Ray Bradbury: El pequeño asesino

No podía decir realmente cuando tuvo la idea de que iban a asesinarla. Durante el último mes había habido algunos pocos signos sutiles, pequeñas sospechas, movimientos ocultos como mareas en ella, como si luego de contemplar una extensión de agua en el trópico, perfectamente tranquila y que invita a un baño, y justo cuando sentimos la marea en el cuerpo, descubriéramos que las profundidades están habitadas por monstruos, criaturas invisibles, abotagadas, de muchos brazos, de afiladas aletas, malignas y decididas.

Un cuarto flotaba alrededor de ella como un efluvio de histeria. Unos instrumentos cortantes se cernían en el aire, y había voces y gente con estériles máscaras blancas.

Mi nombre, pensó entonces, ¿cómo me llamo?

Alice Leiber, recordó. La mujer de David Leiber. Pero eso no la consolaba. Estaba a solas con aquella gente blanca que murmuraba sin hacer ruido, y ella sentía dolor y náusea y miedo de la muerte.

Me están matando ante los ojos de todos. Esos médicos, esas enfermeras no entienden qué cosa secreta me ha ocurrido. David no lo sabe. Nadie lo sabe excepto yo y… el verdugo, el criminal, el pequeño asesino.

Estoy muriéndome y no puedo decirlo ahora. Se reirían de mí y dirían que deliro. Verían al criminal, lo tendrían en los brazos y nunca lo culparían de mi muerte. Pero aquí estoy, ante Dios y los hombres, muriéndome, sin que nadie me crea, todos dudando de mí, consolándome con mentiras, enterrándome sin saberlo, llorándome y salvando a mi destructor.

¿Dónde está David?, se preguntó. ¿En la sala de espera, fumando un cigarrillo tras otro, escuchando los prolongados tictaques del reloj tan lento?

El sudor le estalló en el cuerpo, todo a la vez, junto con un grito de agonía. Ahora. ¡Ahora! Trata de matarme, gritó, inténtalo, inténtalo, ¡pero no moriré! ¡No moriré!

Hubo un hueco de pronto. Un vacío. El dolor cesó. Un agotamiento, y la oscuridad vino de todas partes. Aquello había terminado. ¡Oh, Dios! Cayó como una plomada y golpeó una nada negra que se abrió a una nada y a otra y todavía otra…

Unas pisadas. Acercándose, unas pisadas leves.

Muy lejos, una voz dijo:

—Está dormida. No la moleste.

Un olor de franela, una pipa, una cierta loción de afeitar. David estaba de pie junto a ella. Y más allá el olor inmaculado del doctor Jeffers. No abrió los ojos.

—Estoy despierta —dijo en voz baja.

Era una sorpresa, un alivio, poder hablar, no estar muerta.

—Alice —dijo alguien, y era David delante de los ojos cerrados, teniéndole las manos fatigadas.

¿Quieres conocer al criminal, David?, pensó Alice. Te oí decir que querías verlo, de modo que no puedo hacer otra cosa que mostrártelo.

David se inclinaba sobre la cama. Alice abrió los ojos. El cuarto se aclaró. Moviendo una mano débil, Alice apartó una manta.

El criminal miró a David con una carita roja y unos ojos azules y serenos, profundos y centelleantes.

—¡Bueno! —exclamó David, sonriendo—. ¡Es un bebé hermoso!

El día que David fue a buscar a su mujer y al recién nacido el doctor Jeffers estaba esperándolo en la oficina. Le indicó que se sentara en una silla, le dio un cigarro, encendió otro para él, se sentó en el borde del escritorio, chupando solemnemente un largo rato. Al fin carraspeó, miró a David Leiber a los ojos y dijo:

—A tu mujer no le gusta el niño, Dave.

—¡Qué!

—Ha sido duro para ella. Necesitará mucho cariño este próximo año. No quise hablar hasta ahora, pero parecía una histérica en la sala de partos. Decía cosas raras de veras… No las repetiré. Diré sólo que no se siente unida al niño. Bueno, quizá sea algo que pueda aclararse con una o dos preguntas. —Chupó el cigarro y luego dijo—: ¿El niño es un niño «deseado», Dave?

—¿Por qué lo pregunta?

—Es muy importante.

—Sí. Sí, es un niño «deseado». Fue de común acuerdo. Alice estaba tan contenta, hace un año, cuando…

—Mmmm… Eso lo hace más difícil. Porque si no hubiera querido tener un hijo sería sólo el caso de una mujer que rechaza la idea de la maternidad. No es el caso de Alice. —El doctor Jeffers se sacó el cigarro de la boca, se frotó la mandíbula con la mano—. Tiene que ser otra cosa entonces. Quizá algo enterrado en la infancia y que sale ahora. O quizá se trate de las dudas y desconfianzas pasajeras de cualquier madre que pasa por ese trance, dolores insólitos y el peligro de la muerte. Si es así, el tiempo la curará. Pensé que tenía que decírtelo, Dave. Te ayudará a ser tolerante y condescendiente con Alice si dice algo acerca de… bueno, que hubiese deseado que el niño naciera muerto. Y si las cosas no marchan bien, venid a verme los tres. Siempre me alegrará ver a viejos amigos, ¿eh? Bien, toma otro cigarro por el… este… por el bebé.

