Bâtard

Jack London

The Cosmopolitan, junio de 1902

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

33 min de lectura
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Sinopsis: «Bâtard» es un cuento del escritor estadounidense Jack London, publicado en junio de 1902 en la revista The Cosmopolitan. Black Leclère es un hombre cruel y brutal que, al ver a un feroz cachorro mestizo, mezcla de lobo y husky, decide adquirirlo no porque lo quiera, sino porque lo desprecia. Leclère bautiza al perro como Bâtard, “Bastardo”, y desde el primer momento hombre y animal quedan unidos por el odio. Durante cinco años recorren juntos el Norte canadiense. Entre el hambre y los malos tratos, Bâtard crece, se hace fuerte, domina con ferocidad a los demás perros y alimenta un rencor profundo contra su amo. Ambos quedan atrapados en una guerra de voluntades, unidos por una enemistad salvaje en la que cada uno espera el momento de destruir al otro.

Jack London - Bâtard

Bâtard

Jack London
(Cuento completo)

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Bâtard era un demonio. Eso se sabía en todo el Norte. Muchos lo llamaban «Engendro del Infierno», pero su amo, Black Leclère, eligió para él el infamante nombre de Bâtard. Black Leclère también era un demonio, y los dos estaban hechos el uno para el otro. Dice el refrán que, cuando se juntan dos demonios, el infierno se desata. Era lo esperable, y por cierto lo era cuando se juntaron Bâtard y Black Leclère. La primera vez que se vieron, Bâtard era un cachorro a medio crecer, flaco y hambriento, de ojos amargos; y se recibieron con dentelladas, gruñidos y miradas torvas, porque el labio superior de Leclère tenía una forma lobuna de levantarse y mostrar los dientes blancos y crueles. Así se levantó entonces, y sus ojos relampaguearon con malicia mientras agarraba a Bâtard y lo arrancaba de la camada que se retorcía. Era evidente que se adivinaron al instante, porque al momento Bâtard hundió sus colmillos de cachorro en la mano de Leclère, y Leclère, con el pulgar y el índice, comenzó a estrangularlo con toda frialdad.

—¡Sacredam! —dijo el francés en voz baja, sacudiéndose la sangre fresca de la mano mordida y mirando al cachorrillo que se ahogaba y jadeaba sobre la nieve.

Leclère se volvió hacia John Hamlin, el encargado del puesto comercial de Sixty Mile.

—Por eso querer yo a él. ¿Cuánto, eh, M’sieu? ¿Cuánto? Yo comprar ahora. Yo comprar rápido.

Y porque lo odiaba con un odio amarguísimo, Leclère compró a Bâtard y le puso aquel nombre infamante. Durante cinco años, los dos recorrieron el Norte, desde San Miguel y el delta del Yukón hasta las cabeceras del Pelly, e incluso hasta el río Peace, el Athabasca y el Gran Lago de los Esclavos. Y se ganaron una fama de maldad implacable como ninguna otra pareja de hombre y perro había alcanzado antes.

Bâtard no conocía a su padre —de ahí su nombre—, pero John Hamlin sabía que había sido un enorme lobo gris de los bosques. En cuanto a su madre, según la recordaba vagamente Bâtard, era una husky gruñona, pendenciera y obscena, de pecho ancho y robusto, mirada maligna, un apego felino a la vida y un don natural para el engaño y la maldad. No había en ella ni fe ni confianza. Solo se podía contar con su traición, y sus amoríos salvajes en los bosques daban testimonio de su depravación general. Mucha maldad y mucha fuerza había en estos, los progenitores de Bâtard, y él, hueso y carne de los huesos y la carne de ellos, lo había heredado todo. Después llegó Black Leclère, y posó su mano pesada sobre aquel pequeño cuerpo palpitante de vida cachorra, para oprimirlo, hostigarlo y moldearlo hasta convertirlo en una bestia enorme y erizada, experta en astucias, desbordante de odio, siniestra, maligna y diabólica. Con un amo apropiado, Bâtard habría podido ser un perro de trineo común y bastante eficiente. Nunca tuvo esa oportunidad: Leclère no hizo sino afianzarlo en su iniquidad congénita.

La historia de Bâtard y Leclère es una historia de guerra: cinco años crueles e implacables, resumidos con exactitud en su primer encuentro. Para empezar, la culpa fue de Leclère, porque él odiaba con entendimiento e inteligencia, mientras que el cachorro desgarbado y de patas largas solo odiaba a ciegas, por instinto, sin razón ni método. Al principio no hubo refinamientos de crueldad —eso vendría después—, sino simples palizas y brutalidades burdas. En una de ellas, Bâtard sufrió una herida en una oreja. Nunca recuperó el control de los músculos desgarrados, y desde entonces la oreja le quedó colgando flácida, manteniendo vivo el recuerdo de su torturador. Y jamás lo olvidó.

