Era Matilde una muchacha rubia, de veinte años, de estatura mediana y de elegante aspecto. Sin ser bonita, tenía el raro don de agradar con su presencia a todo el mundo y solía encantar con su conversación.

Sus amigas íntimas no comprendían nunca estas cosas. Decían que sus ojos no eran grandes ni rasgados, que su nariz no era perfecta, que su boca era más bien grande que chica, y aun cuando confesaban que su cabello rubio era abundante y hermoso, le encontraban, en cambio, un tono rojo, elegante, sí, pero no bonito.

Respecto a su parte moral, era orgullosa, vanidosa y presumida; las mujeres, generalmente, llaman buenas a las amigas feas, y simpáticas, a las viejas.

Lo que callaba la intención piadosa de todas ellas era el atractivo poderoso, el gran encanto de Matilde, que consistía en un contraste de expresión entre los ojos claros, enigmáticos, impregnados de pensativa tristeza, y la boca fresca, sensual, de sonrisa irónica y burlona.

Una vez, un señor amigo de su padre le dijo a Matilde que su rostro le recordaba algo al célebre retrato de La Gioconda, de Vinci, y como vio al buen señor entusiasmado con el recuerdo, le preguntó si el retrato aquél estaba en el Museo de Madrid. Le dijeron que había uno, aunque el más famoso y más expresivo era el del Louvre. Matilde fue a verlo, y encontró en el extraño aspecto de la veneciana pintada por Leonardo algo que imitar, cierta vaguedad de la mirada, cierto refinamiento perverso en la sonrisa.

El cuadro del gran maestro italiano dio nueva pose a Matilde, y encontró contemplándolo una coquetería más refinada, una sonrisa indescifrable; aprendió a animar a un hombre sin dirigirle apenas la mirada, y a desconcertarle luego con una sonrisa burlona, tranquila, indiferente.

Como a hija única, su padre mimaba a Matilde y la dejaba hacer todos sus caprichos.

Tenía una verdadera corte de amigas, unas más pobres, otras más feas, a las cuales convidaba a su palco o a dar paseos en su coche, siempre colmándolas de atenciones; atenciones que disimulaban bastante mal la superioridad que se asignaba Matilde sobre sus amigas.

Matilde desdeñaba a los hombres vulgares; quería para ella un talento grande, incomprensible, misterioso; un hombre que reuniese una figura elegante y una inteligencia soberbia; algo así como un Byron sin cojera. En lo que no se fijaba era en el dinero: tenía bastante para los dos.

Una noche, en el Real, vio a un hombre que le llamó poderosamente la atención. Era un joven alto, esbelto, con los ojos negros y rasgados, la cara triste y el cabello largo y negro como el ala del cuervo.

Matilde le contempló atentamente con los gemelos, y cuando vio que el romántico joven se había fijado en ella, desplegó todos sus encantos: unas veces mostraba su aristocrático perfil y su abundante caballera dorada de tonos rojizos; otras, mirándole ensimismada mientras jugueteaba con el abanico.

Cuando Matilde salió de su palco, envuelta en la capa blanca de pieles, para entrar en el coche, vio al joven melancólico que la miraba con sus ojos grandes y tristes.

Pronto se enteró de que era un pintor andaluz, Alonso de Guzmán, que volvía de Roma. Seguramente, el hombre de genio que ella buscaba. Como Matilde conseguía todo de su padre, se arregló de manera que éste enviara a su administrador en busca de don Alonso de Guzmán para hacerle unos encargos.

Don Alonso llegó, y se decidió que hiciera el retrato de Matilde. Esta quería un retrato prerrafaelista, con una túnica azul y el pelo en dos bandas, y, si podía ser, un lirio en la mano. El joven Guzmán no entendía gran cosa de prerrafaelismo, y empezó a su manera el retrato. El pintor era un vago completo, pero tenía gracia hablando, y con historias y anécdotas de su vida de bohemio entretenía a Matilde y a su padre.

Pero el retrato no adelantaba, y De Guzmán, para no seguirlo, convenció a Matilde de que tenía excepcionales dotes para la pintura, y comenzó a darle lecciones del arte de Apeles.

Todos los días arreglaba Matilde poéticos ramos de flores, y cuando llegaba el pintor comenzaba su trabajo. La institutriz leía mientras tanto una novela de miss Braddon.

Aquella mañana de verano, a la hora de llegar Guzmán, Matilde pintaba; la institutriz dormía con un libro en la mano. Al verse los dos libres de la observación escrutadora de la inglesa, se miraron hasta el alma.

—Pinte usted, señor De Guzmán —dijo ella—. Estoy nerviosa.

Él tomó la paleta y los pinceles, y se sentó en el taburete. Alonso, si no era un maestro, tenía posturas de maestro; con la paleta en la mano izquierda, algo separada del cuerpo, el pincel en la derecha, mezcló unos cuantos colores, entornó los ojos, dio dos o tres pinceladas y se quedó contemplando a Matilde con un entusiasmo fogoso.

—¿Por qué me mira usted así? —preguntó ella, balbuciente.

—Porque la amo—exclamó él, con la gallarda entonación de un tenor de zarzuela seria, y se levantó de su asiento.

—¡Oh, déjeme usted!—dijo Matilde, extendiendo los brazos.

—Entonces dígame usted que parta— añadió él, tomando su mano, y murmuró a su oído—: ¡Alma mía! ¡Mi estrella!

Un golpe, que derribó una silla, despertó a la inglesa.

Al día siguiente hubo explicaciones entre padre e hija. Ella le quería, era la verdad; el padre se dejó convencer; no tenía inconveniente en que el pintor volviese, con la condición de averiguar antes quién era y de qué familia. El administrador se enteró de todo; sus noticias cayeron como una bomba.

Primeramente, Guzmán no se llamaba Guzmán, ni Alonso; su nombre era Miguel, y su primer apellido, Pérez. ¡Pérez! ¡Qué horror! Luego había sido siempre un rufián completo, viviendo a costa de las mujeres, y lo que era más terrible para Matilde: había pedido dinero a dos elegantes prestamistas que se paseaban por la Castellana en coche de lujo, comprometiéndose a pagarles cuando se casara con ella.

El golpe fue terrible para Matilde; lloró, estuvo en cama con calentura, y ya algo más tranquila, hablando con su padre y con el amigo de su padre, el aficionado a la pintura, reconoció que le había sugestionado, más que la figura de Pérez, ¡qué horror!, su talento.

— ¡Talento!—replicó el amigo, sonriendo—. No lo ha tenido nunca.

—¿Y mi retrato?—dijo Matilde.

—Es un mamarracho detestable.

A Matilde, al oír aquello, se le saltaron las lágrimas.

Ella, la desdeñosa, la indiferente, había estado loca por aquel hombre, una especie de chulo, de seductor de oficio, que la había enloquecido con su vocabulario de soldado.


© Pío Baroja: La enamorada del talento. Publicado en Vidas sombrías, 1900. | Cuento completo

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