Ray Bradbury: El zorro y el bosque

Hubo fuegos artificiales aquella primera noche, algo inquietantes quizá, pues recordaban otras cosas horribles, pero éstas eran hermosas realmente: cohetes que subían en el aire antiguo y dulce de México, y chocaban con las estrellas convirtiéndolas en fragmentos azules y blancos. Todo era agradable y suave. El aire era una mezcla de muertos y vivos, de lluvias y polvos, del olor del incienso y el olor de las tubas de bronce que lanzaban al aire los amplios compases de La Paloma. Las puertas de la iglesia estaban abiertas de par en par, y parecía como si una enorme constelación amarilla hubiese caído desde el cielo de octubre y ardiese ahora en los muros de piedra. Un millón de velas esparcía colores y humos. Otros fuegos de artificio, más nuevos y mejores, echaban a correr como cometas de cola recta por la plaza fresca y empedrada, golpeaban contra las paredes de adobe del café y se elevaban luego como alambres incandescentes hacia los altos campanarios donde sólo se veían los desnudos pies de unos niños que saltaban de un lado a otro, volteando una y otra vez las monstruosas campanas, y lanzando al aire una música monstruosa. Un toro llameante saltaba por la plaza persiguiendo a los hombres, que reían a carcajadas, y a los niños, que corrían chillando.

—El año es 1938 —dijo William Travis, de pie al lado de su mujer, a orillas de la vociferante multitud, con una sonrisa—. Un buen año.

El toro se precipitó contra ellos. La pareja se hizo a un lado y echó a correr bajo una lluvia de fuego, alejándose del ruido y la música, la iglesia y la banda, bajo la luz de las estrellas. El toro (un esqueleto de bambú y pólvora sulfurosa) pasó rápidamente llevado en hombros por un vivaz mexicano.

Susan Travis se detuvo para tomar aliento.

—Nunca me he divertido tanto.

—Es maravilloso —dijo William.

—Seguirá, ¿no es cierto?

—Toda la noche.

—No. Me refiero a nuestro viaje.

William frunció el ceño y se tocó el bolsillo del chaleco.

—Tengo cheques de viajero como para toda una vida. Diviértete. Y olvídate. Nunca nos encontrarán.

—¿Nunca?

—Nunca.

Ahora alguien lanzaba al aire unos petardos gigantescos desde la torre del sonoro campanario. Los petardos caían envueltos en chispas y humo y la multitud se apartaba, y la pólvora ardía maravillosamente entre los pies de los bailarines y los móviles cuerpos. Un apetitoso olor a tortas fritas llenaba el aire, y desde las terrazas de los cafés unos hombres observaban la escena, con botes de cerveza en las manos oscuras.

El toro estaba muerto. El fuego ya no salía de las cañas de bambú. El hombre se sacó la armazón de los hombros. Unos niños se acercaron a tocar la magnífica cabeza de papel, los cuernos verdaderos.

—Vamos a ver el toro —dijo William.

Al pasar ante la puerta del café, Susan vio al hombre. Los observaba. Un hombre blanco, con un traje blanco como la sal, corbata azul y camisa azul, y un rostro delgado y quemado por el sol. Tenía el pelo rubio y lacio, y los ojos azules, y los seguía con la mirada.

Susan no se hubiese fijado si no hubiera visto aquellas botellas agrupadas sobre la mesa, junto al brazo blanquísimo: una panzuda botella de crema de menta, una clara botella de vermouth, un frasco de coñac, y otras siete botellas de diversos licores. Y al alcance de la mano se alineaban diez vasitos a medio llenar, de los cuales, y sin quitar los ojos de la plaza, el hombre bebía, de cuando en cuando, arrugando los ojos y apretando los labios delgados. En la otra mano humeaba un esbelto cigarro, y sobre una silla se amontonaban veinte cajas de cigarrillos turcos, diez paquetes de habanos y algunos frascos de agua de colonia.

—Bill… —murmuró Susan.

—Tranquilízate —dijo William—. No es nadie.

—Lo vi en la plaza esta mañana.

—No mires atrás. Sigue caminando. Haz como si miraras la cabeza del toro. Eso es. Hazme alguna pregunta.

—¿Crees que será algún investigador?

—¡No han podido seguirnos!

—¡Pueden!

—Qué hermoso toro —le dijo William al dueño.

—No ha podido seguirnos a través de doscientos años, ¿no es cierto?

