El embriagado

Shirley Jackson

The Lottery, or, The Adventures of James Harris (1949)

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

9 min de lectura
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Sinopsis: «El embriagado» («The Intoxicated») es un cuento de Shirley Jackson, publicado en 1949 en el libro The Lottery, or, The Adventures of James Harris. Durante una fiesta, un hombre algo bebido se escabulle a la cocina para escapar del bullicio y despejarse un poco. Allí se encuentra con Eileen, la hija adolescente de los anfitriones, que le ofrece café. Algo incómodo, el hombre inicia una conversación que pretende ser trivial. Sin embargo, poco a poco el diálogo adquiere un matiz perturbador cuando la joven comienza a revelarle su sombría visión sobre el futuro del mundo.

Shirley Jackson - El embriagado

El embriagado

Shirley Jackson
(Cuento completo)

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Estaba lo bastante achispado y conocía la casa lo suficiente como para ir a la cocina por su cuenta, aparentemente a buscar hielo, pero en realidad a despejarse un poco; no tenía la confianza necesaria con la familia como para desplomarse en el sofá de la sala. Dejó atrás la fiesta de buena gana: el grupo junto al piano entonaba Stardust, la anfitriona conversaba animadamente con un joven de anteojos finos e impecables y un rictus hosco. Cruzó con cautela el comedor, donde un grupito de cuatro o cinco personas sentadas en las sillas de respaldo recto discutía algo detenidamente. Las puertas de la cocina se abrieron de golpe al empujarlas y él se sentó junto a una mesa blanca esmaltada, limpia y fría bajo su mano. Dejó el vaso en un buen lugar del estampado verde y, al alzar la vista, descubrió a una muchacha que lo estudiaba con la mirada desde el otro lado de la mesa.

—Hola —dijo—. ¿Tú eres la hija?

—Soy Eileen —respondió ella—. Sí.

La muchacha le pareció ancha y sin forma; es la ropa que usan ahora las chicas, pensó aturdido. Llevaba el pelo trenzado a cada lado de la cara y se veía joven, fresca, nada arreglada; tenía un suéter violáceo y el pelo oscuro.

—Se te oye agradable y sobria —comentó, dándose cuenta de que no era lo más apropiado para decirle a una chica joven.

—Estaba tomando una taza de café —dijo ella—. ¿Le sirvo una?

El hombre estuvo a punto de reírse al darse cuenta de que ella creía estar tratando, con seguridad y soltura, a un borracho grosero.

—Gracias —dijo—, creo que sí. —Hizo un esfuerzo por enfocar la vista; el café estaba caliente y, cuando ella le puso una taza delante, diciendo: «Supongo que lo va a querer solo», él metió la cara en el vapor y dejó que le entrara en los ojos, con la esperanza de despejarse.

—Parece una fiesta estupenda —dijo la muchacha, sin asomo de envidia—. Todos deben de estar pasándola muy bien.

—Es una fiesta estupenda. —Empezó a tomar el café, hirviendo, deseando que ella supiera que lo había ayudado. Se le aclaró la cabeza y le sonrió—. Me siento mejor —dijo—, gracias a ti.

—En la otra sala debe de hacer mucho calor —respondió ella con tono tranquilizador.

Entonces soltó una carcajada y ella frunció el ceño, pero él notó que lo disculpaba al tiempo que seguía hablando:

—Arriba hacía tanto calor que se me ocurrió bajar un rato a sentarme aquí.

—¿Estabas durmiendo? ¿Te despertamos?

—Estaba haciendo la tarea —respondió ella.

Volvió a mirarla, viéndola contra un fondo de redacciones y cuidada caligrafía, libros de texto gastados y risas entre los pupitres.

—¿Vas a la secundaria?

—Estoy en el último curso. —Pareció esperar que él dijera algo, y luego añadió—: Perdí un año cuando tuve neumonía.

Al hombre le costó encontrar algo que decir («¿preguntarle por los chicos?, ¿por el básquetbol?»), de modo que fingió prestar atención a los ruidos lejanos que venían de la parte delantera de la casa.

—Es una fiesta estupenda —repitió vagamente.

—Supongo que a usted le gustan las fiestas —dijo ella.

Atónito, se quedó mirando su taza de café vacía. Sí, suponía que le gustaban las fiestas; el tono de la muchacha había sido de leve sorpresa, como si acto seguido él fuera a declararse partidario de una arena con gladiadores peleando contra fieras salvajes, o del solitario vals circular de un loco en un jardín. «Casi te doblo la edad, muchacha», pensó, «pero no hace tanto que yo también hacía tarea».

—¿Juegas básquetbol? —preguntó.

—No —dijo ella.

Le irritaba que ella hubiera llegado primero a la cocina, que viviera en esa casa y que no le quedara más remedio que seguir hablándole.

—¿Sobre qué es tu tarea? —preguntó.

—Estoy escribiendo un trabajo sobre el futuro del mundo —dijo ella, y sonrió—. Suena tonto, ¿no? A mí me parece una tontería.

—Los de allá están hablando de eso. Esa es una de las razones por las que vine hasta acá. —Notó que ella pensaba que esa no era en absoluto la razón, y se apresuró a agregar—: ¿Y qué dices sobre el futuro del mundo?

—La verdad es que no creo que tenga mucho futuro —dijo ella—. Al menos, tal como están las cosas ahora.

