Sinopsis: «Gibbet Hill» es un cuento de Bram Stoker, publicado el 17 de diciembre de 1890 en el Daily Express de Dublín. En un día de otoño, un viajero explora las colinas de Surrey. Mientras admira la belleza del lugar, tres figuras llaman su atención: dos niñas de aspecto exótico, que parecen venidas de la India, y un niño rubio de sonrisa angelical. Tras conversar con ellos, suben juntos a la cima de Gibbet Hill, un lugar de vistas impresionantes donde se alza una cruz que recuerda el ajusticiamiento de un antiguo criminal. Embriagado por el paisaje, el viajero se interna en un bosque donde duerme una breve siesta. Al despertar, será testigo de una inquietante escena.

Gibbet Hill
Bram Stoker
(Cuento completo)
Cuando dejé el Royal Huts Inn, en lo alto de Hind Head, con el propósito de visitar el Devil’s Punchbowl y Gibbet Hill, inmortalizados por Turner en el Liber Studiorum, avancé por un camino ancho y recto —la nueva carretera principal entre Londres y Portsmouth— y poco después llegué al borde del Punchbowl y deleité mis ojos en su belleza. La niebla, que había sido espesa en Londres cuando partí aquella mañana de mediados de octubre, se extendía incluso hasta Haslemere y se detenía en los valles, de modo que las cumbres de las colinas de Surrey emergían como islas de un mar de bruma; y bajo el sol brillante, que glorificaba aquellas alturas, se suavizaba y templaba toda la vasta extensión de colinas, valles y lomas que se desplegaban entre mí y la costa meridional. La colina descendía abruptamente por todos sus flancos, salvo por el noroeste, donde el valle circular se abría hacia la llanura inferior. Todos los matices del verano estaban apaciguados y suavizados; todos los colores plenos que el sol había exaltado se habían desvanecido en la sequedad del otoño. El rosa y el púrpura del brezo se habían transformado en un marrón en el que apenas quedaba un vestigio de color desvaído que templara su tono. Los helechos eran de un ámbar intenso y de un amarillo ya apagado, y las miríadas de hierbas y flores silvestres se habían revestido con su atuendo invernal: los tonos de la marchitez. A través de toda aquella rica masa de colores otoñales, la retama, aún intacta por la escarcha, lanzaba un destello esmeralda. Los arbustos verdes que bordeaban el diminuto arroyo que recorría el valle parecían de una viveza sobrenatural, y el verde oscuro de los pinos que cubrían la ladera occidental y descendían hacia el fondo del valle parecía afirmar, de algún modo positivo, el derecho de la naturaleza a conservar su propio color pese a todas las influencias. Hacia el norte y el oeste, más allá de los espolones y lomos de la colina, los bosques y valles, los sotos y aldeas, las colinas y crestas se sucedían sin fin; y fue solo tras una larga, larguísima pausa cuando aparté la mirada de aquella contemplación, con el corazón colmado por el poder, la majestad y la influencia purificadora de la belleza de la naturaleza.
«Aquí, al menos —me dije—, el alma del hombre se eleva; y en este plano superior de la obra de la naturaleza, el mal de nuestros corazones queda adormecido.»
Al volverme, sin embargo, me sobresalté, pues, como por una ironía del destino, allí, a mi lado, se alzaba un sombrío memorial de la maldad del hombre y de su sed de sangre: una lápida al borde del camino que marcaba el lugar donde, hacía un siglo, un pobre marinero que avanzaba penosamente desde Portsmouth fue asesinado.