—Cuidado, por favor —dijo William.

Susan se tambaleó. William la tomó por el codo y la llevó a través de la multitud.

—No te desmayes. —William sonrió, tratando de tranquilizarla—. En seguida te sentirás bien. Vayamos a ese café. Beberemos delante de ese hombre. Si es quien creemos, no sospechará de nosotros.

—No, no puedo.

—Tenemos que hacerlo. Vamos. —Y añadió en voz alta, mientras entraban en el café—: Y yo le dije a David: ¡Eso es ridículo!

Aquí estamos, pensó Susan. ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿Qué tememos? Comienza por el principio, se dijo a sí misma, recurriendo a toda su cordura. Sintió bajo los pies el piso de adobe.

Me llamo Ann Kristen. Mi marido se llama Roger Kristen. Vivíamos en el año 2155, en un mundo malvado. Un mundo que como un enorme barco negro se alejaba de la costa de la cordura y la civilización haciendo sonar su negra sirena en medio de la noche, con dos billones de personas a bordo, dirigiéndose hacia la muerte, más allá de la orilla del mar y de la tierra, hacia la locura y el fuego radiactivo.

Entraron en el café. El hombre los miraba fijamente.

Sonó un teléfono.

Susan se sobresaltó. Recordó un teléfono que había sonado en el futuro, doscientos años después, una clara mañana de abril de 2155.

—¡Ann, te habla Rene! ¿Lo sabes ya? Me refiero a Viajes por el Tiempo, Sociedad Anónima. Viajes a Roma, al año 21 a de C.; viajes a la batalla de Waterloo, ¡a cualquier época, a cualquier lugar!

—Rene, bromeas.

—No. Clinton Smith salió esta mañana para Filadelfia, 1776. Viajes por el Tiempo, S. A., lo arregla todo. Es bastante caro. Pero, piensa… ¡Ver realmente el incendio de Roma, y a Kublaikhan y Moisés, y el mar Rojo! Probablemente ya hay un aviso en tu correo neumático.

Ann abrió el cilindro y allí estaba el aviso, impreso en una hoja metálica.

¡LOS HERMANOS WRIGHT EN KITTY HAWK!
¡ROMA Y LOS BORGIAS!

¡Viajes por el Tiempo S. A. lo viste a usted y lo mezcla con la multitud el día del asesinato de César o Lincoln! Garantizamos enseñanza de cualquier idioma, para que usted pueda visitar fácilmente cualquier civilización, cualquier año, sin molestias. Latín, griego, norteamericano vulgar. ¡Elija el tiempo de sus vacaciones y ya no sólo el sitio!

La voz de Rene resonaba en el teléfono:

—Tom y yo salimos mañana para 1492. Están arreglándolo todo para que Tom pueda embarcar en una de las carabelas de Colón. ¿No es asombroso?

—Sí —murmuró Ann, estupefacta—. ¿Y qué dice el gobierno de esta compañía de máquinas del tiempo?

—Oh, la policía vigila el asunto. Temen que la gente rompa los convenios, se escape y se esconda en el pasado. Todos tienen que dejar una garantía: su casa y sus bienes. Al fin y al cabo estamos en guerra.

—Sí, la guerra —murmuró Ann—. La guerra.

Y allí, de pie, al lado del teléfono, Ann pensó: ésta es la oportunidad de la que tanto hemos hablado mi marido y yo, la que hemos esperado durante años y años. No nos gusta este mundo de 2155. Roger quiere dejar su trabajo en la fábrica de bombas, yo mi puesto en el laboratorio de cultivos patógenos. Quizá logremos huir a través de los siglos hasta un país salvaje donde nunca podrán encontrarnos ni traernos de nuevo aquí para quemarnos los libros, censurarnos las ideas, aterrorizarnos las mentes, ensordecernos con radios…

Estaban en México en el año 1938.

Susan contemplaba las manchadas paredes del café.

Los buenos trabajadores del Estado del Futuro podían descansar en el pasado. Y Ann y Roger habían retrocedido hasta 1938, a la ciudad de Nueva York, y habían disfrutado de los teatros y de la estatua de la Libertad que aún se alzaba, verde, en el puerto. Y al tercer día se habían cambiado las ropas, los nombres, y habían huido.

—Tiene que ser —murmuró Susan, observando al hombre—. Esos cigarrillos, los cigarros, los licores… ¿Recuerdas nuestra primera noche en el pasado?

