Ray Bradbury: El viento

«El viento», cuento de Ray Bradbury publicado en 1943, es un relato de terror psicológico que narra la historia de Allin, un hombre convencido de que los vientos son entidades vivientes y que uno de ellos intenta poseerlo. Buscando apoyo, Allin recurre a su amigo Herb Thompson, pero Herb se encuentra impedido de ir al hogar de Allin debido a que espera invitados en su propia casa; además, no puede dejar a su esposa, quien cree que Allin está demente. A lo largo de la noche, Herb recibe varias llamadas de Allin, cada vez más alarmantes y perturbadoras. Allin insiste en que el viento lo ataca, un relato difícil de creer para Herb, ya que en su hogar solo se percibe una suave brisa, sin indicios de la tormenta que Allin describe.

Ray Bradbury - El viento

El viento

Ray Bradbury
(Cuento completo)

A las seis y media de la tarde sonó el teléfono. Era el mes de diciembre, y había oscurecido ya cuando Thompson descolgó el receptor.

—¿Sí?

—¡Hola, Herb!

—¡Oh! ¿Eres tú, Allin?

—¿Está tu esposa en casa, Herb?

—Desde luego. ¿Por qué?

—Mala suerte…

—¿Qué pasa? —inquirió ansiosamente Herb Thompson—. ¿Ocurre algo?

—Me gustaría que vinieras esta noche.

—Vamos a tener compañía.

—Me gustaría que vinieras a pasar la noche aquí. ¿Cuándo va a marcharse tu esposa?

—La semana próxima —dijo Thompson—. Pasará unos ocho días en Ohio. Su madre está enferma. Entonces podré ir a tu casa.

—Me gustaría que pudieras venir esta noche.

—Ojalá pudiera. Pero, con compañía o sin ella, mi esposa me mataría.

—Me gustaría que pudieras venir.

—¿Qué sucede? ¿Otra vez el viento?

—¡Oh, no! No.

—¿Se trata del viento? —insistió Thompson.

Al otro extremo del hilo, la voz vaciló.

—Sí. Sí, se trata del viento.

—Hace una noche muy clara y apenas sopla viento…

—El suficiente. Llega hasta la ventana y agita un poco las cortinillas. Para mí es suficiente.

—Mira, ¿por qué no vienes tú a pasar la noche aquí? —dijo Herb Thompson, mirando el iluminado vestíbulo a su alrededor.

—¡Oh, no! Es demasiado tarde para eso. Podría cogerme en el camino. Tu casa está demasiado lejos y no me atrevería. Gracias, de todos modos. Hay treinta millas, pero te lo agradezco.

—Tómate una píldora para dormir.

—He estado más de una hora mirando a través de la ventana, Herb. Lo he visto avanzar, procedente del oeste. Por aquella parte hay algunas nubes, y he visto una de ellas que se apartaba de las otras. Es un viento que viene hacia aquí, lo sé.

—Bueno, haz lo que te he dicho: tómate una píldora para dormir. Y llámame en cualquier momento que desees hacerlo. Aunque sea muy tarde, no importa.

—¿En cualquier momento? —preguntó la voz al otro extremo del hilo.

—Desde luego.

—Lo haré, pero me gustaría que pudieras venir. Aunque no quisiera que sufrieras ningún daño. Eres mi mejor amigo, y no lo quisiera por nada del mundo. Tal vez sea mejor que me enfrente solo con esto. Siento haberte molestado.

—¡Ni hablar! ¿Para qué son los amigos? Te diré lo que has de hacer: siéntate cómodamente y escribe algo —dijo Herb Thompson, cambiando de posición y apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el pie izquierdo—. Olvídate del Himalaya y del Valle de los Vientos y de tu preocupación por las tormentas y los huracanes. Escribe un capítulo de tu próximo libro de viajes.

—No es mala idea. Tal vez lo haga, no lo sé. Tal vez lo haga. No es mala idea. Muchas gracias, y perdona que te haya molestado, Herb.