—Es una época interesante para estar vivo —dijo él, como si todavía estuviera en la fiesta.

— Bueno, al fin y al cabo —dijo ella—, no es como si no lo supiéramos de antemano.

Él la miró un momento. La muchacha contemplaba distraída la punta de su zapato colegial y movía el pie con suavidad de adelante hacia atrás, siguiéndolo con la vista.

—Da miedo vivir en una época en que una chica de dieciséis años tiene que pensar en cosas así.

«En mis tiempos», pensó en agregar con sorna, «las chicas solo pensaban en cócteles y en besarse».

—Tengo diecisiete —la muchacha alzó la vista y le sonrió otra vez—. Hay una diferencia terrible —dijo.

—En mis tiempos —dijo él, exagerando el énfasis—, las chicas solo pensaban en cócteles y en besarse.

—Ese es parte del problema —respondió ella con seriedad—. Si la gente se hubiera asustado de verdad, sinceramente, cuando usted era joven, hoy las cosas no estarían tan mal.

Su voz salió más afilada de lo que pretendía («¡Cuando yo era joven!») y le dio parcialmente la espalda, como para indicar el interés tibio de un adulto que se porta amable con una niña:

—Imagino que creíamos estar asustados. Imagino que todos los chicos de dieciséis… de diecisiete años creen estar asustados. Es una etapa por la que hay que pasar, como la de andar loca por los chicos.

—No dejo de imaginarme cómo será —habló muy bajo, muy claro, con los ojos fijos en un punto de la pared justo detrás de él—. No sé por qué, pero creo que las iglesias caerán primero, antes incluso que el Empire State. Y después los grandes edificios de departamentos junto al río, deslizándose lentamente hacia el agua con la gente adentro. Y las escuelas, tal vez en medio de la clase de latín, mientras estemos leyendo a César. —Posó los ojos en el rostro del hombre, mirándolo como en trance—. Cada vez que empezamos un capítulo de César, me pregunto si no será ese el que nunca terminemos. Puede que nosotros, en nuestra clase de latín, seamos las últimas personas en leer a César.

—Eso sería una buena noticia —dijo él con ligereza—. Yo odiaba a César.

— Supongo que cuando usted era joven todo el mundo odiaba a César —replicó ella con frialdad.

El hombre esperó un momento antes de decir:

—Me parece un poco tonto que te llenes la cabeza con toda esa basura morbosa. Cómprate una revista de cine y tranquilízate.

—Voy a poder conseguir todas las revistas de cine que quiera —insistió ella—. El metro se va a abrir paso desde abajo, ¿sabe?, y todos los puestos de revistas van a quedar aplastados. Uno va a poder agarrar todas las golosinas que quiera, y revistas, y lápices labiales y flores artificiales de los almacenes de baratijas, y los vestidos de las grandes tiendas tirados en la calle. Y abrigos de pieles.

—Espero que las licorerías queden abiertas de par en par —dijo él, empezando a impacientarse—. Entraría en una y me llevaría una caja de brandy y nunca volvería a preocuparme de nada.

— Los edificios de oficinas no van a ser más que montones de escombros —continuó ella, con sus ojos grandes todavía fijos en él—. Si tan solo pudiéramos saber en qué minuto exacto va a pasar…

—Entiendo —dijo él—. Estoy de acuerdo con el resto. Entiendo.

—Las cosas van a ser distintas después —continuó ella—. Todo lo que hace al mundo como es ahora va a desaparecer. Va a haber nuevas reglas y nuevas formas de vivir. Tal vez haya una ley que prohíba vivir en casas, para que nadie pueda esconderse de nadie, ¿sabe?

—Tal vez haya una ley que obligue a todas las chicas de diecisiete años a quedarse en la escuela aprendiendo sentido común —replicó él, poniéndose de pie.

—No va a haber escuelas —dijo ella tajante—. Nadie va a aprender nada. Para no volver a donde estamos ahora.

—Bueno —dijo él con una sonrisa—, haces que suene muy interesante. Lástima que yo no vaya a estar para verlo. —Se detuvo, con el hombro apoyado en la puerta que daba al comedor. Sentía unas ganas enormes de decir algo adulto y mordaz, pero al mismo tiempo le daba miedo mostrarle que la había escuchado, que cuando él era joven la gente no hablaba así—. Si tienes algún problema con el latín —dijo por fin—, con gusto te echo una mano.

Ella soltó una risita que lo dejó helado.

—Todavía hago la tarea todas las noches —dijo.

De vuelta en la sala, entre la gente que iba y venía alegremente, el grupo junto al piano cantando ahora Home on the Range y la anfitriona enfrascada en una conversación seria con un hombre alto y elegante de traje azul, encontró al padre de la muchacha y le dijo:

—Acabo de tener una conversación muy interesante con su hija.

La mirada del anfitrión recorrió rápidamente la sala.

—¿Eileen? ¿Dónde está?

—En la cocina. Está con su latín.

Gallia est omnis divisa in partes tres… —dijo el anfitrión, sin expresión—. Ya lo sé.

—Una chica realmente extraordinaria.

El anfitrión meneó la cabeza con pesar.

—Los jóvenes de hoy… —murmuró.

FIN

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Shirley Jackson - El embriagado
  • Autor: Shirley Jackson
  • Título: El embriagado
  • Título Original: The Intoxicated
  • Publicado en: The Lottery, or, The Adventures of James Harris (1949)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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