Hacía un mes, en aquella primera noche, antes de venir a México, habían bebido los licores raros, habían comprado y saboreado comidas insólitas, perfumes, cigarrillos, todo lo que escaseaba en un futuro donde sólo la guerra era importante. Habían perdido la cabeza. Habían entrado en tiendas, bares, cigarrerías, y habían ido, cargados de paquetes, a encerrarse en el cuarto, a enfermarse de un modo maravilloso.

Y ahora ese desconocido hacía lo mismo. Sólo un hombre del futuro podía hacer eso, un hombre que hubiese soñado años y años con cigarrillos y licores.

Susan y William se sentaron y pidieron una bebida.

El desconocido les examinaba las ropas, el pelo, las joyas… el modo de caminar y de sentarse.

—Siéntate con naturalidad —dijo William entre dientes—. Como si hubieses usado estas ropas toda la vida.

—Nunca debimos escaparnos.

—¡Dios mío! —dijo William—. El hombre viene hacia aquí. Déjame hablar.

El desconocido se inclinó ante ellos. Se oyó el leve entrechocar de los talones. Susan se estremeció. ¡Ese ruido militar! Inconfundible como el de esos espantosos nudillos que golpean la puerta en medio de la noche.

—Señor Roger Kristen —dijo el desconocido—, usted no se recoge los pantalones al sentarse.

William se quedó helado. Se miró las manos que descansaban inocentemente sobre sus piernas. El corazón de Susan latía apresuradamente.

—Usted me confunde —dijo William con rapidez—. No me llamo Krisler.

—Kristen —corrigió el desconocido.

—Soy William Travis —dijo William— y no veo en verdad por qué se interesa usted en mis pantalones.

—Lo siento. —El desconocido apartó una silla y se sentó—. Digamos que pensé que lo conocía porque no se recogió los pantalones. Todo el mundo lo hace. Pues si no, los pantalones se deforman. Vengo de muy lejos, señor… Travis, y necesito compañía. Mi nombre es Simms.

—Señor Simms, apreciamos de veras su soledad, pero estamos cansados. Mañana salimos para Acapulco.

—Un sitio encantador. Justamente mañana buscaré allí a unos amigos. No deben de andar muy lejos. Terminaré por encontrarlos. ¡Oh!, ¿la señora no se siente bien?

—Buenas noches, señor Simms.

William y Susan se alejaron hacia la puerta. William apretaba con fuerza el brazo de su mujer. El señor Simms volvió a hablarles. No lo miraron.

—Ah, me olvidaba —exclamó el hombre. Calló y luego dijo, lentamente—: 2155.

Susan cerró los ojos, y sintió que le faltaba el piso. Siguió caminando, a ciegas, hacia la plaza iluminada.

Llegaron al cuarto del hotel y cerraron la puerta con llave. Susan se echó a llorar, y allí se quedaron, de pie en la oscuridad, mientras el cuarto daba vueltas. A lo lejos estallaban los petardos, y las risas llenaban la plaza.

—Qué hombre desfachatado —dijo William—. Sentado ahí, examinándonos de arriba a abajo, como a animales, sin dejar de fumar sus malditos cigarrillos, sin dejar de beber. ¡Debí haberlo matado! —William parecía histérico—. Hasta tuvo el descaro de darnos su nombre verdadero. El jefe de policía. Y ese asunto de mis pantalones. Dios mío. Debí habérmelos recogido cuando me senté. Es un gesto automático en esta época. No lo hice, y eso me diferenció de los demás. Ése es alguien que nunca usó pantalones, pensó Simms, un hombre acostumbrado a los uniformes, a las modas del futuro. No tengo perdón. Me he traicionado.

—No, no, fue mi modo de caminar. Estos tacos altos, eso fue. Nuestros cabellos recién cortados. Todo en nosotros es raro e incómodo.

William encendió la luz.

—Está observándonos. Todavía no está seguro… no totalmente. No podemos escaparnos ahora. Confirmaríamos sus sospechas. Iremos a Acapulco como si no pasara nada.

—Quizá ya sabe a qué atenerse, y está jugando con nosotros.

—Es muy capaz. Le sobra tiempo. Puede entretenerse aquí, si quiere, y llevarnos de vuelta al futuro en un instante. Puede engañarnos durante días enteros, riéndose de nosotros.