Era una brillante tarde de primavera. El coche zumbaba a lo largo de las anchas avenidas, bordeadas de árboles. Un cielo azul, flores, un viento tibio. Dave habló un rato, encendió un cigarrillo, siguió hablando. Alice respondía directamente, en voz baja, serenándose a medida que avanzaban. Pero no llevaba al bebé apretadamente en los brazos, ni cálidamente, ni maternalmente, no tanto por lo menos como para calmar aquel raro dolor que Dave sentía en la mente. Era casi como si transportara una figurita de porcelana.

—Bueno —dijo al fin sonriendo—, ¿cómo lo llamaremos?

Alice Leiber miró los árboles verdes que pasaban.

—No lo decidamos aún. Mejor le buscaremos un nombre excepcional. No le eches humo en la cara.

Las frases de Alice se unían unas a otras sin cambio de tono. En el ruego último no había ni reproche maternal, ni interés, ni irritación. Le había venido a la boca y lo había dicho.

El marido, intranquilizado, tiró el cigarrillo por la ventanilla.

—Lo siento —dijo.

El bebé descansaba en el regazo de la madre, y las sombras del sol y los árboles le cambiaban en la cara. Abrió los ojos como flores de primavera, frescas y azules. Unos sonidos húmedos le brotaban de la boca, diminuta, rosada, elástica.

Alice le echó una ojeada rápida. Dave sintió que se apretaba contra él, estremeciéndose.

—¿Frío? —preguntó.

—Un escalofrío. Más vale que cierres la ventanilla.

Era algo más que un escalofrío. Dave alzó lentamente la ventanilla.

La hora de la cena.

Dave había traído al niño, sosteniéndolo en una posición rara, lo más derecho posible, apoyado en muchos almohadones, en la silla alta comprada recientemente.

Alice miraba el plato donde movía el cuchillo y el tenedor.

—Es pequeño aún para una silla —dijo.

—Pero es divertido tenerlo aquí con nosotros —dijo Dave, contento—. Todo es divertido. Aún en la oficina los pedidos de mercancía me llegan a la nariz. Si no vigilo haré otros quince mil este año. ¡Eh! ¡Mira al pequeño! ¡La baba le cae por la barbilla!

Se inclinó para pasar la servilleta por la barbilla del bebé. Descubrió de soslayo que Alice ni siquiera estaba mirando. Terminó de limpiar al bebé.

—No será de veras muy interesante —dijo volviendo a la comida—. Pero se supone que una madre tiene cierto interés en su propio hijo.

Alice alzó el mentón bruscamente.

—¡No hables de ese modo! ¡No delante de él! Más tarde, si quieres.

—¿Más tarde? —exclamó Dave—. Delante de él, detrás de él, ¿qué diferencia hay? —Se dominó, tragó saliva, se mostró arrepentido—. Bueno, perfectamente. De acuerdo.

Luego de la cena, Alice dejó que Dave llevara al bebé arriba. No se lo pidió, dejó que lo llevara.

Cuando Dave bajó de nuevo, encontró a Alice de pie junto a la radio, escuchando una música que no oía. Tenía los ojos cerrados y parecía absorta en sí misma tratando de resolver un problema. Oyó a Dave y se sobresaltó.

De pronto Alice se volvió hacia Dave, se apretó contra él, dulce, rápida; la misma de antes. Buscó a Dave con los labios, lo detuvo. Dave estaba estupefacto. Ahora que el bebé había desaparecido, que estaba arriba, fuera de la sala, Alice comenzaba a respirar otra vez, a vivir otra vez. Estaba libre. Murmuraba rápidamente, interminablemente.

—Gracias, gracias, querido. Por ser tú mismo, siempre. Alguien en quien se puede confiar, ¡en quien tanto se puede confiar!

Dave tuvo que reírse.

—Ya me lo decía mi padre: «Hijo, ¡que nada le falte a tu familia!».

Fatigada, Alice dejó que el cabello negro y brillante le descansara en el cuello de Dave.

—Has hecho todavía más. A veces desearía que fuésemos de nuevo como cuando nos casamos, al principio. Sin responsabilidad, sólo nosotros. Sin… ningún bebé.

Las dos manos de Alice apretaron la mano de Dave. Tenía un color blanco sobrenatural en la cara.

—Oh, Dave, en un tiempo sólo éramos tú y yo. Nos protegíamos entre nosotros, y ahora protegemos al bebé, pero él no nos protege. ¿No entiendes? Mientras estuve en el hospital tuve tiempo de pensar muchas cosas. El mundo es malvado…

—¿Sí?

—Sí, lo es. Pero las leyes nos protegen. Ya cuando no hay leyes, entonces el amor nos protege. Mi amor te protege de mí, para que yo no te haga daño. Nadie es más vulnerable a mí que tú mismo, pero el amor te ampara. Yo no te temo porque el amor amortigua todas tus irritaciones, tus instintos poco naturales, tus odios y tus boberías. Pero no pasa lo mismo con el bebé. Es demasiado pequeño para conocer el amor, o una ley del amor, o cualquier otra cosa, hasta que se lo enseñemos. Y mientras tanto somos nosotros los vulnerables.

Dave alejó a Alice y rió gentilmente.

—¿Vulnerables a un bebé?

—¿Sabe acaso un bebé qué diferencia hay entre el bien y el mal? —preguntó Alice.