Pero no solo la piedra despertaba interés; junto a ella había tres figuras que habrían llamado la atención en cualquier sitio. Eran apenas unos niños, pero de tipos poco comunes. Dos eran jóvenes muchachas indias de una edad que, según el desarrollo más lento de las niñas inglesas, correspondería a unos trece o catorce años; sin embargo, al ser de origen oriental, probablemente eran mucho más jóvenes. Permanecían de pie, una a cada lado de la lápida conmemorativa, casi como soportes heráldicos; cada una, con una mano morena y esbelta apoyada en un saliente de la piedra, reclinaba el rostro sobre la mano mientras me observaba gravemente con ojos largos, oscuros e insondables. Ambas eran muy hermosas a su manera, y sus figuras delgadas y juveniles estaban envueltas en negro, en un tejido de brillo trémulo, confeccionado en un estilo semi-oriental, con un ancho cinturón de la misma tela ceñido a la cintura, y algún tipo de paño oscuro enrollado alrededor de la cabeza a modo de tocado. El tercero del grupo era un niño de unos diez años, con cabellos de oro viejo, ojos como de porcelana azul y una sonrisa cautivadora en su rostro sonrosado. Podría habérsele tomado indistintamente por un Cupido o por un ángel. Vestía una túnica oscura, de color sangre.
Durante unos segundos permanecí contemplando al grupo; ellos, por su parte, me observaban fijamente, sin el menor movimiento. Luego les hablé, haciendo algún comentario sobre la belleza del lugar. Una de las muchachas dijo, golpeando la piedra con la mano mientras hablaba:
—¿Puede decirnos algo sobre esta piedra, señor? Somos extranjeros.
—Yo también soy un extranjero aquí, pero creo que podremos averiguarlo —respondí, mientras me disponía a leer la inscripción, grabada en ambos lados de la lápida.
Cuando leí la palabra asesinato, los tres se miraron entre sí y luego a mí; se estremecieron y, cosa extraña, al estremecimiento le siguió una sonrisa. Pensé que quizá se hubieran asustado, y me apresuré a añadir:
—Pero no deben dejar que esto les inquiete. Todo ocurrió hace cien años, cuando el país era muy distinto de lo que es ahora.
Una de las muchachas dijo entonces en voz baja, con un tono singularmente penetrante:
—Eso espero… confío en que así sea.
El niño alzó la vista hacia mí con una risa y añadió:
—Supongo que, si hubiera un asesinato hoy en día, ¡colgarían a alguien en Gibbet Hill!
—¡Vaya, jovencito! —dije—. Veo que sabes mucho del asunto. Yo voy a subir a la cima de la colina para ver la Cruz Conmemorativa. ¿Quieren venir a ver dónde colocaron al asesino?
—Con mucho gusto —respondió él, con un aire de gravedad casi sobrenatural, levantando la gorra en señal de aceptación.
Las muchachas también se inclinaron levemente, y emprendimos juntos la subida. Mientras avanzábamos, noté que el niño llevaba una de sus manos fuertemente cerrada.
—¿Qué tienes ahí? —le pregunté.
—¡Esto! —respondió, abriendo la mano y mostrándome una masa arrugada de grandes lombrices de tierra, que se retorcían al verse de pronto en libertad—. Me encantan las lombrices. ¡Mire cómo se retuercen, y cómo se pueden estirar! —añadió, ilustrando de inmediato aquella afirmación.
—¡Pobres lombrices! —dije—. ¿Por qué no las dejas ir? Estarían mucho mejor en la tierra.
—¡No lo haré! —fue su única respuesta, mientras las introducía de nuevo entre los pliegues de su túnica.
Había bastante gente junto a la cruz cuando llegamos a la cima de Gibbet Hill, además de abundantes señales de visitantes recientes en forma de cáscaras de huevo y trozos de periódico, pues la cruz es un lugar predilecto para los picnics. Entre los forasteros, mi imaginación se sintió especialmente atraída por una dama y un caballero a quienes bauticé mentalmente como «la pareja de luna de miel». Pronto quedé tan absorto en la hermosa vista que se extendía ante mí —un vasto conjunto de cumbres ondulantes, bosques verdes y valles fecundos— que olvidé por completo a mis jóvenes acompañantes. Me acerqué al borde de la empinada colina, me senté mirando hacia el este y me perdí en la contemplación del paisaje.
