—Vive sin comer —dije, y le cerré los ojos.

—¿Eh? Está dormido, ¿no?

—Con reyes y consejeros —murmuré.

* * *

Parece innecesario continuar esta historia. La imaginación completará sin dificultad el escueto relato del entierro del pobre Bartleby. Pero, antes de despedirme del lector, permítaseme decir que, si esta breve narración ha despertado en él suficiente interés para sentir curiosidad por quién era Bartleby y qué clase de vida había llevado antes de que el presente narrador llegara a conocerlo, solo puedo responder que comparto plenamente esa curiosidad, pero me es enteramente imposible satisfacerla.

Con todo, no sé bien si debo revelar aquí cierto rumor que llegó a mis oídos algunos meses después de la muerte del escribiente. Nunca pude averiguar en qué se fundaba; por lo tanto, no puedo decir ahora cuánto había de verdad en él. Pero, como ese vago rumor ha tenido para mí, pese a su tristeza, un interés que no he podido desechar, acaso también lo tenga para otros; así que lo mencionaré brevemente.

El rumor era este: que Bartleby había sido empleado subalterno de la Oficina de Cartas Muertas, en Washington, y que había perdido repentinamente su puesto a causa de un cambio de administración. Cuando vuelvo a pensar en este rumor, apenas puedo expresar las emociones que se apoderan de mí. ¡Cartas muertas! ¿No suena eso a hombres muertos? Imagínese a un hombre inclinado, por naturaleza y por desdicha, a una pálida desesperanza: ¿qué ocupación podría parecer más adecuada para acrecentarla que la de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para el fuego? Pues todos los años las queman por carretadas.

A veces, de entre los pliegues del papel, el pálido empleado extrae un anillo: el dedo para el que estaba destinado acaso se deshaga ya en la tumba; un billete enviado a toda prisa por caridad: aquel a quien habría aliviado ya no come ni siente hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para quienes murieron sin esperanza; buenas noticias para quienes murieron sofocados por desgracias sin alivio. Portadoras de vida, estas cartas corren hacia la muerte.

¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!

FIN

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Herman Melville - Bartleby, el escribiente
  • Autor: Herman Melville
  • Título: Bartleby, el escribiente
  • Título Original: Bartleby, the Scrivener
  • Publicado en: Putnam's Magazine, noviembre-diciembre de 1853
  • Aparece en: The Piazza Tales (1856)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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