—No. Pero lo aprenderá.

—Un bebé es algo tan nuevo, tan amoral, tan despojado de toda conciencia. —Alice calló. Soltó a Dave y se volvió bruscamente—. Ese ruido. ¿Qué ha sido ese ruido?

Dave miró alrededor de la sala.

—No oí nada…

Alice clavó los ojos en la puerta de la biblioteca.

—Allí —dijo lentamente.

Leiber cruzó la sala, abrió la puerta y encendió las luces de la biblioteca.

—No hay nada. —Volvió junto a Alice—. Estás muy fatigada. A la cama… ahora mismo.

Apagando juntos las luces, Dave y Alice subieron por la escalera silenciosa, sin hablar. Arriba, Alice se disculpó.

—He dicho muchas tonterías. Perdóname. Estoy agotada.

Dave comprendió, y así se lo dijo.

Alice se detuvo, titubeando, ante el cuarto del bebé. Luego, de pronto, tomó el picaporte de bronce y entró. Dave miró cómo se acercaba a la cuna, y se endurecía como si algo le hubiese golpeado la cara.

—¡David!

Leiber se adelantó, llegó a la cuna.

La cara del bebé estaba muy roja y brillante y muy húmeda; la boquita rosada se le abría y se le cerraba, se le abría y se le cerraba; los ojos eran de un fiero color azul; las manitas se agitaban en el aire.

—Oh —dijo Dave—, ha estado llorando.

—¿Sí? —Alice Leiber se sostuvo en la cuna para no caerse—. No lo he oído.

—La puerta estaba cerrada.

—¿Es por eso que respira con tanta fuerza y tiene la cara tan roja?

—Claro. Pobrecito. Llorando solo en la oscuridad. Podría dormir en nuestro cuarto esta noche, por si llora de nuevo.

—Estás malcriándolo —dijo Alice.

Leiber llevó rodando la cuna al dormitorio sintiendo detrás los ojos de Alice. Se desvistió en silencio, se sentó en el borde de la cama. De pronto alzó la cabeza, habló entre dientes, castañeteó los dedos.

—¡Maldita sea! Olvidé decírtelo. Tengo que ir a Chicago el jueves.

—Oh, David.

La voz de Alice se perdió en el cuarto.

—Estoy postergando este viaje desde hace dos meses, y ahora ya no tengo escapatoria.

—Me da miedo quedarme sola.

—El viernes mismo llegará la nueva cocinera. Estará aquí todo el tiempo. Será cuestión de días.

—Tengo miedo. No sé de qué. No me creerías si te lo dijera. Pienso que estoy loca.

David estaba ya acostado. Alice apagó las luces, y David oyó como caminaba alrededor de la cama, apartaba las sábanas y se acostaba. Sintió al lado el cálido olor femenino.

—Si quieres que espere unos días —dijo—, quizá yo podría…

—No —dijo Alice sin convicción—. Vete de viaje. Sé que es importante. Sólo que no puedo dejar de pensar. Las leyes y el amor y la protección. El amor te protege de mí. Pero el bebé… —Alice tomó aliento—. ¿Qué te protege a ti de él, David?

Antes que Dave pudiera responder, antes que pudiera decirle que todo aquello era una tontería, Alice encendió la lámpara de noche, bruscamente.

El bebé estaba despierto en la cuna, mirando directamente a Dave, con ojos de color azul acerado y profundo.

Las luces se apagaron de nuevo. Alice se apretó contra Dave, temblando.

—No está bien tener miedo de tu propia criatura. —Alice hablaba ahora en voz baja, dura, vehemente rápida—. ¡Trató de matarme! ¡Está ahí escuchándonos, esperando a que te vayas para intentarlo otra vez! ¡Lo juro!

Los sollozos ahogaron a Alice.

—Por favor —dijo Dave, serenándola—. Basta. Basta. Por favor.

Alice lloró en la oscuridad largo rato. Al fin se calmó, estremeciéndose, abrazada a Dave. Dave sintió que la respiración de Alice era cada vez más serena, cálida, regular, que se le relajaba el cuerpo, y que al fin se dormía.

Dave empezó a dormirse también.

Y justo cuando los párpados se le cerraban pesadamente, hundiéndose en mareas más y más profundas, oyó un raro y leve sonido de alerta y de vigilia.

El sonido de unos labios diminutos, húmedos, rosadamente elásticos.

El bebé.

Y luego… Dave se durmió.

Por la mañana el sol centelleaba. Alice sonreía.

David Leiber movía el reloj sobre la cuna.

—¿Ves, bebé? Una cosa brillante. Una cosa bonita. Claro. Claro. Una cosa bonita.

Alice sonreía. Le dijo a Dave que no dudara más, que volara a Chicago, y ella sería muy valiente, no había por qué preocuparse. Cuidaría del bebé. Oh, sí, lo cuidaría, todo estaba bien.

El avión fue hacia el este. Había mucho cielo, mucho sol y nubes y Chicago se deslizó en el horizonte. Dave cayó en un torbellino de ventas, planeamientos, banquetes, llamadas telefónicas, discusiones en conferencias. Pero todos los días les mandaba a Alice y al bebé una carta y un telegrama.

En la tarde del sexto día recibió una llamada de larga distancia. Los Ángeles.

—¿Alice?

