Guy de Maupassant: La dote

Guy de Maupassant : La dot
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Sinopsis: «La dote» (La dot) es un cuento de Guy de Maupassant publicado el 9 de septiembre de 1884 en Gil Blas. Narra la historia de Simon Lebrumet, notario, que se casa con la joven Jeanne Cordier en el pueblo de Boutigny-le-Revours. Su matrimonio no sorprende a nadie, ya que Lebrumet necesita dinero para comprar una notaría y Jeanne posee una dote considerable. Él es un hombre agradable y ella una mujer atractiva, aunque algo provinciana. Los primeros días de su matrimonio están llenos de dulzura y pasión, y Lebrumet se muestra como un esposo tierno y delicado. Para disfrutar de su luna de miel, la pareja tiene previsto viajar a París; sin embargo, una curiosa situación altera los planes.

Guy de Maupassant - La dote

La dote

Guy de Maupassant
(Cuento completo)

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Nadie se sorprendió del matrimonio del notario Simon Lebrument con la señorita Jeanne Cordier. El notario Lebrument acababa de comprar la notaría del notario Papillon; hacía falta, desde luego, dinero para pagarla; y la señorita Jeanne Cordier tenía trescientos mil francos en efectivo, en billetes de banco y en títulos al portador.

Lebrument era un joven apuesto, que tenía porte, un porte notarial, un porte provinciano, pero, en fin, porte, lo cual era raro en Boutigny-le-Rebours.

La señorita Cordier tenía gracia y frescura, una gracia un poco torpe y una frescura un poco mal vestida; pero era, en suma, una muchacha hermosa, deseable y digna de festejo.

La ceremonia de bodas puso a todo Boutigny patas arriba.

Se admiró mucho a los recién casados, que regresaron a ocultar su dicha en el domicilio conyugal, habiendo resuelto hacer simplemente un pequeño viaje a París después de algunos días de tête-à-tête.

Fue encantador ese tête-à-tête, pues el notario Lebrument había sabido aportar en sus primeros tratos con su esposa una habilidad, una delicadeza y una oportunidad notables. Había tomado como divisa: «Todo llega a su tiempo para quien sabe esperar». Supo ser al mismo tiempo paciente y enérgico. El éxito fue rápido y completo.

Al cabo de cuatro días, la señora Lebrument adoraba a su marido.

No podía prescindir de él; necesitaba tenerlo todo el día cerca para acariciarlo, besarlo, palparle las manos, la barba, la nariz, etcétera. Se le sentaba en las rodillas y, tomándolo de las orejas, le decía: «Abre la boca y cierra los ojos». Él abría la boca con confianza, cerraba los ojos a medias, y recibía un buen beso, muy tierno, muy largo, que le recorría la espalda con grandes escalofríos. Y, a su vez, él no tenía suficientes caricias, ni suficientes labios, ni suficientes manos, ni suficiente de toda su persona para festejar a su mujer de la mañana a la noche y de la noche a la mañana.


Una vez transcurrida la primera semana, le dijo a su joven compañera:

—Si quieres, partiremos para París el martes próximo. Haremos como los enamorados que no están casados: iremos a los restaurantes, al teatro, a los cafés-concert, a todas partes, a todas.

Ella saltaba de alegría.

—¡Oh! ¡Sí, oh! ¡Sí, vayamos lo más pronto posible!

Él prosiguió:

—Y además, como no hay que olvidar nada, avisa a tu padre que tenga lista tu dote; me la llevaré con nosotros y pagaré en la misma ocasión al notario Papillon.

Ella respondió:

—Se lo diré mañana por la mañana.

Y él la tomó en sus brazos para recomenzar el pequeño juego de ternura que ella tanto amaba desde hacía ocho días.

El martes siguiente, el suegro y la suegra acompañaron a la estación a su hija y a su yerno, que partían para la capital.

El suegro decía:

—Les juro que es imprudente llevar tanto dinero en la cartera.

Y el joven notario sonreía.

—No se preocupe por nada, suegro; estoy acostumbrado a estas cosas. Usted comprende que, en mi profesión, me sucede a veces llevar casi un millón encima. De este modo, al menos, evitamos un montón de trámites y un montón de retrasos. No se preocupe por nada.

El empleado del tren gritaba: «¡Los viajeros para París, al coche!».