Su infancia de cachorro fue un período de rebelión insensata. Siempre salía derrotado, pero contraatacaba porque estaba en su naturaleza hacerlo. Era inconquistable. Aunque chillaba agudamente por el dolor del látigo y del palo, siempre se las arreglaba para intercalar un gruñido desafiante, la amenaza amarga y vengativa de su alma, que sin falta le atraía más golpes y más palizas. Pero tenía el tenaz apego a la vida de su madre. Nada podía matarlo. Florecía en la desgracia, engordaba en la hambruna, y de su terrible lucha por vivir desarrolló una inteligencia casi sobrenatural. Tenía el sigilo y la astucia de la husky, su madre, y la ferocidad y el valor del lobo, su padre.

Tal vez por su padre fue que nunca aulló de pena. Sus chillidos de cachorro desaparecieron junto con sus patas larguiruchas, y se volvió hosco y taciturno, rápido para atacar, lento para avisar. Respondía a la maldición con un gruñido y al golpe con una dentellada, mostrando siempre su odio implacable; pero nunca más, ni siquiera bajo la agonía más extrema, logró Leclère arrancarle un grito de miedo ni de dolor. Esa imposibilidad de doblegarlo solo avivaba la ira de Leclère y lo empujaba a cometer mayores diabluras.

Si Leclère le daba a Bâtard medio pescado y a sus compañeros uno entero, Bâtard salía a robarles el pescado a los otros perros. También saqueaba los escondrijos de provisiones y se expresaba en mil fechorías, hasta convertirse en el terror de todos los perros y de sus dueños. Si Leclère golpeaba a Bâtard y mimaba a Babette —Babette, que no trabajaba ni la mitad que él—, pues bien, Bâtard la derribaba en la nieve y le rompía una pata trasera con sus poderosas mandíbulas, de modo que Leclère se veía obligado a sacrificarla. Asimismo, en combates sangrientos, Bâtard se impuso a todos sus compañeros de tiro, les fijó la ley del camino y del forraje, y los obligó a vivir según la ley que él establecía.

En cinco años oyó una sola palabra amable y recibió una sola caricia, pero no supo reconocer qué clase de cosas eran. Saltó como la criatura indómita que era, y sus mandíbulas se cerraron en un relámpago. Fue el misionero de Sunrise, recién llegado a la región, quien pronunció la palabra amable y le dio la caricia suave. Durante los seis meses siguientes no pudo escribir cartas a su hogar en Estados Unidos, y el cirujano de McQuestion tuvo que recorrer doscientas millas sobre el hielo para salvarlo de una septicemia.

Hombres y perros miraban de reojo a Bâtard cuando aparecía en sus campamentos y puestos. Los hombres lo recibían con el pie en alto, amenazando con una patada; los perros, con el lomo erizado y los colmillos al descubierto. Una vez, un hombre alcanzó a darle una patada, y Bâtard, con una rápida dentellada de lobo, cerró las mandíbulas como una trampa de acero sobre la pantorrilla y apretó hasta el hueso. El hombre quiso entonces matarlo, pero Black Leclère, con ojos amenazantes y el cuchillo de caza desnudo, se interpuso. Matar a Bâtard… ah, sacredam, ese era un placer que Leclère se reservaba para sí. Algún día ocurriría, o si no… ¡bah!, ¿quién podía saberlo? En cualquier caso, el problema acabaría por resolverse.

Porque se habían convertido en problemas el uno para el otro. Cada aliento que respiraba uno era un desafío y una amenaza para el otro. El odio los unía como jamás podría unirlos el amor. Leclère estaba empeñado en que llegara el día en que Bâtard se quebrara en espíritu, se encogiera y gimiera a sus pies. Y Bâtard… Leclère sabía lo que había en la mente de Bâtard, y más de una vez lo había leído en sus ojos. Tan claro lo había leído que, cuando Bâtard quedaba a sus espaldas, se preocupaba de mirar a menudo por encima del hombro.

Los hombres se asombraban cuando Leclère rechazaba sumas grandes de dinero por el perro.

—Algún día lo vas a matar y vas a perder lo que vale —le dijo una vez John Hamlin, mientras Bâtard yacía jadeando en la nieve, donde Leclère lo había pateado, sin que nadie supiera si tenía las costillas rotas ni se atreviera a comprobarlo.