—No, Dave. Habla Jeffers.

—¡Doctor!

—Cálmate, hijo. Alice está enferma. Será mejor que vuelvas en el primer avión. Es neumonía. Haré todo lo que pueda, hijo. Si al menos hubiera pasado un poco más de tiempo… Alice necesita fuerzas.

Leiber dejó caer el auricular del teléfono. Se incorporó, sintiendo que no tenía pies, ni manos ni cuerpo. El cuarto del hotel se oscureció y se deshizo.

—Alice —dijo Dave, yendo hacia la puerta.

Las hélices giraron, voltearon, se sacudieron, se detuvieron; el tiempo y el espacio quedaron atrás. El picaporte se movió bajo la mano de Dave; el piso fue sólido y real bajo los pies, las paredes de una alcoba se ordenaron alrededor, y a la luz de las últimas horas de la tarde el doctor Jeffers dio la espalda a una ventana, mientras Alice esperaba tendida en el lecho: una figura modelada con la nieve de invierno. Luego el doctor Jeffers habló, habló continuamente, y el sonido de la voz se elevaba y caía a través de la luz de la lámpara, un aleteo suave, un murmullo blanco.

—Tu mujer es demasiado buena como madre, Dave. Se preocupa más por el bebé que por ella misma…

De pronto, en la palidez del rostro de Alice hubo una contracción que desapareció antes que nadie la notara. Luego, lentamente, sonriendo, Alice se puso a hablar, y hablaba como hablan las madres en esos casos, esto y lo otro, el detalle significativo, el informe minuto a minuto y hora a hora de una madre que sólo piensa en un mundo de muñecas y en la vida que habita ese mundo. Pero no se detuvo allí; el resorte estaba muy apretado y la voz de Alice se alzó mostrando furia, miedo y un débil matiz de repulsión y todo esto no alteró la expresión del doctor Jeffers, pero aceleró el corazón de Dave que latió al ritmo de esta charla, cada vez más rápida, y que no se podía detener.

—El bebé no dormía. Pensé que estaba enfermo. Estaba ahí, acostado en la cuna, y lloraba de noche. Lloraba tanto, toda la noche, y toda la noche. No podía calmarlo, y no podía descansar.

El doctor Jeffers asentía con lentos, lentos movimientos de cabeza.

—El cansancio la llevó a la neumonía. Pero le hemos dado muchas sulfamidas y ya está fuera de peligro.

David se sentía enfermo.

—¿Y el bebé, qué pasa con el bebé?

—Magníficamente, fuerte como un roble.

—Gracias, doctor.

El doctor se alejó y bajó las escaleras, abrió suavemente la puerta de calle y desapareció.

—¡David!

Dave se volvió hacia el susurro asustado.

—Fue el bebé otra vez. —Alice apretó la mano de Dave—. Trato de mentirme a mí misma y decirme que soy una tonta, pero el bebé sabía que yo estaba débil, luego de los días en el hospital, de modo que lloraba la noche entera, todas las noches, y cuando no lloraba estaba demasiado quieto. Yo sabía siempre que si encendía la luz allí estaría mirándome.

David sintió que el cuerpo se le cerraba como un puño. Recordaba haber visto al bebé, haberlo sentido, despierto en la oscuridad, hasta muy tarde cuando los bebés suelen estar dormidos. Despierto y acostado, silencioso como un pensamiento, sin llorar, pero mirando desde la cuna. Apartó la idea. Era una locura.

Alice continuó hablando:

—Yo iba a matar al bebé. Sí, iba a matarlo. Cuando estabas fuera, el primer día, entré en el cuarto y le eché las manos al cuello, y me quedé así mucho tiempo pensando, asustada. Luego le puse las mantas sobre la cara y lo volví boca abajo y lo apreté y lo dejé así y salí corriendo del cuarto.

Dave trató de hacerla callar.

—No, deja que termine —dijo Alice roncamente, mirando la pared—. Cuando dejé el cuarto del bebé pensé: es muy simple. Todos los días se ahoga algún bebé. Nadie lo sabrá nunca. Pero cuando volví pensando verlo muerto, David, ¡estaba vivo! Sí, vivo, boca arriba, sonriendo y respirando. Y después de eso no pude tocarlo otra vez. Lo dejé allí y no regresé, ni para alimentarlo ni para mirarlo ni para nada. Quizá lo atendió la cocinera. No lo sé. Todo lo que sé es que lloraba de noche y no me dejaba dormir, y yo me pasaba las horas despierta, pensando, y caminaba por la casa, y ahora estoy enferma. —Alice parecía completamente agotada—. El bebé está ahí pensando cómo podría matarme. Cómo matarme de un modo simple. Pues sabe que sé mucho de él. No le tengo cariño; no hay protección entre nosotros, nunca la habrá.

Alice calló. Pareció derrumbarse en sí misma y al fin se quedó dormida. David se quedó largo rato junto a la cama, mirándola, incapaz de moverse. Tenía la sangre helada en el cuerpo, y no se le movía una sola célula, ninguna.

A la mañana siguiente sólo había una cosa que hacer. Dave la hizo. Fue al consultorio de Jeffers y le contó todo y escuchó las réplicas tolerantes del médico:

—Tomemos esto con calma, hijo. Es natural que una madre odie a sus niños, a veces. Tenemos un nombre para eso: ambivalencia. La capacidad de odiar, mientras se quiere. Los amantes se odian entre sí, frecuentemente. Los niños detestan a sus madres…

Leiber le interrumpió:

—Yo nunca odié a mi madre.