Se precipitaron en un vagón donde se encontraban dos ancianas. Lebrument murmuró al oído de su esposa:

—Es fastidioso, no podré fumar.

Ella respondió en voz baja:

—A mí también me fastidia, pero no es por tu cigarro.

El tren silbó y partió. El trayecto duró una hora, durante la cual no dijeron gran cosa, pues las dos ancianas no dormían.

Apenas estuvieron en el patio de la estación Saint-Lazare, el notario Lebrument le dijo a su esposa:

—Si quieres, querida mía, vayamos primero a almorzar al boulevard; luego volveremos tranquilamente a buscar nuestro baúl para llevarlo al hotel.

Ella consintió enseguida:

—Oh sí, vayamos a almorzar al restaurante. ¿Está lejos?

Él prosiguió:

—Sí, un poco lejos, pero vamos a tomar el ómnibus.

Ella se sorprendió:

—¿Por qué no tomamos un coche de alquiler?

Él se puso a regañarla sonriendo:

—¿Así es como ahorras? Un coche de alquiler para cinco minutos de trayecto, seis monedas por minuto; no te privarías de nada.

—Es verdad —dijo ella, un poco confusa.

Un ómnibus pesado pasaba al trote de tres caballos. Lebrument gritó:

—¡Conductor! ¡Eh! ¡Conductor!

El vehículo se detuvo. Y el joven notario, empujando a su esposa, le dijo muy rápido:

—Sube al interior; yo me trepo arriba para fumar al menos un cigarrillo antes de mi almuerzo.

Ella no tuvo tiempo de responder; el conductor, que la había tomado del brazo para ayudarla a subir el estribo, la precipitó dentro del coche, y ella cayó, aterrada, sobre un asiento, mirando con estupor por la ventanilla trasera los pies de su marido que trepaban a la imperial.

Y permaneció inmóvil entre un señor gordo que olía a pipa y una anciana que olía a perro.

Todos los demás viajeros, alineados y mudos —un muchacho de tienda de comestibles, una obrera, un sargento de infantería, un señor con anteojos de oro, tocado con un sombrero de seda de bordes enormes y levantados como canaletas, dos damas de aire importante y ceñudo, que parecían decir con su actitud: «Estamos aquí, pero valemos más que esto», dos monjas, una muchacha sin sombrero y un empleado de pompas fúnebres— tenían el aspecto de una colección de caricaturas, de un museo de grotescos, de una serie de exageraciones del rostro humano, semejantes a esas hileras de muñecos cómicos que se derriban con pelotas en las ferias.

Los sacudones del vehículo bamboleaban un poco sus cabezas, las agitaban, hacían temblar la piel flácida de las mejillas; y la trepidación de las ruedas, aturdiéndolos, los hacía parecer idiotas y adormecidos.

La joven permanecía inerte:

«¿Por qué no vino conmigo?», se decía. Una vaga tristeza la oprimía. Bien podría haberse privado de ese cigarrillo.

Las monjas hicieron seña de detenerse, luego bajaron una tras otra, esparciendo un olor insípido de falda vieja.

Se reanudó la marcha, luego se detuvieron de nuevo. Y subió una cocinera, roja, jadeante. Se sentó y colocó sobre las rodillas su canasta de provisiones. Un fuerte olor a agua de fregar se difundió en el ómnibus.

«Está más lejos de lo que creía», pensaba Jeanne.

El empleado de pompas fúnebres se marchó y fue reemplazado por un cochero con aroma a establo. La muchacha sin sombrero tuvo por sucesor a un mozo de carga cuyos pies exhalaban el perfume de sus carreras.

La notaria se sentía incómoda, mareada, a punto de llorar sin saber por qué.

Unos bajaban, otros subían. El ómnibus seguía siempre por las interminables calles, se detenía en las paradas, volvía a ponerse en marcha.

«¡Qué lejos está! —se decía Jeanne—. ¡Con tal de que no haya tenido un descuido, que no se haya dormido! Se ha fatigado mucho estos últimos días».

Poco a poco todos los viajeros se fueron. Quedó sola, completamente sola. El conductor gritó:

—¡Vaugirard!

Como ella no se movía, repitió:

—¡Vaugirard!

Ella lo miró, comprendiendo que esa palabra se dirigía a ella, puesto que ya no tenía vecinos. El hombre dijo por tercera vez:

—¡Vaugirard!

Entonces ella preguntó:

—¿Dónde estamos?