Susan se sentó en la cama secándose las lágrimas que le cubrían el rostro, respirando el viejo olor del incienso y la pólvora.

—No harán una escena, ¿no es cierto?

—No se atreverán. Esperarán a que estemos solos. Únicamente entonces podrán meternos en la Máquina del Tiempo.

—Hay una solución entonces —dijo Susan—. No estemos nunca solos. Mezclémonos con la gente. Podemos hacer un millón de amigos, visitar los mercados, dormir en las municipalidades de todos los pueblos, pagar a la policía para que nos proteja hasta que descubramos un modo de matar a Simms. Nos disfrazaremos con ropa nueva, como mexicanos por ejemplo.

Se oyó el ruido de unos pasos.

Apagaron la luz y se desvistieron en silencio. Los pasos se alejaron. Una puerta se cerró.

Susan se detuvo junto a la ventana y miró la plaza sombría.

—Así que ese edificio es una iglesia.

—Sí.

—Siempre me pregunté cómo sería una iglesia. Nadie ha visto ninguna desde hace tanto tiempo. ¿Podemos visitarla mañana?

—Pues claro. Ven a acostarte.

Descansaron envueltos por las sombras del cuarto.

Una hora y media más tarde sonó el teléfono. Susan levantó el receptor.

—¿Hola?

—Los conejos pueden esconderse en el bosque —dijo una voz— pero el zorro acabará por descubrirlos.

Susan colgó el receptor y se acostó de espaldas, rígida y helada.

Afuera, en el año 1938, un hombre con una guitarra tocó tres canciones, una después de otra.

Durante la noche, Susan estiró la mano hasta casi tocar el año 2155. Sintió que los dedos le resbalaban por la fresca superficie del tiempo, como por una tela ondulada, y oyó el insistente taconeo de las botas y un millón de bandas que tocaban un millón de marchas militares, y vio las cincuenta mil hileras de cultivos patógenos en sus tubos de vidrio aséptico, y la mano que se adelantaba hacia ellos en esa enorme fábrica del futuro. Los tubos de gérmenes de lepra, peste bubónica, tifus, tuberculosis… y luego la explosión. Vio que la mano le ardía hasta convertirse en una pasa arrugada, y sintió una sacudida tan grande que el mundo se alzó y cayó, los edificios se derrumbaron, y la gente sangró y quedó tendida en el suelo, en silencio. Volcanes, máquinas, vientos, aludes, callaron también, y Susan se despertó, sollozando, en la cama, en México, muchos años antes…

Por la mañana temprano, después de una única hora de sueño, William y Susan se despertaron con el estruendo de unos ruidosos automóviles. Susan observó desde el balcón de hierro a las ocho personas que salían charlando, gritando, de camiones y autos adornados con rojos letreros. Un grupo de mexicanos rodeaba los camiones.

¿Qué pasa? —le preguntó Susan a un niño.

El niño gritó algo desde la calle.

Susan se volvió hacia su marido.

—Una compañía norteamericana de películas que viene a filmar aquí.

William se estaba dando una ducha.

—Interesante —dijo—. Iremos a verlos. Creo que será mejor que no nos vayamos hoy. Trataremos de confundir a Simms. Miraremos la filmación. Dicen que la técnica del cine primitivo era algo sorprendente. Olvidémonos de nosotros.

De nosotros, pensó Susan. Durante unos segundos, bajo la luz brillante del sol, había olvidado que en alguna parte, en ese mismo hotel, los esperaba un hombre, un hombre que fumaba mil cigarrillos. Observó a los ocho felices y ruidosos norteamericanos y deseó gritarles:

—¡Sálvenme, ocúltenme, ayúdenme! Tíñanme el pelo, píntenme los ojos, vístanme con ropas raras. Necesito que me ayuden. ¡Soy del año 2155!

Pero las palabras se le atragantaron. Los funcionarios de Viajes por el Tiempo, S. A., no eran tontos. Antes de iniciar el viaje le ponían a uno en el cerebro una barrera psicológica. No era posible decir dónde o cuándo se había nacido, ni hablar del futuro con los hombres del pasado. El futuro y el pasado debían protegerse el uno del otro. Sólo con esa barrera se podía viajar, sin vigilancia, a través de las edades. Los que viajaban por el ayer no alteraban de ese modo el futuro. Aunque Susan sintiese unos terribles deseos de hablar, no podía decir quién era ella, ni cuál era su vida.