—Eso —respondió Leclère secamente— ser asunto mío, M’sieu.

Y los hombres se asombraban de que Bâtard no escapara. No entendían. Pero Leclère sí entendía. Era un hombre que vivía mucho a la intemperie, lejos del sonido de la lengua humana, y había aprendido las voces del viento y la tormenta, el suspiro de la noche, el murmullo del alba, el estrépito del día. De manera vaga, podía oír crecer las cosas verdes, correr la savia, abrirse las yemas. Conocía el habla sutil de las criaturas que se mueven: del conejo en la trampa, del cuervo sombrío que bate el aire con alas huecas, del oso pardo que arrastra los pies bajo la luna, del lobo que se desliza como una sombra gris entre el crepúsculo y la oscuridad. Y a él Bâtard le hablaba claro y directo. Entendía perfectamente por qué Bâtard no escapaba, y por eso miraba todavía más a menudo por encima del hombro.

Cuando se encolerizaba, Bâtard no era cosa agradable de ver, y más de una vez se había lanzado al cuello de Leclère, para acabar tendido en la nieve, tembloroso e inconsciente, por un golpe con el mango del látigo, siempre a mano. Así aprendió Bâtard a esperar su momento. Cuando alcanzó toda su fuerza y la plenitud de la juventud, creyó que éste había llegado. Era ancho de pecho, de músculos poderosos, mucho más grande que lo común, y el cuello, desde la cabeza hasta los hombros, era una masa de pelo erizado: en apariencia, un lobo de pura sangre. Leclère dormía entre sus pieles cuando Bâtard juzgó que el momento estaba maduro. Se acercó con sigilo, la cabeza pegada al suelo y la única oreja sana echada hacia atrás, con un paso suave como el de un felino. Bâtard respiraba despacio, muy despacio, y no levantó la cabeza hasta tenerla muy cerca. Se detuvo un instante y miró el cuello bronceado de toro, desnudo y nudoso, que se hinchaba al ritmo de un pulso profundo y constante. Al verlo, la saliva le goteó de los colmillos y le resbaló por la lengua, y en ese instante recordó su oreja caída, los innumerables golpes y los enormes agravios; entonces, sin emitir un sonido, saltó sobre el hombre dormido.

Leclère despertó con el dolor de los colmillos en la garganta y, puro animal como era, lo hizo despejado y con plena comprensión de lo que ocurría. Cerró ambas manos sobre la tráquea de Bâtard y rodó fuera de sus pieles para quedar encima con todo su peso. Pero miles de antepasados de Bâtard se habían aferrado a las gargantas de innumerables alces y caribúes y los habían derribado, y la sabiduría de esos antepasados era suya. Cuando el peso de Leclère cayó sobre él, impulsó las patas traseras hacia arriba y hacia adentro, y le desgarró el pecho y el abdomen, abriéndose paso por piel y músculo. Y cuando sintió que el cuerpo del hombre se contraía sobre él y se levantaba, mordió y sacudió su garganta. Sus compañeros de tiro se cerraron alrededor en un círculo de gruñidos, y Bâtard, con el aliento fallándole y los sentidos apagándose, supo que aquellas mandíbulas tenían hambre de él. Pero eso no importaba: era el hombre, el hombre encima de él, y desgarró, arañó, sacudió y mordió hasta el último gramo de sus fuerzas. Pero Leclère lo estranguló con ambas manos hasta que el pecho de Bâtard se agitó y se retorció por el aire negado, sus ojos se vidriaron y quedaron fijos, sus mandíbulas se aflojaron lentamente y su lengua sobresalió, negra e hinchada.

—¿Eh? ¡Bon, demonio! —borboteó Leclère, con la boca y la garganta atascadas por su propia sangre, mientras apartaba al perro aturdido.

Entonces Leclère maldijo a los otros perros para apartarlos cuando se lanzaron sobre Bâtard. Retrocedieron formando un círculo más amplio, alerta sobre las ancas, relamiéndose, con el pelo erizado y tieso en cada cuello.

Bâtard se recuperó pronto y, al oír la voz de Leclère, se levantó como pudo, balanceándose débilmente hacia delante y hacia atrás.

—¡A-ja! ¡Tú gran demonio! —farfulló Leclère—. Yo te quiebro; yo te quiebro, ¡por Dios!