—No digas tonterías… Bueno, voy a colgar. Mi esposa me está llamando para la cena.

Herb Thompson colgó el receptor.

Se dirigió al comedor, se sentó a la mesa y su esposa se sentó al otro lado, enfrente de él.

—¿Era Allin? —preguntó Mrs. Thompson. Herb asintió—. Él y sus vientos que soplan hacia arriba, y sus vientos que soplan hacia abajo, y sus vientos fríos, y sus vientos cálidos… —añadió Mrs. Thompson, empujando hacia su marido un plato lleno de comida.

—Durante la guerra pasó una temporada en el Himalaya —dijo Herb Thompson.

—No creerás lo que cuenta acerca de aquel valle, ¿verdad?

—No me parece tan inverosímil.

—¡Tonterías! ¿Por qué tendrán que trepar los hombres a las montañas y asustarse a sí mismos?

—Estaba nevando —dijo Herb Thompson.

—¿De veras?

—Y llovía y soplaba el viento al mismo tiempo, en aquel valle. Allin me lo ha contado una docena de veces. No parece una fantasía. Subió hasta muy arriba. Y el valle hacía un ruido.

—Apuesto a que lo hacía —dijo Mrs. Thompson irónicamente.

—Como si soplaran muchos vientos en vez de uno solo. Vientos procedentes de todo el mundo —Herb Thompson tomó un bocado—. Eso dice Allin.

—En primer lugar, no tenía que haber ido allí —dijo Mrs. Thompson—. Hay lugares en los que no pueden meterse las narices. Los vientos se ponen furiosos por la intrusión, y luego le persiguen a uno.

—No me gusta que te lo tomes a broma. Allin es mi mejor amigo —dijo secamente Herb.

—¡Es tan absurdo!

—Sin embargo, le han ocurrido cosas muy raras desde entonces. Aquella tormenta en Bombay, y el huracán en las islas del Pacífico, y aquella vez, en Cornwall…

—No siento la menor simpatía por un hombre que anda continuamente entre tormentas y huracanes, y luego adquiere un complejo de persecución a causa de ello.

El teléfono volvió a sonar.

—No contestes —dijo Mrs. Thompson.

—Tal vez sea algo importante

—Es ese pelmazo de Allin.

El timbre del teléfono sonó nueve veces y los Thompson permanecieron sentados, sin contestar. Finalmente, el timbre dejó de sonar.

Los Thompson terminaron de cenar. En la cocina, las cortinillas se agitaban suavemente a impulsos de una leve brisa que penetraba por una ventana ligeramente abierta.

Volvió a sonar el teléfono.

—No puedo dejar que suene toda la noche —dijo Herb Thompson, descolgando el receptor—. ¡Hola, Allin!

—¡Herb! ¡Está aquí! ¡Está aquí!

—Tranquilízate, Allin. ¿Qué sucede?

—Estaba de pie ante la puerta abierta, esperándolo. Lo he visto avanzar por la carretera, sacudiendo todos los árboles, uno a uno, hasta que sacudió los árboles que hay delante de mi casa, y cuando avanzaba hacia mí le he cerrado la puerta en pleno rostro.

Thompson no dijo nada. No se le ocurría nada que decir, y su esposa estaba contemplándole desde la puerta del recibidor.

—Muy interesante —murmuró por último.

—Está rodeando la casa, Herb. Ahora no puedo salir, no puedo hacer nada. Pero le he engañado, ¿sabes? Le he dejado creer que ya me tenía, y en el momento en que iba a cogerme, le he cerrado la puerta en las narices. Estaba preparado para ello, me he estado preparando desde hace muchas semanas.

—¿De veras? Cuéntamelo todo, Allin.

Herb Thompson notó que su nuca empezaba a sudar. Su esposa seguía contemplándole.