—No lo admitirías, naturalmente. La gente no disfruta admitiendo que odia a los seres queridos.

—De modo que Alice odia al bebé.

—Sería mejor decir que tiene una obsesión. Ha dado un paso más allá de la ambivalencia común y simple. La cesárea trajo al mundo al niño, pero casi se lleva a Alice. Ahora culpa al niño por haber corrido ese peligro y por la neumonía. Está proyectando sus dificultades. Culpa a los objetos más a mano. Todos hacemos lo mismo. Nos caemos de una silla y culpamos al mobiliario, no a nuestra propia torpeza. Le erramos a la pelota de golf y maldecimos al césped o al palo, o al fabricante de la pelota. Si nos va mal en los negocios acusamos a los dioses, al tiempo, a la suerte. Todo lo que puedo decirte es lo que te dije antes. Quiere a Alice. No hay medicina mejor en el mundo. Busca las maneras más delicadas de mostrarle afecto, de darle seguridad. Busca el modo de probarle que el bebé es una criatura inofensiva e inocente. Hazle sentir que por el bebé vale la pena cualquier riesgo. Al cabo de un tiempo ella se calmará, olvidará eso de la muerte, y empezará a querer al niño. Si no descubres ningún cambio en un mes, llámame. Te recomendaré a un buen psiquiatra. Vete tranquilo, y sácate esa expresión de la cara.

Cuando llegó el verano todo pareció serenarse y hacerse más fácil. Dave trabajaba, sumergido en minucias de oficina, pero encontraba tiempo para su mujer. Alice, por su parte, daba largos paseos, recuperaba fuerzas, jugaba de cuando en cuando al bádminton. Muy pocas veces perdía la cabeza. Parecía haberse librado de aquellos temores.

Excepto una cierta medianoche cuando un repentino viento de verano corrió alrededor de la casa, cálido y rápido, sacudiendo los árboles como brillantes tamboriles. Alice despertó, temblando, y se deslizó en los brazos de Dave, y dejó que él la consolara, y le preguntara qué ocurría de malo.

—Hay algo en el cuarto, mirándonos —dijo Alice.

Dave encendió las luces.

—Has estado soñando de nuevo —dijo—. Estás mejor, sin embargo. Hace tiempo que no te veo perturbada.

Alice suspiró mientras Dave apagaba de nuevo la luz, y de pronto se quedó dormida. Dave la tuvo en brazos, pensando que Alice era realmente una criatura dulce y rara, durante media hora.

Entonces oyó que la puerta del dormitorio se abría unos centímetros.

No había nadie en la puerta. No había motivo para que se hubiera abierto. El viento había cesado.

Dave esperó. Se quedó alrededor de una hora tendido allí, en la oscuridad.

Luego, lejos, quejándose como un menudo meteoro que muere en el vasto abismo del espacio, de color de tinta, el bebé se puso a llorar.

Era un sonido débil, solitario, en medio de las estrellas y la oscuridad y la respiración de esta mujer que tenía en los brazos y el viento que comenzaba a mover de nuevo los árboles.

Leiber contó hasta cien, lentamente. El llanto continuaba.

Librándose cuidadosamente de los brazos de Alice se deslizó fuera de la cama, se puso las zapatillas, la bata, y salió, en silencio del cuarto.

Iré abajo, pensaba, calentaré un poco de leche, la traeré, y…

La negrura retrocedió de pronto. El pie de Dave resbaló y se precipitó hacia adelante. Resbaló en algo blando. Se precipitó a la nada.

Dave estiró frenéticamente las manos hacia la barandilla. Dejó de caer. Se sostuvo, maldiciendo.

La cosa blanda en que había resbalado el pie de Dave estaba ahora a unos pocos escalones más abajo. Dave sentía un zumbido en la cabeza. El corazón le golpeaba la base de la garganta, pesadamente, en dolorosos latidos.

¿Cómo había gente tan descuidada que dejaba cosas desparramadas por la casa? Dave buscó con los dedos el objeto que casi lo había lanzado escaleras abajo.

La mano se le heló, sorprendida. Se quedó sin aliento. El corazón contuvo uno o dos latidos.

Aquello que tenía en la mano era un juguete. Una tosca muñeca de trapo que había traído a casa como una broma, para…

Para el bebé.

Alice lo llevó a la oficina al día siguiente.

A medio camino aminoró la marcha, acercó el coche a la acera y se detuvo. Luego se volvió hacia Dave en el asiento y lo miró.

—Quiero irme de vacaciones. No sé si tú puedes ahora, querido, pero si no es así, por favor, déjame ir sola. Encontraremos a alguien que se encargará del bebé, estoy segura. Pero tengo que irme. Pensé que estaba saliendo de esa… impresión. Pero no. No aguanto estar en el cuarto con él. Me mira como si me odiara también. No puedo tocarlo. Sólo sé que quiero irme antes que algo ocurra.

Dave salió del coche, caminó alrededor, le dijo a Alice que se moviera y se sentó al volante.