Bâtard, revitalizado por el aire que le mordía los agotados pulmones, se lanzó de lleno contra el rostro del hombre, pero erró la dentellada y sus mandíbulas se cerraron en el aire con un chasquido metálico. Rodaron una y otra vez sobre la nieve, mientras Leclère le pegaba como loco con los puños. Luego se separaron, cara a cara, y comenzaron a girar uno frente al otro. Leclère podría haber sacado el cuchillo. Tenía el rifle a sus pies. Pero la bestia que llevaba dentro se había alzado y rugía. Haría aquello con las manos… y con los dientes. Bâtard saltó, pero Leclère lo derribó de un puñetazo, se le echó encima y le hundió los dientes hasta el hueso en el hombro.

Era un escenario y una escena primordiales, como de la juventud salvaje del mundo. Un claro en un bosque oscuro, un círculo de perros lobo enseñando los dientes, y en el centro dos bestias trabadas en combate, mordiendo y gruñendo, enloquecidas, jadeando, sollozando, maldiciendo, forcejeando, locas de pasión, en un furor de muerte, desgarrando, rasgando y arañando con una brutalidad elemental.

Leclère acertó a Bâtard detrás de la oreja con un puñetazo, lo derribó y lo dejó por un instante aturdido. Después saltó sobre él con los pies y empezó a brincar una y otra vez, esforzándose por aplastarlo contra la tierra. Bâtard tenía rotas las dos patas traseras antes de que Leclère se detuviera para recobrar el aliento.

—¡Aaah! ¡Aaah! —chilló, incapaz de hablar, sacudiendo el puño, por pura impotencia de garganta y laringe.

Pero Bâtard era indomable. Yacía allí, en una masa indefensa, con el labio levantándose y retorciéndose débilmente para formar el gruñido que ya no tenía fuerzas para emitir. Leclère lo pateó, y las mandíbulas exhaustas se cerraron alrededor del tobillo, pero no pudieron romper la piel.

Entonces Leclère tomó el látigo y casi lo hizo pedazos a latigazos, gritando a cada golpe:

—¡Esta vez te quiebro! ¿Eh? ¡Por Dios, te quiebro!

Al final, agotado, desfalleciendo por la pérdida de sangre, se desplomó junto a su víctima; y cuando los perros lobo se acercaron para vengarse, con su último resto de conciencia arrastró su cuerpo sobre Bâtard para protegerlo de sus colmillos.

Esto ocurrió no lejos de Sunrise, y el misionero, al abrirle la puerta a Leclère unas horas más tarde, se sorprendió al notar la ausencia de Bâtard en el tiro. Su sorpresa no disminuyó cuando Leclère apartó las mantas del trineo, tomó a Bâtard en brazos y cruzó el umbral tambaleándose. Dio la casualidad de que el cirujano de McQuestion, que era algo andariego, estaba allí de visita, y entre los dos se pusieron a curar a Leclère.

Merci, non —dijo él—. Atiendan primero al perro. ¿Morir? Non. Eso no estar bien. Porque a él yo todavía tener que quebrar. Por eso él no debe morir.

El cirujano lo llamó una maravilla y el misionero un milagro: que Leclère saliera adelante siquiera; y quedó tan debilitado que, en primavera, lo agarró la fiebre y volvió a caer en cama. Bâtard había estado en peor estado todavía, pero su apego a la vida prevaleció, y los huesos de sus patas traseras se soldaron y sus órganos se recompusieron durante las varias semanas en que permaneció amarrado al suelo con correas. Y para cuando Leclère, al fin convaleciente, amarillento y tembloroso, salió a tomar el sol junto a la puerta de la cabaña, Bâtard había reafirmado su supremacía entre los de su especie, y había sometido no solo a sus propios compañeros de tiro, sino también a los perros del misionero.

No movió ni un músculo ni se le erizó un pelo cuando, por primera vez, Leclère salió tambaleándose, apoyado en el brazo del misionero, y se dejó caer despacio, con infinita cautela, en el banquito de tres patas.

—¡Bon! —dijo—. ¡Bon! ¡Buen sol!

Y estiró las manos demacradas y las bañó en el calor.

Luego su mirada cayó sobre el perro y la luz de antes volvió a encenderse en sus ojos. Tocó al misionero levemente en el brazo.

Mon père, ese Bâtard ser un gran demonio. Usted traer a mí una pistola, así, para yo beber el sol en paz.

Desde entonces, durante muchos días, se sentó al sol delante de la puerta de la cabaña. Nunca dormitaba, y la pistola permanecía siempre cruzada sobre sus rodillas. Bâtard tenía la costumbre, a primera hora de cada día, de buscar el arma en su lugar acostumbrado. Al verla, levantaba apenas el labio en señal de que entendía, y Leclère levantaba el suyo en una sonrisa de respuesta. Un día el misionero se percató del truco.

