Antón Chéjov: El zapatero y el diablo

Antón Chéjov - El zapatero y el diablo
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Sinopsis: «El zapatero y el diablo» (Сапожник и нечистая сила) es un cuento de Antón Chéjov, publicado el 25 de diciembre de 1888 en La Gaceta de Petersburgo. En la víspera de Navidad, Fiódor Nílov, un zapatero pobre, trabaja de noche para cumplir un encargo mientras se lamenta de su miseria y de la desigualdad entre ricos y pobres. Humillado y cansado de su suerte, se dirige a la casa de un extraño cliente, cuya actividad y apariencia despiertan inquietantes sospechas. Allí, impulsado por la envidia, Fiódor se enfrenta a una tentadora posibilidad de transformar su destino.

Antón Chéjov - El zapatero y el diablo

El zapatero y el diablo

Antón Chéjov
(Cuento completo)

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Era la víspera de Navidad. María llevaba ya largo rato roncando sobre la estufa y en la lamparilla se había consumido todo el petróleo, pero Fiódor Nílov seguía trabajando. Habría dejado el trabajo hacía tiempo y se habría marchado a la calle, pero un cliente del callejón Kolokolni, que le había encargado unos empeines para sus botas dos semanas antes, había ido a verlo el día anterior, lo había insultado y le había ordenado que terminara el encargo sin falta antes del oficio matinal.

—¡Vaya una vida! —rezongaba Fiódor mientras cosía—. Unos ya llevan rato durmiendo, otros divirtiéndose, y yo aquí, trabajando como una bestia, cosiendo para el primero que aparece…

Para no quedarse dormido, de vez en cuando agarraba una botella que había debajo de la mesa y bebía, sacudiendo la cabeza después de cada trago y diciendo en voz alta:

—Que alguien me explique por qué mis clientes se divierten mientras yo tengo que coser para ellos. ¿Será porque ellos tienen dinero y yo soy pobre?

Odiaba a todos sus clientes, pero especialmente al que vivía en el callejón Kolokolni. Era un hombre de aspecto lúgubre, con el pelo largo, tez amarillenta, grandes lentes azules y voz ronca. Tenía un apellido alemán imposible de pronunciar. Nadie parecía saber a qué se dedicaba ni de qué vivía. Dos semanas antes, cuando Fiódor fue a su casa a tomarle las medidas, lo había encontrado sentado en el suelo, machacando algo en un mortero. Antes de que Fiódor alcanzara a saludarlo, el contenido del mortero relampagueó y empezó a despedir una llama roja y brillante; se levantó un olor a azufre y a plumas quemadas, y toda la habitación se llenó de un espeso humo rosado que hizo estornudar a Fiódor cinco veces. De camino a casa pensó: «Nadie que tenga temor de Dios podría ocuparse de semejantes cosas».

Cuando la botella se vació, Fiódor puso las botas sobre la mesa y se quedó pensativo. Apoyó la pesada cabeza en el puño y se hundió en reflexiones sobre su pobreza, sobre su vida triste y sombría. Luego pasó a pensar en los ricos, en sus grandes casas, sus carruajes y sus billetes de cien rublos… ¡Qué bien estaría si las casas de esos malditos ricos se derrumbaran, si se les murieran los caballos y se les gastaran los abrigos y gorros de piel! ¡Qué bien estaría si poco a poco los ricos se volvieran pobres y no tuvieran qué comer, y él, un zapatero pobre, se convirtiera en un hombre adinerado y se pavoneara ante un zapatero pobre en la víspera de Navidad!

Fiódor pasó algunos minutos entregado a esas fantasías, pero de pronto recordó su trabajo y abrió los ojos.

«¿En qué estoy pensando? —se dijo, mirando las botas—. Hace rato que he terminado el encargo y sigo aquí sentado. ¡Tengo que llevárselas al cliente!».

Envolvió el calzado en un pañuelo rojo, se puso el abrigo y salió a la calle. Caía una nieve fina y pesada que le pinchaba el rostro como agujas. Hacía frío, reinaba la oscuridad y el suelo estaba resbaladizo. Las farolas de gas daban una luz opaca; por alguna razón, en toda la calle había un olor tan fuerte a petróleo que Fiódor se vio obligado a toser y carraspear. En una y otra dirección pasaban hombres acomodados en sus carruajes, todos con un jamón y una botella de vodka. Desde los coches y los trineos, señoritas elegantes miraban a Fiódor, le sacaban la lengua y le gritaban entre risas:

—¡Un mendigo! ¡Un mendigo!