Al cabo de un rato recordé a los niños y miré en derredor buscándolos; pero habían desaparecido por completo: no había rastro alguno de ellos en las inmediaciones.
Había salido de Londres temprano, y la caminata desde Haslemere bajo el ardiente sol de octubre me había resultado algo fatigosa; de modo que, tras un tiempo, cuando había recorrido toda la cima del Head y había, por así decirlo, abarcado el círculo completo del panorama, tomé rumbo hacia un profundo y umbrío bosquecillo de avellanos y hayas, sobre el que se alzaban altos pinos: uno de esos densos sotos que se deslizan desde el valle, lanzando agudas espinas de verdor por las laderas de la colina. Allí se hallaba la perfección misma de la plenitud otoñal. El sotobosque crecía con exuberancia bajo el abrigo de los pinos apiñados. El marrón de la corteza y el tinte azulado del follaje de los pinos, al mirar hacia los pasillos medio en penumbra entre los troncos; el dulce aroma resinoso que exhalaban; el silencio adormecido, roto tan solo por el zumbido de la infinidad de fuerzas vitales de la naturaleza; la hierba suave y rica, cuyo verdor estival permanecía aún intacto en aquella hondonada protegida: todo invitaba al reposo. Con una sensación dichosa de satisfacción me tendí sobre la hierba, y pronto perdí pensamientos y conciencia entre las ramas entrelazadas que se alzaban sobre mí.
Cuánto tiempo dormí no lo sé; pero debió de ser bastante, pues desperté completamente renovado de mente, aunque con esa leve sensación dolorosa de músculos entumecidos que sobreviene tras haber permanecido largo tiempo en una misma postura; y pesaba sobre mí esa misteriosa conciencia del tiempo transcurrido que revela a los filósofos que nuestro pensamiento es continuo bajo alguna forma. No había, sin embargo, sensación de deber incumplido ni presión de tareas venideras, que en tales casos suele arruinar el encanto del despertar. Sabía que disponía de tiempo de sobra, que podía entregarme libremente a la reflexión, gozar a mi antojo de la sensación de libertad y deleitarme en la frescura y pureza del aire de aquel lugar maravilloso.
Así que no me moví, sino que permanecí tendido boca arriba, con las manos bajo la cabeza, mirando hacia las copas de los árboles y observando los destellos de luz que luchaban por filtrarse a través del entramado de hojas y ramas. Pensé en muchas cosas, con esa lujosa forma de soñar despierto propia del ocio de un hombre habitualmente ocupado; tomando un hilo de pensamiento y dejándolo caer de nuevo, oscilando entre ideas generales y particulares, disfrutando en todos los sentidos del mayor de los placeres: el laissez aller intelectual.
En el aire flotaba el mismo débil murmullo de sonidos variados que al principio me había arrullado hasta el sueño; pero, de algún modo, su volumen era ahora más rico que antes, más pleno y satisfactorio para el oído, y poseía una significación especial, como si no solo la naturaleza entera estuviera hablando, sino que, entre las miríadas de voces, hubiera una más potente que las demás. Escuché con creciente interés, y el sonido pareció ocupar un lugar más definido dentro de las armonías naturales. No era que aumentara de intensidad, sino que las vibraciones parecían acumularse, llegando en oleadas más rápidas de lo que podían extinguirse.
Poco a poco, todos los demás ruidos parecieron desvanecerse, y solo percibí aquel sonido único. A medida que comenzaba a distinguirlo con mayor claridad, parecía acercarse cada vez más, hasta que pronto llegué a la conclusión de que su origen se hallaba a apenas unas veinte yardas de distancia. Entonces empecé a analizarlo con mayor detenimiento. En su efecto general se asemejaba a una especie de chirrido musical amortiguado —como el susurro de un rey de codornices—, pero con una dulzura sutil y dominante que ejercía una atracción casi irresistible. Al poco tiempo levanté la cabeza de entre los helechos donde yacía y miré en la dirección de donde procedía el sonido.