—¿Vamos a desayunar? —dijo William.

El desayuno se servía en el gran comedor. Jamón con huevos para todos. La sala estaba llena de turistas. Las gentes de la compañía cinematográfica —seis hombres y dos mujeres— entraron riendo a carcajadas, moviendo las sillas. Susan se sentó cerca de ellos, gozando de la cordialidad y la protección que brotaba del grupo, sin preocuparse ni siquiera del señor Simms que bajaba por las escaleras, fumando intensamente su cigarrillo. Simms la saludó con un movimiento de cabeza, y Susan le devolvió el saludo, sonriendo, pues frente a ese grupo de gente de cine, ante veinte turistas, el hombre era casi inofensivo.

—Quizá podamos conquistar a dos de esos actores —dijo William—. Decirles que se trata de una broma, vestirlos con nuestros trajes, y hacerlos escapar en nuestro coche en un momento en que Simms no pueda verles las caras. Si pueden engañarlo unas horas, quizá podamos llegar a la ciudad de México. Tardará en encontrarnos.

—¡Eh!

Un hombre gordo, con el aliento lleno de alcohol, se inclinó hacia ellos.

—¡Turistas norteamericanos! —gritó—. Estoy tan cansado de estos nativos. ¡Los besaría, de veras! —Les estrechó las manos—. Vamos, coman con nosotros. La desgracia necesita compañía. Yo soy el señor Desgracia, ésta es la señorita Tristeza, y éstos son el señor y la señora Odiamos-México. Todos lo odiamos. Hemos venido a filmar las primeras escenas de una condenada película. El resto del reparto llegará mañana. Me llamo Joe Melton. Soy el director. ¡Qué país infernal! Funerales en las calles, gentes que se mueren. Vamos, vengan aquí. Júntense con nosotros. Levántennos el ánimo.

Susan y William se reían.

—¿No soy cómico? —preguntó el señor Melton mirando a sus acompañantes.

Susan se sentó junto a ellos.

—¡Maravilloso!

El señor Simms los miraba con furia. Susan le hizo una mueca.

El señor Simms se adelantó entre las mesas y sillas.

—Señor Travis, señora —les dijo—, creí que desayunarían conmigo.

—Lo siento —dijo William.

—Siéntese, hombre —dijo el señor Melton—. Los amigos de mis amigos son también mis amigos.

El señor Simms se sentó. Las gentes de la compañía cinematográfica hablaban a gritos. El señor Simms dijo en voz baja:

—¿Durmieron bien?

—¿Usted no?

—No estoy acostumbrado a los colchones de resortes —explicó el señor Simms cansadamente—. Pero no importa. Me pasé la mitad de la noche probando cigarrillos y comidas. Raros, fascinantes. Todo un arco iris de sensaciones, estos antiguos vicios.

—No sabemos de qué habla —dijo Susan.

—Sigue la comedia. —El señor Simms se rió—. Todo es inútil. Lo mismo esta estratagema de los grupos. Ya los veré a solas. Tengo una paciencia infinita.

—Oigan —interrumpió el señor Melton, con el rostro enrojecido—, ¿está molestándolos ese individuo?

—No pasa nada.

—Avísenme y lo sacaremos de aquí a empujones.

Melton se volvió para gritar algo a sus compañeros. El señor Simms continuó en medio de las risas:

—Vayamos al centro de la cuestión. Los seguí durante un mes por pueblos y ciudades, y luego ayer, todo el día. Si vienen conmigo sin protestar, haré lo posible para que no los castiguen. Siempre que usted, señor Kristen, vuelva a su trabajo en la fábrica de bombas de hidrógeno.

—¡Oigan hablando de ciencia durante el desayuno! —observó el señor Melton, que había escuchado el final de la frase.

Simms continuó, imperturbable:

—Piénsenlo. No pueden escapar. Si me matan, vendrán otros.

—No sabemos de qué habla.

—¡Basta! —dijo Simms, irritado—. ¡Usen su inteligencia! Saben muy bien que no podemos permitir que se escapen. Otras gentes de 2155 querrían hacer lo mismo. Necesitamos gente.

—Para matarla en la guerra —dijo William.

—¡Bill!

—No te preocupes, Susan. Le hablaremos en su mismo lenguaje. No podemos escapar.