Detrás de él caminaban estudiantes, oficiales, comerciantes y generales, y todos lo insultaban:

—¡Borracho! ¡Borracho! ¡Zapatero sin Dios! ¡Solo crees en tus suelas! ¡Mendigo!

Todo aquello era ofensivo, pero Fiódor guardó silencio y se limitó a escupir. Cuando se cruzó con Kuzmá Lebedkin, maestro zapatero natural de Varsovia, este le dijo:

—Yo me he casado con una mujer rica y en mi taller trabajan aprendices. Pero tú eres pobre y no tienes nada que llevarte a la boca.

Fiódor no se contuvo y se lanzó tras él. Lo persiguió hasta llegar al callejón Kolokolni. Su cliente vivía en la cuarta casa desde la esquina, en un departamento situado en el último piso. Para llegar hasta allí había que atravesar un patio largo y oscuro y luego subir por una escalera muy alta y resbaladiza que se tambaleaba. Cuando Fiódor entró en la vivienda, encontró a su cliente sentado en el suelo, triturando alguna sustancia en el mortero, igual que dos semanas antes.

—¡Le traigo sus botas, excelencia! —exclamó Fiódor con gesto sombrío.

El cliente se levantó y empezó a calzarse las botas en silencio. Con intención de ayudarlo, Fiódor hincó una rodilla en el suelo y le quitó una de las botas viejas, pero de inmediato se irguió y, aterrorizado, retrocedió hasta la puerta. En lugar de un pie, aquel hombre tenía una pezuña de caballo.

«¡Caramba! —pensó Fiódor—. ¡Bonita historia!».

Lo primero que habría debido hacer era persignarse, dejarlo todo y huir escaleras abajo; pero enseguida pensó que aquel era su primer encuentro —y probablemente el último— con el diablo, y que sería una tontería no sacar provecho de sus servicios. Se dominó y decidió probar suerte. Tras esconder las manos a la espalda para no hacer la señal de la cruz, carraspeó respetuosamente y dijo:

—La gente dice que no hay nada peor ni más vil en el mundo que el diablo, pero en mi opinión, excelencia, el Señor de las Tinieblas es muy instruido. El diablo, con perdón, tiene pezuñas y rabo, pero es más inteligente que cualquier estudiante.

—Le agradezco mucho esas palabras —exclamó el cliente, halagado—. Muchas gracias, zapatero. ¿Qué es lo que quieres?

Y el zapatero, sin perder tiempo, empezó a lamentarse de su suerte. Dijo que desde niño había envidiado a los ricos. Siempre le había molestado que no todas las personas vivieran en grandes casas y tuvieran buenos caballos. ¿Por qué, se preguntaba, él era pobre? ¿En qué era peor que Kuzmá Lebedkin, natural de Varsovia, que tenía casa propia y una mujer que llevaba sombrero? Su nariz, sus manos, sus piernas, su cabeza y su espalda no se diferenciaban en nada de las de los ricos; entonces, ¿por qué tenía que trabajar mientras los otros se divertían? ¿Por qué estaba casado con María y no con una dama que oliera a esencias? En casa de los clientes ricos había visto a menudo hermosas señoritas, pero ellas no le prestaban atención; solo a veces se reían y murmuraban entre sí:

—¡Qué nariz tan roja tiene este zapatero!

En verdad, María era una mujer buena, amable y trabajadora, pero carecía de educación, tenía mano dura y pegaba fuerte. Además, cuando en su presencia se hablaba de política o de algún tema elevado, enseguida se entrometía y decía los disparates más absurdos.

—¿Qué es lo que quieres? —lo interrumpió el cliente.

—Ya que es usted tan amable, señor diablo, me gustaría que me hiciera rico, excelencia.

—Muy bien. Pero a cambio debes entregarme tu alma. Antes de que canten los gallos tienes que firmar este papel, cediéndomela.

—¡Pero excelencia! —exclamó Fiódor con respeto—. Cuando me encargó esos empeines, yo no le pedí dinero por adelantado. Antes de exigir el pago hay que cumplir lo acordado.

—Está bien —accedió el cliente.