—La cosa empezó hace seis semanas…

—Comprendo, Allin. Continúa…

—Creí que lo había derrotado. Creí que había renunciado a seguirme y a tratar de cogerme. Pero lo único que hacía era esperar. Hace seis semanas, oí al viento riendo y susurrando alrededor de las esquinas de mi casa. Estuvo cosa de una hora, y no sopló con mucha fuerza. Luego se marchó.

Thompson movió afirmativamente la cabeza. Su esposa seguía mirándole.

—Me alegro mucho, me alegro mucho.

—Anoche regresó. Golpeó las persianas y sopló a través de la chimenea. Vino cinco noches seguidas, cada vez un poco más fuerte. Cuando abrí la puerta de la calle se lanzó contra mí y trató de arrastrarme, pero no tenía la fuerza suficiente. Esta noche la tiene.

—Me alegro de que te sientas mejor —dijo Thompson.

—¿Qué es lo que dices? ¡No me siento mejor! ¿Acaso tu mujer nos está escuchando?

—Sí.

—¡Oh! Comprendo… Sé que todo esto te parecerán tonterías…

—En absoluto. Continúa.

La esposa de Thompson se metió en la cocina. Herb suspiró, aliviado. Se sentó en una banqueta, junto al teléfono.

—Continúa, Allin. Cuéntamelo todo, dormirás mejor.

—Ahora está alrededor de la casa, sacudiendo los árboles, metiendo las narices en todas partes…

—¡Qué raro! Aquí no sopla nada de viento, Allin.

—Desde luego que no. No es a ti a quien busca. El que le interesa soy yo.

—Supongo que habrá alguna explicación…

—Es un asesino, Herb, el peor asesino que ha pisado la tierra. Un monstruoso sabueso tratando de olfatearme, de localizarme. Empuja su enorme nariz contra la casa, y cuando me localiza en el comedor dirige su presión hacia allí, y cuando estoy en la cocina trata de entrar en ella. Intenta meterse por las ventanas, pero las he reforzado todas, lo mismo que las cerraduras y los cerrojos de las puertas. Esta casa es muy fuerte. Es una casa antigua, de la época en que se construían unos edificios más sólidos que los actuales. Ahora mismo tengo todas las luces encendidas. La casa está brillantemente iluminada. Y el viento me sigue de habitación en habitación, mirando a través de todas las ventanas… ¡Oh!

—¿Qué sucede?

—Ahora mismo acaba de arrancar una persiana…

—¿Por qué no vienes a pasar la noche aquí, Allin?

—No puedo. No puedo salir de casa. No puedo hacer nada. Conozco a ese viento: es muy fuerte y muy listo. Hace un momento he intentado encender un cigarrillo, y un pequeño soplo me ha apagado el fósforo. Al viento le gusta hacer travesuras, le gusta acosarme. No tiene prisa, dispone de toda la noche. Ahora mismo… ¡Dios mío! Uno de mis antiguos libros de viajes, en la mesa de la biblioteca… Me gustaría que pudieras verlo. Una leve brisa que ha penetrado por Dios sabe qué agujero ha abierto el libro y está… volviendo las páginas una a una. Me gustaría que pudieras verlo. Allí está mi prólogo. ¿Recuerdas mi prólogo al libro sobre el Tíbet, Herb?

—Sí.

—Es un libro dedicado a los que perdieron el juego de los elementos, escrito por alguien que lo presenció, pero que siempre consiguió escapar.

—Sí, lo recuerdo.

—¡Las luces se han apagado!

A través del teléfono se oyó un extraño ruido.

—Los postes de la energía eléctrica acaban de caer. ¿Estás ahí Herb?

—Sí, te oigo.

—El viento se ha enfurecido al ver tantas luces en la casa y ha derribado los postes de la energía eléctrica. Lo más probable es que ahora derribe los del teléfono. ¡Oh! Es una verdadera batalla, el viento y yo… Espera un momento.

—¿Allin?

Silencio. Herb apretó el receptor contra su oído. Su esposa se asomó a la puerta de la cocina. Herb Thompson esperó.

—¿Allin?