—¡Válgame Dios! —dijo—. De verdad creo que el bruto comprende.

Leclère se rio por lo bajo.

—Mire, mon père. A lo que yo decir ahora, eso él escuchar.

Como si lo confirmara, Bâtard movió apenas su única oreja para captar el sonido.

—Yo decir «matar».

Bâtard soltó un gruñido profundo, se le erizó el pelo del cuello y todos sus músculos se tensaron, expectantes.

—Yo levantar la pistola, así, de este modo —y, acompañando la palabra con la acción, apuntó a Bâtard.

Bâtard, de un solo salto lateral, fue a caer detrás de la esquina de la cabaña, fuera de la vista.

—¡Válgame Dios! —repitió el misionero más de una vez.

Leclère sonreía con orgullo.

—Pero ¿por qué no se escapa?

Leclère se encogió de hombros con ese gesto tan francés que lo dice todo, desde la ignorancia total hasta la comprensión infinita.

—¿Y por qué no lo mata usted?

Volvió a encogerse de hombros.

Mon père —dijo tras una pausa—, todavía no llegar el momento. Él ser un gran demonio. Algún día yo quebrar a él, así, y así, hasta hacerlo pedacitos. ¿Eh? Algún día. ¡Bon!

Llegó un día en que Leclère reunió a sus perros y bajó en un bateau hasta Forty Mile, y de allí al Porcupine, donde aceptó un encargo de la P. C. Company y pasó la mayor parte de un año explorando. Después remontó el Koyokuk a pértiga hasta la desierta Arctic City, y más tarde regresó a la deriva, de campamento en campamento, a lo largo del Yukón. Durante esos largos meses, Bâtard aprendió mucho. Conoció muchos tormentos, y en especial el tormento del hambre, el tormento de la sed, el tormento del fuego y, el peor de todos, el tormento de la música.

Como los demás de su especie, no disfrutaba de la música. Le producía una angustia agudísima, lo atormentaba nervio por nervio y le desgarraba cada fibra de su ser. Lo hacía aullar largamente, como un lobo, igual que cuando los lobos le aúllan a las estrellas en las noches heladas. No podía evitarlo. Esa era su única debilidad en la contienda con Leclère, y su vergüenza. Leclère, en cambio, amaba la música con pasión, tanto como amaba las bebidas fuertes. Y cuando su alma reclamaba expresarse, solía hacerlo de una de esas dos formas, y más a menudo de las dos al mismo tiempo. Y cuando había bebido, con el cerebro mecido por canciones no cantadas y el demonio que llevaba dentro despierto y desatado, su alma encontraba su expresión suprema en torturar a Bâtard.

—Ahora nosotros tener un poquito de música —decía—. ¿Eh? ¿Tú qué pensar, Bâtard?

No era más que una armónica vieja y golpeada, atesorada con ternura y reparada con paciencia; pero era la mejor que el dinero podía comprar, y de sus lengüetas plateadas extraía aires extraños y errantes que ningún hombre había oído antes. Entonces Bâtard, con la garganta muda y los dientes apretados, retrocedía centímetro a centímetro hasta el rincón más lejano de la cabaña. Y Leclère, tocando y tocando, con un palo grueso bajo el brazo, seguía al animal centímetro a centímetro, paso a paso, hasta que no le quedaba más retirada.

Al principio Bâtard se acurrucaba en el menor espacio posible, pegado al suelo; pero a medida que la música se acercaba más y más, no le quedaba más que erguirse, con el lomo pegado a la pared de troncos y las patas delanteras batiendo el aire como si quisieran apartar las ondulaciones del sonido. Mantenía los dientes apretados, pero fuertes espasmos le recorrían el cuerpo, extraños estremecimientos y sacudidas, hasta que quedaba todo tembloroso y retorciéndose en un tormento silencioso. Cuando perdía el control, sus mandíbulas se abrían en un espasmo y dejaban escapar vibraciones profundas de la garganta, demasiado graves para que el oído humano las percibiera. Y entonces, con las fosas nasales dilatadas, los ojos abiertos y el pelo erizado de rabia impotente, surgía el largo aullido de lobo. Se elevaba en un impulso lento, crecía hasta convertirse en un gran estallido desgarrador, y moría en una cadencia de tristeza dolorida; luego venía el siguiente envión, octava tras octava: el corazón que se rompe, la pena y el sufrimiento infinitos, que desfallecían, se apagaban, se hundían y morían lentamente.