De pronto, del mortero brotó una llama brillante, de la que se desprendió un humo rosado y espeso, y enseguida empezó a oler a azufre y a plumas quemadas. Cuando el humo se disipó, Fiódor se frotó los ojos y advirtió que ya no era Fiódor el zapatero, sino otra persona distinta, vestida con chaleco, leontina y pantalones nuevos, sentada en un sillón junto a una gran mesa. Dos lacayos le presentaban distintos platos, hacían profundas reverencias y exclamaban:

—¡Buen provecho, excelencia!

¡Qué riqueza! Los lacayos le sirvieron una gran porción de cordero asado y un plato de pepinillos. Luego trajeron, en una sartén, un ganso asado, y después cerdo al horno con salsa de rábano picante. ¡Y qué noble y distinguido era todo! Fiódor comió, bebiendo antes de cada plato un gran vaso de excelente vodka, como cualquier general o conde. Tras el cerdo le trajeron gachas de avena con grasa de ganso, y luego una tortilla con grasa de cerdo e hígado frito, alimentos todos que degustó con aprecio. ¿Y qué más? También le sirvieron un pastel de cebolla y nabos cocidos al vapor con masa fermentada.

«¡No sé cómo los señores no revientan con estas comidas!», pensó.

Como colofón, le trajeron un gran tarro de miel. Después de la comida apareció el diablo de las lentes azuladas y, haciéndole una profunda reverencia, le preguntó:

—¿Estás satisfecho con la comida, Fiódor Panteleich?

Pero Fiódor no pudo responder: estaba demasiado lleno. Tras aquel exceso se sentía pesado e incómodo. Para distraerse, se puso a examinar la bota de su pie izquierdo.

—Por unas botas como estas yo no pediría menos de siete rublos y medio. ¿Qué zapatero las ha hecho? —preguntó.

—Kuzmá Lebedkin —respondió el lacayo.

—¡Traigan aquí a ese imbécil!

Al poco apareció Kuzmá Lebedkin, natural de Varsovia. Se detuvo en el umbral con actitud respetuosa y preguntó:

—¿Qué ordena su excelencia?

—¡Cállate! —le gritó Fiódor, golpeando el suelo con el pie—. ¡No te atrevas a contestarme! ¡Recuerda tu condición de zapatero y la clase de hombre que eres! ¡Estúpido! ¡No sabes hacer botas! ¡Te voy a romper la cara! ¿A qué has venido?

—A cobrar mi dinero, señor.

—¿Qué dinero? ¡Vete! ¡Vuelve el sábado! ¡Criado, dale una bofetada!

Pero en ese instante recordó cuánto lo habían atormentado a él mismo sus clientes y sintió que el corazón se le encogía. Para distraerse, sacó del bolsillo una gruesa billetera y se puso a contar su dinero. Había muchísimo, pero Fiódor quería todavía más. El diablo de las lentes azuladas le trajo otra billetera aún más repleta, pero él seguía ansiando más, y cuanto más contaba los billetes, más insatisfecho se sentía.

Al atardecer, el diablo le trajo una señorita alta, de generoso busto, vestida con un traje rojo, y le dijo que esa sería su nueva esposa. Pasó toda la tarde besándola y comiendo dulces. Por la noche se acostó en un blando colchón de plumas, pero daba vueltas sin cesar, incapaz de conciliar el sueño. Se sentía inquieto.

—Tenemos mucho dinero —le dijo a su esposa—, y eso puede atraer a los ladrones. Toma una vela y ve a echar un vistazo.

No durmió en toda la noche y no dejó de levantarse para comprobar si el cofre seguía intacto. Al amanecer tenía que ir a la iglesia para asistir al oficio de maitines. En la iglesia, ricos y pobres recibían los mismos honores. Cuando Fiódor era pobre, rezaba con estas palabras: «Señor, perdona a este pecador». Esas mismas palabras pronunció ahora que era rico; entonces, ¿dónde estaba la diferencia? Además, después de la muerte, al rico Fiódor no lo enterrarían entre oro y diamantes, sino en la tierra negra, igual que al más pobre mendigo. Fiódor ardería en el mismo fuego que los zapateros. Todo eso le pareció ofensivo. Volvió a sentir en el cuerpo la pesadez de la comida; en lugar de oraciones, le acudían a la cabeza pensamientos sobre el cofre, el dinero, los ladrones y su alma vendida y condenada.