—Ya estoy aquí —dijo la voz, al otro extremo del hilo—. Pasaba una corriente de aire por debajo de la puerta, y he tapado el resquicio con una arpillera para que no me helara las piernas. Después de todo, me alegro de que no hayas venido, Herb. No quiero verte metido en este jaleo. Ahora acaba de romper una de las ventanas del salón y sopla dentro de la casa, tirando los cuadros de las paredes. ¿Lo oyes?

Herb Thompson escuchó. A través del hilo oyó una especie de silbidos muy raros.

—¿Lo oyes? —volvió a preguntar Allin.

Herb Thompson tragó saliva con dificultad.

—Lo oigo.

—Quiere cogerme vivo, Herb. No se atreve a derribar la casa. Si la casa se hundiera, me aplastaría. Y quiere cogerme vivo para deshacerme, fibra a fibra. Quiere lo que hay dentro de mí. Mi mente, mi cerebro. Quiere mi energía vital, mi fuerza psíquica, mi ego. Quiere inteligencia.

—Mi esposa me está llamando, Allin. Tengo que ir a secar los cubiertos.

—Es una enorme nube de vapores, vientos procedentes de todo el mundo. El mismo viento que azotó las Célebes, hace un año, el mismo pampero que asesinó en la Argentina, el tifón que asoló las Hawái, y el huracán que arrasó la costa de África a principios de este año. Es parte de todas aquellas tormentas a las que escapé. Me ha seguido desde el Himalaya, porque no quiere que sepa lo que sé de él, lo que sé del Valle de los Vientos, donde se reúnen todos para planear sus terribles incursiones. Sé dónde nacen, dónde se alimentan, dónde mueren parcialmente… Por eso me odia, porque he escrito libros contra él, explicando lo que hay que hacer para derrotarle. Quiere incorporarme a su enorme cuerpo, asimilar mi inteligencia. ¡Quiere tenerme de su parte!

—Tengo que colgar, Allin. Mi esposa…

—¿Qué? —Una pausa, el soplo del viento en el teléfono, muy lejos—. ¿Qué estabas diciendo?

—Vuelve a llamarme dentro de una hora, Allin.

Herb Thompson colgó el receptor.

Se dirigió a la cocina y empezó a secar los cubiertos. Su esposa le miró y él miró los cubiertos, mientras los frotaba con un paño.

—¿Qué tiempo hace esta noche? —preguntó.

—Agradable. No hace mucho frío. Ni hay nubes —respondió Mrs. Thompson—. ¿Por qué?

—Por nada.

El teléfono sonó tres veces durante la hora siguiente. A las ocho llegaron Stoddard y su esposa. Se sentaron en el saloncito hasta las ocho y media, charlando, y luego se trasladaron al comedor y empezaron a jugar al remigio.

Herb Thompson barajó las cartas una y otra vez, y fue sirviéndolas una a una. Luego encendió un cigarro, y ordenó sus cartas, y en un momento determinado irguió la cabeza y se quedó escuchando. Su esposa le miró fijamente, y Herb Thompson volvió a inclinar la cabeza y se descartó de un trío de cincos.

Las dos parejas continuaron jugando, hablando en voz baja, con ocasionales estallidos de risa, y el reloj del vestíbulo dio las nueve.

—Aquí estamos —dijo Herb Thompson, contemplando su cigarro con expresión pensativa—. La vida es una cosa muy rara.

—¿Eh? —dijo Mrs. Stoddard.

—Nada, excepto que aquí estamos, viviendo nuestras vidas, y en otros lugares sobre la tierra miles de millones de personas viven sus vidas.

—Eso suena como una perogrullada.

—Pero es verdad. La vida —Herb Thompson se llevó el cigarro a los labios— es algo solitario. Incluso entre las personas casadas. A veces se tiene a una persona en los brazos y uno se siente a un millón de quilómetros de distancia de ella.

—Gracias, Herb —dijo Mrs. Thompson.

