Isaac Asimov: Exiliados al infierno

—Los rusos —decía Dowling con su voz clara y precisa—, por los tiempos en que los viajes espaciales todavía no se habían generalizado, solían enviar los presos a Siberia. Los franceses utilizaban la Isla del Diablo para este fin. Los británicos los embarcaban para Australia.

Luego estudió atentamente el tablero y su mano se detuvo, indecisa, sobre el alfil.

Parkinson, sentado enfrente, al otro lado del tablero, contemplaba distraídamente la distribución de las piezas. Naturalmente, el ajedrez era el juego profesional de los programadores de computadoras; pero, dadas las circunstancias, la partida no le inspiraba ningún interés. Comprendía, con cierta desazón, que Dowling habría tenido derecho a mostrarse muchísimo más severo. Dowling programaba el alegato del fiscal.

Por supuesto, en los programadores se manifestaba una cierta tendencia a asumir algunas de las supuestas características de las computadoras: la falta de emoción, la impermeabilidad a todo lo que no fuera lógica estricta. Dowling reflejaba esta tendencia en la raya perfecta que le partía el cabello y en la discreta elegancia de su traje.

Parkinson, quien prefería programar el alegato de la defensa en los procesos en que se veía mezclado, prefería, además, dejarse llevar por un despreocupado desaliño en los aspectos menores de su atuendo.

—Tú quieres decir —comentó—, que el exilio es una pena bien ideada y, por lo tanto, no particularmente cruel.

—No digo eso;  es particularmente cruel; pero al mismo tiempo está bien ideada, y ha llegado a ser el instrumento de disuasión perfecto.

Dowling movió el alfil, sin levantar la vista. Parkinson, aunque muy involuntariamente, sí la levantó.

Naturalmente, no veía nada. Estaban dentro del refugio, en el confortable mundo moderno cortado a la medida de las necesidades humanas y cuidadosamente protegido contra el salvaje medio ambiente que los rodeaba. Allá fuera, la noche estaría deslumbrante, iluminada por su astro.

¿Cuándo lo había visto por última vez? No hacía mucho tiempo. Se le ocurrió pensar en qué fase estaría ahora mismo. ¿Llena? ¿Resplandeciente? ¿O se encontraba en cuarto creciente? ¿Era como una brillante uña de luz suave en el firmamento?

Por derecho propio, había de ser un hermoso espectáculo. En otro tiempo lo fue. Pero lo fue siglos atrás, antes de que los viajes espaciales se hubieran generalizado y abaratado, y antes de que el entorno en que se movían se hubiera vuelto sofisticado y controlado. Ahora aquella hermosa luz en el cielo se había convertido en una nueva y más horrible Isla del Diablo colgada en el espacio.

Ya nadie pronunciaba su nombre siquiera, tal era la aversión que les inspiraba. La llamaban «Eso». O todavía peor: se limitaban a levantar la cabeza en breve movimiento, indicando las alturas.

—Podrías haberme dejado programar el alegato contra la pena de exilio, en general.

—¿Por qué? No habría influido en el resultado.

—En este no, Dowling. Pero habría podido influir en casos futuros. Quizá las sentencias del futuro se conmutasen por la de pena de muerte.

—¿Para personas culpables de dañar las instalaciones? ¡Estás soñando!

—Fue un acto de cólera ciega. Había el propósito de perjudicar a un ser humano, es cierto; pero no había el de dañar las instalaciones.

—Nada; eso no significa nada. En tales casos, la falta de propósito no sirve de excusa. Y tú lo sabes.

Debería servir. Ésa es mi posición, la que desearía defender.

Parkinson adelantó un peón para proteger el caballo.

Dowling reflexionó.

—Tratas de seguir atacando a la reina, Parkinson; pero no te lo permitiré… Bueno, veamos. —Y mientras meditaba, dijo—: Ya no estamos en los tiempos primitivos, Parkinson. Vivimos en un mundo abarrotado, sin margen para el error. Hasta una cosa tan insignificante como el fundir un consistor podría poner en peligro a una parte considerable de nuestra población. Si la cólera pone en peligro o daña una línea de conducción de energía, es una cosa muy grave.

—No lo pongo en duda…

—Pues parecía que lo ponías, cuando estabas estructurando el programa de la defensa.

—No, en verdad que no. Mira, cuando Jenkins cortó el escudo energético, me encontré tan cerca de la muerte como el que más. Un retraso de un cuarto de hora más habría sido el fin para mí, lo mismo que para otros, y me doy perfecta cuenta de ello. ¡Lo que yo sostengo es que la pena de exilio no es la apropiada! —Y reforzó la expresión golpeando el tablero con el dedo. Dowling hubo de coger la dama antes de que se cayera.

—Arreglo las fichas, no muevo —murmuró. Luego sus ojos fueron pasando de una pieza a otra, y siguió dubitativo—: Te equivocas, Parkinson. Es el castigo adecuado, porque no hay nada peor, y porque se corresponde con un crimen como no hay otro peor. Mira, todos sabemos que nuestra existencia depende de una tecnología complicada y más bien frágil. Un fallo en la misma podría matarnos a todos, y no importa si este fallo se ha provocado deliberadamente, casualmente o por incompetencia. Los seres humanos exigen el castigo máximo para una acción de tal naturaleza como única manera de sentirse seguros. La simple muerte no representa un argumento bastante disuasorio.