Allí, para mi sorpresa, en una hondonada abierta donde la luz se filtraba a través de una abertura entre los árboles, se hallaban reunidos los niños que había visto antes. Las dos muchachas estaban sentadas, y entre ellas permanecía de pie el niño. Una de las muchachas sostenía en la mano izquierda algo parecido a un conjunto de flautas de Pan hechas de cañas delgadas, apenas más gruesas que pajas de trigo. Sobre ellas deslizaba algo sujeto a los dedos de la mano derecha, produciendo el sonido grave del extraño chirrido. La otra muchacha sostenía una concha atravesada por cuerdas, que pulsaba suavemente; y el niño tenía una especie de flauta de caña que emitía una nota dulce y prolongada de manera peculiar, pero que se fundía con el conjunto de la música. Luego las muchachas se unieron en una suerte de canto monótono, de extraña dulzura, pero muy, muy tenue. Los tres miraban con atención hacia un lado, lejos de mí. Al poco rato, las muchachas se pusieron de pie; todos giraron levemente, y pude ver que, de forma evidente, estaban dando vueltas lentamente en un círculo completo, como si buscaran en todas las direcciones a su alrededor. Cuando comenzaron a orientarse hacia donde yo me hallaba, me hundí de nuevo entre los helechos para que no me vieran, pues el asunto empezaba a absorber por completo mi interés. Sin embargo, me cuidé de espiar entre las frondas para observar todo cuanto sucedía. No pasó mucho tiempo antes de que mi atención se desviara, y no de la manera más agradable.
Al oír un leve movimiento y el crujido de hojas secas a mi lado, volví la cabeza y casi me incorporé de un salto, pues allí, muy cerca y aproximándose, había una gran serpiente de cristal. Avanzó directamente hacia mí y llegó incluso a pasar por encima de mis pies. No me moví, y continuó su camino, sin prestarme más atención que si yo hubiera sido un tronco, y se deslizó hacia el grupo que se encontraba en el claro bañado por el sol. Evidentemente estaba atraída por aquella música extraña y misteriosa, y como esta era mi primera experiencia real de encantamiento de serpientes, mi interés aumentó, y observé al pequeño grupo con mayor atención que antes. Continuaron tocando, y la serpiente se acercó cada vez más, hasta que, a los pies del niño de cabellos dorados, se detuvo; se enroscó en espiral, alzó la cabeza y comenzó a sisear. El niño miró hacia abajo, y las muchachas dirigieron la vista hacia él, pero la música no se interrumpió ni por un instante; por el contrario, se volvió algo más rápida. Entonces la serpiente se enroscó alrededor del tobillo del niño y comenzó a trepar por su cuerpo, retorciéndose una y otra vez en torno a su pierna y su muslo, y subiendo, subiendo, hasta que finalmente se deslizó a lo largo del brazo que sostenía la flauta.