Era digno del infierno. Y Leclère, con perspicacia diabólica, parecía adivinar cada nervio, cada fibra del corazón, y con largos lamentos, temblores y sollozos en tono menor le arrancaba hasta la última hebra de pena. Era espantoso, y durante las veinticuatro horas siguientes Bâtard quedaba nervioso y descompuesto, sobresaltándose ante sonidos comunes, tropezando con su propia sombra, pero feroz y dominante con sus compañeros de tiro. Tampoco mostraba señales de un espíritu quebrado. Más bien se volvía más hosco y taciturno, aguardando su momento con una paciencia inescrutable que empezaba a desconcertar a Leclère y a pesarle. El perro yacía durante horas a la luz del fuego, inmóvil, mirando de frente a Leclère y odiándolo con sus ojos amargos.

A menudo el hombre sentía que se había enfrentado con la esencia misma de la vida: esa fuerza inconquistable que arroja al halcón desde el cielo como un rayo emplumado, que empuja al gran ganso gris a cruzar las latitudes, que lanza al salmón a desovar a través de dos mil millas de las aguas hirvientes del Yukón. En esos momentos se sentía impelido a expresar su propia esencia inconquistable; y con bebida fuerte, música salvaje y Bâtard, se entregaba a desenfrenos monumentales en los que oponía su fuerza mezquina frente a todo lo existente y desafiaba lo que era, lo que había sido y lo que aún sería.

—Hay algo ahí —afirmaba cuando los caprichos rítmicos de su mente tocaban las cuerdas secretas del ser de Bâtard y hacían brotar el largo aullido lúgubre—. Yo lo sacar con las dos manos, así y así. ¡Ja, ja! ¡Eso ser cómico! ¡Muy cómico! El cura cantar, las mujeres rezar, los hombres maldecir, el pajarito hacer pío-pío, Bâtard hacer auú-auú… y todo ser la misma cosa. ¡Ja, ja!

El padre Gautier, un sacerdote respetable, lo reprendió en una ocasión con ejemplos palpables de condenación eterna. Nunca volvió a intentarlo.

—Puede ser, mon père —contestó él—. Y yo pensar que pasar por el infierno a dentelladas, como el abeto crepitar en el fuego. ¿Eh, mon père?

Pero todo lo malo se acaba, igual que lo bueno, y así ocurrió con Black Leclère. En verano, con el río bajo, partió de McDougall rumbo a Sunrise en un bote de pértiga, en compañía de Timothy Brown. Llegó a Sunrise solo. Además, se sabía que habían discutido justo antes de partir, porque el Lizzie —un jadeante vapor de paletas de diez toneladas que venía veinticuatro horas detrás— llegó a Sunrise tres días antes que él. Y cuando Leclère por fin llegó, traía un balazo limpio en el músculo del hombro y una historia de emboscada y muerte.

Habían encontrado oro en Sunrise, y las cosas habían cambiado mucho. Con la llegada de varios cientos de buscadores, una buena cantidad de whisky y media docena de tahúres con todo su instrumental, el misionero había visto cómo se borraban de un plumazo sus años de trabajo con los indios. Cuando las indias pasaron a cocinar frijoles y mantener el fuego encendido para los mineros sin esposa, y los indios empezaron a cambiar sus pieles cálidas por botellas negras y relojes rotos, se metió en la cama, dijo varias veces “¡Válgame Dios!” y partió a rendir sus últimas cuentas en una caja alargada de madera burdamente labrada. Entonces los tahúres llevaron sus mesas de ruleta y faraón a la casa de la misión, y el chasquido de las fichas y el tintineo de los vasos no cesaron del amanecer a la noche, y de la noche al amanecer otra vez.

Pues bien, Timothy Brown era muy querido entre aquellos aventureros del Norte. Lo único que tenía en contra era su temperamento ligero y su puño fácil: poca cosa, que su buen corazón y su mano pronta al perdón compensaban de sobra. En cambio, no había nada que compensara a Black Leclère. Tenía el alma “negra”, como lo probaban varios hechos que aún se recordaban, y era tan odiado como el otro era querido. Así que los hombres de Sunrise le curaron el hombro con antiséptico y lo llevaron ante un tribunal improvisado.

