Sinopsis: «En el bosque» (Au bois) es un cuento corto del escritor francés Guy de Maupassant, publicado en Gil Blas el 22 de junio de 1886. Una pareja de ancianos es arrestada por el guarda rural en circunstancias escandalosas dentro del bosque de Champioux. Al ser interrogados por el alcalde, se revela que son matrimonio y dueños de una mercería en París. La situación resulta desconcertante: ¿por qué dos ancianos casados y respetables se expondrían a semejante bochorno en pleno campo?

En el bosque
Guy de Maupassant
(cuento completo)
El alcalde iba a sentarse a la mesa para almorzar cuando le avisaron que el guarda rural lo esperaba en la alcaldía con dos prisioneros.
Se dirigió allá de inmediato y vio, en efecto, a su guarda rural, el tío Hochedur, de pie y vigilando con aire severo a una pareja de burgueses maduros.
El hombre, un viejo corpulento, de nariz roja y cabello blanco, parecía abrumado; mientras que la mujer, una abuelita entrañable vestida de domingo, muy redonda, muy gorda, de mejillas brillantes, miraba con ojo desafiante al agente de la autoridad que los había capturado.
El alcalde preguntó:
—¿Qué ocurre, tío Hochedur?
El guarda rural presentó su declaración.
Había salido por la mañana, a la hora de costumbre, para realizar su ronda por los bosques de Champioux hasta el límite de Argenteuil. No había observado nada especial en el campo, salvo que hacía buen tiempo y que los trigos iban bien, cuando el hijo de los Bredel, que escardaba su viña, le gritó:
—¡Eh, tío Hochedur! Vaya a ver al borde del bosque, en el primer bosquecillo: encontrará un par de pichones que entre los dos deben sumar ciento treinta años.
Se dirigió hacia el lugar indicado, entró en la espesura y oyó palabras y suspiros que le hicieron suponer un flagrante delito de malas costumbres.
Así pues, avanzando a gatas, como para sorprender a un cazador furtivo, había capturado a la pareja en el momento en que se entregaba a sus instintos.
El alcalde, estupefacto, examinó a los culpables. El hombre contaba unos sesenta años, y la mujer, por lo menos cincuenta y cinco.
Comenzó a interrogarlos, empezando por el macho, que respondía con una voz tan débil que apenas se le oía.
—¿Su nombre?
—Nicolás Beaurain.
—¿Profesión?
—Mercero, calle de los Mártires, en París.
—¿Qué hacía usted en ese bosque?
El mercero permaneció mudo, con los ojos clavados en su grueso vientre y las manos apoyadas en los muslos.
El alcalde prosiguió:
—¿Niega usted lo que afirma el agente de la autoridad municipal?
—No, señor.
—Entonces, ¿confiesa?
—Sí, señor.
—¿Qué tiene que alegar en su defensa?
—Nada, señor.
—¿Dónde encontró usted a su cómplice?
—Es mi mujer, señor.
—¿Su mujer?
—Sí, señor.
—Entonces… entonces… ¿no viven ustedes juntos en París?
—Perdón, señor, vivimos juntos.
—Pero… entonces… está usted loco, completamente loco, mi querido señor, al venir a dejarse atrapar así, en pleno campo, a las diez de la mañana.
El mercero parecía a punto de llorar de vergüenza. Murmuró:
—¡Fue ella quien quiso! Yo le decía que era una estupidez. Pero cuando una mujer tiene algo en la cabeza… ya sabe usted… no lo tiene en otro sitio.
El alcalde, que tenía gusto por el humor picante, sonrió y replicó:
—En su caso, más bien debió ocurrir lo contrario. No estarían aquí si solo se le hubiera metido en la cabeza.
Entonces el señor Beaurain, indignado, se volvió hacia su mujer:
—¿Ves adónde nos ha llevado tu poesía? ¿Eh? ¡Aquí estamos! ¡Y ahora iremos ante los tribunales, a nuestra edad, por atentado a las buenas costumbres! Y habrá que cerrar la tienda, vender la clientela y cambiar de barrio. ¡Así estamos!
La señora Beaurain se levantó y, sin mirar a su marido, se explicó sin cortedad, sin falso pudor, casi sin vacilar:
—¡Dios mío, señor alcalde!, sé muy bien que somos ridículos. ¿Me permite usted defender mi causa como un abogado, o mejor dicho, como una pobre mujer? Espero que accederá a dejarnos volver a casa y evitarnos la vergüenza de un proceso.
»En otros tiempos, cuando era joven, conocí al señor Beaurain en esta comarca, un domingo. Él trabajaba como empleado en una mercería; yo era dependienta de un almacén de confecciones. Lo recuerdo como si fuera ayer. Venía a pasar los domingos aquí, de vez en cuando, con una amiga, Rose Levêque, con quien vivía en la calle Pigalle. Rose tenía un amigo; yo no. Él era quien nos traía por acá. Un sábado, Rose me anunció, riendo, que su amigo traería a un camarada al día siguiente. Entendí perfectamente lo que pretendían, pero contesté que era inútil. Yo era prudente, señor.
»Así que, al día siguiente, encontramos al señor Beaurain en el tren. Era un buen mozo en aquella época. Pero yo estaba decidida a no ceder, y no cedí.