Entonces, de pronto, la música se detuvo. Las dos muchachas se pusieron de pie, y el niño extendió el brazo con la serpiente enroscada en él, con la mano abierta, la palma hacia arriba. La serpiente permaneció completamente inmóvil, como si se hubiera transformado en piedra. Las muchachas se tomaron entonces de las manos y comenzaron a girar lentamente alrededor del niño, entonando un canto bajo, susurrante y misterioso, semejante al anterior, pero esta vez en decrescendo respecto del crescendo previo, y en tonalidad menor. Esto continuó durante dos o tres minutos completos. El niño permaneció absolutamente inmóvil, con el brazo extendido y los ojos azules fijos en la serpiente. Entonces esta alzó levemente la cabeza y pareció seguir con ella los movimientos de las muchachas mientras giraban. Continuaron su lento desplazamiento, una y otra vez, y los movimientos de la serpiente se hicieron cada vez más pronunciados con cada vuelta, hasta que, al poco tiempo, comenzó a girar audazmente alrededor del brazo del niño, como el movimiento automático de una rueda de fuegos artificiales. Gradualmente, el giro de las muchachas se hizo más lento y el de la serpiente disminuyó en la misma proporción, hasta que, finalmente, el movimiento de las muchachas y el canto grave, que nunca había cesado, se extinguieron por completo, y la serpiente quedó colgando, una masa muerta tan fláccida como un trozo de cuerda, sobre la mano del niño. El niño no se movió en absoluto; pero las muchachas se soltaron las manos, y una de ellas, que se había detenido justo frente a él, tomó la serpiente por la cabeza y la cola y pareció estirarla suavemente. Al soltarla, quedó apoyada sobre la mano del niño, rígida como un trozo de madera. Había algo profundamente inquietante en aquello, que me trajo a la memoria el recuerdo de un hombre a quien había visto una vez sufrir un ataque cataléptico, y cuyo cuerpo conservaba cualquier postura en que se lo colocara, por grotesca, incómoda o forzada que fuera. La serpiente parecía hallarse en un estado similar, y aguardé con extraña curiosidad a ver qué pasaba a continuación. El niño se mantuvo impasible, con la mano aún extendida y la serpiente reposando sobre ella. Las muchachas se situaron un poco al frente y a cada lado de él, de modo que la mano extendida quedaba exactamente entre ambas.
Entonces comenzó entre ellas una especie de interrogatorio en una lengua que supuse sería alguna forma de idioma indio, pero que no comprendí. Ambas voces eran dulces, con un poder penetrante muy peculiar; pero una de ellas me inspiraba instintivamente temor, a pesar de ser la más suave y melodiosa de las dos. De algún modo —y la idea fue por completo espontánea— aquella voz parecía sugerir asesinato. Por los tonos y las inflexiones deduje que todas las expresiones estaban formuladas en forma de preguntas, suposición que pronto se vio confirmada de un modo extraño, pues las respuestas eran dadas por la serpiente rígida. Cuando cada muchacha, por turno, había dicho lo suyo —y en sus voces se adivinaban la afirmación y la negación—, la serpiente giraba lentamente, como la aguja de una brújula, y apuntaba con la cabeza hacia una u otra. En el interrogatorio, la voz más dulce parecía representar lo afirmativo, y la otra lo negativo; y en todas las primeras preguntas la serpiente, tras girar despacio, quedaba con la cabeza orientada hacia la negativa. Esto primero pareció inquietar y luego irritar a la interrogadora afirmativa, y su voz se volvió cada vez más mortalmente dulce y penetrante, hasta hacerme estremecer. Después pareció enfurecerse de manera creciente, pues sus ojos brillaron con una luz oscura e impía, y al final formuló su pregunta en un susurro agudo y vibrante. Como respuesta, la serpiente comenzó a girar cada vez más rápido y, de pronto, se detuvo en seco frente a la otra muchacha.
La decepcionada emitió un sonido feroz, breve y seco, semejante al ladrido de un perro, mientras una expresión de malicia mortal cruzaba su rostro; luego desapareció, dejándolo tan sereno como antes. En ese mismo instante, la rigidez de la serpiente se desvaneció: quedó fláccida por un momento y luego se deslizó hasta el suelo, donde yació hecha un ovillo, inmóvil, como si estuviera muerta. El niño se sobresaltó, como si despertara bruscamente de un sueño, y comenzó a reír. Las muchachas se unieron a la carcajada, y en un instante el claro, que había parecido tan extraño, se llenó de risas, mientras los niños se perseguían unos a otros hacia el interior del bosque y desaparecían de la vista.
Entonces me incorporé de entre los helechos donde había permanecido tendido. Apenas podía creer lo que había visto, y pensé que debía de haber estado dormido y haberlo soñado todo. Pero allí yacía la serpiente, aparentemente muerta, ante mí, como prueba tangible de que había presenciado algo real.