Él respondió con tono hosco:

—Estamos en Vaugirard, por Dios, hace veinte veces que lo grito.

—¿Está lejos del boulevard? —dijo ella.

—¿Qué boulevard?

—Pues el boulevard des Italiens.

—¡Hace rato que lo pasamos!

—¡Ah! ¿Quiere usted avisar a mi marido?

—¿Su marido? ¿Dónde?

—Pues en la imperial.

—¿En la imperial? ¡Hace mucho que ya no hay nadie!

Ella hizo un gesto de terror.

—¿Cómo? No es posible. Subió conmigo. Mire bien; debe de estar ahí.

El conductor se volvía grosero:

—Vamos, señorita, ya está bien de charla: un hombre perdido, diez encontrados. Bájese, se acabó. Ya encontrará otro en la calle.

Las lágrimas le subían a los ojos; insistió:

—Pero, señor, usted se equivoca, le aseguro que se equivoca. Llevaba una cartera grande bajo el brazo.

El empleado se echó a reír:

—¿Una cartera grande? ¡Ah, sí! Se bajó en la Madeleine. Da igual, te ha dejado plantada, ¡ja, ja, ja!, ¡ja, ja, ja!…

El vehículo se había detenido. Ella bajó y miró, a pesar suyo, con un movimiento instintivo de los ojos, hacia el techo del ómnibus. Estaba totalmente desierto.


Entonces se puso a llorar y, en voz alta, sin pensar que la escuchaban ni que la miraban, dijo:

—¿Qué va a ser de mí?

El inspector del puesto se acercó:

—¿Qué ocurre?

El conductor respondió con tono burlón:

—Es una señora a la que su esposo dejó en el camino.

El otro replicó:

—Bien, no es nada, ocúpese de su servicio.

Y se dio media vuelta.

Entonces ella se echó a andar sin rumbo, demasiado espantada, demasiado trastornada para comprender siquiera lo que le ocurría. ¿Adónde iría? ¿Qué iba a hacer? ¿Qué le había pasado a él? ¿A qué se debía semejante error, semejante olvido, semejante confusión, una distracción tan increíble? Tenía dos francos en el bolsillo. ¿A quién dirigirse? Y, de pronto, le vino a la memoria su primo Barral, subjefe de oficina en la Marina.

Tenía justo lo necesario para pagar el coche de alquiler; se hizo llevar a su casa. Y lo encontró cuando salía para su ministerio. Llevaba, como Lebrument, una cartera grande bajo el brazo.

Ella se arrojó fuera del coche.

—¡Henry! —gritó.

Él se detuvo, estupefacto:

—¿Jeanne?… ¿aquí?… ¿sola?… ¿Qué haces, de dónde vienes?

Ella balbuceaba, con los ojos llenos de lágrimas:

—Mi marido se ha perdido hace un rato.

—Perdido… ¿dónde?

—En un ómnibus.

—¿En un ómnibus?… ¡Oh!…

Y le contó, llorando, su aventura.

Él la escuchaba, reflexionando. Preguntó:

—¿Esta mañana tenía la cabeza bien serena?

—Sí.

—Bien. ¿Llevaba mucho dinero encima?

—Sí, llevaba mi dote.

—¿Tu dote?… ¿toda entera?

—Toda entera… para pagar su notaría dentro de poco.

—Pues bien, mi querida prima, a estas horas su marido debe de ir camino de Bélgica.

Ella todavía no comprendía. Tartamudeaba:

—… ¿Mi marido… usted dice?…

—Digo que se llevó su… su capital… y eso es todo.

Ella permanecía de pie, sofocada, murmurando:

—Entonces es… es… ¡un miserable!…

Luego, desfalleciendo de emoción, cayó sollozando sobre el chaleco de su primo.

Como la gente se detenía a mirarlos, él la empujó muy suavemente bajo el zaguán de su casa y, sosteniéndola por la cintura, la hizo subir la escalera; y como su criada, desconcertada, abría la puerta, ordenó:

—Sophie, corra al restaurante a buscar un almuerzo para dos personas. Hoy no iré al ministerio.

FIN

Guy de Maupassant : La dot
  • Autor: Guy de Maupassant
  • Título: La dote
  • Título Original: La dot
  • Publicado en: Gil Blas, 9 septiembre de 1884
  • Traducción: Luis Ruiz Contreras

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