Salió de la iglesia contrariado. Para apartar esos pensamientos inoportunos, se puso a cantar a voz en cuello, como siempre había hecho. Pero apenas comenzó, un guardia se le acercó y le dijo, llevándose la mano a la visera:

—Excelencia, no es propio de señores cantar en la calle. ¡Ni que fuera usted un zapatero!

Fiódor se apoyó en una valla y buscó otro entretenimiento.

—¡Señor! —le gritó un portero—. No se apoye tanto en esa valla o se ensuciará el abrigo.

Fiódor entró en una tienda y compró el mejor acordeón; luego salió a la calle y se puso a tocar. Todos los transeúntes lo señalaban con el dedo y se reían.

—¡Vaya señor! —se burlaban los cocheros—. ¡Se comporta como un zapatero!

—No podemos permitir que los señores perturben la tranquilidad —le dijo un guardia—. Será mejor que vaya a una taberna.

—¡Señor, por el amor de Dios! —le gritaban los pobres, rodeándolo—. ¡Denos algo!

Antes, cuando era zapatero, los pobres no le prestaban la menor atención; ahora, en cambio, no se apartaban de él.

En casa encontró a su nueva esposa, vestida con una blusa verde y una falda roja. Hizo ademán de acariciarla, pero ya había alzado la mano con intención de darle un golpe en la espalda cuando ella exclamó, indignada:

—¡Bruto! ¡Grosero! ¡No sabes tratar a una dama! Si me amas, bésame la mano. Pero no permitiré que me pegues.

«¡Qué vida de perros! —pensó Fiódor—. ¡Y a esto le llaman vivir! No se puede cantar, ni tocar el acordeón, ni divertirse con la mujer… ¡Uf!».

Apenas se sentó con la señorita a tomar el té, apareció el diablo de las lentes azuladas y dijo:

—Bueno, Fiódor Panteleich. He cumplido mi parte del trato; ahora firma ese papel y sígueme. Ya sabes lo que significa ser rico, así que es suficiente.

Y sin más preámbulos arrastró a Fiódor al infierno, donde una multitud de diablos apareció volando por todas partes y empezó a gritar:

—¡Estúpido! ¡Imbécil! ¡Burro!

En el infierno había un olor a petróleo tan terrible que apenas se podía respirar.

De pronto todo desapareció. Fiódor abrió los ojos y vio su mesa, las botas y la lamparilla de hojalata. El cristal de la lamparilla estaba negro, y de la pequeña llama de la mecha se elevaba un humo maloliente, parecido al de una chimenea. A su lado estaba el cliente de las lentes azuladas, gritándole furioso:

—¡Estúpido! ¡Imbécil! ¡Burro! ¡Te voy a dar una lección, estafador! ¡Hace dos semanas que te hice este encargo y las botas aún no están listas! ¿Crees que tengo tiempo para venir aquí cinco veces al día a recogerlas? ¡Canalla, miserable!

Fiódor sacudió la cabeza y se puso a trabajar en las botas. El cliente pasó un buen rato insultándolo y amenazándolo. Cuando por fin se calmó, Fiódor le preguntó con gesto sombrío:

—¿A qué se dedica usted, señor?

—Preparo bengalas y cohetes. Soy pirotécnico.

Empezaron a repicar las campanas llamando a maitines. Fiódor entregó las botas, cobró el dinero y se dirigió a la iglesia.

Carruajes y trineos cubiertos con mantas de piel de oso se desplazaban en todas direcciones. Por la acera paseaban comerciantes, señores y oficiales, junto con gente sencilla… Pero Fiódor ya no envidiaba a nadie ni se quejaba de su suerte. Ahora pensaba que el destino de ricos y pobres era igualmente desdichado. Unos podían ir en carruaje; otros, cantar a voz en cuello y tocar el acordeón; pero a todos los esperaba la misma tumba. Nada había en la vida por lo que valiera la pena entregar al diablo ni siquiera una pequeña parte del alma.

FIN

Antón Chéjov - El zapatero y el diablo
  • Autor: Antón Chéjov
  • Título: El zapatero y el diablo
  • Título Original: Сапожник и нечистая сила
  • Publicado en: La Gaceta de Petersburgo, 25 de diciembre de 1888
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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