—Lo que vas a hacer es ver a un buen psiquiatra. Y si el hombre recomienda unas vacaciones, bueno, magnífico. Pero esto no puede seguir así. Tengo nudos en el estómago todo el tiempo. —Puso en marcha el coche—. Conduciré el resto del camino.

Alice echaba la cabeza hacia adelante y trataba de retener las lágrimas. Cuando llegaron a las oficinas de Dave, alzó los ojos.

—Bueno. Consígueme hora. Hablaré con quien quieras, David.

Dave la besó.

—Bueno, ahora habla usted con sentido común, señora. ¿Crees que podrás conducir hasta casa?

—Por supuesto, tonto.

—Te veré a la hora de la cena entonces. Ve con cuidado.

—¿No lo hago siempre? Hasta luego.

Dave se quedó al borde de la acera, mirando como Alice se alejaba, y el viento arremolinaba los cabellos largos, oscuros y brillantes. Ya en la oficina telefoneó a Jeffers y concertó una cita con un conocido psiquiatra.

El trabajo del día fue complicándose. Todo parecía velarse de algún modo, y en medio de ese velo Dave veía a Alice que se había perdido y lo llamaba. Muchos de los miedos de Alice los sentía él ahora. Alice había llegado a convencerlo de que el bebé era de alguna manera no del todo común.

Dictó unas cartas largas y poco inspiradas. Revisó unos envíos en la planta baja. Había que interrogar a los auxiliares y seguir adelante. Al fin del día, agotado con dolor de cabeza, le alegró irse.

Mientras bajaba en el ascensor se preguntó: ¿y si le cuento a Alice lo del juguete, la muñeca de trapo, que encontré en la escalera anoche? Señor, eso la agravaría todavía más. No, no se lo diré nunca. Los accidentes son, al fin y al cabo, accidentes.

La luz del día se demoraba en el cielo mientras el taxi lo llevaba de vuelta. Frente a la casa le pagó al chofer y caminó lentamente por la acera de cemento, disfrutando de la luz que estaba aún en el cielo y en los árboles. La blanca fachada colonial tenía un aspecto raro: como si la casa estuviera en silencio y deshabitada, y entonces Dave recordó que era jueves, el día libre de las criadas que a veces contrataban.

Respiró hondo. Un pájaro cantaba detrás de la casa. El tránsito corría en la avenida, a cien metros. Dave hizo girar la llave en la puerta. El picaporte se movió bajo la presión de los dedos, aceitado, silencioso.

La puerta se abrió. Dave entró, dejó el sombrero en la silla junto con el portafolios, y comenzaba a sacarse el abrigo cuando alzó los ojos.

La luz tardía del sol corría escaleras abajo desde la ventana alta del pasillo, y cuando tocaba la muñeca caída al pie de la escalera tomaba sus brillantes colores.

Pero Dave no prestó atención al juguete.

No se movía y sólo podía mirar una y otra vez a Alice.

El cuerpo delgado de Alice estaba tendido en una postura quebrada, grotesca y descolorida, al pie de la escalera, como una muñeca despatarrada que ya no quiere jugar más.

Alice estaba muerta.

No había otro sonido en la casa que los latidos del corazón de Dave.

Alice estaba muerta.

Dave le tomó la cabeza entre las manos, le tocó los dedos. Le alzó el cuerpo. Pero ella no viviría. Ni siquiera trataría de vivir. Dave la llamó, en voz alta, muchas veces, y trató, de nuevo, abrazándola, de darle algo del calor que ella había perdido, pero todo era inútil.

Dave se incorporó. Tenía que haber llamado por teléfono. No lo pensó. Se descubrió de pronto en la planta alta. Abrió la puerta del cuarto del bebé y entró y miró inexpresivamente la cuna. Sentía náuseas. No veía muy bien.

El bebé tenía los ojos cerrados, pero la cara estaba roja, húmeda de transpiración, como si hubiera estado llorando largo tiempo.

—Está muerta —le dijo Leiber al bebé—. Está muerta.

Luego se echó a reír, con una risa dulce y baja, y siguió así mucho tiempo hasta que el doctor Jeffers llegó a la noche y lo abofeteó una y otra vez.

—¡Basta, Dave! ¡Domínate!

—Cayó por la escalera, doctor. Tropezó con la muñeca de trapo y cayó. Yo casi resbalé la otra noche al pisar la muñeca y ahora…

El doctor lo sacudió.

—Doctor, doctor —dijo Dave, aturdido—. Qué gracioso. Encontré… encontré al fin un nombre para el bebé.

El doctor no dijo nada.

Leiber se llevó las manos temblorosas a la cabeza y habló:

—Haré que lo bauticen el domingo. ¿Sabe que nombre le pondremos? Lo llamaremos Lucifer.

Eran las once de la noche. Mucha gente desconocida había entrado en la casa y se había ido, llevándose la llama esencial: Alice.

David Leiber estaba sentado frente al médico, en la biblioteca.

—Alice no estaba loca —dijo, lentamente—. Tenía buenas razones para temer al bebé.

Jeffers resopló.

—¡No sigas tú también ese camino! Alice culpaba al bebé por la neumonía, y ahora tú lo culpas por la muerte de Alice. Tropezó con un juguete, no lo olvides. No puedes acusar al niño.

—¿Habla usted de Lucifer?

—¡Deja de llamarlo así!

Leiber meneó la cabeza.