—Excelente —dijo Simms—. En verdad, son ustedes unos románticos incorregibles. Huyendo de sus responsabilidades.

—Huyendo del horror.

—Tonterías. Sólo una guerra.

—¿De qué hablan? —preguntó el señor Melton.

Susan quiso decírselo. Pero sólo podía hablar de generalidades. La barrera psicológica admitía sólo eso. Generalidades, como las que discutían Simms y William.

—Sólo la guerra —dijo William—. ¡La mitad de la población mundial destruida por bombas de lepra!

—Los habitantes del futuro —indicó Simms— están resentidos. Ustedes dos descansando en una especie de isla tropical mientras ellos se precipitan en los abismos infernales. La muerte quiere muerte. Se muere mejor si se sabe que a otros les pasa lo mismo. Es bueno oír que no se está solo en la tumba. Soy el guardián de ese resentimiento colectivo.

—¡Miren al guardián del resentimiento! —dijo el señor Melton a sus acompañantes.

—Cuanto más me hagan esperar, peor para ustedes. Lo necesitamos en la fábrica de bombas, señor. Vuelvan. No habrá torturas. Más tarde, lo obligaremos a trabajar, y cuando las bombas estén terminadas, ensayaremos en usted algunos nuevos y complicados aparatos.

—Le propongo algo —dijo William—. Volveré con usted si mi mujer se queda aquí, lejos de la guerra.

El señor Simms pensó unos instantes.

—Bueno. Estaré en la plaza dentro de diez minutos. Tenga listo el coche. Iremos a un lugar donde no haya gente. La Máquina del Tiempo nos estará esperando.

Susan apretó con fuerza el brazo de su marido.

—¡Bill!

—No discutas. —William la miró—. Está decidido. —Y añadió dirigiéndose a Simms—: Una cosa. Anoche pudo entrar en nuestra alcoba y secuestrarnos. ¿Por qué no lo hizo?

—Digamos que estaba divirtiéndome. ¿Qué les parece? —replicó perezosamente el señor Simms, chupando otro cigarro—. Me disgusta dejar este clima maravilloso, este sol, estas vacaciones. Lamento dejar los vinos y el tabaco. Oh, lo lamento de veras… En la plaza entonces, dentro de diez minutos. Protegeremos a su mujer. Podrá quedarse aquí el tiempo que quiera. Despídanse.

El señor Simms se levantó y salió del comedor.

—¡Ahí va el señor de los grandes discursos! —le gritó el señor Melton. Se volvió y vio a Susan—. Eh, alguien está llorando. La mesa del desayuno no es sitio para llorar, ¿no es cierto?

A las nueve y cuarto Susan miraba la plaza desde el balcón del hotel. El señor Simms estaba allá abajo sentado en un fino banco de hierro, con las piernas cruzadas. Mordió la punta de un cigarro y lo encendió cuidadosamente.

Susan oyó el ruido de un motor, y allá, de un garaje situado en lo más alto de la calle, salió el coche de William y descendió por la cuesta empedrada.

El auto se acercó velozmente. Cuarenta, cincuenta, sesenta kilómetros por hora. Las gallinas saltaban en la calle. El señor Simms se sacó su blando sombrero de paja, se enjugó la frente rosada, se puso otra vez el sombrero, y vio el coche.

Se acercaba a ochenta kilómetros por hora, directamente hacia la plaza.

—¡William! —gritó Susan.

El coche golpeó estrepitosamente el cordón de la acera, dio un salto y corrió sobre las losas hacia el banco verde del señor Simms. El hombre soltó su cigarro, dio un grito, y alzó las manos. El coche lo golpeó. El cuerpo del señor Simms saltó en el aire y rodó por la acera.

En el otro extremo de la plaza, con una rueda rota, el coche se detuvo. La gente corría. Susan entró en el cuarto y cerró la ventana.

Al mediodía, pálidos, tomados del brazo, William y Susan salieron del palacio municipal.

Adiós, señor —dijo el alcalde—. Señora.

La pareja se detuvo en la plaza donde la multitud señalaba las manchas de sangre.

—¿Te citarán otra vez? —preguntó Susan.

—No. Ya me han preguntado bastante. Fue un accidente. Perdí el dominio del coche. Hasta lloré ante ellos. Dios sabe que tenía que desahogarme. De cualquier modo. Tenía ganas de llorar. Odié tener que matarlo. Nunca hice nada semejante.