—Sí, lo es. Nadie quiere morir.

—Pero todavía les apetece menos vivir en el exilio. Por eso hemos tenido uno solo de tales casos en los diez últimos años, y únicamente un exiliado… ¡A ver si le pones remedio a esto! —Y Dowling empujó la torre de dama un lugar hacia la derecha.

Se encendió una luz. Parkinson estuvo en pie al momento.

—La programación ha quedado terminada. Ahora el computador tendrá su veredicto.

Dowling levantó la vista con aire flemático.

—¿Verdad que no dudas de cuál será el veredicto…? Deja las piezas colocadas en el tablero. Terminaremos la partida después.

Parkinson estaba seguro de que después le faltaría humor para continuarla. Echó a correr por el pasillo en dirección a la sala del tribunal, con los pies ligeros como de costumbre.

Poco después de haber entrado él y Dowling, el juez ocupó su puesto, y luego vino Jenkins, entre dos guardias.

Jenkins estaba demacrado, pero estoico. Desde que le dominó aquel acceso de cólera ciega, dejando involuntariamente a todo un sector en la oscuridad, sin energía, mientras arremetía contra un camarada de trabajo, había de saber las consecuencias de aquel crimen, el peor de todos. Es conveniente no hacerse ilusiones.

Parkinson no era un estoico. No osaba mirar cara a cara a Jenkins. No habría podido mirarle sin preguntarse, afligido, qué pasaría por la mente de Jenkins en aquel momento. ¿Se estaba empapando a través de todos sus sentidos de todas las delicias de aquel confort familiar, antes de que le arrojaran para siempre al luminoso infierno que cabalgaba por el cielo de la noche?

¿Saboreaba su olfato aquel aire puro y agradable? ¿Le deleitaban las suaves luces, la nivelada temperatura, el agua pura a discreción, el seguro medio ambiente designado a mecer a la humanidad en domesticadas comodidades?

Mientras que allá arriba…

El juez pulsó un botón de contacto, y la decisión de la computadora se convirtió en el sonido cálido, sin resabios de una voz humana normalizada.

—El examen de todas las informaciones pertinentes, a la luz de la ley del país, y de todos los precedentes dignos de consideración, lleva a la conclusión de que Anthony Jenkins es culpable, según todas las estimaciones, del crimen de destrucción de instalaciones, y queda sujeto a la pena máxima.

En la sala del tribunal propiamente dicha sólo había seis personas; pero, naturalmente, la población entera estaba viendo y escuchando el juicio por televisión.

El juez empleó la fraseología de rigor:

—El acusado será sacado de aquí y llevado al espaciopuerto más próximo y, en el primer medio de transporte disponible, será alejado de este mundo y enviado al exilio por todo el tiempo que dure su vida natural.

Jenkins parecía recogerse dentro de sí mismo; pero no despegó los labios.

Parkinson se estremecía. ¿Cuántos —se preguntaba— se darían cuenta ahora de la enormidad de tal castigo para cualquiera que fuese el delito? ¿Cuánto tiempo habría de transcurrir para que los hombres tuvieran la humanidad suficiente para suprimir definitivamente la pena de exilio?

¿Había alguna persona capaz de imaginarse a Jenkins allá arriba en el espacio sin estremecerse de angustia? ¿Podían pensar —y soportar el pensamiento— en un semejante arrojado por toda la vida allá, entre la extraña, hostil, desalmada población de un mundo de un calor irresistible durante el día y de un frío terrible por la noche; de un mundo en el que el cielo era de un azul áspero y el suelo de un verde más brusco y aplastante todavía, donde el aire polvoriento se movía incesantemente y el perverso mar subía y bajaba eternamente?

¡Y la gravedad, aquel pesado…, pesado…, pesado y eterno tirón!

¿Quién podía soportar el horror de condenar a una persona, fuera cual fuese su crimen, a dejar el acogedor hogar de la Luna para irse a aquel infierno de los cielos que era… la Tierra?

Ficha bibliográfica

Autor: Isaac Asimov
Título: Exiliados al infierno
Título original: Exile to Hell
Publicado en: Analog Science Fiction and Fact, mayo de 1968
Traducción: Baldomero Porta

[Relato completo]

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1 comentario en «Isaac Asimov: Exiliados al infierno»

  1. Fascinante relato, Asimov es un triunfadot en estos temas, además, tal parece que nuestro planeta tierra va para allá; los seres humanos, los que tienen el poder y el dinero, sólo ambicionan eso, más poder y no les importa cómo, a quién destruyen: vidas humanas, millones, naturaleza, un clima envenenado que se levanta como un gigante para amenazar nuestra existencia. al igual que los poderosos. que en nombre de la paz, la libertad y la «democracia» están a punto de extinguir todo signo de humanidad y transformar la tierra en ese infierno que tan bien describe Asimov.

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