El sol se hallaba ya muy bajo hacia el oeste cuando terminé mi paseo por los senderos y sotos del lado de Witley de Hind Head y me encontré de nuevo en su punto más elevado, en Gibbet Hill.
El lugar estaba ahora desierto. Todos los excursionistas se habían marchado; las calesas tiradas por ponis, los burros y los grupos de escolares habían desaparecido, y nada quedaba de la afluencia del día salvo el habitual aumento de periódicos viejos y cáscaras de huevo rotas. A medida que la luz comenzaba a extinguirse y el aire a enfriarse ligeramente, la sensación de soledad se hacía más intensa que nunca. Pero yo había huido del bullicio y el tumulto de la ciudad precisamente para gozar de esa soledad, y su lujo me resultaba indecible. En los valles, la niebla aún reposaba, tenue y de un blanco velloso, y de ella surgían las cimas de las colinas, oscuras y severas. Un cinturón de nubes ceñía todo el horizonte, y sobre él se extendía un mar de amarillo sulfúreo, salpicado aquí y allá de pequeñas nubes blancas que, flotando muy por encima del nivel de la colina, captaban los últimos resplandores del sol, ya oculto tras el horizonte. Una o dos estrellas comenzaron a titilar en el cielo que se oscurecía, y una quietud casi consciente ascendió desde el valle hasta el lugar donde yo me encontraba.
Luego el aire se volvió más frío y el silencio se hizo absoluto. Las estrellas surgieron plenamente en el cielo, ahora de un azul más profundo, y una luz suave se derramó sobre el paisaje. Permanecí sentado largo rato, absorbiendo la maravillosa belleza que me envolvía. El cansancio del cuerpo y de la mente parecía pertenecer a un pasado remoto, como si jamás pudiera volver a ser otra cosa que un recuerdo triste. En momentos así, el hombre parece casi renacer y sentir renovadas por completo todas sus facultades. Me recosté con la espalda apoyada en la gran cruz de piedra y, llevando las manos hacia atrás, rodeé con los brazos su parte posterior para cambiar de postura y poder disfrutar más plenamente del lujo del descanso.
De pronto, sin la menor advertencia, ambas manos fueron sujetadas desde atrás y apretadas con firmeza por un par de manos delgadas y cálidas, pero tan fuertes que no pude moverme; al mismo tiempo, una bufanda o chal de algún material ligero y velloso, aunque espeso, fue arrojado sobre mi rostro y tensado con fuerza desde atrás, manteniendo mi cabeza pegada a la piedra. Así inmovilizado y amordazado, no podía moverme ni hablar, y me vi obligado a esperar los acontecimientos. Luego me ataron las manos con una cuerda pasada alrededor de las muñecas y apretada con fuerza, de modo que quedé aún más firmemente sujeto. No oía ningún sonido, y di por sentado que me estaban preparando para un robo. Me encontraba solo, lejos de todo auxilio y en manos de personas más fuertes que yo, de modo que me resigné a la situación lo mejor que pude, agradecido en secreto de llevar conmigo apenas una pequeña suma de dinero. Tras un lapso que me pareció largo, aunque probablemente no duró más que unos minutos, la bufanda fue bajada lo suficiente como para dejar mis ojos libres, aunque mi boca seguía cubierta y no podía gritar.