—No te iniciarán un juicio.

—Hablaron de eso, pero no. Hablé más rápidamente que ellos. Me creyeron. Fue un accidente. Asunto terminado.

—¿Adónde iremos? ¿A la ciudad de México? ¿A Uruapan?

—El auto está en el taller de reparaciones. Estará listo a las cuatro de la tarde. Luego escaparemos.

—¿No nos seguirán? ¿Simms estaría solo?

—No sé. Hemos ganado un poco de tiempo, me parece.

Las gentes de la compañía cinematográfica estaban saliendo del hotel. El señor Melton se acercó corriendo hacia ellos.

—He oído lo que pasó. Mala suerte. ¿Está todo arreglado? ¿No quieren distraerse un poco? Vamos a filmar algunas escenas en la calle. ¿Quieren mirar? Les hará bien.

William y Susan siguieron al señor Melton.

La cámara filmadora fue instalada sobre el empedrado de la calle. Susan miró el camino que descendía, alejándose, y la carretera que llevaba a Acapulco y el mar, bordeado por pirámides y ruinas, y pueblecitos de casas de adobe con muros amarillos, azules y rojos, y llameantes buganvillas, y pensó: Andaremos por los caminos, nos mezclaremos con grupos y multitudes, en los mercados, en los vestíbulos; pagaremos a la policía para que nos vigilen, instalaremos cerraduras dobles; pero siempre rodeados de gente, nunca solos, siempre con el temor de que la primera persona que pase a nuestro lado sea otro Simms. No. Nunca sabremos si los hemos engañado. Y siempre, allá adelante, en el futuro, estarán esperándonos, para quemarnos con sus bombas, enfermarnos con sus gérmenes, ordenar que nos levantemos, que nos demos vuelta, que saltemos a través del aro. Seguiremos huyendo por el bosque, y nunca nos detendremos, y nunca volveremos a dormir.

Se había reunido una muchedumbre para observar la filmación. Susan observaba a la gente y las calles.

—¿Ningún sospechoso?

—No. ¿Qué hora es?

—Las tres. El coche ya estará casi listo.

Las pruebas terminaron a las cuatro menos cuarto. El grupo volvió al hotel, conversando animadamente. William se detuvo en el garaje.

—El coche estará arreglado a las seis —dijo saliendo del taller, pensativo.

—¿Pero no más tarde?

—No. No te preocupes.

Ya en el vestíbulo del hotel, William y Susan miraron a su alrededor buscando a alguien que estuviera solo, alguien que se pareciese al señor Simms, alguien con el pelo recién cortado, y envuelto en nubes de tabaco y perfume. Pero el vestíbulo estaba desierto. El señor Melton comenzó a subir por la escalera y dijo:

—Bueno, ha sido un día terrible. ¿Quieren refrescarse un poco? ¿Martini? ¿Cerveza?

—Quizá. Un vaso.

El grupo invadió el cuarto del señor Melton. Se repartieron unas copas.

—Fíjate en la hora —dijo William.

La hora, pensó Susan. Si tuvieran algunas horas por delante. Sólo quería sentarse en la plaza, durante todo un día de octubre, sin preocupaciones, sin pensamientos, con el sol en los brazos y la cara, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, sonriéndole al calor. Sólo quería dormir al sol de México, dormir profundamente, fácilmente, felizmente, muchos muchos días…

El señor Melton abrió una botella de champaña.

—A una dama muy hermosa, a una dama que podría figurar en un film —dijo, alzando su copa hacia Susan—. Tendría que sacarle una prueba.

Susan se rio.

—De veras —dijo Melton—. Es usted encantadora. Podría convertirla en una estrella de cine.

—¿Y llevarme a Hollywood? —exclamó Susan.

—Lejos de este infierno de México, eso es.

Susan miró a William y éste alzó una ceja y asintió en silencio. Sería un cambio de escena, de ropas, de nombre, quizá. Y viajarían con otras ocho personas. Una buena protección contra cualquier interferencia del futuro.

—Parece maravilloso —dijo Susan.

Sentía ya los efectos del champaña. La tarde se deslizaba suavemente. La reunión se animaba a su alrededor. Por primera vez, después de muchos años, se sintió a salvo, y bien, realmente feliz.

—¿Y qué clase de películas haría mi mujer? —preguntó William llenando otra vez su copa.