»Llegamos a Bezons. Hacía un tiempo espléndido, de esos que le hacen a una cosquillas en el corazón. Yo, cuando hace buen tiempo, ahora igual que antes, me vuelvo tan tonta que lloro; y cuando estoy en el campo, pierdo la cabeza. El verdor, los pájaros que cantan, los trigos que se mecen al viento, las golondrinas que vuelan tan rápido, el olor de la hierba, las amapolas, las margaritas… ¡todo eso me vuelve loca! ¡Es como el champán cuando una no está acostumbrada!
»Así pues, hacía un tiempo magnífico, suave y claro, que se metía en el cuerpo por los ojos al mirar y por la boca al respirar. Rose y Simon se besaban a cada rato. A mí me daba no sé qué verlos. El señor Beaurain y yo caminábamos detrás, sin decir palabra. Cuando uno no conoce al otro, no se le ocurre nada que decir. Él tenía un aire tímido, y a mí me gustaba verlo cohibido.
»Llegamos al bosquecillo. Estaba fresco como un baño, y todos se sentaron en la hierba. Rose y su amigo me tomaban el pelo porque yo tenía aspecto muy serio; ya comprenderá que no podía comportarme de otra manera. Después volvieron a besarse sin preocuparse de que estuviéramos ahí; luego se dijeron algo en voz baja; luego se levantaron y se metieron entre el follaje sin decir nada.
»Imagínese qué papel tan bobo hacía yo frente a aquel joven al que veía por primera vez. Me sentí tan confundida al verlos marcharse así que eso me dio valor, y me puse a conversar. Le pregunté en qué trabajaba; era empleado de mercería, como ya le he contado. Charlamos unos minutos; eso lo envalentonó y quiso tomarse ciertas libertades, pero lo puse en su lugar, y bien firme. ¿No es cierto, señor Beaurain?
El señor Beaurain, con la mirada fija en los pies, no respondió.
Ella continuó:
»Entonces él comprendió que yo era una mujer seria, y empezó a cortejarme amablemente, como un hombre honrado. Desde ese día volvió todos los domingos. ¡Estaba muy enamorado de mí, señor! Y yo también lo quería mucho, muchísimo. Era un guapo mozo, en aquel entonces.
»En resumen, se casó conmigo en septiembre y abrimos un negocio en la calle de los Mártires.
»Fue muy duro durante años, señor. Los negocios no marchaban, y no podíamos permitirnos paseos al campo. Y, además, habíamos perdido la costumbre. Uno tiene otras cosas en la cabeza: en el comercio se piensa más en la caja que en los requiebros. Envejecíamos poco a poco, sin darnos cuenta, como gente tranquila que ya no piensa en el amor. No se extraña nada mientras uno no descubre que eso le falta.
»Y luego, señor, los negocios mejoraron y dejamos de preocuparnos por el futuro. Entonces, fíjese, no sé muy bien qué ocurrió dentro de mí… no, de verdad, no lo sé.
»El caso es que volví a soñar como una colegiala. La vista de los carritos de flores por la calle me hacía llorar. El olor de las violetas llegaba hasta mi sillón, detrás del mostrador, y me hacía latir el corazón. Entonces me levantaba y me acercaba a la puerta para mirar el azul del cielo entre los tejados. Cuando una mira el cielo desde una calle, parece un río, un largo río que desciende sobre París serpenteando; y las golondrinas pasan por él como peces. ¡Son tonterías, cosas de lo más bobas a mi edad! ¿Qué quiere que le diga, señor? Cuando una ha trabajado toda la vida, llega un momento en que se da cuenta de que podría haber hecho otra cosa, y entonces lo lamenta, ¡oh, sí!, lo lamenta.
»Piense que durante veinte años habría podido ir a cosechar besos en los bosques, como las demás, como las otras mujeres. Pensaba en lo hermoso que es estar acostada bajo las hojas amando a alguien. ¡Y pensaba en eso todos los días, todas las noches! Soñaba con claros de luna sobre el agua hasta sentir ganas de ahogarme.
»Al principio no me atrevía a hablarle de esto al señor Beaurain. Sabía muy bien que se burlaría de mí y me mandaría a vender mis hilos y mis agujas. Y, además, a decir verdad, el señor Beaurain ya no me decía gran cosa; pero al verme en el espejo, comprendía yo también que ya no le decía nada a nadie.
»Así que me decidí y le propuse un paseo al campo, al pueblo donde nos habíamos conocido. Él aceptó sin desconfianza, y aquí llegamos esta mañana, alrededor de las nueve.
»Me sentí completamente trastornada cuando entré entre los trigos. ¡No envejece el corazón de las mujeres! Y, de verdad, ya no veía a mi marido como es, sino como era entonces. Se lo juro, señor. De veras, de veras, estaba ebria. Empecé a besarlo; él se quedó más sorprendido que si hubiera intentado asesinarlo. Repetía: “Pero estás loca… estás loca esta mañana… ¿qué te pasa?”. Pero yo no lo escuchaba; yo solo escuchaba mi corazón. Y lo hice entrar en el bosque… ¡ Y eso es todo! He dicho la verdad, señor alcalde, toda la verdad.
El alcalde era un hombre de ingenio. Se levantó, sonrió y dijo:
—Váyase en paz, señora, y no peque más… bajo el follaje.
FIN