—Alice oía cosas de noche, que se movían en los pasillos. ¿Quiere saber quién hacía esos ruidos, doctor? El bebé. Un bebé de cuatro meses, que andaba en la oscuridad escuchando nuestras conversaciones. ¡Escuchando todas las palabras! —Dave se apoyó en los brazos de la silla—. Y si yo encendía las luces, un bebé es algo tan pequeño. Puede esconderse detrás de un mueble, una puerta, contra una pared…

—¡Por favor, no sigas!

—Déjeme decir lo que pienso o me volveré loco. Cuando fui a Chicago, ¿quién tuvo despierta a Alice, cansándola hasta que enfermó de neumonía? ¡El bebé! Como Alice no murió, trato de matarme a mí. Muy simple: dejar un juguete en la escalera, llorar de noche hasta que el padre baja a preparar la leche, y resbala. Una trampa tosca, pero eficaz. No caí en ella. Pero mató a Alice.

David Leiber se detuvo a encender un cigarrillo.

—Pude haberme dado cuenta. Encendía yo las luces en medio de la noche, muchas noches, y el bebé estaba ahí, con los ojos muy abiertos. La mayoría de los bebés duermen todo el tiempo. No éste. Se quedaba despierto, pensando.

—Los bebés no piensan.

—Bueno, se quedaba despierto haciendo lo que podía con el cerebro. ¿Qué diablos sabemos de la mente de un bebé? Tenía todas las razones para odiar a Alice; sospechaba la verdad, sabía que no era un niño como los otros. Era… diferente. ¿Qué sabe usted de bebés, doctor? Generalidades, por supuesto. Sabe, sí, que muchos bebés matan a las madres al nacer. ¿Por qué? ¿Resentimiento quizá porque los traen a un mundo demasiado sucio?

Leiber se inclinó hacia el doctor, fatigado.

—Todo se relaciona. Suponga que unos pocos bebés entre millones sean instantáneamente capaces de moverse, de ver, de oír, de pensar, como tantos animales e insectos. Los insectos se bastan a sí mismos desde que nacen. La mayoría de los mamíferos y los pájaros necesitan sólo unas pocas semanas. Los niños en cambio necesitan años para aprender a hablar y a enderezarse en las piernecitas débiles.

»Pero supongamos que un niño en un billón sea… extraño. Que nazca perfectamente lúcido, capaz de pensar, instintivamente. ¿No se serviría de sí mismo como una máscara, una cortina para cualquier cosa que quisiera intentar? Podría fingir que es una criatura común, débil, llorona, ignorante. Le bastaría un pequeño gasto de energía para ir de un lado a otro por la casa a oscuras, escuchando. Y qué fácil le sería poner obstáculos en la escalera. Qué fácil llorar toda la noche y cansar a la madre hasta provocarle una neumonía. Qué fácil, a la hora del nacimiento, estando tan unido a la madre, intentar unas pocas hábiles maniobras y provocar una peritonitis.

—¡Por amor de Dios! —Jeffers estaba ahora de pie—. ¡Es una idea repulsiva!

—Estoy hablando de cosas repulsivas. ¿Cuántas madres mueren en el parto? ¿Cuántas corren el riesgo de que unas pequeñas y raras improbabilidades las maten de un modo o de otro? Criaturas extrañas y rojas con cerebros que trabajan en una oscuridad de sangre, un mundo que no conocemos, que no sabemos cómo es. Pequeños cerebros elementales, alimentados por la memoria racial, el odio, una crueldad sin restricciones, que no piensan en otra cosa que en la propia preservación. Y la propia preservación consiste en este caso en eliminar a una madre que ha engendrado un horror y lo sabe. Contésteme, doctor, ¿hay algo en el mundo más egoísta que un bebé? ¡Nada!

Jeffers frunció el ceño y meneó la cabeza, descorazonado.

Leiber sacudió la ceniza del cigarrillo.

—No digo que un bebé necesite tener mucha fuerza. Basta que gatee un poco, unos meses antes de lo común. Basta que escuche todo el tiempo. Basta que llore en medio de la noche. Es suficiente, más que suficiente.

Jeffers intentó otro camino: el del ridículo.

—Llámalo asesinato, entonces. Pero un asesinato tiene que tener un móvil. ¿Qué móvil tenía el niño?

Leiber estaba preparado para responder:

—¿Quién está más en paz, más soñadoramente contento, cómodo, descansado, alimentado, sin molestias, que un niño aún no nacido? Nadie. Flota en una maravilla de alimento y silencio, somnolienta, intemporal. Luego, de pronto, se le dice que ha de dejar su habitáculo, se lo obliga a salir, se lo empuja a un mundo ruidoso, descuidado, egoísta, donde tiene que moverse por sí mismo, cazar, alimentarse de la caza, buscar un amor perdido que antes era su derecho incuestionable, enfrentarse con la confusión en vez del silencio interior y el sueño preservador. ¡Y el niño siente odio! Odia el aire frío, los espacios inmensos, la pérdida repentina de las cosas familiares. Y en el minúsculo filamento del cerebro lo único que el niño conoce es egoísmo y odio, pues le han destrozado aquel encantamiento. ¿Quién es responsable de este desencantamiento, de esta ruptura brusca? La madre. Y la mente irracional del niño encuentra así alguien a quien odiar. La madre lo ha echado fuera, lo ha rechazado. Y el padre no es menos culpable, ¡hay que matar también al padre! El padre es responsable a su modo.