—Bueno, a mí me gustaría una historia de suspense —dijo Melton—. La historia de una pareja como ustedes.

—Siga.

—Una historia de guerra, quizá —dijo el director observando a contraluz el color de su bebida.

Susan y William esperaban.

—La historia de una pareja que vive en una casita, en una callejuela, en el año 2155, quizá —dijo Melton—. Sólo como un ejemplo, es claro. Pero esta pareja es alcanzada por una guerra terrible: superbombas de hidrógeno, censura, muerte y entonces… —Y aquí está el nudo de la historia—… escapan al pasado, seguidos por un hombre que ellos suponen lleno de maldad, pero que sólo trata de señalarles el camino del deber.

La copa de William cayó al piso.

—Y esta pareja —continuó el señor Melton— se mezcla confiadamente con un grupo de gente de cine. Así creen estar más seguros.

Susan se dejó caer en una silla. Todos observaban al director. El señor Melton bebió un sorbo de vino.

—Ah, qué vino magnífico. Bueno, este hombre y esta mujer no comprenden, parece, qué importantes son en ese futuro. Él, principalmente, es el hombre clave en la construcción de una nueva bomba. Así que los policías no reparan en gastos o molestias para encontrarlos, capturarlos y devolverlos al futuro. Al fin consiguen llevarlos a la habitación de un hotel, donde nadie puede verlos. Estrategia. Los policías actúan solos, o en grupos de ocho. De ese modo no podrán fracasar. ¿No cree usted que sería una magnífica película, Susan? ¿No lo cree usted, Bill?

El director vació la copa.

Susan, inmóvil, miraba el vacío.

—¿Un poco de champaña? —dijo el señor Melton.

William sacó su revólver e hizo fuego, tres veces. Uno de los hombres cayó al piso. Los otros corrieron. Susan gritó. Una mano le cerró la boca. El revólver estaba ahora en el suelo, y William forcejeaba tratando de librarse de los brazos de los hombres.

—Por favor —dijo el señor Melton sin moverse. La sangre le corría por los dedos—. No empeoremos las cosas.

Alguien golpeó la puerta.

—¡Déjenme entrar!

—El gerente —dijo el señor Melton con sequedad. Señaló con la cabeza—. Vamos, rápido.

—¡Déjenme entrar! ¡Llamaré a la policía!

Susan y William volvieron los ojos hacia la puerta mirándose rápidamente.

—El gerente quiere entrar —dijo el señor Melton—. ¡Rápido!

Trajeron una cámara. Del aparato surgió un rayo de luz azul que recorrió la habitación. El rayo se hizo más amplio, y los hombres, las mujeres se desvanecieron, uno a uno.

—¡Rápido!

Por la ventana, poco antes de desaparecer, Susan vio las tierras verdes y los muros rojos, amarillos y azules morados, y los guijarros de la calle que descendían como las aguas de un río, un hombre montado en un burro que se internaba entre las cálidas colinas, y un niño que bebía naranjada (Susan sintió el líquido dulce en la garganta), y un hombre sentado en la plaza, a la sombra de un árbol con una guitarra en las rodillas (Susan sintió la mano sobre las cuerdas), y más allá, más lejos, el mar, el mar sereno y azul (Susan sintió que las olas la envolvían y la arrastraban mar adentro).

Y Susan desapareció. Y luego William.

La puerta se abrió de par en par. El gerente entró acompañado por sus ayudantes. El cuarto estaba vacío.

—¡Pero estaban aquí hace un momento! ¡Los vi entrar, y ahora… nada! —gritó el gerente—. ¡Las ventanas tienen rejas de hierro! ¡No han podido salir por ahí!

Al anochecer llamaron al cura. Y abrieron la puerta y el cura echó agua bendita en los cuatro rincones, y bendijo la habitación.

—¿Qué haremos con esto? —dijo la camarera.

La mujer señaló el armario donde se amontonaban sesenta y siete botellas de chartreuse, coñac, crema de cacao, ajenjo, vermouth y tequila, y ciento seis paquetes de cigarrillos turcos, y ciento noventa y ocho cajas de cigarros habanos…

Ficha bibliográfica

Autor: Ray Bradbury
Título: El zorro y el bosque
Título original: The Fox and the Forest
Publicado en: The Illustrated Man, 1951
Traducción: Francisco Abelenda

[Relato completo]

Ray Bradbury

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