—No he querido decir eso —explicó Thompson, lentamente; no se sentía culpable, y no se apresuró a disculparse—. Me refiero a que todos nosotros creemos lo que creemos y vivimos nuestras propias vidas, en tanto que otras personas viven unas existencias completamente distintas. Ahora mismo estamos sentados en esta habitación, mientras un millar de personas se están muriendo. Algunas de cáncer, otras de pulmonía, otras de tuberculosis. Supongo que en este preciso instante alguien está muriendo a consecuencia de un accidente de automóvil.

—No creo que ésta sea una conversación demasiado estimulante —dijo Mrs. Thompson.

—Quiero decir que todos nosotros vivimos y no pensamos en cómo piensan o viven sus vidas, o mueren otras personas. Esperamos hasta que nos llega la muerte. Lo que quiero decir es que estamos aquí sentados tranquilamente, mientras a treinta millas de distancia, en una casa antigua, completamente rodeada por la noche y por Dios sabe qué, uno de los mejores hombres que han existido nunca está…

—¡Herb!

Thompson masticó su cigarro y miró sus cartas, sin verlas.

—Lo siento —murmuró—. ¿Me toca a mí?

—Te toca a ti.

El juego continuó con un zumbido de cartas, murmullos, conversaciones, risas. Herb Thompson se hundió más profundamente en su butaca. Estaba muy pálido.

Sonó el teléfono. Thompson se levantó de un salto y fue a atender a la llamada.

—¿Herb? He estado llamando y llamando…

—No podía contestar. Mi esposa no me lo permitía.

—¿Cómo está tu casa, Herb?

—¿A qué te refieres?

—¿Ha venido esa gente?

—Sí, desde luego…

—¿Estáis hablando y riendo y jugando a cartas?

—Sí. ¿Qué tiene eso que ver…?

—¿Estás fumándote tu cigarro de diez centavos?

—Me lo estoy fumando, sí, pero…

—Estupendo —dijo la voz al otro extremo del hilo con una nota de envidia—. Tiene que ser estupendo. Me gustaría estar ahí. Me gustaría no saber las cosas que sé. Me gustaría… un montón de cosas.

—¿Te encuentras bien?

—Por ahora, sí. Estoy encerrado en la cocina. La pared delantera de la casa acaba de derrumbarse. Pero ya he planeado mi retirada. Cuando ceda la puerta de la cocina, bajaré a la bodega. Con un poco de suerte, puedo resistir allí hasta mañana. Tendrá que derribar toda la casa para cogerme, y el suelo de la bodega es muy sólido. Me llevaré un pico y puedo cavar… más hondo…

A través del teléfono se oía un murmullo de voces.

—¿Qué es eso? —preguntó Herb Thompson, estremeciéndose.

—¿Te refieres a las voces? Son las de diez mil personas asesinadas por un tifón, las de siete mil muertas por un huracán, las de tres mil enterradas por un ciclón. ¿Te estoy aburriendo? Es una larga lista. Eso es el viento: un montón de espíritus, un montón de personas muertas. El viento las mató y tomó sus inteligencias, sus espíritus, para darse inteligencia a sí mismo. Ha tomado todas sus voces y las ha convertido en una sola voz. Interesante, ¿verdad? Todos aquellos millones de personas asesinadas en los pasados siglos, retorcidas y torturadas y trasladadas de continente a continente en las espaldas y los vientres de monzones y huracanes. En momentos como éste me siento muy poético…

A través del teléfono se oyeron voces, gritos y lamentos.

—Te estamos esperando, Herb —dijo Mrs. Thompson desde el comedor.

—Así es como el viento adquiere más inteligencia cada año, asimilando la de sus víctimas.

—Te estamos esperando, Herb —insistió Mrs. Thompson.

—Espera un momento, ¿quieres? —casi gritó Herb. Y acercando de nuevo su boca al micrófono—: Allin, si necesitas ayuda iré inmediatamente a tu casa.