Jeffers interrumpió.

—Si lo que dices fuera cierto, entonces todas las mujeres del mundo tendrían que mirar a sus bebés como criaturas temibles, en las que no se puede confiar.

—¿Y por qué no? ¿No tiene el niño una coartada perfecta? Mil años de creencias médicas aceptadas lo amparan y protegen. De acuerdo con la opinión común es una criatura desamparada e irresponsable. El niño nace odiando. Y las cosas empeoran, en vez de mejorar. Al principio el bebé obtiene de la madre cuidado y atención. Pero pasa el tiempo y las cosas cambian. Recién nacido el bebé obliga a los padres a hacer cosas tontas cuando llora o estornuda. Los sobresalta con cualquier ruido. A medida que pasan los años el bebé advierte que ese poder se desvanece rápidamente, y que se pierde y que ya nunca podrá recobrarlo. ¿Por qué no ha de aprovechar todo el poder que tiene? ¿Por qué no ha de afirmar su posición mientras disfruta de todas las ventajas? Años después será tarde para expresar su odio. Ahora es el momento de atacar.

Leiber continuó con una voz muy suave, muy baja:

—Mi pequeño bebito, echado en la cuna de noche, la cara húmeda y roja y sin aliento. ¿Por haber llorado? No. Por haber salido lentamente de la cuna, y atravesar a gatas los pasillos silenciosos. Mi pequeño bebito. Quiero matarlo.

El médico le alcanzó un vaso de agua y unas píldoras.

—No vas a matar a nadie. Vas a dormir veinticuatro horas. Dormir te hará pensar de otro modo. Toma.

Leiber bebió el agua con las píldoras y se dejó llevar escaleras arriba, llorando y sintió que lo metían en la cama. El médico esperó hasta que Leiber se hundió profundamente en el sueño y luego se fue.

Leiber, solo, flotaba descendiendo, descendiendo.

Oyó un ruido.

—¿Qué… qué es eso?, preguntó.

Algo se movía en el pasillo.

David Leiber dormía.

Muy temprano, a la mañana siguiente, el doctor Jeffers sacó el auto y fue a casa de Leiber. Era una hermosa mañana, y se llevaría a Leiber al campo, a descansar. Leiber estaría todavía dormido. Jeffers le había dado bastantes pastillas sedantes como para que durmiera quince horas.

Jeffers tocó el timbre. No hubo respuesta. Quizá los criados no se habían levantado aún. Jeffers probó la puerta de calle, descubrió que estaba abierta, y entró. Puso el maletín médico en la silla más próxima.

Algo blanco se movía borrosamente en lo alto de las escaleras. Apenas un movimiento. Jeffers casi no lo notó.

Había olor a gas en la casa.

Jeffers corrió escaleras arriba, y se precipitó en el dormitorio de Leiber.

Leiber estaba tendido en la cama, inmóvil, y en el cuarto había nubes de gas, que salía siseando de una espita, en la base de la pared, junto a la puerta. Jeffers cerró la llave, abrió rápidamente todas las ventanas y corrió hacia el cuerpo de Leiber.

El cuerpo estaba frío. Leiber había muerto hacía unas pocas horas.

Tosiendo violentamente, el doctor escapó del cuarto, con los ojos húmedos. Leiber no había abierto la llave de gas, no había podido. Los sedantes lo hubiesen mantenido dormido hasta el mediodía. No era un suicidio. ¿O había una remota posibilidad?

Jeffers se quedó en el pasillo cinco minutos. Luego caminó hasta la puerta del cuarto del bebé. Estaba cerrada. La abrió. Entró en el cuarto y fue hacia la cuna.

La cuna estaba vacía.

Jeffers se quedó, tambaleándose, junto a la cuna medio minuto. Luego dijo algo dirigiéndose a nadie en particular.

—La puerta del cuarto se cerró sola. No pudiste volver a tiempo a la cuna. No pensaste que la puerta podía cerrarse. Algo minúsculo como una puerta que se cierra con el viento puede arruinar el mejor de los planes. Te encontraré en algún lugar de la casa, escondido, fingiendo que eres lo que no eres. —El doctor Jeffers parecía aturdido. Se llevó una mano a la cabeza y sonrió débilmente—. Ahora estoy hablando como hablaban Alice y David. Pero no puedo correr riesgos. No estoy seguro de nada, pero no puedo correr riesgos.

Fue escaleras abajo, abrió el maletín que había dejado en la silla, sacó una cosa y la sostuvo en las manos.

Algo susurró en el pasillo. Algo muy pequeño y muy silencioso. Jeffers se volvió rápidamente.

Tuve que operar para traerte al mundo, pensó. Ahora me parece que tendré que operar para que dejes el mundo…

Dio una media docena de pasos, lentos, firmes, hacia el pasillo. Alzó la mano a la luz del sol.

—¡Mira, bebé! ¡Una cosa brillante, una cosa bonita!

Un escalpelo.

Ficha bibliográfica

Autor: Ray Bradbury
Título: El pequeño asesino
Título original: The Small Assassin
Publicado en: Dime Mystery Magazine, noviembre de 1946
Traducción: Francisco Abelenda

[Relato completo]

Ray Bradbury

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