Durante unos instantes estuve demasiado atónito incluso para considerar extraño lo que tenía ante mí. En lugar de fornidos salteadores de caminos, de modales groseros y fuerza brutal, estaban los tres niños que habían atraído mi atención más temprano ese mismo día. Permanecieron frente a mí, perfectamente inmóviles y en silencio durante un breve momento; solo sus ojos expresaban conciencia o interés alguno. Dos de ellos, el niño y una de las muchachas, me sonrieron entonces con una expresión de divertida superioridad, mientras que la otra —la misma que en el claro había mostrado tal furia— sonrió con un odio mortal y gélido que, atado como estaba, me hizo estremecer. Esta última se acercó aún más a mí, mientras los otros permanecían inmóviles, observando con su sonrisa burlona y confiada. Sacó de su cintura, donde estaba oculta entre los pliegues de su vestido, una daga larga y afilada, delgada, de doble filo y de aspecto letal. Comenzó a blandirla ante mí con una destreza y rapidez extraordinarias. La mitad del tiempo su filo agudo rozaba realmente mi piel, y el contacto me hacía estremecer. A ratos se lanzaba hacia mis ojos, hasta que podía sentir la fría punta tocando mis globos oculares. Luego, como si se arrojara sobre mí, dirigía la punta del arma mortal hacia mi corazón, pero se detenía justo cuando parecía haber llegado mi último instante. Esto se prolongó durante un breve lapso; pero, aunque corto, me pareció interminable. Sentí un frío intenso, un entumecimiento extraño que se apoderaba de mí; mi corazón parecía volverse frío y débil —cada vez más frío, cada vez más débil— hasta que, finalmente, mis ojos se cerraron. Intenté abrirlos: lo conseguí; lo intenté de nuevo: fallé; lo logré otra vez, volví a fallar; y, al final, la conciencia me abandonó.
Lo último que recuerdo haber visto con los ojos despiertos fue el destello de la larga daga a la luz de las estrellas, moviéndose en el diestro juego de la joven. El último sonido que escuché fue una risa baja, procedente de los tres niños.
La voz que oía era débil y lejana; pero poco a poco se hizo más clara, y las palabras comenzaron a distinguirse:
—¡Despierte! ¡Despierte, hombre! ¡Se va a morir de frío!
¡Frío! La palabra me atravesó, pues sentía en el corazón un entumecimiento y un frío semejante al de la muerte. Mi conciencia luchó por regresar y abrí los ojos.
Todo estaba ahora mucho más iluminado, pues una gran luna amarilla había salido, inundando el páramo con su luz. Junto a mí se encontraban dos personas a quienes reconocí de inmediato como la «pareja de luna de miel» de antes. El hombre se inclinaba sobre mí y me sacudía con brusquedad por el hombro, mientras la mujer permanecía de pie a su lado, mirándome con ansiedad y las manos entrelazadas.
—No está muerto, George, ¿verdad? —la oí decir.
—¡No! ¡Gracias a Dios! —respondió él—. Debe de haberse quedado dormido. Es una suerte que se te ocurriera venir a ver la vista nocturna desde aquí; podría haber muerto de frío. ¡Mire! El suelo ya está blanco de escarcha. ¡Despierte, hombre! ¡Despierte y venga con nosotros!
—Mi corazón… ¡mi corazón! —murmuré, pues lo sentía helado.
El hombre adoptó entonces un semblante más grave y dijo a su esposa:
—Bella, esto puede ser serio. ¿Podrías correr de vuelta al hotel y enviar a alguien, si es necesario? Tal vez su corazón esté afectado.
—Claro, querido. ¿Voy de inmediato?
—Espera un momento primero.
Se inclinó de nuevo sobre mí. El recuerdo de lo ocurrido regresaba con rapidez, y le pregunté:
—¿Vieron por aquí a unos niños, dos muchachas indias y un niño de cabellos rubios?
—¡Sí! —respondió—. Hace horas y horas, cuando bajaban por el camino de Londres en un triciclo. Reían, y nos parecieron los niños más bonitos y felices que habíamos visto jamás. Pero ¿por qué?
—¡Mi corazón! ¡Mi corazón! —grité de nuevo, pues una frialdad creciente parecía entumecerme.
El hombre puso la mano sobre mi pecho, pero la retiró de inmediato con un grito de terror.
—¿Qué pasa, George? ¿Qué ocurre? —casi gritó la mujer, tan súbita e inesperada había sido su reacción.
Él retrocedió, y ella se aferró aterrada a su brazo, mientras una gran serpiente de cristal se retorcía al salir de mi pecho, caía al suelo y se deslizaba colina abajo, internándose en el soto.
FIN