—Ni pensarlo. Será una lucha muy desagradable y no quiero que te veas mezclado en ella. Bueno, voy a colgar. La puerta de la cocina no parece muy fuerte, y tengo que bajar a la bodega.

—¿Volverás a llamarme, más tarde?

—Tal vez, si tengo suerte. Pero lo dudo. Conseguí escapar en las Célebes, pero creo que ahora me tiene cogido. Espero no haberte molestado demasiado, Herb.

—¿Cómo se te ocurre pensarlo siquiera? Vuelve a llamarme.

—Lo intentaré.

Herb Thompson regresó al comedor. Su esposa le miró.

—¿Cómo se encuentra tu amigo Allin? —preguntó—. ¿Está sobrio?

—Allin no ha probado una gota de alcohol en su vida —replicó secamente Thompson—. Tenía que haber ido allí.

—Ha estado llamándote todas las noches durante seis semanas, y has estado allí por lo menos diez noches, haciéndole compañía, sin que ocurriera nada.

—Necesita ayuda.

—Estuviste en su casa hace dos noches. No puedes pasarte la vida corriendo detrás de él.

Continuaron jugando. A las diez y media, Mrs. Thompson sirvió café. Herb bebió el suyo lentamente, sin apartar la mirada del teléfono.

«Me pregunto si estará ya en la bodega», pensó.

Herb Thompson se puso en pie y se acercó al teléfono. Descolgó el receptor y pidió una conferencia.

—Lo siento —dijo la telefonista—. La línea está interrumpida. Han caído unos postes en ese distrito… Cuando estén reparadas, le avisaremos.

—¡Entonces, han caído los postes del teléfono! —exclamó Thompson, soltando el receptor de golpe. Se dirigió corriendo hacia el vestíbulo, descolgó su abrigo y su sombrero—. Disculpadme —gritó—. Me perdonáis, ¿verdad? Lo siento —añadió, mientras su esposa y sus asombrados amigos le contemplaban, con las tazas del café en la mano—. ¡Tengo que ir allí inmediatamente!

Se oyó un leve ruido en la puerta.

Las cuatro personas que se encontraban en el interior de la casa contuvieron la respiración.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó finalmente Mrs. Thompson.

El ruido se repitió.

Thompson se detuvo junto a la puerta, escuchando.

En el exterior resonó una especie de reprimida carcajada.

—¡Vaya! —exclamó Thompson, agradablemente sorprendido y aliviado—. Reconocería esa risa en cualquier parte. Es Allin. Se ha decidido a venir, después de todo… Probablemente ha traído a algunos amigos. Parece que hay un grupo de gente ahí fuera…

Abrió la puerta,

El porche estaba vacío.

Thompson no demostró la menor sorpresa. Se echó a reír.

—Bueno, Allin, déjate de trucos… No vamos a jugar al escondite a estas horas. —Encendió la luz del porche—. ¿Dónde estás, Allin?

Una ligera brisa rozó su rostro.

Thompson esperó unos instantes, repentinamente helado hasta la médula. Avanzó un par de pasos y miró a su alrededor con aire desconcertado.

Una ráfaga de viento alborotó sus cabellos. Le pareció oír de nuevo la risa que antes había creído reconocer. El viento se alejó y el porche volvió a quedar silencioso.

El viento se alejó, murmurando tristemente entre las ramas de los árboles. Se alejó en dirección al mar, a las Célebes, a la Costa de Marfil, a Sumatra y al cabo de Hornos, a Cornwall y a las Filipinas.

Thompson permaneció unos instantes en el porche, completamente inmóvil. Luego entró en su casa, cerró la puerta y se apoyó contra ella, con los ojos cerrados.

—¿Ocurre algo? —preguntó su esposa.

Ray Bradbury - El viento
  • Autor: Ray Bradbury: El viento
  • Título: El viento
  • Título Original: The Wind
  • Publicado en: Weird Tales, marzo de 1943
  • Traducción: Alfredo Herrera – José María Aroca

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