El asunto era sencillo. Había discutido con Timothy Brown en McDougall. Con Timothy Brown había salido de McDougall. Sin Timothy Brown había llegado a Sunrise. Considerada su maldad, la conclusión unánime fue que había matado a Timothy Brown. Por su parte, Leclère reconoció los hechos, pero impugnó la conclusión y dio su propia explicación. A veinte millas de Sunrise, él y Timothy Brown empujaban la embarcación con pértigas a lo largo de la orilla rocosa. Desde la orilla sonaron dos disparos de rifle. Timothy Brown cayó por la borda y se hundió burbujeando rojo, y ese fue el final de Timothy Brown. Él, Leclère, se lanzó al fondo de la embarcación con el hombro ardiendo. Permaneció muy quieto, espiando la orilla. Al rato, dos indios asomaron la cabeza y salieron hasta el borde del agua, cargando entre los dos una canoa de corteza de abedul. Cuando la botaban, Leclère soltó un disparo. Le acertó a uno, que cayó por el costado como Timothy Brown. El otro se dejó caer al fondo de la canoa, y entonces la canoa y la embarcación de pértiga bajaron por el río en una batalla a la deriva. Después quedaron separadas por una corriente partida, y la canoa pasó por un lado de una isla y la embarcación por el otro. Esa fue la última vez que vio la canoa, y él siguió hasta Sunrise. Sí, por la forma en que saltó el indio de la canoa, estaba seguro de haberle acertado. Eso era todo.

La explicación no se consideró suficiente. Le concedieron diez horas de gracia mientras el Lizzie bajaba a investigar. Diez horas más tarde el vapor volvió jadeando a Sunrise. No había habido nada que investigar. No se encontró ninguna prueba que respaldara su declaración. Le dijeron que hiciera testamento, porque poseía una concesión de cincuenta mil dólares en Sunrise, y ellos eran gente respetuosa de la ley además de hacedora de la ley.

Leclère se encogió de hombros.

—Una sola cosa —dijo—. Un pequeño, cómo decir ustedes, favor… un pequeño favor, eso ser. Yo dar mis cincuenta mil dólares a la Iglesia. Yo dar mi perro husky, Bâtard, al diablo. ¿El pequeño favor? Primero colgar a él, y después colgar a mí. Eso estar bien, ¿eh?

Estuvieron de acuerdo en que el “Engendro del Infierno” abriera el camino a su amo en el último viaje, y el tribunal se trasladó a la orilla del río, donde se alzaba solitario un gran abeto. Slackwater Charley hizo un nudo de ahorcado en el extremo de una cuerda de tiro, y el lazo fue deslizado por la cabeza de Leclère y ajustado en torno a su cuello. Le ataron las manos a la espalda y lo ayudaron a subirse a un cajón de galletas. Después pasaron el extremo libre de la cuerda por encima de una rama que sobresalía, lo tensaron y lo aseguraron. Bastaba con sacarle el cajón de una patada para dejarlo bailando en el aire.

—Ahora el perro —dijo Webster Shaw, antiguo ingeniero de minas—. Vas a tener que enlazarlo tú, Slackwater.

Leclère sonrió. Slackwater tomó una mascada de tabaco, preparó un lazo corredizo y, con calma, enrolló algunas vueltas de cuerda en la mano. Se detuvo una o dos veces para espantarse de la cara unos mosquitos especialmente molestos. Todos espantaban mosquitos, excepto Leclère, alrededor de cuya cabeza se veía una pequeña nube. Hasta Bâtard, tendido cuan largo era en el suelo, se quitaba los bichos de los ojos y la boca con las patas delanteras.

Pero mientras Slackwater esperaba a que Bâtard levantara la cabeza, en el aire quieto se oyó un grito débil, y se vio a un hombre que cruzaba la llanura desde Sunrise agitando los brazos. Era el encargado del puesto comercial.

—¡D-déjenlo, muchachos! —jadeó al llegar entre ellos—. —Little Sandy y Bernadotte acaban de llegar —explicó cuando recuperó el aliento—. Desembarcaron más abajo y vinieron por el atajo. Traen a Beaver. Lo encontraron en su canoa, atascado en un canal secundario, con un par de agujeros de bala en el cuerpo. El otro indio era Klok Kutz, el que le dio una paliza a su mujer y se mandó a cambiar.

—¿Eh? ¿Qué dije yo? ¿Eh? —gritó Leclère, exultante—. ¡Ese era, seguro! Yo saber. Yo decir verdad.

—Lo que hay que hacer es enseñarles un poco de modales a estos malditos siwashes —dijo Webster Shaw—. Se están poniendo gordos e insolentes, y vamos a tener que bajarles los humos. Junten a todos los indios y cuelguen a Beaver para que sirva de escarmiento. Ese es el programa. Vamos a ver qué tiene que decir en su defensa.

—¡Eh, M’sieu! —llamó Leclère mientras la multitud empezaba a deshacerse en el crepúsculo, rumbo a Sunrise—. A mí gustar mucho ver la diversión.

—Te soltaremos cuando volvamos —le gritó Webster Shaw por encima del hombro—. Mientras tanto, medita sobre tus pecados y los caminos de la Providencia. Te hará bien, así que agradécelo.

Como pasa con los hombres acostumbrados a los grandes peligros, de nervios sanos y entrenados en la paciencia, así pasó con Leclère: se dispuso a la larga espera; es decir, resignó la mente a ella. El cuerpo no podía acomodarse, porque la cuerda tensa lo obligaba a permanecer rígidamente erguido. El menor aflojamiento de los músculos de las piernas hacía que la cuerda áspera le mordiera el cuello, y la postura rígida le agravaba el dolor del hombro herido. Sacó el labio inferior y sopló hacia arriba a lo largo de la cara, para apartar los mosquitos de los ojos. Pero la situación tenía su compensación. Ser arrancado de las fauces de la muerte bien valía un poco de sufrimiento físico; lo único, era una lástima que se fuera a perder el ahorcamiento de Beaver.

Así meditaba, hasta que sus ojos fueron a caer sobre Bâtard, que dormía tendido en el suelo con la cabeza entre las patas delanteras. Entonces Leclère dejó de meditar. Estudió al animal con atención, esforzándose por percibir si el sueño era real o fingido. Los costados de Bâtard se alzaban con regularidad, pero Leclère sintió que el aliento iba y venía apenas demasiado rápido; también sintió que había una vigilancia, un estado de alerta en cada pelo, que desmentía el sueño verdadero. Habría dado su concesión de Sunrise por tener la certeza de que el perro dormía de verdad, y cuando le crujió una articulación, echó una mirada rápida y culpable a Bâtard para ver si se había despertado. Bâtard no se despertó entonces, pero unos minutos después se incorporó despacio y con pereza, se estiró y miró con cuidado a su alrededor.

Sacredam —dijo Leclère en un susurro.

Seguro de que nadie estaba a la vista ni al alcance del oído, Bâtard se sentó, curvó el labio superior casi como en una sonrisa, miró hacia Leclère y se relamió.

—Yo ver mi fin — dijo, y soltó una risa amarga.

Bâtard se acercó, con la oreja inútil bamboleándose y la sana levantada hacia adelante con diabólica comprensión. Ladeó la cabeza con aire socarrón y avanzó con pasos cortitos y juguetones. Frotó suavemente el cuerpo contra el cajón hasta hacerlo temblar una y otra vez. Leclère se balanceó con cuidado para mantener el equilibrio.

—Bâtard —dijo con calma—, cuidado. Yo matar a ti.

Bâtard gruñó al oír la palabra y sacudió el cajón con más fuerza. Después se alzó en dos patas y descargó su peso contra el cajón, más arriba. Leclère lanzó una patada, pero la cuerda le mordió el cuello y lo frenó tan bruscamente que casi pierde el equilibrio.

—¡Hi, ya! ¡Chook! ¡Mush-on! —gritó.

Bâtard retrocedió unos pasos, con una agilidad diabólica en sus movimientos que Leclère no podía confundir. Recordó cómo el perro solía romper la capa de hielo del bebedero alzándose en dos patas y descargándole encima todo su peso; y al recordarlo, comprendió ahora lo que el perro tramaba. Bâtard dio media vuelta y se detuvo. Mostró los dientes blancos en una sonrisa que Leclère le devolvió; y entonces se lanzó por el aire en plena embestida, derecho contra el cajón.

Quince minutos más tarde, Slackwater Charley y Webster Shaw, al regresar, alcanzaron a ver un péndulo fantasmal que se balanceaba de un lado a otro en la luz mortecina. Al acercarse de prisa, distinguieron el cuerpo inerte del hombre y una cosa viva que se aferraba a él, lo sacudía y lo mordía, imprimiéndole aquel vaivén.

—¡Hi, ya! ¡Chook! ¡Engendro del Infierno! —gritó Webster Shaw.

Pero Bâtard lo miró con fiereza y le gruñó amenazante sin soltar las mandíbulas.

Slackwater Charley sacó el revólver, pero le temblaba la mano como sacudida por un escalofrío, y manipuló el arma con torpeza.

—Toma, hazlo tú —dijo, pasándole el arma.

Webster Shaw soltó una risa breve, fijó la mira entre los ojos relucientes y apretó el gatillo. El cuerpo de Bâtard se estremeció con el impacto, golpeó el suelo en espasmos durante un instante y de pronto quedó inerte. Pero las mandíbulas seguían trabadas.

FIN

[1902]

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Jack London - Bâtard
  • Autor: Jack London
  • Título: Bâtard
  • Título Original: Bâtard
  • Publicado en: The Cosmopolitan, junio de 1902
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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